MANIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA
C. MARX F. ENGLES
EDICIONES EN LENGUAS EXTRANJERASPEKIN
1964
NOTA DEL EDITOR
Se ha tomado como base de la presente edición del Manifiesto
del Partido Comunista el texto de la edición alemana de
1848.
El texto lleva las notas de Engels a la edición inglesa
de 1888 y a la edición alemana de 1890, y todos los prefacios
escitos por los autores para las distintas ediciones del Manifiesto.
Las notas al final del folleto han sido redactadas y traducidas
según las de la edición china del Manifiesto, publicada
por la Editorial del Pueblo, Pekin.
C. MARX, F. ENGELS
MANIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA[1]
Escrito por C. Marx y F. Engelsen diciembre
de 1847-enero de 1848. Publicado por vez primera comofolleto en
Londres, en febrero de1848. El original esen alemán.
pág. 1
PREFACIO A LA EDICION ALEMANA
DE 1872[2]
La Liga de los Comunistas, asociación
obrera internacional que, naturalmente, dadas las condiciones
de la época, no podía existir sino en secreto, encargó
a los que suscriben, en el Congreso celebrado en Londres en noviembre
de 1847, que redactaran un programa detallado del Partido, a la
vez teórico y práctico, destinado a la publicación.
Tal es el origen de este Manifiesto, cuyo manuscrito fue enviado
a Londres, para ser impreso, algunas semanas antes de la revolución
de Febrero[3]. Publicado primero en alemán, se han hecho
en este idioma, como mínimum, doce ediciones diferentes
en Alemania, Inglaterra y Norteamérica. En inglés
apareció primeramente en Londres, en 1850, en el Red Republican
[4], traducido por Miss Helen Macfarlane, y más tarde,
en 1871, se han publicado, por lo menos, tres traducciones diferentes
en Norteamérica. Apareció en francés por
primera vez en París, en vísperas de la insurrección
de junio de 1848, y recientemente en Le Socialistes [5], de Nueva
York. En la actualidad, se prepara una nueva traducción.
Hizose
pág. 2
en Londres una edición en polaco, poco tiempo después
de la primera edición alemana. En Ginebra apareció
en ruso, en la década del 60. Ha sido traducido también
al danés a poco de su publicación original.
Aunque las condiciones hayan cambiado mucho en los últimos
veinticinco años, los principios generales expuestos en
este Manifiesto siguen siendo hoy, en su conjunto, enteramente
acertados. Algunos puntos deberían ser retocados. El mismo
Manifiesto explica que la aplicación práctica de
estos principios dependerá siempre y en todas partes de
las circunstancias históricas existentes, y que, por tanto,
no se concede importancia exclusiva a las medidas revolucionarias
enumeradas al final del capitulo II. Este pasaje tendría
que ser redactado hoy de distinta manera, en más de un
aspecto. Dado el desarrollo colosal de la gran industria en los
últimos veinticinco años, y con éste, el
de la organización del partido de la clase obrera; dadas
las experiencias prácticas, primero, de la revolución
de Febrero, y después, en mayor grado aún, de la
Comuna de París, que eleva por primera vez al proletariado,
durante dos meses, al Poder político, este programa ha
envejecido en algunos de sus puntos. La Comuna ha demostrado,
sobre todo, que "la clase obrera no puede simplemente tomar
posesión de la máquina estatal existente y ponerla
en marcha para sus propios fines". (Véase "Der
Burgerkrieg in Frankreich, Adresse des Generalrats der Internationalen
Arbeiterassoziation"[6], pág. 19 de la edición
alemana, donde esta idea está más extensamente desarrollada.)
Además, evidentemente, la crítica de la literatura
socialista es incompleta para estos momentos, pues sólo
llega a 1847; y al propio tiempo, si las observaciones que se
hacen sobre la actitud de los comunistas ante los diferentes partidos
de oposición (capítulo IV) son exactas todavía
en sus trazos
pág. 3
generales, han quedado anticuadas en la práctica, ya que
la situación política ha cambiado completamente
y el des arrollo histórico ha borrado de la faz de la tierra
a la mayoría de los partidos que allí se enumeran.
Sin embargo, el Manifiesto es un documento histórico que
ya no tenemos derecho a modificar. Una edición posterior
quizá vaya precedida de un prefacio que pueda llenar la
laguna existente entre 1847 y nuestros dias; la actual reimpresión
ha sido tan inesperada para nosotros, que no hemos tenido tiempo
de escribirlo.
CARLOS MARX FEDERICO ENGELS
Londres, 24 de junio de 1872.
pág. 4
PREFACIO A LA EDICION RUSA
DE 1882[7]
La primera edición rusa del
"Manifiesto del Partido Comunista", traducido por Bakunin,
fue hecha a principios de la década del 60[8] en la imprenta
del Kólokol [9]. En aquel tiempo, una edición rusa
de esta obra podía parecer al Occidente tan sólo
una curiosidad literaria. Hoy, semejante soncepto sería
imposible.
Cuán reducido era el terreno de acción del movimiento
proletario en aquel entonces (diciembre de 1847) lo demuestra
mejor que nada el último capítulo del Manifiesto:
Actitud de los comunistas ante los diferentes partidos de oposición
en los diversos países. Rusia y los Estados Unidos, precisamente,
no fueron mencionados aquí. Era el momento en que Rusia
formaba la última gran reserva de toda la reacción
europea y en que los Estados Unidos absorbian el exceso de fuerzas
del proletariado de Europa mediante la emigración. Estos
dos países proveían a Europa de materias primas
y eran al propio tiempo mercados para la venta de su producción
industrial. Los dos eran, pues, de una u otra manera, pilares
del orden vigente en Europa.
pág. 5
¡Cuan cambiado esta todo hoy! Precisamente la emigración
europea ha hecho posible el colosal desenvolvimiento de la agricultura
en América del Norte, cuya competencia con mueve los cimientos
mismos de la grande y pequeña pro piedad territorial de
Europa. Es ella la que ha dado, además, a los Estados Unidos,
la posibilidad de emprender la explotación de sus enormes
recursos industriales, con tal energía y en tales proporciones
que en breve plazo ha de terminar con el hasta la fecha monopolio
industrial de la Europa occidental, y especialmente con el de
Inglaterra. Estas dos circunstancias repercuten a su vez de una
manera revolu cionaria sobre la misma Norteamérica. La
pequeña y me diana propiedad agraria de los granjeros,
piedra angular de todo el régimen político de Norteamérica,
sucumben gradualmente ante la competencia de haciendas gigantescas,
mientras que en las regiones industriales se forma, por vez primera,
un numeroso proletariado junto a una fabulosa concentración
de capitales.
¿Y ahora en Rusia? Al producirse la revolución de
1848-1849, no sólo los monarcas de Europa, sino también
la burguesia europea, veian en la intervención rusa el
único medio de salvación contra el proletariado,
que empezaba a despertar. El zar fue aclamado como jefe de la
reacción europea. Ahora es, en Gátchina[10], el
prisionero de guerra de la revolución, y Rusia está
en la vanguardia del movimiento revolucionario de Europa.
El Manifiesto Comunista se propuso como tarea proclamar la desaparición
proxima e inevitable de la moderna propiedad burguesa. Pero en
Rusia, vemos que al lado del florecimiento febril del fraude capitalista
y de la propiedad territorial burguesa en vías de formación,
más de la mitad de la tierra es poseída en común
por los campesinos. Cabe,
pág. 6
entonces, la pregunta: ¿podría la obshchina [11]
rusa -- forma por cierto ya muy desnaturalizada de la primitiva
propiedad común de la tierra -- pasar directamente a la
forma superior de la propiedad colectiva, a la forma comunista,
o, por el contrario, deberá pasar primero por el mismo
proceso de disolución que constituye el desarrollo histórico
de Occidente?
La única respuesta que se puede dar hoy a esta cuestión
es la siguiente: si la revolución rusa da la señal
para una revolución proletaria en Occidente, de modo que
ambas se completen, la actual propiedad común de la tierra
en Rusia podra servir de punto de partida a una evolución
comunista.
CARLOS MARX FEDERICO ENGELS
Londres, 21 de enero de 1882.
pág. 7
PREFACIO A LA EDICION ALEMANA
DE 1883[12]
Desgraciadamente, tengo que firmar
solo el prefacio de esta edición. Marx, el hombre a quien
la clase obrera de Europa y América debe más que
a ningún otro, reposa en el cementerio de Highgate y sobre
su tumba verdea ya la primera hierba. Después de su muerte
ni hablar cabe de rehacer o completar el Manifiesto. Creo, pues,
tanto más preciso recordar aquí explícitamente
lo que sigue.
La idea fundamental de que está penetrado todo el Manifiesto
-- a saber: que la producción económica y la estructura
social que de ella se deriva necesariamente en cada época
histórica, constituyen la base sobre la cual descansa la
historia política e intelectual de esa época; que,
por tanto, toda la historia (desde la disolución del régimen
primitivo de propiedad común de la tierra) ha sido una
historia de lucha de clases, de lucha entre clases explotadoras
y explotadas, dominantes y dominadas, en las diferentes fases
del desarrollo social; y que ahora esta lucha ha llegado a una
fase en que la clase explotada y oprimida (el proletariado)
pág. 8
no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime
(la burguesía), sin emancipar, al mismo tiempo y para siempte,
a la sociedad entera de la explotación, la opresión
y las luchas de clases -- , esta idea fundamental pettenece única
y exclusivamente a Marx[*].
Lo he declarado a menudo; pero ahora justamente es preciso que
esta declaración también figure a la cabeza del
propio Manifiesto.
F. ENGELS
Londres, 28 de junio de 1883.
* "A esta idea, llamada, según
creo -- como dejé consignado en el prefacio de la edición
inglesa -- , a ser para la Historia lo que la teória de
Darwin ha sido para la Biología, ya ambos nos habíamos
ido acercando poco a poco, varios años antes de 1845. Hasta
qué punto yo avancé independientemente en esta dirección,
puede verse en rni 'Situación de la clase obrera en Inglaterra'.
Pero cuando me volvi a encontrar con Marx en Bruselas, en la primavera
de 1845, él ya había elaborado esta tesis y me la
expuso en términos casi tan claros como los que he expresado
aquí". (Nota de F. Engels a la edición alemana
de 1890.)
pág. 9
PREFACIO A LA EDICION INGLESA
DE 1888[13]
El "Manifiesto" fue publicado
como programa de la "Liga de los Comunistas", una asociación
de trabajadores, al principio exclusivamente alemana y más
tarde internacional, que, dadas las condiciones políticas
existentes antes de 1848 en el continente europeo, se veía
obligada a permanecer en la clandestinidad. En un Congreso de
la Liga, celebrado en Londres en noviembre de 1847, se encomendó
a Marx y Engels que preparasen para la publicación un programa
de tallado del Partido, que fuese a la vez teórico y práctico.
En enero de 1848, el manuscrito, en alemán, fue terminado
y, unas semanas antes de la revolución del 24 de febrero
en Francia, enviado al editor, a Londres. La traducción
francesa apareció en París poco antes de la insurrección
de junio de 1848. En 1850 la revista "Red Republican",
editada por George Julian Harney, publicó en Londres la
primera traducción inglesa, debida a la pluma de Miss Helen
Macfarlane. El "Manifiesto" ha sido impreso también
en danés y en polaco.
pág. 10
La derrota de la insurrección de junio de 1848 en París
-- primera gran batalla entre el proletariado y la burgue sia
-- relegó de nuevo a segundo plano, por cierto tiempo,
las aspiraciones sociales y políticas de la clase obrera
europea. Desde entonces la lucha por la supremacia se desarrolla,
como había ocurrido antes de la revolución de Febrero,
solamente entre diferentes sectores de la clase poseedora; la
clase obrera hubo de limitarse a luchar por un escenario político
para su actividad y a ocupar la posición de ala extrema
izquierda de la clase media radical. Todo movimiento obrero independiente
era despiadadamente perseguido, en cuanto daba señales
de vida. Así, la policía prusiana localizó
al Comité Central de la "Liga de los Comunistas",
que se hallaba a la sazón en Colonia. Los miembros del
Comité fueron detenidos y, después de dieciocho
meses de reclusión, juzgados en octubre de 1852. Este célebre
"Proceso de los comunistas en Colonia"[14] se prolongó
del 4 de octubre al 12 de noviembre; siete de los acusados fueron
condenados a penas que oscilaban entre tres y seis años
de reclusión en una fortaleza. Inmediatamente después
de publicada la sentencia, la-Liga fue formalmente disuelta por
los miembros testantes. En cuanto al "Manifiesto", parecía
desde entonces condenado al olvido.
Cuando la clase obrera europea hubo reunido las fuerzas suficientes
para emprender un nuevo ataque contra las clases dominantes, surgió
la Asociación Internacional de los Trabajadores. Pero esta
asociación, formada con la finalidad concreta de agrupar
en su seno a todo el proletariado militante de Europa y América
no pudo proclamar inmediatamente los principios expuestos en el
"Manifiesto". La Internacional estuvo obligada a sustentar
un programa bastante amplio para que pudieran aceptarlo las tradeuniones
pág. 11
inglesas, los adeptos de Proudhon en Francia, Bélgica,
Italia y España y los lassalleanos en Alemania[*]. Marx,
al escribir este programa de manera que pudiese satisfacer a todos
estos partidos, confiaba enteramente en el desarrollo intelectual
de la clase obrera, que debía resultar inevitablemcnte
de la acción combinada y de la discusión mutua.
Los propios acontecimientos y vicisitudes de la lucha contra el
capital, las derrotas más aún que las victorias,
no podían dejar de hacer ver a la gente la insuficiencia
de todas sus panaceas favoritas y preparar el camino para una
mejor comprensión de las verdaderas condiciones de la emancipación
de la clase obrera. Y Marx tenía razón. Los obreros
de 1874, en la época de la disolución de la Internacional,
ya no eran, ni mucho menos, los mismos de 1864, cuando la Internacional
había sido fundada. El proudhonismo en Francia y el lassalleanismo
en Alemania agonizaban, e incluso las conservadoras tradeuniones
inglesas, que en su mayoría habían roto todo vínculo
con la Internacional mucho antes de la disolución de ésta,
se iban acercando poco a poco al momento en que el presidente
de su Congreso, el año pasado en Swansea, pudo decir en
su nombre: "El socialismo continental ya no nos asusta."[15]
En efecto, los principios del "Manifiesto" se han difundido
ampliamente entre los obreros de todos los países.
Así, pues, el propio "Manifiesto" se situó
de nuevo en primer plano. El texto alemán había
sido reeditado, desde 1850, varias veces en Suiza, Inglaterra
y Norteamérica. En
* Personalmente Lassalle nos declaró siempre que ers un
discípulo de Marx y que, como tal, se colocaba sobre el
terreno del "Manifiesto" Sin embargo, en su agitación
publica en 1862-1864 no fue más allá de la excigencia
de cooperativas de producción apoyadas por el crédito
del Estado. (Nota de F. Engels.)
pág. 12
1872 fue traducido al inglés en Nueva York y publicado
en la revista "Woodhull and Claflin's Weekly"[16]. Esta
versión inglesa fue traducida al francés y apareció
en Le Socialiste de Nueva York. Desde entonces dos o más
traducciones inglesas, más o menos deficientes, aparecieron
en Norteamérica, y una de ellas fue reeditada en Inglaterra.
La primera traducción rusa, hecha por Bakunin, fue publicada
en la imprenta del Kólokol de Herzen en Ginebra, hacía
1863; la segunda, debida a la heroica Vera Zasúlich[17],
vio la luz también en Ginebra en 1882. Una nueva edición
danesa[18] se publicó en "Socialdemokratisk Bibliothek",
en Copenhague, en 1885; apareció una nueva traducción
francesa en Le Socialiste de París en 1886[19]. De esta
última se preparó y publicó en Madrid, en
1886, una versión española[20]. Esto sin mencionar
las reediciones alemanas, que han sido por lo menos doce. Una
traducción armenia, que debía haber sido impresa
hace unos meses en Constantinopla, no ha visto la luz, según
tengo entendido, porque el editor temió sacar un libro
con el nombre de Marx y el traductor se negó a hacer pasar
el "Manifiesto" por su propia obra. Tengo noticia de
traducciones posteriores en otras lenguas, pero no las he visto.
Y así, la historia del "Manifiesto" refleja en
medida considerable la historia del movimiento moderno de la clase
obrera; actualmente es, sin duda, la obra más difundida,
la más internacional de toda la literatura socialista,
la plataforma común aceptada por millones de trabajadores,
desde Siberia hasta California.
Sin embargo, cuando fue escrito no pudimos titularle Manifiesto
Socialista. En 1847 se llamaban socialistas, por una parte, todos
los adeptos de los diferentes sistemas utópicos: los owenistas
en Inglaterra y los fourieristas en Francia, reducidos ya a meras
sectas y en proceso de extin-
pág. 13
ción paulatina; de otra parte, toda suerte de curanderos
sociales que prometían suprimir, con sus diferentes emplastos,
las lacras sociales sin dañar al capital ni a la ganancia.
En ambos casos, gentes que se hallaban fuera del movimiento obrero
y que buscaban apoyo más bien en las clases "instruidas".
En cambio, la parte de la clase obrera que había llegado
al convencimiento de la insuficiencia de las simples revoluciones
políticas y proclamaba la necesidad de una transformación
fundamental de toda la sociedad, se llamaba entonces comunista.
Era un comunismo rudimentario y tosco, puramente instintivo; sin
embargo, supo percibir lo más importante y se mostró
suficientemente fuerte en la clase obrera para producir el comunismo
utópico de Cabet en Francia y el de Weitling en Alemania.
Así, el socialismo, en 1847, era un movimiento de la clase
burguesa, y el comunismo lo era de la clase obrera. El socialismo
era, al menos en el continente, cosa "respetable"; el
comunismo, todo lo contrario. Y como nosotros manteniamos desde
un principio que "la emancipacion de la clase obrera debe
ser obra de la clase obrera misma"[21], para nosotros no
podía haber duda alguna sobre cuál de las dos denominaciones
procedia elegir. Más aún, después no se nos
ha ocurrido jamás renunciar a ella.
Aunque el "Manifiesto" es nuestra obra común,
considérome obligado a señalar que la tesis fundamental,
el núcleo del mismo, pertenece a Marx. Esta tesis afirma
que en cada época histórica el modo predominante
de producción económica y de cambio y la organización
social que de él se deriva necesariamente, forman la base
sobre la cual se levanta, y la única que explica, la historia
política e intelectual de dicha época; que, por
tanto (después de la disolución de la sociedad gentilicia
primitiva con su propiedad comunal de la tierra), toda la historia
de la humanidad ha sido una historia de
pág. 14
lucha de clases, de lucha entre explotadores y explotados, entre
clases dominantes y clases oprimidas; que la historia de esas
luchas de clases es una serie de evoluciones, que ha alcanzado
en el presente un grado tal de desarrollo en que la clase explotada
y oprimida -- el proletariado -- no puede ya emanciparse del yugo
de la clase explotadora y dominante - la burguesía -- sin
emancipar al mismo tiempo, y para siempre, a toda la sociedad
de toda explotación, opresión, división en
clases y lucha de clases.
A esta idea, llamada, segun creo, a ser para la Historia lo que
la teória de Darwin ha sido para la Biología, ya
ambos nos habíamos ido acercando poco a poco, varios años
antes de 1845. Hasta qué punto yo avancé independientemente
en esta dirección, puede verse mejor en mi "Situación
de la clase obrera en Inglaterra"[*]. Pero cuando me volví
a en contrar con Marx en Bruselas, en la primavera de 1845, él
ya había elaborado esta tesis y me la expuso en términos
casi tan claros como los que he expresado aquí.
Cito las siguientes palabras del prefacio a la edición
alemana de 1872, escrito por nosotros conjuntamente:
"Aunque las condiciones hayan cambiado mucho en los últimos
veinticinco años, los principios generales expuestos en
este Manifiesto siguen siendo hoy, en su conjunto, enteramente
acertados. Algunos puntos deberían ser retocados. El mismo
Manifiesto explica que la aplicación práctica de
estos principios dependerá siempre, y en todas partes,
de las circunstancias históricas existentes, y que, por
tanto, no se concede importancia exclusiva a las medidas revolucionarias
* "The Condition of the Working Class in England in 1844".
By Frederick Engels. Translated by Florence K. Wischnewetzky,
New York, Lovell -- London. W. Reeves, 1888. (Nota de F. Engels.)
pág. 15
enumeradas al final del capitulo II. Este pasaje tendría
que ser redactado hoy de distinta manera, en más de un
aspecto. Dado el desarrollo colosal de la gran industria en los
últimos veinticinco años, y con éste, el
de la organización del partido de la clase obrera; dadas
las experiencias prácticas, primero, de la revolución
de Febrero, y después, en mayor grado aún, de la
Comuna de París, que eleva por primera vez al proletariado,
durante dos meses, al Poder político, este programa ha
envejecido en algunos de sus puntos. La Comuna ha demostrado,
sobre todo, que 'la clase obrera no puede simplemente tomar posesión
de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para
sus propios fines'. (Véase "The Civil War in France;
Adress of the General Council of the International Working-men's
Association". London, Truelove, 1871, p. 15 donde esta idea
está más extensamente desarrollada.) Además,
evidentemente, la critica de la literatura socialista es incompleta
para estos momentos, pues sólo llega a 1847; y al propio
tiempo? si las observaciones que se hacen sobre la actitud de
los comunistas ante los diferentes partidos de oposición
(capitulo IV) son exactas todavía en sus trazos generales,
han quedado anticuadas en la práctica, ya que la situación
política ha cambiado completamente y el desarrollo histórico
ha borrado de la faz de la tierra a la mayoría de los partidos
que allí se enumeran.
Sin embargo, el Manifiesto es un documento histórico que
ya no tenemos derecho a modificar."
La presente traducción se debe a Mr. Samuel Moore, traductor
de la mayor parte de "El Capital" de Marx. Hemos revisado
juntos la traducción y he anadido unas notas para explicar
las alusiones históricas.
FEDERICO ENGELS
Londres, 30 de enero de 1888.
pág. 16
PREFACIO A LA EDICION ALEMANA
DE 1890[22]
En el tiempo transcurrido desde que
fue escrito lo que precede[23], se ha hecho imprescindible una
nueva edición alemana del Manifiesto, e interesa recordar
aquí los acontecimientos con él relacionados.
Una segunda traduccin rusa -- debida a Vera Zasulich -- apareció
en Ginebra en 1882; Marx y yo redactamos el prefacio. Desgraciadamente,
he perdido el manuscrito alemán original[24], y debo retraducir
del ruso, lo que no es de ningún beneficio para el texto.
Dice:
"La primera edición rusa del 'Manifiesto del Partido
Comunista', traducido por Bakunin, fue hecha a principios de la
decada del 60 en la imprenta del Kólokol. En aquel tiempo,
una edición rusa de esta obsa podía parecer al Occidente
tan sólo una curiosidad literaria. Hoy, semejante concepto
sería imposible. Cuán reducído era el terreno
de acción del movimiento proletario en los primeros momentos
de la publicación del Manifiesto (enero de 1848) lo demuestra
mejor que nada el último capítulo del Manifiesto:
Actitud
pág. 17
de los comunistas ante los diferentes partidos de oposición.
Rusia y los Estados Unidos, precisamente, no fueron men cionados
aquí. Era el momento en que Rusia formaba la última
gran reserva de la reacción europea y en que la emigración
a los Estados Unidos absorbía el exceso de fuerzas del
proletariado de Europa. Estos dos países proveían
a Europa de materias primas y eran al propio tiempo mercados para
la venta de su producción industrial. Los dos eran, pues,
de una u otra manera, pilares del orden social en Europa.
¡Cuán cambiado esta todo hoy! Precisamente la emigración
europea ha hecho posible el colosal desenvolvimiento de la agricultura
en América del Norte, cuya competencia con mueve los cimientos
mismos de la grande y la pequeña propiedad territorial
de Europa. Es ella la que ha dado, además, a los Estados
Unidos, la posibilidad de emprender la explotación de sus
enormes recursos industriales, con tal energia y en tales proporciones
que en breve plazo ha de terminar con el monopolio industrial
de la Europa occidental. Estas dos circunstancias repercuten a
su vez de una manera revolucionaria sobre la misma Norteamérica.
La pequeña y mediana propiedad agraria de los granjeros,
piedra angular de todo el régimen político de Norteamérica,
sucumben gra dualmente ante la competencia de haciendas gigantescas,
mientras que en las regiones industriales se forma, por vez primera,
un numeroso proletariado junto a una fabulosa concentracion de
capitales.
¿Y ahora en Rusia? Al producirse la revolución de
1848-49, no sólo los monarcas de Europa, sino también
la burguesía europea, veían en la intervención
rusa el único medio de salvación contra el proletariado,
que empezaba a tener conciencia de su propia fuerza. El zar fue
aclamado como
pág. 18
jefe de la reacción europea. Ahora es, en Gátchina,
el prisionero de guerra de la revolución, y Rusia está
en la vanguardia del movimiento revolucionario de Europa.
El Manifiesto Comunista se propuso como tarea proclamar la desaparición
proxima e inevitable de la moderna propiedad burguesa. Pero en
Rusia, vemos que al lado del florecimiento febril del fraude capitalista
y de la propiedad territorial burguesa en vías de formación,
más de la mitad de la tierra es poseída en común
por los campesinos. Cabe, entonces, la pregunta: ¿podría
la comunidad rural rusa -- forma por cierto ya muy desnaturalizada
de la primitiva propiedad común de la tierra -- pasar directamente
a la forma superior de la propiedad colectiva, a la forma comunista,
o, por el contrario, deberá pasar primero por el mismo
proceso de disolución que constituye el desarrollo histórico
de Occidente?
La única respuesta que se puede dar hoy a esta cuestión
es la siguiente: si la revolución rusa da la señal
para una revolución proletaria en Occidente, de modo que
ambas se completen, la actual propiedad común de la tierra
en Rusia podra servir de punto de partida a una evolución
comunista.
CARLOS MARX FEDERICO ENGELS
Londres, 21 de enero de 1882."
Una nueva traducción polaca apareció por aquella
época en Ginebra: Manifest Kommunistyczny.
Después ha aparecido una nueva traducción danesa
en la "Socialdemokratisk Bibliothek, Kjöbenhavn 1885".
Des graciadamente, no es completa; algunos pasajes esenciales,
al
pág. 19
parecer por dificultades de traducción, han sido omitidos,
y, en general, en algunos pasajes se notan señales de negligencia,
tanto más lamentables cuanto que se ve por el resto que
la traducción habría podido ser excelente con un
poco más de cuidado por parte del traductor.
En 1886 apareció una nueva traducción francesa en
Le Socialiste de París; es hasta ahora la mejor.
De ésta fue hecha una traducción al español,
que se publicó en el mismo año, primero en El Socialista
de Madrid y luego en un folleto: Manifiesto del Partido Comunista,
por Carlos Marx y F. Engels. Madrid. Administración de
El Socialista, Hernan Cortés, 8.
A título de curiosidad diré que en 1887 fue ofrecido
a un editor de Constantinopla el manuscrito de una traducción
armenia; pero al buen hombre le faltó valor para imprimir
un trabajo en el que figuraba el nombre de Marx, y pensó
que sería preferible que el traductor apareciese como autor;
lo que el traductor se negó a hacer.
Después de haberse reimprimido diferentes veces en Inglaterra
ciertas traducciones norteaméricanas más o menos
inexactas, apareció por fin, en 1888, una traducción
autentica. Esta es debida a mi amigo Samuel Moore, y ha sido revisada
por los dos antes de su impresión. Lleva por título:
Manifesto of the Communist Party, by Karl Marx and Frederick Engels.
Authorized English Translation, edited and annotated by Frederick
Engels. 1888, London, William Reeves, 185 Fleet st. E. C. He reproducido
en la presente edición algunas notas escritas por mi para
esta traducción inglesa.
El Manifiesto tiene su historia propia. Recibido con entusiasmo
en el momento de su aparición por la entonces poco numerosa
vanguardia del socialismo cientifico (como
pág. 20
lo prueban las traducciones citadas en el primer prefacio), fue
pronto relegado a segundo plano a causa de la reacción
que siguió a la derrota de los obreros Parísinos,
en junio de 1848, y proscrito "de derecho" a consecuencia
de la condena de los comunistas en Colonia, en noviembre de 1852.
Y al desaparecer de la arena pública el movimiento obrero
que se inició con la revolución de Febrero, el Manifiesto
pasó también a segundo plano.
Cuando la clase obrera europea hubo recuperado las fuer~as suficientes
para emprender un nuevo ataque contra el poderío de las
clases dominantes, surgió la Asociación Internacional
de los Trabajadores. Esta tenía por objeto reunir en un
inmenso ejército único a todas las fuerzas combativas
de la clase obrera de Europa y America. No podía, pues,
partir de los principios expuestos en el Manifiesto. Debía
tener un programa que no cerrara la puerta a las tradeuniones
inglesas, a los proudhonianos franceses, belgas, italianos y españoles,
y a los lassalleanos alemanes*. Este programa -- el preámbulo
de los Estatutos de la Internacional -- fue redactado por Marx
con una maestría que fue reconocida hasta por Bakunin y
los anarquistas. Para el triunfo definitivo de las tesis expuestas
en el Manifiesto, Marx confiaba tan sólo en el desarrollo
intelectual de la clase obrera, que debía resultar inevitablemente
* Personalmente Lassalle, en sus relaciones con nosotros, nos
de claraba siempre que era un "discípulo" de
Marx, y, como tal, se colocaba sin duda sobre el terreno del Manifiesto.
Otra cosa sucedía con aquellos de sus partidarios que no
pasaron más allá de su exigencia de cooperativas
de producción con crédito del Estado y que dividieron
a toda la clase trabajadora en obreros que contaban con la ayuda
del Estado y obreros que sólo contaban con ellos mismos.
(Nota de F. Fngels.)
pág. 21
de la acción conjunta y de la discusión. Los acontecimientos
y las vicisitudes de la lucha contra el capital, las derrotas,
más aún que las victorias, no podían dejar
de hacer ver a los combatientes la insuficiencia de todas las
panaceas en que hasta entonces habeian creído y de tornarles
más capaces de penetrar hasta las verdaderas condiciones
de la emancipación obrera. Y Marx tenía razón.
La clase obrera de 1874, después de la disolución
de la Internacional, era muy diferente de la de 1864, en el momento
de su fundación. El proudhonismo en los países latinos
y el lassalleanismo especifico en Alemania estaban en la agonía,
e incluso las tradeuniones inglesas de entonces, ultraconser vadoras,
se iban acercando poco a poco al momento en que el presidente
de su Congreso de Swansea, en 1887, pudiera decir en su nombre:
"El socialismo continental ya no nos asusta". Pero,
en 1887, el socialismo continental era casi exclusivamente la
teória formulada en el Manifiesto. Y así, la historia
del Manifiesto refleja hasta cierto punto la historia del movimiento
obrero moderno desde 1848. Actualmente es, sin duda, la obra más
difundida, la más internacional de toda la literatura socialista,
el programa común de muchos millones de obreros de todos
los países, desde Siberia hasta California.
Y, sin embargo, cuando apareció no pudimos titularle Manifiesto
Socialista. En 1847, se comprendía con el nombre de socialista
a dos categorías de personas. De un lado, los partidarios
de diferentes sistemas utópicos, particularmente los owenistas
en Inglaterra y los fourieristas en Francia, que no eran ya sino
simples sectas en proceso de extinción paulatina. De otra
parte, toda suerte de curanderos sociales que aspiraban a suprimir,
con sus va iadas panaceas y emplastos de toda suerte, las lacras
sociales sin
pág. 22
dañar en lo más mínimo ai capital ni a la
ganancia. En ambos casos, gentes que se hallaban fuera del movimiento
obrero y que buscaban apoyo más bien en las clases "instruidas".
En cambio, la parte de los obreros que, convencida de la insuficiencia
de las revoluciones meramente políticas, exigía
una transformación radical de la sociedad, se llamaba entonces
comunista. Era un comunismo apenas elaborado, sólo instintivo,
a veces un poco tosco; pero fue asaz pujante para crear dos sistemas
de comunismo utópico: en Francia, el "icario",
de Cabet, y en Alemania, el de Weitling. El socialismo representaba
en 1847 un movimiento burgues; el comunismo, un movimiento obrero.
El socialismo era, al menos en el continente, muy respetable;
el comunismo era precisamente lo contrario. Y como nosotros ya
en aquel tiempo sosteniamos muy decididamente el criterio de que
"la emancipación de la clase obrera debe ser obra
de la clase obrera misma", no pudimos vacilar un instante
sobre cuál de las dos denominaciones procedía elegir.
Y posteriormente no se nos ha ocurrido jamás renunciar
a ella.
"¡Proletarios de todos los países, uníos!"
Sólo algunas voces nos respondieron cuando lanzamos estas
palabras por el mundo, hace ya cuarenta y dos anos, en visperas
de la primera revolución Parísiense en que el proletariado
actuo planteando sus propias reivindicaciones. Pero el 28 de septiembre
de 1864 los proletarios de la mayoría de los países
de la Europa occidental se unieron en la Asociación Internacional
de los Trabajadores, de gloriosa memoria. Bien es cierto que la
Internacional vivió tan sólo nueve años,
pero la unión eterna que estableció entre los proletarios
de todos los países vive todavía y subsiste más
fuerte que nunca, y no hay mejor prueba de ello que la jornada
de hoy.
pág. 23
Pues hoy, en el momento en que escribo estas lineas, el proletariado
de Europa y América pasa revista a sus fuerzas, movilizadas
por vez primera en un solo ejército, bajo la misma bandera
y para un objetivo inmediato: la fijación legal de la jornada
normal de ocho horas, proclamada ya en 1866 por el Congreso de
la Internacional celebrado en Ginebra y de nuevo en 1889 por el
Congreso obrero de París[25]. El espectáculo de
hoy demostrará a los capitalistas y a los terratenientes
de todos los países que, en efecto, los proletarios de
todos los países están unidos.
¡Oh, si Marx estuviese a mi lado para verlo con sus propios
ojos!
F. ENGELS
Londres, 1 de mayo de 1890.
pág. 24
PREFACIO A LA EDICION POLACA
DE 1892[26]
El que una nueva edición polaca
del Manifiesto Comunista sea necesaria, invita a diferentes reflexiones.
Ante todo conviene señalar que, durante los últimos
tiempos, el Manifiesto ha pasado a ser, en cierto modo, un índice
del desarrollo de la gran industria en el continente europeo.
A medida que en un pais se desarrolla la gran industria, se ve
crecer entre los obreros de ese país el deseo de comprender
su situación, como tal clase obrera, con respecto a la
clase de los poseedores; se ve progresar entre ellos el movimiento
socialista y aumentar la demanda de ejemplares del Manifiesto.
Así, pues, el número de estos ejemplares difundidos
en un idioma, permite no sólo de terminar, con bastante
exactitud, la situación del movimiento obrero, sino también
el grado de desarrollo de la gran industria en cada país.
Por eso la nueva edición polaca del Manifiesto indica el
decisivo progreso de la gran industria de Polonia. No hay duda
que tal desarrollo ha tenido lugar realmente en
pág. 25
los diez años transcurridos desde la última edición.
La Po lonia Rusa, la del Congreso[27], ha pasado a ser una gran
region industrial del Imperio ruso. Mientras la gran industria
rusa se halla dispersa -- una parte se cncuentra en la costa del
Golfo de Finlandia, otra en el centro (Moscú y Vladimir),
otra en los litorales del Mar Negro y del Mar Azov, y todavía
más en otras regiones -- , la industria polaca está
concentrada en una extensión relativamente pequeña
y goza de todas las ventajas e inconvenientes de tal concentración.
Las ventajas las reconocen los fabricantes rusos, sus competidores,
al reclamar aranceles protectores contra Polonia, a pesar de su
ferviente deseo de rusificar a los polacos. Los inconvenientes
-- para los fabricantes polacos y para el gobierno ruso -- residen
en la rápida difusión de las ideas socialistas entre
los obreros polacos y en la progresiva demanda del Manifiesto.
Pero el rapido desarrollo de la industria polaca, que sobrepasa
al de la industria rusa, constituye a su vez una nueva prueba
de la inagotable energía vital del pueblo po laco y una
nueva garantia de su futuro renacimiento nacional. El resurgir
de una Polonia independiente y fuerte es cuestión que interesa
no sólo a los polacos, sino a todos nosotros. La sincera
colaboración internacional de las naciones europeas sólo
será posible cuando cada una de ellas sea completamente
dueña de su propia casa. La revolución de 1848,
que, al fin y a la postre) no llevó a los combatientes
proletarios que luchaban bajo la bandera del proletariado, más
que a sacarle las castañas del fuego a la burguesía,
ha llevado a cabo, por obra de sus albaceas testa mentarios --
Luis Bonaparte y Bismarck -- , la independencia de Italia, de
Alemania y de Hungría. En cambio Polo nia, que desde 1792
había hecho por la revolución más que
pág. 26
esos tres países juntos, fue abandonada a su propia suerte
en 1863, cuando sucumbía bajo el empuje de fuerzas rusas
diez veces superiores. La nobleza polaca no fue capaz de defender
ni de reconquistar su independencia; hoy por hoy, a la burguesía,
la independencia de Polonia le es, cuando menos, indiferente.
Sin embargo, para la colaboración armónica de las
naciones europeas, esta independencia es una necesidad. Y sólo
podrá ser conquistada por el joven proletariado polaco.
En manos de él, su destino está seguro, pues para
los obreros del resto de Europa la independencia de Polonia es
tan necesaria como para los propios obreros polacos.
F. ENGELS
Londres, 10 de febrero de 1892.
pág. 27
PREFACIO A LA EDICION ITALIANA
DE 1893[28]
A los lectores italianos
La publicación del Manifiesto
del Partido Comunista coincidió, por decirlo así,
con la jornada del 18 de marzo de 1848, con las revoluciones de
Milán y de Berlín, que fueron las insurrecciones
armadas de dos naciones que ocupan zonas centrales: la una en
el continente europeo, la otra en el Mediterráneo; dos
naciones que hasta entonces estaban debilitadas por el fraccionamiento
de su territorio y por discordias intestinas que las hicieron
caer bajo la dominación extranjera. Mientras Italia se
hallaba subyugada por el emperador austríaco, el yugo que
pesaba sobre Alemania -- el del zar de todas las Rusias -- no
era menos real, si bien más indirecto. Las consecuencias
del 18 de marzo de 1848 liberaron a Italia y a Alemania de este
oprobio. Entre 1848 y 1871 las dos grandes naciones quedaron restablecidas
y, de uno u otro modo, recobraron su independencia, y este hecho,
como decía Carlos Marx, se
pág. 28
debió a que los mismos personajes que aplastaron la revolución
de 1848 fueron, a pesar suyo, sus albaceas testamentarios[29].
La revolución de 1848 había sido, en todas partes,
obra de la clase obrera: ella había levantado las barricadas
y ella había expuesto su vida. Pero fueron sólo
los obreros de París quienes, al derribar al gobierno,
tenían la intención bien precisa de acabar a la
vez con todo el régimen burgués. Y aunque tenían
ya conciencia del irreductible antagonismo que existe entre su
propia clase y la burguesía, ni el progreso económico
del país ni el desarrollo intelectual de las masas obreras
francesas habían alcanzado aún el nivel que hubiese
permitido llevar a cabo una reconstrucción social. He aquí
por qué los frutos de la revolución fueron, al fin
y a la postre, a parar a manos de la clase capitalista. En otros
países, en Italia, en Alemania, en Austria, los obreros,
desde el primer momento, no hicieron más que ayudar a la
burguesia a conquistar el Poder. Pero en ningún país
la dominación de la burguesía es posible sin la
independencia nacional. Por eso, la revolución de 1848
debía conducir a la unidad y a la independencia de las
naciones que hasta entonces no las habían conquistado:
Italia, Alemania, Hungría. Polonia les seguirá a
su turno.
Así, pues, aunque la revolución de 1848 no fue una
revolución socialista, desbrozó el camino y preparó
el terreno para esta última. El régimen burgués,
en virtud del vigo roso impulso que dio en todos los países
al desenvolvimiento de la gran industria, ha creado en el curso
de los últimos 45 años un proletariado numeroso,
fuerte y unido y ha producido así -- para emplear la expresión
del Manifiesto -- a sus propios sepultureros. Sin restituir la
independencia y la unidad de cada nación, no es posible
realizar
pág. 29
la unión internacional del proletariado ni la cooperación
pacífica e inteligente de esas naciones para el logro de
objetivos comunes. ¿Acaso es posible concebir la acción
mancomunada e internacional de los obreros italianos, húngaros,
alemanes, polacos y rusos en las condiciones políticas
que existieron hasta 1848?
Esto quiere decir que los combates de 1848 no han pasado en vano;
tampoco han pasado en vano los 45 años que nos separan
de esa época revolucionaria. Sus frutos comienzan a madurar
y todo lo que yo deseo es que la publicación de esta traducción
italiana sea un buen augurio para la victoria del proletariado
italiano, como la publicación del original lo fue para
la revolución internacional.
El Manifiesto rinde plena justicia a los servicios revolucionarios
prestados por el capitalismo en el pasado. La primera nación
capitalista fue Italia. Marca el fin del Medioevo feudal y la
aurora de la era capitalista contemporanea la figura gigantesca
de un italiano, el Dante, que es a la vez el último poeta
de la Edad Media y e! primero de los tiempos modernos. Ahora,
como en 1300, comienza a despuntar una nueva era histórica.
¿Nos dará Italia al nuevo Dante que marque la hora
del nacimiento de esta nueva era proletaria?
FEDERICO ENGELS
Londres, 1 de febrero de 1893.
pág. 31
Un fantasma recorre Europa: el fantasma
del comunismo. Todas !as fuerzas de la vieja Europa se han unido
en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa y el zar,
Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes
alemanes.
¿Qué partido de oposicion no ha sido motejado de
co munista por sus adversarios en el Poder? ¿Qué
partido de oposición, a su vez, no ha lanzado, tanto a
los representantes más avanzados de la oposición
como a sus enemigos reaccionarios, el epíteto zahiriente
de comunista?
De este hecho resulta una doble enseñanza:
Que el comunismo está ya reconocido como una fuerza por
todas las potencias de Europa.
Que ya es hora de que los comunistas expongan a la faz del mundo
entero sus conceptos, sus fines y sus aspiraciones; que opongan
a la leyenda del fantasma del comunismo un manifiesto del propio
Partido.
Con este fin, comunistas de diversas nacionalidades se han reunido
en Londres y han redactado el siguiente Manifiesto, que será
publicado en inglés, francés, alemán, italiano,
flamenco y danés.
pág. 32
Sigue
Parte dos: Burgueses y Proletarios 