El TLC, Puntillazo Final al Proceso
de Recolonización

Haciendo caso
omiso de los funestos resultados de la política aperturista
Uribe Vélez se apresta a firmar un Tratado de Libre
Comercio con los Estados Unidos, lo cual ahondará
la crisis de nuestra economía. Por si cabe alguna
duda acerca de las reales intenciones del gobierno estadounidense,
es importante recordar estas palabras de George Bush: “Mi
gobierno está promoviendo el comercio libre y equitativo,
para abrir mercados nuevos para los empresarios, fabricantes
y agricultores de los Estados Unidos y crear puestos para
los trabajadores de los Estados Unidos”. Un acuerdo
comercial con Estados Unidos no puede ser equilibrado y
de beneficio mutuo, en cuanto ese país concentra
más del 80% de la producción de bienes y servicios
del continente americano. El PIB de Estados Unidos creció
en US$127.100 millones de dólares entre 1998 y 2003,
pasando de 9´872.800 millones de dólares a
10´900.000 millones, mientras el PIB de los tres países
andinos que negocian actualmente un TLC -Colombia, Ecuador
y Perú- disminuyeron su producción de 175.300
millones de dólares a 162.760 millones, en el mismo
período.
Para ambientar
la idea de que el libre comercio es la solución a
los problemas del subdesarrollo, se nos dice que no es la
protección de nuestro propio mercado, sino la vocación
exportadora la clave del progreso y el bienestar de los
pueblos. Sin embargo, los hechos, única fuente de
la verdad, muestran todo lo contrario, puesto que mientras
Estados Unidos dedica solamente el 10% de su producción
al mercado externo y Japón lo hace en un 11%, países
tan atrasados como Angola, Guinea y Gambia, destinan la
mayoría de su exigua producción a la exportación,
93%, 97% y 59% respectivamente.

La negociación
que se desarrolla a espaldas de la realidad nacional incluye
otros novedosos aspectos que entrañan el reforzamiento
de los lazos de dominación. La propiedad intelectual
es uno de los puntos que más enfatizan los negociadores
gringos, interesados en que el reconocimiento de las patentes
y su amañada utilización sean una nueva fuente
de exacción. En materia agraria mientras se exige
la derogación de la débil regulación
de precios, se mantienen los subsidios agrícolas
a la poderosa agricultura norteamericana. Además
se pretende abrir las compras del Estado, un mercado que
todavía es casi exclusivo para los proveedores nacionales,
a las empresas extranjeras.
Tomado de:
Con un Gobierno Despótico y Vendepatria Florece el
Oportunismo
Revista Debate y Soberanía, Diciembre 2004.
APERTURA,
NARCOTRAFICO O VIOLENCIA
El otro tema que ocupa la atención es la definición
acerca de los ejes de la política imperialista.
Mientras unos insisten en que el aspecto central de
la intervención gringa es la política
antinarcóticos, otros le adjudican al Plan
Colombia unos alcances que no posee. Sin embargo,
estos últimos se contradicen, pues en otra
declaración afirman que “A finales del
año (1999), a pesar de que el gobierno envió
a decenas de emisarios a insistir, (en el Plan Colombia)
entre los cuales estaban Jaime Ruiz, Nicanor Restrepo
y Juan Manuel Santos, el Congreso estadounidense archivó
el proyecto”. . No se entiende cómo,
si el mentado Plan es la estrategia integral del imperialismo
su aprobación no sea resuelta de manera pronta
y acelerada. Lo cierto es que el Plan de Desarrollo
y el Acuerdo Extendido con el FMI, que compendian
las políticas para la recolonización
económica, objetivo central de la ofensiva
norteamericana, fueron tramitados con bastante antelación
a la aprobación del Plan Colombia. La esencia
de este documento es la estratagema militar y antinarcóticos,
así los funcionarios gringos y sus áulicos
nacionales se esfuercen por disimular esa característica,
añadiéndole “...propósitos
en las áreas de derechos humanos, democracia,
sistema legal, desarrollo económico y cambios
sociales...”, que no alcanzan a ocultar “...el
innegable interés norteamericano en los aspectos
antinarcóticos y militares del Plan”.
. De hecho han reconocido que el 70% de los recursos
del Plan están destinados a los ajetreos militares.
No sobra decir que se debe condenar el Plan Colombia,
pero entendiéndolo como una parte complementaria
de la estrategia integral del imperio.
En
los preludios de una nueva carrera en pos de la Primera
Magistratura, se ha puesto sobre el tapete, la discusión
acerca de cual es el principal problema que agobia
la nación colombiana. Mientras unos pocos,
perseveran en la afirmación de que es la apertura
económica, otros, principalmente los candidatos
presidenciales, hacen ingentes esfuerzos para desviar
la atención del desastre neoliberal, del que
son responsables, para centrarla en el terreno de
la violencia. No se trata de negar la indudable importancia
que ha venido tomando esta cuestión en la vida
nacional ni de eludir su discusión, pero cuando
los hechos dan la razón a quienes alertaron
sobre la funesta política neoliberal, sería
tonto aceptar que el asunto pase a segundo plano.
Colombia se encuentra entre la espada y la pared,
acosada por la política imperialista de apertura
y por la particular situación de violencia
que vivimos y cada uno de esos aspectos debe ser tratado
en su justo valor.
No
faltan quienes, preocupados por los efectos devastadores
y perniciosos de la violencia y el terrorismo sobre
el aparato productivo, adjudican a este engendro la
principal responsabilidad por las penurias económicas
y la caótica situación nacional. El
asunto se complica al contemplar como salida la adhesión
a personajes como Alvaro Uribe Velez. No sólo
su pasado como congresista, condición en la
cual fue ponente y defensor de los proyectos que se
convirtieron en las funestas reformas laboral y a
la seguridad social -leyes 50 de 1990 y 100 de 1993-,
sino sus propuestas ahora que funge de candidato presidencial
son demostrativas de su posición neoliberal.
En
su discurso de febrero 9 del presente año,
esbozó sus APORTES INICIALES A UNA VISION DE
COLOMBIA, en el cual refrenda su compromiso con los
ejes centrales del recetario aperturista. En primer
lugar, en materia económica, es evidente su
coincidencia con las políticas centrales del
actual gobierno, pues expresa su beneplácito
con “...el esfuerzo, que reconocemos y aplaudimos
adelantado para sanear las finanzas públicas...”,
vale decir con el ajuste del FMI. Así como
con el embeleco exportador, el anzuelo lanzado para
facilitar la entrega del mercado nacional a las multinacionales,
al señalar que “...debemos ser conscientes
de las bondades del Plan Estratégico de Exportaciones
que adelanta la Administración Pastrana”.
Quienes sueñan con insertarnos en el mercado
internacional se olvidan de que éste es la
suma de los mercados nacionales de los otros países,
en donde cada gobierno pone sus condiciones. Mientras
a los países del Tercer Mundo se les fuerza
a abrir sus fronteras, las naciones desarrolladas,
imponen toda clase de obstáculos para el ingreso
de nuestros géneros. De contera, los productos
con los cuales competimos no son lo suficientemente
importantes en el concierto mundial. Lo cual implica
que el asunto no se reduce a un simple problema de
buena administración o de la habilidad de los
negociadores, como lo plantea el señor Uribe
Velez.
De
igual manera reitera su compromiso con políticas
“...para incrementar el flujo de recursos extranjeros...”,
fuente de todas las desgracias nacionales. También
se muestra preocupado porque “...algunos sectores
políticos interesados en regresar al pasado,
puedan encontrar en estas inequidades un discurso
contra el libre comercio a lo largo y ancho de América
Latina... El libre comercio necesita una buena dosis
de administración.”, una forma no muy
disimulada de brindar su aceptación al ALCA
y toda la cantinela del FMI. Su inclinación
privatizadora sale a flote cuando reivindica su gestión,
como gobernador de Antioquia y plantea mejorar la
cobertura educativa “...sin ampliar la nómina
de profesores oficiales. Mediante contratación
con entidades sin ánimo de lucro, la Iglesia
Católica, las demás organizaciones religiosas,
las cooperativas de maestros y padres de familia”.
Otro tanto acaece en cuanto al SENA, institución
para la que propone “...apertura para financiar
también, con la misma parafiscalidad, la capacitación
de técnicos en fundaciones privadas previamente
acreditadas...”. O con el ISS, para el cual
su fórmula consiste en “...garantizar
una productividad laboral y un sistema prestacional
al nivel de clínicas privadas eficientes; y
mantenerlo como patrimonio público, pero delegar
su administración, con preferencia por esquemas
como los de las cajas de compensación familiar”.
Para
completar su adhesión a los postulados del
FMI, ratifica su voluntad de que “Para la creación
de empleo también se reclama una nueva reforma
laboral que introduzca mayor flexibilidad...”,
en similares términos a la que tramita el actual
gobierno. Como complemento de su aporte al sueño
de rebajar los costos laborales, se casa con “La
Reforma Pensional que eleve el requisito de edad y
el tiempo de cotización, de acuerdo con la
evolución de la expectativa de vida...”.
En materia agraria, después de un tímido
rechazo a las “importaciones desleales”,
recomienda que “Al requerirse tierras, el Estado
las debe adquirir y pagar la totalidad del precio
y...la organización para la explotación
es la empresa comunitaria...”, un viejo artilugio
para birlarles a los campesinos el derecho a la tierra,
ya ensayado con funestos resultados.
No
podía quedar por fuera de su plataforma la
aceptación de la política del Fondo,
de desmembrar la nación, cuando afirma que
se requiere “Para poder avanzar en la descentralización,
por ejemplo, eliminar los departamentos y crear las
regiones con mayor autonomía...”. Por
último, recientemente ratificó su proposición
de resolver el conflicto armado, mediante la intervención
de tropas extranjeras. Al respecto señaló
que “Si agotadas todas las posibilidades internas
para devolverle la tranquilidad al país, persistiere
la acción de los grupos violentos, la cooperación
directa de la comunidad internacional, no se podrá
descartar...”. La natural preocupación
que asiste a todo colombiano de bien frente a las
tragedias derivadas del terrorismo, en todas sus manifestaciones,
y la urgente necesidad de acabar con las manifestaciones
violentas, no puede llevar a propiciar soluciones
que impliquen la intervención extranjera.
Tomado
de:
Ante las Vicisitudes de la Izquierda Colombiana Rescatar
el Espíritu Contestatario.
Revista
Debate y Soberanía, Diciembre 2001 |
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EL ALCA
“Nuestro objetivo
con el ALCA es garantizar para las empresas norteamericanas
el control de un territorio que va del Polo Artico hasta
la Antártida y libre acceso, sin ningún
obstáculo o dificultad, a nuestros productos, servicios,
tecnología y capital, en todo el Hemisferio”.
(Colin Powell)
Culminado, en su primera fase, el proceso de implantación
de las políticas aperturistas, en Latinoamérica,
a finales de 1994, el gobierno de Clinton reunió
a los dóciles mandatarios de los otros 33 países,
para que firmaran el compromiso de uncir las economías
de estas naciones, a manera de vagones, a la locomotora
norteamericana. No satisfechos con los estragos causados
en más de dos lustros de neoliberalismo, requerían
culminar la faena emprendida desde los ya centenarios
tiempos del canal de Panamá, y consolidar la hegemonía
en su tradicional “patio trasero”. La propuesta
de crear un Area de Libre Comercio desde Alaska hasta
La Patagonia tiene ese fundamental objetivo y ha venido
siendo desarrollada, sin pausa, hasta su implantación
programada, en principio, para el año 2005. En
torno de sus conceptos y propósitos surgen, desde
la óptica del movimiento sindical, varias preocupaciones
y serios interrogantes.
¿Puede ser, como se dice, que el ALCA se constituya
como un acuerdo equilibrado y de beneficio mutuo?
A nuestro modo de ver ello no es posible, principalmente
por las enormes diferencias existentes en el grado de
desarrollo de los países participantes como se
puede observar al cotejar la participación de cada
uno de los socios de tal empresa en la generación
del PIB continental.
Tan apabullante realidad implica, sin lugar a dudas, que
las mercaderías y los capitales que van a fluir
libremente, sin ningún tipo de barreras u obstáculos
son los que se originan en la poderosa, pero resquebrajada
economía estadinense, arrasando con los escasos
vestigios de desarrollo industrial y agropecuario de los
restantes países, incluidos Canadá y Brasil,
los únicos contendientes con algún peso
productivo.
Si nos remitimos a la renta per cápita, ésta
oscila desde los US$30.600 de Estados Unidos hasta los
US$100 de Haití, pasando por los US$1.963 de Colombia
y los US$430 de Nicaragua.
¿Es posible que la liberalización del comercio,
genere crecimiento económico y prosperidad en el
hemisferio?
La respuesta a este interrogante hay que buscarla en los
resultados de la aplicación de las políticas
de apertura del mercado, practicadas en todo el subcontinente.
En primer lugar el crecimiento de la economía bajo
los conceptos neoliberales ha sido inferior a las expectativas
creadas e incluso al registrado antes de la imposición
de estos esquemas bajo la batuta del FMI. En el caso colombiano,
la promesa al instaurar la era neoliberal fue que “...el
crecimiento promedio anual del PIB, en toda la década
sería del 5.35%...” El promedio de crecimiento
del PIB, en pesos corrientes, desde 1991 a la fecha es
de 2.6%, menos de la mitad de lo pronosticado. Pero si
lo medimos en dólares el asunto es más grave,
pues desde 1997, cuando llegó a su punto máximo
–US$95.963 millones- ha venido en picada hasta llegar
a un poco más de US$80 mil millones, en 1999, para
luego volver a subir levemente hasta US$83.201 millones
en 2001.
El ejemplo más relevante
de cual es el resultado de las políticas de “libre
comercio”, nos lo entrega el caso mejicano, donde
el PIB per cápita creció apenas un 1,7%
entre 1994, fecha de implantación del TLC y 2000.
De igual manera los ingresos de los trabajadores se han
venido a pique bajo el imperio neoliberal. En Méjico
los ingresos reales cayeron 2,6% y en nuestros lares ha
ocurrido otro tanto, puesto que los empleados estatales
casi un millón de colombianos, han perdido en los
últimos años el 28.62% de su ingreso, por
la vía de los ajustes salariales por debajo de
la inflación. En cuanto a los cuatro millones de
asalariados que perciben el salario mínimo sus
ingresos han caído en un 10.9% en el mismo período.
La otra fatal consecuencia de los postulados de aparente
librecambio es el incremento del desempleo y el deterioro
de las condiciones laborales de quienes logran mantener
su puesto de trabajo. Desde 1990 a la fecha la tasa de
desocupación ha crecido del 8% de 1994 al 15.7%
de 1998, alcanzó casi el 20% a marzo de 1999, para
estabilizarse en una cifra cercana al 18% y luego bajar,
en las estadísticas oficiales, aún más
amañadas ahora con la reformas introducidas en
la metodología del DANE.
Como se puede ver en el gráfico el sector real
de la economía (industria, agricultura y minería),
ha visto reducida su participación en el empleo
–del 45.3% en 1980 al 33.1%- en beneficio de los
servicios y la especulación financiera que han
incrementado su presencia del 25.2% al 49.1%. De igual
manera la fuerza laboral se ha desplazado hacia las actividades
de la denominada economía informal, en la cual
subsiste más del 60% de la población ocupada.
C O M P O S I C I O N D E L E M P L E O
Para colmo de males, bajo el disfraz de las cifras se
oculta el reemplazo veloz del empleo permanente por el
temporal. Para 1999, más del 40% de los puestos
urbanos de trabajo correspondía a operarios vinculados
bajo la figura del empleo temporal o el subempleo, lo
que implica un deterioro brutal de los ingresos. Durante
el mandato Pastrana, el subempleo creció del 20.8%,
en 1998, al 35.5% en 2002. Y, según el último
informe del DANE, mientras el empleo temporal creció
3.8%, entre marzo de 2002 y marzo del 2003, el empleo
permanente decreció 4.5%.
El bajo crecimiento de la economía, el incremento
del desempleo, el deterioro de las condiciones laborales,
la informalidad y los bajos ingresos han redundado en
la desmejora de las condiciones de vida. Después
de anunciar, Cesar Gaviria, en 1990, que , “La pobreza
llegará a representar en 1994, no más que
un 27.3% de la población”, el resultado a
la fecha es que el 60% de la población se encuentra
en esa condición. Otro tanto sucede con los indicadores
de cobertura en salud y educación y la desmejora
en la calidad de la prestación de esos servicios
sociales.
¿Es la estrategia de conquistar el mercado externo,
entregando el interno, lo que nos puede sacar del subdesarrollo?
Mientras se pronosticaba que el futuro de nuestra economía
estaba en conquistar los mercados externos, la balanza
comercial de los últimos tiempos muestra todo lo
contrario. En síntesis el balance de la gran estrategia
de “insertarnos en la economía internacional”
nos ha costado la bicoca de más de US$18.000 millones.
Similar situación encontramos en la balanza comercial
de América Latina y, en especial de Méjico,
país que exhibe un déficit comercial en
el sector agropecuario de US$2200 millones en 2001, después
de haber obtenido un superávit de US$600 millones
en 1995. Esta circunstancia se hace aún más
gravosa, en cuanto el discurso librecambista viene acompañado
de medidas proteccionistas, como las tomadas recientemente
por Estados Unidos para proteger su producción
agropecuaria, siderúrgica y textilera, entre otras.
Debido a ello mientras las exportaciones de América
Latina hacia Estados Unidos bajaron del 35% en 1950 al
13%, las exportaciones de la potencia del Norte hacia
esta región subieron de US$31.000 millones a US$93.000
millones, en sólo diez años.
¿Es factible que en el marco de las políticas
aperturistas se respeten las normas fundamentales del
trabajo, internacionalmente reconocidas?
Si nos atenemos a los hechos, la respuesta es no. La constante
en todos los países del área es que las
políticas de apertura comercial han venido acompañadas
de una reducción de los derechos laborales y las
garantías sindicales. Es suficientemente conocido
que en la zona del norte de Méjico, donde se han
instalado muchas empresas transnacionales se impuso la
prohibición de sindicalizarse, tal cual sucede
en las Zonas Francas, establecidas para que los monopolios
exploten la fuerza de trabajo de nuestros países,
sin atenerse a incómodas normas laborales.
Es evidente que la forma de producción preferida
de los inversionistas extranjeros que han venido y seguirán
viniendo, atraídos por las ventajas que se les
otorgan y la barata mano de obra, es la maquila. Esa modalidad
que entraña salarios por debajo del mínimo
legal, extenuantes jornadas de trabajo de más de
doce horas, sin recargos ni extras, ausencia de amparo
legal, limitación a la acción gremial y
sindical, condiciones insalubres de trabajo y explotación
inmisericorde de la mano de obra femenina e infantil.
¿Mejoraran los servicios públicos domiciliarios
y la seguridad social, bajo las normas que eliminan las
restricciones para la inversión privada extranjera?
En las épocas anteriores los servicios eran esa
correa mágica que unía el sitio de residencia
de los núcleos humanos con la usura de los empréstitos
internacionales de las empresas públicas del ramo.
Con el advenimiento de la era neoliberal la relación
entre el capital monopolista extranjero, en esta área,
se transformó y las empresas estatales fueron adquiridas
a precio de ganga por los inversionistas foráneos.
Sin embargo, esta es una rama de la economía que
es muy atractiva para la inversión monopolista,
en cuanto es un mercado cautivo, de obligatorio consumo.
De otro lado, ante la baja rentabilidad de las faenas
productoras de bienes materiales, los capitales especulativos
encuentran en los servicios un sector aún no saturado,
en el que la tasa de ganancia no ha decrecido tan aceleradamente,
como sucede en el sector real de la economía, donde
la contradicción entre los elevados niveles de
producción y la baja capacidad de consumo de las
mayorías ha generado crisis recurrentes de sobreproducción,
por las razones ya anotadas.
En cuanto a los servicios de salud, seguridad social y
educación, forman parte de la agenda privatizadora,
en cuanto se les considera, junto al agua, como las áreas
de mayor crecimiento y potencialmente más lucrativos.
Es sabido que los gastos mundiales en servicios hídricos
actualmente exceden un billón de dólares
anuales; en educación superan los dos billones
de dólares y en salud los 3,5 billones de dólares.
Por eso se viene presentando una invasión de empresas
de salud estadounidenses, tales como Aetna International
y American International, firmas que registran un crecimiento
anual de 20% y altísimas utilidades, en esa región.
No es gratuito que el Plan de Desarrollo, recién
aprobado, contenga un marcado énfasis en la privatización
de esos servicios, a costa de elevar las tarifas para
hacerlas rentables y desmontar las escasas prerrogativas
de los asalariados vinculados a esas empresas. la desmembración
del ISS y la conversión de los hospitales en sociedades
de economía mixta, bajo el disfraz de la “capitalización
social”, son pasos previos en la dirección
de preparar el terreno para la avalancha de inversiones
gringas en esas áreas. Las consecuencias de tales
medidas no son difíciles de prever: empobrecimiento
de los trabajadores, desmejora de los servicios y elevadas
tarifas.
¿Cuál será el futuro de los trabajadores
del campo cuando se libere totalmente el comercio de los
productos agropecuarios?
El campo colombiano ha sufrido de viejos males que se
han visto agravados con la apertura económica.
A los problemas estructurales de concentración
de la tierra, improductividad, bajo nivel tecnológico,
escaso crédito y carencia de precios de sustentación,
se han sumado los efectos de la avalancha importadora
creada por la liberalización comercial.
Las importaciones agropecuarias que sólo llegaban
a US$377 millones en 1991, alcanzaron, en 2001, la escandalosa
cifra de US$1.635 millones, un incremento del 334%. Esta
política orientada a darle salida a los excedentes
agrícolas norteamericanos, no es tan novedosa puesto
que en 1981 ya importábamos el 50% de los cereales
que consumíamos y requiere como complemento el
que la tierra se encuentre ociosa, a través de
la concentración de su propiedad en manos de unos
pocos latifundistas que, de esa manera, contribuyen a
la sojuzgación de la nación y al mantenimiento
de los rezagos feudales. De esa manera hemos pasado de
cultivar 4 millones de hectáreas – el 12%
del área cultivable- a menos de 3,2 millones, lo
cual significa la pérdida de 800.000 hectáreas,
es decir de más de 200.000 puestos de trabajo.
A la par, la propiedad se ha concentrado más, al
punto que el 53.7% de la tierra se encuentra en poder
del 1% de los propietarios.
Esta desigual competencia se ve más distorsionada
aún por los subsidios que los países desarrollados
otorgan a sus agricultores o ganaderos. El Congreso de
Estados Unidos acaba de aprobar subsidios para la agricultura,
para los próximos cuatro años, por US$180.000
millones, en tanto que sus pares de Europa no se quedan
atrás y vienen entregando casi US$50.000 millones
cada año. Alguien afirmaba, entre risas y lágrimas,
que es mejor ser una vaca en Japón o Europa, que
un ser humano en el Tercer Mundo, pues en aquellas latitudes
poseer una vaca da derecho a un subsidio diario de US$2.5
por cabeza, en Japón o US$7 en Europa.
¿Para los empleados del sector financiero y el
conjunto de la economía será favorable la
implantación de la libertad absoluta de las inversiones
de capital?
Es evidente que los términos planteados hasta el
momento en los borradores de acuerdo sobre las condiciones
para el acceso de la inversiones son leoninas y desventajosas
al interés nacional. Otorgarle al gran capital
norteamericano el mismo trato que al inversionista nacional,
es simplemente, como se dijera en el pasado, colocar en
el mismo cuadrilátero y bajo iguales condiciones
A Mike Tyson y el “Happy” Lora. Aparte de
ello la imposibilidad de exigir requisitos de desempeño
al capital, como la utilización de un porcentaje
de componentes nacionales, y permitirle la libre transferencia
de las utilidades constituye un desangre fatal para las
exangües economías latinoamericanas.
Ello implicara una cascada especulativa sin precedentes
que reforzará la ya fuerte tendencia a que el sistema
financiero caiga en manos de los grandes bancos norteamericanos,
que ya han venido mostrando cuales son sus políticas,
en materia de garantías laborales y respeto a los
derechos de asociación, negociación colectiva
y huelga
¿Favorecen los intereses nacionales la apertura
de las compras del estado a las empresas extranjeras y
la protección de los derechos de propiedad intelectual?
La apertura a la participación de los monopolios
extranjeros en el suministro de bienes y servicios a los
gobiernos locales significa la renuncia a que se estimule
a los proveedores nacionales, estableciendo normas que
les otorguen alguna ventaja frente a la desigual competencia
con la poderosa economía norteamericana.
Tampoco resulta conveniente que promuevan mecanismos que
fortalezcan la protección a los derechos de patentes
y propiedad intelectual, en cuanto que ello permite mantener,
en el área farmacéutica, los altos precios
de los medicamentos e impide que los gobiernos suministren
medicinas genéricas, más baratas, a los
pacientes de escasos recursos, la mayoría de la
población. Además esta práctica se
busca extenderla a patentar plantas y formas animales,
como semillas, en beneficio del aparato productivo y científico
norteamericano, el cual controla la inmensa mayoría
de las marcas y patentes.
CIENCIA Y TECNOLOGÍA
El fondo del problema consiste en que la implantación
del modelo aperturista no pudo evitar la crisis del sistema
imperialista y Estados Unidos se ve forzado a arreciar
la ofensiva política y económica, entrando
en contradicción hasta con sus socios del G7. La
férrea unidad exhibida por los países industrializados,
al socaire del derrumbe del Muro de Berlín, en
torno del empeño de imponer los dictámenes
aperturistas, a comienzos de los noventa, viene cediendo
el paso a un cada vez más agudo enfrentamiento.
El sistema imperialista se ve agobiado por la disminución
de la tasa de ganancia del capital, la alta concentración
monopolista, la ínfima capacidad adquisitiva de
la inmensa mayoría y la voracidad del capital financiero
especulativo.
La preeminencia de la especulación sobre la producción
y la merma de los márgenes de ganancia han venido
enturbiando las relaciones entre las potencias, al punto
que en la última reunión del G-7, en febrero
pasado, la conclusión fue que ¨Cada nación
del Grupo debe dar sus propios pasos para impulsar el
crecimiento¨, es decir ¡Sálvese el que
pueda¡ En esas circunstancias la repartición
de las zonas de influencia, los mercados, los recursos
naturales, etc., se torna más agresiva, dando paso
a una etapa de intensa confrontación, en la que
los vientos de guerra tienden a convertirse en huracanes.
En un mundo caracterizado por la ofensiva recolonizadora
en contra del Tercer Mundo, emergen con mucha fuerza las
contradicciones interimperialistas, llamadas a jugar un
papel determinante en el futuro cercano de la humanidad.
La principal expresión de esta nueva situación
es la honda crisis que atraviesa la todopoderosa economía
norteamericana, exhausta ante una apabullante deuda, un
creciente déficit, una drástica contracción
de la demanda, factores que sumados dieron origen al estallido
de la burbuja especulativa de finales del siglo pasado
y al derrumbe de varias de las empresas más poderosas,
en medio de escandalosas corruptelas. El inevitable traslado
de las angustias de la economía al terreno de la
política, ha llevado a Estados Unidos a asumir
una agresiva y arrogante actitud, en procura de pasar
del multipolarismo a su hegemonía absoluta, una
aspiración de muchos imperios, a lo largo de la
historia, que siempre ha tropezado con la resistencia
de los pueblos y ha sido derrotada.
El pretexto ideal para imponerle al mundo sus determinaciones
ha sido la batalla contra quienes a su parecer son terroristas.
Detrás de las arengas que llaman a la cruzada contra
el terrorismo, invocadas en la reciente agresión
imperialista contra Irak, se oculta la apremiante necesidad
de controlar la riqueza petrolífera del Medio Oriente
y presionar a las naciones de Europa, urgidas del combustible
que allí se produce. Para sacar adelante tales
designios no han escatimado esfuerzos y desconocieron
a las viejas instituciones que presidieron el devenir
del mundo, en los últimos cincuenta años,
debilitándolas y mostrándolas como obsoletas.
Se implantan nuevas tecnologías, más sofisticadas,
a la par que se incrementan los niveles de producción,
se disminuye la tasa de ganancia de los inversionistas.
Los trabajadores vinculados a esas faenas decrecen, reemplazados
por los renovados equipos y sus salarios se ven disminuidos.
La masa con capacidad de compra y su propio poder adquisitivo
se contraen, generando una contradicción insalvable
entre los elevados niveles de producción de bienes
y la escasa demanda de ellos. La “sobreproducción”
se extiende, los inventarios crecen, los compromisos financieros
se dilatan hasta el no pago y la burbuja estalla.
En cuanto a la propuesta de resolver esta trascendental
discusión mediante una consulta popular o un plebiscito
para que “sea la democracia la que decida”,
vale la pena recordar lo anotado por Francisco Mosquera,
al respecto, cuando advertía que “...con
las ‘asambleas populares’, las ‘consultas
populares’’ y demás artificios ‘populares’,
las cabildadas se terminan legitimando”. Por esa
razón señalaba certeramente que “Los
partidos pequeños, e inclusive las fuerzas con
raigambre electoral pero que no gozan de las simpatías
del estrecho círculo dominante, al promover el
referendo y la constituyente como los métodos democráticos
jamás descubiertos; y creyendo, desde luego, que
así cristalizan sus aspiraciones políticas,
acabarán engañándose a sí
mismos y de paso al pueblo”.
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