Elecciones en Medio de la
Crisis
Hace
treinta años, en el seno de la izquierda colombiana se
libraba un intenso debate acerca de la validez de participar o
no, en los certámenes electorales convocados por la minoría
gobernante, a raíz de la decisión de una nueva fuerza
de abandonar las posiciones infantiles imperantes en las organizaciones
más radicales. Seis lustros más tarde la discusión
gira en torno de cómo, quienes profesaban el abstencionismo
ahora se pliegan a los conceptos de la democracia burguesa, hacen
apología de sus caducos métodos y se ilusionan sobre
la posibilidad de que las reivindicaciones obreras y populares
salgan adelante, en el marco del actual estado, con sus instituciones
presidenciales, parlamentarias o judiciales, o a través
de reformas transadas con los detentadores del poder, mediante
diálogos o concertaciones.
En ese entonces se señalaba que
la experiencia internacional, consideraba no sólo permisible
sino obligatorio, de principios, que los destacamentos más
avanzados participen en los procesos eleccionarios, así
estos sean amañados, en tanto las instituciones, como el
Parlamento, tengan vigencia y crea en ellas un porcentaje importante
de la población. En Colombia, en los albores del siglo
XXI, aún esa situación persiste. No obstante el
creciente desprestigio del Congreso y sus integrantes, todavía
no se ha dado un gran desarrollo de la lucha que permita reemplazar
esas instituciones por organismos de poder verdaderamente representativos
y democráticos. Entre tanto, es un deber utilizar las elecciones
y la tribuna parlamentaria para esclarecer la conciencia de los
explotados, desechar las ilusiones reformistas y combatir el cretinismo
parlamentario. Esta participación no implica, no debe implicar,
que se renuncie a orientar y promover la lucha de las masas.
En general, es factible aprovechar el
clima de agitación política que precede las elecciones
para difundir las nuevas ideas, denunciar las tropelías
del régimen y extender la influencia de los programas y
políticas, que representan el verdadero cambio, a más
amplios sectores de la población. En fin, se trata de utilizar
ese escenario y las curules que se conquisten para acumular fuerzas
y exponer las soluciones políticas correctas. Como la labor
de sacar a nuestro país del atolladero político,
económico y social al que lo han conducido las disposiciones
del imperio, agenciadas por la minoría dominante, no es
responsabilidad exclusiva de una clase o agrupación política,
las justas comiciales son un excelente laboratorio de ensayo,
para establecer alianzas que se constituyan en embriones del Frente
Único: la coalición de las clases y sectores que
asuman la dispendiosa tarea de liberar a Colombia de la coyunda
imperialista y construyan una patria democrática y soberana.
HAY QUE DERROTAR LA APATIA Y LA INDIFERENCIA
Uno de los principales obstáculos para el desarrollo de
la lucha política en Colombia, en el actual período,
es la indiferencia y la apatía predominantes, entre la
población, por tales ajetreos. Y hasta razón tienen.
Cualquier persona honesta y consecuente que observe los desaguisados
de la política nacional, debe sentir asco y repugnancia
por lo que, de manera equivocada, se denomina política,
cuando en verdad no es más que politiquería. La
corrupción, la incapacidad y el egoísmo prevalecientes
entre la denominada clase política, surten el efecto de
marginar al grueso del pueblo de la contienda, donde se dirimen
los asuntos cruciales de la nación. De ahí, que
lo más fácil para quien se presente con ropaje revolucionario
sea pregonar la abstención, la cual se presenta por generación
espontánea, sin que medie un proceso de concientización.
Sobre este asunto, en el seno de la izquierda colombiana se expresan
dos tendencias muy caracterizadas: los abstencionistas furibundos
y los que han renunciado a promover las transformación
revolucionaria de la sociedad, para ilusionar el electorado acerca
de alcanzar las metas propuestas, mediante el sometimiento al
estado y reformas que no trascienden los linderos de la democracia
burguesa, sea ella representativa o participativa, el último
invento de los opresores para mantener la sojuzgación de
los oprimidos.
En cuanto a la primera tendencia, cabe
recordar que la abstención absoluta es imposible y, por
ende, todos los abstencionistas hacen también política.
El quid de la cuestión consiste únicamente en cómo
la hacen y a qué intereses sirven. La experiencia de la
época actual, nos muestra cómo la opresión
a que se somete a los obreros y demás clases populares,
por parte de los gobiernos existentes, hace indispensable que
la mayoría salga del atolondramiento y tenga que asumir
posiciones. En ese sentido, predicar la abstención significa
dejarla a merced de la propaganda oficial y arrojarla en brazos
de las opciones políticas de la oligarquía. Al respecto,
hace más de un siglo, Federico Engels apuntaba que “La
revolución es el acto supremo de la política; el
que la quiere debe querer el medio, la acción política
que la prepara, que proporciona a los obreros la educación
para la revolución...las libertades políticas, el
derecho de reunión y de asociación y la libertad
de prensa: éstas son nuestras armas. Y ¿deberemos
cruzarnos de brazos y abstenernos cuando quieran quitárnoslas?
Se dice que toda acción política implica el reconocimiento
del estado de cosas existente. Pero cuando este estado de cosas
nos da medios para luchar contra él, recurrir a ellos no
significa reconocer el estado de cosas existente.
¿ELECCIONES LIBRES?
A las puertas de un nuevo DEBATE electoral los diferentes sectores
y tendencias políticas se lanzan a la plaza pública
en pos de obtener el favor popular, conseguir adeptos para sus
tesis y alcanzar una buena votación. Todo esto se realiza
con un telón de fondo que distorsiona la realidad: en primer
lugar, los aportes de los grandes monopolios, nacionales y extranjeros,
dirigidos hacia los candidatos de las toldas tradicionales, costumbre
que data de muchos años. Incluso, llegan a apostarles y
cotizarles a varios candidatos a la vez, con el fin de asegurar
sus beneficios y la continuidad de sus negocios. En segundo orden,
las organizaciones políticas que tienen representación
en altos niveles del estado, conquistan sus electores por medio
de la intimidación del despido, en un país con una
desocupación por encima del 20%. En tercer término,
se destinan recursos del erario para otorgar auxilios y prebendas
con el objeto de comprar la conciencia de los esquilmados ciudadanos,
aprovechándose de sus necesidades. Por último, en
importantes regiones del territorio nacional existen agrupaciones
que someten a los votantes a la intimidación y se requiere
de su aprobación para hacer proselitismo electoral.
A esto, hay que agregarle factores como
el peso de la tradición, la distorsión y desinformación
de los medios de comunicación, la forma y el tiempo de
los comicios y, por supuesto, la demagogia y el engaño
con los cuales los candidatos oligárquicos y aperturistas
realizan la presente campaña. No sobra recalcar que un
estado burgués, por mas democrático que se muestre,
no es más que la dictadura de una minoría sobre
los trabajadores y el pueblo. El actual sistema político
y social no es otra cosa que una democracia burguesa, que ni siquiera
cumple con los requisitos formales de tal concepto, condición
propia de los países subdesarrollados. Hay que llamar la
atención de los lectores sobre este aspecto de nuestra
Colombia, para que comprendan la desventaja a que son sometidas
las fuerzas disidentes y su relación con los resultados
comiciales. ¡Y todavía nos hablan de elecciones libres!
Para cambiar la nación se requiere
grandeza, sobre la cual alguien dijo que “…nace de
la comprensión de las privaciones y los sufrimientos”.
Es evidente que la tarea que tienen ante si, la clase obrera y
el pueblo colombiano, es titánica porque la única
alternativa real es la transformación total de la sociedad.
El país es víctima de una gran embestida económica
y política por parte del imperio, que conlleva el empobrecimiento
paulatino de millones de colombianos y el aumento de las frustraciones
del 95% de la población. Los capitanes de tan gran tarea
deben poseer, entre otras cualidades, una buena dosis de paciencia,
porque esa labor será fruto del trabajo de varias generaciones.
Únicamente la estrecha vinculación con las masas
trabajadoras de la ciudad y el campo, conociendo y haciendo parte
de sus “privaciones y sufrimientos”, logrará
el arraigo de un gran movimiento popular. Las elecciones son un
mero episodio en ese prolongado y difícil trasegar.
OPCIONES PARA EL 10 DE MARZO
Si se abre el abanico de posibilidades que se presentan, para
los comicios del próximo 10 de marzo, no hay mucho de donde
escoger. De un lado nos encontramos con una pléyade de
aspirantes provenientes de las toldas liberales y conservadoras
que, con base en el clientelismo y hasta la compra de votos, pretenden
ganarse el favor popular, para después utilizar esas posiciones
en beneficio propio. Con el aval de los partidos tradicionales
adelantan la campaña, prometiendo el oro y el moro, mientras
consiguen la credencial, para luego legislar en contra de sus
propios sufragantes. Pero el colmo de su cinismo consiste en repartir
prebendas o satisfacer algunas de las múltiples necesidades
de la gente, utilizando el tesoro público, como si se tratara
del fruto de su generosidad, la cual debe ser recompensada con
el voto de los supuestos beneficiarios.
Como este estilo se ha venido desacreditando
y cada vez menos personas caen en la trampa, han aparecido los
profetas de la nueva política, supuestamente despojados
de todo interés personal e iluminados con novedosas iniciativas,
arguyendo que, esas si, redimirán a la nación del
atraso. Incluso algunos, al estilo de Navarro Wollf, vienen precedidos
de la aureola de haber participado en la insurgencia armada, lo
cual los hace más engañosos. Empero, si observamos
sus propuestas y sobre todo su accionar en las instancias donde
ya han actuado, encontramos que se trata de viejas pócimas,
presentadas en nuevo envase. Actúan bajo el rótulo
de independientes y representan recién aparecidas organizaciones,
que han terminado asimiladas por el sistema y defendiendo el actual
gobierno, con todas sus políticas antipopulares. Forman
parte de la nueva clase política, diferente en la forma
pero similar en el contenido a la vilipendiada clase política
tradicional. La cual no ha tenido, con muy contadas excepciones,
el menor empacho en someterse a los dictámenes trazados
desde Washington, para implementar los nuevos esquemas de la dominación
foránea. También pululan los candidatos light, es
decir aquellos que sólo dependen de la figura e inundan
las ciudades con costosas vallas, llenas de frases grandilocuentes
pero vacuas, para seducir un electorado igualmente frívolo,
que vota más por la estampa que por las ideas.
A la izquierda del espectro político
aparecen otras opciones. Algunas ya casi tradicionales como la
que representa el septuagenario Partido Comunista, el cual ya
lanzó sus candidatos sin esperar a que el Frente Social
y Político, del cual hace parte, defina sus listas a las
corporaciones. Una típica maniobra que muestra que la unidad
que allí se viene forjando no tiene cimientos muy sólidos.
En otros sectores brilla por su ausencia la propuesta de aprovechar
la campaña electoral para establecer alianzas y acuerdos
que garanticen una mejor correlación de fuerzas y sirvan
de experiencia en la perspectiva de construir un Frente Unico.
En las circunstancias actuales, la estrategia central de las fuerzas
disidentes no debe ser otra distinta a la acumulación de
fuerzas, a partir de analizar cada aspecto concreto de la situación
que se vive. En este momento ninguna corriente de izquierda, puede
darse el lujo de no establecer acuerdos o alianzas con tendencias
que compartan, al menos, la defensa de la soberanía, la
salvaguarda de los derechos de los trabajadores y el pueblo, la
protección de la producción nacional y la condena
de los métodos violentos para resolver las diferencias
políticas o sociales. No hacerlo constituye una clara tendencia
liquidacionista. Huelga insistir en que estas inaplazables coaliciones,
deben hacerse despojándose de toda pretensión personal
o de grupo, así el desarrollo de las circunstancias indique
que esas aspiraciones son justas y producto de mucho tiempo de
dedicación y esfuerzo. Ante los supremos intereses de la
nación, ¡Grandeza debiera ser el lema de todos!
En medio de tan confuso panorama, la
aparición del movimiento UNAMONOS se ha constituido en
un incipiente, pero interesante, ejemplo de construcción
de una organización amplia y pluralista que se abandera
de los principales problemas de la nación, con la enseña
de Una Colombia Soberana, Democrática, Segura y Saludable.
Surgido de la entraña del cuerpo médico, uno de
los gremios más golpeados por la tempestad neoliberal,
y ya extendido a otros sectores, ha venido con esas banderas abriendo
brecha, en medio de un arrevesado panorama nacional y se presenta
como una opción nueva y refrescante en la arena política.
Su candidato, el médico Pedro Contreras, es un curtido
dirigente forjado en las luchas estudiantiles de los años
setenta, quien posteriormente se vinculó a las masas campesinas,
como médico descalzo y luego, forzado por la violencia,
se trasladó a la capital, donde ha jugado un destacado
papel como presidente de ASMEDAS y dirigente político.
LA CARRERA POR LA PRESIDENCIA
Dos meses después de los comicios parlamentarios, se llevará
a cabo la primera vuelta para la designación del sucesor
del descaecido mandatario actual. Esta determinación se
debe tomar en circunstancias muy especiales de la vida nacional,
caracterizada por el hundimiento de la economía, a causa
de una mayor entrega a los poderes extranjeros, y por la agudización
de la violencia y el terrorismo. Estas dos marcadas tendencias
se han exacerbado al máximo durante el actual período,
presidido por el vástago de la Casa Pastrana, quien no
ha cesado en su intento de servirle fielmente al amo norteamericano,
en medio de una demostración de incapacidad y corrupción
sin límites. Los avatares de la producción se ahondan
en la medida que los gobernantes persisten en su abyecta felonía
a los intereses de la nación, a lo que se suma el agravamiento
de la crisis general del sistema económico mundial, cuya
cabeza visible -los Estados Unidos- no se recupera de la recesión
que la aqueja, desde finales del 2000. Los recientes sucesos de
Argentina son prueba concluyente del futuro que les espera a los
países que insistan en seguir la senda trazada por los
sabihondos del FMI. A quienes pretenden hacer creer que la bancarrota
de la economía colombiana es responsabilidad principal
de la violencia, sería interesante inquirirles cómo
explican que en otras latitudes, donde ese fenómeno no
opera, la quiebra también impera.
La industria colombiana nunca ha despegado
en serio porque el imperio siempre la ha maniatado a su antojo
y beneficio. La década aperturista incrementó esa
gravosa situación a niveles insoportables, en cuanto la
arremetida de los capitales y los géneros foráneos
han arrasado la producción doméstica. Fue así
cómo la participación de la industria en la generación
del PIB, se redujo del 22.9%, en 1979, a menos del 14%, en 2000,
después de haberse descolgado la producción manufacturera,
en 1999, en un 13.3%, año en el que ninguna rama industrial
se salvó de la recesión En el agro la dramática
situación está relacionada con que de las 33 millones
de hectáreas cultivables, se sembraban, antes de la apertura,
tres millones y ahora sólo se trabajan aproximadamente
dos millones. La avalancha de importaciones de alimentos, que
subieron de 700.000 toneladas, en 1991, a 7´000.000 en 2000,
es la causa principal de la ruina del campesinado, amen de la
desprotección oficial a las faenas agrícolas.
El común denominador en el manejo
económico de América Latina, en los últimos
decenios, ha sido la estrategia de desarrollo, basada en el endeudamiento
externo, cuyo fracaso hoy es evidente. Comenzaron prestando para
invertir, luego lo hicieron para cubrir los gastos y ahora lo
hacen para pagar. En ese torbellino Colombia ha acumulado una
deuda pública que ronda los US$38.000 millones, lo que
entraña que una gruesa tajada de los impuestos y demás
ingresos de la nación, terminen en las arcas de la banca
extranjera. El pago de intereses y los abonos de capital de tan
onerosa acreencia significa el 43% del PIB, en la calamitosa situación
de Argentina esa deuda ya llegó a US$146.000 millones,
lo cual representa más del 50% del Producto Interno Bruto
de ese país. Y el flamante ministro de Hacienda, Juan Manuel
Santos, no se sonroja al afirmar que estamos muy distantes de
llegar a la debacle de los gauchos.
No se trata de desconocer los efectos
perniciosos de la violencia en las tareas productivas, porque
es indudable que los empresarios medios en la ciudad y el campo
se ven acosados por prácticas como la “Ley 002”,
que incrementan los costos de producción o desestimulan
la inversión. De otro lado, los atentados contra la infraestructura
desangran entidades estratégicas del Estado, como Ecopetrol
e ISA y afectan el conjunto de la economía. El éxodo
de colombianos, con sus capitales y su capacidad productiva, hartos
de la inseguridad imperante, es un aspecto más de la cadena
de elementos que deterioran el ambiente productivo. Pero el mayor
daño que han hecho los paladines de la “combinación
de todas las formas de lucha”, es al desarrollo de la contienda
política, con la confusión creada en torno de cómo
se deben adelantar las batallas del pueblo colombiano. Con sus
aventuradas acciones le brindan al gobierno razones de sobra para
retomar la iniciativa. A las capas medias de la población,
en vez de extorsionarlas, hay que brindarles protección,
ayudarlas en su diario trasegar en medio de un ambiente hostil
y, contribuir a que desaparezcan los factores adversos al desarrollo
del capital nacional. Sólo así se podrá,
en un futuro, sumarlas a los contingentes progresistas que batallarán
en contra del imperio.
Los vericuetos del proceso de paz siguen
vigentes, no obstante los recientes episodios no se vislumbra,
en un corto plazo, que se abra paso el establecimiento de un clima
de controversia civilizada. La administración Pastrana,
un poco más caracterizada, sigue dando palos de ciego,
en tanto sus interlocutores en la Mesa del Diálogo, persisten
en la dilación, sin comprender que desde la desaparición
de la URSS la iniciativa está en manos de Washington y
que lo sucesos del 11 de septiembre han endurecido la posición
norteamericana. Los cambios en la situación mundial no
se pueden mirar unilateralmente, no sólo se trata de cambiar
de pareja, sino de que la melodía que suena es otra y se
impone un cambio en el ritmo, o sea que no basta con comprender
quienes son los posibles aliados del período, sino si sus
métodos son los adecuados. Además, en el contexto
internacional, se debe recordar que la arrogancia y la agresividad
no son únicamente expresiones de fuerza, a veces encubren
signos de debilidad.
CANDIDATOS EN LA PALESTRA
En estas circunstancias se disputan el Solio de Bolívar,
aspirantes de diversa estirpe. En primer lugar, Horacio Serpa,
reconocido exponente del viejo establecimiento, quien se apoya
en las maquinarias clientelistas tradicionales, especialmente
del Partido Liberal. Con base en un discurso populista y demagógico
ha tratado de forjarse una imagen de amigo del pueblo que va en
contravía de su pasado como gobernante. Al respecto cabe
recordar que fue uno de los tres progenitores, junto a Navarro
Wollf y Alvaro Gómez, de la funesta Constitución
de 1991, la carta de navegación diseñada para surcar
las tormentosas aguas neoliberales, privatizadora y aperturista
por excelencia. Como alto funcionario del gobierno de Samper,
fue partícipe de un cuatrienio durante el cual se le dio
continuidad y desarrollo a los esquemas implantados bajo el mandato
de Gaviria. Al calor de la crisis política que presidió
el Salto Social, lanzó algunas expresiones de corte antiimperialista
que le sirvieron para engatusar algunos oportunistas o desprevenidos.
Ahora se esfuerza por ganar el aval de la Casa Blanca, un requisito
sine qua non para acceder a la Casa de Nariño, para lo
cual viaja frecuentemente a Estados Unidos y respalda los ejes
centrales de la política que Pastrana desarrolla, en cumplimiento
de los mandatos del FMI.
Uno de sus principales contendientes
es Noemi Sanín, una candidata plástica que alguien
calificó acertadamente como Pastrana con faldas. Su paso
por todas las administraciones del decenio neoliberal, habla suficientemente
acerca de que intereses representa y su discurso, con énfasis
en contra de la corrupción, elude asumir la responsabilidad
que les cabe en el desastre acarreado por las políticas
aperturistas. En tercer lugar figura el promotor de las neoliberales
leyes 50 de 1990 y 100 de 1993, Alvaro Uribe Velez, un decidido
defensor de todos los aspectos del modelo impuesto por los organismos
de crédito internacional que suma a sus fórmulas,
la reiterada petición de que el espinoso asunto de la violencia
se resuelva mediante “...cooperación militar internacional
para proteger al pueblo colombiano...” . Se le olvida que
la presencia militar extranjera es un hecho cierto desde hace
bastante tiempo y que las fuerzas multinacionales han sido la
figura detrás de la cual se ha escudado el imperio norteamericano
para intervenir en todas las latitudes. Tampoco toma nota de que
el proceso de paz, se maneja con línea directa desde la
Oficina Oval, como aconteció en Centroamérica.
Como vocero de un sector de la izquierda
se ha postulado la candidatura de Luis Eduardo Garzón,
quien se mueve en la cuerda floja, para mantener unidas agrupaciones
de la izquierda tradicional y tendencias social-demócratas.
Mientras los unos lo jalan hacia posturas extremistas, los otros
le buscan acomodo al lado de Serpa, posición en la que
ya se acomodó, uno de sus principales asesores, Alejo Vargas.
Si nos atenemos a las consideraciones hechas, en el ámbito
presidencial, ninguna de las propuestas que están sobre
el tapete, representa una opción patriótica y auténticamente
democrática.
Artículo Publicado
en la Revista Debate y Soberanía.
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Notas de Pie de Página:
(1) Comunicado de Alvaro Uribe sobre suspensión de diálogo
con las FARC. Enero 9 de 2002.