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Carta Abierta del MOIR al Partido Comunista de Colombia

UNA POSICIÓN CONSECUENTEMENTE UNITARIA (*)

CONSIDERACIONES PRELIMINARES

Compañeros del Comité Ejecutivo Central del Partido Comunista de Colombia:

En la última reunión bilateral del MOIR y el Partido Comunista se pusieron sobre la mesa de trabajo dos problemas inquietantes: el porvenir de la Unión Nacional de Oposición y el porvenir de la unidad del movimiento sindical independiente. Ustedes indagaron nuestro concepto acerca de estos dos asuntos. Nosotros expresamos en dicha reunión la decisión de agotar los medios al alcance con el propósito de superar los escollos y salvar un proceso unitario que lleva ya tres años y que irrumpió en la escena política del país anunciándose con los mejores augurios para las luchas revolucionarias del pueblo colombiano. No obstante, solicitamos entonces de ustedes un tiempo prudencial para dar una respuesta que englobara la situación en su conjunto y al mismo tiempo comprendiera aquellos puntos que merecen examinarse y discutirse, teniendo en cuenta las contradicciones que a cada momento brotan entre el MOIR y el Partido Comunista, ahondando los antagonismos y debilitando la alianza.

Hemos pensado que debido a la complejidad de las cuestiones a tratar y a la importancia que indudablemente tienen para la revolución colombiana, bien valía la pena consignar por escrito nuestras opiniones. Como la dirección del Partido Comunista, a través de sus órganos de expresión, ha publicado sistemáticamente sus particulares criterios alrededor de antiguas y recientes discrepancias con el MOIR y ha dado a conocer su propia versión de los acontecimientos, no nos queda más remedio que refrescar la memoria con un poco de historia, tocar viejos y nuevos temas, y hacerlo también públicamente. En tal forma, con la presente carta abierta pretendemos cumplir ese cometido.

En artículos de prensa y en documentos oficiales del Partido Comunista se ataca permanentemente al MOIR con acusaciones y comentarios de esta naturaleza “...en 1973 el MOIR ingresa a la UNO después de haberle dado muchas vueltas”[1] “Condenan todo contacto con la ANAPO por considerarla ‘el peor obstáculo contrarrevolucionario’. Pero al mismo tiempo, tienden puentes hacia ese partido”[2]. “La Tercera Convención de la UNO, replicando a quienes consideraban esta alianza como un mero acuerdo electoral, declaró que ‘ha surgido un frente de fuerzas revolucionarias y populares, con un programa de nueve puntos, cuyo objetivo final es abrirle el camino a Colombia hacia el socialismo’ ”[3]. “...en relación con la unidad popular y concretamente con la UNO, el MOIR viene solicitando su ‘radicalización’. ¿Qué entiende el MOIR por ‘radicalizar a la UNO’? Entiende que ésta se convierta en un ‘bastión inexpugnable’ al cual sólo tengan acceso ‘los verdaderos revolucionarios’ ” [4].

De las citas extractadas, escogidas casi al azar de la copiosa literatura destinada por ustedes con más apremio que juicio a convencer a sus seguidores de que no es el MOIR sino el Partido Comunista quien posee la verdad verdadera en materia de uniones y desuniones, se desprende que lo que realmente está en controversia es la comprensión de todo el proceso unitario, desde cuando vio su luz primera hasta hoy, así como la concepción misma del frente de liberación nacional. Como se ve, la polémica se extiende al nacimiento de la UNO y a sus tropiezos iniciales, pasa por la función que representó la ANAPO durante este periodo, o mejor, por la función que no desempeñó, se detiene en las disquisiciones para definir a qué tipo de alianza corresponden los compromisos adquiridos y concluye en el tema de mayor actualidad: el rumbo y la dinámica que deben imprimírsele a la Unión Nacional de Oposición. Emprenderemos, por consiguiente, un recorrido por los más destacados episodios del proceso unitario, ciñéndonos al máximo a su sucesión cronológica y documento en mano.

Creemos que contribuir a esclarecer asuntos tan estrechamente vinculados a la lucha revolucionaria colombiana de los últimos años, podrá contribuir a la vez a despejar los oscuros nubarrones que amenazan la Unión Nacional de Oposición, o al menos ayudará a que el debate ideológico y político se limite fundamentalmente al análisis de la práctica vivida y de los planteamientos esgrimidos por cada dirección en cada ocasión para justificar su conducta, y queden sin validez los intentos de empantanarlo todo en una reyerta de invenciones, intrigas y consejas. El peor servicio prestado a la unidad del pueblo es pretender ocultar los problemas o velar las diferencias cundo unas y otras se nos presentan como enormes y tentadores desafíos. El primer paso para vencer las dificultades es empezar reconociéndolas. Y “al toro hay que cogerlo por los cachos”.

Dividiremos la jornada en dos grandes etapas: antes y después de las elecciones del 21 de abril de 1974, en viejas y nuevas contradicciones. En las primeras, veremos lo referente al origen de la UNO, la explicación del fenómeno anapista, el carácter de la alianza y, para rematar, las condiciones y principios del frente único revolucionario en Colombia. En las segundas, trataremos sobre las discrepancias motivadas a raíz del surgimiento de la tendencia conciliacionista promovida por Hernando Echeverri y sobre las encontradas interpretaciones acerca del gobierno de Alfonso López Michelsen. En temas aparte nos remitiremos a la cuestión de la unidad del sindicalismo independiente y a la cuestión de las divergencias en torno del movimiento comunista internacional. En una palabra, compendiaremos en la forma más completa posible nuestro pensamiento, en relación con aquellos puntos en los cuales ha habido discrepancias de enfoque y de principio entre el MOIR y el Partido Comunista y que han influido notoriamente en el resquebrajamiento del proceso unitario.

PRIMERA PARTE: VIEJAS CONTRADICCIONES

POLITICA DIAFANA, CONCRETA Y FIRME

El Partido Comunista ha dicho que “en 1973 el MOIR ingresa a la UNO después de haberle dado muchas vueltas”, insinuando que nosotros teníamos una actitud inconsecuente desde un comienzo. Ustedes no pueden tener tan mala memoria para olvidar así como así las razones por las cuales el MOIR no ingresó a la UNO hasta 1973. Nuestro partido propició las reuniones preliminares e intercambió opiniones con las otras fuerzas políticas sobre la necesidad de conformar un frente que permitiera a las organizaciones interesadas concurrir con ciertas opciones de éxito a las elecciones de 1974. Y participó en la asamblea del Capitolio que prácticamente fundó la Unión Nacional de Oposición, el 22 de septiembre de 1972. Pero hubo un obstáculo, el primer gran enfrentamiento entre ustedes y nosotros en este proceso: la obcecada posición del Partido Comunista a que el frente electoral en ciernes se constituyera con la Alianza Nacional Popular, proposición que el MOIR veía irrealizable, a no ser que se hicieran concesiones demasiado costosas y se diluyera campaña, frente, programa y todo en una amalgama oportunista sin ton ni son. No se trataba, desde luego, de dirimir si era deseable conformar un frente amplio o pequeño. Se trataba de comprender que no había condiciones para que un movimiento como ANAPO, decadente y descompuesto, corroído por el cretinismo y que no daba señales de querer soltar las amarras que lo atan al sistema, pudiera ingresar de pronto a un frente que aspiraba enarbolar un programa revolucionario. Sólo cuando ustedes abandonaron esta idea carente de piso material, cosa que hicieron después de agotar todos los procedimientos, desde los más públicos hasta los más privados, y de comprobar que en realidad no existía la más remota probabilidad de entendimiento con la ANAPO, se hizo viable un acuerdo del MOIR con el Partido Comunista con miras a una campaña electoral conjunta, y sólo entonces se puso a marchar en serio a la Unión Nacional de Oposición.

Hasta dónde los moiristas en 1972 comprendían la situación y preveían los requisitos que harían factible una alianza electoral de izquierda para 1974, se demuestra en los siguientes apartes tomados de “TRIBUNA ROJA”.

“La estrategia reaccionaria es clara: la promulgación indefinida de la Gran Coalición del Frente Nacional. (...) La alternación termina en 1974, pero el presidente que salga elegido entonces deberá gobernar con los partidos tradicionales. Las camarillas dirigentes liberal y conservadora pueden lanzar para 1974 un candidato presidencial por cada partido o lanzar uno solo que los represente a ambos. En cualquiera de los dos casos la obligación es la misma: gobernar coligadamente. A esto se han comprometido los varios aspirantes de los dos partidos. Hasta el doctor Alfonso López (...).

“Frente a esa situación se viene hablando de la necesidad de que la izquierda también se unifique y proclame un candidato único para 1974 (...) El MOIR no rechaza ni es su intención torpedear la perspectiva de un frente que, alrededor de una plataforma revolucionaria de lucha, lance un candidato único de la izquierda para 1974 y aglutine los más amplios sectores de masas posibles.

“Cuatro son las condiciones que creemos se deben dar para que ese frente contribuya al desarrollo de la lucha revolucionaria del pueblo colombiano en la situación actual.

“PRIMERA. El frente propuesto debe aprovechar la campaña electoral para desenmascarar la política antipatriótica y antidemocrática del Frente Nacional, para agitar un programa revolucionario y para apoyar las luchas de los obreros, los campesinos, los estudiantes y demás sectores populares (...).

“SEGUNDA. La ANAPO no podría ser la columna vertebral del frente electoral de izquierda. (...) Para que la ANAPO pueda convertirse en la columna vertebral del posible frente electoral de la izquierda colombiana tendría que variar radicalmente, cosa que creemos en verdad imposible. (...) A la ANAPO no se le debe hacer una sola concesión.

“TERCERA: El frente electoral debe aprobar una plataforma antimperialista y democrática, a la que se ceñirán sin excepción para la agitación y propaganda todas y cada una de las fuerzas integrantes.

“La importancia principal de un frente de esta naturaleza en la situación actual es la agitación que realice y la educación que imparta a la masas. Hay que profundizar la conciencia revolucionaria del pueblo colombiano; explicar que la dominación extranjera y la traba semifeudal son los factores determinantes del estancamiento de la producción y de la ruina económica de las mayorías. Exigir la nacionalización no sólo del petróleo, sino de todos los recursos naturales, así como la supresión de la injerencia del imperialismo yanqui en todas las ramas de la economía colombiana. La reforma agraria a propugnar no es una reforma cualquiera; ha de estar basada en la eliminación de la explotación terrateniente mediante la confiscación de los grandes latifundios y el reparto de la tierra para los campesinos que la trabajan. (...)

“CUARTA. Debe hacerse un acuerdo previo entre todos los partidos y organizaciones del frente que garantice: a) la dirección colectiva de la alianza y b) el respeto al carácter independiente de los partidos y organizaciones”[5].

Al asegurarse el cumplimiento de las cuatro condiciones enumeradas, el MOIR formalizó la alianza con el Movimiento Amplio Colombiano y el Partido Comunista. Lejos de tener una actitud inconsecuente, consignamos una posición diáfana, concreta y firme. La violación o la no cristalización de alguno de los requisitos exigidos, hubiera impedido nuestra vinculación a la UNO. La manzana de la discordia fue en este caso la Alianza Nacional Popular. Sin embargo, el Partido Comunista ha ocultado con insinuaciones y falsos cargos el fondo de un conflicto que ha rondado como un fantasma la casa de la Unión Nacional de Oposición durante toda su existencia.

INSISTENCIA EN UNA TACTICA FALLIDA

En la polémica contra el MOIR, ustedes han recurrido a menudo al cómodo artificio de atribuirse a sí mismos los éxitos y achacar a los demás desaciertos. La participación del MOIR en la UNO se explica como acto de mezquina conveniencia y su presencia como perturbadora para el desarrollo del “frente patriótico”, mientras que al Partido Comunista se le dibuja con muchas trazas de magnánimofico gestor visionario de la unidad. Pero este recurso ayuda muy poco y terminará derrumbándose fácilmente tan pronto las fuerzas revolucionarias se interesen en estudiar cuidadosamente la experiencia de la UNO y comparen los pronunciamientos de los distintos partidos con el acontecer político. Continuemos mirando y comparando algunos de estos pronunciamientos.

En febrero, víspera de las elecciones de 1970, el Partido Comunista sostuvo:

“Las candidaturas de Betancur y Rojas Pinilla, aunque surgieron enfrentadas a las maquinarias de las convenciones oficialistas y se presentan como exponentes de la oposición, sostienen el sistema paritario antidemocrático e incluso no se oponen a las iniciativas ultrarreaccionarias de prolongarlo indefinidamente”[6].

En abril, inmediatamente después de las elecciones afirmó:

“Por nuestra parte, debemos reconocer que no supimos medir el grado de crecimiento del rojismo en la opinión pública (...) En la elevada votación por Rojas se manifestó un profundo sentimiento de clase, planteado en forma de ‘lucha de los de abajo contra los de arriba’. (...) Las grandes masas de la oposición al sistema están actualmente con la ANAPO y es a ellas que debemos unirnos principalmente en la acción”[7].

No vamos a refutar eso de “unirnos principalmente en la acción” con las masas anapistas, tesis de una simpleza infinita y que bien podría extenderse con la misma lógica a las masas de todos los partidos y movimientos. Señalemos que el Partido Comunista, que le había negado en febrero el apoyo a la ANAPO porque “las candidaturas de Betancur y Rojas Pinilla, sostienen el sistema paritario antidemocrático”, descubre en abril que “las grandes masas de la oposición al sistema están actualmente con la ANAPO”. Pero tampoco es este el hecho que deliberadamente buscamos resaltar, ya que es ajeno a nuestro animo cazar al Partido Comunista en tan flagrante contradicción, pues un grupo partidista corre el riesgo de equivocarse al apreciar el desenlace táctico de una situación, sobre todo de una situación tan compleja como la de esos meses, cuando para las fuerzas revolucionarias hubiera podido ser ganancioso respaldar una candidatura que aunque no se salía de los marcos del sistema, significaba un gran aprieto momentáneo para la coalición liberal-conservadora, en una coyuntura en la cual la revolución se hallaba completamente debilitada, sin audiencia e impedida para hacer valer su propia alternativa. Buscamos destacar que desde aquellos días, y después de cambiar intempestivamente el criterio sobre ANAPO, la estrategia principal del Partido Comunista y en particular su estrategia de la “unidad popular” , o de la Unión Nacional de Oposición, o del “frente de la oposición democrática”, o del “frente patriótico”, según las distintas denominaciones por ustedes utilizadas, consistió fundamentalmente en lograr una alianza con dicho movimiento.

Tal vez el énfasis en esta empresa se pueda explicar por el impulso que a la “unidad popular” le daban a la sazón los diversos partidos comunistas de América Latina, inspirados en el caso chileno que entre otras cosas pondría al descubierto la inconsistencia de la “vía electoral”. O porque se creyó sinceramente que con el repunte anapista de 1970 los partidos tradicionales colombianos entraban en una crisis de la cual no se recuperarían ya. Algo hubo de ambas cuestiones . De todas maneras ustedes hicieron de la aspiración de aliarse con la ANAPO la consigna capital de la hora. No así, sencilla y llanamente, por supuesto, sino mediante algunas piruetas.

El propio congreso del Partido Comunista de 1971 dispuso:

“La tarea del momento para los comunistas en hallar el camino que conduzca a la unidad de todas las fuerzas de oposición democrática al sistema, como fase inicial para la formación del Frente Patriótico de Liberación Nacional”[8].

Pero como la situación real no daría más que para la conformación de un frente pequeño, con un MAC recién aparecido y sin expansión nacional y un MOIR “extremoizquierdista” y “anárquico”, porque hasta la prudente y sensata Democracia Cristiana, de la que el Partido Comunista tanto habla como cofundadora de la Unión Nacional de Oposición, desertó furtivamente sin pena ni gloria la noche del día de la fundación, ustedes entonces se entregaron a la ingrata labor de convencer a la única agrupación que lograría con su contingente desvencijado salvar la estrategia trazada, la pieza que faltaba y cabía en el esquema preconcebido: la ANAPO. Había que vigorizar la UNO para poder negociar con la ANAPO y había que aliarse con la ANAPO para configurar el “frente de la oposición democrática”, “fase inicial” del “Frente Patriótico de Liberación Nacional“. Verdadero acertijo con una sola solución: la ANAPO.

Y ustedes lo explicaron:

“Debemos trabajar intensamente por fortalecer la UNO con el fin de que sea una fuerza que por su importancia se convierta en elemento imprescindible para lograr la unidad con la ANAPO en la lucha común”[9].

Para el MOIR tal insistencia adolecía de fundamento. No porque sostengamos a ultranza que a la revolución le esté prohibido, según las circunstancias, llegar a compromisos con una corriente como ANAPO, por más que su ideología sea retardataria, sino porque a esta táctica ya le había pasado su tiempo. Si en 1970 pudo haberse justificado, en 1974, sería meramente una añoranza. Aquí la historia no se repetiría ni siquiera como farsa.

No han sido, pues, consideraciones de tipo dogmático las que nos llevaron a rechazar la propuesta del Partido Comunista. Nuestra experiencia y el estudio del marxismo-leninismo nos han enseñado que compromisos de esa índole dependerán siempre de la situación concreta, de las contradicciones de las fuerzas enemigas, del desarrollo político de las masas, del grado de fortaleza de los partidos revolucionarios, de las perspectivas mediatas e inmediatas. Su duración, es decir, que tales alianzas sean más o menos temporales, dependerá también de las circunstancias anotadas y sin duda de las vacilaciones del aliado.

Si en 1970, comprendiendo que la candidatura de Rojas Pinilla, por encima de sus flojeras y trapisondas, representaba objetivamente un complicado contratiempo para el bipartidismo tradicional, hubiese sido discutible apoyar a la ANAPO, semejante alianza en 1974, erigida sólo en graves claudicaciones y sin contraprestación mayor, habría denotado una torpeza superlativa. En 1974 el anapismo no representaría contradicción de cuidado para las clases dominantes y su significación política quedaría casi reducida a su capacidad de vociferar proclamas altisonantes e inconexas, maldecir lo acontecido y renegar del porvenir. El 19 de abril de 1970 marcó para la ANAPO el clímax de su vertiginoso desarrollo, fue la fecha de la victoria acariciada, pero también el día de la derrota inexorable. El pueblo anapista, esperanzado por dos lustros, caló en una cuantas horas de escaramuza comicial el alma de los jefes del “tercer partido” quienes, frente al fraude, las vejaciones y la violencia del estado oligárquico, no sacaron lección distinta de la de solicitar una reforma de las normas del sufragio y un asiento en la corte electoral. A la ANAPO le sucedió lo que tarde o temprano les sucede a los partidos que se declaran en rebeldía y sólo están preparados para hacer elecciones, esto es, que, cuando vencen, lo pierden todo y sus tropas se dispersan. En el pasado a pesar de sus muchas desventajas poseyó el poder de colocar en calzas prietas a los partidos tradicionales. En el futuro no contará más que con sus desventajas.

La concertación para 1974 de un frente con la Alianza Nacional Popular requería por los menos dos concesiones: votar por un candidato presidencial salido de sus filas, o más exactamente de la familia Rojas, y recortar el programa de nueve puntos de la Unión Nacional de Oposición. Esta consideración es valedera, pues, al contrario, proponerle a la ANAPO que se sumara a Hernando Echeverri o a cualquier otro candidato del MOIR o del Partido Comunista, y que respaldara nuestro programa mínimo, en las condiciones de aquel entonces, resultaría un exabrupto y un sabotaje a la estrategia de “la unidad de todas las fuerzas de oposición democrática”. Luego aquel frente con candidato rojista y programa común habría configurado la ironía de que mientras la ANAPO, desacreditaba y derruida, iniciaba su ciclo descendente, las fuerzas revolucionarias saldrían a recorrer el país anunciándola como la nueva panacea milagrosa.

Hasta qué punto ustedes eran conscientes de que para acercar a la ANAPO sería imprescindible hacerle tales concesiones, lo veremos en esta posterior explicación de finales de 1973:

“Nuestra propuesta consistió en que se realizara un acuerdo para escoger libremente al candidato único de la Oposición y que se discutiera y aprobara en forma conjunta un Programa Común. Candidato de la Oposición, que podría ser designado de las filas anapistas. Programa Común que también recogería los planteamientos anapistas en los cuales concordaran las demás fuerzas”[10].

Y hasta qué punto se entusiasmaban con una batalla decisiva para derrotar a la oligarquía en 1974, por la que estaban dispuestos a conceder en materia programática queda comprobado con los párrafos que siguen, tomados del “Informe al Pleno” de mayo de 1972:

“La Resolución política aprobada por el Undécimo Congreso señaló una táctica correcta, cuando dijo: ‘Todo indica que las elecciones presidenciales de 1974 pueden convertirse en una decisiva batalla popular contra la oligarquía. Si las fuerzas de la oposición se unen en torno a un programa y a un candidato único, estarán en condiciones de derrotarla y de hacer respetar su victoria electoral, cerrando así el paso a todas las maniobras de la oligarquía tradicional.’ ”

“Nuestra táctica tiene que encaminarse a plantear a todas las fuerzas interesadas en el cambio democrático y popular la necesidad de escoger de común acuerdo un candidato a la presidencia que sea capaz de unificar a la oposición, sobre la base de un programa mínimo . Programa que no es el nuestro, que puede ser incluso menos avanzado que los cinco puntos de nuestra Plataforma electoral. Pero en el cual se planteen y se levanten reivindicaciones mínimas, entre ellas la plenitud de los derechos y libertades democráticas, la reforma agraria y la nacionalización del petróleo”[11].

El programa de cinco puntos de la plataforma electoral a que ustedes se refieren en la cita anterior y que estaban dispuestos “incluso” a hacer “menos avanzado”, con el fin de “unificar a la oposición”, es éste:

“Nuestro partido sugiere como bases mínimas para el programa del Frente de la Oposición Democrática lo siguiente:

“1) Nacionalización de la industria del petróleo.

“2) Reforma Agraria democrática que comience por la entrega de la tierra de los latifundistas a los campesinos.

“3) Alza general de sueldos y salarios.

“4) Plena vigencia de las libertades públicas y el derecho de huelga.

“5) Reforma de carácter democrático y patriótico de la Universidad y del sistema educativo en general”[12].

PROGRAMA NACIONAL Y DEMOCRÁTICO

DE LA UNO

Resumamos lo que tenemos expuesto hasta aquí. La estrategia defendida por el Partido Comunista para las elecciones de 1974 consistía en crear un frente de toda la oposición, con un programa común y un candidato único. Para coronar éste propósito era indispensable la participación de la ANAPO que, a pesar de su desmoronamiento, aún se mantenía cuantitativamente en tercer lugar después del liberalismo y el conservatismo. Esta participación había que lograrla con un programa “incluso menos avanzado que los cinco puntos” de su plataforma electoral y con un candidato “que podría ser designado de las filas anapistas”. Y todo ello como paso inicial de la futura constitución del frente patriótico. El MOIR propugnaba un frente electoral de izquierda con el programa revolucionario y un candidato único, aclarando que no veía posible ni conveniente la vinculación de la Alianza Nacional Popular. No le parecía posible que la ANAPO diera un viraje tal que terminara suscribiendo un programa revolucionario, y no le parecía conveniente que se hicieran concesiones programáticas con las cuales se contribuyera a la confusión del pueblo. Las dos propuestas se semejaban en el convencimiento de la utilidad de constituir un frente con candidato único y programa conjunto, pero diferían en las calidades de éste y de aquel.

Como no se trataba de adherir a una candidatura por determinadas razones tácticas, sino de conformar un frente de lucha con programa común, el MOIR estimaba infranqueables los abismos programáticos que lo separaban de la Alianza Nacional Popular. Y así lo proclamó reiteradas veces.

Pasada la apoteosis del rojismo en 1970 y acogida en Villa de Leyva la plataforma que lo convirtió en “tercer partido”, advertimos a mediados de 1971:

“El análisis de los aspectos más importantes de la Plataforma de la ANAPO, lanzaba en Villa de Leyva, demuestra que el nuevo partido es un abanderado de la política de las podridas clases dominantes”[13].

A finales de 1972, volvimos a insistir:

“En los dos problemas claves de la Colombia de hoy, la dominación neocolonialista y el semifeudalismo, la ANAPO toma como suyos, y como si fueran grandes reivindicaciones, los viejos postulados reformistas de la Gran Coalición burgués-terrateniente proimperialista (...).

“El hecho de que siga siendo un partido tradicional, a pesar de que formalmente proclame lo contrario, explica el porqué del apoyo de la ANAPO a ciertas iniciativas del gobierno y sus contradicciones cada día más crecientes con las masas trabajadoras de la ciudad y el campo”[14].

Y un año después, conociéndose los doce puntos preelectorales de María Eugenia y días antes de participar en la convención del 22 de septiembre de 1973, que aprobó el programa mínimo de la UNO, proclamó la candidatura de Hernando Echeverri y protocolizó el resto de acuerdos para la campaña electoral unificada, expusimos de nuevo nuestro criterio y en particular comentamos:

“No se trata de un acuerdo cualquiera. Vamos a agitar en la campaña electoral una plataforma programática que contenga las reivindicaciones fundamentales y más urgentes del pueblo y la nación colombiana. No existe otra forma de concentrar los ataques contra los enemigos principales ni de dar una batalla que valga la pena en las próximas elecciones contra la alianza liberal-conservadora. Esta es la táctica de las fuerzas revolucionarias, la que contribuirá a nuestro avance. (...)

“Los portadores de la desviación de derecha insinúan que lo importante es abarcar a todas las fuerzas de la oposición, así sea al precio de aceptar un programa ‘amplio’, impreciso y difuso como fórmula expedida para llegar a acuerdo con la ANAPO o adherir sin condición alguna al candidato anapista. Estas personas desconfían de la capacidad de lucha de un frente electoral pequeño, aunque armado de una política revolucionaria; renuncian por temor, a la batalla en pro de una verdadera alternativa popular, confunden las condiciones de 1970 con las que se presentarán en 1974; no quieren apoyarse en la experiencia de las masas ni ayudarlas a avanzar; lo juegan todo a la carta de un socialismo presidenciable y ‘a la colombiana’. La dimensión del frente electoral de izquierda depende del real desarrollo de las fuerzas revolucionarias y su crecimiento no puede fincarse en las ‘ampliaciones’ a su orientación y a su plataforma. No vamos a discutir si esta estratagema, después de muchas ‘ampliaciones’ y diversas súplicas, conduzca a que la ANAPO participe en la UNO, o a que la UNO se diluya en la ANAPO, si eso es lo que se busca. Pero estamos absolutamente convencidos de que en la actualidad ese no el es camino para ganar vastos sectores de masas, organizarlos, educarlos y movilizarlos hacia las luchas revolucionarias; es un callejón sin salida en cuya penumbra resultará muy difícil distinguir entre lo correcto y lo erróneo, entre la posición consecuente y la oportunista, entre la revolución y la reacción. Una cosa es que la ANAPO no sea el blanco de nuestro ataque y otra cosa es que lo embrollemos todo de manera que terminemos por nuestra propia cuenta amarrados e impedidos para jalonar la izquierda. El momento no está para lamentarnos por lo que haga o no haga el general Rojas. La ampliación del frente electoral de izquierda estriba en llegar a las masas populares con una política nacional y democrática, coherente y clara”[15].

Como ha quedado demostrado, siempre creímos que las fuerzas revolucionarias estaban en la obligación de hacer un esfuerzo supremo, a pesar de su relativa debilidad, para estructurar un frente que apareciera en la campaña electoral de 1974 como una alternativa nueva y cierta. Su papel debía consistir en combatir la estrategia de la reacción, confrontándole una estrategia revolucionaria, educar a las masas en los principios de la revolución nacional y democrática e, inclusive, explicar conscientemente el desengaño de las masas anapistas. Y este encargo lo cumplió la Unión Nacional de Oposición. Su programa es correcto, interpreta en líneas generales las profundas y urgentes mutaciones que reclama la sociedad colombiana en la actual etapa de su desenvolvimiento histórico y es tierra fértil para las siembras del mañana. Desde esta óptica, la lucha electoral librada por la UNO fue un éxito completo, por sus enseñanzas y por sus resultados, hasta donde la correlación de fuerzas nos lo permitió.

La otra variante, la definida inicialmente por el Partido Comunista, de sacrificar el programa para engrosar los efectivos, pretendía repetir en 1974 lo que pasó en 1970, o en otras palabras, rectificar con la hija del General el comportamiento que se tuvo con el General. Pero el proyecto desconocía que las viejas contradicciones, al cabo de cuatro años, cederían su lugar a contradicciones nuevas. De habernos aventurado por aquel atajo, hoy, después de la tragedia que habría significado la fallida intentona de contener la desbandada anapista, tendríamos como irónico premio de la hazaña un programa para todos los gustos, vago e inexacto, con una única destinación parecida a la de las modernas mercancías desechables que se usan y se botan. En cambio, los nueve puntos de la Unión Nacional de Oposición tendrán en sus rasgos esenciales una actualidad que perdurará hasta el triunfo de la presente revolución democrática y comienzo de la revolución socialista. Si alguna razón le asiste ahora al Partido Comunista para ufanarse de que la UNO representa la “semilla del Frente Patriótico de Liberación Nacional” es su programa nacional y democrático[16].

La importancia del programa mínimo de la Unión Nacional de Oposición consiste en que no se circunscribe a blandir esta o aquella aspiración sentida por las masas, sino que además se aferra a las consignas centrales de la lucha por una Colombia independiente, democrática, popular, próspera y en marcha al socialismo.

Esto no quiere decir que el programa mínimo cope todos y cada uno de nuestros anhelos al respecto, o que en su elaboración colaboramos únicamente con nuestras exigencias, sin haber hecho concesiones en aras de la unidad. Claro que hicimos concesiones secundarias, y aún pensamos que el programa de la UNO es susceptible de mejoras tanto que lo profundicen como que lo simplifiquen. Sin embargo, los nueve puntos de la UNO satisfacen íntegramente la observación expresada por el MOIR de que un “frente de esta naturaleza” habría de “exigir la nacionalización no sólo del petróleo, sino de todos los recursos naturales, así como la supresión de la injerencia del imperialismo yanqui en todas las ramas de la economía”. Tal pedido, formulado rigurosamente en esa forma, buscaba refutar en concreto la escueta pretensión del partido Comunista de integrar un “Frente de la Oposición Democrática” cuyo programa olvidaba el principal objetivo de la revolución: la plena independencia de Colombia ante el imperialismo norteamericano. Ustedes no incluyeron esta reivindicación fundamental en los cinco puntos de la plataforma electoral aprobada en su Undécimo Congreso. Y lo formulamos públicamente, como está visto, desde la aparición del artículo “La hora es de unidad y de combate” y lo puntualizamos desde la primera reunión de grupos políticos del 22 de septiembre de 1972.

Sin perjuicio de las modificaciones que se le puedan introducir más adelante, lo cierto es que los nueve puntos de la UNO recogen en sus rasgos esenciales las cuestiones básicas programáticas de la revolución colombiana en su actual etapa democrática, a saber:

a) “Combatir el neocolonialismo y la dominación exterior de tipo económico, político y cultural, que los Estados Unidos de Norteamérica ejercen sobre nuestra patria a través de las clases sociales reaccionarias en las cuales se apoya internamente”; b) “Luchar por la realización de una reforma agraria democrática que en base a la confiscación de la propiedad terrateniente, entregue la tierra a los campesinos que la trabajan y a las comunidades indígenas”; c) “Batallar sin descanso por la constitución de un Estado democrático de los obreros, campesinos, clases medias, industriales y productores nacionales”, y d) ”Este Estado, al desarrollar una economía próspera e independiente, sentará las bases materiales, sociales y políticas para la futura construcción de una patria socialista en Colombia”[17].

De otra parte, el programa unitario aprobado por el MOIR, el Movimiento Amplio Colombiano y el Partido Comunista, es literalmente contrapuesto a la plataforma anapista de Villa de Leyva de 1971 y a los doce puntos preelectorales de María Eugenia de 1973. La Alianza Nacional Popular no se separó ideológica ni programáticamente de los partidos tradicionales, de los que heredó su atávica inclinación a prohijar la entrega del país al imperialismo norteamericano, justificar la explotación de la gran oligarquía burguesa y terrateniente y hacerle el juego al anticomunismo. En ningún período de su agitada vida a la ANAPO se le ocurrieron, para las necesidades ancestrales del pueblo colombiano, soluciones aparte de las fórmulas manidas de los dirigentes de liberalismo y del conservatismo, a los cuales buscaba destronar, pero a quienes sólo ambicionaba suplantar. A lo que más se atrevió fue, en las elecciones de 1974, a reencauchar los viejos postulados oligárquicos en nombre de un “socialismo a la colombiana”. Sin poder interpretar los reclamos de las clases revolucionarias y deseando encarnar los ideales de las clases reaccionarias en contra de la antigua casta política probada, terminó por perder las simpatías de las primeras y de las segundas, iniciando lo que parece será una larga y melancólica decadencia.

OBJETIVOS REVOLUCIONARIOS DE LA LUCHA ELECTORAL

Las rivalidades entre el MOIR y el Partido Comunista acerca de las características de la alianza a pactar, no se redujeron a la controversia estrictamente programática. Hubo otro aspecto, tocado ya tangencialmente en esta carta, que aún cuando no se debatió con igual resonancia, no es por ello menos trascendente. Nos referimos a los objetivos que debía perseguir la Unión Nacional de Oposición en la campaña electoral, o el frente que se constituyera para este fin.

Tema también relacionado con la ANAPO. El Partido Comunista tejía demasiadas ilusiones alrededor de la perspectiva que él mismo calificó de “decisiva batalla popular”. Para ubicarnos, volvamos a leer las palabras del Undécimo Congreso, citadas por el pleno de mayo de 1972:

“Todo indica que las elecciones presidenciales de 1974 pueden convertirse en una decisiva batalla popular contra la oligarquía. Si las fuerzas de la oposición se unen en torno a un programa y a un candidato único, estarán en condiciones de derrotarla y de hacer respetar su victoria electoral, cerrando así el paso a todas las maniobras de la oligarquía tradicional”.

Se comprende que tales apreciaciones fueron escritas aún bajo el impacto producido por el inusitado desenlace de las elecciones de 1970 y con la mirada puesta en la Alianza Nacional Popular. El proyecto no podía ser más ambicioso, derrotar en las urnas a la oligarquía y “hacer respetar” la victoria. ¡Qué lejos caerían del blanco estos pronósticos! Pero lo sorprendente es que el fraude, el estado de sitio, el toque de queda, el encarcelamiento masivo de los líderes populares, el terror, recursos preferidos por la coalición gobernante para desconocer la victoria rojista, en lugar de mover a la reflexión sobre lo efímero de un triunfo puramente electoral, mientras se mantenga intacto el aparato burocrático-militar del Estado, terminaron estimulando las creencias y los creyentes en que sí se puede arrebatar el Poder a los depredadores con las armas de los votos. La clave del asunto, según ustedes, estaba en hacer un frente amplio y saber escoger el candidato presidencial, parecido al caudillo del 19 de abril, o de su misma alcurnia. Hoy no se nos puede desmentir que, cundo el congreso del Partido Comunista planeaba tamaña obra, lo hacía sobre el presupuesto de que la ANAPO había herido de muerte al bipartidismo colombiano y se hallaba predestinada a grandes dignidades. Porque con otro aliado y sobre otro presupuesto el plan sería más disparatado y la utopía más utópica.

Existen abundantes testimonios con relación al convencimiento que ustedes tenían por ese entonces de que Colombia se encontraba a las puertas de una “crisis decisiva del sistema paritario” y de que la perspectiva de llegar al Poder de brazo con la ANAPO estaba lista. Revivamos algunos de ellos. El XI Congreso del Partido Comunista remarcaba:

“Estamos en el umbral del desencadenamiento de la crisis decisiva del sistema paritario, crisis que expresará todo el desbarajuste de la vieja estructura económico-social del país”.[18]

Y el propio Gilberto Vieira, secretario general del PC, a principios de 1972, aventuraba la tesis de que el anapismo “puede, si se consolida como partido independiente, precipitar la disolución del antidemocrático monopolio bipartidista”, Por la misma fecha, completaba: “Si la ANAPO llegara al gobierno, sería dentro de un vasto movimiento de frente único con los otros sectores de la oposición”.[19]

Y a los oídos de la ANAPO se musitaron declaraciones tan tiernas como ésta: “En 1970, las masas anapistas recuerdan que no sólo hicieron falta los votos comunistas, sino también la organización y la capacidad de nuestro partido para defender el triunfo que les arrebató con fraude y represión el gobierno oligárquico”.[20]

Impugnando tan patéticas intenciones, el MOIR llamaba la atención sobre algo que hemos repetido hasta el cansancio: la ANAPO no se encontraba ya en la edad dorada, había iniciado su proceso descendente, sin salvación. Pero no se trataba únicamente de averiguar en qué estadio de su desarrollo se encontraba el movimiento del general Rojas; era indispensable comprender que una corriente que se nutría de la charca doctrinaria del bipartidismo tradicional, nunca estaría en condiciones de desencadenar la crisis decisiva del sistema oligárquico. En la Colombia actual hay dos formas de hacer política. La una, apoyando al imperialismo norteamericano y a sus lacayos criollos; la otra, respaldando a las grandes masas populares que luchan por su liberación y bienestar. La primera política hace mucho tiempo que está en bancarrota en nuestro país, y si su colapso definitivo no ha llegado, es precisamente por la ausencia de un partido revolucionario capaz de organizar y unificar al pueblo, mediante una estrategia y táctica correctas que lo conduzca a la victoria. Entonces sí la nueva política sepultará la vieja y Colombia cambiará de color. El partido que realice este milagro no puede ser otro que el partido de la clase obrera. El “tercer partido” en Colombia será su partido proletario. Las fuerzas marxista-leninistas vienen luchando con tenacidad tras este gran empeño, y a no dudarlo el triunfo será suyo.

Para rechazar el despropósito de que la Alianza Nacional Popular estuviera en condiciones de generar la crisis contundente del bipartidismo colombiano y en defensa de la tesis de que el “tercer partido” en nuestro país no podría ser ninguna de las disidencias que de vez en cuando se precipitan en las filas del liberalismo y del conservatismo y que al final de cuentas desaparecen por inercia o regresan como el hijo pródigo al hogar de sus mayores, redactamos oportunamente las siguientes frases:

“La ANAPO ha retrocedido precisamente porque en el fondo no ha dejado de ser un partido tradicional” (...).

“El‘tercer partido’ en Colombia no puede ser otro que el partido de la clase obrera. Sólo el partido proletario podrá convertirse en el vocero auténtico de los oprimidos y humillados de Colombia. Ese partido y no otro podrá apoyar e interpretar los intereses de las masas campesinas, organizar el pueblo y liberar al país.”[21]

Las elecciones de 1974 ratificaron con creces estas palabras. El hecho de que el descontento popular y el ascenso de la lucha de las masas a finales de la década del sesenta hubieran sido capitalizados por un movimiento de las características de ANAPO, fue en realidad un alivio para los viejos partidos, quienes resurgieron con renovados ímpetus para proseguir su obra de pillaje y depredación aprovechando el desconcierto general.

Al mismo tiempo insistíamos en que no obstante haber desaparecido la alternación presidencial y la paridad en las corporaciones públicas, por vencimiento de los plazos, la oligarquía había prolongado el paritarismo en la rama ejecutiva del poder hasta 1978, en virtud de la última reforma constitucional. Esto concluyó siendo denunciado por todo las fuerzas democráticas y la Unión Nacional de Oposición lo explicó exhaustivamente en la campaña electoral. Pero hemos advertido también que incluso de 1978 hacia adelante, los gobiernos oligárquicos, según la Constitución, seguirán siendo paritarios, mediante el mecanismo de que el partido vencedor deberá darle participación administrativa “adecuada y equitativa” al partido mayoritario distinto al del presidente de la República. En otras palabras, que el espíritu frentenacionalista del Estado continuará indefinidamente a través de los llamados “gobiernos nacionales”. Este fenómeno tan peculiar de nuestra situación obedece en Colombia a la ley histórica de que el imperialismo no puede ejercer su dominación sino por intermedio de la alianza de la gran burguesía y de los grandes terratenientes, cuya expresión política es la coalición liberal-conservadora.

Las elecciones de 1974 se efectuarían bajo esas disposiciones y las fuerzas revolucionarias no podían contentarse con hablar únicamente de los factores de la eliminación de la paridad parlamentaria y de la alternación. Debían a la par esclarecer a las masas convocadas a sufragar, que éstas irían a una contienda en la cual de antemano se hallaba establecido el resultado. Ganara cualquier candidato, de todas maneras seguirían gobernando el liberalismo y el conservatismo, mancomunadamente.

Pero además de lo anterior, nosotros no estábamos dispuestos por ningún motivo a que quedara flotando en el ambiente la duda de que participábamos en la batalla electoral siquiera con la remotísima esperanza de derrotar a nuestros enemigos tradicionales, no sólo por la desventajosa correlación de fuerzas, sino principalmente por el convencimiento arraigado de que jamás ganaremos el Poder en unas elecciones. En la historia de la lucha de clases no se ha dado aún el primer caso en que los opresores entreguen pacíficamente a los oprimidos las riendas de la sociedad. E inclusive el ejemplo chileno, sobre el que tanto se teorizaba diciendo que había iniciado la época de las revoluciones incruentas, el modelo viviente de la “vía electoral”, “un camino para explorar hacia el socialismo” y demás estulticias, se vino al suelo hecho trizas con el cuartelazo sanguinario de Augusto Pinochet y el sacrificio de Salvador Allende. El pueblo colombiano no olvidará las respuestas que dieron los defensores de esa singular teoría cuando se les increpaba:

“Esto es engañar al proletariado y a pueblo, desarmarlos, entregarlos mansamente en manos de sus enemigos, que no permitirán por las buenas la implantación de la dictadura de las clases revolucionarias dirigidas por el proletariado”.[22]

Gilberto Vieira, por ejemplo, comentaba:

“Un factor verdaderamente decisivo en Chile es el Ejército. Lo han demostrado los hechos. La reciente visita de una misión militar chilena a Cuba me parece un acontecimiento sensacional y significativo de todo ese proceso. O sea, no es fácil que el imperialismo pueda movilizar el ejército chileno, en su conjunto, contra el gobierno de la ´Unidad Popular´, y esa es una de las ventajas más grandes con que cuenta el pueblo chileno”.[23]

La dictadura militar en Chile y el ahogamiento del pueblo en un mar de sangre terminaron dando dramáticamente la razón a quienes en el mundo pensaban como nosotros: “¡Lástima grande que no sea realidad tanta belleza!” Después de los dolorosos sucesos del hermano país se nos ha querido combatir con la vil calumnia de que respaldamos a la junta militar chilena. A nosotros, que con nuestra débil voz tratábamos en vano de alertar sobre los peligros que corren los revolucionarios que duermen en la misma cama con los asesinos, que no defendimos a los golpistas en potencia como lo hicieron nuestros calumniadores, se nos pretende presentar ahora partidarios de la banda de Pinochet, con el oculto propósito de eludir este debate de principios relativo a la vía de la revolución e impedir que se resuma experiencia tan cara y tan valiosa para el marxismo-leninismo. El pueblo chileno sabrá corregir los errores de estos años turbulentos y con su lucha heroica, liberadora, rasgará la noche oscura que ha caído sobre su querida patria. Y si en alguien podrán confiar los revolucionarios chilenos en estas horas aciagas, será en aquellos que en las de fugaz ventura les aconsejaron sincera y respetuosamente.

Nos hemos separado deliberadamente del tema que veníamos analizando para dar una noción de la atmósfera ideológica que se respiraba en los albores de los años setenta y de los conceptos encontrados que sobre los problemas del Poder se esgrimían con especial ardor y aún siguen copando el interés de los revolucionarios. Para el MOIR era, por tanto, de suma importancia la forma como se proyectara la campaña electoral conjunta, los objetivos que se trazaran, la manera de explicar el aprovechamiento de este tipo de lucha. Sabíamos que el frente de izquierda tendría que designar un candidato presidencial si deseaba sacarle todo el jugo a su participación en las elecciones de 1974. Pero nos oponíamos a que aquella necesidad condujera a la conciliación con quienes espontánea o conscientemente pregonaban obtener el Poder mediante la estrategia de llegar tarde que temprano a controlar por los votos el primer cargo de la dictadura oligárquica proimperialista: la presidencia de la República. En contra de esta entelequia de derrotar a las clases dominantes en una “decisiva batalla” electoral y hacer “respetar la victoria” de un candidato único de toda la oposición, expusimos en estos términos nuestras opiniones:

“La conveniencia de postular un candidato presidencial de izquierda ha sido estudiada, discutida y en general aceptada no porque tenga probabilidades así sean remotas de salir victorioso, sino porque la alianza electoral de izquierda necesita una cabeza visible que la represente y que con el respaldo a su candidatura aglutine la lucha y la votación a nivel nacional”.

“La imposibilidad de victoria de un candidato presidencial de izquierda se desprende de la correlación de fuerzas y de las reglas de juego electoral. Alfonso López y Álvaro Gómez como candidatos del régimen contabilizan a su favor el aparato estatal, la autoridad del dinero, la gran prensa, la radio, la televisión y se apoyan en las fuerzas del atraso y de la tradición bipartidista del país” (...).

“Las clases explotadas dominantes realizan elecciones o las suspenden, abren sus parlamentos o los cierran, imponen gobiernos civiles, mediante votaciones o caudillos militares mediante ´cuartelazos´, según, cuándo y donde les convenga. Esta ha sido la historia hasta hoy de la casi totalidad de las repúblicas latinoamericanas, para no salirnos de nuestro continente, o por lo menos es la experiencia de Colombia. El Estado y sus instituciones representativas tienen su definida naturaleza de clase y son instrumentos de dominación de una determinada clase. Las clases revolucionarias no pueden esperar a que el Estado de las clases reaccionarias y sus instituciones representativas se pongan a su servicio, así aquellas consigan las mayorías en unos comicios generales. Si aspiran a emanciparse y a transformar la sociedad, las clases trabajadoras oprimidas están obligadas a construir, sobre los escombros del Estado opresor destruido revolucionariamente, su propio Estado con sus instituciones diferentes a las desaparecidas”.

“Entonces, ¿para qué participamos los revolucionarios colombianos en las elecciones y en el Parlamento? Aprovechamos la campaña electoral y vamos a las corporaciones públicas con la finalidad de desenmascarar la política antipatriótica y antidemocrática del Frente Nacional y sus instituciones reaccionarias, de agitar un programa revolucionario y de apoyar las luchas de los obreros, los campesinos, los estudiantes y los demás sectores populares. Así acumularemos fuerzas. Para eso utilizan los partidos revolucionarios el sufragio en los regímenes explotadores: para acumular fuerzas. Luchamos y exigimos respeto por las libertades políticas, por los derechos de reunión y expresión de las organizaciones populares, pero a cada paso recordamos que bajo el régimen de explotación y represión, en el cual los grandes potentados internacionales y sus sirvientes criollos se hartan de riquezas a cambio del sudor y la sangre de las mayorías, y continúe el imperialismo controlando los resortes vitales de la economía y por ende se mantenga en lo fundamental intacta su influencia política, bajo este régimen, la mejor democracia del mundo es falsa; que sólo en un Estado de obreros, de campesinos y del resto del pueblo, independiente y soberano, con sus organismos representativos auténticamente democráticos, las masas podrán gozar de todos sus derechos y participar plenamente en la política. Educaremos a las clases revolucionarias en la idea leninista de que ´la revolución debe consistir no en que la clase nueva mande y gobierne con la vieja máquina del Estado, sino que destruya esa máquina y mande, gobierne con ayuda de otra nueva´... “La esencia de la cuestión radica en si se mantiene la vieja máquina estatal (enlazada por miles de hilos a la burguesía y empapada hasta el tuétano de rutina e inercia) o si se le destruye, sustituyéndola por otra nueva” [24]

En esa forma expresábamos los objetivos que debía perseguir nuestra participación en la campaña electoral. A su turno pertrechábamos a nuestro Partido y al resto de sectores avanzados en su lucha ideológica contra las teorías seudo-revolucionarias del Estado. El acertado aprovechamiento de la lucha electoral serviría para facilitar el avance y consolidar los progresos de las fuerzas revolucionarias. Nos propusimos, por consiguiente, tres finalidades muy definidas: combatir y desenmascarar la política y las maniobras de la Gran Coalición liberal-conservadora, agitar un programa nacional y democrático y apoyar las luchas del pueblo colombiano. Y ésta fue la única política unitaria posible, porque sólo estableciendo y yendo en pos de tales objetivos, podría lograrse, como se logró, un frente combativo, revolucionario, que en la contienda electoral se distinguiera por su empuje, originalidad y consecuencia. Así actuó la Unión Nacional de Oposición, y en los primeros meses de 1974 llegó a preocupar a la reacción apátrida, por un lado, y por el otro, sorprendió al oportunismo de ´izquierda´ que no acabará de especular y de demeritar el espectáculo de disciplina, de vigor y de beligerancia que vio desfilar ante sus ojos.

Cuanto más nos hallemos distanciado de una situación revolucionaria, tanto más imperioso será para las fuerzas de la revolución el correcto aprovechamiento de la lucha electoral. Tan peculiar condición resulta doblemente cierta para los países neocoloniales y semifeudales como Colombia. En la casi totalidad de los casos, el desbordado entusiasmo de las más amplias masas por este tipo de lucha denota más el atraso que el auge de la revolución. Precisamente por eso los revolucionarios están obligados a ir a elecciones, retrocediendo en comparación con sus máximos objetivos, conscientes de que a éstos no podrán arribar jamás, si rehúsan encuadrar su táctica flexiblemente en las circunstancias concretas del variable desarrollo de la lucha de clases. En el futuro esta observación se la seguiremos exponiendo a los compañeros que confían honestamente en que basta dar la orden para que las masas se alineen y apresten al combate. Las masas populares sólo comprenderán nuestro pensamiento revolucionario cuando nosotros nos pongamos a la altura de sus necesidades y partamos del nivel en que se encuentran. Sin embargo, esto no significa que al vincularnos a la lucha electoral nos pleguemos a las corrientes en boga. Por el contrario, combatiremos fieramente por disipar las ilusiones que las gentes sencillas se hacen y los promeseros de la oligarquía alimentan, de descubrir una camino llano y corto, sin mayores traumatismos, para sacudirse el yugo que los oprime de generación en generación. Las fuerzas revolucionarias no deben renunciar un solo día a su labor de educar a las masas atrasadas, ni en aquellas circunstancias en las cuales la ola reaccionaria aparece aplastante, como suele suceder en las temporadas electorales. Esta crítica se la lanzamos a quienes prefieren acallar sus intenciones a cambio de ganar “amigos”, pasar el chaparrón en medio del tumulto sin dar la pelea o aguardar camuflados ocasiones más propicias. A veces resulta “mejor estar solos que mal acompañado”, como aconseja el aforismo popular. Y si no nos atrevemos a tocar nuestra trompeta para que la escuchen hasta los propios enemigos, así sea una clarinada impertinente, no habrá cuándo tengamos una opinión pública revolucionaria, ni unos bravos escuadrones que como los de Rondón vencieron y humillaron a las huestes españolas en el Pantano de Vargas.

Sin capitulaciones de ninguna especie y sin haber perdido la visión de los objetivos estratégicos, la Unión Nacional de Oposición combatió infatigablemente durante la campaña electoral la política oligárquica, agitó su programa revolucionario y se solidarizó y estimuló las luchas de las clases oprimidas. La UNO educó a las masas en los principios de la revolución nacional y democrática, consolidó el avance de las fuerzas revolucionarias y sus tres partidos de importancia nacional, como los múltiples movimientos populares de provincia que la integran, se expandieron y fortalecieron.

Exactamente así concebimos los objetivos de la UNO en la lucha electoral, mientras el Partido Comunista pataleó hasta el final por su estratagema de conseguir el entendimiento con la ANAPO. Y tan obsesivo sería este deseo que una vez escogida oficialmente la candidatura de Hernando Echeverri y habiendo quedado, por lo tanto, sellada la posibilidad del candidato único de toda la oposición, ustedes propusieron esta última fórmula de acercamiento:

“Pese a las diferencias presentadas, es nuestro deber continuar realizando esfuerzos por buscar acuerdos entre la ANAPO y la UNO. Dos fuerzas de Oposición pueden entenderse para realizar una labor de conjunto, orientada a la ayuda mutua en las tareas electorales. Planteamientos como la defensa unida contra la represión, por el respeto a las libertades y derechos, para evitar la ruptura de carteles, por la ayuda en los actos públicos, tiene acogida en ambos sectores”.[25]

Pero al mismo tiempo era tal la aversión del estado mayor anapista por todo cuanto tuviera que ver con el comunismo y su total despreocupación por una política unitaria, que ni siquiera se dignó nunca responder las propuestas afables del Partido Comunista, ni aun ésta, tan parca y tan modesta, como cosa pintoresca, de un acuerdo para “evitar la ruptura de carteles”.

LA IZQUIERDA ANAPISTA

Y LAS TRES OPCIONES DEL 21 DE ABRIL

Hemos analizado desde los orígenes de la UNO los problemas candentes en los cuales hubo discrepancias entre ustedes y nosotros. Tanto la cuestión programática como los objetivos de la campaña electoral tuvieron que ver con la contumacia del Partido Comunista a conformar el frente con la Alianza Nacional Popular. Quisiéramos dar por finalizada la réplica a las acusaciones del Partido Comunista con respecto al asunto de la ANAPO, pero como nos hemos hecho el propósito de aclarar todas y cada una de las dudas que ustedes han arrojado sobre nuestro comportamiento, vamos a ocuparnos de otra falsa imputación, a manera de cierre de este pleito.

Sin ningún rubor ustedes han sostenido:

“Se conoce de sobra la actitud agresiva del MOIR contra la ANAPO a la cual, ciegamente, engloba bajo la definición de “organización populista y de derecha”, negando la existencia en su seno de sectores de izquierda y de una radical base popular”.[26] Y: Públicamente condenan todo contacto con la ANAPO por considerarla ´el peor obstáculo contrarrevolucionario´. Pero al mismo tiempo, tienden puentes hacia ese partido”.[27]

Como ninguno de los prospectos que el Partido Comunista hizo referentes a la ANAPO se cumplieron, recurre a ese ardid antiquísimo como el hombre mismo, de llevar al absurdo el pensamiento de sus contendores para refutarlo a su gusto. Se cuidan ustedes de reconocer que el MOIR tuvo razón sobre la imposibilidad de un acuerdo con la ANAPO para las elecciones de 1974, y procuran desviar la atención de quienes siguen esta polémica con una nueva acusación, producida en abril pasado: el MOIR no reconoce sectores de izquierda en la ANAPO y en su agresividad la confunde con el enemigo principal. Esto no es más que una burla y desesperada tergiversación. Recordemos algunas de las veces que señalamos la existencia de una izquierda anapista, a la cual, entre otras cosas, había que ganar.

En 1972 dijimos:

“Para que los sectores izquierdistas de ANAPO puedan participar en un frente electoral revolucionario no les queda otra salida distinta de la insubordinación y desconocimiento de la dirección del General, como lo hicieron los miembros del Movimiento Amplio Colombiano”.[28]

En 1973 reiteramos:

“Por un lado, la ANAPO se nutrió de un núcleo de dirigentes populares sinceros y de gente común anhelante de un vuelco en la situación, sin saber exactamente cuál y cómo. Estos constituyeron la izquierda de la ANAPO. Por el otro, fueron llegando círculos de politiqueros arribistas cuyas aspiraciones personales no tenían cabida por varios motivos en los partidos tradicionales y de personas extraídas o con vínculos al gran capital y a los terratenientes, pero marginadas del control de los organismos claves del Estado. Estos círculos constituyeron la derecha de la ANAPO, tomaron su mando y le imprimieron su política de oposición respetuosa del sistema (...).

“La ANAPO continúa siendo escenario de lucha entre sus dos alas, notablemente mermadas. Las fuerzas revolucionarias deben tratar de influenciar a los sectores de izquierda que aún quedan en la ANAPO y ganarlos para una posición realmente antiimperialista y antioligárquica”.[29]

Y en la última convención de la UNO, anterior a las elecciones, el compañero Francisco Mosquera sintetizó nítidamente la actitud distinta que correspondía con los enemigos principales, las fuerzas intermedias y los aliados. Dijo así:

“Nuestra táctica electoral es sencilla y clara. Concentramos el ataque contra los enemigos principales del pueblo colombiano: la coalición oligárquica proimperialista, gobernante, cuyos candidatos oficiales significan el continuismo, la opresión extranjera, el atraso, la miseria, el hambre y la represión fascista. Criticaremos las vacilaciones y el manzanillismo de la ANAPO, estimulando a la vez a sus sectores de izquierda para que asuman una posición consecuentemente antiimperialista y antioligárquica. Y estrecharemos los vínculos entre los partidos y movimientos políticos de envergadura nacional y regional que están resueltos a abanderar la alternativa revolucionaria, despejando el camino de la unidad del pueblo y preparando las condiciones para más profundas y extensas batallas por la liberación nacional y por la revolución”.[30]

Empecemos por lo último. Nunca pretendimos que se combatiera a la ANAPO cual si se tratara de las más grave desventura del país, atribución gratuita con la que únicamente se busca desvirtuar nuestras críticas a ese partido. Ni hemos sustituido en ningún tramo de nuestra lucha al imperialismo norteamericano y a las cabezas visibles de las clases dominantes proimperialistas colombianas como blanco principal de nuestro ataque. Conforme a esta inalterable posición de principios fue como propusimos la política de “Unidad y Combate”, cuyo contenido se resume en la máxima de: concentrar el fuego en la Gran Coalición liberal-conservadora. Contra esta táctica conspiraba la Alianza Nacional Popular, que aparecía a todo trance remisa a romper su indiferencia ante la cruel explotación imperialista de que Colombia es víctima predilecta y a respaldar efectivamente las luchas de las masas populares por sus derechos a gozar de una patria libre y democrática. Como no perdimos el sentido de las proporciones y sabíamos matemáticamente cuál era nuestra fuerza real, no nos trazamos la meta de aislar definitivamente en unos cuantos meses, no siquiera en unos pocos años, al núcleo dirigente de la alianza oligárquica. En forma voluntaria nos redujimos a trabajar por unificar en un frente revolucionario a los movimientos susceptibles de integrarlo según las condiciones y dimos la alarma sobre el obstáculo que simbolizaba el anapismo para la conformación de dicho frente. Y objetivamente la ANAPO se convirtió en el “peor obstáculo” de la política de “Unidad y Combate”, en la medida en que el Partido Comunista, haciendo las veces de abogado del diablo, terciaba a su favor. En fin de cuentas nuestra divisa de unir todo lo unificable para las elecciones de 1974 se abrió paso justo a tiempo. Y en septiembre de 1973 ya estaban definidas las tres opciones más caracterizadas: “Desde la reaccionaria y antipatriótica, representada por los candidatos se los partidos Liberal y Conservador, Alfonso López y Álvaro Gómez, pasando por la intermedia e inconsecuente de la ANAPO, con María Eugenia de Moreno Díaz, hasta la nacional y democrática de la Unión Nacional de Oposición”[31].

En cuanto a la izquierda anapista, la discrepancia fue diametralmente a la inversa de la versión amañada que se pretende dar, después de cuatro años de agudas discusiones. Pero ustedes no se saldrán del embrollo tergiversándonos. Así harán menos decorosa la retirada. Nosotros insistíamos no en que no hubiese una izquierda en la ANAPO, sino en que ésta, para poder contribuir efectivamente a una política revolucionaria, se veía abocada con posterioridad a 1970 a la ineludible disyuntiva de rebelarse o seguir uncida a una línea oportunista que sólo fracasos cosecharía. Ustedes, al contrario, creían que la izquierda anapista podría tomar el timón y enrumbar el “tercer partido”, hacia aguas unitarias. Aceptemos que sus deseos eran altruistas, pero la ANAPO había encallado y sus sectores avanzados no tenían ni la influencia en el mando ni el respaldo suficiente para enderezar la situación. En la práctica, la consigna de permanecer a bordo hasta el final, facilitaba la labor de la pequeña burguesía arribista que soñaba con escalar posiciones en la ANAPO y llegar al Parlamento bajo su manto protector, aprovechando la desbandada de sus más reputados dirigentes de derecha y de izquierda. Si algo merece calificarse de populista es precisamente este intento ulterior de arribismo pequeñoburgués por salvar los dogmas reaccionarios de ANAPO en nombre de la revolución, por cubrir el viejo santoral con el palio del “socialismo a la colombiana” . Este novísimo “socialismo” fue a la postre el más acérrimo enemigo de la política unitaria que lo amenazaba a muerte.

La inutilidad de esta táctica fue reconocida por el Partido Comunista al mes de las elecciones, en mayo de 1974, cuando resolvió suspender su posición de “neutralidad” frente a la ANAPO.

Leámoslo:

“Ahora más que nunca debemos acercarnos a los sectores más consecuentemente revolucionarios de la ANAPO. Hay que modificar actitudes de ´neutralidad´ ante las contradicciones de este movimiento a fin de pasar a una lucha activa y continua para estimular entre sus activistas y adherentes las acciones unitarias y para atraer a los más avanzados a la UNO y a la militancia en nuestras filas”.[32]

La postrera rectificación del Partido Comunista de “modificar” la “neutralidad ante las contradicciones de la ANAPO”, ¿significa acaso una implícita aproximación a la orientación del MOIR de “influenciar a los sectores de izquierda que aún quedan en la ANAPO y ganarlos para un posición realmente antiimperialista y antioligárquica”? De ser así no podemos menos de alabar que la experiencia, madre de la sabiduría, ayuda por igual a todos a distinguir el acierto del error. De todos modos no tenemos prisa, confiamos en que la práctica de la lucha de clases proferirá su fallo inapelable y dará a cada cual lo merecido. Y en verdad que nuestra paciencia ha sido premiada. Al cabo de estos tres últimos años podemos hacer un balance victorioso. Logramos concurrir en la pasada campaña electoral con un frente conjunto de fuerzas que, aunque pequeño, presentó una auténtica alternativa revolucionaria al pueblo colombiano. Las pretensiones de diluir la UNO en una amalgama informe e indefinible fueron contundentemente derrotadas. Los resultados electorales contabilizados son altamente favorables si se tienen en cuenta las dificultades supremas en las que se libró la contienda, y las fuerzas revolucionarias conquistaron significativas posiciones en las corporaciones públicas que han convertido en puestos de combate y tribunas de denuncia de las arbitrariedades y atropellos del régimen. Los objetivos de educar al pueblo, consolidar el avance revolucionario de nuestras fuerzas y apoyar las luchas populares se cumplieron hasta el límite de nuestras capacidades. Pudimos librar una gran batalla ideológica contra las concepciones liberales y contra las que pretenden revisar el marxismo-leninismo.

La UNO ha quedado armada de un programa revolucionario que consigna las principales reivindicaciones estratégicas de la actual etapa nacional y democrática de la revolución colombiana. Se abre un nuevo período de la historia de Colombia en el cual, no obstante el triunfo montado y transitorio de las fuerzas reaccionarias, la crisis política y económica de las clases antipatrióticas gobernantes y del imperialismo norteamericano se agudiza irreversiblemente, mientras las masas oprimidas arrecian la lucha en todos los frentes de batalla. Las tendencias unitarias de las diversas clases, capas y organizaciones revolucionarias de la sociedad colombiana se acentúan por encima de los tropiezos naturales y a través del combate ideológico necesario, imprescindible y vivificante. Y nuestro Partido, más fogueado, más disciplinado, más unido, más extendido y más arraigado en el corazón del pueblo, está en condiciones de desempeñar un papel de mayor importancia en la conducción de las luchas revolucionarias.

Doblemos esta doliente página de la Alianza Nacional Popular con el siguiente comentario. El Partido Comunista aceptó que su “consigna del Onceavo Congreso, por un candidato único de toda la oposición democrática en la batalla electoral de 1974, no ha podido realizarse”.[33]

Aceptación apenas obvia. Pero como lo hemos explicado, la infundada insistencia del Partido Comunista por forzar la aplicación de su línea trazada, originó todas estas contradicciones de la alianza, la amplitud del frente, el programa de la UNO y los objetivos de la campaña electoral. Ustedes no podrán decir que la “consigna del Onceavo Congreso” no se concretó debido a las interferencias del MOIR. Nuestro poder decisorio no era tan determinante. Por el contrario, nos limitamos a fijar nuestros puntos de vista, a negarnos a participar en la UNO mientras no se clarificara la política y a esperar. De tal manera que el Partido Comunista tuvo el campo libre hasta el 22 de septiembre de 1973 para negociar su esquema unitario. ¡Y cómo lo gestionó! Por esto resulta tendencioso y ruin despachar esta polémica con la afirmación de que “el MOIR ingresa a la UNO después de haberle dado muchas vueltas”. Y por eso nos hemos ocupado en desmenuzar esta historia para comprobar que “en definitiva” nos guiamos “por el criterio” de que era “preferible constituir un frente que, aunque pequeño”, le pudiera “presentar al pueblo una verdadera alternativa revolucionaria”. [34] Ustedes fueron los que dieron vueltas y revueltas alrededor de una quimera, desinteresada y piadosa si así lo prefieren, pero quimera al fin y al cabo, como revolotea el cucarrón alucinando en torno a una lámpara encendida.

DOS TARES PARALELAS

DE “UNIDAD Y COMBATE”

Conocidos los orígenes de la Unión Nacional de Oposición, sus dificultades y luchas del comienzo y explicadas cómo quedaron las cuestiones del programa y de los objetivos y frutos de la campaña electoral, pasaremos a ocuparnos del problema de su carácter, es decir, a responder al interrogante ¿qué es la UNO?

El Partido Comunista se apresuró a definir a la UNO como la “semilla del Frente Patriótico la Liberación Nacional”. Retomamos esta definición porque con ella se ha pretendido, por un lado, refutar nuestra consigna inicial de la necesidad de la creación de un “frente electoral de izquierda” para las elecciones de 1974, y por el otro, proporcionarle algún basamento doctrinal a la insinuación de que el MOIR se muestra reacio a facilitar la unidad de las fuerzas revolucionarias. Tal infundio está regado en múltiples materiales del Partido Comunista, queriendo significar, a punta de repetirlo, que ustedes son partidarios del frente único mientras nosotros tenemos de él una miope visión electorera. Es como si se creyera a pie juntillas que asuntos tan fundamentales para la teoría y la lucha revolucionarias se pudieran despachar mediante golpes de mano y argucias ingeniosas. Sin embargo, quien haya escuchado con atención la melodía monocorde de que la UNO es la “semilla del Frente Patriótico” habrá descubierto fácilmente que el Partido Comunista una vez más sólo aporta como argumentos suyos sus deseos y sus calumnias contra el MOIR.

Estamos seguros de que con definiciones abstractas no habrá cuándo desentrañar el problema, ni la polémica la debemos reducir a la competencia de quién le augura a la UNO la mejor de las suertes. Ya observamos cómo el esquema de convertirla en el “Frente de la Oposición Democrática”, “esencia” del “Frente Patriótico”, desembocó en un fracaso. No basta con decir “hágase la luz y la luz fue hecha”. Para prever el destino de la UNO es forzoso no olvidar cuáles son sus fuerzas verdaderas, conocer las distintas concepciones que chocan en su seno y entonces sí, mediante la discusión, inquirir si es posible o no concordar las políticas más indicadas que solventen su actual crisis y la transformen en un centro eficaz de dirección y coordinación de las luchas revolucionarias. Pero mientras la UNO no pase a cumplir una función efectiva como centro orientador y cohesionador de estas luchas y no garantice el mínimo de identidad y de cooperación entre sus fuerzas integrantes, será la negación del frente unido. Si sinceramente queremos constituirla en la “semilla” de la alianza que a la larga abarque y organice a todo el pueblo colombiano, tendremos que empezar por corregir ésta su falla principal. Y es más, no existe otra salida, remarcamos, para evitar su deceso. El deceso de la UNO como organización unitaria y democrática, se entiende, porque no se nos escapa el hecho de que cualquiera de sus componentes pueda prolongarle artificialmente la vida, pero ya como apéndice exclusivamente suyo. En esta última eventualidad la Unión Nacional de Oposición perdería su carácter de aglutinante de distintas corrientes políticas y, por ende, la “semilla” se marchitaría sin haber germinado.

Antes de intentar tan ingente labor dejemos establecidas dos premisas. En primer término que nuestro interés sigue siendo el de salvar y desarrollar la Unión Nacional de Oposición. Una alianza de esta índole, no obstante su relativa debilidad, es altamente positiva para la revolución colombiana, siempre y cuando cumpla con una política unitaria, democrática y revolucionaria. Creemos que nuestra mejor colaboración en esta hora es señalar críticamente las rectificaciones a que haya lugar, pero somos conscientes de que solos no podremos imprimirle ni la política ni la pujanza que requiere la UNO. Se precisa de un replanteamiento de los acuerdos entre las fuerzas que han venido comprometidas con el proceso unitario de los tres últimos años. Y como lo dijimos al principio de esta carta, estamos dispuestos a agotar pacientemente todos los medios al alcance para superar la crisis y proveer las bases del nuevo entendimiento.

En segundo término, sea cual fuese el resultado de nuestras gestiones, el MOIR seguirá invariablemente la línea de luchar por la unidad de las fuerzas revolucionarias. Desde nuestro nacimiento como organización partidaria independiente hemos proclamado con claridad meridiana que la revolución colombiana en su presente etapa democrática sólo conquistará la victoria con la unidad de todas las clases, capas, partidos y personas que en una u otra forma repudien la dominación del imperialismo norteamericano y de las clases antinacionales que le sirven de soporte. Bajo esta suprema directriz hemos venido combatiendo. Nuestro proyecto de programa para el Primer Congreso del Partido del Trabajo de Colombia lo destaca como uno de sus grandes postulados. Ninguna consideración logrará separarnos de esta senda. Y tenemos una seguridad absoluta en que el pueblo colombiano, a pesar del curso zigzagueante de la revolución, llegará a obtener su unidad y con ella la liberación, la prosperidad y la grandeza del país. Los problemas de la conformación de un frente único antiimperialista, así como el resto de los asuntos vitales de la revolución, sólo podrán resolverse satisfactoriamente aplicando el método de la participación democrática de todas las fuerzas revolucionarias. Sin democracia no habrá unidad. Precisamente la reacción sojuzga al pueblo dividiéndolo y lo divide negándole la libertad de organización, de expresión y demás derechos políticos. Las amplias masas repudian los procedimientos antidemocráticos. Y dentro del movimiento revolucionario colombiano ningún partido aceptará jamás estar bajo la férula de otro. Atrás quedaron los tiempos en los cuales los litigios se absolvían conforme al respeto que reclaman los “mayores en edad, dignidad y gobierno”. Las fuerzas nuevas son irrespetuosas, se atreven a desmentir a las viejas autoridades, descorren velos y destruyen mitos. Es la dinámica de la lucha. Gracias a ella la revolución no se estanca sino que avanza sin cesar hacia adelante, superando los períodos de desconcierto y de marasmo.

Sentadas las dos premisas anteriores, manos a la obra. Escudriñemos en la corta existencia de la Unión Nacional de Oposición cuál ha sido su labor de dirección y coordinación. Partamos de unas frases aún calientes del pleno del Partido Comunista de abril pasado, arriba citadas:

“La Tercera Convención de la UNO, replicando a quienes consideraban esta alianza como un mero acuerdo electoral, declaró que ‘ha surgido un frente de fuerzas revolucionarias y populares, con un programa de nueve puntos, cuyo objetivo final es abrirle el camino a Colombia hacia el socialismo’.”

Al año de efectuadas las elecciones, el Partido Comunista no ceja en revivir su querella contra el MOIR acerca del carácter de la UNO. Lo que resulta doblemente insólito, si se comprende que los documentos aprobados por la Tercera Convención lo fueron por unanimidad y con la participación voluntaria nuestra, y, sobre todo, si se persiste en la turbia costumbre de refutar al MOIR haciendo caso omiso de sus posiciones públicas. Ustedes pretenden cosechar laureles en el campo de la teoría sobre el frente único, tiroteando la formulación que hicimos, a su tiempo, de la necesidad de la construcción de un “frente electoral de izquierda” para las elecciones de 1974. Y de carambola ubicar al MOIR en el bando contrario de la unidad de las fuerzas revolucionarias. Contraponer el MOIR a la línea de desarrollar un “frente de fuerzas revolucionarias y populares” porque defendimos y sacamos avante la consigna del “frente electoral de izquierda” en 1974, es un enfoque tan formulista, como el que sería atacar a la UNO porque según su nombre se limita a unificar la llamada “oposición”.

¿A qué obedecía que propusiéramos un “frente electoral de izquierda” para las pasadas elecciones? Creemos que esta pregunta ha quedado suficientemente respondida en los capítulos precedentes. Ustedes hablaban de un frente de toda la “oposición democrática” con candidato único y programa común, con la ANAPO como columna vertebral. Nosotros considerábamos que conforme a las circunstancias reinantes sólo era viable un frente mucho más reducido, pero con un contenido revolucionario, con el que podrían colaborar el MOIR, el MAC, el Partido Comunista, movimientos avanzados de provincia y sectores de izquierda de otros partidos. A esa alianza la denominamos “frente electoral de izquierda” para distinguirla de la proyectada por el Partido Comunista y que la práctica encontró irrealizable. ¿Cuál de las propuestas era más consecuente, no desde el punto de vista de su viabilidad, como ha sido aceptado por ambas partes, sino del de su contenido? ¿Bastaba simplemente la retahíla de que la UNO era la “esencia” o la “semilla” del futuro frente único para imprimirle un carácter revolucionario? Su carácter revolucionario únicamente podrían determinarlo el programa y los objetivos concretos que se fijaran en consonancia con el tipo de lucha inminente que teníamos delante. Y la UNO cumplió una gran tarea revolucionaria porque pudo concurrir a la contienda electoral con un programa nacional y democrático y con los objetivos de desenmascarar la estrategia de los partidos oligárquicos proimperialistas, agitar y explicar la estrategia revolucionaria y apoyar las luchas del pueblo colombiano. La lucha inminente que teníamos delante era la participación en las elecciones, una de las principales preocupaciones de ustedes y de nosotros. Para demostrarlo sería suficiente repasar las muchas citas que llevamos recopilando del MOIR y del Partido Comunista.

Siendo esto exactamente cierto, el MOIR, sin embargo, no confinaba las alianzas al lindero exclusivamente electoral. Cuando proclamamos nuestra política de “Unidad y Combate” en 1972, además de la tarea de crear un “frente electoral de izquierda”, nos trazamos la de la unidad del movimiento sindical independiente. Las condiciones para esta segunda tarea estaban también dadas: la profunda crisis de la UTC y CTC, el anuncio de su fusión a comienzo de ese año y la desesperada decisión del gobierno de Pastrana de apoyarse abiertamente en sus camarillas antiobreras, desnudándolas por completo y contribuyendo a enmendar los equívocos que todavía campeaban en el movimiento obrero sobre su verdadera catadura. Además, el reconocimiento del Partido Comunista de la presencia de diversas fuerzas políticas antiutecistas y anticetecistas dentro del sindicalismo independiente y su oportuna declaración a favor de la perspectiva de la creación de una central unitaria. Sobre los logros y tropiezos de esta empresa nos ocuparemos luego por separado. Aquí nos interesa resaltar que cuando llamamos a trabajar por la política de “Unidad y Combate” lo hacíamos con la mente puesta tanto en la urgencia del “frente electoral de izquierda” como en la necesidad de unificar el sindicalismo independiente.

Ambas tareas suponían para nosotros una alianza con el Partido Comunista y procedimos en consecuencia a dar los pasos concernientes. Así lo entendíamos y así lo explicamos:

“La central obrera independiente y el frente electoral de izquierda son dos tareas cuya realización exige que el MOIR trabaje en ellas conjuntamente con el Partido Comunista y otras organizaciones partidistas. Para ello, tendremos que hacer y hemos hecho, modificaciones adecuadas a nuestra política” [35]

De tal manera que seguir martillando con la acusación de que el MOIR ha reducido su política unitaria revolucionaria a un estrecho criterio electoral es otra desfiguración más que tenemos que abonarles a ustedes, en el afán de echarnos el agua sucia, revuelta con su propio barro. Y en verdad es el Partido Comunista quien ahora niega a toda costa, como lo avizoraremos después, que la política de alianza entre ustedes y nosotros hubiese abarcado acuerdos referentes al movimiento sindical. Pero al mismo tiempo nos arroja la recriminación de que el MOIR no piensa en una unidad más amplia ni más profunda como se supone sea la empresa de construir un “Frente Patriótico” o una “semilla de Frente Patriótico”.

Lo que sucede es que nosotros no hemos especulado acerca del frente único. Con la concepción que tenemos de él como máximo aglutinante de las fuerzas revolucionarias y principal forma de dirección de la revolución nacional y democrática, dilucidamos que tal objetivo aún se encuentra distante de nuestros anhelos, a pesar de los innegables progresos de la conciencia política del pueblo colombiano. Sin embargo, cuando propusimos la línea de “Unidad y Combate”, reparábamos en que sus tareas del frente electoral de izquierda y de la unidad sindical, aunque no significaban de por sí que estuviéramos en los umbrales del frente único, la una