Carta Abierta del MOIR al
Partido Comunista de Colombia
UNA POSICIÓN CONSECUENTEMENTE UNITARIA
(*)
CONSIDERACIONES PRELIMINARES
Compañeros del Comité
Ejecutivo Central del Partido Comunista de Colombia:
En la última reunión bilateral
del MOIR y el Partido Comunista se pusieron sobre la mesa de trabajo
dos problemas inquietantes: el porvenir de la Unión Nacional
de Oposición y el porvenir de la unidad del movimiento
sindical independiente. Ustedes indagaron nuestro concepto acerca
de estos dos asuntos. Nosotros expresamos en dicha reunión
la decisión de agotar los medios al alcance con el propósito
de superar los escollos y salvar un proceso unitario que lleva
ya tres años y que irrumpió en la escena política
del país anunciándose con los mejores augurios para
las luchas revolucionarias del pueblo colombiano. No obstante,
solicitamos entonces de ustedes un tiempo prudencial para dar
una respuesta que englobara la situación en su conjunto
y al mismo tiempo comprendiera aquellos puntos que merecen examinarse
y discutirse, teniendo en cuenta las contradicciones que a cada
momento brotan entre el MOIR y el Partido Comunista, ahondando
los antagonismos y debilitando la alianza.
Hemos pensado que debido a la complejidad
de las cuestiones a tratar y a la importancia que indudablemente
tienen para la revolución colombiana, bien valía
la pena consignar por escrito nuestras opiniones. Como la dirección
del Partido Comunista, a través de sus órganos de
expresión, ha publicado sistemáticamente sus particulares
criterios alrededor de antiguas y recientes discrepancias con
el MOIR y ha dado a conocer su propia versión de los acontecimientos,
no nos queda más remedio que refrescar la memoria con un
poco de historia, tocar viejos y nuevos temas, y hacerlo también
públicamente. En tal forma, con la presente carta abierta
pretendemos cumplir ese cometido.
En artículos de prensa y en documentos
oficiales del Partido Comunista se ataca permanentemente al MOIR
con acusaciones y comentarios de esta naturaleza “...en
1973 el MOIR ingresa a la UNO después de haberle dado muchas
vueltas”[1] “Condenan todo contacto con la ANAPO por
considerarla ‘el peor obstáculo contrarrevolucionario’.
Pero al mismo tiempo, tienden puentes hacia ese partido”[2].
“La Tercera Convención de la UNO, replicando a quienes
consideraban esta alianza como un mero acuerdo electoral, declaró
que ‘ha surgido un frente de fuerzas revolucionarias y populares,
con un programa de nueve puntos, cuyo objetivo final es abrirle
el camino a Colombia hacia el socialismo’ ”[3]. “...en
relación con la unidad popular y concretamente con la UNO,
el MOIR viene solicitando su ‘radicalización’.
¿Qué entiende el MOIR por ‘radicalizar a la
UNO’? Entiende que ésta se convierta en un ‘bastión
inexpugnable’ al cual sólo tengan acceso ‘los
verdaderos revolucionarios’ ” [4].
De las citas extractadas, escogidas
casi al azar de la copiosa literatura destinada por ustedes con
más apremio que juicio a convencer a sus seguidores de
que no es el MOIR sino el Partido Comunista quien posee la verdad
verdadera en materia de uniones y desuniones, se desprende que
lo que realmente está en controversia es la comprensión
de todo el proceso unitario, desde cuando vio su luz primera hasta
hoy, así como la concepción misma del frente de
liberación nacional. Como se ve, la polémica se
extiende al nacimiento de la UNO y a sus tropiezos iniciales,
pasa por la función que representó la ANAPO durante
este periodo, o mejor, por la función que no desempeñó,
se detiene en las disquisiciones para definir a qué tipo
de alianza corresponden los compromisos adquiridos y concluye
en el tema de mayor actualidad: el rumbo y la dinámica
que deben imprimírsele a la Unión Nacional de Oposición.
Emprenderemos, por consiguiente, un recorrido por los más
destacados episodios del proceso unitario, ciñéndonos
al máximo a su sucesión cronológica y documento
en mano.
Creemos que contribuir a esclarecer
asuntos tan estrechamente vinculados a la lucha revolucionaria
colombiana de los últimos años, podrá contribuir
a la vez a despejar los oscuros nubarrones que amenazan la Unión
Nacional de Oposición, o al menos ayudará a que
el debate ideológico y político se limite fundamentalmente
al análisis de la práctica vivida y de los planteamientos
esgrimidos por cada dirección en cada ocasión para
justificar su conducta, y queden sin validez los intentos de empantanarlo
todo en una reyerta de invenciones, intrigas y consejas. El peor
servicio prestado a la unidad del pueblo es pretender ocultar
los problemas o velar las diferencias cundo unas y otras se nos
presentan como enormes y tentadores desafíos. El primer
paso para vencer las dificultades es empezar reconociéndolas.
Y “al toro hay que cogerlo por los cachos”.
Dividiremos la jornada en dos grandes
etapas: antes y después de las elecciones del 21 de abril
de 1974, en viejas y nuevas contradicciones. En las primeras,
veremos lo referente al origen de la UNO, la explicación
del fenómeno anapista, el carácter de la alianza
y, para rematar, las condiciones y principios del frente único
revolucionario en Colombia. En las segundas, trataremos sobre
las discrepancias motivadas a raíz del surgimiento de la
tendencia conciliacionista promovida por Hernando Echeverri y
sobre las encontradas interpretaciones acerca del gobierno de
Alfonso López Michelsen. En temas aparte nos remitiremos
a la cuestión de la unidad del sindicalismo independiente
y a la cuestión de las divergencias en torno del movimiento
comunista internacional. En una palabra, compendiaremos en la
forma más completa posible nuestro pensamiento, en relación
con aquellos puntos en los cuales ha habido discrepancias de enfoque
y de principio entre el MOIR y el Partido Comunista y que han
influido notoriamente en el resquebrajamiento del proceso unitario.
PRIMERA PARTE: VIEJAS CONTRADICCIONES
POLITICA DIAFANA, CONCRETA Y FIRME
El Partido Comunista ha dicho que “en
1973 el MOIR ingresa a la UNO después de haberle dado muchas
vueltas”, insinuando que nosotros teníamos una actitud
inconsecuente desde un comienzo. Ustedes no pueden tener tan mala
memoria para olvidar así como así las razones por
las cuales el MOIR no ingresó a la UNO hasta 1973. Nuestro
partido propició las reuniones preliminares e intercambió
opiniones con las otras fuerzas políticas sobre la necesidad
de conformar un frente que permitiera a las organizaciones interesadas
concurrir con ciertas opciones de éxito a las elecciones
de 1974. Y participó en la asamblea del Capitolio que prácticamente
fundó la Unión Nacional de Oposición, el
22 de septiembre de 1972. Pero hubo un obstáculo, el primer
gran enfrentamiento entre ustedes y nosotros en este proceso:
la obcecada posición del Partido Comunista a que el frente
electoral en ciernes se constituyera con la Alianza Nacional Popular,
proposición que el MOIR veía irrealizable, a no
ser que se hicieran concesiones demasiado costosas y se diluyera
campaña, frente, programa y todo en una amalgama oportunista
sin ton ni son. No se trataba, desde luego, de dirimir si era
deseable conformar un frente amplio o pequeño. Se trataba
de comprender que no había condiciones para que un movimiento
como ANAPO, decadente y descompuesto, corroído por el cretinismo
y que no daba señales de querer soltar las amarras que
lo atan al sistema, pudiera ingresar de pronto a un frente que
aspiraba enarbolar un programa revolucionario. Sólo cuando
ustedes abandonaron esta idea carente de piso material, cosa que
hicieron después de agotar todos los procedimientos, desde
los más públicos hasta los más privados,
y de comprobar que en realidad no existía la más
remota probabilidad de entendimiento con la ANAPO, se hizo viable
un acuerdo del MOIR con el Partido Comunista con miras a una campaña
electoral conjunta, y sólo entonces se puso a marchar en
serio a la Unión Nacional de Oposición.
Hasta dónde los moiristas en
1972 comprendían la situación y preveían
los requisitos que harían factible una alianza electoral
de izquierda para 1974, se demuestra en los siguientes apartes
tomados de “TRIBUNA ROJA”.
“La estrategia reaccionaria es
clara: la promulgación indefinida de la Gran Coalición
del Frente Nacional. (...) La alternación termina en 1974,
pero el presidente que salga elegido entonces deberá gobernar
con los partidos tradicionales. Las camarillas dirigentes liberal
y conservadora pueden lanzar para 1974 un candidato presidencial
por cada partido o lanzar uno solo que los represente a ambos.
En cualquiera de los dos casos la obligación es la misma:
gobernar coligadamente. A esto se han comprometido los varios
aspirantes de los dos partidos. Hasta el doctor Alfonso López
(...).
“Frente a esa situación
se viene hablando de la necesidad de que la izquierda también
se unifique y proclame un candidato único para 1974 (...)
El MOIR no rechaza ni es su intención torpedear la perspectiva
de un frente que, alrededor de una plataforma revolucionaria de
lucha, lance un candidato único de la izquierda para 1974
y aglutine los más amplios sectores de masas posibles.
“Cuatro son las condiciones que
creemos se deben dar para que ese frente contribuya al desarrollo
de la lucha revolucionaria del pueblo colombiano en la situación
actual.
“PRIMERA. El frente propuesto
debe aprovechar la campaña electoral para desenmascarar
la política antipatriótica y antidemocrática
del Frente Nacional, para agitar un programa revolucionario y
para apoyar las luchas de los obreros, los campesinos, los estudiantes
y demás sectores populares (...).
“SEGUNDA. La ANAPO no podría
ser la columna vertebral del frente electoral de izquierda. (...)
Para que la ANAPO pueda convertirse en la columna vertebral del
posible frente electoral de la izquierda colombiana tendría
que variar radicalmente, cosa que creemos en verdad imposible.
(...) A la ANAPO no se le debe hacer una sola concesión.
“TERCERA: El frente electoral
debe aprobar una plataforma antimperialista y democrática,
a la que se ceñirán sin excepción para la
agitación y propaganda todas y cada una de las fuerzas
integrantes.
“La importancia principal de un
frente de esta naturaleza en la situación actual es la
agitación que realice y la educación que imparta
a la masas. Hay que profundizar la conciencia revolucionaria del
pueblo colombiano; explicar que la dominación extranjera
y la traba semifeudal son los factores determinantes del estancamiento
de la producción y de la ruina económica de las
mayorías. Exigir la nacionalización no sólo
del petróleo, sino de todos los recursos naturales, así
como la supresión de la injerencia del imperialismo yanqui
en todas las ramas de la economía colombiana. La reforma
agraria a propugnar no es una reforma cualquiera; ha de estar
basada en la eliminación de la explotación terrateniente
mediante la confiscación de los grandes latifundios y el
reparto de la tierra para los campesinos que la trabajan. (...)
“CUARTA. Debe hacerse un acuerdo
previo entre todos los partidos y organizaciones del frente que
garantice: a) la dirección colectiva de la alianza y b)
el respeto al carácter independiente de los partidos y
organizaciones”[5].
Al asegurarse el cumplimiento de las
cuatro condiciones enumeradas, el MOIR formalizó la alianza
con el Movimiento Amplio Colombiano y el Partido Comunista. Lejos
de tener una actitud inconsecuente, consignamos una posición
diáfana, concreta y firme. La violación o la no
cristalización de alguno de los requisitos exigidos, hubiera
impedido nuestra vinculación a la UNO. La manzana de la
discordia fue en este caso la Alianza Nacional Popular. Sin embargo,
el Partido Comunista ha ocultado con insinuaciones y falsos cargos
el fondo de un conflicto que ha rondado como un fantasma la casa
de la Unión Nacional de Oposición durante toda su
existencia.
INSISTENCIA EN UNA TACTICA FALLIDA
En la polémica contra el MOIR,
ustedes han recurrido a menudo al cómodo artificio de atribuirse
a sí mismos los éxitos y achacar a los demás
desaciertos. La participación del MOIR en la UNO se explica
como acto de mezquina conveniencia y su presencia como perturbadora
para el desarrollo del “frente patriótico”,
mientras que al Partido Comunista se le dibuja con muchas trazas
de magnánimofico gestor visionario de la unidad. Pero este
recurso ayuda muy poco y terminará derrumbándose
fácilmente tan pronto las fuerzas revolucionarias se interesen
en estudiar cuidadosamente la experiencia de la UNO y comparen
los pronunciamientos de los distintos partidos con el acontecer
político. Continuemos mirando y comparando algunos de estos
pronunciamientos.
En febrero, víspera de las elecciones
de 1970, el Partido Comunista sostuvo:
“Las candidaturas de Betancur
y Rojas Pinilla, aunque surgieron enfrentadas a las maquinarias
de las convenciones oficialistas y se presentan como exponentes
de la oposición, sostienen el sistema paritario antidemocrático
e incluso no se oponen a las iniciativas ultrarreaccionarias de
prolongarlo indefinidamente”[6].
En abril, inmediatamente después
de las elecciones afirmó:
“Por nuestra parte, debemos reconocer
que no supimos medir el grado de crecimiento del rojismo en la
opinión pública (...) En la elevada votación
por Rojas se manifestó un profundo sentimiento de clase,
planteado en forma de ‘lucha de los de abajo contra los
de arriba’. (...) Las grandes masas de la oposición
al sistema están actualmente con la ANAPO y es a ellas
que debemos unirnos principalmente en la acción”[7].
No vamos a refutar eso de “unirnos
principalmente en la acción” con las masas anapistas,
tesis de una simpleza infinita y que bien podría extenderse
con la misma lógica a las masas de todos los partidos y
movimientos. Señalemos que el Partido Comunista, que le
había negado en febrero el apoyo a la ANAPO porque “las
candidaturas de Betancur y Rojas Pinilla, sostienen el sistema
paritario antidemocrático”, descubre en abril que
“las grandes masas de la oposición al sistema están
actualmente con la ANAPO”. Pero tampoco es este el hecho
que deliberadamente buscamos resaltar, ya que es ajeno a nuestro
animo cazar al Partido Comunista en tan flagrante contradicción,
pues un grupo partidista corre el riesgo de equivocarse al apreciar
el desenlace táctico de una situación, sobre todo
de una situación tan compleja como la de esos meses, cuando
para las fuerzas revolucionarias hubiera podido ser ganancioso
respaldar una candidatura que aunque no se salía de los
marcos del sistema, significaba un gran aprieto momentáneo
para la coalición liberal-conservadora, en una coyuntura
en la cual la revolución se hallaba completamente debilitada,
sin audiencia e impedida para hacer valer su propia alternativa.
Buscamos destacar que desde aquellos días, y después
de cambiar intempestivamente el criterio sobre ANAPO, la estrategia
principal del Partido Comunista y en particular su estrategia
de la “unidad popular” , o de la Unión Nacional
de Oposición, o del “frente de la oposición
democrática”, o del “frente patriótico”,
según las distintas denominaciones por ustedes utilizadas,
consistió fundamentalmente en lograr una alianza con dicho
movimiento.
Tal vez el énfasis en esta empresa
se pueda explicar por el impulso que a la “unidad popular”
le daban a la sazón los diversos partidos comunistas de
América Latina, inspirados en el caso chileno que entre
otras cosas pondría al descubierto la inconsistencia de
la “vía electoral”. O porque se creyó
sinceramente que con el repunte anapista de 1970 los partidos
tradicionales colombianos entraban en una crisis de la cual no
se recuperarían ya. Algo hubo de ambas cuestiones . De
todas maneras ustedes hicieron de la aspiración de aliarse
con la ANAPO la consigna capital de la hora. No así, sencilla
y llanamente, por supuesto, sino mediante algunas piruetas.
El propio congreso del Partido Comunista
de 1971 dispuso:
“La tarea del momento para los
comunistas en hallar el camino que conduzca a la unidad de todas
las fuerzas de oposición democrática al sistema,
como fase inicial para la formación del Frente Patriótico
de Liberación Nacional”[8].
Pero como la situación real no
daría más que para la conformación de un
frente pequeño, con un MAC recién aparecido y sin
expansión nacional y un MOIR “extremoizquierdista”
y “anárquico”, porque hasta la prudente y sensata
Democracia Cristiana, de la que el Partido Comunista tanto habla
como cofundadora de la Unión Nacional de Oposición,
desertó furtivamente sin pena ni gloria la noche del día
de la fundación, ustedes entonces se entregaron a la ingrata
labor de convencer a la única agrupación que lograría
con su contingente desvencijado salvar la estrategia trazada,
la pieza que faltaba y cabía en el esquema preconcebido:
la ANAPO. Había que vigorizar la UNO para poder negociar
con la ANAPO y había que aliarse con la ANAPO para configurar
el “frente de la oposición democrática”,
“fase inicial” del “Frente Patriótico
de Liberación Nacional“. Verdadero acertijo con una
sola solución: la ANAPO.
Y ustedes lo explicaron:
“Debemos trabajar intensamente
por fortalecer la UNO con el fin de que sea una fuerza que por
su importancia se convierta en elemento imprescindible para lograr
la unidad con la ANAPO en la lucha común”[9].
Para el MOIR tal insistencia adolecía
de fundamento. No porque sostengamos a ultranza que a la revolución
le esté prohibido, según las circunstancias, llegar
a compromisos con una corriente como ANAPO, por más que
su ideología sea retardataria, sino porque a esta táctica
ya le había pasado su tiempo. Si en 1970 pudo haberse justificado,
en 1974, sería meramente una añoranza. Aquí
la historia no se repetiría ni siquiera como farsa.
No han sido, pues, consideraciones de
tipo dogmático las que nos llevaron a rechazar la propuesta
del Partido Comunista. Nuestra experiencia y el estudio del marxismo-leninismo
nos han enseñado que compromisos de esa índole dependerán
siempre de la situación concreta, de las contradicciones
de las fuerzas enemigas, del desarrollo político de las
masas, del grado de fortaleza de los partidos revolucionarios,
de las perspectivas mediatas e inmediatas. Su duración,
es decir, que tales alianzas sean más o menos temporales,
dependerá también de las circunstancias anotadas
y sin duda de las vacilaciones del aliado.
Si en 1970, comprendiendo que la candidatura
de Rojas Pinilla, por encima de sus flojeras y trapisondas, representaba
objetivamente un complicado contratiempo para el bipartidismo
tradicional, hubiese sido discutible apoyar a la ANAPO, semejante
alianza en 1974, erigida sólo en graves claudicaciones
y sin contraprestación mayor, habría denotado una
torpeza superlativa. En 1974 el anapismo no representaría
contradicción de cuidado para las clases dominantes y su
significación política quedaría casi reducida
a su capacidad de vociferar proclamas altisonantes e inconexas,
maldecir lo acontecido y renegar del porvenir. El 19 de abril
de 1970 marcó para la ANAPO el clímax de su vertiginoso
desarrollo, fue la fecha de la victoria acariciada, pero también
el día de la derrota inexorable. El pueblo anapista, esperanzado
por dos lustros, caló en una cuantas horas de escaramuza
comicial el alma de los jefes del “tercer partido”
quienes, frente al fraude, las vejaciones y la violencia del estado
oligárquico, no sacaron lección distinta de la de
solicitar una reforma de las normas del sufragio y un asiento
en la corte electoral. A la ANAPO le sucedió lo que tarde
o temprano les sucede a los partidos que se declaran en rebeldía
y sólo están preparados para hacer elecciones, esto
es, que, cuando vencen, lo pierden todo y sus tropas se dispersan.
En el pasado a pesar de sus muchas desventajas poseyó el
poder de colocar en calzas prietas a los partidos tradicionales.
En el futuro no contará más que con sus desventajas.
La concertación para 1974 de
un frente con la Alianza Nacional Popular requería por
los menos dos concesiones: votar por un candidato presidencial
salido de sus filas, o más exactamente de la familia Rojas,
y recortar el programa de nueve puntos de la Unión Nacional
de Oposición. Esta consideración es valedera, pues,
al contrario, proponerle a la ANAPO que se sumara a Hernando Echeverri
o a cualquier otro candidato del MOIR o del Partido Comunista,
y que respaldara nuestro programa mínimo, en las condiciones
de aquel entonces, resultaría un exabrupto y un sabotaje
a la estrategia de “la unidad de todas las fuerzas de oposición
democrática”. Luego aquel frente con candidato rojista
y programa común habría configurado la ironía
de que mientras la ANAPO, desacreditaba y derruida, iniciaba su
ciclo descendente, las fuerzas revolucionarias saldrían
a recorrer el país anunciándola como la nueva panacea
milagrosa.
Hasta qué punto ustedes eran
conscientes de que para acercar a la ANAPO sería imprescindible
hacerle tales concesiones, lo veremos en esta posterior explicación
de finales de 1973:
“Nuestra propuesta consistió
en que se realizara un acuerdo para escoger libremente al candidato
único de la Oposición y que se discutiera y aprobara
en forma conjunta un Programa Común. Candidato de la Oposición,
que podría ser designado de las filas anapistas. Programa
Común que también recogería los planteamientos
anapistas en los cuales concordaran las demás fuerzas”[10].
Y hasta qué punto se entusiasmaban
con una batalla decisiva para derrotar a la oligarquía
en 1974, por la que estaban dispuestos a conceder en materia programática
queda comprobado con los párrafos que siguen, tomados del
“Informe al Pleno” de mayo de 1972:
“La Resolución política
aprobada por el Undécimo Congreso señaló
una táctica correcta, cuando dijo: ‘Todo indica que
las elecciones presidenciales de 1974 pueden convertirse en una
decisiva batalla popular contra la oligarquía. Si las fuerzas
de la oposición se unen en torno a un programa y a un candidato
único, estarán en condiciones de derrotarla y de
hacer respetar su victoria electoral, cerrando así el paso
a todas las maniobras de la oligarquía tradicional.’
”
“Nuestra táctica tiene
que encaminarse a plantear a todas las fuerzas interesadas en
el cambio democrático y popular la necesidad de escoger
de común acuerdo un candidato a la presidencia que sea
capaz de unificar a la oposición, sobre la base de un programa
mínimo . Programa que no es el nuestro, que puede ser incluso
menos avanzado que los cinco puntos de nuestra Plataforma electoral.
Pero en el cual se planteen y se levanten reivindicaciones mínimas,
entre ellas la plenitud de los derechos y libertades democráticas,
la reforma agraria y la nacionalización del petróleo”[11].
El programa de cinco puntos de la plataforma
electoral a que ustedes se refieren en la cita anterior y que
estaban dispuestos “incluso” a hacer “menos
avanzado”, con el fin de “unificar a la oposición”,
es éste:
“Nuestro partido sugiere como
bases mínimas para el programa del Frente de la Oposición
Democrática lo siguiente:
“1) Nacionalización de
la industria del petróleo.
“2) Reforma Agraria democrática
que comience por la entrega de la tierra de los latifundistas
a los campesinos.
“3) Alza general de sueldos y
salarios.
“4) Plena vigencia de las libertades
públicas y el derecho de huelga.
“5) Reforma de carácter
democrático y patriótico de la Universidad y del
sistema educativo en general”[12].
PROGRAMA NACIONAL Y DEMOCRÁTICO
DE LA UNO
Resumamos lo que tenemos expuesto hasta
aquí. La estrategia defendida por el Partido Comunista
para las elecciones de 1974 consistía en crear un frente
de toda la oposición, con un programa común y un
candidato único. Para coronar éste propósito
era indispensable la participación de la ANAPO que, a pesar
de su desmoronamiento, aún se mantenía cuantitativamente
en tercer lugar después del liberalismo y el conservatismo.
Esta participación había que lograrla con un programa
“incluso menos avanzado que los cinco puntos” de su
plataforma electoral y con un candidato “que podría
ser designado de las filas anapistas”. Y todo ello como
paso inicial de la futura constitución del frente patriótico.
El MOIR propugnaba un frente electoral de izquierda con el programa
revolucionario y un candidato único, aclarando que no veía
posible ni conveniente la vinculación de la Alianza Nacional
Popular. No le parecía posible que la ANAPO diera un viraje
tal que terminara suscribiendo un programa revolucionario, y no
le parecía conveniente que se hicieran concesiones programáticas
con las cuales se contribuyera a la confusión del pueblo.
Las dos propuestas se semejaban en el convencimiento de la utilidad
de constituir un frente con candidato único y programa
conjunto, pero diferían en las calidades de éste
y de aquel.
Como no se trataba de adherir a una
candidatura por determinadas razones tácticas, sino de
conformar un frente de lucha con programa común, el MOIR
estimaba infranqueables los abismos programáticos que lo
separaban de la Alianza Nacional Popular. Y así lo proclamó
reiteradas veces.
Pasada la apoteosis del rojismo en 1970
y acogida en Villa de Leyva la plataforma que lo convirtió
en “tercer partido”, advertimos a mediados de 1971:
“El análisis de los aspectos
más importantes de la Plataforma de la ANAPO, lanzaba en
Villa de Leyva, demuestra que el nuevo partido es un abanderado
de la política de las podridas clases dominantes”[13].
A finales de 1972, volvimos a insistir:
“En los dos problemas claves de
la Colombia de hoy, la dominación neocolonialista y el
semifeudalismo, la ANAPO toma como suyos, y como si fueran grandes
reivindicaciones, los viejos postulados reformistas de la Gran
Coalición burgués-terrateniente proimperialista
(...).
“El hecho de que siga siendo un
partido tradicional, a pesar de que formalmente proclame lo contrario,
explica el porqué del apoyo de la ANAPO a ciertas iniciativas
del gobierno y sus contradicciones cada día más
crecientes con las masas trabajadoras de la ciudad y el campo”[14].
Y un año después, conociéndose
los doce puntos preelectorales de María Eugenia y días
antes de participar en la convención del 22 de septiembre
de 1973, que aprobó el programa mínimo de la UNO,
proclamó la candidatura de Hernando Echeverri y protocolizó
el resto de acuerdos para la campaña electoral unificada,
expusimos de nuevo nuestro criterio y en particular comentamos:
“No se trata de un acuerdo cualquiera.
Vamos a agitar en la campaña electoral una plataforma programática
que contenga las reivindicaciones fundamentales y más urgentes
del pueblo y la nación colombiana. No existe otra forma
de concentrar los ataques contra los enemigos principales ni de
dar una batalla que valga la pena en las próximas elecciones
contra la alianza liberal-conservadora. Esta es la táctica
de las fuerzas revolucionarias, la que contribuirá a nuestro
avance. (...)
“Los portadores de la desviación
de derecha insinúan que lo importante es abarcar a todas
las fuerzas de la oposición, así sea al precio de
aceptar un programa ‘amplio’, impreciso y difuso como
fórmula expedida para llegar a acuerdo con la ANAPO o adherir
sin condición alguna al candidato anapista. Estas personas
desconfían de la capacidad de lucha de un frente electoral
pequeño, aunque armado de una política revolucionaria;
renuncian por temor, a la batalla en pro de una verdadera alternativa
popular, confunden las condiciones de 1970 con las que se presentarán
en 1974; no quieren apoyarse en la experiencia de las masas ni
ayudarlas a avanzar; lo juegan todo a la carta de un socialismo
presidenciable y ‘a la colombiana’. La dimensión
del frente electoral de izquierda depende del real desarrollo
de las fuerzas revolucionarias y su crecimiento no puede fincarse
en las ‘ampliaciones’ a su orientación y a
su plataforma. No vamos a discutir si esta estratagema, después
de muchas ‘ampliaciones’ y diversas súplicas,
conduzca a que la ANAPO participe en la UNO, o a que la UNO se
diluya en la ANAPO, si eso es lo que se busca. Pero estamos absolutamente
convencidos de que en la actualidad ese no el es camino para ganar
vastos sectores de masas, organizarlos, educarlos y movilizarlos
hacia las luchas revolucionarias; es un callejón sin salida
en cuya penumbra resultará muy difícil distinguir
entre lo correcto y lo erróneo, entre la posición
consecuente y la oportunista, entre la revolución y la
reacción. Una cosa es que la ANAPO no sea el blanco de
nuestro ataque y otra cosa es que lo embrollemos todo de manera
que terminemos por nuestra propia cuenta amarrados e impedidos
para jalonar la izquierda. El momento no está para lamentarnos
por lo que haga o no haga el general Rojas. La ampliación
del frente electoral de izquierda estriba en llegar a las masas
populares con una política nacional y democrática,
coherente y clara”[15].
Como ha quedado demostrado, siempre
creímos que las fuerzas revolucionarias estaban en la obligación
de hacer un esfuerzo supremo, a pesar de su relativa debilidad,
para estructurar un frente que apareciera en la campaña
electoral de 1974 como una alternativa nueva y cierta. Su papel
debía consistir en combatir la estrategia de la reacción,
confrontándole una estrategia revolucionaria, educar a
las masas en los principios de la revolución nacional y
democrática e, inclusive, explicar conscientemente el desengaño
de las masas anapistas. Y este encargo lo cumplió la Unión
Nacional de Oposición. Su programa es correcto, interpreta
en líneas generales las profundas y urgentes mutaciones
que reclama la sociedad colombiana en la actual etapa de su desenvolvimiento
histórico y es tierra fértil para las siembras del
mañana. Desde esta óptica, la lucha electoral librada
por la UNO fue un éxito completo, por sus enseñanzas
y por sus resultados, hasta donde la correlación de fuerzas
nos lo permitió.
La otra variante, la definida inicialmente
por el Partido Comunista, de sacrificar el programa para engrosar
los efectivos, pretendía repetir en 1974 lo que pasó
en 1970, o en otras palabras, rectificar con la hija del General
el comportamiento que se tuvo con el General. Pero el proyecto
desconocía que las viejas contradicciones, al cabo de cuatro
años, cederían su lugar a contradicciones nuevas.
De habernos aventurado por aquel atajo, hoy, después de
la tragedia que habría significado la fallida intentona
de contener la desbandada anapista, tendríamos como irónico
premio de la hazaña un programa para todos los gustos,
vago e inexacto, con una única destinación parecida
a la de las modernas mercancías desechables que se usan
y se botan. En cambio, los nueve puntos de la Unión Nacional
de Oposición tendrán en sus rasgos esenciales una
actualidad que perdurará hasta el triunfo de la presente
revolución democrática y comienzo de la revolución
socialista. Si alguna razón le asiste ahora al Partido
Comunista para ufanarse de que la UNO representa la “semilla
del Frente Patriótico de Liberación Nacional”
es su programa nacional y democrático[16].
La importancia del programa mínimo
de la Unión Nacional de Oposición consiste en que
no se circunscribe a blandir esta o aquella aspiración
sentida por las masas, sino que además se aferra a las
consignas centrales de la lucha por una Colombia independiente,
democrática, popular, próspera y en marcha al socialismo.
Esto no quiere decir que el programa
mínimo cope todos y cada uno de nuestros anhelos al respecto,
o que en su elaboración colaboramos únicamente con
nuestras exigencias, sin haber hecho concesiones en aras de la
unidad. Claro que hicimos concesiones secundarias, y aún
pensamos que el programa de la UNO es susceptible de mejoras tanto
que lo profundicen como que lo simplifiquen. Sin embargo, los
nueve puntos de la UNO satisfacen íntegramente la observación
expresada por el MOIR de que un “frente de esta naturaleza”
habría de “exigir la nacionalización no sólo
del petróleo, sino de todos los recursos naturales, así
como la supresión de la injerencia del imperialismo yanqui
en todas las ramas de la economía”. Tal pedido, formulado
rigurosamente en esa forma, buscaba refutar en concreto la escueta
pretensión del partido Comunista de integrar un “Frente
de la Oposición Democrática” cuyo programa
olvidaba el principal objetivo de la revolución: la plena
independencia de Colombia ante el imperialismo norteamericano.
Ustedes no incluyeron esta reivindicación fundamental en
los cinco puntos de la plataforma electoral aprobada en su Undécimo
Congreso. Y lo formulamos públicamente, como está
visto, desde la aparición del artículo “La
hora es de unidad y de combate” y lo puntualizamos desde
la primera reunión de grupos políticos del 22 de
septiembre de 1972.
Sin perjuicio de las modificaciones
que se le puedan introducir más adelante, lo cierto es
que los nueve puntos de la UNO recogen en sus rasgos esenciales
las cuestiones básicas programáticas de la revolución
colombiana en su actual etapa democrática, a saber:
a) “Combatir el neocolonialismo
y la dominación exterior de tipo económico, político
y cultural, que los Estados Unidos de Norteamérica ejercen
sobre nuestra patria a través de las clases sociales reaccionarias
en las cuales se apoya internamente”; b) “Luchar por
la realización de una reforma agraria democrática
que en base a la confiscación de la propiedad terrateniente,
entregue la tierra a los campesinos que la trabajan y a las comunidades
indígenas”; c) “Batallar sin descanso por la
constitución de un Estado democrático de los obreros,
campesinos, clases medias, industriales y productores nacionales”,
y d) ”Este Estado, al desarrollar una economía próspera
e independiente, sentará las bases materiales, sociales
y políticas para la futura construcción de una patria
socialista en Colombia”[17].
De otra parte, el programa unitario
aprobado por el MOIR, el Movimiento Amplio Colombiano y el Partido
Comunista, es literalmente contrapuesto a la plataforma anapista
de Villa de Leyva de 1971 y a los doce puntos preelectorales de
María Eugenia de 1973. La Alianza Nacional Popular no se
separó ideológica ni programáticamente de
los partidos tradicionales, de los que heredó su atávica
inclinación a prohijar la entrega del país al imperialismo
norteamericano, justificar la explotación de la gran oligarquía
burguesa y terrateniente y hacerle el juego al anticomunismo.
En ningún período de su agitada vida a la ANAPO
se le ocurrieron, para las necesidades ancestrales del pueblo
colombiano, soluciones aparte de las fórmulas manidas de
los dirigentes de liberalismo y del conservatismo, a los cuales
buscaba destronar, pero a quienes sólo ambicionaba suplantar.
A lo que más se atrevió fue, en las elecciones de
1974, a reencauchar los viejos postulados oligárquicos
en nombre de un “socialismo a la colombiana”. Sin
poder interpretar los reclamos de las clases revolucionarias y
deseando encarnar los ideales de las clases reaccionarias en contra
de la antigua casta política probada, terminó por
perder las simpatías de las primeras y de las segundas,
iniciando lo que parece será una larga y melancólica
decadencia.
OBJETIVOS REVOLUCIONARIOS DE LA LUCHA
ELECTORAL
Las rivalidades entre el MOIR y el Partido
Comunista acerca de las características de la alianza a
pactar, no se redujeron a la controversia estrictamente programática.
Hubo otro aspecto, tocado ya tangencialmente en esta carta, que
aún cuando no se debatió con igual resonancia, no
es por ello menos trascendente. Nos referimos a los objetivos
que debía perseguir la Unión Nacional de Oposición
en la campaña electoral, o el frente que se constituyera
para este fin.
Tema también relacionado con
la ANAPO. El Partido Comunista tejía demasiadas ilusiones
alrededor de la perspectiva que él mismo calificó
de “decisiva batalla popular”. Para ubicarnos, volvamos
a leer las palabras del Undécimo Congreso, citadas por
el pleno de mayo de 1972:
“Todo indica que las elecciones
presidenciales de 1974 pueden convertirse en una decisiva batalla
popular contra la oligarquía. Si las fuerzas de la oposición
se unen en torno a un programa y a un candidato único,
estarán en condiciones de derrotarla y de hacer respetar
su victoria electoral, cerrando así el paso a todas las
maniobras de la oligarquía tradicional”.
Se comprende que tales apreciaciones
fueron escritas aún bajo el impacto producido por el inusitado
desenlace de las elecciones de 1970 y con la mirada puesta en
la Alianza Nacional Popular. El proyecto no podía ser más
ambicioso, derrotar en las urnas a la oligarquía y “hacer
respetar” la victoria. ¡Qué lejos caerían
del blanco estos pronósticos! Pero lo sorprendente es que
el fraude, el estado de sitio, el toque de queda, el encarcelamiento
masivo de los líderes populares, el terror, recursos preferidos
por la coalición gobernante para desconocer la victoria
rojista, en lugar de mover a la reflexión sobre lo efímero
de un triunfo puramente electoral, mientras se mantenga intacto
el aparato burocrático-militar del Estado, terminaron estimulando
las creencias y los creyentes en que sí se puede arrebatar
el Poder a los depredadores con las armas de los votos. La clave
del asunto, según ustedes, estaba en hacer un frente amplio
y saber escoger el candidato presidencial, parecido al caudillo
del 19 de abril, o de su misma alcurnia. Hoy no se nos puede desmentir
que, cundo el congreso del Partido Comunista planeaba tamaña
obra, lo hacía sobre el presupuesto de que la ANAPO había
herido de muerte al bipartidismo colombiano y se hallaba predestinada
a grandes dignidades. Porque con otro aliado y sobre otro presupuesto
el plan sería más disparatado y la utopía
más utópica.
Existen abundantes testimonios con relación
al convencimiento que ustedes tenían por ese entonces de
que Colombia se encontraba a las puertas de una “crisis
decisiva del sistema paritario” y de que la perspectiva
de llegar al Poder de brazo con la ANAPO estaba lista. Revivamos
algunos de ellos. El XI Congreso del Partido Comunista remarcaba:
“Estamos en el umbral del desencadenamiento
de la crisis decisiva del sistema paritario, crisis que expresará
todo el desbarajuste de la vieja estructura económico-social
del país”.[18]
Y el propio Gilberto Vieira, secretario
general del PC, a principios de 1972, aventuraba la tesis de que
el anapismo “puede, si se consolida como partido independiente,
precipitar la disolución del antidemocrático monopolio
bipartidista”, Por la misma fecha, completaba: “Si
la ANAPO llegara al gobierno, sería dentro de un vasto
movimiento de frente único con los otros sectores de la
oposición”.[19]
Y a los oídos de la ANAPO se
musitaron declaraciones tan tiernas como ésta: “En
1970, las masas anapistas recuerdan que no sólo hicieron
falta los votos comunistas, sino también la organización
y la capacidad de nuestro partido para defender el triunfo que
les arrebató con fraude y represión el gobierno
oligárquico”.[20]
Impugnando tan patéticas intenciones,
el MOIR llamaba la atención sobre algo que hemos repetido
hasta el cansancio: la ANAPO no se encontraba ya en la edad dorada,
había iniciado su proceso descendente, sin salvación.
Pero no se trataba únicamente de averiguar en qué
estadio de su desarrollo se encontraba el movimiento del general
Rojas; era indispensable comprender que una corriente que se nutría
de la charca doctrinaria del bipartidismo tradicional, nunca estaría
en condiciones de desencadenar la crisis decisiva del sistema
oligárquico. En la Colombia actual hay dos formas de hacer
política. La una, apoyando al imperialismo norteamericano
y a sus lacayos criollos; la otra, respaldando a las grandes masas
populares que luchan por su liberación y bienestar. La
primera política hace mucho tiempo que está en bancarrota
en nuestro país, y si su colapso definitivo no ha llegado,
es precisamente por la ausencia de un partido revolucionario capaz
de organizar y unificar al pueblo, mediante una estrategia y táctica
correctas que lo conduzca a la victoria. Entonces sí la
nueva política sepultará la vieja y Colombia cambiará
de color. El partido que realice este milagro no puede ser otro
que el partido de la clase obrera. El “tercer partido”
en Colombia será su partido proletario. Las fuerzas marxista-leninistas
vienen luchando con tenacidad tras este gran empeño, y
a no dudarlo el triunfo será suyo.
Para rechazar el despropósito
de que la Alianza Nacional Popular estuviera en condiciones de
generar la crisis contundente del bipartidismo colombiano y en
defensa de la tesis de que el “tercer partido” en
nuestro país no podría ser ninguna de las disidencias
que de vez en cuando se precipitan en las filas del liberalismo
y del conservatismo y que al final de cuentas desaparecen por
inercia o regresan como el hijo pródigo al hogar de sus
mayores, redactamos oportunamente las siguientes frases:
“La ANAPO ha retrocedido precisamente
porque en el fondo no ha dejado de ser un partido tradicional”
(...).
“El‘tercer partido’
en Colombia no puede ser otro que el partido de la clase obrera.
Sólo el partido proletario podrá convertirse en
el vocero auténtico de los oprimidos y humillados de Colombia.
Ese partido y no otro podrá apoyar e interpretar los intereses
de las masas campesinas, organizar el pueblo y liberar al país.”[21]
Las elecciones de 1974 ratificaron con
creces estas palabras. El hecho de que el descontento popular
y el ascenso de la lucha de las masas a finales de la década
del sesenta hubieran sido capitalizados por un movimiento de las
características de ANAPO, fue en realidad un alivio para
los viejos partidos, quienes resurgieron con renovados ímpetus
para proseguir su obra de pillaje y depredación aprovechando
el desconcierto general.
Al mismo tiempo insistíamos en
que no obstante haber desaparecido la alternación presidencial
y la paridad en las corporaciones públicas, por vencimiento
de los plazos, la oligarquía había prolongado el
paritarismo en la rama ejecutiva del poder hasta 1978, en virtud
de la última reforma constitucional. Esto concluyó
siendo denunciado por todo las fuerzas democráticas y la
Unión Nacional de Oposición lo explicó exhaustivamente
en la campaña electoral. Pero hemos advertido también
que incluso de 1978 hacia adelante, los gobiernos oligárquicos,
según la Constitución, seguirán siendo paritarios,
mediante el mecanismo de que el partido vencedor deberá
darle participación administrativa “adecuada y equitativa”
al partido mayoritario distinto al del presidente de la República.
En otras palabras, que el espíritu frentenacionalista del
Estado continuará indefinidamente a través de los
llamados “gobiernos nacionales”. Este fenómeno
tan peculiar de nuestra situación obedece en Colombia a
la ley histórica de que el imperialismo no puede ejercer
su dominación sino por intermedio de la alianza de la gran
burguesía y de los grandes terratenientes, cuya expresión
política es la coalición liberal-conservadora.
Las elecciones de 1974 se efectuarían
bajo esas disposiciones y las fuerzas revolucionarias no podían
contentarse con hablar únicamente de los factores de la
eliminación de la paridad parlamentaria y de la alternación.
Debían a la par esclarecer a las masas convocadas a sufragar,
que éstas irían a una contienda en la cual de antemano
se hallaba establecido el resultado. Ganara cualquier candidato,
de todas maneras seguirían gobernando el liberalismo y
el conservatismo, mancomunadamente.
Pero además de lo anterior, nosotros
no estábamos dispuestos por ningún motivo a que
quedara flotando en el ambiente la duda de que participábamos
en la batalla electoral siquiera con la remotísima esperanza
de derrotar a nuestros enemigos tradicionales, no sólo
por la desventajosa correlación de fuerzas, sino principalmente
por el convencimiento arraigado de que jamás ganaremos
el Poder en unas elecciones. En la historia de la lucha de clases
no se ha dado aún el primer caso en que los opresores entreguen
pacíficamente a los oprimidos las riendas de la sociedad.
E inclusive el ejemplo chileno, sobre el que tanto se teorizaba
diciendo que había iniciado la época de las revoluciones
incruentas, el modelo viviente de la “vía electoral”,
“un camino para explorar hacia el socialismo” y demás
estulticias, se vino al suelo hecho trizas con el cuartelazo sanguinario
de Augusto Pinochet y el sacrificio de Salvador Allende. El pueblo
colombiano no olvidará las respuestas que dieron los defensores
de esa singular teoría cuando se les increpaba:
“Esto es engañar al proletariado
y a pueblo, desarmarlos, entregarlos mansamente en manos de sus
enemigos, que no permitirán por las buenas la implantación
de la dictadura de las clases revolucionarias dirigidas por el
proletariado”.[22]
Gilberto Vieira, por ejemplo, comentaba:
“Un factor verdaderamente decisivo
en Chile es el Ejército. Lo han demostrado los hechos.
La reciente visita de una misión militar chilena a Cuba
me parece un acontecimiento sensacional y significativo de todo
ese proceso. O sea, no es fácil que el imperialismo pueda
movilizar el ejército chileno, en su conjunto, contra el
gobierno de la ´Unidad Popular´, y esa es una de las
ventajas más grandes con que cuenta el pueblo chileno”.[23]
La dictadura militar en Chile y el ahogamiento
del pueblo en un mar de sangre terminaron dando dramáticamente
la razón a quienes en el mundo pensaban como nosotros:
“¡Lástima grande que no sea realidad tanta
belleza!” Después de los dolorosos sucesos del hermano
país se nos ha querido combatir con la vil calumnia de
que respaldamos a la junta militar chilena. A nosotros, que con
nuestra débil voz tratábamos en vano de alertar
sobre los peligros que corren los revolucionarios que duermen
en la misma cama con los asesinos, que no defendimos a los golpistas
en potencia como lo hicieron nuestros calumniadores, se nos pretende
presentar ahora partidarios de la banda de Pinochet, con el oculto
propósito de eludir este debate de principios relativo
a la vía de la revolución e impedir que se resuma
experiencia tan cara y tan valiosa para el marxismo-leninismo.
El pueblo chileno sabrá corregir los errores de estos años
turbulentos y con su lucha heroica, liberadora, rasgará
la noche oscura que ha caído sobre su querida patria. Y
si en alguien podrán confiar los revolucionarios chilenos
en estas horas aciagas, será en aquellos que en las de
fugaz ventura les aconsejaron sincera y respetuosamente.
Nos hemos separado deliberadamente del
tema que veníamos analizando para dar una noción
de la atmósfera ideológica que se respiraba en los
albores de los años setenta y de los conceptos encontrados
que sobre los problemas del Poder se esgrimían con especial
ardor y aún siguen copando el interés de los revolucionarios.
Para el MOIR era, por tanto, de suma importancia la forma como
se proyectara la campaña electoral conjunta, los objetivos
que se trazaran, la manera de explicar el aprovechamiento de este
tipo de lucha. Sabíamos que el frente de izquierda tendría
que designar un candidato presidencial si deseaba sacarle todo
el jugo a su participación en las elecciones de 1974. Pero
nos oponíamos a que aquella necesidad condujera a la conciliación
con quienes espontánea o conscientemente pregonaban obtener
el Poder mediante la estrategia de llegar tarde que temprano a
controlar por los votos el primer cargo de la dictadura oligárquica
proimperialista: la presidencia de la República. En contra
de esta entelequia de derrotar a las clases dominantes en una
“decisiva batalla” electoral y hacer “respetar
la victoria” de un candidato único de toda la oposición,
expusimos en estos términos nuestras opiniones:
“La conveniencia de postular un
candidato presidencial de izquierda ha sido estudiada, discutida
y en general aceptada no porque tenga probabilidades así
sean remotas de salir victorioso, sino porque la alianza electoral
de izquierda necesita una cabeza visible que la represente y que
con el respaldo a su candidatura aglutine la lucha y la votación
a nivel nacional”.
“La imposibilidad de victoria
de un candidato presidencial de izquierda se desprende de la correlación
de fuerzas y de las reglas de juego electoral. Alfonso López
y Álvaro Gómez como candidatos del régimen
contabilizan a su favor el aparato estatal, la autoridad del dinero,
la gran prensa, la radio, la televisión y se apoyan en
las fuerzas del atraso y de la tradición bipartidista del
país” (...).
“Las clases explotadas dominantes
realizan elecciones o las suspenden, abren sus parlamentos o los
cierran, imponen gobiernos civiles, mediante votaciones o caudillos
militares mediante ´cuartelazos´, según, cuándo
y donde les convenga. Esta ha sido la historia hasta hoy de la
casi totalidad de las repúblicas latinoamericanas, para
no salirnos de nuestro continente, o por lo menos es la experiencia
de Colombia. El Estado y sus instituciones representativas tienen
su definida naturaleza de clase y son instrumentos de dominación
de una determinada clase. Las clases revolucionarias no pueden
esperar a que el Estado de las clases reaccionarias y sus instituciones
representativas se pongan a su servicio, así aquellas consigan
las mayorías en unos comicios generales. Si aspiran a emanciparse
y a transformar la sociedad, las clases trabajadoras oprimidas
están obligadas a construir, sobre los escombros del Estado
opresor destruido revolucionariamente, su propio Estado con sus
instituciones diferentes a las desaparecidas”.
“Entonces, ¿para qué
participamos los revolucionarios colombianos en las elecciones
y en el Parlamento? Aprovechamos la campaña electoral y
vamos a las corporaciones públicas con la finalidad de
desenmascarar la política antipatriótica y antidemocrática
del Frente Nacional y sus instituciones reaccionarias, de agitar
un programa revolucionario y de apoyar las luchas de los obreros,
los campesinos, los estudiantes y los demás sectores populares.
Así acumularemos fuerzas. Para eso utilizan los partidos
revolucionarios el sufragio en los regímenes explotadores:
para acumular fuerzas. Luchamos y exigimos respeto por las libertades
políticas, por los derechos de reunión y expresión
de las organizaciones populares, pero a cada paso recordamos que
bajo el régimen de explotación y represión,
en el cual los grandes potentados internacionales y sus sirvientes
criollos se hartan de riquezas a cambio del sudor y la sangre
de las mayorías, y continúe el imperialismo controlando
los resortes vitales de la economía y por ende se mantenga
en lo fundamental intacta su influencia política, bajo
este régimen, la mejor democracia del mundo es falsa; que
sólo en un Estado de obreros, de campesinos y del resto
del pueblo, independiente y soberano, con sus organismos representativos
auténticamente democráticos, las masas podrán
gozar de todos sus derechos y participar plenamente en la política.
Educaremos a las clases revolucionarias en la idea leninista de
que ´la revolución debe consistir no en que la clase
nueva mande y gobierne con la vieja máquina del Estado,
sino que destruya esa máquina y mande, gobierne con ayuda
de otra nueva´... “La esencia de la cuestión
radica en si se mantiene la vieja máquina estatal (enlazada
por miles de hilos a la burguesía y empapada hasta el tuétano
de rutina e inercia) o si se le destruye, sustituyéndola
por otra nueva” [24]
En esa forma expresábamos los
objetivos que debía perseguir nuestra participación
en la campaña electoral. A su turno pertrechábamos
a nuestro Partido y al resto de sectores avanzados en su lucha
ideológica contra las teorías seudo-revolucionarias
del Estado. El acertado aprovechamiento de la lucha electoral
serviría para facilitar el avance y consolidar los progresos
de las fuerzas revolucionarias. Nos propusimos, por consiguiente,
tres finalidades muy definidas: combatir y desenmascarar la política
y las maniobras de la Gran Coalición liberal-conservadora,
agitar un programa nacional y democrático y apoyar las
luchas del pueblo colombiano. Y ésta fue la única
política unitaria posible, porque sólo estableciendo
y yendo en pos de tales objetivos, podría lograrse, como
se logró, un frente combativo, revolucionario, que en la
contienda electoral se distinguiera por su empuje, originalidad
y consecuencia. Así actuó la Unión Nacional
de Oposición, y en los primeros meses de 1974 llegó
a preocupar a la reacción apátrida, por un lado,
y por el otro, sorprendió al oportunismo de ´izquierda´
que no acabará de especular y de demeritar el espectáculo
de disciplina, de vigor y de beligerancia que vio desfilar ante
sus ojos.
Cuanto más nos hallemos distanciado
de una situación revolucionaria, tanto más imperioso
será para las fuerzas de la revolución el correcto
aprovechamiento de la lucha electoral. Tan peculiar condición
resulta doblemente cierta para los países neocoloniales
y semifeudales como Colombia. En la casi totalidad de los casos,
el desbordado entusiasmo de las más amplias masas por este
tipo de lucha denota más el atraso que el auge de la revolución.
Precisamente por eso los revolucionarios están obligados
a ir a elecciones, retrocediendo en comparación con sus
máximos objetivos, conscientes de que a éstos no
podrán arribar jamás, si rehúsan encuadrar
su táctica flexiblemente en las circunstancias concretas
del variable desarrollo de la lucha de clases. En el futuro esta
observación se la seguiremos exponiendo a los compañeros
que confían honestamente en que basta dar la orden para
que las masas se alineen y apresten al combate. Las masas populares
sólo comprenderán nuestro pensamiento revolucionario
cuando nosotros nos pongamos a la altura de sus necesidades y
partamos del nivel en que se encuentran. Sin embargo, esto no
significa que al vincularnos a la lucha electoral nos pleguemos
a las corrientes en boga. Por el contrario, combatiremos fieramente
por disipar las ilusiones que las gentes sencillas se hacen y
los promeseros de la oligarquía alimentan, de descubrir
una camino llano y corto, sin mayores traumatismos, para sacudirse
el yugo que los oprime de generación en generación.
Las fuerzas revolucionarias no deben renunciar un solo día
a su labor de educar a las masas atrasadas, ni en aquellas circunstancias
en las cuales la ola reaccionaria aparece aplastante, como suele
suceder en las temporadas electorales. Esta crítica se
la lanzamos a quienes prefieren acallar sus intenciones a cambio
de ganar “amigos”, pasar el chaparrón en medio
del tumulto sin dar la pelea o aguardar camuflados ocasiones más
propicias. A veces resulta “mejor estar solos que mal acompañado”,
como aconseja el aforismo popular. Y si no nos atrevemos a tocar
nuestra trompeta para que la escuchen hasta los propios enemigos,
así sea una clarinada impertinente, no habrá cuándo
tengamos una opinión pública revolucionaria, ni
unos bravos escuadrones que como los de Rondón vencieron
y humillaron a las huestes españolas en el Pantano de Vargas.
Sin capitulaciones de ninguna especie
y sin haber perdido la visión de los objetivos estratégicos,
la Unión Nacional de Oposición combatió infatigablemente
durante la campaña electoral la política oligárquica,
agitó su programa revolucionario y se solidarizó
y estimuló las luchas de las clases oprimidas. La UNO educó
a las masas en los principios de la revolución nacional
y democrática, consolidó el avance de las fuerzas
revolucionarias y sus tres partidos de importancia nacional, como
los múltiples movimientos populares de provincia que la
integran, se expandieron y fortalecieron.
Exactamente así concebimos los
objetivos de la UNO en la lucha electoral, mientras el Partido
Comunista pataleó hasta el final por su estratagema de
conseguir el entendimiento con la ANAPO. Y tan obsesivo sería
este deseo que una vez escogida oficialmente la candidatura de
Hernando Echeverri y habiendo quedado, por lo tanto, sellada la
posibilidad del candidato único de toda la oposición,
ustedes propusieron esta última fórmula de acercamiento:
“Pese a las diferencias presentadas,
es nuestro deber continuar realizando esfuerzos por buscar acuerdos
entre la ANAPO y la UNO. Dos fuerzas de Oposición pueden
entenderse para realizar una labor de conjunto, orientada a la
ayuda mutua en las tareas electorales. Planteamientos como la
defensa unida contra la represión, por el respeto a las
libertades y derechos, para evitar la ruptura de carteles, por
la ayuda en los actos públicos, tiene acogida en ambos
sectores”.[25]
Pero al mismo tiempo era tal la aversión
del estado mayor anapista por todo cuanto tuviera que ver con
el comunismo y su total despreocupación por una política
unitaria, que ni siquiera se dignó nunca responder las
propuestas afables del Partido Comunista, ni aun ésta,
tan parca y tan modesta, como cosa pintoresca, de un acuerdo para
“evitar la ruptura de carteles”.
LA IZQUIERDA ANAPISTA
Y LAS TRES OPCIONES DEL 21 DE ABRIL
Hemos analizado desde los orígenes
de la UNO los problemas candentes en los cuales hubo discrepancias
entre ustedes y nosotros. Tanto la cuestión programática
como los objetivos de la campaña electoral tuvieron que
ver con la contumacia del Partido Comunista a conformar el frente
con la Alianza Nacional Popular. Quisiéramos dar por finalizada
la réplica a las acusaciones del Partido Comunista con
respecto al asunto de la ANAPO, pero como nos hemos hecho el propósito
de aclarar todas y cada una de las dudas que ustedes han arrojado
sobre nuestro comportamiento, vamos a ocuparnos de otra falsa
imputación, a manera de cierre de este pleito.
Sin ningún rubor ustedes han
sostenido:
“Se conoce de sobra la actitud
agresiva del MOIR contra la ANAPO a la cual, ciegamente, engloba
bajo la definición de “organización populista
y de derecha”, negando la existencia en su seno de sectores
de izquierda y de una radical base popular”.[26] Y: Públicamente
condenan todo contacto con la ANAPO por considerarla ´el
peor obstáculo contrarrevolucionario´. Pero al mismo
tiempo, tienden puentes hacia ese partido”.[27]
Como ninguno de los prospectos que el
Partido Comunista hizo referentes a la ANAPO se cumplieron, recurre
a ese ardid antiquísimo como el hombre mismo, de llevar
al absurdo el pensamiento de sus contendores para refutarlo a
su gusto. Se cuidan ustedes de reconocer que el MOIR tuvo razón
sobre la imposibilidad de un acuerdo con la ANAPO para las elecciones
de 1974, y procuran desviar la atención de quienes siguen
esta polémica con una nueva acusación, producida
en abril pasado: el MOIR no reconoce sectores de izquierda en
la ANAPO y en su agresividad la confunde con el enemigo principal.
Esto no es más que una burla y desesperada tergiversación.
Recordemos algunas de las veces que señalamos la existencia
de una izquierda anapista, a la cual, entre otras cosas, había
que ganar.
En 1972 dijimos:
“Para que los sectores izquierdistas
de ANAPO puedan participar en un frente electoral revolucionario
no les queda otra salida distinta de la insubordinación
y desconocimiento de la dirección del General, como lo
hicieron los miembros del Movimiento Amplio Colombiano”.[28]
En 1973 reiteramos:
“Por un lado, la ANAPO se nutrió
de un núcleo de dirigentes populares sinceros y de gente
común anhelante de un vuelco en la situación, sin
saber exactamente cuál y cómo. Estos constituyeron
la izquierda de la ANAPO. Por el otro, fueron llegando círculos
de politiqueros arribistas cuyas aspiraciones personales no tenían
cabida por varios motivos en los partidos tradicionales y de personas
extraídas o con vínculos al gran capital y a los
terratenientes, pero marginadas del control de los organismos
claves del Estado. Estos círculos constituyeron la derecha
de la ANAPO, tomaron su mando y le imprimieron su política
de oposición respetuosa del sistema (...).
“La ANAPO continúa siendo
escenario de lucha entre sus dos alas, notablemente mermadas.
Las fuerzas revolucionarias deben tratar de influenciar a los
sectores de izquierda que aún quedan en la ANAPO y ganarlos
para una posición realmente antiimperialista y antioligárquica”.[29]
Y en la última convención
de la UNO, anterior a las elecciones, el compañero Francisco
Mosquera sintetizó nítidamente la actitud distinta
que correspondía con los enemigos principales, las fuerzas
intermedias y los aliados. Dijo así:
“Nuestra táctica electoral
es sencilla y clara. Concentramos el ataque contra los enemigos
principales del pueblo colombiano: la coalición oligárquica
proimperialista, gobernante, cuyos candidatos oficiales significan
el continuismo, la opresión extranjera, el atraso, la miseria,
el hambre y la represión fascista. Criticaremos las vacilaciones
y el manzanillismo de la ANAPO, estimulando a la vez a sus sectores
de izquierda para que asuman una posición consecuentemente
antiimperialista y antioligárquica. Y estrecharemos los
vínculos entre los partidos y movimientos políticos
de envergadura nacional y regional que están resueltos
a abanderar la alternativa revolucionaria, despejando el camino
de la unidad del pueblo y preparando las condiciones para más
profundas y extensas batallas por la liberación nacional
y por la revolución”.[30]
Empecemos por lo último. Nunca
pretendimos que se combatiera a la ANAPO cual si se tratara de
las más grave desventura del país, atribución
gratuita con la que únicamente se busca desvirtuar nuestras
críticas a ese partido. Ni hemos sustituido en ningún
tramo de nuestra lucha al imperialismo norteamericano y a las
cabezas visibles de las clases dominantes proimperialistas colombianas
como blanco principal de nuestro ataque. Conforme a esta inalterable
posición de principios fue como propusimos la política
de “Unidad y Combate”, cuyo contenido se resume en
la máxima de: concentrar el fuego en la Gran Coalición
liberal-conservadora. Contra esta táctica conspiraba la
Alianza Nacional Popular, que aparecía a todo trance remisa
a romper su indiferencia ante la cruel explotación imperialista
de que Colombia es víctima predilecta y a respaldar efectivamente
las luchas de las masas populares por sus derechos a gozar de
una patria libre y democrática. Como no perdimos el sentido
de las proporciones y sabíamos matemáticamente cuál
era nuestra fuerza real, no nos trazamos la meta de aislar definitivamente
en unos cuantos meses, no siquiera en unos pocos años,
al núcleo dirigente de la alianza oligárquica. En
forma voluntaria nos redujimos a trabajar por unificar en un frente
revolucionario a los movimientos susceptibles de integrarlo según
las condiciones y dimos la alarma sobre el obstáculo que
simbolizaba el anapismo para la conformación de dicho frente.
Y objetivamente la ANAPO se convirtió en el “peor
obstáculo” de la política de “Unidad
y Combate”, en la medida en que el Partido Comunista, haciendo
las veces de abogado del diablo, terciaba a su favor. En fin de
cuentas nuestra divisa de unir todo lo unificable para las elecciones
de 1974 se abrió paso justo a tiempo. Y en septiembre de
1973 ya estaban definidas las tres opciones más caracterizadas:
“Desde la reaccionaria y antipatriótica, representada
por los candidatos se los partidos Liberal y Conservador, Alfonso
López y Álvaro Gómez, pasando por la intermedia
e inconsecuente de la ANAPO, con María Eugenia de Moreno
Díaz, hasta la nacional y democrática de la Unión
Nacional de Oposición”[31].
En cuanto a la izquierda anapista, la
discrepancia fue diametralmente a la inversa de la versión
amañada que se pretende dar, después de cuatro años
de agudas discusiones. Pero ustedes no se saldrán del embrollo
tergiversándonos. Así harán menos decorosa
la retirada. Nosotros insistíamos no en que no hubiese
una izquierda en la ANAPO, sino en que ésta, para poder
contribuir efectivamente a una política revolucionaria,
se veía abocada con posterioridad a 1970 a la ineludible
disyuntiva de rebelarse o seguir uncida a una línea oportunista
que sólo fracasos cosecharía. Ustedes, al contrario,
creían que la izquierda anapista podría tomar el
timón y enrumbar el “tercer partido”, hacia
aguas unitarias. Aceptemos que sus deseos eran altruistas, pero
la ANAPO había encallado y sus sectores avanzados no tenían
ni la influencia en el mando ni el respaldo suficiente para enderezar
la situación. En la práctica, la consigna de permanecer
a bordo hasta el final, facilitaba la labor de la pequeña
burguesía arribista que soñaba con escalar posiciones
en la ANAPO y llegar al Parlamento bajo su manto protector, aprovechando
la desbandada de sus más reputados dirigentes de derecha
y de izquierda. Si algo merece calificarse de populista es precisamente
este intento ulterior de arribismo pequeñoburgués
por salvar los dogmas reaccionarios de ANAPO en nombre de la revolución,
por cubrir el viejo santoral con el palio del “socialismo
a la colombiana” . Este novísimo “socialismo”
fue a la postre el más acérrimo enemigo de la política
unitaria que lo amenazaba a muerte.
La inutilidad de esta táctica
fue reconocida por el Partido Comunista al mes de las elecciones,
en mayo de 1974, cuando resolvió suspender su posición
de “neutralidad” frente a la ANAPO.
Leámoslo:
“Ahora más que nunca debemos
acercarnos a los sectores más consecuentemente revolucionarios
de la ANAPO. Hay que modificar actitudes de ´neutralidad´
ante las contradicciones de este movimiento a fin de pasar a una
lucha activa y continua para estimular entre sus activistas y
adherentes las acciones unitarias y para atraer a los más
avanzados a la UNO y a la militancia en nuestras filas”.[32]
La postrera rectificación del
Partido Comunista de “modificar” la “neutralidad
ante las contradicciones de la ANAPO”, ¿significa
acaso una implícita aproximación a la orientación
del MOIR de “influenciar a los sectores de izquierda que
aún quedan en la ANAPO y ganarlos para un posición
realmente antiimperialista y antioligárquica”? De
ser así no podemos menos de alabar que la experiencia,
madre de la sabiduría, ayuda por igual a todos a distinguir
el acierto del error. De todos modos no tenemos prisa, confiamos
en que la práctica de la lucha de clases proferirá
su fallo inapelable y dará a cada cual lo merecido. Y en
verdad que nuestra paciencia ha sido premiada. Al cabo de estos
tres últimos años podemos hacer un balance victorioso.
Logramos concurrir en la pasada campaña electoral con un
frente conjunto de fuerzas que, aunque pequeño, presentó
una auténtica alternativa revolucionaria al pueblo colombiano.
Las pretensiones de diluir la UNO en una amalgama informe e indefinible
fueron contundentemente derrotadas. Los resultados electorales
contabilizados son altamente favorables si se tienen en cuenta
las dificultades supremas en las que se libró la contienda,
y las fuerzas revolucionarias conquistaron significativas posiciones
en las corporaciones públicas que han convertido en puestos
de combate y tribunas de denuncia de las arbitrariedades y atropellos
del régimen. Los objetivos de educar al pueblo, consolidar
el avance revolucionario de nuestras fuerzas y apoyar las luchas
populares se cumplieron hasta el límite de nuestras capacidades.
Pudimos librar una gran batalla ideológica contra las concepciones
liberales y contra las que pretenden revisar el marxismo-leninismo.
La UNO ha quedado armada de un programa
revolucionario que consigna las principales reivindicaciones estratégicas
de la actual etapa nacional y democrática de la revolución
colombiana. Se abre un nuevo período de la historia de
Colombia en el cual, no obstante el triunfo montado y transitorio
de las fuerzas reaccionarias, la crisis política y económica
de las clases antipatrióticas gobernantes y del imperialismo
norteamericano se agudiza irreversiblemente, mientras las masas
oprimidas arrecian la lucha en todos los frentes de batalla. Las
tendencias unitarias de las diversas clases, capas y organizaciones
revolucionarias de la sociedad colombiana se acentúan por
encima de los tropiezos naturales y a través del combate
ideológico necesario, imprescindible y vivificante. Y nuestro
Partido, más fogueado, más disciplinado, más
unido, más extendido y más arraigado en el corazón
del pueblo, está en condiciones de desempeñar un
papel de mayor importancia en la conducción de las luchas
revolucionarias.
Doblemos esta doliente página
de la Alianza Nacional Popular con el siguiente comentario. El
Partido Comunista aceptó que su “consigna del Onceavo
Congreso, por un candidato único de toda la oposición
democrática en la batalla electoral de 1974, no ha podido
realizarse”.[33]
Aceptación apenas obvia. Pero
como lo hemos explicado, la infundada insistencia del Partido
Comunista por forzar la aplicación de su línea trazada,
originó todas estas contradicciones de la alianza, la amplitud
del frente, el programa de la UNO y los objetivos de la campaña
electoral. Ustedes no podrán decir que la “consigna
del Onceavo Congreso” no se concretó debido a las
interferencias del MOIR. Nuestro poder decisorio no era tan determinante.
Por el contrario, nos limitamos a fijar nuestros puntos de vista,
a negarnos a participar en la UNO mientras no se clarificara la
política y a esperar. De tal manera que el Partido Comunista
tuvo el campo libre hasta el 22 de septiembre de 1973 para negociar
su esquema unitario. ¡Y cómo lo gestionó!
Por esto resulta tendencioso y ruin despachar esta polémica
con la afirmación de que “el MOIR ingresa a la UNO
después de haberle dado muchas vueltas”. Y por eso
nos hemos ocupado en desmenuzar esta historia para comprobar que
“en definitiva” nos guiamos “por el criterio”
de que era “preferible constituir un frente que, aunque
pequeño”, le pudiera “presentar al pueblo una
verdadera alternativa revolucionaria”. [34] Ustedes fueron
los que dieron vueltas y revueltas alrededor de una quimera, desinteresada
y piadosa si así lo prefieren, pero quimera al fin y al
cabo, como revolotea el cucarrón alucinando en torno a
una lámpara encendida.
DOS TARES PARALELAS
DE “UNIDAD Y COMBATE”
Conocidos los orígenes de la
Unión Nacional de Oposición, sus dificultades y
luchas del comienzo y explicadas cómo quedaron las cuestiones
del programa y de los objetivos y frutos de la campaña
electoral, pasaremos a ocuparnos del problema de su carácter,
es decir, a responder al interrogante ¿qué es la
UNO?
El Partido Comunista se apresuró
a definir a la UNO como la “semilla del Frente Patriótico
la Liberación Nacional”. Retomamos esta definición
porque con ella se ha pretendido, por un lado, refutar nuestra
consigna inicial de la necesidad de la creación de un “frente
electoral de izquierda” para las elecciones de 1974, y por
el otro, proporcionarle algún basamento doctrinal a la
insinuación de que el MOIR se muestra reacio a facilitar
la unidad de las fuerzas revolucionarias. Tal infundio está
regado en múltiples materiales del Partido Comunista, queriendo
significar, a punta de repetirlo, que ustedes son partidarios
del frente único mientras nosotros tenemos de él
una miope visión electorera. Es como si se creyera a pie
juntillas que asuntos tan fundamentales para la teoría
y la lucha revolucionarias se pudieran despachar mediante golpes
de mano y argucias ingeniosas. Sin embargo, quien haya escuchado
con atención la melodía monocorde de que la UNO
es la “semilla del Frente Patriótico” habrá
descubierto fácilmente que el Partido Comunista una vez
más sólo aporta como argumentos suyos sus deseos
y sus calumnias contra el MOIR.
Estamos seguros de que con definiciones
abstractas no habrá cuándo desentrañar el
problema, ni la polémica la debemos reducir a la competencia
de quién le augura a la UNO la mejor de las suertes. Ya
observamos cómo el esquema de convertirla en el “Frente
de la Oposición Democrática”, “esencia”
del “Frente Patriótico”, desembocó en
un fracaso. No basta con decir “hágase la luz y la
luz fue hecha”. Para prever el destino de la UNO es forzoso
no olvidar cuáles son sus fuerzas verdaderas, conocer las
distintas concepciones que chocan en su seno y entonces sí,
mediante la discusión, inquirir si es posible o no concordar
las políticas más indicadas que solventen su actual
crisis y la transformen en un centro eficaz de dirección
y coordinación de las luchas revolucionarias. Pero mientras
la UNO no pase a cumplir una función efectiva como centro
orientador y cohesionador de estas luchas y no garantice el mínimo
de identidad y de cooperación entre sus fuerzas integrantes,
será la negación del frente unido. Si sinceramente
queremos constituirla en la “semilla” de la alianza
que a la larga abarque y organice a todo el pueblo colombiano,
tendremos que empezar por corregir ésta su falla principal.
Y es más, no existe otra salida, remarcamos, para evitar
su deceso. El deceso de la UNO como organización unitaria
y democrática, se entiende, porque no se nos escapa el
hecho de que cualquiera de sus componentes pueda prolongarle artificialmente
la vida, pero ya como apéndice exclusivamente suyo. En
esta última eventualidad la Unión Nacional de Oposición
perdería su carácter de aglutinante de distintas
corrientes políticas y, por ende, la “semilla”
se marchitaría sin haber germinado.
Antes de intentar tan ingente labor
dejemos establecidas dos premisas. En primer término que
nuestro interés sigue siendo el de salvar y desarrollar
la Unión Nacional de Oposición. Una alianza de esta
índole, no obstante su relativa debilidad, es altamente
positiva para la revolución colombiana, siempre y cuando
cumpla con una política unitaria, democrática y
revolucionaria. Creemos que nuestra mejor colaboración
en esta hora es señalar críticamente las rectificaciones
a que haya lugar, pero somos conscientes de que solos no podremos
imprimirle ni la política ni la pujanza que requiere la
UNO. Se precisa de un replanteamiento de los acuerdos entre las
fuerzas que han venido comprometidas con el proceso unitario de
los tres últimos años. Y como lo dijimos al principio
de esta carta, estamos dispuestos a agotar pacientemente todos
los medios al alcance para superar la crisis y proveer las bases
del nuevo entendimiento.
En segundo término, sea cual
fuese el resultado de nuestras gestiones, el MOIR seguirá
invariablemente la línea de luchar por la unidad de las
fuerzas revolucionarias. Desde nuestro nacimiento como organización
partidaria independiente hemos proclamado con claridad meridiana
que la revolución colombiana en su presente etapa democrática
sólo conquistará la victoria con la unidad de todas
las clases, capas, partidos y personas que en una u otra forma
repudien la dominación del imperialismo norteamericano
y de las clases antinacionales que le sirven de soporte. Bajo
esta suprema directriz hemos venido combatiendo. Nuestro proyecto
de programa para el Primer Congreso del Partido del Trabajo de
Colombia lo destaca como uno de sus grandes postulados. Ninguna
consideración logrará separarnos de esta senda.
Y tenemos una seguridad absoluta en que el pueblo colombiano,
a pesar del curso zigzagueante de la revolución, llegará
a obtener su unidad y con ella la liberación, la prosperidad
y la grandeza del país. Los problemas de la conformación
de un frente único antiimperialista, así como el
resto de los asuntos vitales de la revolución, sólo
podrán resolverse satisfactoriamente aplicando el método
de la participación democrática de todas las fuerzas
revolucionarias. Sin democracia no habrá unidad. Precisamente
la reacción sojuzga al pueblo dividiéndolo y lo
divide negándole la libertad de organización, de
expresión y demás derechos políticos. Las
amplias masas repudian los procedimientos antidemocráticos.
Y dentro del movimiento revolucionario colombiano ningún
partido aceptará jamás estar bajo la férula
de otro. Atrás quedaron los tiempos en los cuales los litigios
se absolvían conforme al respeto que reclaman los “mayores
en edad, dignidad y gobierno”. Las fuerzas nuevas son irrespetuosas,
se atreven a desmentir a las viejas autoridades, descorren velos
y destruyen mitos. Es la dinámica de la lucha. Gracias
a ella la revolución no se estanca sino que avanza sin
cesar hacia adelante, superando los períodos de desconcierto
y de marasmo.
Sentadas las dos premisas anteriores,
manos a la obra. Escudriñemos en la corta existencia de
la Unión Nacional de Oposición cuál ha sido
su labor de dirección y coordinación. Partamos de
unas frases aún calientes del pleno del Partido Comunista
de abril pasado, arriba citadas:
“La Tercera Convención
de la UNO, replicando a quienes consideraban esta alianza como
un mero acuerdo electoral, declaró que ‘ha surgido
un frente de fuerzas revolucionarias y populares, con un programa
de nueve puntos, cuyo objetivo final es abrirle el camino a Colombia
hacia el socialismo’.”
Al año de efectuadas las elecciones,
el Partido Comunista no ceja en revivir su querella contra el
MOIR acerca del carácter de la UNO. Lo que resulta doblemente
insólito, si se comprende que los documentos aprobados
por la Tercera Convención lo fueron por unanimidad y con
la participación voluntaria nuestra, y, sobre todo, si
se persiste en la turbia costumbre de refutar al MOIR haciendo
caso omiso de sus posiciones públicas. Ustedes pretenden
cosechar laureles en el campo de la teoría sobre el frente
único, tiroteando la formulación que hicimos, a
su tiempo, de la necesidad de la construcción de un “frente
electoral de izquierda” para las elecciones de 1974. Y de
carambola ubicar al MOIR en el bando contrario de la unidad de
las fuerzas revolucionarias. Contraponer el MOIR a la línea
de desarrollar un “frente de fuerzas revolucionarias y populares”
porque defendimos y sacamos avante la consigna del “frente
electoral de izquierda” en 1974, es un enfoque tan formulista,
como el que sería atacar a la UNO porque según su
nombre se limita a unificar la llamada “oposición”.
¿A qué obedecía
que propusiéramos un “frente electoral de izquierda”
para las pasadas elecciones? Creemos que esta pregunta ha quedado
suficientemente respondida en los capítulos precedentes.
Ustedes hablaban de un frente de toda la “oposición
democrática” con candidato único y programa
común, con la ANAPO como columna vertebral. Nosotros considerábamos
que conforme a las circunstancias reinantes sólo era viable
un frente mucho más reducido, pero con un contenido revolucionario,
con el que podrían colaborar el MOIR, el MAC, el Partido
Comunista, movimientos avanzados de provincia y sectores de izquierda
de otros partidos. A esa alianza la denominamos “frente
electoral de izquierda” para distinguirla de la proyectada
por el Partido Comunista y que la práctica encontró
irrealizable. ¿Cuál de las propuestas era más
consecuente, no desde el punto de vista de su viabilidad, como
ha sido aceptado por ambas partes, sino del de su contenido? ¿Bastaba
simplemente la retahíla de que la UNO era la “esencia”
o la “semilla” del futuro frente único para
imprimirle un carácter revolucionario? Su carácter
revolucionario únicamente podrían determinarlo el
programa y los objetivos concretos que se fijaran en consonancia
con el tipo de lucha inminente que teníamos delante. Y
la UNO cumplió una gran tarea revolucionaria porque pudo
concurrir a la contienda electoral con un programa nacional y
democrático y con los objetivos de desenmascarar la estrategia
de los partidos oligárquicos proimperialistas, agitar y
explicar la estrategia revolucionaria y apoyar las luchas del
pueblo colombiano. La lucha inminente que teníamos delante
era la participación en las elecciones, una de las principales
preocupaciones de ustedes y de nosotros. Para demostrarlo sería
suficiente repasar las muchas citas que llevamos recopilando del
MOIR y del Partido Comunista.
Siendo esto exactamente cierto, el MOIR,
sin embargo, no confinaba las alianzas al lindero exclusivamente
electoral. Cuando proclamamos nuestra política de “Unidad
y Combate” en 1972, además de la tarea de crear un
“frente electoral de izquierda”, nos trazamos la de
la unidad del movimiento sindical independiente. Las condiciones
para esta segunda tarea estaban también dadas: la profunda
crisis de la UTC y CTC, el anuncio de su fusión a comienzo
de ese año y la desesperada decisión del gobierno
de Pastrana de apoyarse abiertamente en sus camarillas antiobreras,
desnudándolas por completo y contribuyendo a enmendar los
equívocos que todavía campeaban en el movimiento
obrero sobre su verdadera catadura. Además, el reconocimiento
del Partido Comunista de la presencia de diversas fuerzas políticas
antiutecistas y anticetecistas dentro del sindicalismo independiente
y su oportuna declaración a favor de la perspectiva de
la creación de una central unitaria. Sobre los logros y
tropiezos de esta empresa nos ocuparemos luego por separado. Aquí
nos interesa resaltar que cuando llamamos a trabajar por la política
de “Unidad y Combate” lo hacíamos con la mente
puesta tanto en la urgencia del “frente electoral de izquierda”
como en la necesidad de unificar el sindicalismo independiente.
Ambas tareas suponían para nosotros
una alianza con el Partido Comunista y procedimos en consecuencia
a dar los pasos concernientes. Así lo entendíamos
y así lo explicamos:
“La central obrera independiente
y el frente electoral de izquierda son dos tareas cuya realización
exige que el MOIR trabaje en ellas conjuntamente con el Partido
Comunista y otras organizaciones partidistas. Para ello, tendremos
que hacer y hemos hecho, modificaciones adecuadas a nuestra política”
[35]
De tal manera que seguir martillando
con la acusación de que el MOIR ha reducido su política
unitaria revolucionaria a un estrecho criterio electoral es otra
desfiguración más que tenemos que abonarles a ustedes,
en el afán de echarnos el agua sucia, revuelta con su propio
barro. Y en verdad es el Partido Comunista quien ahora niega a
toda costa, como lo avizoraremos después, que la política
de alianza entre ustedes y nosotros hubiese abarcado acuerdos
referentes al movimiento sindical. Pero al mismo tiempo nos arroja
la recriminación de que el MOIR no piensa en una unidad
más amplia ni más profunda como se supone sea la
empresa de construir un “Frente Patriótico”
o una “semilla de Frente Patriótico”.
Lo que sucede es que nosotros no hemos
especulado acerca del frente único. Con la concepción
que tenemos de él como máximo aglutinante de las
fuerzas revolucionarias y principal forma de dirección
de la revolución nacional y democrática, dilucidamos
que tal objetivo aún se encuentra distante de nuestros
anhelos, a pesar de los innegables progresos de la conciencia
política del pueblo colombiano. Sin embargo, cuando propusimos
la línea de “Unidad y Combate”, reparábamos
en que sus tareas del frente electoral de izquierda y de la unidad
sindical, aunque no significaban de por sí que estuviéramos
en los umbrales del frente único, la una