Somos los Fogoneros de la
Revolución
Entrevista concedida por Francisco Mosquera
a Cristina de la Torre. Publicada en Colombia Camino al Socialismo.
En la Crisis Liberal-Conservadora. Edición de Cuadernos
de "Alternativa", Bogotá, 1976.
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Pregunta: ¿La ruptura del MOIR
con el Partido Comunista tiene que ver con el conflicto chino-soviético?
MOSQUERA: La revolución de cualquier
país está determinada por sus fuerzas y contradicciones
internas. Hemos insistido mucho en este principio básico,
no tanto por contrarrestar la propaganda mercantilista de la reacción
que tendenciosamente repite la cantinela de que los revolucionarios
colombianos son accionados a control remoto desde el exterior,
como para recordarles frecuentemente a nuestras camaradas que
el triunfo de la revolución estriba en el acierto con que
interpretemos la realidad nacional y llevemos a la práctica
las soluciones que correspondan a dicha realidad. Cual faro orientador
contamos con el marxismo-leninismo, la ideología invencible
del proletariado que guía nuestra acción. Pero si
no partimos de las condiciones concretas de nuestro país
para elaborar una línea estratégica y táctica
de la revolución colombiana, terminaremos como la mayoría
de los intelectuales pequeño burgueses que no se vinculan
a las masas ni a sus problemas, dedicados a la elucubración
y a la especuladera, alejados de las necesidades y demandas del
pueblo y rumiando dogmas sin sustancia ni calor.
Hemos procurado siempre obrar conforme
a tales principios revolucionarios. Debido a ello propiciamos
en 1974 la creación de un frente con el Partido Comunista,
no obstante las divergencias ideológicas que nos separan
y la lucha política que nos ha contrapuesto abiertamente.
Después de examinar los factores de la situación
de aquel entonces, nos convencimos de la necesidad de unificar
esfuerzos para encarar la ofensiva de la gran coalición
liberal-conservadora gobernante que ya visualizaba en López
Michelsen a su solícito continuador. El proyecto de frente
se rompió por donde se había soldado: el acuerdo
para concentrar los ataques en los enemigos principales del pueblo
colombiano, la alianza burgués-terrateniente proimperialista,
cuya expresión política ha sido el bipartidismo
tradicional que, a partir del 21 de abril de 1974, pasó
a ser capitaneada por el máximo dirigente del llamado “mandato
claro”. Consumado el triunfo de López, el Partido
Comunista, en lugar de comprender que se había consolidado
mediante nuevas formas la política frentenacionalista de
la oligarquía vendepatria, consideró que con los
resultados electorales de aquel 21 de abril se abrían las
perspectivas de un “nuevo poder”. Tesis que entre
otras cosas consignó en el Informe Político de su
último Congreso de finales de 1975. Hace alrededor de año
y medio que el Partido Comunista empezó a hablar de los
aspectos “progresistas”, de la base “democrática”
y de las contradicciones del gobierno lopista con la “derecha”.
Señaló sin escrúpulos que la coalición
liberal-conservadora ultrarreaccionaria y antinacional se hallaba
más representada por personajes como Lleras Restrepo que
por el propio jefe del Estado.
Todo esto terminó estimulando
las tendencias arribistas y las vacilaciones de la mayoría
de los parlamentarios del MAC y debilitando el único y
fundamental punto de convergencia e identificación entre
el MOIR y el Partido Comunista; el combate consecuente contra
los enemigos principales del pueblo colombiano acaudillados ahora
por el gobierno lopista. En ello radicó el rompimiento.
Lo demás fueron las falsas imputaciones al MOIR, las intrigas,
los alegatos en abstracto a favor de la “unidad” y
contra la “división”, y las violaciones de
las normas democráticas de funcionamiento interno de la
UNO, con que el Partido Comunista trató de enmascarar toda
una política de aliento a las inconsecuencias y al coqueteo
con el régimen. Inclusive la dirección de este Partido,
para tratar de justificar los descalabros de semejante política
cuando ya eran evidentes los resultados desastrosos del “mandato
claro” en todos los órdenes de la vida económica,
social y política del país, salió del aprieto
declarando: el gobierno dio un “viraje reaccionario”.
Viraje que tuvo el ánimo de ubicar, óigase bien,
a partir del mes de mayo pasado. De tal manera que las desavenencias
posteriores con el Partido Comunista y el quebramiento de la alianza
contaron como causa más inmediata el incumplimiento de
los compromisos acordados dentro de la UNO y la inclinación
a contemporizar con ciertas manifestaciones demagógicas
del actual gobierno.
Pregunta: Pero no ha dicho una palabra
sobre las repercusiones del conflicto chino-soviético en
la ruptura con el PC.
MOSQUERA: Iba para allá. Solamente
quería dejar establecido que la táctica de alianza
o rompimiento con el Partido Comunista por parte del MOIR ha radicado
primordialmente en la posibilidad de lograr o no un entendimiento
alrededor de la necesidad de aunar y coordinar esfuerzos en la
lucha contra el imperialismo norteamericano y la oligarquía
vendepatria, en las circunstancias del período político
por el que atraviesa Colombia. Ahora bien, ¿cuánto
influye el conflicto chino-soviético, para utilizar la
expresión suya, en todos estos problemas y en el conjunto
de la situación nacional? Me temo que más de lo
que algunos se imaginan.
Las divergencias planteadas por el Partido
Comunista de China frente al revisionismo contemporáneo,
con epicentro en Moscú, cumplen ya veinte años y
se refieren a las más decisivas y trascendentales cuestiones
de principio del marxismo-leninismo y del movimiento comunista
internacional. En esta larga polémica no ha habido asunto
ni tema de importancia para el proletariado y los pueblos que
no haya sido tocado y debatido hasta las últimas consecuencias.
Hacer una lista de tales discrepancias sería una labor
compleja. Pero si se me pidiera que resumiera en unas cuantas
palabras en qué consiste el enfrentamiento de las dos posiciones
radicalmente definidas, diría que se compendian en si se
sigue el amplio y luminoso camino de la revolución y del
triunfo de la causa del socialismo o se escoge la estrecha y tortuosa
senda de la traición y de la entrega. Los dirigentes del
Partido Comunista de la Unión Soviética se decidieron
por esta última desde los tiempos de ese payaso de la historia
que fue Nikita Jruschov. Y la Unión Soviética, de
cuna gloriosa del socialismo, pasó a convertirse en tétrico
bastión del capitalismo en el cual los nuevos zares no
sólo explotan y sojuzgan al pueblo soviético, sino
que han iniciado por todo el globo la calculada operación
de expandir sus dominios y someter a su voluntad al resto de los
pueblos y naciones, emulando fieramente en tan vandálico
empeño con su principal competidor, el imperialismo norteamericano.
El Partido Comunista de China, conducido por Mao Tsetung, conjuntamente
con otros partidos hermanos, ha emprendido la defensa intransigente
de los principios del marxismo-leninismo, armando ideológicamente
a la clase obrera de todos los países y alertando a las
pueblos sobre los peligros del expansionismo soviético.
La mayoría de los partidos comunistas ha optado por el
revisionismo. La presente situación tiene un antecedente.
Hace más de medio siglo Lenin rompió con los partidos
de la II Internacional que se escudaban en la posición
revisionista para cometer las peores fechorías a nombre
del proletariado. Las fuerzas que se agruparon en torno de la
línea de Lenin y del bolchevismo ruso no eran en verdad
la mayoría, pero salieron a la postre victoriosas y los
Kautsky, con su constelación de partidos socialdemócratas,
terminaron siendo desenmascarados como renegados del marxismo
y escabeles de la burguesía internacional. A pesar de las
enormes dificultades del momento, ese será el feliz desenlace
de la descomunal batalla que el marxismo-leninismo libra contra
el revisionismo contemporáneo.
Pero además, el marxismo-leninismo
se fortalece y desarrolla únicamente en la lucha constante
contra las tendencias ideológicas y políticas de
las clases explotadoras y reaccionarias y en especial contra quienes
pretenden desfigurarlo y ponerlo al servicio de estas clases.
La importancia de la actual lucha del marxismo-leninismo contra
el revisionismo consiste en que continuará incidiendo determinantemente,
como lo ha venido haciendo, en los grandes acontecimientos políticos
de nuestra época y en que llegará a todos los confines
de la tierra. Ello obedece al grado de avance a que han llegado
las fuerzas revolucionarias del proletariado y a que la contienda
involucra tanto a un grupo numerosos de Estados regidos por el
revisionismo, con la Unión Soviética a la cabeza,
como a los partidos comunistas que en varios países han
llegado al poder y entre los cuales, se cuenta la República
Popular China, que alberga a una cuarta parte de la población
mundial.
Colombia no escapa tampoco a la lucha
ideológica y política entre el marxismo-leninismo
y el revisionismo. Aunque aquí esta batalla se encuentra
aún en un período incipiente, lo cierto es que los
contendientes ya han desenvainado sus espadas. La dirección
del Partido Comunista de Colombia se ha aferrado ciegamente a
la corriente revisionista. Las fuerzas marxista-leninistas colombianas
vienen planteándose desde hace una década la urgencia
de la construcción de un partido auténticamente
proletario. El MOIR es producto de esa necesidad política.
Aunque el nombre de nuestro partido no es el más apropiado
y la convocatoria del Congreso de fundación del Partido
del Trabajo de Colombia, debido a las vicisitudes de la lucha
política, tuvimos que postergarla para un futuro cercano,
la aparición del MOIR es una de las consecuencias prácticas
en nuestro país de la lucha entre las dos líneas.
Al fin y al cabo, la cuestión del nombre es secundaria
y, no obstante haber saltado el MOIR al ruedo de la lucha de clases,
consideramos que nos hallamos aún en las secuencias iniciales
de la construcción de nuestro Partido en los órdenes
teórico, político y organizativo.
Pregunta: ¿No le parece que varias
agrupaciones políticas se proponen ese mismo objetivo y
que ello ha conducido a una gran división y atomización
de las fuerzas revolucionarias?
MOSQUERA: Estamos aprendiendo a hacer
la revolución, haciéndola en un país en donde
no ha existido jamás una corriente marxista-leninista que
merezca el título de tal. Al contrario, en Colombia echó
primero raíces el revisionismo que el marxismo-leninismo.
Esto ha condicionado en forma muy especial el desarrollo de la
conciencia revolucionaria de la clase obrera colombiana, la cual
no ha logrado aún cumplir a cabalidad su papel de vanguardia
en nuestro proceso revolucionario. Nos hallamos en los umbrales
de los intentos serios de esta lucha. Sin embargo, comprendemos,
mejor que nuestros críticos, que vivimos todavía
un momento que no dudamos en calificar fundamentalmente de aprendizaje,
tanto en el estudio del marxismo como en el conocimiento de la
realidad nacional, aprendizaje que no adelantamos únicamente
en los libros, sino pugnando por vincularnos cada vez más
estrechamente a las clases revolucionarias, con las cuales colaboramos
en la lucha por alcanzar sus aspiraciones más sentidas,
pero de quienes recibimos lecciones de un valor insustituible.
Así será durante todo el curso de la revolución.
Pero ahora el aspecto principal es que recibimos más de
lo que damos, aprendemos más de los que aportamos.
De todas maneras, en ese permanente
conjugar del estudio de las verdades universales del marxismo-leninismo
con la práctica concreta de nuestra revolución,
hemos venido desbrozando una teoría de la revolución
colombiana. Esta teoría está en franca contraposición
con las concepciones ideológicas y políticas del
revisionismo y con las múltiples tendencias de la pequeña
burguesía socialista. Hay en la actualidad una aguda confrontación
entre las diferentes tesis y soluciones que las diversas clases
conciben para los graves problemas del país. Disputa que
sólo la práctica de la revolución colombiana
podrá dirimir. A toda revolución la antecede una
gran lucha ideológica desencadenada por las fuerzas nuevas
contra los viejos intereses y poderes establecidos. Las fuerzas
que irrumpen en el palenque de la Colombia de hoy, con sus propios
planteamientos y fórmulas, son las clases antiimperialistas
y revolucionarias. Estas se encuentran conformadas por el proletariado,
el campesinado, la pequeña burguesía urbana y la
gama de pequeños y mediados productores y comerciantes.
De ahí la proliferación de grupos y tendencias.
Pero este fenómeno nos debe alegrar y no entristecer. Después
de la actual confrontación y división vendrá
un proceso de unidad y de acción del pueblo, en pro de
luchas más elevadas y en torno a un centro correcto. Esta
será la lógica invariable de la revolución.
Por eso no me preocupa la división preexistente.
El pueblo no saldrá del caos
y de la atomización mientras no sean conocidas, puestas
a prueba y desenmascaradas una a una las líneas equivocadas,
reaccionarias y traidoras. Únicamente en esa forma llegará
a relucir la orientación acertada del proletariado y su
partido, como máximos dirigentes de la revolución
colombiana. Por otra parte, lo que está en crisis es la
caduca sociedad neocolonial y semifeudal de Colombia, con todos
sus falsos valores. Contra el neocolonialismo y el semifeudalismo
el proletariado colombiano presenta la solución de la revolución
nacional y democrática, que implica la unidad en un gran
frente único antiimperialista de todas las clases y fuerzas
revolucionarias. Esta estrategia ha comenzado a abrirse paso y
cuenta ya con el apoyo y simpatía de amplios sectores de
masas. La hora del proletariado ha sonado y con ella la del pueblo
y la nación colombiana.
Pregunta: Según eso, ¿cuál
es entonces el enemigo fundamental del movimiento revolucionario
mundial, la Unión Soviética o el imperialismo norteamericano?
MOSQUERA: El mundo se halla vuelto al
revés. La transformación de la Unión Soviética
de un país socialista en un país socialimperialista
configura un cambio de consideración en la situación
mundial. En Colombia hay personas honestas que creen todavía
que semejante análisis del panorama internacional es una
horrenda calumnia de los moiristas. Valdría la pena que
se hiciera esta sencilla reflexión. Quien camine como ganso,
nade como ganso y grazne como ganso, es un ganso. Quien extienda
sus tentáculos por todo el orbe con el objetivo de someter
a su dominio y explotación colonialista a pueblos y naciones,
quien forme bloques militares y propague por doquier sus flotas
de guerra, quien aproveche cualquier conflicto o dificultad de
los países de los cinco continentes para meter cuña
y expandir su influencia, ese alguien será un imperialista.
Y si se presenta como socialista, será un socialimperialista.
En los últimos diez años el revisionismo soviético
paso a paso ha venido explayándose por el mundo e incrementando
sus actos de agresión y dominación. Invade militarmente
a Checoslovaquia y atenacea con su poder los países europeos
que giran en su órbita. Se infiltra en el Medio Oriente,
se inmiscuye en Europa Occidental, a la cual busca flanquear con
sus bases y tropas desplazadas por mar y tierra, promueve conflictos
en el subcontinente asiático y codicia a las naciones de
Indochina recién liberadas del yugo imperialista norteamericano,
lanza sus garras sobre el África, se introduce abiertamente
en Angola e intriga y coacciona a la Organización de la
Unidad Africana para que obedezca sus designios y a la vez inicia
sus asedio y presión sobre las naciones latinoamericanas.
Tal el cuadro de desarrollo del expansionismo soviético.
Lo que se observa en la presente situación mundial es que
mientras el imperialismo norteamericano, acosado por múltiples
contradicciones, se ve impelido a retroceder, la amenaza del socialimperialismo
soviético se levanta provocadoramente en todo el universo.
Actualmente la pugna de las dos superpotencias representa el más
serio peligro de una nueva conflagración mundial. Pero
al mismo tiempo crece la resistencia de los pueblos y naciones
a la dominación y explotación colonialista de viejo
y de nuevo tipo y junto a ellos el proletariado internacional,
los países socialistas y las fuerzas revolucionarias, democráticas
y defensoras de la paz mundial, constituyen la más gigantesca
muralla de contención a los deseos del hegemonismo de las
dos superpotencias.
Pregunta: Y en Colombia ¿cuál
es le enemigo principal, el Partido Comunista o la burguesía?
MOSQUERA: Colombia es una neocolonia
de los Estados Unidos. Sobre nuestro país también
rondan los buitres del capital internacional imperialista de varios
países europeos y del Japón. Por su lado, el socialimperialismo
soviético se relame de ganas de introducir sus afiladas
uñas en nuestros asuntos internos y sacar igualmente tajada.
Sin embargo, la realidad de bulto ha sido la de que Colombia desde
finales del siglo pasado y comienzos del presente se mantiene
primordialmente bajo la férrea dominación y explotación
del imperialismo norteamericano.
La presencia de los grupos monopolistas
distintos a los norteamericanos resulta en nuestro país
notoriamente secundaria frente a éstos. La causa principal
del estancamiento de las fuerzas productivas colombianas, de la
supervivencia del régimen de explotación terrateniente
en nuestros campos, de la miseria de las masas populares y del
atraso y subdesarrollo general de Colombia radica en la larga
expoliación neocolonialista de los Estados Unidos sobre
nuestra nación. Por consiguiente, el remedio a nuestros
males seculares sólo puede partir de la revolución
de liberación nacional, cuyo blanco principal es el imperialismo
norteamericano.
A esta revolución contribuirán
las fuerzas revolucionarias, democráticas y patrióticas
del país, las cuales emprenderán una profunda transformación
democrática en todos los órdenes y cuyo objetivo
fundamental consiste en construir una república independiente,
soberana, autónoma, popular, democrática y en marcha
al socialismo. Es decir, que una vez conquistada la independencia
del yugo de los Estados Unidos, Colombia deberá insistir
de manera invariable en una línea de preservar celosamente
la libertad alcanzada, mantener una auténtica soberanía,
fijarse la meta de principio de basarse principalmente en sus
propios esfuerzos y lograr el cabal autosostenimiento. Ello no
implica que la futura república popular y democrática
de Colombia deba enfrascarse en una nacionalismo cerril y ciego.
No obstante ser la nuestra una revolución democrática
de liberación nacional, comprendemos a fondo, y lo hemos
proclamado, que la nueva Colombia requerirá para su desarrollo
de las relaciones comerciales y estatales con el resto de países.
Subrayamos, eso sí, en forma especial, que tales relaciones
deberán darse en pie de igualdad y en beneficio recíproco.
El Estado democrático-popular propiciará las relaciones
con todos los países y gobiernos, al margen del régimen
social de éstos, incluyendo a Estados Unidos, sobre la
base del respeto mutuo a la soberanía, no agresión,
no interferencia en lo asuntos interno y demás principios
de coexistencia pacífica.
Nuestra posición es eminentemente
internacionalista. Defendemos sin intransigencia el derecho de
nuestro país a la soberanía, mas su destino de nación
libre y autosuficiente forma parte integral, y así lo concebimos,
de la lucha de los pueblos sometidos y esquilmados del Tercer
Mundo por idénticos objetivos de independencia y libertad.
El triunfo de la revolución colombiana, aún en su
primera etapa democrática, fortalecerá la corriente
universal por el socialismo, apoyará al proletariado internacional
y a las repúblicas socialistas. Al lado del movimiento
de liberación nacional del Tercer Mundo, del proletariado
internacional, de las repúblicas socialistas y de los movimientos
revolucionarios y democráticos de todos los países,
la revolución colombiana aportará su contingente
a la conformación del frente de lucha más amplio
y más profundo en la historia de la humanidad contra el
imperialismo y a favor del socialismo, la democracia y la paz
mundial. Esta, nuestra concepción internacionalista proletaria.
Pregunta: ¿No es contradictorio
apoyar la política internacional de China, y sin embargo,
buscar alianza con el PC de Colombia?
MOSQUERA: A muchas personas desorientadas
de dentro y fuera del país les ha parecido un escándalo
la alianza que durante un buen tramo el MOIR mantuvo con el Partido
Comunista de Colombia. Les parece incompatible que actuemos autónomamente
en Colombia cuando al mismo tiempo porfiamos en fortalecer la
unidad de las fuerzas marxista-leninistas y del proletariado mundial
en torno a la línea general defendida por Mao Tsetung.
A tales personas no les cabe en la cabeza que el MOIR en su lucha
política en pro de la revolución colombiana se atenga
invariablemente a un principio, reivindicado precisamente por
la dirección del Partido Comunista de China: el de que
en el movimiento comunista internacional no debe haber bastón
de mando de unos partidos sobre otros. Esta norma marxista-leninista
conlleva mayor importancia de lo que a primera vista se capta.
Si los diversos partidos comunistas no gozan de completa independencia
y autonomía para decidir cuanto les compete como vanguardias
proletarias revolucionarias, en consonancia con las realidades
y acontecimientos de sus respectivos países, y por el contrario,
están obligados a ejecutar al pie de la letra las órdenes
de los “partidos padres” o del “partido padre”,
jamás podrán trazar directrices acordes con las
condiciones concretas y con las enseñanzas de la lucha
diaria. Para el MOIR este principio es irrenunciable. Y no es
que neguemos la necesidad de la unidad del movimiento comunista
internacional, la cual consideramos de una importancia fundamental,
pero ésta sólo la lograremos con el método
del respeto mutuo, del intercambio de opiniones y proscribiendo
la supremacía de unos partidos obreros frente al resto.
Nosotros aprendemos de la experiencia
de los comunistas que en otras latitudes nos han antecedido en
las tareas de organizar y conducir a la victoria a la clase obrera,
mas sopesamos a cada momento las peculiaridades de Colombia para
saber comportarnos. La unidad del movimiento comunista internacional
habrá de partir del considerando de que todos los partidos
proletarios se encuentran en pie de igualdad, son independientes
y tienen todo el derecho a utilizar sin cortapisas el arma de
la crítica. El revisionismo soviético pretende que
los partidos comunistas sean sus estafetas por todo el globo.
Casualmente, contra tan inadmisible pretensión del revisionismo
soviético, el Partido Comunista de China comenzó
la portentosa lucha por rescatar el marxismo-leninismo de manos
de sus falsificadores y preservar la verdadera unidad del movimiento
comunista internacional.
En relación con el rompimiento
de la alianza entre el MOIR y el Partido Comunista y la conversión
de la UNO en aparato de bolsillo de esta agrupación, no
dudo en calificarlos como acontecimientos desafortunados para
el proceso revolucionario colombiano. Cuando era más imperiosa
la urgencia de consolidar la unidad alcanzada para combatir el
régimen lopista, que emergió temporalmente victorioso
el 21 de abril, el Partido Comunista vaciló en continuar
enfilando baterías contra la coalición liberal-conservadora
que formalmente había cambiado de gobierno y procedió
a atropellar las normas orgánicas de funcionamiento democrático
de la UNO. No obstante lo enconado de la controversia, salpicada
de buena dosis de sectarismo a cargo del Partido Comunista, sigo
siendo un convencido de la necesidad de no escatimar esfuerzo
alguno para restaurar la alianza, conforme, desde luego, a unos
lineamientos definidamente revolucionarios y combativos.
La revolución colombiana daría
un gran paso adelante en las presentes circunstancias si coronara
con éxito la tarea de la constitución de un frente
antiimperialista con todas las fuerzas que sinceramente están
decididas a luchar por la liberación nacional y la construcción
en Colombia de una república democrática, popular,
auténticamente soberana, lista a rechazar todo intento
de “protección”, saqueo e intervención
de las potencias extranjeras. Enormes beneficios traería
para el país la conformación de dicho frente, así
fuese en un principio un frente pequeño, integrado por
los partidos y movimientos más resueltos, cuyo engrosamiento
sería inevitable y estaría garantizado por la aplicación
acertada de una política unitaria que permitiera la organización
a la larga del 90% y más de la población colombiana.
La frontera divisoria en Colombia entre la revolución y
la reacción, entre la izquierda y la derecha, entre el
marxismo-leninismo y el revisionismo, pasa por el meridiano del
frente único antiimperialista; quienes lo entorpecen con
uno u otro pretexto pertenecen al segundo bando y quienes lo faciliten
con una posición consecuentemente unitaria estarán
ubicados en el primero.
Pregunta: ¿En 1978 habrá
candidato único de la izquierda?
MOSQUERA: Si antes del 18 de abril resulta
prácticamente imposible reestructurar un frente conjunto
a escala nacional, debido a una serie de razones expuestas, después
de esa fecha habrá que conseguirlo como un gran imperativo
político del período por que atraviesa la revolución
colombiana. Necesario no tanto para afrontar las elecciones presidenciales
de 1978, como para encarar las tareas que anuncian los primeros
vientos de la tormenta revolucionaria que se avecina. La inestabilidad
tradicional de las instituciones de estas democracias neocoloniales
y el estruendoso fracaso de la administración. López
Michelsen, mucho antes de cumplir la mitad de su vigencia constitucional,
las contradicciones crecientes en el seno de la coalición
oligárquica y la honda división del Partido Liberal
mayoritario, la aguda crisis y la descomposición social
llegadas a extremos intolerables, el descontento popular generalizado
y los brotes continuos de rebeldía de las masas expresados
en las más variadas formas de lucha, son factores que nos
están indicando a las claras que Colombia se precipita
aceleradamente a un momento crucial de su desarrollo histórico.
La mar está picada, como dicen los marinos. Y los revolucionarios
estamos en la obligación de hacer una apreciación
muy correcta del inmediato futuro. De ello depende el que cosechemos
grandes victorias o graves derrotas.
Nadie puede sostener con un grado más
o menos cierto de seguridad, por ejemplo, que haya elecciones
en 1978. Si la situación sigue evolucionando en el sentido
que arriba anotaba, lo más probable será que, por
encima de la campaña de institucionalización del
presidente, la coalición gobernante prefiera buscar otros
medios para tratar de capear el vendaval. No hay que perder de
vista que la alianza liberal-conservadora quemó con López
Michelsen la última carta presentable y que podía
mover las esperanzas de un montón de gentes fatigadas de
tantos trucos de las clases dominantes. El partido liberal corre
desesperado hacia un callejón sin salida. Si logra superar
la división persistente, cualquiera de las dos opciones
principales a que está abocado, el señor Lleras
Restrepo, o el señor Turbay Ayala, jamás conseguirán
retoñar las marchitas ilusiones. El uno ya ocupó
la Presidencia de la República y, no obstante su intensa
campaña, no ha sido capaz de desvanecer de la memoria de
la mayoría de los colombianos los desastres en todos los
órdenes de su gestión gubernamental. El otro es
lo que llaman un manzanillo, desacreditando por tal, aun en determinados
sectores de las oligarquías. Ninguno es una ficha gananciosa
para una situación como la que vive la nación colombiana.
Un mandatario de filiación conservadora no sería
tampoco una medida aconsejable para la estabilidad de la coalición
antipatriótica. Por otra parte, dentro de esta coalición
afloran a cada instante nuevas y más profundas contradicciones.
Lo anterior no significa que la alianza burgués-terrateniente
proimperialista, cuya expresión política es el contubernio
liberal-conservador, vaya a desaparecer. Únicamente nos
alerta sobre que el Estado colombiano, que continuará apoyado
en las muletas de los dos desgastados partidos tradicionales,
se verá inclinado a buscar otras formas y métodos
de gobierno distintos a los previstos en la constitución.
Las fuerzas revolucionarias deben prepararse
desde ya para cualquiera de las dos eventualidades: si hay elecciones
en 1978, para presentarse lo más sólidamente unidas
con un candidato único cuyo nombre habrá de ser
escogido por consenso y democráticamente entre las organizaciones
partidistas interesadas; y si no hay elecciones, es mucho más
necesaria la unidad no sólo para garantizar su propia subsistencia,
sino para impedir que la reacción aplaste las múltiples
explosiones de la lucha de las masas que en la actualidad ha cobrado
un nuevo y promisorio ímpetu. Preparémonos para
lo peor. Alistémonos para cumplir a cabalidad el papel
de protagonistas de los trascendentales sucesos revolucionarios
que se han puesto a la orden del día y con los cuales Colombia,
en el último cuarto de este siglo, se encaminará
inconteniblemente hacia radicales transformaciones. Por doquier
estallarán conflictos y disturbios. El nacimiento de la
nueva sociedad será un alumbramiento doloroso y sus primeros
vagidos convulsionarán a la América entera. Como
bomberos del proceso actuarán el imperialismo, la reacción
y el oportunismo. A nosotros nos corresponde el deber de fogoneros
de la revolución. La consigna de la hora es prepararnos
para tan excepcional oportunidad histórica.
Pregunta: ¿A qué atribuye
el vertiginoso descrédito del gobierno de López
Michelsen?
MOSQUERA: El lopismo coetáneo
llega al poder con la más caudalosa votación en
los anales de la República. Además de los tres millones
de sufragantes liberales, en sana lógica debemos sumarle
el millón y medio de votos conservadores, habida cuenta
de que el gobierno lopista es igualmente bipartidista como los
cuatro anteriores del Frente Nacional. O sea que el “mandato
claro” inició su gestión con una votación
de respaldo de cuatro millones y medio. A la cual vale la pena
agradecerle la expectativa benévola con que lo recibieron
al anapismo y algunos integrantes de la UNO, en especial determinados
parlamentarios del MAC. Usted recordará la euforia colectiva
alrededor de la figura del vencedor del 21 de abril. Los más
avivatos pregonaron también que eran “izquierdistas”
como el presidente elegido. Los más ingenuos remarcaron
que con el desenlace electoral se abría un período
de mayores libertades y derechos democráticos, que las
masas que votaron por el delfín liberal estaban en condiciones
de presionar y conseguir el cumplimiento de ciertas promesas hechas
por el jefe de Estado durante su campaña, e incluso llegaron
a decir que el lopismo podría realizar algunos puntos del
programa de la UNO, advirtiendo que ellos apoyarían tales
realizaciones, con lo cual no estaban respaldando al gobierno
sino al programa de la revolución.
En fin, todo este festival de ilusiones
con respecto al advenimiento del fundador del extinto MRL al mando
supremo de la nación, velaba de mala fe o ignoraba crasamente
un hecho por demás evidente y clave: que López Michelsen
se hallaba, sin otra alternativa, resuelto a ejecutar la única
promesa que formuló en serio a lo largo y ancho del país,
la de proseguir la obra del Frente Nacional. Por eso el MOIR ha
insistido en motejar este cuatrienio de continuista y a su principal
gestor de continuador. Con un agravante. Las elecciones de 1974
arrojaron unos guarismos abrumadoramente favorables a López,
y su gobierno se instaló en medio de una atmósfera
de particular vigor y optimismo. Comparado con los regímenes
inmediatamente anteriores, el del “mandato claro”
empezaba labores aparentemente mejor apuntalado y por lo tanto
podría ir más allá de donde fueron aquellos
en su política antinacional y antipopular. En realidad,
el señor López anduvo más aprisa y más
descaradamente. A los 41 días de posesionado decretó
la emergencia económica con el objetivo de aumentar los
privilegios a los monopolios norteamericanos, al capital financiero,
a los pulpos urbanizadores, a los magnates del café y para
poner en práctica una reforma tributaria abiertamente regresiva,
confeccionada durante el gobierno de Lleras Restrepo, pero que
ni éste ni Pastrana Borrero se atrevieron a instaurar.
Esta reforma tributaria estableció un considerable aumento
de los gravámenes a las ventas, a la pequeña y mediana
industria y aligeró los impuestos de las grandes sociedades
anónimas, preferencialmente de las extranjeras. Las medidas
de emergencia económica lesionaron enormemente los intereses
de la nación y el pueblo colombiano e incidieron de manera
directa en el alto costo de vida, con una intensidad y una aceleración
pocas veces conocidas.
Mención aparte merece el alza
mensual de la gasolina, por demanda perentoria de las compañías
petroleras norteamericanas, la cual repercute igualmente en el
ciclón alcista que desfalca sin clemencia los raquíticos
ingresos de las masas trabajadoras. También sobresale por
su carácter retardatario la llamada Ley de Aparcería,
con que el lopismo premió con largueza la colaboración
decisiva de la clase terrateniente en su ascenso al mando. Esta
ley acondiciona a la época “moderna” las relaciones
de explotación servil en el campo colombiano, refuerza
las ataduras que mantienen a los campesinos uncidos a la coyunda
de lo señores de la tierra. Es un intento por rescatar
el pasado y eternizar el atraso. Y ante la clase obrera la política
del “mandato claro” ha estado encaminada a cercenar
al movimiento sindical los derechos de organización, expresión
y huelga, con el propósito de imponer la congelación
de salarios en topes que no se compadecen con la carestía
de la vida y el envilecimiento de la moneda. Y frente al estudiantado
colombiano, heroico en mil batallas por la liberación nacional
y la democracia, cuando el régimen actual comprendió
que no conseguiría domarlo a punta de demagogia, procedió
a sofocarlo a punta de fusil. De ese tenor antinacional y antipopular
ha sido toda la orientación y la conducta del continuismo.
Para sacar sus nefastos designio recurrió, al igual que
sus predecesores, al estado de sitio y a la represión violenta.
Pero su descrédito fue asimismo vertiginoso y la situación
se le ha complicado hasta más no poder. El lopismo ha pasado
a la defensiva. El hecho mismo de que las elecciones próximas
se efectúen bajo el estado de sitio, por temor a la acción
política de los partidos y organizaciones revolucionarias,
está patentizando su flaqueza y debilidad. La lucha de
las masas populares se presenta ahora amenazante y con magníficas
perspectivas de ampliarse y profundizarse. Huelgas, paros cívicos,
invasiones campesinas, batallas callejeras estallan a diario y
en todo el territorio patrio. Lo cual no demuestra más
que el triunfo electoral de López Michelsen en 1974 no
dejó de ser una estrella fugaz en la multifacética
y convulsionada sociedad colombiana.
Terminado el pasajero resplandor, el
porvenir de la reacción oligárquica volvió
a hundirse en la oscuridad. La coalición liberal-conservadora
da palos de ciego y marcha tambaleante hacia la tumba. Su agonía
puede ser larga pero lo cierto es que ya empezó.
Pregunta: ¿Con qué métodos
participa el MOIR en la campaña electoral y cuáles
son las principales experiencias recibidas a través de
esta forma de lucha?
MOSQUERA: El MOIR participa en la lucha
electoral con el supremo criterio de contribuir a desembotar la
conciencia de las masas y hacer más clara y comprensible
la lucha de clases que subyace en las manifestaciones y actividades
de la sociedad colombiana. La oligarquía dominante, como
los explotadores en todos los tiempos, desata la más sórdida,
cruel y sistemática lucha contra los explotados, pero hipócrita
y cobarde por naturaleza, se empeña a la vez en encubrir,
mistificar y desfigurar esta lucha, a los ojos de sus contradictores
de clase. Mientras engaña, persigue y golpea con saña
a las masas trabajadoras, la minoría detentadora del poder
no tiene la menor vergüenza de presentarse como protectora
y benefactora de las grandes mayorías populares. Nuestro
primer deber consiste pues en correr el velo que envuelve las
contradicciones de clase y lograr que éstas puedan ser
desentrañadas y entendidas diáfanamente por millones
de personas. En primer lugar, para que la clase obrera, y con
ella el resto de clases sojuzgadas de Colombia, consiga identificar
a sus verdaderos enemigos y los ardides y tretas de estos. Y para
que el proletariado, partiendo de esta base, se ponga en condiciones
de organizar sus fuerzas y las de sus aliados en las múltiples
batallas por la liberación nacional y la revolución
democrática.
Arrancar el antifaz al mentiroso gobierno
del “mandato claro” ha sido nuestra principal preocupación
en esta campaña electoral. Hacer consciente que el señor
López Michelsen en el poder es el continuismo, o sea, la
prolongación de la coalición liberal-conservadora
proimperialista, antinacional, antipopular y antidemocrática,
que viene esquilmando a la nación y empobreciendo al pueblo.
Que quienes traten de enmascarar por uno y otro medio esta cruda
realidad terminarán haciéndoles compañía
a los vendepatria y traidores. Que sólo una línea
consecuente de unidad de todas las fuerzas revolucionarias y patrióticas,
dirigida tanto contra el sistema general como contra el régimen
lopista que lo representa concretamente, ganará el respaldo
entusiasta de las masas populares de la ciudad y e campo. Y efectivamente,
la consigna central de “contra el mandato de hambre, a la
carga”, lanzada por nuestro Partido para la campaña
electoral, compendia y recoge los deseos de combate de los sectores
mayoritarios de la población colombiana que en carne propia
padecen los catastróficos resultados de la política
oficial. La gran prensa y reconocidos personajes de lo partidos
tradicionales se han quejado ya por la propaganda de descrédito
emprendida por el MOIR contra el gobierno. Curiosamente, la dirección
del Partido Comunista también se abalanzó con improperios
de toda índole cuando apareció la consigna, censurándola
por “liberal”, y “seudorrevolucionaria”
y “gaitanista”. ¿Qué será lo
que les irrita el ánimo a estos ex aliados del MOIR? ¿El
ataque frontal contra el “mandato de hambre, demagogia y
represión” de López Michelsen, o el hecho
de que se recuerde el grito de combate de Jorge Eliécer
Gaitán y con él retornen a la memoria algunos episodios
erráticos sobre los cuales no ha sido grato hablar? En
todo caso la consigna constituyó un acierto, como será
siempre conducente recoger la tradición de lucha de nuestro
pueblo. Cuando exaltamos, por ejemplo, el emblema inmortal de
los comuneros del siglo XVIII, “Unión de los oprimidos
contra los opresores”, y que bien puede ser el lema de la
lucha de nuestros días, no quiere decir que acojamos el
punto de vista ni las concepciones de los revolucionarios de aquella
época. Sabemos, como nadie en Colombia, que no obstante
caracterizarse la actual revolución como una revolución
de liberación nacional, democrático-burguesa, realizada
por la alianza de todas las clases revolucionarias, es exclusivamente
la clase obrera y su ideología invencible, el marxismo-leninismo,
el factor dirigente de la misma. En síntesis, la índole
de los ataques contra la táctica revolucionaria y unitaria
planteada por el MOIR para el actual período, así
como la procedencia de esos ataques, prueban la justeza de nuestra
posición política.
Resuelta la cuestión de la orientación
y objetivos políticos de la campaña, se coloca en
primer plano el problema de la vinculación a las masas.
Aunque el continuismo ha tomado las máximas precauciones
para impedir la libre concurrencia en estas elecciones de los
partidos y movimientos opuestos a las corrientes afectas al régimen,
como la del sostenimiento del estado de sitio, las fuerzas revolucionarias
deben realizar todos los esfuerzos necesarios para extender sus
efectivos y llegar a sitios y sectores de masas adonde en otras
circunstancias sería dificultoso hacerlo. Esto no significa
que si no hay elecciones, el partido revolucionario de la clase
obrera no arribaría a esos sitios y a esos sectores. Simplemente
señalamos que, en el actual período de construcción
del Partido, aprovechamos una ocasión propicia, el debate
electoral, para lanzar la red hasta donde nos alcancen las energías.
Después vendrá la recogida y consolidación
del trabajo. La efectividad de esta tarea estriba obviamente en
la adecuada distribución orgánica de las escasas
unidades con que contamos. Después de la línea política,
lo más importante son unas correctas medidas organizativas.
De estos dos aspectos depende el acercamiento y la estrecha conexión
con las masas y luchas. Y a un partido obrero apertrechado de
una línea política correcta, con un estilo de trabajo
revolucionario y vinculado íntimamente a las masas y sus
luchas no habrá quien pueda destruirlo.
Finalmente, la labor de propaganda y
agitación es un flanco que requiere la mayor atención.
Sin ella muy poco podríamos avanzar. Existe un obstáculo
enorme que debemos superar: la falta de recursos. Nuestro Partido
se apoya exclusivamente en sus propias fuerzas y en las fuerzas
de las masas. Pero en la actualidad el MOIR sigue siendo un partido
pequeño, en gestación, y su arraigo en los amplios
sectores del pueblo es aún incipiente. Para subsanar estas
deficiencias hemos puesto la caldera a funcionar a todo vapor.
Que no haya un militante ni un simpatizante del MOIR que no contribuya
con su tiempo disponible y los recursos materiales mínimos
a la campaña electoral.
Hemos concentrado las tareas de propaganda
y agitación en tres instrumentos principales, 1) en nuestro
órgano Tribuna Roja, para el cual elaboramos un plan especial
de periodicidad y de aumento de tiraje. Esta ha sido la más
eficiente herramienta de difusión de nuestra línea,
de información de nuestra actividad electoral y de aglutinación
y organización en la etapa de expansión en que nos
encontramos. Los frutos hasta el presente son satisfactorios.
Hemos logrado sacar cada quince días 300 mil ejemplares
de Tribuna Roja y sostenerlo con la sola venta. 2) En la programación
de una gira nacional que pretende cubrir el mayor número
de capitales, municipios y veredas. La directiva al respecto insiste
en que todos los actos electorales del MOIR han de realizarse
en plazas públicas y lugares abiertos, no importa que las
manifestaciones y mítines no sean siempre nutridos. Esto
con el propósito de movilizar la mayor cantidad de gentes
posibles. A pesar de las prohibiciones de varios alcaldes para
efectuar las demostraciones públicas, en la mayoría
de los casos hemos conseguido reunir en lugares abiertos buena
proporción de personas, si se compara con el fracaso de
los partidos tradicionales y se tiene en cuenta el escaso desarrollo
del MOIR: Notamos en el grueso de los participantes en dichos
actos una gran expectativa por las ideas revolucionarias y su
actitud fundamental es la de escuchar los nuevos planteamientos.
Y 3) en la propaganda mural. Este ha sido el otro instrumento
agitacional usado con especial esmero por nuestro Partido. Con
medios de fácil acceso y utilización como la pintura
mural, las tiras largas producidas en screen y colocadas en paredes
visibles y los carteles con la imagen de nuestros dirigentes y
candidatos, hemos hecho sentir la presencia del MOIR en la contienda
electoral. El impacto creado se mide por los ataques y las insinuaciones
maliciosas que nuestros enemigos estilan acerca de la supuesta
procedencia extraña de los recursos financieros del MOIR.
Hasta el Partido Comunista se ha sumado al coro de detractores
y calumniadores nuestros de cada día, esgrimiendo los mismos
argumentos de la reacción de que estamos nadando en oro,
como explicación desesperada para desmeritar el abnegado
batallar de nuestra militancia y de los amigos de nuestro Partido.
Pregunta: Según eso, ¿ustedes
prevén una buena votación por el MOIR?
MOSQUERA: Desde las elecciones de 1972
por tercera vez consecutiva participamos en este tipo de lucha.
En 1972 obtuvimos apenas 19 mil votos, sumando los consignados
a favor de los varios frentes de envergadura regional que el MOIR
pactó con motivos populares a nivel departamental. En 1974
la UNO, de la cual formó parte del MOIR, registró
un total aproximado de 140 mil sufragios por un candidato presidencial.
Nuestra meta es avanzar con relación a 1972 y proporcionalmente
a 1974. Para ello contamos con la crisis política y las
contradicciones internas de los partidos tradicionales y con el
incremento paulatino de nuestras fuerzas. Sin embargo, subsiste
una serie de elementos adversos, entre los cuales vale la pena
remarcar, por una parte, la división prevaleciente entre
las fuerzas políticas contrarias al régimen, y que
a ratos adquiere avisos de hirsuto sectarismo, tras la cual viene
la confusión de no despreciables sectores del pueblo, y
por la otra, el recorte sistemático de los derechos democráticos
y de las libertades públicas que trae aparejado el estado
de sitio y demás ventajas que arbitrariamente se proporcionan
para sí las clases dominantes en este tipo de eventos electorales
organizados y manipulados por ellas mismas. Con todo, pienso que
las cifras del 18 de abril expresarán las insuperables
dificultades de las corrientes políticas reaccionarias
y oportunistas y el progreso relativo de las fuerzas revolucionarias.
El moirismo se extenderá por todo el país, llegará
a nuevos frentes de masas, consolidará sus creciente influencia
política y se alistará para las batallas del futuro.
Pregunta: En su opinión ¿qué
diferencias programáticas existen entre el MOIR y el ML?
MOSQUERA: Si hay alguna diferencia sustancial
programática entre el MOIR y las diversas agrupaciones
que se denominan a sí mismas partidos o tendencias marxista-leninistas,
ésta radica en una cuestión fundamental que gira
en torno a la interpretación de la naturaleza de la sociedad
colombiana y el carácter de la revolución: el comportamiento
frente a la burguesía nacional. Cabe aclarar que en esa
galaxias de grupos y subgrupos han aflorado no despreciables sectores
y tendencias que comenzaron a plantarse este problema y a resolverlo
positivamente. Mediante el estudio y la práctica de varios
años nuestro Partido ha acentuado su convencimiento de
que Colombia es un país neocolonial y semifeudal. ¿Qué
implica esto? Que el desarrollo capitalista del país se
halla entrabado por la dominación externa y el régimen
de explotación terrateniente, siendo el aspecto principal
la sojuzgación neocolonialista. He ahí la razón
económica suprema de la revolución colombiana. Los
únicos que se lucran de tal situación de opresión
y atraso son los imperialistas, especialmente los imperialistas
norteamericanos, y sus intermediarios, la gran burguesía
y los grandes terratenientes. Dichos intermediarios se enriquecen
ejecutando su misión de vendepatria como beneficiarios
directos de los negocios con el imperialismo y sustentadores de
la explotación externa, que lejos de favorecer la economía
nacional, la paraliza o la hace retroceder. La gran burguesía
y los grandes terratenientes se distinguen por su parasitismo,
no contribuyen al desarrollo de la nación y, por el contrario,
las relaciones de propiedad que les son inherentes materializan
obstáculos infranqueables para el desenvolvimiento de las
fuerzas productivas.
En las condiciones históricas
y económicas actuales estos impedimentos a la producción
colombiana sólo podrán ser saltados por medio de
la revolución nacional y democrática. Las fuerzas
que primordialmente coadyuvan al desarrollo nacional son el proletariado,
el campesinado y la burguesía nacional. Esta última
es lo que comúnmente se conoce como los pequeños
y medianos productores. Ninguna de las fuerzas anteriores dispone
o participa de las prerrogativas del Estado. Como la prosperidad
económica del país está supeditada antes
que nada a la destrucción de las relaciones de subyugación
neocolonialista y de explotación de la gran burguesía
y los grandes terratenientes colombianos, y el poder político
lo disfrutan exclusivamente estas fuerzas antipatrióticas
y despóticas, el quid de la revolución consiste
en unificar al resto de la nación tras el objetivo de la
liberación nacional y de las transformaciones democráticas,
sin prescindir a priori de la burguesía nacional, susceptible
de engrosar también con el proletariado, el campesinado
y la intelectualidad revolucionaria, el frente único antiimperialista.
El frente único demolerá
el Estado opresor del pueblo y en su lugar edificará un
Estado popular y democrático, integrado por todas las fuerzas
revolucionarias. Las tendencias políticas pequeño-burguesas
autocalificadas de marxistas-leninistas le ponen por lo general
a esta concepción un pequeño y grande pero: el que
no existe la burguesía nacional en Colombia o que ésta
es por naturaleza reaccionaria y enemiga de la revolución.
Nosotros señalamos que la burguesía nacional sí
existe en los países neocoloniales y atrasados, como Colombia
y que, aun cuando constituye el sector más vacilante y
menos avanzado de la revolución, cuyas manifestaciones
oportunistas deben ser combatidas dentro o fuera del frente único,
su contingente es valioso y contribuye a inclinar la balanza a
favor del pueblo en la dura y prolongada lucha contra sus opresores
externos e internos. En la aceptación de esta estrategia
va implícita no sólo la comprensión teórica
de la actual revolución colombiana como una revolución
de liberación nacional, democrático-burguesa, sino
la dirección proletaria y el triunfo de la misma.
Pregunta: ¿Ustedes propenden
por un mayor desarrollo capitalista en Colombia?
MOSQUERA: Esta es una de las grandes
calumnias con que se nos pretende combatir por quienes ni siquiera
se toman el trabajo de leer nuestras tesis programáticas.
Del hecho innegable señalado por nosotros del estancamiento
de la producción nacional, es decir, del capitalismo nacional,
como no podría ser en otra forma bajo el régimen
vigente, no se colige necesariamente que el desarrollo por el
cual deba pugnar la Colombia de hoy sea el capitalista. La evolución
nacional y democrática facilitará en cierto grado
y de manera limitada un florecimiento del capitalismo, pero la
estatización de los monopolios extranjeros y colombianos
que estrangulan la vida de las masas y la dirección de
la clase obrera en el proceso revolucionario, crean las condiciones
económicas y políticas para que la revolución
pase en un tiempo más o menos corto hacia el socialismo.
Por eso hablamos de una revolución de nueva democracia
con el objeto de distinguirla de la vieja democracia realizada
por la burguesía para instaurar el capitalismo y a la cual
ya le pasó en el mundo entero su momento histórico.
Propendemos por una revolución en esencia democrático-burguesa
de liberación nacional, realizada por todas las clases
revolucionarias, pero dirigida por el proletariado y en marcha
al socialismo. En la dirección obrera radica la diferencia
fundamental entre la nueva y la vieja democracia, entre el camino
que conduce al socialismo o no, entre la soberanía nacional
y la dependencia del extranjero.
Pregunta: Y las diferencias del MOIR
con los socialista ¿cuáles son?
MOSQUERA: Los antagonistas del MOIR
con los socialistas colombianos tienen en cierto sentido el mismo
origen que las discrepancias con las tendencias que acabamos de
analizar. Se refiere al carácter de la revolución.
Desde su nacimiento los grupos socialistas han sostenido que la
revolución a la que esta abocada Colombia no es de naturaleza
democrática sino socialista. Semejante caracterización
del cambio revolucionario que demanda el país no se compadece
ni con el proceso histórico colombiano ni con las realidades
económicas vigentes. Su contenido teórico es profundamente
reaccionario, ya que arroja un velo de falso doctrinarismo sobre
la realidad nacional, con el cual se ocultan dos aspectos básicos:
la dominación externa imperialista y la situación
de atraso y explotación terrateniente en el campo. Colombia
tiene un problema nacional y un problema agrario, íntimamente
relacionados, ninguno de los cuales puede remediarse de raíz
sino mediante la revolución. Ambas tareas son por esencia
democráticas y no socialistas. La clase obrera tiende al
socialismo, pero en Colombia la ruta expedita que conduce a él
es la de la liberación nacional y la revolución
agraria campesina. Quienes en el curso del proceso revolucionario
no comprendan esta verdad elemental terminarán combatiendo
de hecho al socialismo, así se proclamen a todo momento
partidarios del mismo.
La concepción doctrinaria de
los socialistas tiene una consecuencia práctica desastrosa.
Si son consecuentes con sus planteamientos, programáticamente
están obligados a oponerse al frente único revolucionario
de toda la nación. Sería un contrasentido llamar,
a excepción de los obreros, los campesinos pobres y la
capa más baja de la pequeña burguesía, al
resto de clases y sectores democráticos y patrióticos
del país para realizar una revolución socialista.
Se encuentran impedidos a combatir con el mismo ardor, o por lo
menos con la misma decisión teórica, a los grandes
monopolios imperialistas y colombianos que saquean y arruinan
la nación y a los pequeños y medianos empresarios
que viven amenazados por la quiebra y al margen de las prerrogativas
estatales. Desde el punto de vista de la lucha política,
semejante estrategia sólo puede favorecer al imperialismo
y a sus lacayos y lesionar la unidad del pueblo colombiano, tan
cara y necesaria para conquistar la liberación nacional
y llevar a cabo la revolucionen en la presente etapa.
Las tendencias socialistas aludidas
nos increpan en primer término que nosotros negamos la
evolución capitalista en Colombia. Contestemos en unas
cuantas palabras. Cuando decimos que Colombia, además de
constituir una neocolonia de los Estados Unidos, es un país
semifeudal, estamos precisando que hay un cierto grado relativo
de desarrollo capitalista, cuyo acrecentamiento se encuentra interferido
precisamente por la traba interna del régimen de explotación
terrateniente. En segundo término nos critican que calcamos
la teoría sobre la nueva democracia de Mao Tsetung, buscando
con ello catalogarnos de falta de originalidad y condenarnos porque
no hacemos un esfuerzo investigativo propio, basado en la realidad
colombiana. Sin embargo, la originalidad que demandan los críticos
del MOIR en este caso carece de sentido.
Las conclusiones marxista-leninistas
de Mao acerca de la nueva democracia, como la revolución
que deben emprender los países subdesarrollados y atrapados
en el sistema colonial o neocolonial del imperialismo, son válidas
y aplicables a Colombia. La teoría de la nueva democracia
encierra un valor universal para la inmensa mayoría de
países del Tercer Mundo, al igual que la revolución
socialista representa para los países capitalistas el cambio
social inmediato que les corresponde llevar a efecto. Reclamarnos
originalidad a nosotros sobre la revolución de liberación
nacional y democracia dirigida por la clase obrera, sería
parecido a pedirles originalidad a los proletarios de Europa,
del Japón o de los Estados Unidos con la revolución
socialista que promueven, cuyos trazos esenciales fueron descubiertos
magistralmente por Marx y Engels, hace más de siglo y cuarto.
Pregunta: ¿Cuál es la
política del MOIR hacia el campo?
Mosquera: Las reivindicaciones del movimiento
campesino constituyen parte sustancial de nuestro programa revolucionario.
Ya hemos dicho que Colombia tiene un programa agrario que debe
resolver. Cómo se expresa? Antes que nada en la estructura
de la tenencia de la tierra y en las formas atrasadas de producción.
Al lado de los grandes latifundios que abarcan la mayor cantidad
de las mejores tierras, pulula el minifundio.
Tanto una como otra forma de propiedad
materializan frenos a la producción agropecuaria Los campesinos
carecen de tierra para laborar y los terratenientes explotan sus
grandes fincas recurriendo a la mano de obra campesina, mediante
las más variadas manifestaciones de servidumbre, a menudo
ocultas bajo transacciones en dinero, arrendamientos, contratos
diversos, pero de todos modos de servidumbre. La tierra que se
utiliza de manera moderna, capitalista avanzada, es una mínima
porción si se le compara al gran total de treintaitantos
millones de hectáreas vinculadas a la producción
con que cuenta el país, y su aporte al producto nacional
también es insignificante. Así que el campo colombiano
demanda una transformación radical de esta situación,
secularmente aplazada, o mejor, entorpecida por las fuerzas políticas
gobernantes, la cual no puede ser otra distinta a la de la eliminación
del régimen de explotación terrateniente, a través
de la confiscación de las grandes propiedades y su reparto
entre los campesinos que la trabajen. Siendo Colombia un país
eminentemente agrícola y atrasado, semejante transformación
significaría un tremendo salto hacia adelante en su desarrollo
histórico y económico. Se liberarían las
fuerzas productivas en el campo y las masas campesinas estarían
en condiciones de aportar decisivamente al progreso del país,
a la tarea de echar las bases de una economía autosuficiente
y próspera, lo que sólo se logrará con su
concurso.
Pero el régimen terrateniente
no es la única atadura de la producción nacional
ni el único fardo sobre los hombros de los campesinos.
Existe otra atadura y otro fardo que no son secundarios, como
lo hemos denunciado multitud de veces: la dominación y
explotación del imperialismo norteamericano. Por medio
del control del comercio interno y externo del país, de
las inversiones, de los préstamos, del saqueo de materias
primas básicas, de la venta subsidiada por el Estado colombiano
de excedentes agrícolas traídos de los Estados Unidos,
etc., el imperialismo arruina la economía colombiana. Es
más, el gobierno estadinense se preocupa por la cuestión
agraria de sus neocolonias y en reuniones internacionales a nivel
oficial, como la de Punta del Este en 1961, que instauró
la llamada Alianza para el Progreso, ha prospectado las pautas
de una política agraria que los mandatarios colombianos
siguen al pie de la letra. La reforma agraria propuesta por el
imperialismo tiende hacia dos objetivos centrales: a facilitar
la penetración del capital extranjero y la venta de productos
de la industria norteamericana y a afianzar las caducas relaciones
de producción en el campo. Desde la expedición de
la Ley 135 de 1961, que dio creación al Incora y puso en
funcionamiento las tan trilladas reformas del agro colombiano,
auspiciadas por el Frente Nacional, han transcurrido quince años.
Un tiempo prudencial para juzgar los frutos de cualquier política.
Se puede concluir a ciencia cierta que en tal lapso no ha disminuido
en un ápice el poder terrateniente, mientras la situación
de los campesinos es cada vez más inclemente y ruinosa.
La nación ha sido endeudada en varios cientos de millones
de dólares por concepto de reforma agraria, ya que ésta
se adelanta a punta de préstamos despachados en su casi
totalidad por la agencias financieras norteamericanas. La adquisición
de tierras a cargo del Estado configura un jugoso negocio de compraventa
en beneficio de las grandes señores. A las escasísimas
familias campesinas, a las que el Incora adjudica pequeñas
parcelas con fines de propaganda, no se les permite disponer libremente
de éstas. Los planes de adecuación de tierras y
de distritos de riego terminan favoreciendo a la clase terrateniente,
así como los programas de irrigación de créditos
que con frecuencia la banca oficial o semioficial confecciona
para el fomento de las actividades agropecuarias. En síntesis,
mientras subsiste el sistema de explotación típicamente
terrateniente y los campesinos continúen sometidos a las
más disímiles formas de servidumbre, las inversiones
y mejoras de cualquier especie que la minoría dominante
proyecte para las zonas rurales desembocarán inexorablemente
en las arcas caudales de los dueños de los grandes fondos.
Con su política de impedir a
todo trance el desarrollo económico de Colombia, el imperialismo
norteamericano acude a preservar en lo sustancial intacto el poder
terrateniente. Se fantasea con el crédito, la colonización,
la venta de insumos, la adecuación de fincas, el riego,
las comunicaciones y hasta con obras sociales y de caridad. Todo
menos modificar las relaciones de propiedad en el campo. A los
campesinos se les promete hasta el cielo pero se les niega la
tierra. Uno de los últimos inventos, por ejemplo, el de
las empresas comunitarias, incubado por el imperialismo y puesto
en práctica por sus testaferros en Colombia, procura, con
el señuelo de la colectivización, instalar la mayor
cantidad de familias campesinas en la menor extensión de
tierra posible. Con tal de proteger el latifundio se ha hecho
un inusitado despliegue en pro de la socialización de la
producción agraria, de las ventajas de la propiedad colectiva
y de la vida comunal, de la necesidad de educar al campesino en
el espíritu asociativo. Y de estas tesis con que se promueven
las empresas comunitarias, se han declarado fervorosos partidarios
López Michelsen, Álvaro Gómez y demás
personeros de los partidos tradicionales, las agremiaciones patronales,
los dirigentes de UTC y CTC y el alto clero. Eso sí es
el diablo metido a predicador. Con tal de privar a los campesinos
del derecho a la tenencia de la tierra, hoy ociosa o deficientemente
utilizada en manos de los grandes terratenientes, la más
oscura reacción de Colombia inculca al campesinado un socialismo
a deshoras.
Pero lo que impulsa la lucha de clases
en el campo colombiano es la demanda de los campesinos por la
tierra, por el derecho a usufructuarla, poseerla y disponer de
ella libremente. Tras esa exigencia se han lanzado a invadir las
fincas de sus amos, a organizar sus fuerzas independientemente
del tutelaje de sus tradicionales enemigos y a requerir el apoyo
del resto de las fuerzas revolucionarias. Las aspiraciones de
los campesinos concuerdan con la tendencia histórica del
desarrollo de las fuerzas productivas colombianas y la victoria
de sus luchas repercutirá en un gran salto hacia delante
en el proceso del país. El proletariado consciente apoya
incondicionalmente las luchas de las masas campesinas y se desvela
por consolidar cada día la estrecha alianza obrero-campesina,
base del frente único antiimperialista. Las apoya en el
entendimiento de que son luchas de carácter democrático
y no socialista. Parlotear de socialismo a un campesinado aprisionado
aún en los vestigios de la servidumbre, sin plantearse
ni haberse resuelto el problema de demoler hasta los cimientos
el régimen de explotación terrateniente, es un imperdonable
desconocimiento del asunto, cuando no un vulgar engaño.
Para las fuerzas revolucionarias y en particular para el marxismo-leninismo,
la revolución agraria campesina encierra una importancia
decisiva, ya que el filo de ésta se dirige no sólo
contra la clase terrateniente, sino necesaria y primordialmente
contra el imperialismo que la sustenta. La revolución agraria
campesina es el motor mismo de la revolución nacional y
democrática, que conquistará para el pueblo colombiano
la independencia, la soberanía y la democracia. Culminada
esta etapa entonces sí el proletariado colocará
en el primer punto de su programa la transformación socialista,
que en el campo comenzará con los primeros brotes de cooperativización
de los campesinos libres.
Pregunta: ¿Qué concepto
les merece la ANUC?
MOSQUERA: Una pequeña delegación
del MOIR participó en las deliberaciones de Sincelejo,
en donde se esbozaron las inquietudes iniciales acerca de la urgencia
de rescatar a la ANUC del control absoluto del gobierno. Vimos
con buenos ojos el proceso de rebeldía que se estaba gestando
en la ANUC contra la influencia oficial política y financiera.
Hemos creído firmemente que en el campo las fuerzas revolucionarias
deben proponerse crear organizaciones campesinas y propiciar el
desarrollo de las existentes, conformadas por campesinos pobres
y medios, y en donde los primeros desempeñen el papel principal.
En Sincelejo no hubo mucha claridad sobre la orientación
de la lucha y un sector bastante mayoritario pujaba por la consigna
de tierra sin patronos, la cual compendia toda una concepción
contraria a la nuestra sobre el problema agrario de la revolución
y que en nuestro entender desvía el blanco de ataque hacia
sectores del campesinado que, como algunas capas de campesinos
medios e incluso de campesinos ricos, no son el objetivo principal
de la revolución agraria, pero cuya colaboración
o neutralización resultan indispensables para el triunfo
de ésta. En lugar de concentrar el fuego en las grandes
terratenientes, se dispersaba equivocadamente. De igual manera
no había plena claridad en torno de la función del
imperialismo como principal puntual de la situación prevaleciente
en el campo colombiano, ni sobre la necesidad de la dirección
y la participación de la clase obrera, cual factor clave
en el triunfo de la lucha campesina. Innumerables voces se escucharon
en la reunión de Sincelejo, por ejemplo, que defendieron
abierta o soterradamente las empresas comunitarias, sin comprender
que hacían parte sustancial de los planes oficiales, aupados
por el imperialismo con la aquiescencia de los terratenientes.
Sin embargo, Sincelejo fue un comienzo para sacar a la ANUC de
la influencia de las clases dominantes. Y desde entonces en las
filas de esta organización se ventila una serie de luchas
y de polémicas que demuestran la aproximación a
posiciones de entendimiento de las tareas del campesinado en la
presente etapa de la revolución, como una revolución
democrática de liberación nacional, cuyo enemigo
principal es el imperialismo norteamericano, que se apoya internamente
en sus lacayos colombianos, la gran burguesía y los grandes
terratenientes. Vale la pena finalmente destacar, en cuanto significan
para la causa de nuestro pueblo, las heroicas batallas que estas
fuerzas de la ANUC han dirigido y apoyado dentro de la ola de
invasiones campesinas que se extendió por los campos de
Colombia desde hace un lustro. Estas invasiones desbrozan todo
un camino de unidad y combate.
Pregunta: Hablemos algo de las formas
de lucha en la coyuntura presente y de la vigencia de la lucha
armada.
MOSQUERA: El período que vivimos
se distingue por la proliferación de grupos, movimientos,
partidos y tendencias de diversa procedencia y condición.
Ya no actúan en la arena política únicamente
los dos partidos tradicionales ni unas cuantas agrupaciones de
distinta denominación que se podían contar con los
dedos de la mano. Hoy se contabilizan por decenas las nuevas organizaciones
y publicaciones que aparecen en escena. Algunas con más
o menos tiempo de actuación, de mayor o menor importancia,
pero que de todos modos trae combustible a la pira de la lucha
ideológica. El fenómeno se explica por el auge de
la revolución. La polémica trata no solo sobre las
cuestiones programáticas sino alrededor de las formas de
lucha que a cada momento se deban esgrimir. Las fuerzas marxistas-leninistas
y con ellas nuestro partido en gestación han insistido
como principio táctico en que las muchas luchas son cambiantes
y flexibles y no inmutables y rígidas y están determinadas
por la correlación de fuerzas con el enemigo, el flujo
o reflujo de la revolución y en última instancia
por el estado de conciencia, de organización y de ánimo
de las masas. En relación con varios países latinoamericanos,
en Colombia estos principios de la táctica proletaria se
ha venido imponiendo hasta cierto punto. En todo caso, la pauta
fundamental al respecto ha de ser la de que la acción aislada
de los revolucionarios no puede suplir la lucha de las masas.
En la actualidad se presenta un despertar espontáneo de
las amplias masas proletarias y no proletarias tras los más
vastos y variados objetivos reivindicativos. El deber de los revolucionarios
es ponerse al frente de esas luchas y pugnar por elevarlas a expresiones
más altas y conscientes. Este proceso de cualificación
y ampliación de las batallas de las masas convergerá
algún día en la lucha insurreccional de todo el
pueblo unido por la liberación y la revolución.
Un hecho de innegable significación
en la vida nacional es la aparición, desde hace más
de un década, de movimientos guerrilleros que los gobiernos
han querido sindicar a toda costa de expresiones de delincuencia
común pero los cuales están movidos, como todo mundo
sabe, por ideales políticos contrapuestos a los de la vieja
violencia bipartidista, y cuya supervivencia se explica antes
que nada por el apoyo directo que determinadas zonas campesinas
les brindan. En la actualidad estos movimientos no son todavía
la forma principal y generalizada de la lucha del pueblo y su
porvenir, como sucede con la revolución en su conjunto,
está supeditado al acierto de la línea política
por la cual se combate y a la unidad de las clases y fuerzas revolucionarias
en el más amplio frente de lucha antiimperialista. El marxismo-leninismo
nos enseña que la guerra es la continuación de la
política por otros medios. En Colombia hay dos bandos claramente
definidos: uno que estanca el desarrollo del país y lo
sume en la miseria y el hambre y otro que combate por el progreso
y bienestar de las inmensas mayorías; uno que recurre a
los más desbordados métodos de represión
contra las masas populares y otro que batalla por la libertades
y los derechos democráticos para el pueblo. De persistir
la política antinacional, regresiva y represiva de la minoría
dominante, como todo parece indicarlo, Colombia se verá
abocada a una confrontación total y abierta contra el imperialismo
y sus lacayos, solo comparable con la gesta emancipadora que nos
diera la independencia de España. Enormes sacrificios y
penalidades le costará a nuestro pueblo esta lucha, mas
ese será el precio que pague por su libertad y su felicidad.
Pregunta: ¿La estructura del
MOIR es leninista o populista?
MOSQUERA: La estructura del MOIR, es
decir, su forma organizativa se basa en el criterio de Lenin sobre
la selección de clase del partido proletario. Al partido
no pueden pertenecer todos los obreros, simplemente por el hecho
de serlo, ni todos los que luchen dentro del gran torrente revolucionario
encauzado por aquel. Forman parte del partido solamente los elementos
del proletariado, aunque no sean de extracción obrera pero
que asuman la posición revolucionaria y proletaria y cumplan
los siguientes requisitos: acepten el programa y los estatutos
del partido, contribuyan a sostenerlo materialmente y se incorporen
y trabajen activamente en una de sus organizaciones. Nuestro Partido
se diferencia radicalmente del resto de fuerzas partidistas tanto
desde el punto de vista ideológico y político como
del de su estructuración orgánica. En calidad de
vanguardia revolucionaria su política la lleva a la práctica
a través de sus organizaciones y miembros vinculados preferencialmente
a la clase obrera, así como al resto de las masas populares.
El partido se rige por un principio organizativo básico:
el centralismo democrático, cuyo fundamento consiste en
que el partido cuenta a todo nivel con una dirección centralizada
y ésta se conforma democráticamente. Sin excepción,
el miembro obedece a la organización, la minoría
a la mayoría, el nivel inferior al superior y todo el partido
al Congreso Nacional y al Comité Central.
Lo anterior se refiere a la estructuración
organizativa de corte leninista de nuestro Partido. Veamos ahora
qué ha entendido el marxismo por populismo, no desde el
punto de vista orgánico, ya que esta comparación
carece de sentido y de importancia, sino de su significación
político-ideológica. Fue Lenin precisamente quien
más contribuyó al esclarecimiento del asunto. Como
populismo se conocen las tendencias democráticas burguesas
o pequeñoburguesas que han aparecido en los países
que tienen a la orden del día la revolución democrática
y por lo cual luchan estas tendencias, a veces con entusiasmo,
dedicación completa y resultados positivos, pero con el
convencimiento equivocado de que promueven una revolución
socialista. Este fenómeno se da con frecuencia en los países
económicamente atrasados, y debido a la simpatía
generalizada por el socialismo del cual se declaran partidarias
corrientes políticas que saben muy poco o nada de socialismo.
Señalemos además que como expresión teórica
el populismo es eminentemente reaccionario, lisa y llanamente
porque presenta por socialismo transformaciones cuyo contenido
es democrático-burgués.
¿A qué manifestaciones
políticas e ideológicas les cabe en Colombia el
calificativo de populistas?
Colombia es un país extraordinario
propicio para que el populismo se dé silvestre. En primer
lugar, aquí tenemos todavía que efectuar cambios
democráticos como la liberación nacional y la eliminación
del semifeudalismo, que en otras partes del mundo hace mucho,
pero mucho tiempo, su cumplieron. En segundo lugar, las capas
bajas de la burguesía colombiana, y sobre todo la pequeña
burguesía, son particularmente numerosas. Y en tercer lugar
existe una enorme simpatía por el socialismo, como repercusión
natural de los triunfos resonantes de los países en donde
la clase obrera ha llegado al poder y desarrolla la construcción
socialista. Simpatía que contrasta plenamente con la ignorancia
respecto al marxismo-leninismo. En Colombia pues contamos con
condiciones objetivas y subjetivas para que florezca el populismo.
Comúnmente se indica que la Anapo es la expresión
por excelencia de tal tendencia. Sin embargo, hay que anotar que
aquel movimiento, moldeado con base en la trayectoria política
del general Rojas y el descontento espontáneo de las masas
contra el Frente Nacional, jamás planteó una sola
de las tareas democráticas esenciales que reclama el país.
Por el contrario, contemporizó con los dos grandes males
de la nación colombiana: la dominación neocolonial
imperialista y el régimen de explotación terrateniente.
Semejante traición a los intereses revolucionarios ubicó
siempre a la dirección y con ella al movimiento que la
seguía tanto política como ideológicamente
en la contracorriente de la reacción antipatriótica
y antipopular. En la Anapo ha persistido siempre una izquierda
débil y vacilante a la que se debe identificar ante todo
por su inclinación a reconocer la necesidad de la liberación
nacional y de la revolución democrática y a la que
le hemos exigido permanente una conducta de lucha consecuente
con tal reconocimiento. En alguna ocasión reciente destacamos
que si a algo se le puede motejar de populismo en Colombia, era
a los intentos ulteriores de sectores pequeño-burgueses
de Anapo que pretendían justificar sus vacilaciones y vacilaciones
izando la bandera del socialismo a la colombiana. No obstante,
la más auténtica encarnación del populismo
colombiano parece reservada a determinados grupos socialistas
que comienzan a aceptar la imperiosa urgencia de la liberación
nacional y de las transformaciones democráticas, cuestiones
de las cuales antes no hablaban o hablaban muy poco. Sin duda
la aceptación de la necesidad de luchar por los objetivos
democráticos resulta políticamente favorable. La
inconsecuencia ideológica de estos grupos estriba en que
aunque se tornan cada vez más partidarios de aquellos objetivos,
se empeñan tozudamente en calificarlos como socialistas.
He ahí su alma populista.
El MOIR desde su aparición viene
sosteniendo que la revolución que habrá de llevar
a cabo actualmente Colombia es esencialmente democrático-burguesa,
a pesar de que su dirección corresponde a la clase obrera.
Al defender la inevitabilidad de este paso en el curso de la evolución
histórica de la sociedad colombiana y al destacar que el
socialismo sólo podrá venir después, en una
segunda etapa, y no antes ni simultáneamente con la revolución
democrática, está demostrando un conocimiento cabal
de las leyes del desarrollo social y de las características
diferentes y contrarias entre una y otra revolución, entre
la democracia y el socialismo, como sólo el marxismo-leninismo
lo hace. Al obrar así nuestro Partido, arma a la clase
obrera para sus luchas del presente y del porvenir.
Pregunta: ¿Con qué partido
de América Latina se identifica el MOIR?
Mosquera: Más que equiparlo a
un partido específico del Hemisferio, yo diría que
el proceso del MOIR corre paralelo con el nuevo auge antiimperialista
de Latinoamérica, que tuvo en el triunfo de la revolución
cubana su hito inicial y luego en las luchas y las victorias de
los pueblos de Indochina su estímulo más reciente.
Dentro de la ola revolucionaria cobra singular importancia la
incorporación de la clase obrera colombiana de manera masiva
en el batallar constante y sin desmayos contra la dominación
neocolonialista y las clases antinacionales que la sustentan.
Igualmente se destaca el reavivamiento de las luchas de las masas
campesinas y de manera muy particular la tumultuaria agitación
ideológica y política de los estamentos intelectuales.
Todo este fenómeno revolucionario constituyó ambiente
más que propicio para la proliferación de un sinnúmero
de agrupaciones políticas que impacientemente se plantean
nuevas formas de organización y de lucha, desde la simple
célula conspirativa, hasta el núcleo que incipientemente
tendía a la configuración de una vanguardia teórica
y políticamente cimentada. La casi totalidad de tales ensayos
fueron fallidos porque no lograron comprender a plenitud que dicha
vanguardia no podía ser otra que un partido obrero, auténticamente
comunista; que la teoría revolucionaria de este partido
solo resultaría de la acertada aplicación del marxismo-leninismo
a la realidad nacional y que únicamente mediante la estrecha
vinculación a las masas y a sus luchas, la organización
partidaria en ciernes estaría en condiciones de empezar
a resolver los dos problemas anteriores. Alrededor de estas cuestiones
fundamentales se dio, en 1965, una aguda lucha interna en el seno
del MOEC, uno de los movimientos pioneros que proliferan por aquella
época inmediatamente posterior al triunfo de la revolución
cubana, tanto en Colombia como en el resto de Latinoamérica.
El MOIR hunde sus raíces históricas
en la lucha interna del MOEC. Hay compañeros que opinan
que rememorar nuestro pasado implica deslustrar la imagen de nuestro
Partido y mermarle importancia ante la nueva situación.
Todo lo contrario. Recordar el entronque inicial del MOIR con
el MOEC no sólo lo acredita frente a la clase obrera, que
es lo que en definitiva cuenta, en cuanto desmitifica ante sus
ojos el proceso de la construcción partidaria, que no puede
presentarse como algo absolutamente incontaminado y salido de
la nada, metafísicamente, sino que además apertrecha
a los nuevos militantes y a los viejos también, con la
claridad que permanentemente hay que hacer acerca de las dificultades
reales de la creación y consolidación de nuestro
Partido. Gracias a la lucha interna del MOEC pudimos poco a poco
echar las bases para la fundación de un partido obrero.
Si alguna significación de trascendencia general tipifica
nuestra experiencia, ésta radica en el hecho de haber logrado
transformar un grupo conspirativo de intelectuales obreros y campesinos,
honestos pero equivocados, en un núcleo marxista-leninista,
con una estrategia y una táctica acertadas de la revolución
colombiana y cada vez más vinculado e identificado con
las más amplias masas populares.
El MOIR ha logrado mantenerse férreamente
unido y en medio de las más duras pruebas ha obrado con
eficacia y disciplina. Este es uno de los dones más apreciados,
por el cual hay que velar de continuo. Sin embargo, nuestro Partido
ha crecido demasiado en los últimos años, y aun
cuando han ingresado muchos obreros y campesinos pobres, su influencia
interna no es muy determinante y a veces priman más los
militantes provenientes de otras clases, especialmente de la pequeña
burguesía intelectual. Por otra parte, el Partido se desenvuelve
en el seno de la sociedad que busca cambiar revolucionariamente
y es inevitable que ésta a su vez lo influya en todo sentido.
Debido a ello las filas del MOIR se inficionan a menudo de las
posiciones ideológicas y políticas de las clases
y tendencias no proletarias, lo cual, agregado a la presencia
abundante de cuadros provenientes de la pequeña burguesía,
configura un caldo de cultivos para toda especie de oportunismos.
Es posible que por ello dentro del MOIR se avecinen grandes debates
ideológicos, cosa realmente saludable, ya que el partido
sólo se une y se templa en la lucha de clases que se da
fuera y dentro de él.
La unidad del partido se refiere fundamentalmente
a una plena identificación de principio que no puede brotar
sino a través de una lucha ideológica amplia, profunda
y constante, que debe empezar dentro del mismo partido. Hace unos
años nos vimos obligados a advertir durante la lucha interna
del MOEC que la unidad del partido no se hace haciendo la unidad,
dando a entender que no basta los buenos deseos, ni la aceptación
mecánica de la disciplina. La lucha ideológica es
la llave de la unidad del partido. Lejos de debilitarlo lo fortalece,
lo cohesiona, lo prepara eficazmente para la lucha contra los
enemigos principales. Lo depura de los elementos nocivos y saboteadores
de la línea revolucionaria y educa a la mayoría
de la militancia en la lucha de clases cuyas manifestaciones dentro
del partido no son más que reflejos de esa misma lucha
que se libra fuera de él.
Todas estas son experiencias sistematizadas
de la tarea de construcción del partido y que seguramente
están sucediendo en otros partidos revolucionarios de América
Latina. En todo caso, el meollo del éxito consiste en perseverar
en la línea correcta de estudiar el marxismo-leninismo
y aplicarlo a las condiciones concretas de la realidad nacional
y de vincularse estrechamente a las masas trabajadoras de la ciudad
y el campo.