Salvemos la Producción
Nacional (*)
Las Secuelas del Contraataque Estadinense
Durante decenios los mandatarios colombianos
han venido, de una parte, diluyendo el apoyo a la actividad productiva
de los estratos empresariales y, de la otra, buscando arrebatarles
a las masas laboriosas los contados derechos y conquistas obtenidos
en incesante batallar. Conforme a sus escrúpulos, astucias
u oportunidades los gobiernos han corrido con mayor o menor suerte
en semejante propósito. Pero el actual batió todas
las marcas. En prontitud, porque en medio año le puso piso
legal al conjunto de sus garrafales intenciones. En extensión,
porque las enmiendas abarcan los más variados y sensibles
tópicos de la vida del país. En profundidad, porque
pocas veces el zarpazo fue tan desgarrador. En frescura, porque
se recurre a cualquier arbitrio, igual a la pérfida asistencia
de los victoriosos invasores del Medio Oriente que a la sumisión
prometedora de los asaltantes del Palacio de Justicia.
Sin embargo, la cuestión no será
coser y cantar, para decirlo sin estridencias. Así como
el régimen no consulta a los damnificados al adoptar sus
determinaciones, éstos tampoco lo consultarán al
definir las suyas. En los últimos días se ha escuchado
otra tonada, la del descontento, a cada instante más sonora,
y con la característica de que involucra a casi todos los
integrantes del concierto social. La carta de la Asociación
Nacional de Industriales, ANDI, con fecha del pasado 28 de febrero
y remitida, y además del Secretario de la Presidencia,
a los ministros de Relaciones Exteriores, Hacienda y Desarrollo,
da una idea clara, precisa, de cuántos temores generan
los alegres argumentos y las medidas fulminantes de la nueva administración.
Aun cuando esto ocurre a los cinco meses
de que los presidentes de México, Venezuela y Colombia
rubricaran en Nueva York, el emporio del imperio, la avenencia
de libre intercambio comercial, y harto después de promulgada
la racha de reformas regresivas de fines de 1990, el pronunciamiento
patentiza una de las múltiples impugnaciones al proceso
que se lleva a cabo de total y precipitada anexión económica
de América Latina por los Estados Unidos. No sabemos hasta
dónde llegue la conciencia de los gremios al respecto,
o si estén decididos a defender consecuentemente su patrimonio
y el de la nación, pero la misiva recoge verdades de a
puño. Advierte cómo la apertura entronizada, el
intempestivo avivamiento de la integración andina y el
Grupo de los Tres ahora, implican un abrupto abandono de las reglas
de juego y dejan montada la escopeta de una aleve encerrona hacia
el futuro. Fuera de eso, denuncia que los pasos mencionados no
sólo carecen de justificación, sino de investigaciones
que los ilustren. Mas no podría, ciertamente, redactarse
estudios para tales cometidos, por lo menos con rigor científico,
puesto que las desgravaciones y los mercados sin fronteras se
implantan en el peor momento, cuando la desaceleración
del engranaje productivo lleva varios años; las exportaciones
afrontan no pocos obstáculos; el hato ganadero está
en extinción; el agro no logra reponer a tiempo los equipos,
adecuar las tierras y sustituir las tecnologías anticuadas;
los cultivos transitorios tiran a contraerse; la actividad edificadora
sigue declinando; las flotas de los "cielos y mares abiertos"
registran pérdidas multimillonarias, y el desempleo cunde
en barriadas y veredas. En las cuentas nacionales correspondientes
a la vigencia anterior, elaboradas por el Dane, la memoria estadística
del régimen, el auge de la economía recibió
un escaso 3.5%, mientras que los encuestadores aspiraban a cotas
más altas, a sabiendas de que 1989 tampoco había
sido un año bueno; y para 1991, Fedesarrollo, una fundación
paragubernamental, vaticina apenas el 2%, con bajas apreciables
en las cifras de la industria y la inversión privada.
Asimismo los voceros de la Asociación
sostienen en su mensaje que las contradicciones se tornarán,
por añadidura, de imposible manejo, si se mira la devastadora
incidencia de los galpones de ensamblaje, las celebérrimas
maquilas, o maquiladoras, y en concreto, las esparcidas a lo largo
de la línea limítrofe del norte de México
y resguardadas tras las patentes de los trusts americanos, un
desafío ante el cual nuestro desenvolvimiento electrónico,
automotriz y metalmecánico, entre otros, se verá
disminuido. En relación con Venezuela también vislumbran
riesgos de competencia no despreciables para los intereses de
Colombia, debido a los costos de importación de las materias
primas y de los bienes de capital. Señalan igualmente que
se han establecido fechas de cumplimiento de los protocolos sin
haberse dispuesto los mecanismos, ni dilucidado las pautas sobre
el origen de los productos, ni las cláusulas de salvaguardia,
ni el funcionamiento de las listas de excepciones. Y de contera
ponen al desnudo el proceder arbitrario de las autoridades, pues
los compromisos pactados, pese a su importancia y trascendencia,
no fueron ni siquiera leídos ante los representantes de
los productores, la fuerza más interesada y ducha en el
vital asunto.
De la misma manera como la apertura
tiene su historia zigzagueante y ha sido implantada gota a gota,
en un lapso mayor de lo que muchos se imaginan, la actitud de
los empresarios ha fluctuado al vaivén de las sorpresas,
no obstante andar persuadidos de que aquélla obedece a
los requerimientos ineludibles del Fondo Monetario Internacional
y el Banco Mundial, a los cuales las repúblicas atrasadas
y dependientes se encuentran sin remedio uncidas por deudas enormes.
Ojalá la mencionada comunicación refleje a plenitud
el pensamiento de los fabricantes colombianos y repercuta correspondientemente.
Fue suscrita por Fabio Echeverri Correa, quien quedara entre Escila
y Caribdis en las desapacibles polémicas sobre la "internacionalización
de la economía" que antecedieron a su renuncia a la
ANDI, obligado con frecuencia a saltar del combate al acatamiento;
una de las tantas repercusiones de los enfoques contrapuestos
entre dos bandos de la burguesía productora: el que rechaza
la liberalización, dado que ocasiona perjuicios ostensibles,
y el que la admite, por creerla aprovechable, o por gozar actualmente
en el extranjero de compradores más o menos fijos para
sus existencias. De cualquier forma, tarde que temprano las decepciones
o las bancarrotas lanzarán a la palestra a cuantos tengan
algo que perder con la postración del Continente.
Desde la época de los realinderamientos
de Bretton Woods, detrás de los máximos organismos
rectores de las finanzas mundiales se han movido particularmente
los banqueros de la metrópoli americana, que no cesan de
requerir, ante los países entrampados, franquicias para
sus caudales y mercancías, o devaluaciones, recortes en
los gastos, espíritu ahorrativo, a fin de que les cancelen
los débitos con desahogo y puntualidad. En favor de esta
solvencia de pagos, al gobierno colombiano le exigen encima que
deponga responsabilidades, desista de emitir circulante inflacionario
y renuncie, una por una, a sus atribuciones reguladoras, comprendido
cuanto concierne al manejo del peso, que antes de 1963 le correspondía
a la junta directiva del Banco de la República, de influencia
notoriamente privada, y desde entonces, por Ley, recae en la Junta
Monetaria, de mayoría oficial. Reversión que habrá
de perpetrarse a través de la Asamblea Constituyente, cuyas
principales facciones integrantes han presentado sendos proyectos
en tal sentido, sin olvidar el del señor Gaviria. La supresión
de los subsidios, de los créditos baratos, y aun de los
planes de fomento, compendia, pues, el dogma de fe que nos predicaron
siempre esos sumos sacerdotes de la especulación, así
no le rindan culto en sus propios altares.
Hacia la mitad del período de
Belisario Betancur, a raíz de la famosa monitoría
del Fondo y el Banco, empezaron a plantear muy en serio, no únicamente
el desmonte de los estímulos y de la protección
a nuestras actividades productivas, sino de la legislación
laboral vigente. En una palabra, la apertura. A Barco Vargas lo
asediaron por todos los costados, incluso reteniéndole
los dineros del préstamo Challenger. Así, la superpotencia
de Occidente, estando abocada a una disputa comercial nunca vista,
en especial con la Comunidad Europea y Japón, trata de
salir airosa optando por la completa colonización económica
de vastas áreas del globo, preferentemente América
Latina, el establo de la hacienda. Y al sobrevenir el desenlace
providencial del derrumbe de la Unión Soviética,
poderoso adversario de la víspera, Washington ha sabido
calzarse las botas, como recién lo hiciera en el Istmo
panameño y en el Golfo Pérsico, cuyas gentes, entre
el humo de los cañones, asistieron a la inauguración
del "nuevo orden" predicado por George Bush.
Habiendo conseguido de nuevo la supremacía
universal, Estados Unidos se dedica ahora a la recuperación,
sin dilaciones ni miramientos, del espacio que perdiera en por
lo menos dos décadas, tras los espectaculares avances de
sus competidores de Europa y Asia. En muchas ramas se ha quedado
atrás en tecnificación, productividad, innovaciones.
Sus balanzas han sufrido deterioros constantes. Adentro ve incrementarse
el desempleo, la inflación y la falta de recursos; afuera
contempla la contracción de los mercados. En general, las
utilidades de sus inversionistas tienden a la baja y los brotes
recesivos de su economía se vuelven entretanto más
traumáticos y continuos. Lo cual entraña desarreglos
que de todos modos sus dirigentes hubieran encarado con urgencia,
por encima de las dificultades y a cualquier precio, so pena de
sucumbir; mas las condiciones han cambiado positivamente para
el imperialismo yanqui. En la Casa Blanca se afinca el poder republicano,
que ha vencido los complejos de la mala etapa anterior. Valiéndose
de los favorables augurios, los vencedores repentinos de la guerra
fría no se dedicarán solamente a corregir las desactualizaciones
de sus fábricas. Blandirán cada uno de los instrumentos
de presión a su alcance: la deuda de los Estados empobrecidos;
el librecambio dentro de sus zonas de influencia; las barreras
proteccionistas frente a los otros poderes desestabilizadores
del globo; el envilecimiento de la mano de obra en extensas y
populosas regiones; los altos déficit fiscales de los gobiernos
lacayunos; la supervisión de los suministros estratégicos
y los artículos esenciales procedentes de los países
atrasados, y la violencia, que de por sí consiste en un
negocio, como acaba de demostrarse en Kuwait, cuya reconstrucción
se estima en cerca de 100.000 millones de dólares. Los
destrozos iraquíes cuestan dos o tres veces más,
y de los cuales, sin duda, también aspiran a hacerse cargo
los consorcios que patrocinaron la "tormenta del desierto"
y, en cuestión de semanas, la finiquitaron para su exclusivo
beneficio.
Los promotores de nuestra "modernización"
apelan, pues, a los métodos característicos del
antiguo sistema colonial, desde la institucionalización
de los impuestos confiscatorios dentro de las repúblicas
que gravitan en su órbita, hasta el quite y ponga de los
gobernantes que les sirven de intermediarios. Por supuesto que
la hegemonía de las grandes potencias depende a la larga
de la solidez de sus pilotes industriales; sin embargo, probando
fortuna con una jugada no exactamente mercantil, cual fuera la
ocupación del Medio Oriente, Estados Unidos retoma el petróleo
árabe, reactiva las transacciones, reajusta la tasa de
ganancia, refuerza los fondos de inversión y rescata la
iniciativa a nivel planetario, pasos indispensables en el camino
hacia una virtual reconversión de sus plantas fabriles.
Realidades que tratan de encubrir o paliar ciertos comentadores,
mayormente norteamericanos, cuando insisten, desde una posición
académica y economista, que, para atender los apremios
de la crisis, el presidente Bush debió haberse quedado
en la Oficina Oval resolviendo los faltantes presupuestarios,
el paro, la depresión y el resto de desequilibrios, en
lugar de salir con medio millón de soldados a declararle
la guerra a Saddam Hussein.
Mayo 8 de 1991
(*) Publicado en el periódico
El Tiempo el 12 de mayo de 1991.