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El
Ejemplo de Irak
La situación creada por la
agresión imperialista contra Irak es una fuente de enseñanzas:
las unas previsibles, pero de una importancia que los pronósticos
más lúcidos no siempre habían calculado, y
las otras menos esperadas, que han surgido como consecuencia de
las primeras. Tal como afirmaba José Martí, «en
lo político, lo real es lo que no se ve».
La Guerra Propiamente Dicha
La imagen tradicional y cuidadosamente idealizada de la guerra no
resistió la prueba de los hechos. Los estrategas del Pentágono,
más confortables en sus oficinas climatizadas que en los
hornos del desierto, habían anunciado un trabajo limpio,
rápido y casi terapéutico y no temían hablar
de «ataques quirúrgicos» o de una opción
de «cero muertos». Por supuesto, en esto último
se referían a sus esbirros, pues el adversario no entraba
en sus cuentas. Ahora bien, al cuadro clásico y banalizado
de las destrucciones de ciudades [1] y de las matanzas de civiles
vino a añadirse el de las torturas infligidas a los presos,
que fueron sistemáticas y decididas por las instancias más
altas. Tras Guantánamo, que creó de manera artificial
el concepto de «combatientes irregulares» y que negó
a centenares de hombres la calidad de sujetos de derecho, surgió
Abu Ghraib, que añadía las humillaciones «numéricas»
a los sufrimientos físicos.
Los heraldos de la campaña del
Bien contra el Mal y del respeto de los derechos humanos muestran
lo que significa el «choque» de civilizaciones dando
rienda suelta a la barbarie: el texano analfabeto saquea una civilización
tomando como modelo la «seguridad» de los pozos de petróleo
mientras se abandona al pillaje el museo más antiguo del
mundo. La soldadesca implanta sus campamentos en el corazón
de la antigua Babilonia ante la desesperación de los arqueólogos
[2]. En cuanto al liberalismo, realiza la proeza de mercantilizar
y privatizar la guerra. Estados mayores y personalidades, a salvo
en su «zona verde», confían su seguridad a 20.000
mercenarios. Es verdad que la ventaja de estos «militares
privados» no es poca. Sobre la base de los contratos firmados
directamente por sus empresarios –sociedades estadounidenses
o sudafricanas, asimismo privadas– con el ejército
de Estados Unidos, pueden llevar a cabo operaciones tanto de seguridad
como ofensivas, sin preocuparse de rendir cuentas a nadie, es decir,
de forma ajena al derecho y en el más absoluto secreto. Es
cierto que están bien pagados, pero su costo es muy inferior
al del soldado más modesto, que depende, ya se sabe, de una
infraestructura material y humana mucho más compleja que
la de Vietnam. Sus muertos, por añadidura, no se contabilizan.
Pero el cuadro está incompleto si no se le añade la
desigualdad entre ambos adversarios. El «primer ejército
del mundo» se jacta de ir a aplastar a unos cuantos miles
de hombres, de mujeres y de niños ya ampliamente disminuidos
por la anterior agresión, un bloqueo de 12 años y
–esto se conoce menos– ferozmente empobrecidos [3].
La vieja máxima de «quien vence sin peligro triunfa
sin gloria» encuentra aquí una hermosa ilustración.
La Guerra como Política
Invirtiendo la famosa fórmula de
Clausewitz, George W. Bush ya había promovido la guerra al
grado de una política cuyo éxito debía estar
asegurado por la supremacía de la potencia militar. Se conocen
sus fines: prohibir cualquier desarrollo nacional que intente escapar
del control estadounidense, establecer el control de los recursos
energéticos más importantes del planeta (eso que Carlos
Fuentes llama el «petropoder») y, en el caso de Oriente
Próximo, mantener el escudo nuclear israelí. De manera
todavía más radical, se trata de poner en marcha una
fuerza militar sin precedentes que asegure la conservación
de la hegemonía del dólar, amenazada por una deuda,
también sin equivalentes, y por la expansión del euro.
El método escogido consiste en desmembrar los Estados previamente
diabolizados («estados bandidos»). Tras la partición
de Yugoslavia en entidades sumisas (Croacia, Eslovenia) o duraderamente
conflictivas (Bosnia, Kosovo), la escisión de Irak en tres
partes –la chiíta, la sunita y la kurda– era
el objetivo considerado, mientras que se sigue incitando a la desagregación
de la antigua URSS en estados meridionales tales como Azerbaiyán
o Georgia y actualmente Ucrania, cuya revolución «naranja»
ha sido cocinada a fuego lento en el Pentágono. ¿Acaso
la orquestación de la campaña internacional que denunció
el «genocidio» en Darfur no busca castigar a Sudán,
culpable de vender su petróleo a China que, tal como lo había
anunciado Brzezinski [4], es la obsesión estratégica
a largo plazo? ¿Acaso no está programada la implosión
de Irán, siempre en nombre de la democracia? [5] ¿Y
quién es el que no ve que el proyecto denominado del «Gran
Oriente Medio» expone cínicamente la voluntad de recomponer
un mapa de países musulmanes árabes conforme a los
intereses imperialistas menos disimulados? El desprecio de la ONU,
su debilitación y el servilismo de su Consejo de Seguridad
–por otro lado, obsoleto– sólo sirven a la ambición
hegemónica. Lo cierto es que la matanza de los indios, Hiroshima
o a la cascada de golpes bajos contra las naciones de América
Latina confirman que la guerra es la manera de existir para Estados
Unidos.
Un observador privilegiado, el jefe indio
Alfred Red Cloud («Nube Roja»), homónimo de su
célebre antepasado, acaba de repetirlo sin tapujos: «La
historia se repite: Estados Unidos se comporta en Irak de la misma
manera que se comportó en otro tiempo con mi pueblo. Invaden
la tierra, destruyen los lugares, masacran a los habitantes y se
apoderan de las riquezas» [6]. En 1945, Harry Truman ya definió
a la perfección la asociación de la guerra «preventiva»
con la exportación de la «democracia» al proclamar
su doctrina: «Hacer de América [sic] el arsenal de
la democracia».
El Discurso del Terrorismo
Las ventajas a favor de la lucha contra
el terrorismo y del discurso que le presta una base ideológica
son considerables. No sólo consisten en hacer que las industrias
de la defensa marchen a todo gas, sino que se traducen en enormes
inversiones en investigación (el bioterrorismo da ya trabajo
a 2000 científicos), desarrollo tecnológico (nuclear,
misiles, programas de simulación, etc.) y en la provisión
de equipos de alerta (siete mil millones sólo para Afganistán).
De paso, los montajes alarmistas, que alimentan la ultraseguridad,
son de una gran ayuda electoral. Tal como se ha podido comprobar,
las reiteradas mentiras de Bush y Blair a propósito de las
armas de destrucción masiva que supuestamente poseía
Sadam Husein o de la complicidad de éste con Bin Laden forman
parte de la puesta en escena. La obsesión constantemente
alimentada de ataques de todo tipo tiene como consecuencia en todas
partes, más allá de Estados Unidos, la inflación
de los presupuestos del ejército, de la policía y
de los servicios de inteligencia, el fortalecimiento de las medidas
autoritarias y la arbitrariedad de la represión, el sacrificio
de las experiencias sociales y las regresiones de la democracia,
cuyo peor enemigo es el imperialismo, tal como sabemos desde los
tiempos de Lenin.
Ninguno de nuestros países desarrollados,
europeos y libres, escapa a este esquema, tan favorable que refuerza
los poderes dominantes –de la derecha o de la socialdemocracia–
y provoca la anestesia de las tensiones de clase, que al mismo tiempo
no deja de atizar. Benjamin Barber, el antiguo consejero de Clinton,
lo ha dicho con toda claridad: «El terrorismo puede incitar
a que un país tenga tanto miedo que se vea sumido en una
especie de parálisis» [7]. Al Qaeda puede mantener
indefinidamente la política de la guerra. La invención
de este enemigo, tan inalcanzable que ni siquiera dispone de una
base geográfica nacional y que, por eso mismo, puede atacar
en cualquier sitio, sirve para propagar el terrorismo con un vigor
análogo al del discurso que lo denuncia en nuestra propia
casa, en Italia, en Francia, en Alemania, en España o en
Gran Bretaña, incluso si en otros sitios las cosas son peores.
Por ejemplo, en un país miserable como Uzbekistán
un régimen dictatorial, que autorizó el establecimiento
de la mayor base militar estadounidense del Asia Central, «encarcela
a destajo en nombre de la guerra contra el terrorismo» y,
según Le Monde (18 de junio de 2004), «arroja en brazos
del islamismo a una parte de la población». China invoca
también la «lucha contra el terrorismo» para
reprimir el nacionalismo de los uiguros de Xinjiang, calificados
de islamistas. En Palestina, donde a partir del 11 de septiembre
el presidente y premio Nobel Arafat fue comparado con Bin Laden
y luego con Sadam Husein, el ejército de ocupación
se dio carta blanca para proseguir la empresa del «Gran Israel»:
la edificación del muro del apartheid que preparaba la estrategia
de la «transferencia». Además, con fanfarronadas
muy similares, los gobiernos que habían manifestado una amable
hostilidad hacia la agresión contra Irak empezaron poco a
poco a pedir perdón y a entrar en el redil, preparando el
recurso a la ONU y a la intervención de la OTAN o bien, como
en el caso de Francia, votando a favor de la resolución estadounidense
en el Consejo de Seguridad y restableciendo sus relaciones diplomáticas
con los payasos instalados en el poder en Bagdad. Además,
todo el mundo ha de someterse al control policial impuesto en los
aeropuertos por la administración de Estados Unidos. Aquí
y allá, las peroratas oficiales contra el antisemitismo,
ideológicamente asociado con el antiamericanismo –evidentemente
«primario»– dispensan a la Unión Europea
de toda medida que sancione a Israel. Con la superpotencia en la
cúpula, se acabó el tiempo de los enfrentamientos
intraimperialistas abiertos. El «trío» hace frente
común.
Se trata de una política deliberada
y concebida desde hace tiempo, antes de los atentados del 11 de
septiembre, que sólo proporcionó la coartada ideal.
Estaba claro que, una vez en el saco el asunto afgano, el siguiente
objetivo de la empresa petrolera era Irak. Incluso si nos burlamos
–con toda la razón– de la supuesta «misión»
civilizadora de Estados Unidos y todavía más del mito
de la exportación de la democracia, estamos ante una empresa
de largo aliento, necesaria para la conservación de la superpotencia.
No iba a ser el valiente soldado John Kerry quien dijera lo contrario,
pues durante su pobre campaña electoral no cesó de
afirmar (el 10 de agosto pasado) su total acuerdo con la cruzada
de su adversario y que «volvería a votar a favor de
la guerra».
La Resistencia
No obstante, la situación iraquí
nos ofrece otra lección de enorme importancia: la certeza
de que la agresión ha fracasado. Ha fracasado por dos veces.
Sobre el terreno, el ejército más poderoso del mundo,
dotado de la tecnología más avanzada y de medios inigualados
de destrucción, carente por añadidura de cualquier
escrúpulo moral o «humanitario», no logra controlar
un país que ya habían asolado ni a una población
que suponían de rodillas. La «victoria de la coalición»,
celebrada con tanto énfasis, no tuvo lugar. ¡No hay
más que recordar que para Berlusconi se trataba sólo
de «unos cuantos beduinos»! Incluso si olvidamos por
un momento el error estratégico –que ya cometieron
en Vietnam y que puede sucederle a cualquier estado mayor–
de imaginar que nada se le resiste a quien posee el hierro y el
fuego y si olvidamos asimismo esa miseria cultural y congénita
que únicamente ve en el adversario, sobre todo si es árabe,
lo infrahumano, lo cierto es que es imposible olvidar que, por mucho
que la humildad no sea una virtud de los yanquis, su arrogancia
bate cualquier récord cuando se considera la nulidad de los
pronósticos que hicieron. No, la población no tendió
sus brazos a sus libertadores y, si lo hizo, fue para estrangularlos.
No, el ejército iraquí no se hundió, únicamente
cambió de táctica. No, el tejido social no se desgarró,
y ello a pesar de los golpes recibidos durante una década:
sunitas y chiítas no se mataron entre sí. Al contrario,
los «vencedores» cuentan sus muertos y sus heridos por
millares y se esfuerzan por disimularlos ante su opinión
pública. A pesar de que no se publican, las negativas de
servir en el ejército e incluso las deserciones existen.
El Congreso incrementa sin cesar los créditos de guerra y
el Pentágono el número de sus tropas, así como
la duración del reclutamiento. La resistencia, cuyo nombre
niegan de manera tan patética los medios de comunicación
serviles –que sólo hablan de «terroristas»
o «rebeldes»–, no sólo se organizó,
sino que todo indica que está formada por el conjunto de
las fuerzas políticas sin distinción, confesionales
o no, y que a pesar de algunos grupos manipulados o mafiosos, goza
de un apoyo popular muy amplio, lo cual le permite intervenir de
forma simultánea en todas las regiones del país. ¿Acaso
es necesario precisar que nuestra solidaridad de occidentales no
nos permite dar consejo alguno a la resistencia iraquí, cualesquiera
que sean las reservas que podamos tener ante a tal o cual exceso,
pues ni siquiera sabemos si se trata de puro bandolerismo en ese
caos monumental que las fuerzas de invasión han creado en
el país? No tenemos derecho alguno a juzgar las formas que
adopte. Tal como ha dicho en fechas recientes Walden Bello, Presidente
de Focus on Global South, «esto ha de ser una lección
para la izquierda… los movimientos progresistas occidentales
deben aceptar la insurrección y la resistencia iraquíes
tales como son y no dictar lo que deberían ser». ¿Nos
habríamos acaso negado en el siglo XVI a apoyar a los campesinos
alemanes que se levantaron contra sus señores, sólo
porque el sacerdote Thomás Münzer se encontraba a su
cabeza? La supuesta recuperación de la soberanía y
los anuncios del calendario, bajo la batuta de Iyad Alaui, un jefe
de Gobierno que es al mismo tiempo agente de contraespionaje, y
de J. D. Negroponte, un procónsul que fue supervisor de escuadrones
de la muerte en Honduras y en otros lugares, no han hecho sino agravar
la situación y multiplicar las acciones contra el ocupante.
La farsa electoral, anunciada con gran refuerzo de propaganda, ha
sido tan convincente, popular y democrática como lo fue el
régimen de Laval en la Francia nazificada o el del emperador
Bao-Dai en la Indochina colonial, más cercanos de nosotros,
franceses, que el de Karzai en el Afganistán liberado. ¿Será
preciso añadir que la rapacidad financiera, tan claramente
expuesta por Michael Moore en su Fahrenheit 11.09, todavía
no ha alcanzado sus objetivos y que Halliburton sigue sin recuperar
sus inversiones? El precio del oro negro sube y los contribuyentes
se angustian de la factura.
El segundo fracaso se sitúa en
el plano de la conciencia, pero no sólo en la de la nación
iraquí, sino en esa que sin exageraciones podemos denominar
universal. Recordemos el extraordinario movimiento de opinión
–sin precedentes históricos– que en todos los
países se expresó contra la agresión. En realidad,
se trataba menos de opinión pública que de pueblos
y los más decididos fueron precisamente los pueblos de los
gobiernos de la «coalición», lo cual dejó
clara, dicho sea de paso, la auténtica naturaleza de las
democracias burguesas. En contradicción con las cobardías
o las complicidades de los dirigentes, este movimiento no se debilitó.
Incluso obtuvo algunos nuevos éxitos con la retirada de las
tropas que impusieron las manifestaciones (España, Filipinas).
¡La opinión favorable que tenían los propios
sujetos del Imperio de la aventura iraquí ha disminuido desde
un porcentaje superior al 80% a menos del 50%! Estamos en presencia
de una conciencia de masas que no se deja engañar por las
proclamaciones grandilocuentes sobre el Derecho, la Democracia o
los Valores; ni por las mentiras en busca de legitimación
guerrera «preventiva»; ni por las manipulaciones que
utilizan el chantaje del miedo ni tampoco por las campañas
de desinformación. El discurso del terrorismo produce sus
propios anticuerpos, cuyas redes y cuya eficacia, si bien no han
ganado la partida, son tan dominantes que han abierto una perspectiva
de lucha.
Esta lucha antiimperialista no es de ninguna
manera un concepto teórico o una abstracción. No quebrantará
de la noche a la mañana el yugo del orden hegemónico,
pero de ahora en adelante dispone de medios para enfrentarse con
ella. Tiene por vocación el reunir a las fuerzas todavía
dispersas que a veces se buscan entre sí, y ello a través
de los foros sociales, los movimientos antiglobales o las organizaciones
progresistas más clásicas, con vistas a constituir
un frente internacional de resistencia democrática, que no
puede excluir el recurso a la violencia revolucionaria. Su primera
tarea, cuyo ejemplo más inédito y decisivo lo constituye
la resistencia de Irak, es inseparable de las manifestaciones militantes
de solidaridad hacia quienes se encuentran en los puestos avanzados:
el pueblo iraquí y, junto a él, el pueblo palestino
y todos parias de la tierra, tanto del Norte como del Sur, de cuya
esperanza son el estandarte.
Una versión ligeramente más
breve de este texto apareció en L’Ernesto (Roma, agosto
de 2004) y Utopie critique (París, septiembre de 2004).
Notas
[1] Faluya ha engordado la lista de ciudades
mártires, junto con Guernica, Dresde, Coventry, Oradour,
Hiroshima o Nagasaki. Una reproducción del lienzo de Picasso
sobre Guernica, editada por el Ministerio venezolano de la Cultura,
lleva en sobreimpresión la palabra «Faluya».
[2] Los especialistas hablan incluso de
«genocidio cultural». El doctor Curtis, director de
las antigüedades del Oriente Próximo en el British Museum
ha entregado un informe sobre las destrucciones de sitios arqueológicos
cuyas informaciones han sido calificadas de «terroríficas»
por Lord Redescale, Presidente de la Comisión Parlamentaria
británica de arqueología (véase Joëlle
Penochet, Combat-Nature, nº 143, noviembre de 2003).
[3] El Irak conquistado ha tenido que
pagar enormes «daños de guerra» a sus vencedores;
por ejemplo, 16.000 millones de dólares a Kuwait, 2.000 millones
a la «Comisión de indemnización» de la
ONU, que entregó 70 millones a Estados Unidos y a Gran Bretaña.
Las multinacionales se llevan la parte del león de esta mina:
18 millones a Halliburton, 7 a Beschtel, 2,3 a Mobil, 1,6 a Shell,
2,6 a Nestlé, 3,8 a Pepsi, 1,3 a Philip Morris y 321 a Kentucky
Fried Chicken; en 1999, Texaco había recibido 505 millones
de dólares.
[4] Véase Le grand échiquier.
[5] Véase la última producción
del propio Brzezinski, Le vrai choix.
[6] Véase la entrevista aparecida
en Le Monde des religions, enero-febrero de 2005.
[7] Véase L’Empire de la
peur.
Georges Labica
Rebelión - Traducción de Manuel Talens.
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