¿REFORMA
AGRARIA O REVOLUCIÓN CAMPESINA?
Víctimas del doble yugo del imperialismo yanqui y de
los terratenientes, los campesinos colombianos se debaten en
la explotación, el atraso y la miseria.
Según estadísticas oficiales,
un millón trescientas cincuenta mil familias campesinas
poseen 6.300.000 hectáreas, mientras que 18.200 propietarios
poseen 10,200.000 hectáreas, o sea que el 94.5 por ciento
de los propietarios tiene el 28.6 por ciento de la tierra y
el 1.3 por ciento el 46.4. Desde el punto de vista de la tenencia
de la tierra, estos son los dos polos fundamentales de la contradicción
en el campo colombiano.
Sin embargo, y de acuerdo con las
mismas estadísticas, la contradícción es
mucho más aguda, ya que un millón de campesinos
pobres posee solamente un millón trescientas mil hectáreas.
En el otro extremo de la contradicción hay 636 grandes
terratenientes poseedores de siete millones de hectáreas.
En promedio, cada uno de estos grandes terratenientes posee
más de 1 1.000 hectáreas, cuando cada familia
campesina tiene menos de una hectárea y media para subsistir,
sin contar los centenares de miles de asalariados agrícolas
que no tienen tierra en absoluto.
Esta abismal diferencia en la posesión
de la tierra perpetúa en el campo colombiano un sistema
atrasado de producción basado en el sojuzgamiento y la
explotación de los campesinos por parte de la minoría
terrateniente. Los terratenientes mantienen al campesino en
una situación de dependencia económica, lo explotan
mediante las más variadas y complejas formas de servidumbre,
como el pago en trabajo, en especie o en dinero. Este sistema,
en esencia feudal, es causa del estancamiento de las fuerzas
productivas, conserva las técnicas y procedimientos más
rudimentarios de explotación de la tierra.
La tierra cultivable en Colombia son
35 millones de hectáreas, sumando las grandes extensiones
de los terratenientes, los pequeños y medianos predios
de los campesinos pobres y medios, las haciendas de los campesinos
ricos, las propiedades y concesiones de los grandes monopolios,
las sabanas comunales, los resguardos de indígenas y
las posesiones estatales. De este gran total, 30 millones de
hectáreas están dedicadas a ganaderías
extensivas y sólo tres millones se utilizan en cultivos
agrícolas. Aproximadamente 21 millones de hectáreas
de las tierras ganaderas son pastos naturales. En agricultura
mecanizada hay únicamente 800 mil hectáreas en
las que se aplican técnicas de cultivo relativamente
modernas.
La Traba Imperialista
Pero el sistema de explotación
terrateniente no es la única causa del atraso y la miseria
de los campesinos. A esta se agrega otra, que es la principal:
la dominación y explotación neocolonial del imperialismo
yanqui sobre la nación colombiana. El imperialismo obtiene
jugosas ganancias mediante el saqueo de los recursos naturales
y materias primas del país, la venta obligada de los
productos de la industria norteamericana y las inversiones de
capital tanto en la ciudad como en el campo.
Los gigantescos monopolios norteamericanos
no sólo despojan a Colombia de sus minerales, maderas
y petróleo, sino que destinan también inversiones
a la explotación de la caza y la pesca. Estos monopolios
gozan de concesiones que les dan posesión sobre inmensas
extensiones de tierra, de las cuales desalojan violentamente
a indígenas, colonos y pequeños agricultores.
Las regiones que sufren la expoliación imperialista quedán
a la postre completamente arrasadas.
A través de distintos institutos
de mercadeo, crédito, educación e investigación,
el imperialismo ejerce un riguroso control sobre la producción
agropecuaria del país. Los programas de extensión
e investigación adelantados por el Instituto Colombiano
Agropecuario (ICA), por ejemplo, están destinados a promover
la venta de semillas "mejoradas", fertilizantes, insecticidas
y todos los demás productos de los monopolios agroquímicos.
Cosa semejante sucede con los programas del Instituto de Mercadeo
Agropecuario (IDEMA) orientados principalmente a colocar excedentes
agrícolas y pecuarios de los Estados Unidos en el mercado
nacional. Por intermedio de la banca oficial y demás
organismos financieros el imperialismo controla y distribuye
el crédito. Con estos y otros instrumentos de dominación
el imperialismo yanqui estanca o destruye determinados renglones
de la producción agropecuaria nacional, según
le convenga a sus insaciables intereses.
El pillaje imperialista cae como pesada
carga sobre el pueblo. Sólo dos clases, infinitamente
minoritarias, traidoras a Colombia y enemigas del progreso,
sacan beneficio en su condición de aliadas irrestrictas
de los dominadores extranjeros: la gran burguesía que,
empotrada en los organismos claves del Estado, participa como
intermediaria en los negociados del imperialismo; y los grandes
terratenientes, cuyo sistema de explotación sobre los
campesinos se ve apuntalado por la dominación neocolonial.
Reforma Agraria
Desde la aprobación de la Ley
135 de 1961, que creó el INCORA, la reforma agraria en
Colombia lleva 10 años de ser aplicada por los cuatro
gobiernos del Frente Nacional. Ha quedado en esta década
plenamente comprobada la naturaleza de la reforma agraria oficial.
Una reforma hecha por el imperialismo yanqui para aumentar sus
ganancias y consolidar su dominación, a la vez que estrangula
la producción nacional y protege el sistema de explotación
terrateniente.
Todos los programas del INCORA dependen
de los préstamos de los organismos financieros imperialistas
efectuados en condiciones gravosas para la economía y
la soberanía del país. En turbios negocios se
ha comprado a los terratenientes tierras de la peor calidad
a los mejores precios. Se obliga a los campesinos "beneficiados"
con los créditos a comprar productos norteamericanos
y ganado a los terratenientes, hipotecándolos de por
vida. Con las obras de infraestructura se adecúan y valorizan
las grandes fincas. Sólo se han entregado 100.000 títulos
de propiedad a los campesinos, de los cuales 90.000 corresponden
a tierras de colonos. Los 10.000 restantes son contratos de
venta de pequeñas parcelas con plazos hasta de 20 años.
Ninguno de estos "nuevos propietarios", ni los campesinos
que reciben créditos, ni los de las llamadas "empresas
comunitarias" pueden disponer libremente de la tierra.
El Frente Nacíonal a través
del INCORA ha gastado alrededor de 7.000 millones de pesos en
la reforma agraria. En realidad esta cifra es tres veces más
grande, si se le suman los fondos del IDEMA, del ICA, del INDERENA
y del resto de organismos estatales o semi-estatales, cuyos
presupuestos también contribuyen a financiar la política
oficial agraria. Las enormes erogaciones no han repercutido
favorablemente en la producción agropecuaria. Por el
contrario, ésta ha disminuido en relación al aumento
de la población. En los últimos años Colombía
ha efectuado importaciones de casi todos los productos alimenticios,
desde trigo, maíz, cebada, hasta huevos y leche. Buena
parte de estos productos, procedentes principalmente de los
Estados Unidos y que ocasionan al país una salida constante
de divisas, son materias primas que el gobierno importa y luego
vende, con pérdidas, a empresas norteamericanas de alimentos
instaladas en Colombia. La llamada reforma agraria "integral"
es un negocio integral del imperialismo yanqui, a costa del
estancamiento de la producción nacional y de la miseria
del pueblo.
Otra cuestión de capital importancia
para el imperialismo y las clases dominantes colombianas en
su política de reforma agraria ha sido la pretensión
de dirigir al campesinado mediante la creación a nivel
nacional de una "organización campesina" cóntrolada
y subvencionada por el Estado.
Los más distinguidos promotores
de la reforma agraria oficial, quienes no hacen más que
repetir al pie de la letra, como Carlos Lleras Restrepo, las
orientaciones impartidas por el imperialismo yanqui, insisten
en la necesidad de una "organización de campesinos"
que someta mansamente las masas rurales a los abusos de los
terratenientes y de las autoridades y que colabore en el campo
al estricto cumplimiento de las leyes. Para crear una organización
de esa naturaleza, el Estado montó todo un aparato burocrático
de funcionarios especializados y ha venido preparando "líderes"
en cursos de "capacitación campesina".
Revolución Campesina
1971 ha registrado muchas luchas de
obreros y estudiantes. Sin embargo, se puede afirmar que éste
es un año especialmente rico en combates campesinos.
Centenares de fincas han sido invadidas
por miles de campesinos en todos los departamentos del país.
Las invasiones son un rechazo categórico a la política
agraria del imperialismo yanqui y sus lacayos, la prueba contundente
de que esta política ha fracasado. Los campesinos, ejecutores
principales de la revolución agraria, se levantan y comienzan
a hacer valer su derecho de únicos y legítimos
dueños de las tierras que trabajan.
Al fragor de estas primeras batallas
y enarbolando la consigna de "la tierra para el que la
trabaja", los campesinos han empezado a crear sus propias
organizaciones, independientes del tutelaje de las clases dominantes
y conformadas por los campesinos pobres y medios.
Por experiencia propia las masas campesinas
han ido descubriendo quiénes son sus amigos y quiénes
sus enemigos. Saben que los agentes del Gobierno buscan dividirlos,
amarrarlos de pies y manos y entregarlos indefensos a los explotadores.
Han aprendido que para emanciparse de la explotación
del imperialismo y de los terratenientes tienen que librar luchas
supremamente duras y largas, luchas que adquirirán las
formas más elevadas. Y con la ayuda de las organizaciones
proletarias han venido comprendiendo que su más íntimo
amigo es la clase obrera, que la alianza obrero-campesina y
la dirección obrera es la salvación y única
garantía del triunfo.
De toda la situación anteriormente
descrita se desprende que la lucha de los campesinos colombianos
está dirigida no sólo contra la clase terrateniente
sino principalmente contra el imperialismo, y hace parte entrañable
de la lucha del pueblo colombiano por la liberación nacional.
La lucha campesina es la esencia misma de la revolución
colombiana en la presente etapa, una revolución antiimperialista
y antifeudal de las amplias masas populares bajo la dirección
de la clase obrera. Esta es la concepción proletaria,
la concepción marxista-ieninista del problema agrario,
el único enfoque correcto de la realidad nacional y del
desarrollo histórico de la sociedad colombiana.
Francísco
Mosquera y Carlos Naranjo; TR No 3, Novíembre de 1971
TR No 3, Novíembre
de 1971