¿Qué es la
Paz? (*)
I
Dos Necesidades Coincidentes
En medio de la encrucijada de la quiebra
económica, el régimen de Belisario Betancur se aferra
con angustia de náufrago a una de las pocas políticas
suyas que sobreaguan: la de pacificar el país a través
de la transacción con los grupos insurrectos. La desventura
estriba en que después de tantos imprevistos e improvisaciones,
cuando comienzan a aparecer los síntomas inequívocos
del envejecimiento prematuro de su prestigio y todavía
le falta buen trecho de su existencia institucional por recorrer,
el presidente sigue a la espera del resultado del carisellazo
de la "paz", soportando a una centena de comandantes
que, con cualquier petición a los delegados gubernamentales,
todos los días someten a prueba la virtud de la paciencia,
y sufriendo la inquisitiva vigilancia de las capas adineradas,
cuyos sectores menos complacientes no disimulan el disgusto porque
la función no termina.
Lo cual no significa que las propuestas
de entendimiento no se hubieran tramitado años atrás.
De creer en las declaraciones de los dirigentes de las Farc, desde
el "mandato de hambre" empezó el carteo de éstos
a las altas esferas del poder oligárquico en procura de
un cese negociado de las hostilidades, Luego Turbay Ayala constituiría
la primera de las muchas comisiones para tales fines, poniendo
a presidirla a su porfioso contrincante, el señor Carlos
Lleras Restrepo, quien, como era de preverse, pronto discrepó
y renunció fulminantemente. No obstante, bajo él
anterior período se abrió el "diálogo"
a raíz de la toma de la embajada de la República
Dominicana, ¡según lo pregonan los mismos integrantes
del M-19; y las Cámaras Legislativas dieron asomos de inclinarse
al perdón, sancionando normas absolutorias que si no surtieron
efecto se debió a las restricciones estipuladas, principalmente
en lo tocante a la exclusión de determinados delitos y
al peliagudo asunto de las armas.
Aunque en los comicios de 1982 todas
las agrupaciones y tendencias, a excepción del MOIR, invitaron
a sosegar la república mediante un gran acuerdo colectivo,
y el propio candidato reeleccionista estampó el lema de
que "la paz es liberal" por esos albures de la lucha
política y merced al fallo de las. urnas, le correspondería
a un jerarca conservador quedarse con el distintivo y, peor aún,
tratar de cristalizarlo en el momento menos auspicioso; durante
una coyuntura en la que Colombia corre hacia su completa bancarrota,
la descomposición social se precipita aluvionalmente y
el imperialismo y sus intermediarios vendepatria acuden, tras
la reanimación de las actividades productivas y de los
negocios, a un recorte sustancial de las asignaciones de las masas
trabajadoras de la ciudad y el campo. Con todo, al actual mandatario,
bajo el impacto de las tremendas tribulaciones de la hora, incluido
el agobio de que cada vez coinciden menos sus palabras con sus
logros, le reporta, innegables ventajas conseguir presentarse
cual el mesías de la reconciliación y la tranquilidad
ciudadanas. Máxime teniendo en cuenta que la violencia,
en sus más crudas, abigarradas y caóticas manifestaciones,
ha proliferado a lo largo del cuarto de siglo de haberse convenido
la concordia del Frente Nacional y que desde antes la anormalidad
jurídica, congénita a un estado de sitio prácticamente
crónico, ha sido la única manera de regir sobre
los colombianos.
Lejos de lo que muchas mentes acaloradas
piensan, está dentro de los prospectos de la minoría
privilegiada la opción de un pleno retorno a los cauces
habituales del orden constitucional y legal. Para el buen suceso
de las operaciones económicas burguesas siempre será
preferible un clima de calma y transigencia a otro de zozobra
y pugnacidad. El ambiente explosivo y la inseguridad de la que
tanto se quejan los gremios ahuyentan más inversionistas
extranjeros de los que atraigan las modificaciones a la Decisión
24 del Acuerdo de Cartagena, anunciadas por las burocracias de
los países andinos tras la mira de equilibrar sus balanzas
cambiarias y de salir de la recesión.(1) No ha de extrañarnos
escuchar con frecuencia voces provenientes de las filas del capitalismo,
tanto en las naciones oprimidas como en las opresoras, que llaman
a velar por la observancia de las normas democráticas y
hasta recalcan el pro de los reajustes sociales enderezados a
promover la convivencia de las clases. Desde sus albores, el modo
de producción erigido sobre la esclavitud del trabajo asalariado
no sólo proclamó la 1ibertad% sino la "igualdad"
y la "fraternidad" entre los hombres. Pese y debido
a que estas prédicas nunca dejaron de, ser una forma de
dominación, meras formulaciones escritas para azote y escarnio
de la población laboriosa, los expoliadores las mantienen
enhiestas. Asiduamente se refieren a ellas como a pautas primordiales
del andamiaje estatal interno e incluso de las relaciones internacionales,
siendo que en la era del imperialismo, con el saqueo de continentes
enteros por parte de los monopolios de unas cuantas metrópolis,
la contradicción entre los postulados republicanos y "humanitarios"
de la burguesía, de un lado, y la vida de penuria y sojuzgación
de miles de millones de habitantes del planeta, del otro, se hace
palmaria e irreconciliable en absoluto. Obviamente lo expuesto
no niega que las fuerzas dominantes arríen sus apreciadas
enseñas, suspendan sus melosas convocatorias a la unión
sin distingos y lancen por la borda los códigos, el certamen
electoral, las instituciones, la Constitución íntegra,
cuando el desarrollo de los conflictos interiores y exteriores
que atentan contra las primacías y las subordinaciones
establecidas requiera de un tratamiento directo, rápido
y quirúrgico.
Argentina, verbigracia, con el triunfo
de Raúl Alfonsín, acaba de emerger de una noche
de terror castrense que arrojó un balance de miles y miles
de personas asesinadas y desaparecidas, el costo del aniquilamiento
de las organizaciones de extremaizquierda de corte ERP, Ejército
Revolucionario del Pueblo, y también, desde luego, de la
sofocación de las luchas populares. La oligarquía
de aquella porción de América, al volver por los
fueros de la democracia representativa, no efectúa otra
cosa que acomodarse a las mudables circunstancias, recuperando
de pasada su relativo ascendiente entre las multitudes, con cuya
compañía marcha hoy hasta los estrados judiciales
a juzgar a sus espadones caídos en desgracia, los mismos
que ayer la salvaron de los brotes disolventes. Utilizar primero
los métodos duros y luego los blandos, o viceversa; alternar
la tiranía militar con la civil, la represión abierta
con la encubierta, el "gran garrote" con la "zanahoria",
simplemente obedece al comportamiento característico de
los adalides de la sociedad burguesa, y en nuestro caso de la
sociedad neocolonial y semifeudal, que pugnan por fortalecer su
supremacía y con ella sus beneficios pecuniarios. Ignorar
esta experiencia tan común y corriente, formando cauda
tras los capitalistas cuando éstos, o parte de éstos
se deciden por la segunda categoría de los métodos
señalados, y hacerlo en nombre de la revolución,
configura una falta imperdonable, para no hablar de traiciones.
Sea como fuere, la "paz" se
convirtió en una de aquellas obsesiones típicamente
colombianas que de vez en cuando contagian por igual los campamentos
de las distintas parcialidades contrapuestas. Refleja la conjunción
de dos necesidades coincidentes. La de un bipartidismo tradicional
que acosado por las quiebras y el endeudamiento urge de arreglar
la casa y serenar los espíritus; y la de una guerrilla
que hostigada sin piedad por los aparatos represivos está
lista a pulir su conducta y amoldarla a una atenuación
de las confrontaciones internacionales, sugerida por sus preceptores
extranjeros ante el contraataque de Ronald Reagan, particularmente
en América Latina. Consciente o inconscientemente, llevados
por la curiosidad o arrastrados por los acontecimientos, desde
doña Berta hasta el llamado ML, con la solitaria omisión
del moirismo, las banderías de todas las cadencias han
echado su cuarto a espadas respecto a la novedosa estratagema.
Merced a ello, en los complicadísimos regateos encaminados
a suplir la controversia bélica con el debate incruento,
hemos visto disputándose la gratitud republicana y el elogio
de la "subversión" a jefecillos de la talla de
un Germán Bula Hoyos, la horma por excelencia del atrabiliario
cacique de provincia; de un John Agudelo Ríos, otro intonso
y obediente peón de brega de los trajines antinacionales
y antipopulares, de sus superiores; o de un Otto Morales Benítez,
el insaboro, voluble y frustrado precandidato del llerismo, últimamente
en pos de la representación de las facciones partícipes
de la legitimidad de su partido. Las caprichosas expresiones del
caleidoscopio pacifista no devienen ni datan, pues, del fracaso
en las urnas del continuismo liberal-conservador de López
frente al intempestivo repunte de la renovación conservadora-liberal
betancurista, aun cuando el cabecilla del Movimiento Nacional
estime desde sus letárgicas alturas que puede sacarles
mejor tajada que el resto de sus coterráneos y coetáneos.
Si para los simples manzanillos de profesión simboliza
un hito en sus anodinas trayectorias coadyuvar a tan procero empeño
de la democracia prevaleciente, para el primer magistrado, quien
a similitud de Marco Fidel Suárez reclama el mérito
de haber asido una a una las oportunidades que la república
de la libre competencia les depara a sus vástagos predilectos,
y que ocupa el solio como salida pantomímica de la crisis
y sin otra misión factible que la de ahondarla, el ostentar
el título de pacificador, o de apaciguador de 25 años
de conatos insurgentes representa no sólo una proeza consagratoria
sino un contrapeso a los incontables descalabros de su "sí
se puede".
II
LA DILACIÓN DE LOS PROCEDIMIENTOS
El mismo 7 de agosto, ambicionando adueñarse
del sentir general, el vencedor del 30 de mayo izó la bandera
blanca y arrancó con la tortuosa cruzada. "No quiero
que bajo mi gobierno se derrame una sola gota de sangre de ningún
compatriota mío, de ningún soldado... ni de ningún
guerrillero, que también son hermanos nuestros", dijo
en la Escuela Militar de Cadetes, a los tres días de posesionado,
delante de unos regimientos que lo atisbaban entre remisos e incrédulos.
(2) Lloverían de inmediato las demandas de tres o cuatro
ejércitos del pueblo, cuyos estados mayores vislumbraban
en los labios disertos del señor Betancur el badajo de
la campana anunciadora de las prologales conquistas de la revolución.
A partir de entonces la empresa conciliatoria entraría
en una nueva etapa, un lento y complejo torneo de aguante, no
tanto por las disparidades como por las concordancias. Mientras
la rebelión armada se decide a vender caro su aplacamiento,
el presidente se resigna a pagar lo que cueste amansarla. Con
la resignación de éste crece el precio de aquélla
y a la inversa. Al extremo de que el proceso está bastante
lejos de tocar a su fin, a causa de la infinidad de materias previstas
en las agendas de discusión, y a la abundancia de requisitos,
pasos, prórrogas e intervalos por cumplir. ¿Se prefiere
pintar la paloma a echarla a volar? ¿O será que
los padres de la publicitada apertura democrática obtienen
más beneficios de los dolores del parto que de la criatura?
Para resolver el misterio al país no le queda otra que
la de aguardar a la culminación del suspenso. Hasta ahora
conoce únicamente cuanto se han dignado avisarle los meticulosos
alarifes de la conciliación: que la "paz" es
muy difícil, los trámites muy prolijos y las condiciones
muy perentorias. No necesitamos reconstruir toda la trama, puesto
que sus bulliciosos y festivos episodios permanecen frescos aún
en la memoria de las gentes que los han vivido y padecido minuto
a minuto durante más de un trienio. Basta enumerar sus
principales pasajes, junto a las disensiones generadas en el seno
de diversos estamentos y entidades, con el objeto de disponer
de un telón de fondo que nos sirva de referencia para el
examen y las conclusiones de rigor.
De entrada hay que anotar cómo
los surtidos matices del anarquismo criollo, apenas con la ausencia
del ELN y de un ala disidente de las Farc, deponiendo antiguas
rencillas se afanan en unificar sus reclamaciones, coordinar sus
maniobras y respaldarse mutuamente; lo que ha redundado en el
abultamiento de las exigencias elevadas a las autoridades y en
la dilación de los procedimientos propuestos. Levantado
el estado de sitio en el atardecer de la administración
Turbay Ayala y suprimido el nefasto Estatuto de Seguridad, el
altercado giró entorno a la libertad de los presos políticos
y a la condonación de delitos como el secuestro, la extorsión
y el asesinato fuera de combate, que los legistas de la parte
opositora identificaban con el eufemístico calificativo
de "anexos" a la rebelión, mas para los jurisperitos
y centuriones del régimen eran escuetamente "crímenes
atroces". El Ejecutivo accede y el Parlamento vota la Ley
de Amnistía conforme a los pedidos de los sublevados. Cada
quien creyó reafirmar lo suyo, un presidente bufo escenificando
el papel de campeón de la confraternidad nacional; unos
congresistas borregos sublimando las magnanimidades del despotismo
burgués, y unas oligarquías impotentes, gloriándose
no de eximir de culpa a unos cuantos adversarios detenidos 0 interdictos
sino de perdonarle la existencia a una revolución arrepentida.
En lo atinente a los activistas rehabilitados, éstos, una
vez abandonaron las cárceles, se calaron sus brazaletes
y volvieron a enmontarse, tras la determinación de continuar
combatiendo a tiros por los acuerdos entre gobernantes y gobernados
y antes de que la patria llegue "al punto del no retomo".
Muchos actores y espectadores de la originaria ronda de la "paz"
cayeron presa de las naturales sensaciones del desconcierto. La
nación se sentía asaltada en su buena fe. Cuanto
se negoció y discutió, pública y privadamente,
lo convenido y aprobado en el Capitolio, las concesiones ofrecidas,
todo, se había llevado a efecto sobre la base de que cuando
menos los petardos se acallarían y los favorecidos con
la gracia oficial no reincidirían en las andanzas por las
que se les absolvió. Plumas exentas de cualquier sospecha
de inquina contra el pensamiento y las guapezas de los amnistiados
no vacilaron en catalogar de "grave error político"
la burla a las expectativas creadas. Esgrimieron razones como
éstas: "Se están entregando en bandeja de plata
argumentos a la reacción".(3) Ciertamente la ultraderecha,
ni corta ni perezosa, ante un país enterado de los litigios
por la armonía, saltó a sindicar a los contingentes
de la extrema contraria, y una vez más a través
de ellos al movimiento revolucionario en su conjunto, de otra
atrocidad, la de mofarse de la palabra empeñada. A los
pocos días de sancionado el texto legal por el cual se
amnistiaban las infracciones de cinco lustros, englobadas las
menos defendibles, y cuando ya era del dominio público
que las guerrillas no renunciarían a sus azares y rebatos,
El Tiempo pronosticó desde su editorial del 25 de noviembre
del 82: "El Ejército de Colombia tendrá que
afrontar, con el respaldo absoluto de las grandes mayorías
nacionales, una lucha abierta que, como todas las de ese género,
desatará mucha violencia y generará no pocos muertos".
Fue así como aun al diario de los Santos, la conciencia
liberal hecha tinta, hasta la fecha parco en sus juicios sobre
los desplantes belisaristas, se le exaltó la bilis, llegando
al extremo de aguijonear a los militares para que procedan con
vehemencia y sin contemplaciones de ninguna índole.(4)
Con la indignación de quienes
inútilmente condescendieron y la perplejidad de los que
consideraban un éxito sin paralelo la completa exculpación
de los rebeldes, se cerró el capítulo introductorio
a este novelado esfuerzo por la convivencia civil. Una incógnita
sí había sido despejada: la amnistía no era
la "paz". ¿En qué radica entonces? A la
audiencia en ascuas los miembros del M-19 replicaron desde las
puertas de La Picota con otras interrogaciones. "¿Quién
se puede acoger a la amnistía en zonas de guerra si no
hay cese del fuego?" "¿Qué vamos a hacer
nosotros al salir de la cárcel si sabemos que a nuestros
compañeros los están atacando en muchos frentes?"
"¿No se está convirtiendo esta situación
en un nuevo trampolín hacia la guerra?".(5) Con tales
reflexiones quedó inaugurada la fase subsiguiente, cuyo
objetivo consistiría en obligar a los dignatarios de los
sumos poderes a suscribir una tregua que se tradujera en un tácito
reconocimiento de los brazos armados como fuerzas beligerantes.
En el lapso anterior la puja se había cifrado en el olvido
de todas y cada una de las conductas delictivas; ahora se centraría
en la no entrega de los fusiles y en la desmilitarización
de las áreas neurálgicas. Nadie descartaba que la
Casa de Nariño convendría en agotar otros arbitrios.
Mucho antes de la promulgación de la amnistía con
que el presidente, a través del Congreso, dispensó
todas y cada una de las faltas de sus impredecibles interlocutores,
aquél había divulgado sus teoréticas nociones
acerca de que el generoso gesto no sería suficiente para
ponerle coto a las desconfianzas. Idea que con gusto y al unísono
esparcieron a los vientos los propagandistas de la "paz",
desde los obispos católicos hasta los pontífices
del revisionismo, pasando por la gama intermedia de exégetas
y arúspices del emblema que haya despertado las mayores
ilusiones en la crónica contemporánea de la nación.
Empero, curiosamente, entre más
intérpretes coinciden respecto a los medios y propósitos,
el apaciguamiento menos descifrable se torna. Si la primera solicitud
de los insurgentes requirió alrededor de tres meses para
ser satisfecha, la segunda habría de demorar año
y medio en concretarse. Mientras la una cosechó las instigaciones
de los gacetilleros de la élite ilustrada en pro de una
pacificación a lo Pablo Morillo y se enteró muy
pronto del arrepentimiento de la Cámara de Representantes
por haber prestado oídos a Belisario Betancur, la otra,
ocasionando en su retardo serias fisuras entre la cúpula
cuartelaria y su jefe constitucional, repercutiría en la
repentina sustitución del ministro de Defensa y en el apremiante
licenciamiento de un peligroso trío de generales identificados
con las quejas de su superior jerárquico.(6) Landazábal,
en declaraciones ampliamente reproducidas por los medios informativos
y en juntas reservadas de orden público, precisó
de continuo cómo el perdón concedido por la Ley
35 del 21 de noviembre de 1982, regía hacia el pasado y
no hacia el futuro de su promulgación, pugnando por una
tónica diferente a la presidencial en los tratos con los
"subversivos", a los que, en las brigadas, no se les
ha dejado de equiparar con la delincuencia común, y ante
quienes, por consiguiente, no caben delicadezas ni miramientos
singulares. El 17 de enero de 1984, cuando las discrepancias lucieron
demasiado obvias e insoslayables, a los oficiales de alto rango
se les llamó a calificar servicios.
Temiendo un eventual pleito entre las
dos investiduras, los distintos estratos oligárquicos saltaron
a apuntalar los fundamentos jurídicos del sistema, así
tuvieran que renovarle de relance el respaldo a la administración
responsable de empollar tantos entuertos en un tiempo tan relativamente
escaso. A la aguda recesión, a los trastornos de los entes
bancarios, al insondable déficit fiscal, a la enorme deuda
externa y al resto de las falencias materiales ningún burgués
deseaba añadir la conmoción anímica de una
cura castrense, que en lugar de componer los negocios podría
empeorarlos. Las anomalías económicas le ayudaron
a neutralizar los enredos políticos al presidente, y éste,
por lo menos momentáneamente, se sintió reconfortado
para no decaer en su ingrata faena de abogado del diablo.
Sobre las carreras muertas de cuatro
militares de tres soles dados de baja por Betancur se convino
al fin el alto al fuego, en desarrollo del pacto de La Uribe,
suscrito el 28 de marzo entre la Comisión de Paz y las
Farc. Pero el alto no se selló definitivamente, como cabría
esperarse, sino por un "período de prueba o de espera"
de doce meses y a partir del 28 de mayo. A este armisticio lo
seguiría el firmado durante la penúltima semana
de agosto por el EPL, el M-19 y un fragmento del ADO, completándose
el mosaico de los grupos insurrectos que optaron por tender un
puente de tupidas relaciones con el régimen belisarista.
De los acuerdos se desprende que los alzados en armas las "depondrán
pero no las entregarán", para repetirlo con el giro
empleado por algunos de ellos; que habrá otra considerable
tardanza con el objeto de verificar la suspensión de las
hostilidades, y que las partes involucradas propiciarán
más convergencias, de aquí en adelante tras la hazaña
de ver por aproximarse a escarificar las purulentas llagas de
la Colombia neocolonizada y atrasada, y esto conjuntamente, o
sea el país redondo y sin reparos de clase.
En suma, el forcejeo, en lugar de simplificarse
y acortarse a medida que transcurre, se ha enmarañado y
dilatado enormemente. En compensación, los colombianos
consiguieron saber que la tregua tampoco era la "paz".
Resuelto dichosamente el segundo equívoco, los infatigables
compromisarios de la reconciliación se aprestaron a entrar
en el tercer laberinto: el Gran Diálogo Nacional, con mayúsculas.
Cual su nombre lo indica, esta secuencia reside en emprender una
intrincada polémica acerca, de los candentes antagonismos
políticos y de las profundas privaciones económicas
y sociales del país, con la participación de todas
las fuerzas vivas, comprendidos los gremios patronales y los sindicatos
obreros, los directorios partidistas y las asociaciones de consumidores,
los cuerpos colegiados y la acción comunal, la curia y
los usuarios campesinos, la guerrilla y el ejército. La
autoría de la ingeniosa fórmula pertenece al M-19
que la concibió con bastante anticipo, mientras que la
supresión previa de los combates y la verificación
de la misma por un año fue más bien inventiva de
las Farc. Cada estado mayor insurgente se arrima a la mesa de
negociaciones con su propio portafolio de requisitos y reclamos,
de cuyo estricto acatamiento depende la conservación de
su autonomía e identidad. Y puesto que la alianza los obliga
a secundarse entre si, refrendando sin falta las varias peticiones,
por redundantes o engorrosas que fueren, el proceso pacificador
con cada etapa vencida no gana ni en concisión, ni en rapidez,
ni en claridad.
No obstante los dones milagrosos y la
desusada ocurrencia que les atribuyen sus promotores a las conversaciones
entre las diferentes clases y corrientes políticas, los
intentos de amortiguar el choque de los intereses encontrados
mediante la persuasión de la plática son tan viejos
como el "contrato social" de Rousseau. En el Continente
no hay burguesía que en cierto momento histórico
no hubiese puesto en vigor el cacareado "diálogo"
y algunas, incluso, a semejanza de lo acaecido en el Perú
bajo la férula del general Velasco Alvarado, han conseguido
rubricar compromisos de reformas con estamentos organizados de
la población. Entre nosotros, y sin ir más allá
del interregno del Frente Nacional, el mandatario de turno con
frecuencia habla y propicia la "concertación"
o el "pluralismo ideológico" sin necesidad de
abrumarlo con operaciones terroristas.
López Michelsen, inmediatamente
después de ascender al solio en 1974, en un arranque de
contagiosa demagogia llamó a un entendimiento global entre
los principales sectores vinculados a la producción, conformando
la célebre "comisión tripartita" que agrupaba
a patronos, sindicalistas y gobierno, y a la que un buen día
recibió en la residencia presidencial para avisarle que
la nación atravesaba por un período crucial, ante
el cual se requería del noble renunciamiento de magnates
e indigentes por igual. El mamertismo, que integraba la comisión
y asistió a la reunión de Palacio, dejó una
lastimera constancia en protesta por la burla de que había
sido objeto la membrecía revolucionaria. Luego se decretaría
la emergencia económica con su rosario de impuestos y alzas
contra el pueblo, de prebendas para los grandes potentados y demás
medidas antinacionales y antipopulares que distinguieron al "mandato
de hambre". Y en lo que llevamos del "sí se puede"
ya hubo un primer ensayo de las discusiones multilaterales, cuando
se convocó en septiembre de 1982 la "cumbre"
de colectividades partidistas. Fuera de los funcionarios gubernamentales
y de algunos de los fragmentos en que se hallan divididos el liberalismo
y el conservatismo, concurrieron el Partido Comunista y el M-19,
encabezados por Gilberto Vieira y Ramiro Lucio, respectivamente.
Que valga destacar, el señor Vieira "pidió
romper el monopolio bipartidista en la Comisión Asesora
de Relaciones Exteriores", es decir, cursó la solemne
demanda de una silla para su agrupación en dicho organismo;
y el señor Lucio anotó que "en los diez puntos
del ministro de Gobierno están contenidos los problemas
fundamentales de la vida colombiana".(7) Los contactos, el
intercambio de opiniones y los concursos de oratoria entre clases
y entre gremios, congregados de trecho en trecho por las burguesías
dominantes, no tipifican, pues, ninguna revolucionarizaci6n de
las modas democráticas, ni en Colombia, ni en América
Latina, ni en el resto del mundo. Además, al cierre de
tales floreos los trabajadores de ordinario confirman cómo
se les ha extraviado algo de sus magras entradas o de su independencia
política.
III
EL DESGASTE DEL AGUANTE
Acciones de la espectacularidad de la
toma a bala del municipio vallecaucano de Yumbo, a cargo de un
comando irregular y la ruidosa permanencia guerrillera durante
casi una semana en las poblaciones de El Hobo y Corinto, autorizada
por Betancur, al lado de la proliferación intempestiva
de los secuestros, la extorsión y el "boleteo"
preludiaron los sobresaltos y sinsabores que habrán de
plasmarse en el tercer acto del drama de la "paz", el
de los coloquios. Iniciado de modo formal sólo el 1º
de noviembre, en el recinto de la Casa de Moneda, estuvo antecedido
de tres pertubaciones estrechamente interconectadas: el incremento
de las discrepancias entre los militares y su jefe supremo; la
cascada de enconados mensajes emitidos por financistas, industriales
y terratenientes que no encuentran otra explicación a la
ola de inseguridad que las ingenuas tolerancias del primer magistrado,
y los reiterativos rumores de un golpe cuartelario, proveniente
de la descarada conspiración de acuciosos gamonales de
los dos bandos de la coalición oligárquica gobernante.
Tan pronto entró en vigor la tregua convenida, Miguel Vega
Uribe, entonces comandante general de las Fuerzas armadas, redactó
una circular recordándoles a las tropas bajo su mando la
razón de ser del ejército perenne de la nación
y los cometidos esenciales de éste, entre los cuales enfatiza
los de garantizar las "instituciones patrias" y preservar
el "orden interno". Determina por tanto el despliegue
de "operaciones permanentes de control militar en las zonas
de influencia de las cuadrillas de las Farc", haciendo la
salvedad de que el aplastamiento de las "otras formas delictivas
de características diferentes" les atañe a
las "autoridades civiles o de Policía Nacional"(8)
Con los nuevos eventos cada vez había menos duda respecto
a que los uniformados no solamente continuaban negándose
a compartir el lenguaje y los enfoques de su alegre presidente,
sino que estarían dispuestos a ir hasta la desobediencia
con tal de no regalarles a los insurrectos ni una sola región
colombiana, por deshabitada o improductiva que ella fuere. En
su puntillo de honor los gendannes del régimen se ven estimulados
con los clamores crecientes de unos ricachos que no comprenden
por qué el Estado, con el objeto de satisfacer las exigencias
de los alteradores de la tranquilidad pública, se atreve,
así sea temporalmente, a quitarles la vigilancia a que
tienen derecho y dejarlos inermes en manos del Señor.
En efecto, desde cuando se suscribieron
los armisticios y se sopesó en concreto su factible incidencia,
en las filas de empresarios y finqueros empezaron a cundir las
reservas sobre la eficacia de los mismos. Para ellos, que habían
accedido a acolitar los inagotables pujos pacifistas de la administración
del "cambio con equidad" y lo único que apetecen
en el mundo es poner a salvo sus humanidades y sus bienes, ningún
progreso se obtuvo a no ser permitirles a las guerrillas conservar
los fusiles y, de propina, certificarles que durante un año
no sufrirán asedio bélico por parte de la autoridad
legítima. Ante todo les encrespa que la figura que saludaron
alborozados un 30 de mayo ya no tan venturoso, pretenda acumular
méritos jugando con los haberes y el pellejo ajenos.
Por primera vez desde su asunción
al poder el loado carisma del señor Betancur recibiría
una descarga cerrada de apóstrofes y censuras procedentes
de la masa de grandes y medianos propietarios que estimaron llegada
la hora de amonestar al mandatario por sus equívocos, veleidades
y candideces. Y esto paradójicamente a raíz de conocerse
la primicia del alto al fuego, convenido al cabo de las incontables
acrobacias; en la esquiva y feliz oportunidad en que aquél
podría vanagloriarse de presentar por último a sus
gobernados algo palpable, los textos de unas actas de acuerdo
debidamente aprobadas y signadas por los grupos insurgentes. Pero,
no. A muchos de sus distinguidos y pesados patrocinadores hoy
por hoy no les hacen ningún chiste sus gestos populacheros
de candidato de vereda en trance electora1, ni sus frases de mostrador
con que instruye a alcaldes y gobernadores, ni su huero optimismo
para rellenar los arriscados abismos económicos del país,
ni sus imprevisiones en el tratamiento con los organismos internacionales
de crédito y en particular eón Norteamérica,
ni su secreta ambición de lucir sobre la banda el Premio
Nobel de la paz. Ni siquiera su afición por la poesía,
por la mala poesía. El prestigio del presidente ha descendido
varios puntos en el concepto de los estratos elevados, sin que
haya forma tampoco de que se sostenga ante los ojos de las clases
menos favorecidas y más estrujadas por el desastroso ejercicio
belisarista. Y este aspecto del análisis no resulta irrelevante
puesto que sin lugar a especulaciones la táctica de una
pacificación parlamentada descansa en buena parte, como
se ha demostrado, en la capacidad de aguante y en la tolerancia
de la cúspide del órgano ejecutivo.
En drástica carta remitida al
inquilino de la Casa de Nariño, las agremiaciones del Huila
prorrumpen: "No estamos dispuestos a ceder ni un milímetro
del territorio del departamento ni vamos a ofrecer más
vidas inútilmente con su burlada política de paz.
Lo que suceda de aquí en adelante será exclusivamente
responsabilidad de su gobierno". En misiva parecida, los
ganaderos de Córdoba puntualizan: "Con el respeto
debido le comunicamos que no estamos dispuestos a que el fruto
de nuestro honrado trabajo nos sea esquilmado. Creemos tener el
derecho a que el gobierno nos dé la protección a
nuestra honra, vida y bienes, a que está obligado por mandato
de la Constitución". Los cafeteros del Quindío
se apresuraron a denunciar el "aumento inusitado en la región
de la extorsión, el chantaje, los secuestros y la violencia
en la gama más amplia de sus manifestaciones". Y en
el mismo tonillo de agresión y disgusto se pronunciaron
portavoces, de los hombres de negocios del Valle y Cauca, de la
Sabana de Bogotá y del Magdalena Medio, de Antioquia, Caldas,
Sucre y otros departamentos de la de la Costa Atlántica.
La Sociedad de Agricultores de Colombia y la Federación
Nacional de Ganaderos, luego de exteriorizar en mensaje conjunto
sus preocupaciones por el alarmante deterioro de1a seguridad,
sobre todo en los campos, y no obstante haberse pactado el cese
de las hostilidades, afirmaron concluyentemente: "Reprimir
a quienes no cumplan con la tregua, o a quienes al amparo de ella
violen la ley, es indispensable para aclimatar y afianzar la paz
que todos los colombianos estamos buscando".(9)
Aunque la extremaizquierda intente minimizar
los alcances de los anteriores reproches, encasillándolos
sin mayor detenimiento, maquinalmente, dentro de las obvias y
acostumbradas reacciones con que las esferas más oscurantistas
suelen afrontar los desarrollos de cualquier campaña de
innovación, hay un hecho de bulto. Turbas de burgueses
y terratenientes, en persona, no ya sólo a través
de sus orientadores ideológicos o de sus líderes
políticos, han resuelto terciar en la trifulca, conminando
al despacho presidencial con virulentas requisitorias para que
cese no el fuego sino el juego, no la violencia sino la benevolencia.
Su argumentación: que se realicen las promesas comiciales
pero que se cumplan los juramentos constitucionales. Y la conclusión:
de lo contrario se verían en la inexorable disyuntiva de
proveerse de regimientos privados y administrar justicia por cuenta
y riesgo propios.
Con la propagación de cuadrillas
de matones a sueldo en extensos perímetros de la geografía
patria, análogas a las que han devastado algunas áreas
campesinas, como los "campovolantes" en los Llanos Orientales,
los "tiznados" en Santander y el mismo "Mas"
en el Magdalena Medio, se columbra una perspectiva demasiado comprometedora
para el movimiento revolucionario colombiano en las actuales circunstancias,
dados los vacíos organizativos, la dispersión, los
rudimentarios niveles de conciencia y la indisponibilidad para
la guerra de las mayorías laboriosas. El desbordamiento
de aquellos géneros de terror blanco y su aclimatación
en otros ámbitos departamentales nada positivo traerían,
salvo impedir la libre actividad de las vanguardias contrapuestas
al régimen y entorpecer enormemente el reagrupamiento de
las fuerzas del pueblo. Y así se pregone con bombo la "apertura
democrática", habrá importantes extensiones
prohibidas a la agitación y la propaganda que no sean las
de los directorios bipartidistas, en proporciones superiores al
número de las que pian piano se han ido clausurando como
represalia a la aventuras y las listezas de los núcleos
foquistas, inclusive bajo el reinado del apaciguador y pese a
la amnistía, la tregua y el diálogo.(10) No se trata
meramente de cuerpos paramilitares que la Procuraduría
no desarticula con sus fofas investigaciones. Estas bandas que
actúan en la penumbra pero que están dotadas de
una precisa estructura de unidades y de mandos, y que culminan
imponiendo su vandálica voluntad en comarcas enteras, gozan
de un patrocinio muy definido, acaso sin parangón en la
historia reciente de la república, y es el que les proporcionan
los latifundistas y magnates exasperados de tributar tras cualquier
especie de chantajes. Los cuales están decididos a ponerle
punto final a sus sobresaltos, blandiendo el cuchillo y la horca
contra quienes ellos identifican con el genérico vocablo
de "subversivos". Junto al agravante de que esta sublevación
de los potentados, prevalida de los ingentes recursos que coloca
a su disposición el dinero y la complicidad de las tropas
y funcionarios locales, se halla en condiciones de aglutinar con
relativa prontitud a los campesinos medios halagados o atemorizados,
a la vez que arrincona, desmoraliza y apabulla al antojo a los
jornaleros y campesinos pobres. Los terratenientes se sacuden
el hostigamiento de los francotiradores enmontados, mientras que
la población trabajadora, con cuyas lágrimas paga
la vindicta, siente sobre los hombros cómo aprieta más
la coyunda de la explotación de los patronos. Desenlace
previsible cuando las revoluciones se lanzan por el atajo de una
insurrección imaginaria, extreman las formas de lucha o
se lumpenizan.
Si en el prólogo de la crónica
de la "paz" nos tropezamos con un fervor contaminante,
convertido en mandato por los comicios presidenciales de 1982;
y si en el capítulo inicial leemos cómo se concibió
y aprobó con notoria aquiescencia la ley que puso en la
calle a la totalidad de los detenidos políticos a la sazón
existentes en Colombia, que eran los sindicados de pertenecer,
con verdad o no, a las agrupaciones insurrectas tantas veces nombradas,
o de participar en acciones terroristas; y si por las páginas
referentes a las contingencias que precedieron a la suspensión
de los enfrentamientos tuvimos noticia de los primeros respingos
de la gran prensa y del relevo inopinado de cuatro generales,
en la parte dedicada a los preparativos y desenvolvimientos del
"gran diálogo" nos encontramos con que desde
diversas esquinas del país burgueses y terratenientes confabulados
zahieren al presidente, concitándolo a que se ciña
a las disposiciones constitucionales, y dentro de ellas, a cooperar
con la versión pacificadora de las Fuerzas Armadas, o atenerse
en su defecto a las consecuencias de los amotinamientos desde
arriba. El espacio para los malabarismos se estrecha sin que de
ningún lado se avizore la coronación de la cima.
Lo que arrancara con un asentimiento
casi unánime tras la estrepitosa derrota del turbolopismo,
se ha vuelto una encerrona para el caudillo vencedor. Privado
precozmente de los mágicos atributos de la popularidad,
víctima de los caprichos exegéticos de la Corte
Suprema de Justicia que echó a tierra su segunda emergencia
económica, sujeto a los pupitrazos de un Congreso mayoritariamente
regido por los clientelistas liberales, centro de las murmuraciones
y recelos de su propio partido, sin un peso en el fisco con qué
saciar las fauces de la gula oligárquica y concluir sus
proyectos piloto, con el fracaso de Contadora a cuestas y la desconfianza
gringa pendiente sobre sí como una espada de Damocles,
transformado en blanco de la sigilosa vigilancia de los oficiales
que lo escoltan y hecho ya pasto de los chascarrillos del ingenio
bogotano, testimonios vivos de su desprestigio, Belisario Betancur
ha tenido que devolver a pedazos la supremacía usurpada
y sofrenar poco a poco su complejo de Núñez. Por
dos veces se ha visto en la premura de redistribuir las carteras
ministeriales con el objeto de aplacar las molestias del socio
destronado. Menguada su ascendencia, semiinmóvil, ahora
aguarda con los brazos cruzados a que otros dispongan sobre asuntos
en torno de los cuales su despacho sentaba cátedra en medio
de los aspavientos de la demagogia. Bien podría afirmar
lo que Turbay Ayala les replicó a los periodistas de Europa
que lo acosaban con cuestionarios capciosos respecto a los sesgos
represivos de su gobierno: "el único preso político
que hay en Colombia soy yo".
Misael Pastrana, el fiel y desvelado
padrino, hubo de adelantar por meses, contra todos los pronósticos,
la candidatura de Alvaro Gómez, persuadiendo con este movimiento
a la godarria alebrestada de que el tinglado belisarista, en vía
de extinción, servirá de conducto para el pleno
y posterior predominio de la doctrina azul. Y al ministro Jainie
Castro, ave canora del gabinete y cuota clave del legitimismo
liberal le tocó salir a la pantalla chica a dar satisfacciones
a la insubordinación de los plutócratas y asegurarles
que la política conciliadora del Ejecutivo contempla antes
que nada la "presencia permanente y acción decidida
de la fuerza pública en todo el territorio narional".(11)
Aquélla nunca fue ciertamente la explicación de
la Presidencia, pero era lo que esperaban oír quienes han
insistido en aplicar mano de hierro contra la delincuencia subversiva,
y oírlo de una garganta autorizada y sobre todo cuerda
de la gran coalición.
Cuando, consternado frente a tantas
incomprensiones, el pobre de Betancur, en epístola al general
Matamoros, quiso constatar su inocencia arguyendo que las Cámaras
amnistiaron a los guerrilleros sin condicionarlos al desarme,
éste le respondió recordándole los artículos,
2, 166 y 48 de la Carta, concernientes a las bases exclusivas
de la soberanía, al papel del ejército y a la no
posesión de armas de guerra por parte de los particulares,
e igualmente el artículo 7º de la Ley de Amnistía,
en el cual se fijó entre dos y cinco años de cárcel
para quienes violen la prohibición antedicha.(12) La historia
se repite. El oficial de más alto rango vuelve y rechaza
los evasivos razonamientos que en su ayuda trae el atribulado
comandante en jefe, saca a relucir sus lagunas en las materias
del derecho, lo refuta directamente, paladinamente, ante la presencia
toda de la nación expectante, y en esta ocasión
tal vez con menos venias a como lo hiciera Landazábal Reyes.
Sin embargo, al presidente le queda embarazoso sustituir cada
seis meses a su ministro de Defensa. Y todavía peor si
éstos se cobijan con el palio sacrosanto de la ley de leyes.
Una cosa es botarlos cuando amenazan el entramado institucional
y otra muy distinta cuando personifican la postrera opción
de vigencia del mismo.
Está visto que los principales
exponentes de la casta militar no se demoraron en aprender las
lecciones de la crítica jurídica. Si somos hechura
y protectores de la Constitución, ¿por qué
no parapetarnos tras los artículos de ésta? ¿De
dónde acá la iterativa sospecha sobre los móviles
de nuestros riesgosos menesteres, si nos compete por encargo indelegable
reprimir los estallidos anárquicos y someter a los infractores,
apellídense como se apelliden y hállense donde se
hallen? ¡Que no se nos siga zarandeando y destituyendo en
bien del funcionamiento legal del país, siendo que nosotros
constituimos la ley armada!
En esta comedia de las equivocaciones
hace rato que se trastrocaron los parlamentos. Desde la platea
la concurrencia, en el clímax del espectáculo, observa
cómo los alféreces les enseñan a los leguleyos
que la Constitución configura un todo compacto de libertades
y proscripciones, y que si las unas son permisibles las otras
son indispensables. Que no hay nada más constitucional
que la persecución y el castigo del delito, al igual que
el estado de sitio, las brigadas, los panópticos y el resto
de los instrumentos coercitivos con los cuales se limpia y se
cautela a diario la república inundada de elementos indeseables.(13)
Dentro del malestar en aumento de las clases pudientes, el deslustre
progresivo del caudillaje belisarista y la insignificancia de
los frutos de la escurridiza "paz", al generalato le
han reportado valiosos dividendos sus incursiones en la jurisprudencia
y sus aires de severidad republicana. Septiembre fue, por decirlo
así, el mes de las charreteras. Por doquier se exhalaron
alabanzas a los mandos castrenses que, según los antiguos
y recientes áulicos, habían hecho realidad el milagro
de una angustiosa y desesperante búsqueda de la concordia,
aun soportando las injurias de sus proverbiales malquerientes.(14)
¡Y ahí fue Troya! El aspirante
secreto al Nobel de la paz, en impetuosa embestida por recobrar
las riendas sueltas de la situación, atronó el 24
de septiembre desde las llanuras de Arauca, adonde se había
trasladado a reconocer los promisorios yacimientos de petróleo
allí descubiertos; escenario y motivo no impropios para
tratar de impresionar a la oligarquía contrita y con líos
económicos. Luego de admitir que las fuerzas militares
han sido "vilipendiadas" alertó que ahora son
"aduladas sólo para incitarlas demencialmente, inútilmente,
al golpe de Estado". Vaga aunque corrosiva imputación.
Que conllevaba además la imprudencia de poner en boca de
todos lo que a la chitacallando se departía en los salones.
Betancur esboza la contraofensiva con
los mismos hierros y en el campo escogido por sus censores. Persigue
un voto de confianza presionando una definición en cuanto
a si la constitucionalidad reside más en los albedríos
presidenciales emanados del sufragio democrático, o en
la soldadesca por excelencia subordinada, obediente y no deliberante.
Pero esto, lejos de ser una estrategia para recuperar los terrenos
invadidos por unas conjuraciones compuestas por hombres de carne
y hueso, con intereses muy tangibles y dotadas de medios poderosos
de lucha, le parece más a las disquisiciones del tinterillo
que apela en segunda instancia. Encima de que si las pólizas
de los espadones suben y bajan en la bolsa de la controversia
pública, ganan o pierden simpatías, se debe a que
forman parte y a veces hacen de jueces del conflicto. Forman parte,
entre otras cosas, porque el jefe supremo los provoca a que hablen
y tomen posición, dirigiéndoles misivas eminentemente
polémicas; los senadores y representantes los citan a menudo
a que debatan en el Capitolio sus cargos y descargos, y hasta
el M-19 los convida a que destapen en el "diálogo
nacional" sus tesis sobre lo divino y lo humano.(15)
Todo, por supuesto, sin importar una
híga que los cánones fundamentales e incluso el
reglamento interno les veden de modo tajante a soldados y policías
la intervención en política. Y a veces hacen de
jueces en el conflicto porque empuñando las armas de la
república, cuentan con qué acallar cualquier discusión,
abolir cualquier cabildo y deponer a cualquier mandatario. No
pasemos por alto que cuando la mamertería latinoamericana,
siempre de gancho con los demócratas liberales del Continente,
se hacía lenguas enalteciendo el profesionalismo del ejército
chileno, y visualizaba en éste a un providencial soporte
para la vía pacífica de la revolución de
Allende, el general Augusto Pinochet dio su jaque mate, del cual
no se acaban de reponer aún los pobladores del hermano
país.(16)
El trompetazo de Arauca aguzó
los instintos pesquisidores de los periodistas, quienes se entregaron
a la tarea de seguir los rastros dejados por la conspiración
e identificar a los cabecillas. La gente no tardó en enterarse
de que un conjunto de 40 parlamentarios conservadores organizaron
a hurtadillas de la presidencia un "desayuno de trabajo"
con los mandos castrenses, tras el propósito de obtener
un informe de primera mano sobre los brotes de la inseguridad
y con su concurso entrever las secuelas cabales de la paz belisariana.
No obstante aclarar que por razones ocultas los generales al fin
no concurrieron, los implicados aceptaron el ágape matinal
como un hecho cumplido, o una intriga frustrada. Asimismo, otros
60 congresistas de ambos bandos de la coalición dominante
redactaron una nota comprobatoria de sus acendradas lealtades
hacia el estamento militar, y con la cual se proponían
tachar por improcedentes las investigaciones de verificación
que, a raíz de los encuentros bélicos acaecidos
días antes en la localidad de Riosucio, habían emprendido
algunos de los comisionados ad hoc. Y para consumar esta juntura
de cabos, durante la última semana del mes de las charreteras
se comentó con maliciosa insistencia el banquete que, en
desagravio al ejército y a través de Vega Uribe,
brindaron los miembros de la Comisión II constitucional
del Senado, presidida por el liberal Eduardo Abuchaibe. Conociéndose
la dimensión de la conjura y a diferencia de la actitud
asumida ocho meses atrás ante las escaramuzas que confluyeron
en el relevo de Landazábal, los comentaristas de oficio
del cuarto poder le restaron trascendencia al asunto. Algunos
aseguraban que eso no era un golpe sino un autogolpe; y otros
se deleitaban recabándoles a los secretarios de Palacio
la lista de los complotados, en el entendido de que el gobierno
no podría admitir impunemente una horadación tan
extendida de sus sustentáculos social y político.
Así, en semejante clima, Colombia
se acercó de puntillas, temerosa y dubitativa, a los portales
del Gran Diálogo Nacional. Los mejores hervores del entusiasmo
se habían extinguido. El taumaturgo de la odisea, el garante
de los copiosos compromisos, de la tregua cronométrica,
de los trámites interminables, de las ofertas extracontractuales,
el buenazo del señor Betancur, ya no lidera con su bandera
blanca; se limita a disuadir a sus escapadizos prosélitos
de que cometen un error cuando malician de las competencias, las
aptitudes y las intenciones de su presidente. Al dialogante decisivo
le quedan arrestos sólo para eso, dialogar.
IV
PÓCIMAS VIEJAS CON MEMBRETES
NUEVOS
Pero, ¿el diálogo será
la "paz"? Incuestionablemente no. Quien repase el pacto
de La Uribe y demás documentos transaccionales notará
que la consagración definitiva de los augurados goces del
sosiego, tal cual lo avistamos atrás, se supedita a la
suerte de un policromo, ramillete de reivindicaciones tanto económicas
como políticas. Las unas, conforme rezan los convenios
con las Farc, abarcan tópicos que se extienden desde la
reforma agraria y el mejorestar campesino, hasta los "constantes
esfuerzos por el incremento de la educación a todos los
niveles" y de "la salud, la vivienda y el empleo";
y las otras comprenden desde "garantías a la oposición",
"elección popular de alcaldes", "reforma
electoral", "acceso adecuado de las fuerzas políticas
a los medios de información", "control político
de la actividad estatal", "eficacia de la administración
de justicia" e "impulso al proceso de mejoramiento de
la administración pública", hasta "iniciativas
encaminadas a fortalecer las funciones constitucionales del Estado
y a procurar la constante elevación de la moral pública".
A su vez, el acuerdo con el M-19 y el EPL pormenoriza los temas
objeto del "gran diálogo": "la discusión
y desarrollo democrdtico de las reformas políticas, económicas
y sociales que requiere y demanda el país en los campos
constitucional, laboral, urbano, de justicia, educación,
universidad, salud, servicios públicos y régimen
de desarrollo económico".
Difícilmente un experto en renovaciones
y enmendaduras superaría la desbocada imaginación
de nuestros heraldos de la concordia civil. Fuera de la lista
no hay en verdad, esferas, órbitas y ámbitos dignos
de mencionarse y sobre los cuales no se piense verter la savia
vivificadora de la pacificación. La "paz" siempre
ha estado ligada de manera indisoluble a la mudanza del país.
Y ésta es la única verdad de fondo que dilucida
por qué el itinerario seguido, distante de conducir a un
pronto y cabal arreglo, se empantana a medida que transcurre.
Los grupos guerrilleros, no obstante acariciar, por lo menos de
dientes afuera, la posibilidad de incorporarse a las actividades
legales, no lo harían merced a la falta de condiciones
para sostener la contienda armada, sino, por lo contrario, en
virtud de sus éxitos y de los golpes infligidos a un enemigo
al cual han puesto a discutir con ellos, de tú a tú
y de pe a pa, cada una de las cuestiones medulares de la república.
En lugar de corregir con mesura los descarrilamientos de su táctica,
andan a la caza de enmendarle la plana al régimen, reafirmándose
en el desafío implícito de no prescindir del manual
de Ernesto Che Guevara. Y con ello se colocan muy por debajo de
la comandancia foquista latinoamericana de la década del
sesenta que, pese a sus concepciones antimarxistas sobre el Estado
y la revolución, al cabo de torturantes lucubraciones y
desgarradores enjuiciamientos internos, planteó, "sencillamente",
cual lo refiere Teodoro Petkoff, "trasladar la lucha desde
el terreno específicamente militar al político,
para salir del callejón ciego donde se encontraba".(17)
En Colombia todavía los dirigentes
de la extremaizquierda defienden las explosiones insurreccionales
con el simple y metafísico considerando de que la miseria
y la brutalidad propias de la sociedad explotadora de por sí
ameritan las más contundentes o descabelladas respuestas
de las organizaciones revolucionarias. A su juicio, cuán
viables y útiles resultan, en cualquier contingencia histórica
y por caros que sean, los operativos para hacer propaganda marcial
entre los moradores de los pequeños poblados, proveerse
de millonarios recursos financieros, repartir bolsitas de leche
en las barriadas famélicas, ajusticiar a los esquiroles
de las centrales patronales, secuestrar a los avaros gerentes
de las empresas monopólicas que se resistan a subir los
salarios, caer a la brava sobre los liceos y arengar a sus alumnos...
Estilos de beligerancia que en lugar de descalificarse por improcedentes
o extemporales se les estima más bien rentables. De ahí
que esta "guerra" habrá de ser permutada por
el "cambio social" y la "apertura democrática"
o no se le erradica.
Dilema rotundo y aparentemente incontrastable.
Pero aun cuando a las fajas más exaltadas de la pequeña
burguesía estudiantil y profesoral les parezca la mejor
confirmación de la entereza de los insurgentes y les suene
en sus oídos como un enriquecimiento original de la "combinación
de todas las formas de lucha" tal alternativa, por mucho
que se le envuelva en un estridente radicalismo, no añade
nada sustancial a las proclamas distribuidas por los combatientes
del ELN a los somnolientos habitantes del olvidado municipio de
Simacota en aquel amanecer del 7 de enero de 1965. Envasa, al
revés, añejas y dañinas creencias en modernas
y más absurdas versiones.
Dentro de su rústica visión,
Fabio Vásquez Castaño y seguidores se hallaban convencidos
de que los adelantos ideológicos y organizativos, el paciente
aprendizaje a través de la pelea cotidiana en contra de
las tropelías y en pro de los derechos, la contraposición
pública y en la más amplía escala de los
programas y soluciones de las diversas vertientes, el ánimo
de las masas de derrocar a sus expoliadores y llevar el combate
hasta las últimas consecuencias, amén de las ventajas
que en una coyuntura precisa y sin escapatoria ha de permitir
el Estado despótico, debido a las crisis, divisiones, desbandadas
y demás impedimentos para movilizar sus unidades y repeler
el asalto del pueblo enfurecido, no eran requisitos básicos
de las hazañas por la liberación. En suma, que los
factores atañederos a la correlación de fuerzas
ningún rol desempeñan en el desencadenamiento de
la insurgencia civil, destinada a imponer, tras el triunfo, las
transformaciones revolucionarias correspondientes. Que el tableteo
de las ametralladoras sacaría al país de su marasmo
secular y depararía, como por generación espontánea,
cada uno de los elementos imprescindibles para el estallido general.
Con arreglo a tales desvaríos no es la lucha política
la escogida para desobstruir la senda del levantamiento insurreccional
sino éste el encargado de promover aquélla. La insurrección
no depende de la política. Allí la política
depende de la insurrección. ¿En cuántas asambleas
o foros no se habrá querido enmudecer al MOIR a causa de
la carencia de un brazo armado con qué darle brillo y realce
a la justeza de sus asertos? Pues bien, durante más de
dos decenios los colombianos han venido curioseando el desfile
sin fin de grupos, grupitos y grupúsculos que en este siglo
de las siglas, con diferencias de denominación, acento
e insignias, se obstinan en incendiar la pradera al margen o en
contra de la voluntad de las mayorías. Si entre nosotros
los precursores y herederos del infantilismo de "izquierda"
han justificado al unísono sus declaratorias insurreccionales
con las urgencias del cambio, hace poco los segundos, en una aplicación
innovadora del argumento, resolvieron extenderlo a la "paz".
Pero como algo va de la victoria a la transacción, las
enmiendas han de circunscribirse a aspectos tangenciales, a tiempo
que se guardan o abandonan las de mayor enjundia. Y esto, a su
vez, no puede menos que reflejarse en un raro amoldamiento de
la consigna central. Antes se pregonaba a voz en cuello: ¡A
las armas por la revolución! Ahora se amaga: ¡Reforma
o "guerra"! Desde el punto de vista teórico semejante
transmutación conduce a un exabrupto menos inteligible.
La acción armada se ponía ayer a la orden del día
dándole la espalda a la lucha de clases y mirando exclusivamente
la perentoriedad de los vuelcos estructurales que requiere Colombia.
Hoy, aunque se continúan ignorando los zigzagueos de la
contienda y las disponibilidades de los contendientes, la prosecución
o no de la labor militar se subordina ya a unas cuantas reparaciones
circunstanciales; algunas de estirpe constitucional, pero de todos
modos enmarcadas dentro del orden jurídico imperante.
A los lectores reticentes les basta
devolverse unos cuantos renglones y re leer los pedidos y reclamos
expuestos en los convenios de la tregua. Verificarán que
a pesar de la apretada enumeración ninguna de aquellas
pretensiones rebasa los mojones de la sociedad neocolonial y seinifeudal;
ni implicarían, de concederse, la mínima merma del
dominio de los estratos oligárquicos. Unas, a la inversa,
tienden intrínsecamente a perfeccionarlo y robustecerlo,
como las enderezadas a impulsar el proceso de mejoramiento de
la administración pública" o a "fortalecer
las funciones constitucionales del Estado" y la "eficacia
de la administración de justicia". Tampoco tienen
por qué debilitarlo la "reforma electoral", la
"elección popular de alcaldes", las "garantías
a la oposición" el "control político de
la actividad estatal", o el "acceso adecuado de las
fuerzas políticas a los medios de información".
Incluso, luego de instarse a que, al tenor del estatuto constitucional
y "para la observación y restablecimiento del orden
público, sólo existan las fuerzas institucionales
del Estado", se concluye que de su "profesionalismo
y permanente mejoramiento depende la tranquilidad ciudadana".
El punto alude lógicamente a las camarillas paramilitares,
pero se optó no por la negativa sino por la positiva -decimos
positiva en sentido metafórico- de admitir la bondad y
abogar por la cualificación de los custodios de la ley.
Hay también formulaciones completamente etéreas
cual la de "procurar la constante elevación de la
moral pública", que, fuera de su vaciedad, parte de
la rectitud inmanente del gobierno, y en este caso del reato y
la predisposición a autorregenerarse de los escalones más
encumbrados y corruptos de la burocracia oficial, la manzana podrida
que contagia al resto.
Acaso la única demanda cuya cristalización
podría relacionarse con un problema de estructura es el
de la "reforma agraria". Sin embargo, los tratados pacificadores
no especifican el modelo ni la cobertura de la misma, ni cabría
esperar que apunten a una repartición de las incultas y
grandes propiedades rurales a favor de los pobres del campo, con
el móvil de barrer el sistema de explotación terrateniente,
el minifundio improductivo y los remanentes de servidumbre; o
sea derribando una de las trabas ancestrales que, aunada al saqueo
imperialista, condena a la nación a la ruina económica
y a las clases laboriosas a las terribles situaciones de vida
derivadas de aquellos yugos. Ni soñarlo. Cada vez que el
reformismo echa a volar sus sofismas acerca de "cerrar la
brecha" o reducir los desequilibrios del agro colombiano
y cacarea con la distribución de tierras, sus audacias
no pasan de la titulación de baldíos o del reparto
de unos cuantos eriales comprados a sobrecosto a los latifundistas.
Por ningún sitio afloran indicios de que el pródigo
señor Betancur se haya comprometido a trasponer tales fronteras,
habida cuenta además de que sus delegatarios son los firmantes
y no él, y los documentos, escritos con sutileza de notario,
están salpicados de ambigüedades y giros nebulosos
de este cariz: "La Comisión de Negociación
y Diálogo tiene la certeza de que el gobierno buscará
lograr, con el concurso de los partidos políticos, el congreso
y la participación ciudadana, un amplio acuerdo que permita
modernizar y fortalecer la vida democrática del país".
0 esta otra: "La Comisión de Paz da fe de que el gobierno
tiene una amplia voluntad de... ". Y todo se esfuma en "hacer
constantes esfuerzos por... ", "mantener su propósito
indeclinable de... ", etcétera, etcétera.
Empero, supongamos que los guerrilleros
sabían qué estaban pactando cuando se avienen a
propugnar una reanimación y un acoplamiento de los planes
agrarios oficiales, tras la voz de socorrer al campesinado de
las zonas afectadas por el flagelo de la violencia. ¿Con
qué se sufragarán los gastos? Las chapucerías
del Incora han valido sumas astronómicas, provistas con
préstamos extranjeros y partidas del erario, que son saldadas
por el país, y en últimas por el pueblo, sobre quien
recae básicamente la carga impositiva. Los déficit
presupuestarios del mandato del "sí se puede"
se contabilizan en cientos de miles de millones de pesos, los
más altos en los anales de la república. El Ejecutivo
pena por que las Cámaras le permitan emitir ininterrumpidamente
moneda sin respaldo, esa alquimia de los tiempos nuevos con que
desde hace rato se defrauda a los colombianos, y que se tornó
a la postre en la fuente discrecional de finanzas del régimen
oligárquico, ante la restricción de los empréstitos
foráneos, la insuficiencia de los recursos tributarios
y el incesante acrecentamiento de las erogaciones. Y a la par,
todo gestado por la bancarrota en que se debaten las naciones
del Tercer Mundo y en particular Latinoamérica. Si Betancur
no ha logrado sacar a flote los dos o tres rótulos llamativos
de su plataforma electoral; pasa tramojos aliviando los desmesurados
faltantes de banqueros e industriales o reuniendo la modesta paga
de los trabajadores del servicio público, y ha de resignarse
a mantener clausurados centros educativos y hospitalarios por
inopia física, ¿con qué subvencionará
las concertaciones del "gran diálogo" en materia
de salud, educación, vivienda y empleo, o en temas como
el agrario, laboral y urbano? Valga insistir en que los avances
o retrocesos en cualquiera de tales asuntos no han de sustraerle
ni agregarle un gramo de hegemonía a la alianza burgués-terrateniente
mangoneadora del poder, aunque las conquistas económicas,
y desde luego las políticas, faciliten las palancas y los
puntos de apoyo con los cuales habremos de centuplicar el empuje
de la gesta libertaria. Pero de ahí a exigirlas cual cláusula
sine qua non de la "paz", denota francamente un desconocimiento
supino, o de los parámetros rectores de la actual sociedad
colombiana, o de sus fases evolutivas.
Cuán vitales se nos revelan aquí
las guías de una estrategia y de una táctica correctas,
compendiadas a partir de la irradiación de los principios
universales del marxismo sobre las peculiaridades del país.
Gracias a las primeras comprendemos que el desempleo, por ejemplo,
tan severo y crónico en una neocolonia atrasada y exprimida
como la nuestra, no puede remediarse ni paliarse sin el rescate
de la soberanía nacional y la supresión del semifeudalismo
y del capitalismo, al igual que de todos los otros álgidos
problemas de índole económica. No ahondaremos en
predicamentos que forman parte del abecé y aguardemos a
que los grupos insurgentes, al convenir con los delegados de Betancur
en "hacer constantes esfuerzos" por el empleo, no hayan
aspirado a que la ANDI amplíe gradualmente sus cupos laborales
hasta absorber el paro y a costa de sus dividendos, pues ello
significaría ordenar la eutanasia del sistema, y ordenarla
por decreto.(18) Pero de no ser esto así, entonces la paradoja
planteada, reflexiva o irreflexivamente, sí es ¡reforma
o "guerra"!
El enfoque táctico nos advierte
sin embargo que el cuatrienio belisarista, con todo y deberle
su apoteosis a la perdición del continuismo de sus predecesores,
y haberse beneficiado de las felonías de Carlos Lleras
Restrepo, el reformador, no cuenta ni remotamente con las holguras
que a éste le posibilitaron sus remiendos y corcusidos
sobre la red de los institutos del Estado; entre 1966 y 1970 el
régimen de la Transformación Nacional estatuyó
entidades a granel espesando la fronda burocrática -una
manera de dar ocupación-, y derrochó caudales en
sus distritos de riego e indemnizaciones a los finqueros incorados,
en sus unidades agrícolas familiares y empresas comunitarias,
en sus comités de usuarios campesinos y demás trapisondas
agraristas. En la actualidad, antes que discurrir sobre el futuro,
han de cancelarse los débitos legados por las administraciones
anteriores. Si se presta será para cumplir, primordialmente
con las cuotas de los intereses vencidos. Aunque- no se haya protocolizado
todavía la capitulación frente al Fondo Monetario
Internacional, el curso de la economía lo determinan ya,
conforme a sus ávidos y mezquinos cálculos, los
linces de las agencias prestamistas internacionales. En Colombia
a las efímeras pompas del reformismo les pasó calendarios
ha su cuarto de hora histórico, y nuestros estafetas de
la reconciliación tomaron demasiado a pecho los motes propagandísticos,
del "sí se puede" y estuvieron muy de malas al
pensar que éste era el período de las oportunidades.
Mientras ellos platican sobre el cuándo y el dónde
recomponer la república maltrecha, los hacendistas del
gabinete se devanan los sesos ingeniándose el cómo
recortar la nómina, suspender subsidios, subir precios,
tarifas y gravámenes. De suerte que si las comandancias
guerrilleras se oponen a enmendar, no el país, sino sus
erróneas apreciaciones, la "paz" nunca llegará
a conferirse. Puesto que, desde la más vasta y estratégica
perspectiva, el belisarismo en el gobierno, no dejará de
ser, con sus malabaristas, magos, enanos y payaso, una de las
tantas variedades del Estado de los negreros de la época
contemporánea, y desde el ángulo de un escrutinio
táctico e inmediato, el agobiado de Betancur no tiene prácticamente
con qué comprarle alpiste a la paloma.
Lo insólito de toda esta torre
de Babel es que no obstante expresarse cada quisque en su jerigonza
partidista, los animadores de la pacificación dialogada
se identifican en que la patria no se hará acreedora a
la tranquilidad entretanto no repare la casa y subsane o mitigue
los desajustes y las injusticias. Con ello creen abastecer de
profundidad a sus superficialidades, sin percatarse de que no
hacen más que alzar un murallón inexpugnable a los
preconizados reposos de su concordia ciudadana. Liberales y conservadores,
generales y civiles, capitalistas y revisionistas, ministros del
despacho y ministros de Dios, editorialistas y suscriptores, todos
a una, como en Fuenteovejuna, con la excepción dos veces
dicha del MOIR, han rivalizado casi tres años en rodear
el proceso pacificador de tan rígidos condicionantes, rebuscadas
razones y dotes prodigiosas, que el país cónico
rodó hacia el despeñadero que él mismo cavara
insensata y parsimoniosamente: que no habrá "paz"
porque no habrá reformas, ni techo, ni drogas, ni parcelas,
ni trabajo. Y no los habrá más de cuanto los hubo
bajo Turbay, López o Pastrana, sino menos, merced a que
la sociedad colombiana se halla aún en la cresta de la
crisis, quizá tan demoledora como el crac de 1929, que
no acaba de transcurrir, y, de encima, ha de desembolsar anualmente,
por concepto del servicio de su elevada deuda externa, una cifra
próxima al valor de sus exportaciones cafeteras. Un pantanero
en el que las oligarquías intermediarias de los monopolios
imperialistas, al contrario de aflojar la clavija, restablecen
su cuota de ganancia y la de sus amos redoblando el desvalijamiento
de Colombia y reduciendo al máximo los exiguos ingresos
del campesinado y de la clase obrera.
El propio presidente, tratando de darle
contenido y lustre a su cruzada del apaciguamiento, improvisa
y ensarta uno a uno apotegmas parecidos a éste: "En
muchos casos son más subversivas las situaciones que las
personas envueltas en ellas". E increpa: "...cómo
no va a ser subversiva la situación en que América
Latina está enfrente de las grandes potencias". Para
él los quebrantos de la tranquilidad, el incesante derramamiento
de sangre, se originan tanto en los "agentes objetivos"
como en los "subjetivos". Los unos "son las condiciones
de desigualdad, injusticia y carencias en que viven grandes núcleos
de la población"; y los otros "están constituidos
por la inconformidad que aquellas injusticias producen".
Y luego de sus cabriolas por los cielos de la sociología
ha de aterrizar inevitablemente en la fatal sentencia: la "paz"
anhelada "no va a lograrse solamente con las fórmulas
de la amnistía, sino con el implantamiento de sustanciales
reformas en los campos político, económico y social".
De ahí que sus disertaciones, muchas por cierto, estén
atiborradas de solemnes juramentos alusivos a que satisfará
a los "agentes subjetivos" o "personales"
destruyendo los "objetivos" o "impersonales",
es decir, al sistema, para lo cual tendrá que obtener desde
la baja de los altos índices del interés bancario
hasta la modernización de Colombia, pues "el subdesarrollo
es por sí subversivo".
Con las argucias presidenciales sucede
a la pequeña escala de nuestro solar patrio lo que acontece
con los infaustos yerros en que ha incurrido la humanidad en su
sinuoso devenir, que, por la apariencia de las cosas, sus manifestaciones
exteriores o los visos efectistas de veracidad que ostentan, se
las abraza, se las santifica y el vulgo se embarca en ellas sin
reparar en su exactitud, en su utilidad o en sus efectos.(19)
Pero el pensamiento revolucionario tanto más se engrandece
cuanto más enormes y contumaces sean las mentiras contra
las que combate. ¿No fueron finalmente tumbadas de su pedestal
tesis tan duraderas y tan falsas cual las del origen divino y
la inmutabilidad de las especies, registrándose así
un salto gigantesco en las ciencias naturales del siglo XIX? ¿No
llegaremos los marxistas colombianos a despejar los infundios
tejidos por el pacifismo en boga y contribuir correspondientemente
al acervo teórico de los trabajadores? El país ya
aprenderá que en los asuntos de la guerra y de la paz,
aunque se hallen relacionados con los fenómenos económicos,
el inicio o el término de las hostilidades no han de subordinarse
directamente a aquéllos, ni más ni menos a como
la revolución, que se ejecuta para desobstruir el desarrollo,
estalla no por la trascendencia de sus épicas tareas sino
por la potencialidad real de acometerlas en unas circunstancias
dadas.
Ignoramos cuál será el
epílogo de la comedia de las equivocaciones y no está
en nuestras apetencias aventurar ningún tipo de profecías
al respecto. No resulta lo mismo escribir sobre los acontecimientos
cuando éstos pertenecen a la historia que cuando aún
no culminan su ciclo. Ateniéndonos, sin embargo, a las
dilaciones del evento, al hecho irónico de que los guerrilleros
requieren ahora un indulto, porque la Ley de Amnistía obviamente
no regía para el porvenir; remitiéndonos a los pululantes
resquemores exteriorizados por los burgueses y terratenientes
que le achacan a la blandura del Ejecutivo la promoción
del secuestro y demás eclosiones delictivas; tanteando
el debilitamiento acelerado de Betancur y sus crecientes dificultades
para hacer aprobar del Congreso cualquiera de las propuestas esbozadas
en los acuerdos, y especialmente circunfiriéndonos al desatino
de mezclar el regreso a la acción legal con los cambios
sociales, cuando el gobierno no ha cumplido o no ha conseguido
cumplir siquiera con el levantamiento del estado de sitio, podemos
afirmar, a estas alturas, tal cual están echadas las cartas
por los augures de la reconciliación y de no desecharse
las concepciones ilusas, que la "paz" es la "guerra".
V
EN LUGAR DE AVANZAR, SE RETROCEDE
Entrado el mes de septiembre de 1982
el despacho presidencial configuró lo que motejara de "Comisión
de Paz Asesora del Gobierno Nacional", y en la cual, de manera
inconsulta y antojadiza, incluyó al compañero Marcelo,
Torres, miembro de nuestro Comité Ejecutivo Central. Prestos,
rechazamos la enconosa distinción, explicando que nunca
se nos había pasado por la mente asesorar a administración
alguna, ni en tales ni en otros apuros. Por lo demás, no
teníamos velas en el entierro, ya que "el MOIR -dijimos-
no ha impetrado la paz, entre otras cosas porque no ha declarado
la guerra".
Desde entonces nos hemos limitado a
una distante y hasta cierto punto benigna expectación,
cuidando eso sí que los frentes de masas bajo la influencia
revolucionaria del Partido no sucumban a la embriaguez colectiva,
ni mucho menos se involucren en las diligencias de un anarquismo
envuelto a las veinte en tratos y tretas contemporizadores. Quedó
expreso de modo diáfano que prohijábamos "1asjustas
exigencias por la excarcelaci6n incondicional de los presos políticos
y por el cese inmediato de los asesinatos y torturas de los guerrilleros
y demás luchadores que han caído en manos del régimen".
Empero, conocíamos bastante bien
las tendencias y los personajes que iban a encerrarse a negociar.
Estábamos en antecedentes del ideario profesado y de las
demandas proferidas por quienes ahora tremolan los ramos de olivo.
Creíamos muy poco en la autonomía de vuelo de un
presidente sin votos propios que arribaba al solio gracias a los
insustituibles y puntuales espaldarazos de las dos alas unidas
del conservatismo, y cuyas intemperancias habrían de amoldarse
indefectiblemente a las correas del artículo 120 de la
Carta, que consagra "con carácter permanente el espíritu
nacional en la Rama Ejecutiva", o sea la regencia compartida
de las castas políticas de siempre, pertenecientes a las
colectividades tradicionales y a la vez estipendiarias de los
saqueadores de afuera y de adentro. Debido a todo ello hicimos
un voto y formulamos una exhortación. Eran, de un lado,
la esperanza de que a la postre salieran favorecidos "unos
métodos y una táctica revolucionarios y correctos",
y, del otro, el temor a que las gestiones emprendidas sirvieran
para ocultar aún más "la índole antinacional
y antipopular de los nuevos administradores de la vetusta república"(20)
Así fijó nuestra dirección
sus puntos de vista, llanamente, si se quiere en tono menor, acerca
y al comienzo de las conversaciones entre las siglas armadas y
el régimen betancurista recién establecido. No por
discretos, dichos conceptos fueron menos oportunos, claros y premonitorios.
Con la última sustitución en la cumbre del poder
oligárquico de rostros, retóricas y sones particulares
de gobernar, se inauguró aquel 7 de agosto de 1982 un trayecto
en el que pusiéronse simultáneamente de moda, tanto
las cábalas alrededor del eventual marchitamiento en Colombia
de la muy cubana teoría del foco y de las acciones terroristas,
como los espejismos, por lo común cuatrienales, de que
tras el relevo del mandatario sobrevendrían los respiros
económicos y la apertura democrática. En cuanto
a las primeras, a la revolución colombiana le interesa
vivamente que desaparezcan modalidades de combate que, por su
extemporaneidad o incongruencia, en vez de jalonarla, le crean
infinitos y artificiales escollos en su desenvolvimiento. Y en
cuanto a los segundos, tampoco registraremos progresos significativos
en la organización de una corriente revolucionaria verdaderamente
de masas, mientras no seamos capaces de sembrar entre obreros
y campesinos pobres el criterio científico y básico
de que la catadura del Estado imperante, cual maquinaria de dominación
y de fuerza de la minoría expoliadora, no se trasmuda por
el simple hecho de que tome el control de la misma una u otra
de las fracciones políticas de la burguesía.
Lamentablemente ninguna de estas contradicciones
ha evolucionado en el sentido favorable al que nosotros propendemos.
La más trascendente y antigua de las batallas ideológicas
que hubimos de librar se llevó a cabo precisamente en el
terreno de la táctica y tuvo que ver con el rígido
e infantil modelo entronizado por los rebeldes de la Sierra Maestra,
cuyo triunfo marcó época, avivando el sentimiento
antiimperialista del Continente e imprimiéndole una singular
dinámica a la contienda revolucionaria. Por la excepcional
experiencia y la inmadurez circunstancial de un movimiento al
que todo le había salido tan rápido y bien a pesar
de sus lances y temeridades, los postulados de los héroes
del Moncada no se traducirían sólo en regocijo y
entusiasmo. Al caer su casuística en el surco abonado de
una pequeña burguesía puesta al margen de las realidades
de tiempo y lugar, aun cuando ávida de redimir a la patria
mancillada e impaciente por imitar las proezas de sus ídolos
favoritos, daría pábulo a la floración de
vanguardias extremoizquierdistas en infinidad de naciones de América
Latina. Pero acaso en ninguna parte con tal exuberancia y recurrencia
como en Colombia.
La lucha interna desatada en 1965 en
las filas del extinto MOEC, luego de los incontables y calamitosos
fracasos de una línea en esencia militarista y anárquica,
obedeció a los esfuerzos preliminares de un pequeño
núcleo de cuadros que llamaban la atención sobre
la necesidad de hacer un alto en la marcha, rectificar en serio
y poner en práctica las sabias enseñanzas del marxismo-leninismo,
en lo concerniente al carácter obrero y la estructura centralizada
y democrática del Partido; a la preponderancia de la acción
política en las labores de movilizar al pueblo y enraigarnos
en él; a lo valioso de una plena comprensión de
las complejidades nacionales y de un robustecimiento progresivo
del nivel teórico y cultural de militantes y activistas;
a la justeza de atenerse a los aportes de las bases y a los esfuerzos
propios en el sostenimiento financiero, sin vivir dependiendo
del apoyo internacional, o de disparatados operativos de azarosa
realización y consecuencias liquidacionistas. Y ante todo
trazar el rumbo estratégico a partir del análisis
de las clases y de su comportamiento dentro de la sociedad, y
escoger los medios tácticos de pelea conforme se vaya desencadenando
el pugilato entre esas mismas clases. Mas no al contrario, seleccionando
a prior¡ la lucha armada cual el modo predilecto o impostergable,
y concluyendo de antemano la naturaleza no de nueva democracia
sino socialista de la revolución. Par de peregrinas invenciones
que colocaba.
Lamentablemente ninguna de estas contradicciones
ha evolucionado en el sentido favorable al que nosotros propendemos.
La más trascendente y antigua de las batallas ideológicas
que hubimos de librar se llevó a cabo precisamente en el
terreno de la táctica y tuvo que ver con el rígido
e infantil modelo entronizado por los rebeldes de la Sierra Maestra,
cuyo triunfo marcó época, avivando el sentimiento
antiimperialista del Continente e imprimiéndole una singular
dinámica a la contienda revolucionaria. Por la excepcional
experiencia y la inmadurez circunstancial de un movimiento al
que todo le había salido tan rápido y bien a pegar
de sus lances y temeridades, los postulados de los héroes
del Moncada no se traducirían sólo en regocijo y
entusiasmo. Al caer su casuística en el surco abonado de
una pequeña burguesía puesta al margen de las realidades
de tiempo y lugar, aun cuando ávida de redimir a la patria
mancillada e impaciente por imitar las proezas de sus ídolos
favoritos, daría pábulo a la floración de
vanguardias extremoizquierdistas en infinidad de naciones de América
Latina. Pero acaso en ninguna parte con tal exuberancia y recurrencia
como en Colombia.
La lucha interna desatada en 1965 en
las filas del extinto MOEC, luego de los incontables y calamitosos
fracasos de una línea en esencia militarista y anárquica,
obedeció a los esfuerzos preliminares de un pequeño
núcleo de cuadros que llamaban la atención sobre
la necesidad de hacer un alto en la marcha, rectificar en serio
y poner en práctica las sabias enseñanzas del marxismo-leninismo,
en lo concerniente al carácter obrero y la estructura centralizada
y democrática del Partido; a la preponderancia de la acción
política en las labores de movilizar al pueblo y enraigarnos
en él; a lo valioso de una plena comprensión de
las complejidades nacionales y de un robustecimiento progresivo
del nivel teórico y cultural de militantes y activistas;
a la justeza de atenerse a los aportes de las bases y a los esfuerzos
propios en el sostenimiento financiero, sin vivir dependiendo
del apoyo internacional, o de disparatados operativos de azarosa
realización y consecuencias liquidacionistas. Y ante todo
trazar el rumbo estratégico a partir del análisis
de las clases y de su comportamiento dentro de la sociedad, y
escoger los medios tácticos de pelea conforme se vaya desencadenando
el pugilato entre esas mismas clases. Mas no al contrario, seleccionando
a priori la lucha armada cual el modo predilecto o impostergable,
y concluyendo de antemano la naturaleza no de nueva democracia
sino socialista de la revolución. Par de peregrinas invenciones
que colocaba.
Lamentablemente ninguna de estas contradicciones
ha evolucionado en el sentido favorable al que nosotros propendemos.
La más trascendente y antigua de las batallas ideológicas
que hubimos de librar se llevó a cabo precisamente en el
terreno de la táctica y tuvo que ver con el rígido
e infantil modelo entronizado por los rebeldes de la Sierra Maestra,
cuyo triunfo marcó época, avivando el sentimiento
antiimperialista del Continente e imprimiéndole una singular
dinámica a la contienda revolucionaria. Por la excepcional
experiencia y la inmadurez circunstancial de un movimiento al
que todo le había salido tan rápido y bien a pegar
de sus lances y temeridades, los postulados de los héroes
del Moncada no se traducirían sólo en regocijo y
entusiasmo. Al caer su casuística en el surco abonado de
una pequeña burguesía puesta al margen de las realidades
de tiempo y lugar, aun cuando ávida de redimir a la patria
mancillada e impaciente por imitar las proezas de sus ídolos
favoritos, daría pábulo a la floración de
vanguardias extremoizquierdistas en infinidad de naciones de América
Latina. Pero acaso en ninguna parte con tal exuberancia y recurrencia
como en Colombia.
La lucha interna desatada en 1995 en
las filas del extinto MOEC, luego de los incontables y calamitosos
fracasos de una línea en esencia militarista y anárquica,
obedeció a los esfuerzos preliminares de un pequeño
núcleo de cuadros que llamaban la atención sobre
la necesidad de hacer un alto en la marcha, rectificar en serio
y poner en práctica las sabias enseñanzas del marxismo-leninismo,
en lo concerniente al carácter obrero y la estructura centralizada
y democrática del Partido; a la preponderancia de la acción
política en las labores de movilizar al pueblo y enraigamos
en él; a lo valioso de una plena comprensión de
las complejidades nacionales y de un robustecimiento progresivo
del nivel teórico y cultural de militantes y activistas;
a la justeza de atenerse a los aportes de las bases y a los esfuerzos
propios en el sostenimiento financiero, sin vivir dependiendo
del apoyo internacional, o de disparatados operativos de azarosa
realización y consecuencias liquidacionistas. Y ante todo
trazar el rumbo estratégico a partir del análisis
de las clases y de su comportamiento dentro de la sociedad, y
escoger los medios tácticos de pelea conforme se vaya desencadenando
el pugilato entre esas mismas clases. Mas no al contrario, seleccionando
a priori la lucha armada cual el modo predilecto o impostergable,
y concluyendo de antemano la naturaleza no de nueva democracia
sino socialista de la revolución. Par de peregrinas invenciones
que colocaba a la justa libertaria, tanto por el contenido como
por la artificiosa radicalización de la lucha, más
allá de los intereses y de las disponibilidades reales
de las masas.
Estos desenfoques, engendrados en los
finales de los cincuentas y principios de los sesentas, no fueron
jamás corregidos crítica y conscientemente. Con
cada descalabro, con cada agrupación desaparecida, se les
introducían ciertas adiciones conceptuales para perpetuarlos.
¿Cuánto no habremos oído eso de "combinar
todas las formas de lucha", sin parar mientes en que la una
pueda contraponerse a la otra? Aunque se haya aceptado verbalmente
la supremacía de lo político sobre lo militar, el
viraje no ha ido más lejos de la caricaturesca conformación
de aparatos legales paralelos a los ilegales. Muchos de los menos
moderados, luego de hartas vueltas y revueltas, llegaron hasta
inclinar sus prejuicios sectarios y admitir en sus prédicas
la conveniencia de un frente amplio, inclusive con la participación
de la burguesía nacional, mas sin advertir que con sus
miopes y desaforados extremismos impiden de entrada y de facto
cualquier acercamiento hacia los campesinos ricos o empresarios
consecuentes y demócratas. Peripecias políticas
que han tenido en las capas medias de la población, y sobre
todo en los estamentos estudiantiles e intelectuales, una nutriente
inacabable, un soporte histórico relativamente vigoroso
dentro del innato atraso de un semifeudalismo en decrépito
esplendor. De ahí que tales desviaciones, en lugar de baldarse
con los reveses, recuerdan más bien a la lagartija que
reproduce su cola.
Efectivamente, desde hace veinticinco
años rasga el panorama de Colombia un montón de
ejércitos del pueblo, comandos de autodefensa, brigadas
urbanas militares, etc., perfilando con su cruce meteórico
una tendencia fija, de muy marcados ribetes de clase; políticamente
domeñable, por supuesto, pero indestructible hasta tanto
prevalezcan los sustentos de linaje social que la reanudan sin
descanso. El que su tránsito haya sido a colmo regresivo,
se palpa en la intensificación cronológica de sus
peores trazos izquierdistas. Por obra de lo cual hemos visto ofrendar
en los supuestos altares de la insubordinación de los desposeídos,
desde el asesinato de un exministro y el ajusticiamiento de un
personero de las carnarillas patronales, hasta los frecuentes
asaltos a bancos y la perpetración cotidiana de secuestros
en campos y ciudades. Mecanismos proscritos por las revoluciones
que en el mundo han estado a la altura de su nombre, y que en
nuestro trópico cobran categoría de sublimes recetas
para ennoblecer y popularizar la causa de la emancipación.(21)
¡Ah engorroso que las gentes fíen su destino al buen
juicio de quienes incursionen por semejantes parajes, echen mano
de procedimientos