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Ante la Reforma Tributaria

No Más Impuestos

A las puertas del segundo período de Uribe Vélez, el ministro de Hacienda ha presentado un nuevo proyecto de Reforma Tributaria, esta vez denominado estructural. Desde la Ley 49 de 1990, hasta la 863 de 2003, el recaudo tributario ha pasado del 8,4% del PIB al 14,7%, es decir que se ha sustraído de la producción un 6,3% adicional del PIB. Eso convierte a Colombia, en el concierto latinoamericano en la segunda mayor cobradora de impuestos, como porcentaje (%) del PIB, después de Chile y, en materia de impuesto a la renta sólo nos supera Brasil [1]. En 2005 el total de los impuestos indirectos (IVA, aranceles, 4 x 1000 y timbres) representaron el 65,2% del recaudo, frente al 40,7% de los impuestos directos (renta y patrimonio).

Para el presupuesto de 2006, los recursos provenientes de impuestos sólo financiaron el 45% de los gastos de la Nación, cuando en 1995 representaban el 61,4%. La reforma que se ha presentado a un Congreso de mayoría uribista, no ataca las verdaderas causas del déficit fiscal, atribuible a: la rebaja de los aranceles, la entrega del mercado de cambio de divisas a la banca privada, la privatización o liquidación de empresas estatales rentables como Telecom, Ecopetrol, Carbocol o Cerromatoso, la quiebra de las empresas nacionales que repercute en menores recaudos por impuesto de renta y, por lo tanto, en una disminución del ingreso nacional, las ventajas otorgadas al capital extranjero y, por encima de todo el desangre que constituye el oneroso pago de la deuda pública.

Si partimos de reconocer que la riqueza que se genera en la sociedad colombiana proviene del trabajo y no del capital, tenemos que concluir que todos los impuestos, dividendos, rentas y utilidades son producto de la actividad desarrollada por los trabajadores. Por lo tanto, los impuestos que pagan los dueños del capital son simplemente una parte de la riqueza generada por los trabajadores, en la labor productiva, apropiada por quienes se han adueñado de los medios de producción. El mayor cobro de impuestos, en general afecta a todo el aparato productivo, porque el mayor recaudo de todas maneras genera recesión, en cuanto afecta la demanda de bienes y servicios. De hecho, en últimas, los empresarios trasladan los gravámenes a su estructura de costos y, por ende, a los precios de los bienes y servicios que obligatoriamente consume la inmensa mayoría.

La estructura tributaria del país es regresiva porque se sustenta principalmente en los impuestos indirectos. Ya desde la Ley 75 de 1986 se favoreció a los grandes monopolios al homogenizarse el impuesto de renta en una tarifa del 30% -hoy 35%- para las sociedades anónimas, que se gravaban con el 40% y las limitadas, que tributaban el 20%. Además, por las exenciones existentes sólo presentan declaración de impuesto sobre la renta el 4% de los contribuyentes, es decir un poco más de 500.000 personas [2]. Desde la reforma de 1986 se viene acentuando una tendencia a deteriorar la estructura tributaria, mediante la reducción de las tarifas del impuesto a la renta, el desmonte del impuesto a las ganancias ocasionales, la abolición de la doble tributación en cabeza de los accionistas, los ajustes por inflación y el desmonte de la renta presuntiva. Los privilegios tributarios concedidos a empresas y personas de altos ingresos representan para el erario sumas cuantiosas que el gobierno reconoce que son superiores a diez billones de pesos. Por eso, en 2005, los grandes contribuyentes aportaron el 10,96% del total recaudado, en tanto que entre la retención en la fuente y el IVA se recaudó 68,3%. En fin, el 86% de los beneficios tributarios favorecen las rentas de capital, mientras las rentas de trabajo sólo se benefician en un 14%.

De remate, ante la quiebra indiscriminada y sistemática de las empresas nacionales se acentúan la evasión, la elusión y la cartera morosa de la DIAN, que ya representa más del 2% del PIB. La carga tributaria ocupa el primer lugar en la estructura de costos de la producción y ya representa casi el 30% de las obligaciones de los empresarios [3]. Otro tanto sucede con la evasión del IVA, del orden del 21%, cuyo recaudo corresponde principalmente a las grandes cadenas comercializadoras.

Esta situación nos lleva a afirmar, ante la nueva reforma, sencillamente: NO MAS IMPUESTOS NI MAS BENEFICIOS PARA EL GRAN CAPITAL Y LOS INVERSIONISTAS EXTRANJEROS.

 

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