No Hay Causa Noble o Vil
que Justifique el Secuestro (*)
Señor
Hernando Santos Castillo
Director de El Tiempo
Señor Director:
Hoy se cumplen siete días del
repentino y angustioso secuestro de Francisco Santos Calderón,
jefe de redacción de El Tiempo, ocurrido el miércoles
pasado por parte de un grupo de facinerosos que sin contemplaciones
dio muerte a su chofer, José Oromacio Ibáñez.
Aún no se sabe con certeza la autoría del golpe,
ni los móviles del mismo; pero la circunstancia de que
haya coincidido con la desaparición de varias personas,
entre las cuales se mencionan periodistas de otros medios, como
doña Diana Turbay de Uribe, hija del expresidente Turbay,
hace pensar a muchos comentaristas que afrontamos de nuevo una
de esas conjuras que con frecuencia postran a Colombia y la avergüenzan
ante los ojos del mundo. Sea lo que fuere, le expresamos a usted,
a sus familiares y amigos nuestros sentimientos de solidaridad
en el difícil trance y nuestra esperanza de que a la postre
todo saldrá bien.
Por configurar una de las fechorías
más abominables, el secuestro, podríamos decir,
ha sido repudiado en todas las latitudes. No hay causa, noble
o vil, que lo justifique. Desgraciadamente, este instrumento tan
exclusivo de la delincuencia común, pasó a constituirse
en parte integrante de la táctica de las guerrillas colombianas
y, a través de ellas, en el símbolo de la lucha
seudorrevolucionaria. Numerosas voces, hasta las menos esperadas,
salieron en defensa del fenómeno; y en especial cuando
se propuso la inclusión de los "crímenes atroces"
dentro de la amnistía concedida durante el cuatrienio de
Belisario Betancur. Así acabó extendiéndose
y santificándose la práctica de retener a adultos,
ancianos y niños con fines lucrativos o como medio de presión.
Por eso hemos insistido en colocar, entre los grandes objetivos
nacionales a obtener, la civilización de la contienda política,
de tal forma que quienes recurran a cualquiera de las manifestaciones
del vandalismo queden aislados y reciban ejemplar sanción.
Otra de las políticas erróneas,
que tanto le han costado al país, estriba en el tratamiento
veleidoso que se la venido dando al narcotráfico. Por satisfacer
las demandas de Washington, cuyas autoridades se han valido de
aquella calamidad como un pretexto para meter las narices en América
Latina, los últimos gobiernos colombianos han oscilado
entre la extradición por la vía administrativa,
sin tratado internacional ni garantías procesales, y el
acuerdo secreto con los más perseguidos proveedores de
la droga. Se teme que Francisco Santos Calderón y los demás
periodistas extraviados sean otras de las incontables víctimas
de tales inconsecuencias. De ser esto verídico el país
entero debe abogar por la pronta liberación de los secuestrados
y exigir que sus vidas se sustraigan del oscuro juego. Y que la
gravedad del incidente sirva para volver las cosas a su cauce
normal: que la nación haga respetar la soberanía,
democratice la justicia y prevenga el delito.
Lo cual se hace absolutamente indispensable
en el momento actual, cuando la gran potencia del Norte, con la
complicidad de los colaboracionistas colombianos, convierte nuestro
suelo en un mercado libre en donde vender, comprar e invertir
a sus anchas. En honor a la verdad digamos que Francisco Santos,
en su columna del 18 de los corrientes, justamente planteó
serios interrogantes sobre la apertura económica en que
viene empeñada la nueva administración, exhibiendo
una prisa que sorprende y echando mano de unos procedimientos
que espantan. Inquietudes cada vez más presentes, no sólo
en las reuniones obreras, o en los foros de intelectuales, sino
en las páginas de los periódicos. La nación
terminará uniéndose para salvarse.
Francisco Mosquera
Secretario General del MOIR
Septiembre 26 de 1990
(*) Carta remitida por Francisco Mosquera
a Hernando Santos Castillo, director de El Tiempo, el 26 deseptiembre
de 1990.