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Mensaje del MOIR a Raíz del Asesinato de Raúl Ramírez por parte de las Farc

En la mañana del 12 de noviembre el miembro de las Farc conocido con el alias de «Comandante Gutiérrez», acompañado de una joven de aproximadamente veinte años, se presentó en la residencia de Raúl Ramírez Rodríguez con la orden de exterminarlo. Mientras el bandido lo interrogaba distrayéndolo, la mujer le disparó por detrás a la cabeza. Luego lo acribillaron conjuntamente. El crimen, cometido en Puerto López, corregimiento de El Bagre, Antioquia, busca desalojar al MOIR de una región en donde desde hace rato venimos contribuyendo al progreso mediante cooperativas y ligas campesinas. Ese mismo día eliminaron a un comerciante y al inspector de policía, a quien le robaron la máquina de escribir. Unas horas antes habían dado muerte a dos humildes labriegos, tildados de «sapos» por haberse resistido a colaborar. A semejantes extremos de sevicia y salvajismo han llegado los únicos usufructuarios de la «paz», cuyas ansias de dominio corren parejas con su acelerada degeneración.
El asesinato de Raúl Ramírez se suma al de Luis Eduardo Rolón, otro dirigente del MOIR caído en el municipio de San Pablo, también bajo las balas de una cuadrilla de las Farc. En aquella ocasión, junio de 1985, le exigimos abiertamente a la dirección del Partido Comunista que, haciendo uso de su innegable ascendiente sobre el bando insurrecto, explicase el alevoso atentado, pusiera al descubierto a sus cobardes ejecutores y terminara la campaña intimidatoria. No obstante, la susodicha camarilla no se da por enterada y, entre burlas y veras, persiste en la maniobra de ensanchar sus tropas aprovechándose de los arreglos convenidos con el gobierno. Así ocuparon nuevos territorios en el Catatumbo, la Sierra Nevada de Santa Marta, el sur de Bolívar, el Magdalena Medio, la Serranía de los Motilones, etc., atemorizando a sus oponentes, con la bandera blanca en una mano y el fusil en la otra. Se ha creado una situación en la cual las organizaciones políticas y gremiales que carezcan de milicias se hallarán sometidas a los desafueros de un ínfimo grupo que actúa contra la Constitución pero goza de sus prerrogativas.
Aunque decidimos no participar en los tejemanejes de la pacificación, llevamos más de media década en una expectativa benévola, a la espera de un feliz desenlace para la consolidación de las garantías ciudadanas y el consiguiente auge del movimiento de los trabajadores colombianos. Desde la instauración del Frente Nacional no ha habido condiciones insurreccionales que avalen las incontables y calamitosas aventuras de la extrema izquierda. Creemos, por el contrario, que los secuestros, los asaltos a las entidades bancarias, la destrucción de los medios productivos, el asesinato, en lugar de conducir hacia una apertura republicana, exponen las libertades públicas. El mismo Partido Comunista ha sido víctima de su propio invento. La negativa a incorporarse plenamente a la vida civil, el requisito dilatorio de pedir primero la transformación nacional para desmantelar el aparato bélico, ese ambiente de ni «guerra» ni «paz», ha llevado a innumerables sectores a dotarse de sus ejércitos particulares y a tomar por su cuenta los problemas de la seguridad. Los resultados están a ojos vistas. En la actualidad nadie desconoce que el experimento acabó desencadenando la más cruda violencia, tal y como lo señalara no hace mucho la Iglesia en forma alarmante. Mas lo inaceptable del asunto radica en que se ha consagrado un inaudito privilegio a favor de una agrupación que, sin perder la legitimidad, conserva sus guerrillas y las utiliza en el exterminio de sus contradictores. Por lo menos el M-19 y el EPL rompieron los armisticios y han encarado las consecuencias del levantamiento militar.
Recordemos cuán rotundamente el doctor Carlos Lleras Restrepo llamó la atención, desde mediados de 1985, acerca de la incapacidad legal del Ejecutivo para concertar una «tregua armada». Significativa advertencia en labios de quien apoyara y fraguara el ascenso al Poder del presidente que ha cifrado su popularidad en el entendimiento con los revisionistas. Y son a estas circunstancias anormales, heredadas e instituidas a contrapelo de las mayorías, a las que habrá de ponérseles pronta conclusión después de los largos años de caótica vigencia. No sólo lo reclama el general Landazábal sino los más distintos estratos de la nación, cansados de no percibir en ningún sitio la tranquilidad ofrecida por los arúspices de la pacificación dialogada. El editorial de El Tiempo del 2 de noviembre, apersonándose de parte de ese clamor y resumiendo el fracaso del proceso, puntualiza que «el statu quo es inadmisible». Y añade: «El gobierno quiere, con toda la razón, definiciones». Sí, que se precise el cumplimiento de los pactos. Que se aclare si el cese de la «guerra» continúa dependiendo de la terminación del desempleo, el analfabetismo, la miseria y el resto de males sociales, como se ha argumentado para no deponer las armas, a objeto de que el país sepa a qué atenerse y no guarde más esperanzas al respecto. Tales concreciones no atentan contra la democracia y la convivencia. La cuestión se reduce a que las Farc no pueden seguir disfrutando, con la complicidad de las autoridades, de una insólita ventaja sobre los partidos que a semejanza del MOIR pierden militantes y organizaciones en virtud de la acción vandálica de los desalmados beneficiarios de la tregua.
Pensando en fortalecer los acuerdos de La Uribe, el anterior régimen extendió sus deliquios pacifistas a Centroamérica en honor de la Nicaragua prosoviética, a pesar de que el sandinismo, en actitud totalmente inamistosa, ha insistido en las pretensiones de anexionarse a San Andrés y Providencia, «punto estratégico del Caribe» que despierta las apetencias de los «actores del conflicto Este-Oeste», para expresarlo en los términos del general Ernesto Plata. Ello, sin embargo, no impidió que se mantuvieran a la vez los lazos económicos con Occidente y se aceptara la monitoría del Fondo Monetario Internacional sobre las determinaciones oficiales. Los responsables de tamañas inconsecuencias confían en hacerse perdonar sus pecados alegando su acercamiento al socialismo, cuando apenas si se han identificado con los tergiversadores de éste. Es la jugarreta que les depara el destino a los oportunistas de finales del siglo XX. Moscú, lejos de perpetuarse cual símbolo de la redención social, se erigió en sede de un rapaz imperio cuyos tentáculos alarga por el mundo entero, bien valiéndose de las neocolonias, bien movilizando sus propias divisiones como en Afganistán. Los pueblos tributarios del Kremlin han aumentado notoriamente, a tiempo que los Estados Unidos y Europa ven disminuidas sus zonas de influencia. Tales deformaciones y cambios en la correlación de fuerzas en el ámbito internacional configuran factores bastante desfavorables para las luchas emancipadoras de las naciones expoliadas. Una de las características de la época estriba cabalmente en que a menudo los movimientos de liberación nacional acolitan las intrigas de los expansionistas soviéticos. Nicaragua, tras convertirse en la otra «cabeza de playa de la URSS» en el Continente, corrobora esta tendencia histórica; y la realidad no deja de ser menos cierta porque la pregone el mismísimo Reagan. ¿Qué de extraño tiene entonces que una de las alas más retrógradas del Partido Conservador, sin necesidad de retractarse de sus rancias doctrinas, asuma el papel de apuntaladora del revisionismo colombiano?
Tan en entredicho se pondrían en el pasado cuatrienio la integridad y la estabilidad nacionales que hasta Alfonso López Michelsen, en discurso pronunciado en Armenia cuatro días antes de las elecciones de marzo, demandó de manera inequívoca no «constituirnos en abogados de Nicaragua», en razón de que los sandinistas habían dado ayuda para la toma del Palacio de Justicia y no cejaban en sus deseos de arrebatarnos el archipiélago. El oportuno consejo, fuera de alertar a muchas personas indiferentes ante las adversidades que se ciernen sobre la patria, entraña en cierto modo una rectificación, pues el expresidente, junto a García Márquez, ha vendido entre nosotros la imagen de los cubanos, esos héroes alquilados de la invasión a Angola, hoy preceptores de Managua. A su turno, el excandidato Alvaro Gómez, con todo y hallarse comprometido por elementales conveniencias a secundar la administración Betancur, durante el debate se lamentó igualmente de las amenazas que contra «nuestra soberanía» han dimanado de las gestiones de Contadora. Y Turbay Ayala no dudó en calificar de «candorosa ilusión» los intentos de promover una mediación colombiana en la disputa territorial sostenida en esta parte del globo entre Estados Unidos y Rusia a través de sus intermediarios militares. Las enfáticas exhortaciones propagadas por los líderes de la colectividades tradicionales a partir de 1985 significaron una desautorización de la política internacional que se estaba aplicando e influyeron en las contundentes definiciones de los últimos comicios.
El conservatismo, barrido en su fantástico sueño de ganarse «la franja» hubo de renunciar a su cuota burocrática y resignarse a la implantación del «gobierno de partido», la tesis vencedora. El intempestivo quebranto de veintiocho años de estricta observancia de los regímenes frente nacionalistas ha sido la principal secuela de los confusos ensayos del señor Betancur. Pese a la demagogia vertida sobre el no alineamiento, la «paz’ interna y externa, el trato despectivo hacia los Estados Unidos, la vivienda popular, la educación a distancia, el acoso al narcotráfico, la intervención de la banca y demás temas polémicos, los inspiradores del «sí se puede’ pagaron con la abrumadora derrota de 1986 su pírrico triunfo de 1982.
En las urnas los colombianos condenaron, o por lo menos no dieron visto bueno a los oscuros procedimientos con que se les venia regentando, ese estilo de sacrificarlo todo, hasta la independencia y el porvenir del país, con tal de favorecer los intereses personales y los de la facción adepta.
De suerte que el simple relevo de mandos, las graves dificultades en las cuales se ha llevado a efecto, implican una inevitable variación del rumbo. Ahora lo importante consiste en no patrocinar, ni adentro ni afuera del Ejecutivo, los métodos y propósitos desechados el 25 de mayo. Máxime cuando se habla de reelección y Jorge Carrillo, el ministro de Trabajo saliente, no descansa en el encargo de fraccionar aún más a la clase obrera, tras el objetivo de establecer otra confederación sindical que sirva de plataforma de lanzamiento a la candidatura de su jefe para un segundo período en la presidencia de la república. La empresa desmembradora va en camino y, como era de preverse, dispone del acucioso concurso del Partido Comunista.
En cuanto al gobierno de Virgilio Barco, indicaremos que, considerando las contradicciones descritas, el MOIR adoptará una conducta de aproximación o distanciamiento, según aquél permita o no lo siguiente: colocar a todas las fuerzas políticas en un pie de igualdad ante la Constitución y las leyes; proteger al país de las embestidas del socialimperialismo soviético; resguardar la producción nacional de los desmanes de las agencias prestamistas y consorcios extranjeros, y darles salida a las justas peticiones de las masas laboriosas en procura de una vida mejor.
En otras palabras, ratificamos ante la nueva administración nuestra propuesta unitaria del 24 de enero. Se trata de unas metas mínimas que responden a la coyuntura actual y con las cuales han ido espontáneamente coincidiendo los enunciados de los gremios de la agricultura; del clero y de los directivos de la UTC, CTC y CGT, y de los vastos contingentes democráticos y patrióticos de la población.
Agitando estas aspiraciones comunes concurrimos coligados con los más disímiles segmentos del liberalismo y el conservatismo a los sufragios de marzo. Ninguna de ellas se contrapone a los criterios estratégicos y tácticos profesados por nuestro Partido en sus veintiún años de existencia, y antes bien, su cristalización creará condiciones materiales y espirituales para la gesta del pueblo. Alrededor de los esfuerzos por salvaguardar la soberanía, defender la producción, civilizar las controversias partidistas y acoger las reivindicaciones de los trabajadores conformaremos un poderoso frente que salve a Colombia de la disolución reinante. Estamos resueltos a aliarnos con quienes compartan tales postulados, sin excluir a nadie.
Este es nuestro mensaje.

Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario-MOIR
Comité Ejecutivo Central
Francisco Mosquera
Secretario General

Diciembre 13 de 1986

* Publicado en El Tiempo de diciembre 14 de 1986.

 

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