Luchemos por una Política
Proletaria
Las Luchas del Pueblo Colombiano
Han sido muy variados
y positivos los acontecimientos ocurridos en Colombia durante
el primer semestre del año. La tendencia predominante es el auge
de las luchas populares contra el imperialismo yanqui y sus aliados,
la gran burguesía y los grandes terratenientes. Los
acontecimientos principales son los siguientes:
Los campesinos sin tierra organizaron centenares de invasiones
simultáneas a las posesiones de los grandes terratenientes. El
resurgir del movimiento campesino repercutió hondamente y colocó
en primer plano la enconada lucha que se da en el campo colombiano
entre las inmensas mayorías de campesinos explotados y oprimidos
y los terratenientes apoyados y protegidos por el gobierno. La
lucha de los campesinos dejó al descubierto la farsa de la llamada
reforma agraria oficial y puso en evidencia el hecho de que la
auténtica reforma agraria que requiere el país para salir del
estado de atraso en que se encuentra depende fundamentalmente
del grado de organización, unidad y decisión de combate de las
masas campesinas. Lo más importante de destacar es que la base
del conflicto en el campo es la tierra, hoy en manos de los grandes
terratenientes y por la cual luchan los campesinos desposeídos,
y este conflicto va adquiriendo formas cada vez más violentas.
La clase obrera también contribuyó decididamente durante el semestre
último a fustigar a los enemigos del pueblo colombiano. En innumerables
movilizaciones, paros y huelgas, el proletariado salió a la palestra
en defensa de los derechos democráticos pisoteados por la pandilla
antipatriótica que detenta el poder y ha prestado un invaluable
y consciente apoyo a las luchas de los campesinos, de los estudiantes
y del resto de las tuerzas populares. Importantes sindicatos de
la UTC y CSTC presionaron y llevaron a cabo el Paro Nacional de
Protesta del 8 de marzo, enfrentando valerosamente las amenazas
y maniobras de las clases dominantes que hicieron cuanto estuvo
a su alcance para evitar el paro. Esta protesta resaltó la situación
de explotación, miseria y opresión en que se halla el proletariado
colombiano y la necesidad que éste tiene de emprender grandes
batallas en defensa de sus derechos de organización, movilización,
expresión y huelga, y por mejores condiciones de vida. Ha sido
el anuncio de nuevos enfrentamientos contra la política imperialista
de controlar el movimiento sindical mediante el soborno, la coacción
y el sostenimiento de camarillas patronales e inescrupulosas que,
al frente de las centrales sindicales, impiden, sabotean o desvían
la lucha de la clase obrera.
El imperialismo yanqui responsabiliza calumniosamente a la clase
obrera de las calamidades del país, trata de aislarla y apartarla
de las masas populares y la oprime y priva de los derechos democráticos.
Pero el proletariado responderá cada día con mayor conciencia
a esta estrategia imperialista, unirá sus tuerzas, defenderá sus
intereses, expulsará el oportunismo de sus filas y se convertirá
en el estado mayor de la revolución colombiana.
De las luchas libradas por le
proletariado se destaca la ardua batalla de los obreros del Sindicato
del Catatumbo contra la Colombian Petroleum Company (COLPET),
pulpo imperialista que saquea nuestro petróleo desde hace cuarenta
años. Los obreros del Catatumbo, en un prolongado movimiento,
efectuaron un cese de actividades, se ganaron el apoyo de los
campesinos de la reglón, movilizaron a la ciudad de Cúcuta en
un paro cívico contra la COLPET y plantearon como su primera exigencia
la reversión al país de la concesión de explotación petrolera
otorgada en 1931 a la compañía norteamericana. El combate de los
obreros petroleros en defensa de 1os recursos naturales y de la
soberanía nacional es un magnífico avance en la lucha del pueblo
colombiano contra el imperialismo yanqui y sus lacayos.
Capítulo aparte merece la portentosa
lucha de la juventud colombiana. El actual movimiento estudiantil
no tiene paralelo en la historia del país. En primer lugar, por
la claridad de sus objetivos, ya que en esta ocasión la juventud
y los estudiantes han dirigido su justa ira contra el enemigo
principal, el imperialismo yanqui y contra sus aliados, la gran
burguesía y los grandes terratenientes, que le imponen a Colombia
una cultura neocolonial, y han consignado en su programa de lucha,
en el Programa Mínimo de los Estudiantes, la defensa de una cultura
nacional, científica y de masas como base de la reforma revolucionaria
de la universidad colombiana. En segundo lugar, porque el movimiento
ha contado, precisamente por la claridad de sus objetivos y su
acertada dirección, con la participación combativa de los universitarios
de toda Colombia, los estudiantes de secundaria, los profesores
y sectores progresistas de las directivas universitarias, ganando
el respaldo de los obreros, los campesinos, y el resto del pueblo.
Enérgico rechazo tuvo por parte
del estudiantado y de la nación en general la contrarreforma universitaria
esbozada por Misael Pastrana el pasado 4 de mayo, en la que el
gobierno anuncia cínicamente mayores privilegios al imperialismo
yanqui en el campo de la cultura y nuevas medidas represivas contra
el movimiento estudiantil. Ni los asesinatos, ni los allanamientos
y cierre de los claustros universitarios, ni las violaciones de
compañeras por las hordas uniformadas, ni las detenciones, ni
los demás crímenes perpetrados por el gobierno han hecho retroceder
a los estudiantes en su heroica contienda.
El actual movimiento de la juventud
deja una gran enseñanza a toda la sociedad colombiana; sus banderas
constituyen una verdadera revolución en el campo de cultura. Es
el enfrentamiento de la nueva cultura nacional, científica y de
masas, defendida por los obreros, los campesinos y el resto del
pueblo contra la vieja cultura antinacional, anticientífica y
antipopular, defendida por el imperialismo yanqui y sus colaboracionistas
colombianos. Es una lucha no sólo de los estudiantes, sino también
y fundamentalmente del proletariado y del resto del pueblo, una
lucha que hace parte del gigantesco proceso de nuestra revolución.
A las movilizaciones de los obreros,
campesinos y estudiantes se agregan las realizadas con gran repercusión
nacional por los maestros, los profesionales y los artistas revolucionarios.
Todos estos acontecimientos demuestran el auge de la lucha del
pueblo colombiano contra el imperialismo yanqui y su odiado régimen
neocolonial, y auguran nuevas y más poderosas tormentas revolucionarias.
La situación es excelente para la revolución, mientras que para
el imperialismo yanqui y sus aliados es cada vez más difícil.
La Bancarrota del Frente Nacional
El atolladero en que se encuentran
las clases dominantes es el resultado de su traición a Colombia
y de su política fascista contra el pueblo colombiano. Como agentes
que son del imperialismo yanqui, la gran burguesía y los grandes
terratenientes mantienen una alianza desde el poder para explotar
y oprimir al país y al pueblo. Con el Frente Nacional llevaron
esta alianza a la categoría de norma constitucional y se garantizaron
que ambos socios gobernarían a Colombia en estrecha coalición
a través de sus dos partidos el liberal y el conservador. Eso
ha sido el Frente Nacional; la confabulación antipatriótica de
la gran burguesía y los grandes terratenientes para explotar y
oprimir a Colombia y al pueblo colombiano en nombre del imperialismo
yanqui.
El Frente Nacional ha intensificado
el sometimiento de Colombia a los Estados Unidos como una de sus
neocolonias. Todas las medidas adoptadas por el régimen han sido
antinacionales, antidemocráticas y antipopulares. Esto explica
la desesperada situación por la que atraviesa nuestro país, la
crisis que sacude hasta los cimientos el poder de las clases dominantes,
la descomposición de los partidos tradicionales y la indignación
que siente el pueblo colombiano contra sus opresores. El repudio
popular contra el gobierno se expresó rotundamente el 19 de abril
de 1970 con la derrota electoral del candidato oficial Misael
Pastrana, quien fuera impuesto mediante el fraude y la violencia.
Tales hechos dejaron en claro que no habrá crimen que el imperialismo
y las clases dominantes no cometan con tal de salvaguardar sus
intereses de expoliadores, pero también tales hechos acabaron
con la ilusión de muchos que acariciaban la vana esperanza de
que la democracia y el triunfo del pueblo colombiano se podrían
lograr por medio de la lucha electoral y legal.
Todo colombiano honesto reconoce
que los 13 años de vigencia del Frente Nacional están entre los
más negros de la historia del país. Ninguna de las promesas hechas
fueron cumplidas. Los ríos de leche y miel ofrecidos no corrieron
jamás por el desolado territorio patrio; la cacareada “convivencia
nacional”, sobre la que tanto hablaron los testaferros del
imperialismo, tampoco trajo la paz y la tranquilidad a la convulsionada
sociedad colombiana. La realidad ha sido bien distinta. Nuestras
riquezas naturales y el trabajo de nuestro pueblo son saqueados
por los monopolios norteamericanos, el atraso económico tanto
en la industria como en la agricultura es escandaloso, la miseria
de las masas en el campo y la ciudad llega a extremos intolerables
y la violencia oficial cobra victimas inocentes cuando se exigen
los más elementales derechos.
La Estrategia de la Revolución
Ante la oprobiosa situación que vive
nuestra patria se hace necesaria una política revolucionaria que
unifique al pueblo en las tareas de expulsar al imperialismo yanqui
del sagrado suelo de Colombia y de imponer las reformas democráticas
exigidas por las clases explotadas y oprimidas. Una política nacional
y democrática, que siente las bases para el socialismo, es lo
que hoy necesita Colombia. Debido a la actual situación internacional
y nacional, al proletariado le corresponde realizar esta política,
aliándose íntimamente con las masas campesinas y el resto del
pueblo. Tal característica determina que la actual revolución
nacional y democrática de Colombia sea una revolución democrática
de nuevo tipo, una revolución de Nueva Democracia que instaure
la dictadura conjunta de las clases populares bujo la dirección
del proletariado, y que culmine, en una segunda etapa, en la revolución
socialista.
Desde el punto de vista internacional,
una revolución de Nueva Democracia en vía al socialismo será ferozmente
combatida por la burguesía imperialista. Sólo el proletariado
mundial, los países socialistas, con China a la cabeza, y los
pueblos y naciones oprimidos del mundo darán el respaldo a esta
revolución. Desde el punto de vista interno, el proletariado,
el campesinado, la pequeña burguesía, los intelectuales y las
demás clases y capas oprimidas son las fuerzas de la revolución
de Nueva Democracia, de estas tuerzas es el proletariado la clase
más avanzada y revolucionaria de la sociedad colombiana, tiene
el apoyo del proletariado internacional y cuenta con un arma poderosa
como guía ideológica para dirigir la revolución: el marxismo-leninismo
pensamiento Mao Tsetung. Sólo el proletariado podrá garantizar
los dos pasos: el de la revolución de Nueva Democracia (contra
el imperialismo y sus lacayos colombianos), y el de la revolución
socialista (contra toda forma de explotación capitalista). De
estas históricas tareas se desprende la necesidad de la creación
y fortalecimiento del partido del proletariado colombiano, capaz
de convertirse en la vanguardia de la revolución colombiana.
Novedosas Aperturas
Sin embargo, con la crisis de las clases
dominantes y la descomposición de sus partidos, han aparecido
agrupaciones y organizaciones con planteamientos aparentemente
nuevos, pero que en el fondo no son más que las viejas fórmulas
imperialistas o revisionistas. El reciente caso del triunfo electoral
de Salvador Allende en Chile inspira también a varias de estas
agrupaciones y partidos, los cuales o no han estudiado la realidad
del proceso chileno, o se sirven de él para tratar de abrirle
paso a sus tesis y consignas oportunistas. En Chile, el imperialismo
yanqui y las clases proimperialistas le han permitido gobernar
al seudo marxista Salvador Allende con el previo compromiso de
que mantenga el viejo orden económico y social, respete los intereses
de los imperialistas y de las clases proimperialistas, sostenga
el aparato burocrático y militar opresor del pueblo chileno y
no altere la educación tradicional y antinacional. En una palabra,
que deje intacto todo el sistema que hace de Chile una neocolonia
de los Estados Unidos. En este sentido Allende, quien presume
de marxista y revolucionario no es más que un agente del revisionismo
contemporáneo que en la actualidad presta sus servicios al imperialismo
yanqui como cabeza del gobierno chileno. Esta es en esencia la
“novedosa apertura chilena”, como la llama el renegado
revisionista Gilberto Vieira, y a la que recurre el oportunismo
como ejemplo digno de imitarse con el fin de empantanar la revolución
y tratar de desviar la lucha del proletariado colombiano. Entre
tales agrupaciones y organizaciones se destaca de manera especial
la ANAPO, fundada como partido político por su jefe máximo, el
exgeneral Gustavo Rojas Pinilla, el 13 de junio en Villa de Leyva.
El análisis de los aspectos más importantes de la Plataforma de
la ANAPO, lanzada en Villa de Leyva, demuestra que el nuevo partido
es un abanderado de la política de las podridas clases dominantes.
El Pacto Andino y la Cuestión Nacional
En toda la plataforma de la ANAPO no
se menciona al imperialismo norteamericano, enemigo número uno
de nuestro pueblo, cuya dominación es el blanco principal de ataque
de la revolución. Hay sólo una referencia tangencial en relación
al control de la natalidad y eso para defender las enseñanzas
del Papa Paulo VI, reconocido instrumento del imperialismo. Frente
al saqueo de nuestros recursos naturales por los monopolios yanquis,
la ANAPO habla de una “política de nacionalización progresiva”,
fórmula copiada de los partidos tradicionales. Tomando igualmente
del programa que sirvió de presentación a la candidatura de Pastrana,
firmado por liberales y conservadores en la Casa de Moneda, en
el que se consigna la necesidad de las empresas mixtas con el
capital monopolista yanqui para el saqueo de nuestros recursos
y de nuestro trabajo, la ANAPO dice en su plataforma: “Se
propiciará la creación de empresas mixtas, con participación extranjera
que aporte tecnología, experiencia y capital para la producción
en beneficio de las grandes masas populares”. En el punto
más particular de las privilegiadas concesiones a las compañías
petroleras norteamericanas, la plataforma no va más allá de pedir
algunas reformas de mayor participación para ECOPETROL, “fijando
una base mínima de participación no inferior al 50%”. Las
exigencias que hace la nación entera son bien distintas a las
de proponer reformas que no sólo dejan intactas las relaciones
neocoloniales, sino que consolidan la explotación y dominación
del imperialismo sobre nuestro país. La nación exige el control
total de los recursos naturales, la confiscación de todas las
empresas y posesiones de los imperialistas y en general de todo
monopolio que domine la vida material del pueblo.
En cuanto a la estrategia para el desarrollo
industrial y la ampliación del mercado internacional del país,
se declara la ANAPO fervorosa defensora del llamado Pacto Andino.
Al respaldarlo, lo presenta como una reivindicación máxima de
los intereses del país y la soberanía nacional. Esta es otra de
las grandes farsas que el oportunismo quiere hacer pasar de contrabando
en unión de los agentes del imperialismo. El Pacto Andino hace
parte de la nueva política del imperialismo yanqui para consolidar
su dominación neocolonial en el continente, mediante los acuerdos
de integración subregional que permitan la ampliación del mercado
para los productos norteamericanos, y condiciones más favorables
para que los monopolios imperialistas aumenten la inversión en
América Latina y la explotación de sus recursos naturales; todo
esto con la doble ventaja de una mayor colaboración financiera
y jurídica de los respectivos gobiernos títeres y de una aparente
defensa de los intereses nacionales latinoamericanos. Según los
explica el mismo informe Rockefeller a Nixon, en agosto de 1969,
es esta política la que mejor se acomoda a las nuevas condiciones
y a las crecientes manifestaciones nacionalistas de los países
en América Latina.
El llamado grupo de la Cuenca de la
Plata y el Mercado Común Centroamericano, junto con el Pacto Andino,
están dentro del espíritu del Tratado de Montevideo de 1960, promovido
por los Estados Unidos y que dio nacimiento al organismo imperialista
Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC). La integración
subregional del Grupo Andino, acordada en Bogotá durante el gobierno
de Lleras Restrepo (agosto de 1966), recibió el visto bueno de
los presidentes de América, convocados a reunión en Punta del
Este por el entonces presidente de los Estados Unidos Lyndon B.
Jonson, en agosto de 1967, para fortalecer la dominación imperialista
sobre el continente. Es natural que en el proceso de discusión
de los acuerdos del Grupo Andino se hayan manifestado contradicciones
entre los monopolios imperialistas y entre el imperialismo yanqui
y las clases gobernantes proimperialistas; a pesar de ello, la
orientación fundamental de esta política de integración subregional
responde a los intereses del imperialismo yanqui. Por lo tanto,
tomar el Pacto Andino como el programa o la línea a seguir en
la cuestión nacional o en la cuestión del desarrollo económico,
es adoptar en estos asuntos la estrategia imperialista.
En una situación como la que
padece el país, no fijar una posición clara frente al problema
principal de la cuestión nacional que es la dominación del imperialismo
yanqui, o enmarcar la lucha por la soberanía en las soluciones
propuestas por el mismo imperialismo, es caer inevitablemente
en el campo de la reacción. Y esto es lo que le ha sucedido a
la ANAPO al trazar sus lineamientos programáticos, constituyéndose
en una nueva amenaza para la seguridad del país y el porvenir
del pueblo colombiano.
La Reforma Agraria
y Otros Problemas
El programa agrario
de la ANAPO es la defensa descarada de las actuales relaciones
feudales predominantes en el campo colombiano. Con el deliberado
propósito de defender a los grandes terratenientes que oprimen
a las masas campesinas y constriñen el desarrollo económico del
país, la ANAPO echa mano de las retrógradas concepciones del liberalismo,
del conservatismo y de la Iglesia Católica sobre la materia. Pregona
cínicamente que el problema agrario en Colombia no es la tierra;
a las masas hambrientas y desposeídas del campo las amonesta diciendo
que “es más importante el ser que el tener”, y, apoyándose
en una de las encíclicas del Papa Paulo VI condena la lucha de
los campesinos por la tierra como expresión de “codicia”,
“avaricia” y “materialismo sofocante”.
En uno de los apartes de la Plataforma de Villa de Leiva se lee:
“la tenencia de la tierra no ha de ser el único y central
objetivo de una reforma agraria”. Se comprende claramente
que en este punto de su programa la ANAPO también busca congraciarse
con el imperialismo y las clases dominantes que le arrebataron
por la fuerza el triunfo electora1 del 19 de abril. La ANAFO asimila
en esto muy bien la experiencia chilena, en la cual Salvador Allende
para tener el “derecho a gobernar” se comprometió
previamente a no tocar al imperialismo ni a las clases pro-imperialistas.
Después de la cuestión
nacional es la reforma agraria la más importante de las conquistas
democráticas de la revolución colombiana. Los campesinos, fuerza
principal de la revolución, exigen la confiscación de todas las
tierras de los grandes terratenientes y su distribución entre
quienes las trabajan. Esta medida la apoyan incondicionalmente
el proletariado y demás clases democráticas y patrióticas como
la transformación fundamental de la revolución agraria. La posición
que se adopte en este asunto, determina igualmente si se está
o no con las masas populares, si se apoya la revolución o la contrarrevolución.
La ANAPO en este asunto tomó partido al lado de los tradicionales
explotadores y opresores de los campesinos y del pueblo colombiano.
La cuestión nacional y la cuestión agraria son en la actualidad
los problemas fundamentales para cualquier partido político colombiano
y definen el carácter revolucionario o reaccionario según la línea
que se adopte.
Frente a las Fuerzas
Armadas reaccionarias, brazo militar del sistema, la Plataforma
anapista adopta el punto de vista de las clases dominantes, y
pide mayores garantías para sus oficiales y organismos. Divulga
la falsa creencia de que las Fuerzas Armadas reaccionarias, sostén
del poder neocolonial del imperialismo en nuestro país, son benefactoras
de la sociedad colombiana. La plataforma al respecto dice: “los
militares son víctimas indefensas de la misma forma que todo el
pueblo colombiano”… “deben responder por el
orden público durante veinticuatro horas diarias y sacrificar
la tranquilidad del hogar a su propia existencia en beneficio
de la sociedad”. A la vez que se afirman tales cosas, la
Plataforma habla de que Ernesto “Che” Guevara y Camilo
Torres “son los émbolos de la revolución en América Latina”,
pero desfigurando el verdadero ejemplo de estos revolucionarios
que entregaron su vida en la lucha anti-imperialista, estos sí
en beneficio del pueblo, y enfrentaron con las armas a los aparatos
burocráticos y militares de los gobiernos proyanquis como su más
heroico aporte a la liberación nacional. En esto los colombianos
también tenemos que definirnos: o respaldamos la conducta revolucionaria
y antiimperialista de Camilo y el “Che” o respaldamos
a sus verdugos. Los reaccionarios por el temor a las masas y a
la revolución pretenden conciliar lo inconciliable.
El imperialismo y las
clases proimperialistas no entregaran por las buenas ni uno sólo
de sus privilegios. Esta es la más importante, la más decisiva,
la más clave de las experiencias de los pueblos del mundo. Hay
que aclarar esta cuestión vital, combatir las ilusiones oportunistas
tipo Chile, preparar y organizar consecuentemente a las masas
para la lucha y responder a la violencia reaccionaria con la violencia
revolucionaria, si es que se quiere con sinceridad la revolución
y el beneficio de Colombia y del pueblo colombiano.
Otra diferencia de
principio que el MOIR tiene con la ANAPO, y consideramos nuestro
deber plantearla en la hora actual, para la correcta orientación
de las masas populares, es lo referente al trato paternalista
y oportunista que en la Plataforma se le da a la clase obrera.
El movimiento sindical colombiano debe luchar por sus derechos
democráticos y por mejores condiciones de vida para los obreros,
y en esto estamos de acuerdo con todos los demócratas sinceros.
Pero la clase obrera no puede limitarse a esta tarea. Su misión
histórica fundamental consiste en ponerse a la vanguardia de la
revolución, aliándose para ello íntimamente con el campesinado
y demás fuerzas revolucionarias en un amplio frente único antiimperialista
por la liberación nacional. Esta grandiosa misión del proletariado
exige la acertada aplicación del Marxismo-Leninismo Pensamiento
Mao Tsetung a las condiciones concretas de Colombia, la lucha
constante contra el revisionismo actual, acaudillado a nivel internacional
por la camarilla dirigente de la Unión Soviética y la construcción
y fortalecimiento del partido de la clase obrera colombiana. El
MOIR para alcanzar estas metas se unirá lealmente con los auténticos
comunistas, con los revolucionarios y luchadores antiimperialistas.