Lo que Aprendí de
la Crisis Económica Mundial
José Stiglitz
Joseph
Stiglitz es profesor de economía en la Universidad de Standford
y fellow de Brookings Institution. Entre 1997 y 2000 fue jefe
de economistas y vicepresidente del Banco Mundial. Formó
parte del Consejo de Asesores Económicos del Presidente
entre 1993 y 1997. Durante la reunión del FMI la semana
que viene en Washington veremos a muchos de los manifestantes
que boicotearon a la OMC en Seattle el pasado otoño. Dirán
que el FMI es arrogante. Dirán que no escucha a los países
en vías de desarrollo a los que se supone que presta ayuda.
Dirán que mantiene secretos y que se escamotea a la transparencia
democrática. Dirán que sus “recetas”
económicas empeoran muchas veces las cosas, convirtiendo
las desaceleraciones en recesiones y las recesiones en depresiones.
Y en cierta medida tendrán razón. Yo fui economista
del Banco Mundial desde 1996 hasta el pasado mes de noviembre,
durante la crisis económica global más grave del
último medio siglo. Ví cómo el FMI respondió
en sintonía con el Departamento del Tesoro de los Estados
Unidos. Y me quedé horrorizado.
La
crisis económica global comenzó en Tailandia el
2 de julio de 1997. Los países asiáticos habían
vivido tres décadas milagrosas: los ingresos se habían
multiplicado, la sanidad había mejorado, la pobreza se
había reducido drásticamente. La alfabetización
no sólo era universal, sino que en los exámenes
internacionales de ciencias y matemáticas estos países
superaban a los Estados Unidos. Algunos de ellos no habían
sufrido ni un solo año de recesión en tres décadas.
Pero ya se habían sembrado las semillas del desastre. A
comienzos de los años 90 los países asiáticos
habían liberalizado sus mercados financieros y de capitales,
no por que quisieran atraer más inversión (las tasas
de ahorro ya superaban el 30%) sino a causa de la presión
internacional, incluida la del Departamento del Tesoro de los
Estados Unidos. Los cambios provocaron un flujo de capital a corto
plazo, es decir, el tipo de capital que busca el máximo
beneficio al día siguiente, o a la semana siguiente o al
mes, frente a la inversión a largo plazo en cosas como
fábricas. En Tailandia este capital a corto plazo provocó
un boom inmobiliario insostenible. Y como en todas partes saben
por amarga experiencia (incluidos los Estados Unidos), toda burbuja
acaba estallando, a menudo con consecuencias desastrosas. El capital
se fue tan pronto como llegó. Y cuando todo el mundo intenta
sacar su dinero al mismo tiempo, se crea un problema económico.
Un gran problema económico. La última serie de crisis
financieras había tenido lugar en Latinoamérica
durante los años 80 cuando el déficit público
y la política monetaria, el uno por duro y la otra por
blanda, provocaron una inflación galopante. El FMI impuso
correctamente un régimen de austeridad fiscal (presupuestos
equilibrados) y políticas monetarias más restrictivas,
exigiendo a los Gobiernos que se ajustaran a estas políticas
si querían recibir ayuda. De este modo, el FMI impuso la
misma receta a Tailandia en 1997. Según los líderes
del Fondo, la austeridad devolvería la confianza a la economía
tailandesa. A medida que la crisis se fue extendiendo a otros
países vecinos y a pesar de que la política aplicada
se mostró ineficaz, el FMI apenas se inmutó, y siguió
extendiendo la misma receta a todos los países que acudían
a su consulta. Creo que fue un error. Porque, al contrario que
los países latinoamericanos, los asiáticos ya tenían
superávit en el presupuesto. En Tailandia el superávit
era tan alto que el Gobierno estaba en realidad negando a su economía
una inversión más que necesaria en educación
e infraestructuras, ambas esenciales para el crecimiento económico.
Y además, las políticas monetarias de los distintos
países asiáticos ya eran bastante restrictivas:
la inflación era baja y estaba cayendo.
(En
Corea del Sur, por ejemplo, la inflación se mantenía
en un muy respetable 4%). El problema no era la imprudencia de
los Gobiernos, como en Latinoamérica, sino la imprudencia
del sector privado, banqueros y acreedores que jugaron con la
burbuja inmobiliaria. En esas circunstancias, temí que
las medidas propuestas no sólo no reanimarían las
economías asiáticas, sino que las haría entrar
en recesión, e incluso en la depresión.
Los
altos tipos de interés podrían destrozar a unas
empresas ya muy endeudadas, causando quiebras e impagos. Reducir
el gasto público sólo contribuiría a paralizar
la economía. Así es que comencé a favorecer
un cambio de política. Hablé con Stanley Fischer,
reconocido profesor de economía del MIT y antiguo economista
del Banco Mundial, que había alcanzado la primera vicepresidencia
del FMI. Me reuní con otros economistas del Banco Mundial
que pudieran tener cierta influencia en el FMI, animándoles
a hacer lo que pudieran para poner en marcha la burocracia del
Fondo. Convencer de mi análisis al Banco Mundial fue fácil,
pero en el FMI fue tarea imposible. Cuando hablé con los
altos cargos del FMI explicándoles, por ejemplo, que subir
los tipos de interés podría producir aún
más quiebras, siendo aún más difícil
restablecer la confianza en Asia, al principio se resistieron.
Después, incapaces de ofrecer un argumento convincente
en contra, acudieron a otro tipo de excusa: yo no entendía
la presión que recibían por parte de los países
desarrollados, que son quienes otorgan los préstamos. Estaba
muy claro. La dirección iba a ser aún más
dura, puesto que hasta ahora habían sido bastante moderados.
Mis amigos reconocían que recibían muchas presiones.
Era delirante, no sólo por que resultase tan difícil
detener la inercia del FMI, sino porque, al hacerse todo a puerta
cerrada, no se sabía a ciencia cierta cuál era el
obstáculo para el cambio. ¿El personal presionaba
a la dirección o la dirección al personal? Sigo
sin tenerlo muy claro. Naturalmente, me aseguraron que serían
flexibles: si sus medidas resultaban ser realmente contraproducentes,
metiendo a las economías asiáticas en una recesión
más profunda de lo necesario, las cambiarían. Esta
afirmación hizo que me recorriera un escalofrío
por la espalda. Lo primero que se enseña en las escuelas
es que para que un cambio de política monetaria (subida
o bajada de tipos de interés) tenga efectos perceptibles,
hay que esperar entre doce y dieciocho meses. Cuando trabajé
en la Casa Blanca presidiendo el Consejo de Asesores Económicos,
nos centramos con todas nuestras fuerzas en prever el estado de
la economía en el futuro, de forma que pudiéramos
saber cuáles eran las políticas más aconsejables.
Era el colmo del disparate.
Y
era exactamente lo que el FMI quería hacer. No debió
pillarme por sorpresa. Al FMI no le gusta que vengan de fuera
a hacerle preguntas incómodas. En teoría, presta
su apoyo a las instituciones democráticas de los países
a los que ayuda. Pero en la práctica, lo que hace es socavar
el proceso democrático imponiendo su política. Oficialmente
el FMI no “impone” nada, como es natural. “Negocia”
las condiciones de la ayuda. Pero en las negociaciones es el FMI
quien tiene siempre la sartén por el mango, y raramente
permite que se cree un amplio consenso, ni se demora en muchas
consultas con los parlamentos nacionales o con la sociedad civil.
A veces simula una apariencia de transparencia y, sin embargo,
negocia convenios secretos. Cuando el FMI decide ayudar a un país,
envía una “misión” de economistas. Por
lo general, estos economistas no tienen a penas experiencia sobre
el país real. Conocen muy bien su hotel de cinco estrellas,
pero no tienen ni idea de los pueblos que hay más allá.
Trabajan duro entre cifras hasta bien entrada la noche. Pero su
misión es imposible.
Al
cabo de unos días, semanas a lo sumo, cuentan ya con un
programa coherente para hacer frente a las necesidades del país.
Obvia decir que a partir de unas cuantas cifras difícilmente
puede tenerse una visión en profundidad de todo un país.
Y lo peor de todo es que esas cifras ni siquiera son siempre exactas.
Los modelos matemáticos de los que se sirve el FMI a menudo
son erróneos o están pasados. Se dice que el Fondo
acude siempre con un molde hecho, y es verdad. Hacen informes
aún antes de empezar la misión. He oído decir
que en una ocasión se tomaron los datos de un país
y se pasaron a un informe previsto para otro. Al parecer, la función
de “Buscar y reemplazar” de su ordenador no debió
de funcionar muy bien, porque se dejó en algunos lugares
el nombre del país original. ¡Menudo gazapo! No sería
justo decir que a los economistas del FMI no les importa la gente
de los países en vías de desarrollo. Pero sus miembros
más antiguos (y son realmente antiguos) se comportan como
si llevaran sobre sus hombros la carga del hombre blanco de Kipling.
Sus expertos creen que son más brillantes, mejor educados
y menos implicados políticamente que los economistas de
los países que visitan. De hecho, los líderes económicos
de dichos países son bastante buenos, y en muchos casos,
más brillantes y mejor educados que los del Fondo, que
a menudo no son sino estudiantes de tercera fila de Universidades
de primera (créanme: he enseñado en Oxford, MIT,
Stanford, Yale y Princeton, y puedo asegurar que el FMI raramente
se lleva a los mejores alumnos). El pasado verano di un seminario
en China sobre política de la competencia en telecomunicaciones,
y al menos tres economistas chinos del público me hicieron
preguntas tan sofisticadas como las que las mentes más
esclarecidas de Occidente podrían haber hecho. A medida
que pasaba el tiempo crecía mi frustración. Podría
pensarse que puesto que el Banco Mundial estaba contribuyendo
literalmente con miles de millones de dólares a los paquetes
de ayuda, su voz iba a ser escuchada. Pero se le ignoró
tanto como a los países afectados. El FMI advirtió
que lo único que pedía a los países asiáticos
era que equilibraran sus presupuestos en tiempos de recesión.
¿Lo único? ¿No sostuvo la administración
Clinton una feroz batalla en el Congreso para rechazar una enmienda
a un presupuesto equilibrado? ¿Y no fue su principal argumento
que para hacer frente a la recesión era preciso un pequeño
déficit? Esto es lo que la mayoría de los economistas,
yo entre ellos, hemos estado enseñando en las universidades
durante 60 años. Con franqueza, si a la pregunta de “¿qué
política fiscal debería aplicar Tailandia en caso
de recesión?” un alumno diera la respuesta del FMI,
suspendería. Cuando la crisis se extendió a Indonesia
me preocupé más seriamente. Los últimos informes
del Banco Mundial ponían de manifiesto que la recesión
en un país tan dividido étnicamente podía
hacer estallar un grave conflicto social y político. De
este modo, a finales de 1997, en una reunión de Ministros
de Hacienda con gobernadores de bancos centrales en Kuala Lumpur,
hice una declaración cuidadosamente preparada y respaldada
por el Banco Mundial. Sugerí que una política monetaria
y fiscal demasiado restrictiva podría provocar disturbios
en Indonesia. El Fondo siguió en sus trece. El director,
Michael Camdessus repitió lo que ya había dicho
en público: que Asia tenía que aguantar el chaparrón,
como antes lo había hecho Méjico. Y siguió
diciendo que, a pesar del sufrimiento a corto plazo, Méjico
había salido fortalecido de la experiencia. Pero el ejemplo
era absurdo. Méjico no se había recuperado gracias
a que el FMI le obligara a reforzar su débil sistema financiero,
que siguió siéndolo tras la crisis, sino gracias
las exportaciones hacia los Estados Unidos, favorecidas por el
boom económico de éste último país
y el NAFTA. Por el contrario, el principal socio comercial de
Indonesia, Japón, se hallaba y sigue hallándose
atravesando graves dificultades. Además, la situación
sociopolítica de Indonesia era mucho más explosiva
que la de Méjico, con una historia de luchas étnicas
mucho más larga. Y la vuelta de los disturbios provocaría
la huida masiva de capitales (favorecida por las imposiciones
del FMI). Pero no se tuvo en cuenta ninguno de estos argumentos.
El FMI siguió presionando para que el Gobierno redujera
el gasto público. De esta manera, se suprimieron los subsidios
de productos tan importantes como la comida o el carburante, precisamente
en el momento en el que los subsidios eran más necesarios
que nunca. En enero de 1998 las cosas iban tan mal que el vicepresidente
del Banco Mundial para Asia, Jean Michel Severino pronunció
las temibles palabras que empiezan por “r” y “d”
(recesión y depresión) para describir el desastre
económico de Asia. Lawrence Summers, por entonces Vicesecretario
del Tesoro, cargó contra él por alarmista. Pero
¿de qué otra forma podía describirse la situación?
La producción de algunos países había caído
en un 16% o incluso más. La mitad de las empresas de Indonesia
estaban prácticamente en quiebra y, por ello, no había
forma de aprovechar las oportunidades para exportar que ofrecían
los bajos tipos de cambio. El paro se multiplicó por diez
y el salario real se vino abajo en países que carecían
de una red de seguridad suficiente. El FMI no sólo no conseguía
recuperar la confianza en Asia, sino que estaba destrozando el
tejido social de la región. Y entonces, durante la primavera
y el verano de 1998, la crisis se extendió al país
más explosivo de todos: Rusia. El desastre de Rusia fue
similar al de Asia, y lo fue en buena medida gracias, una vez
más, a la intervención del FMI y del Tesoro. Pero
en Rusia los errores se estaban cometiendo desde hacía
ya tiempo. Tras la caída del muro habían surgido
dos escuelas según la forma de entender la transición
a la economía de mercado. Una de ellas, a la que yo pertenecí,
se componía de expertos en la región y premios Nobel
como Kenneth Arrow, entre otros. Destacaba la importancia de la
infraestructura institucional de una economía de mercado,
desde las estructuras legales en las que se basan los contratos
a las estructuras regulativas que hacen sostenible un sistema
financiero. Arrow y yo habíamos formado parte de un grupo
de la Academia Nacional de Ciencias que diez años antes
había discutido con los chinos sobre su propia transición.
Destacamos lo importante que era fomentar la competencia y no
sólo privatizar las industrias estatales, al tiempo que
debería favorecerse una transición gradual a la
economía de mercado (si bien reconocíamos que había
que aplicar algunas medidas de choque para combatir la hiperinflación).
La otra estaba compuesta fundamentalmente por macroeconomistas
que tenían una fe absoluta en el mercado y un desprecio
total por las condiciones que hacen que el mercado funcione adecuadamente.
Por lo general, desconocían la historia y las particularidades
de la economía rusa, considerando además que no
les hacía ninguna falta. Suponían que su doctrina
económica era universal y que, por lo tanto, las instituciones,
la historia o la distribución de la renta no tenían
ninguna importancia. Los buenos economistas conocen las verdades
universales y pueden trascender los hechos que dificultan su visión.
Y la verdad universal es que lo que los países en transición
a una economía de mercado necesitan una terapia de choque:
cuanto más jarabe de palo, antes se recupera el paciente.
Por desgracia para Rusia, esta última escuela se llevó
el gato al agua en el Departamento del Tesoro y el FMI.
Para
ser más precisos, ninguna de estas dos instituciones permitió
que se abriera un debate entre ambas corrientes, y se limitaron
a dejar al margen a quienes no comulgaban con la corriente privilegiada.
Por ejemplo, en el Consejo de Asesores Económicos había
un economista muy brillante, Peter Orszag, que había asesorado
al Gobierno ruso y había trabajado junto con muchos de
los jóvenes economistas que ahora estaban empezando a ocupar
cargos de relevancia en Rusia. Era el tipo de persona que el Tesoro
y el Fondo necesitaban pero, tal vez por que sabía demasiado,
nunca le consultaron. Ya sabemos lo que ocurrió a continuación.
En las elecciones de diciembre de 1993 los votantes dieron a los
reformistas un duro revés del que todavía no se
han recuperado. Strobe Talbott, encargado entonces de los aspectos
no económicos de la política rusa, admitió
que se había producido “mucho choque y poca terapia”.
Todo aquel choque no había servido para que Rusia entrara
en una auténtica economía de mercado. La rápida
privatización que el Tesoro y el FMI habían impuesto
a Moscú permitió que un pequeño grupo de
oligarcas se quedara con el Estado. Al no conceder suficiente
importancia a la infraestructura institucional que habría
hecho florecer al mercado, y al facilitar el flujo de capitales
hacia dentro y fuera de Rusia, FMI y Tesoro crearon terreno abonado
para los oligarcas. Mientras que el Gobierno no tenía dinero
para pagar pensiones, los oligarcas vendían los recursos
del país y enviaban el dinero a cuentas bancarias en Suiza
o Chipre. Los Estados Unidos están implicados en estos
lamentables sucesos. A mediados de 1998, Summers, que sería
nombrado enseguida sucesor de Robert Rubin al frente del Tesoro,
se dedicó a comparecer públicamente con Anatoli
Chubáis, arquitecto de la privatización rusa. De
este modo, los Estados Unidos parecían ponerse de parte
de quienes estaban arruinando al pueblo ruso. No es de extrañar
que el antiamericanismo se extendiera como un reguero de pólvora.
Al principio, a pesar de las declaraciones de Talbott, los auténticos
creyentes del Fondo y el Tesoro siguieron insistiendo en que el
problema no era cuestión de mucha terapia, sino de poco
choque. Pero durante los 90 la economía rusa siguió
hundiéndose y la producción se redujo a la mitad.
Mientras que sólo un 2% de la población vivía
bajo el umbral de pobreza al final del periodo soviético,
las “reformas” elevaron la cifra al 50%, afectando
a más de la mitad de la población infantil. Hasta
hace poco el FMI y el Tesoro no han querido reconocer que se había
subestimado la terapia, si bien insisten en que lo han venido
haciendo desde hace tiempo.
Hoy
Rusia se encuentra en un estado lamentable. Los altos precios
del petróleo y la resistencia a devaluar el rublo han ayudado
a sacar la cabeza del agua, pero el nivel de vida es muy inferior
al que había al comienzo de la transición. Todo
el país es una pura injusticia y la mayoría de los
rusos, por amarga experiencia, ha perdido la confianza en el mercado
libre.. Si los precios del crudo cayeran, hasta los mínimos
progresos que se han hecho se vendrían abajo. Asia se encuentra
en una situación mucho mejor, aunque sigue convaleciente.
El 40% de los préstamos a Tailandia siguen sin funcionar.
Indonesia sigue sumida en la recesión. El paro se mantiene
mucho más alto que al comenzar la crisis, incluso en el
país al que mejor le va: Corea. Los impulsores del FMI
sostienen que el fin de la recesión es la prueba de la
eficacia de las políticas de la agencia. Palabrerías:
todas las recesiones terminan antes o después. Lo que el
FMI ha hecho ha sido profundizar, prolongar y endurecer la recesión
asiática. De hecho, Tailandia, que ha sido el país
que ha seguido las indicaciones del FMI con mayor rigor, ha tenido
peores resultados que Malasia o Corea, quienes han seguido trayectorias
más independientes. Se me ha preguntado muchas veces cómo
era posible que personas inteligentes, e incluso brillantes, hayan
creado políticas tan negativas. Una de las razones es que,
a pesar de ser inteligentes, su economía no lo era. Una
y otra vez me desesperaba ver hasta qué punto estaban fuera
de tiempo y lugar los modelos económicos que se utilizaban
en Washington. Por ejemplo, fenómenos microeconómicos
como la quiebra o el temor a la suspensión de pagos han
sido esenciales en la crisis asiática. Pero los modelos
macroeconómicos empleados no tenían raíces
microeconómicas, por lo que no tenían en cuenta
la quiebra. Pero la mala economía no ha sido sino el síntoma
del auténtico problema: el secretismo. Es más probable
que las personas inteligentes cometan estupideces cuando se aíslan
de las críticas y los consejos exteriores. Si algo he aprendido
en el Gobierno es que la apertura es fundamental en aquellos ámbitos
en los que el asesoramiento especializado es más necesario.
Si el FMI y el Tesoro hubieran abierto el debate, su locura se
habría hecho más evidente y mucho antes. Las críticas
procedentes de la derecha, como las de Martin Feldstein, Presidente
del Consejo de Asesores Económicos de Reagan, y George
Schultz, Secretario de Estado de Reagan, se unieron a las de Jeff
Sachs, Paul Krugman y las mías. Pero sirvieron de muy poco
porque el FMI pretendía que sus políticas eran irreprochables,
a falta de una estructura institucional que lo hubiera permitido.
Otras críticas más preocupantes que se produjeron
incluso a nivel interno, sobre todo las que reclamaban una mayor
transparencia, fueron totalmente acalladas. El Departamento del
Tesoro es tan arrogante en sus análisis económicos
que suele mantener un control férreo incluso sobre la opinión
del Presidente. Un debate abierto habría permitido que
afloraran cuestiones a las que la prensa norteamericana no presta
aún suficiente atención: ¿hasta qué
punto el FMI y el Tesoro han impuesto políticas que han
contribuido a incrementar la inestabilidad económica global?
(El Tesoro impuso la liberalización en Corea en 1993 frente
a la oposición del Consejo de Asesores Económicos.
El Tesoro ganó la batalla interna en la Casa Blanca, pero
Corea y el mundo han pagado un precio muy alto) ¿Las duras
críticas del FMI a Asia fueron una forma de eludir su propia
responsabilidad? Más importante aún ¿América
(y el FMI) impusieron esas políticas porque pensaban que
beneficiarían a Asia o porque beneficiaban a los Estados
Unidos y a los países desarrollados? Si se pensaba que
nuestras políticas estaban sirviendo de ayuda a Asia ¿dónde
estaban las pruebas? Como participante en el debate, tuve que
ver las pruebas, pero no vi ninguna. Desde el fin de la guerra
fría se ha dado un poder inmenso a los encargados de difundir
las bienaventuranzas del mercado por todos los rincones del mundo.
Se trata de economistas, burócratas y funcionarios que
actúan en nombre de los Estados Unidos y los demás
países industrializados, y que hablan un lenguaje que la
mayoría de los ciudadanos no entiende y que la mayoría
de los políticos no se molesta en traducir. La política
económica es hoy en día tal vez la principal fuente
de la interacción de los Estados Unidos con el resto del
mundo. Y sin embargo, la cultura de la política económica
internacional de la democracia más poderosa del mundo,
no es democrática. Esto es lo que los manifestantes intentarán
decir ante el FMI la semana que viene. Desde luego que las calles
no son el mejor sitio para discutir sobre asuntos tan complejos.
Algunos manifestantes están tan poco interesados en el
debate como los propios funcionarios del Fondo. Y no todas las
afirmaciones de los manifestantes serán ciertas. Pero si
las personas a las que les confiamos la gestión de la economía
global (el FMI y el Departamento del Tesoro) no abren un diálogo
y aceptan las críticas, las cosas seguirán yendo
muy, muy mal. Yo ya lo he visto.