El Cuatrienio de Gaviria
“La Norma es la Falta de Normas”
"Con el advenimiento del cesarismo
del 'revolcón', Colombia concluyó sumida en las
tinieblas de la incertidumbre. Nadie sabe a qué atenerse;
cualquier disposición por dañina que fuere, no asegura
nada, ni siquiera su continuidad. La norma es la falta de normas.
Los industriales, los agricultores, los comerciantes y hasta los
contribuyentes denuncian que poco les vale acatar o disentir,
pues más se demoran en someter con humildad sus actividades
a los dictámenes de las élites burocráticas
que en verlas interferidas de nuevo por los cambios de criterio
de éstas; la mejor forma de endurecer la dictadura burguesa
de los vendepatria.
"En los albores de la reforma
constitucional aparecieron las prácticas amañadas
que vendrían después, ese nebuloso reino de los
'mecanismos', la interinidad de las regulaciones, el reemplazo
de las reglas por los acuerdos pasajeros. Respecto a la enmienda,
Barco elaboró cuatro o cinco provectos a través
de sendos conciliábulos, llevó un texto a las cámaras
que lo aprobaron en dos legislaturas tras largas discusiones y,
con el pretexto de haberse previsto un referendo encaminado a
dirimir el asunto de la extradición, lo retiró abruptamente.
En otras palabras, al parlamento le estaba vedada cualquier iniciativa.
Más tarde Gaviria, apuntando hacia la conciliación
con los señores de la droga, la prohibió de un plumazo
por medio de sus decretos y de su constituyente. A él mismo
lo nominaron con una simple e inexplicable misiva de un hijo de
Luis Carlos Galán, que fuera leída en los funerales
de éste.
"En las justas del 11 de marzo
de 1990, se le permitió a una comparsa de estudiantes aleccionados,
en su mayoría pertenecientes a las universidades más
aristocráticas y confesionales de Bogotá, depositar
la 'séptima papeleta' con lo cual principió a dársele
un barniz de cosa limpia a la Asamblea del Hotel Tequendama. El
registrador admitió que la intentona no tenía fundamento
ni podría ser escrutada; sin embargo, agregó, naturalmente,
que la maniobra no invalidaba los escrutinios. Los diarios de
los grandes rotativos se encargarían de efectuar el recuento,
asignándole las cifras que se les antojaran. Y para la
confrontación presidencial del 27 de mayo el primer magistrado
decretó la consulta sobre el engendro que venía
cocinándose. La Corte Suprema de Justicia lo bendijo tres
días antes, el 24, sin importarle que trasgredía
el artículo 218 de la Ley de leyes y por ende la cláusula
13 del plebiscito de 1957. Resultaba claro que el país
dejaría de regirse por los preceptos de la normatividad.
"Puesto en el solio el favorito
de Virgilio Barco y expedido el decreto 1926 del 24 de agosto
de 1990, las autoridades instalarían las mesas de votación
del 9 de diciembre, en donde se perfilaron los contornos de la
corparación propuesta, sus componentes, sus limitaciones.
Los esquemas surgieron de la componendas entre Gaviria, Gómez
Hurtado y los amnistiados del caserío de Santo Domingo,
un extraño maridaje en el que éstos, los activistas
del M-1 9, se dedicaron a las labores de zapa y al embellecimiento
de los pérfidos atentados contra el pueblo colombiano,
sin omitir los pasos emprendidos por Washington hacia la plena
colonización económica de América Latina,
el objetivo primordial de las transformaciones jurídicas
del Continente. La medida, brotada de las despóticas competencias
del estado de sitio, como la consulta de mayo, e igualmente refrendada
por el máximo tribunal, era de por sí un veto al
Congreso, debido a que le quitaba de un tajo su preponderancia
de enmendar la Constitución, y un golpe aleve contra los
electores que sólo cinco meses atrás lo habían
designado con cerca de ocho millones de sufragios. A los parlamentarios
se les obligaba a renunciar a su investidura si resolvían
candidatizarse para la constituyente, a tiempo que se les tranquilizaba
con la hipócrita promesa de que su período sería
respetado sin cortapisa alguna. Y de remate, la extraordinaria
Asamblea de 1991, antes de salir del escenario, en un postrer
desplante clausuró el órgano legislativo, extrayendo
de su seno un 'congresito' y mofándose del propio decreto
al que le debía su existencia. De nada les valió
a los padres de la patria que hubieran sancionado cuanta proposición
les presentara el Ejecutivo. Votaron a favor del presidente y
éste los botó. (...) Y Gaviria quedó a la
vez investido de la potestad de invertir discrecionalmente los
trámites, o las consabidas políticas del Estado,
aun las emanadas del círculo de sus íntimos".