La Insurrección Bolchevique
de 1905 - Parte I.
Historia del Partido
Comunista (Bolchevique) de la U.R.S.S.
Capítulo III
LOS MENCHEVIQUES Y LOS BOLCHEVIQUES
EN EL PERIODO DE LA GUERRA RUSO-JAPONESA Y DE LA PRIMERA REVOLUCION
RUSA (1904-1907)
1. La Guerra ruso-japonesa. - El movimiento
revolucionario de Rusia sigue su marcha ascendente. - Huelgas
en Petersburgo. - Manifestación de los obreros ante el
Palacio de Invierno, el 9 de enero de 1905. - Las tropas hacen
fuego contra los manifestantes. -Comienza la Revolución.
A fines del siglo XIX, los Estados imperialistas
comenzaron a luchar enérgicamente por el predominio en
el Océano Pacífico y por el reparto de China. En
esta lucha tomaba parte también la Rusia zarista. En 1900,
las tropas zaristas, en unión de las tropas japonesas,
alemanas, inglesas y francesas, reprimieron con indecible crueldad
una insurrección popular que había estallado en
China y que iba dirigida contra los imperialistas extranjeros.
Con anterioridad a esto, el gobierno zarista había obligado
a China a entregar a Rusia la península de Liao-tung, con
la fortaleza de Port-Arthur. Rusia arrancó, además,
el derecho a construir ferrocarriles en territorio chino y tendió,
en el norte de Manchuria, una línea férrea: el ferrocarril
de la China Oriental, enviando tropas rusas para defenderlo. La
Manchuria del norte fue ocupada militarmente por la Rusia zarista.
El zarismo iba acercándose cautelosamente a Corea. La burguesía
rusa maquinaba planes encaminados a crear una "Rusia amarilla"
en Manchuria.
En sus anexiones en el Extremo Oriente,
el zarismo chocó con otra ave de rapiña, el Japón,
que se había convertido rápidamente en un país
imperialista y que aspiraba también a clavar su garra en
el continente asiático, extendiendo sus dominios, sobre
todo, a costa de China. El Japón ambicionaba también,
como la Rusia zarista, adueñarse de Corea y de Manchuria.
Soñaba, además, ya por aquel entonces, con apoderarse
de la isla de Sajalín y del Extremo Oriente. Inglaterra,
que no veía con buenos ojos el afianzamiento de la Rusia
zarista en el Extremo Oriente, se inclinaba secretamente del lado
del Japón. Se estaba gestando la guerra ruso-japonesa.
El gobierno zarista veíase empujado a ella por la gran
burguesía, ávida de nuevos mercados, y por las capas
más reaccionarias de los terratenientes.
Sin aguardar a que el gobierno zarista
declarase la guerra, el Japón se lanzó a ella. Por
los informes del excelente servicio de espionaje que tenía
montado en Rusia, calculaba que habría de enfrentarse con
un adversario poco preparado. En enero de 1904, sin declaración
previa de guerra, el Japón atacó inesperadamente
la fortaleza rusa de Port-Arthur, infligiendo duras pérdidas
a la flota rusa, que guarnecía este puerto.
Así comenzó la guerra
ruso-japonesa.
El gobierno zarista especulaba con la
idea de que la guerra la ayudaría a afianzar su situación
política y a contener la revolución. Pero sus cálculos
resultaron fallidos; la guerra sacudió todavía más
los cimientos del zarismo.
El ejército ruso, mal armado
y mal instruído, dirigido por generales incapaces y corrompidos,
comenzó a sufrir una derrota tras otra.
La guerra servía para enriquecer
a los capitalistas, a los altos funcionarios y a los generales.
El latrocinio florecía de un modo exuberante. Las tropas
tenían pocas municiones. Justamente cuando no había
bastante cartuchos, se enviaban al frente, como por burla, vagones
enteros cargados de iconos. "Los japoneses nos tiran balas,
nosotros les atacamos con iconos", decían amargamente
los soldados. En vez de evacuar a los heridos, los trenes especiales
transportaban a la retaguardia los objetos robados por los generales
zaristas.
Los japoneses cercaron y luego tomaron
la fortaleza de Port-Arthur. Después de infligir una serie
de derrotas al ejército zarista, lo deshicieron cerca de
Mukden. El ejército zarista, que constaba de 300.000 hombres,
tuvo, en este descalabro, cerca de 120.000 bajas, entre muertos,
heridos y prisioneros. Poco tiempo después sobrevino la
derrota total y el hundimiento en el estrecho de Tsu-sima de la
escuadra rusa que había sido enviada desde el Mar Báltico
en socorro de Port-Arthur sitiado. El desastre de Tsu-sima representaba
una catástrofe completa: de los veintidós barcos
de guerra, enviados por el zar, fueron echados a pique y destruidos
trece, y cuatro cayeron en poder del enemigo. La guerra estaba
definitivamente perdida para la Rusia zarista.
El gobierno del zar vióse obligado
a concertar una paz ignominiosa con el Japón. Este se anexionó
la Corea y despojó a Rusia de Port-Arthur y de la mitad
de la isla de Sajalín.
Las masas populares no querían
aquella guerra, y se daban cuenta del daño que había
de causar a Rusia. El pueblo pagaba muy caro el atraso de la Rusia
zarista.
Bolcheviques y mencheviques adoptaron
una actitud distinta ante esta guerra.
Los mencheviques, incluyendo a Trotski,
descendieron a las posiciones del defensismo, es decir, abrazaron
la defensa de la "patria" del zar, de los terratenientes
y de los capitalistas.
En cambio, los bolcheviques encabezados
por Lenin entendían que la derrota del gobierno zarista
en aquella guerra de rapiña sería beneficiosa, pues
conduciría al quebrantamiento del zarismo y al fortalecimiento
de la revolución.
Las derrotas de las tropas zaristas
pusieron al desnudo ante las más extensas masas del pueblo
toda la podredumbre del zarismo. El odio contra el régimen
zarista, entre las masas populares, era cada día mayor.
La caída de Port-Arthur marca el comienzo de la caída
de la autocracia, escribió Lenin.
El zar había querido estrangular
la revolución con la guerra. Pero consiguió lo contrario.
Lo que hizo la guerra ruso-japonesa fue acelerar la revolución.
En la Rusia zarista, la opresión
capitalista se reforzaba con la opresión del zarismo. Los
obreros no eran víctimas solamente de la explotación
capitalista, de los trabajos forzados al servicio del capital,
sino también de la privación de derechos que pesaba
sobre todo el pueblo. Por eso, los obreros conscientes aspiraban
a ponerse al frente del movimiento revolucionario de todos los
elementos democráticos de la ciudad y del campo contra
el zarismo. Los campesinos vivían asfixiados por la falta
de tierra y por las numerosas supervivencias del feudalismo; en
ellos se clavaban las garras del terrateniente y del kulak. Las
nacionalidades que poblaban la Rusia zarista gemían bajo
un doble yugo: el de sus propio terratenientes y capitalistas
y el de los terratenientes y capitalistas rusos. La crisis económica
de 1900 a 1903 había acentuado las calamidades de las masas
trabajadoras, y la guerra vino a agudizarlas todavía más.
Las derrotas sufridas en la guerra recrudecían el odio
de las masas contra el zarismo. La paciencia del pueblo se iba
agotando.
Como se ve, había causas más
que suficientes para la revolución.
En diciembre de 1904, estalló
una gran huelga de los obreros de Bakú, muy bien organizada
y mantenida bajo la dirección del Comité Bolchevique
de aquella ciudad. Esta huelga terminó con un triunfo de
los obreros, gracias al cual se concertó entre éstos
y los patronos de la industria petrolera el primer contrato colectivo
de trabajo que registra la historia del movimiento obrero ruso.
La huelga de Bakú fue el comienzo
del auge revolucionario en Transcaucasia y en una serie de regiones
de Rusia.
"La huelga de Bakú -dice
Stalin- fue la señal para las gloriosas acciones de enero
y febrero en toda Rusia".
Esta huelga fue, en vísperas
de la gran tempestad revolucionaria, como el rayo que precede
a la tormenta.
Desencadenaron la tempestad revolucionaria
los acontecimiento del 9 (22) de enero de 1905 en Petersburgo.
El 3 de enero de 1905 había estallado
una huelga en la fábrica más importante de la capital,
la fábrica Putilov (hoy "Kirov"). Esta huelga
tuvo su origen en el despido de cuatro obreros. El movimiento
huelguístico creció rápidamente, sumándose
a él otras fábricas y empresas de Petersburgo. Pronto
se convirtió en huelga general. El gobierno zarista decidió
aplastar en sus mismos comienzos el movimiento, que se desarrollaba
de un modo alarmante.
Ya en 1904, antes de la huelga de la
fábrica Putilov, la policía había creado
entre los obreros, con ayuda de un confidente, el cura Gapón,
una organización titulada "Asociación de los
obreros fabriles rusos". Esta organización tenía
secciones en todos los distritos de Petersburgo. Al estallar la
huelga, el cura Gapón propuso en las asambleas de esta
sociedad un plan de provocación: el 9 de enero, todos los
obreros se congregarían, para acudir en procesión
pacífica, ante el Palacio de Invierno, con estandartes
y retratos del zar, con objeto de entregar a éste una petición
en la que se expondrían sus necesidades. El zar saldría
a recibir al pueblo, y escucharía y satisfacería
sus peticiones. Gapón se prestó a servir de instrumento
a las maniobras de la "ojrana" zarista: tratábase
de hacer un escarmiento con los obreros y ahogar en sangre el
movimiento proletario. Pero el plan policíaco se volvió
contra el gobierno del zar.
La petición fue discutida en
las asambleas de obreros, introduciéndose en ella algunas
enmiendas y modificaciones. En estas asambleas intervinieron también
los bolcheviques, aunque sin presentarse abiertamente como tales.
Fueron ellos quienes consiguieron que se añadiese a la
petición las reivindicaciones siguientes: libertad de prensa
y de palabra, libertad de asociación para los obreros,
convocatoria de una Asamblea Constituyente para cambiar la forma
de gobierno de Rusia, igualdad de todos ante la ley, separación
de la Iglesia y el Estado, terminación de la guerra, implantación
de la jornada de ocho horas y entrega de la tierra a los campesinos.
En sus intervenciones ante estas asambleas,
los bolcheviques hacían ver a los obreros que la libertad
no se conseguiría con súplicas al zar, sino que
había que conquistarla con las armas en la mano. Les previnieron
de que se haría fuego contra los obreros. Pero no lograron
evitar la manifestación ante el Palacio de Invierno. Una
parte considerable de los obreros creía aún que
el zar les ayudaría. El movimiento se había apoderado
de las masas con una fuerza enorme.
En la petición de los obreros
petersburgueses se decía:
"Nosotros, obreros de Petersburgo,
acudimos a ti, Señor, con nuestras mujeres, nuestros niños
y nuestros padres ancianos e inválidos, a implorar de ti
la verdad y tu ayuda. Vivimos en la miseria, nos oprimen, nos
abruman con un trabajo agobiador, se mofan de nosotros, no nos
tratan como a hombres... Lo hemos sufrido todo con paciencia,
pero nos empujan cada vez más al borde de la miseria, de
la esclavitud y de la ignorancia; el despotismo y la tiranía
nos ahogan... Nuestra paciencia se ha agotado. Hemos llegado a
ese momento terrible en que se prefiere morir a seguir soportando
unos tormentos irresistibles..."
En las primeras horas de la mañana
del 9 de enero de 1905, los obreros marcharon en procesión
hacia el Palacio de Invierno, donde tenía su residencia
el zar. Iban acompañados de sus familias, mujeres, niños
y ancianos, y desfilaban con retratos del zar y estandartes de
cofradías, entonando canciones religiosas, y sin armas.
En total, se reunieron en las calles de Petersburgo, aquel día,
más de 140.000 hombres.
Nicolás II les recibió
con maneras muy poco corteses. Dio orden de disparar sobre los
obreros inermes. Más de mil obreros cayeron muertos ante
los fusiles de las tropas zaristas y más de dos mil resultaron
heridos. Las calles de Petersburgo quedaron empapadas de sangre
proletaria.
Los bolcheviques desfilaron con los
obreros. Muchos de ellos cayeron muertos o fueron detenidos. Allí
mismo, sobre las calles bañadas en sangre proletaria, explicaron
a las masas quiénes eran los responsables de aquella matanza
espantosa y cómo había que luchar contra ellos.
El 9 de enero comenzó a llamarse
"Domingo sangriento". Fue una enseñanza sangrienta
la que los obreros recibieron en este día. El 9 de enero
murió fusilada la fe de los obreros en el zar. Comprendieron
que sólo luchando podían conquistar sus derechos.
Al anochecer de aquel día, en las barriadas obreras se
comenzaron a levantar ya las primeras barricadas. "Ya que
el zar nos ha recibido a tiros, ¡le pagaremos en la misma
moneda!", decían los obreros de Petersburgo.
La horrible noticia del crimen sangriento
del zar corrió como un reguero de pólvora por toda
Rusia. La ira y la indignación se apoderaron de toda la
clase obrera, de todo el país. No hubo ciudad donde los
obreros no se declarasen en huelga en señal de protesta
contra el crimen del zar y donde no formulasen reivindicaciones
políticas. Ahora, los obreros se echaban a la calle con
al consigna de "¡Abajo la autocracia!". En el
mes de enero, el volumen de huelguistas alcanzó la enorme
cifra de 440.000. En un solo mes, se pusieron en huelga más
obreros que en los diez años anteriores juntos. El movimiento
obrero se elevó a una altura formidable.
En Rusia había comenzado la revolución.
2. Huelgas políticas y manifestaciones
obreras. - Se intensifica el movimiento revolucionario de los
campesinos. - La sublevación del acorazado "Potemkin".
A partir del 9 de enero, la lucha revolucionaria
de los obreros tomó un carácter más agudo
y más político. De las huelgas económicas
y de solidaridad, los obreros pasaron a las huelgas políticas,
a las manifestaciones y, en algunos sitios, a la resistencia armada
contra las tropas zaristas. En Petersburgo, Moscú, Varsovia,
Riga, Bakú y en otras grandes ciudades, donde se concentraban
masas considerables de obreros, las huelgas revestían un
carácter más tenaz y más organizado. A la
cabeza del proletariado en lucha marchaban los obreros metalúrgicos.
Con sus huelgas, los destacamentos obreros de vanguardia arrastraban
a las capas obreras menos conscientes y lanzaban a la lucha a
toda la clase obrera. La influencia de la socialdemocracia crecía
rápidamente.
Las manifestaciones del Primero de Mayo
dieron origen, en diversos sitios, a choques con la policía
y las tropas. En Varsovia, los manifestantes fueron recibidos
a tiros y hubo varios cientos de muertos y heridos. Los obreros
de Varsovia respondieron al llamamiento de la socialdemocracia
polaca, contestaron a la matanza con una huelga general de protesta.
Durante todo el mes de mayo no cesaron las huelgas y las manifestaciones.
En las huelgas de mayo tomaron parte, en Rusia, más de
200.000 obreros. La huelga general se extendió a los obreros
de Bakú, Lodz e Ivánovo-Vosnesensk. Cada vez eran
más frecuentes los choques entre los obreros huelguistas
y las tropas del zar. Choques de éstos se produjeron en
una serie de ciudades, como Odesa, Varsovia, Riga, Lodz, etc.
En el gran centro industrial de Polonia,
Lodz, la lucha asumió un carácter especialmente
agudo. Los obreros de Lodz llenaron las calles de esta ciudad
de barricadas, en las que lucharon contra las tropas zaristas
durante tres días (del 22 al 24 de junio de 1905). Aquí,
la acción armada se fundió con la huelga general.
Lenin consideraba estos combates como la primera acción
armada de los obreros en Rusia.
Entre las huelgas producidas durante
el verano, se destacó principalmente la de los obreros
de Ivánovo-Vosnesensk. Esta huelga duró desde fines
de mayo hasta comienzos de agosto de 1905, o sea cerca de dos
meses y medio. Tomaron parte en ella unos 70.000 obreros, entre
los que figuraban muchas mujeres. Dirigió esta huelga el
Comité bolchevique de la región Norte. En los arrabales
de la ciudad, a orillas del río Talka, se reunían
casi diariamente miles de obreros. En estas asambleas discutían
sus problemas y necesidades. En ellas hacían uso de la
palabra los bolcheviques. Para aplastar la huelga, las autoridades
zaristas ordenaron a las tropas disolver a los obreros, haciendo
fuego contra ellos. Cayeron muertas varias decenas de obreros,
y hubo cientos de heridos. Fue proclamado el estado de guerra
en la ciudad de Ivánovo. Pero los obreros se mantenían
firmes, sin reanudar el trabajo. Pasaban hambre con sus familias,
pero no cedían. Sólo el agotamiento más extremo
les obligó a entrar de nuevo a trabajar. Esta huelga templó
a los obreros. Reveló ejemplos maravillosos de valentía,
de firmeza, de abnegación y de solidaridad por parte de
la clase obrera. Sirvió de verdadera escuela de educación
política para los obreros de Ivánovo-Vosnesensk.
Durante esta huelga, los obreros de
Ivánovo crearon un Soviet de delegados que fue, de hecho,
uno de los primeros Soviets de diputados obreros de Rusia.
Las huelgas políticas pusieron
en pie a todo el país.
Tras de la ciudad, comenzó a
levantarse el campo. Los campesinos comenzaron a agitarse en la
primavera de 1905. Marchaban en grandes muchedumbres contra los
terratenientes, destruyendo sus posesiones, sus fábricas
de azúcar y sus destilerías, pegando fuego a sus
palacios y casas señoriales. En una serie de comarcas,
los campesinos se apoderaron de las tierras de los terratenientes,
procedieron a la tala en masa de los bosques y exigieron que les
fuesen adjudicadas las tierras señoriales. Los campesinos
confiscaron el trigo y otros productos almacenados por los terratenientes
y los repartieron entre los hambrientos. Los terratenientes, aterrados,
huían a la ciudad. El gobierno zarista envió a los
soldados y a los cosacos para ahogar las insurrecciones campesinas.
Las tropas disparaban contra los campesinos, detenían,
apaleaban y torturaban a sus "instigadores". Pero los
campesinos no cejaban en su lucha.
El movimiento campesino comenzó
a extenderse por todo el centro de Rusia, por la región
del Volga y por Transcaucasia, principalmente en Georgia.
Los socialdemócratas iban penetrando
cada vez más en el campo. El Comité Central del
Partido lanzó una proclama encabezada así: "¡Campesinos,
escuchad nuestra palabra!". Dirigieron hojas a los campesinos
los Comités socialdemócratas de Tver, Saratov, Poltava,
Chernígov, Ekaterinoslav, Tiflis y muchas otras provincias.
Los socialdemócratas organizaban en las aldeas mítines
y círculos políticos, y creaban Comités de
campesinos. En el verano de 1905, estallaron en una serie de comarcas
huelgas de obreros agrícolas, organizadas por los socialdemócratas.
Pero esto no era más que el comienzo
de la lucha en el campo. El movimiento campesino sólo había
prendido en 85 distritos, lo que representaba la séptima
parte, aproximadamente, de los distritos de la Rusia europea zarista.
El movimiento obrero y campesino, unido
a la serie de derrotas de las tropas rusas en la guerra ruso-japonesa,
repercutió sobre el ejército. Este baluarte del
zarismo comenzó a tambalearse.
En junio de 1905 estalló una
sublevación en la escuadra del Mar Negro, a bordo del acorazado
"Potemkin". Por aquellos días, el "Potemkin"
estaba fondeado no lejos de Odesa, donde los obreros habían
declarado la huelga general. Los marinos sublevados ajustaron
las cuentas a los oficiales más odiados por ellos y pusieron
rumbo a Odesa. El "Potemkin" se pasó al campo
de la revolución.
Lenin atribuía a esta sublevación
una importancia muy grande. Reputaba necesario que los bolcheviques
dirigiesen este movimiento y lo enlazasen al movimiento de los
obreros, de los campesinos y de las guarniciones locales.
El zar envió contra el "Potemkin"
varios barcos de guerra, pero la tripulación de estos buques
se negó a disparar contra sus camaradas sublevados. Durante
varios días ondeó en el acorazado "Potemkin"
la bandera roja de la revolución. Pero en aquellos tiempos,
en 1905, el Partido bolchevique no era aún el partido único
que dirigía el movimiento, como más tarde, en 1917.
En el "Potemkin" había no pocos mencheviques,
socialrevolucionarios y anarquistas. Por eso, aunque en la sublevación
tomaron parte algunos socialdemócratas, los sublevados
no tuvieron una dirección certera y suficientemente experta.
Una parte de los marinos vacilaba en los momentos decisivos. Los
demás buques de la escuadra del Mar Negro no se unieron
a la sublevación. Falto de carbón y de provisiones,
el acorazado revolucionario vióse obligado a retirarse
hacia las costas de Rumania y entregarse a las autoridades de
ese país.
La insurrección de los marinos
del "Potemkin" terminó con una derrota. Los marinos
sublevados, que cayeron más tarde en manos del gobierno
zarista, fueron entregados a los tribunales. Algunos de ellos
fueron ejecutados y otros enviados a presidio. Pero el solo hecho
de la sublevación tuvo una importancia extraordinaria.
La insurrección del "Potemkin" fue la primera
acción revolucionaria de masas que se produjo en el ejército
y en la flota, la primera gran unidad de tropas zaristas que se
pasó al lado de la revolución. Esta sublevación
hizo que los obreros, los campesinos y, sobre todo, las propias
masas de soldados y marinos viesen más clara y más
cercana la idea del paso del ejército y la marina al lado
de la clase obrera, al lado del pueblo.
El paso de los obreros a las huelgas
políticas y a las manifestaciones de masas, el recrudecimiento
del movimiento campesino, los choques armados del pueblo con la
policía y las tropas y, finalmente, la sublevación
en la escuadra del Mar Negro: todo indicaba que estaban madurando
las condiciones para la insurrección armada del pueblo.
Esto obligó a la burguesía liberal a ponerse en
pie enérgicamente. Alarmada ante la revolución,
pero al mismo tiempo asustando al zar con ella, pretendió
llegar a un acuerdo con él contra la revolución
y planteó la necesidad de decretar algunas pequeñas
reformas "en favor del pueblo" para "aplacar"
a éste, sembrar la discordia entre las fuerzas de la revolución
y atajar con ello los "horrores de la revolución".
"Es necesario cortar tierra a los campesinos, pues de otro
modo nos cortarán a nosotros el pescuezo", decían
los terratenientes liberales. La burguesía liberal se disponía
a compartir el Poder con el zar. "Mientras el proletariado
lucha, la burguesía pretende acercarse cautelosamente al
Poder", escribía Lenin en aquellos días, refiriéndose
a la táctica de la clase obrera y a la de la burguesía
liberal.
El gobierno zarista seguía aplastando
el movimiento obrero y campesino con una violencia brutal. Pero
no podía desconocer que con los simples medios represivos
era imposible sofocar la revolución. Por eso, sin abandonar
la represión, comenzó a recurrir a las maniobras
de rodeos. Por una parte, con ayuda de sus agentes provocadores,
empezó a azuzar a los pueblos de Rusia unos contra otros,
organizando pogromos judíos y matanzas entre armenios y
tártaros. De otro lado, prometió convocar una "Asamblea
representativa" - en la forma de "Zemski Sabor"[1]
o la Duma del Estado-, encargando al ministro Buliguin que redactase
el proyecto de esta Asamblea, pero con la condición de
que no había de tener facultades legislativas. Todas estas
medidas iban dirigidas a sembrar la discordia entre las fuerzas
de la revolución y a apartar de ésta a las capas
moderadas del pueblo.
Los bolcheviques declararon el boicot
a la Duma buliguiniana, proponiéndose como objetivo echar
por tierra esta caricatura de representación popular.
Por el contrario, los mencheviques acordaron
no hacer fracasar la Duma y consideraron necesario participar
en ella.
3. Discrepancias tácticas entre
los bolcheviques y los mencheviques. - El III Congreso del Partido.
- El libro de Lenin "Las dos tácticas de la socialdemocracia
en la revolución democrática". - Fundamentos
tácticos del Partido Marxista.
La revolución puso en movimiento
a todas las clases de la sociedad. El viraje provocado por la
revolución en la vida política del país,
las hizo salir de sus viejas posiciones estancadas y las obligó
a reagruparse con arreglo a la nueva situación. Cada clase,
cada partido, esforzábase en trazar su táctica,
su línea de conducta, su relación con las demás
clases y con el gobierno. Hasta el gobierno zarista se vio obligado
a elaborar, cosa insólita en él, una nueva táctica,
consistente en prometer la convocatoria de una "Asamblea
representativa", la Duma buliguiniana.
También el Partido socialdemócrata
se vio en la necesidad de trazar su línea táctica.
Así lo exigía la marcha ascendente de la revolución.
Así lo exigían también los problemas prácticos
impostergables que se planteaban ante el proletariado: organización
de la insurrección armada, derrocamiento del gobierno zarista,
instauración de un gobierno provisional revolucionario,
participación de la socialdemocracia en este gobierno,
relaciones con los campesinos y con la burguesía liberal,
etc. Era necesario trazar la táctica marxista de la socialdemocracia,
una táctica única y bien meditada.
Pero, gracias al oportunismo y a la
labor escisionista de los mencheviques, la socialdemocracia rusa
hallábase, en aquellos momentos, escindida en dos fracciones.
Aun no podía considerarse la escisión consumada,
pero, aunque formalmente estas dos fracciones no fuesen todavía
dos partidos distintos, de hecho se parecían mucho a dos
partidos, cada cual con sus propios organismos centrales y sus
propios órganos en la prensa.
Contribuía a ahondar la escisión
el hecho de que a las viejas discrepancias de los mencheviques
con la mayoría del Partido en materia de organización
vinieron a sumarse otras discrepancias nuevas, que afectaban a
los problemas tácticos.
La falta de un Partido unido traducíase
en la falta de unidad en cuanto a su táctica.
Cabía resolver la situación
convocando inmediatamente el III Congreso ordinario del Partido,
para establecer en él una táctica única,
obligando a la minoría a aplicar honradamente los acuerdos
del Congreso y a someterse a las decisiones de la mayoría.
Esta solución fue, en efecto, la que propusieron los bolcheviques
a los mencheviques. Pero éstos no querían ni oír
hablar del Congreso. En vista de esto y considerando como un crimen
el seguir teniendo al Partido sin una táctica sancionada
por su órgano supremo y obligatoria para todos sus afiliados,
los bolcheviques decidieron tomar en sus manos la iniciativa de
convocar el III Congreso.
Fueron invitados a enviar a él
sus delegados todas las organizaciones del Partido, tanto las
bolcheviques como las mencheviques. Pero los mencheviques se negaron
a participar en el Congreso y decidieron convocar otro por su
cuenta. No lo llamaron congreso, sino conferencia, por el reducido
número de delegados que a él acudieron, pero fue
en realidad un congreso, el congreso del partido menchevique,
cuyos acuerdos se consideraban obligatorios para todos los mencheviques.
En abril de 1905, se reunió en
Londres el III Congreso del Partido Socialdemócrata de
Rusia. Asistieron a él 24 delegados, en nombre de 20 Comités
bolcheviques. Hallábanse representadas en él todas
las grandes organizaciones del Partido.
El Congreso condenó a los mencheviques,
considerándolos como "una parte que se había
separado del Partido", y pasó a los problemas del
orden del día, que versaban sobre la táctica del
Partido.
Al mismo tiempo se reunía en
Ginebra la conferencia de los mencheviques.
"Dos congresos, dos partidos",
tales eran los términos en que Lenin enjuiciaba la situación.
Tanto el congreso como la conferencia
examinaron, en el fondo, los mismo problemas tácticos,
pero los acuerdos que recayeron sobre estos problemas fueron diametralmente
opuestos. Las dos distintas series de resoluciones votadas en
el congreso y en la conferencia ponían al descubierto,
en toda su profundidad, las discrepancias tácticas existentes
entre el III Congreso del Partido y la Conferencia menchevique,
entre los bolcheviques y los mencheviques.
He aquí los puntos fundamentales
de estas discrepancias.
Línea táctica del III
Congreso del Partido. El Congreso entendía que, a pesar
del carácter democráticoburgués de la revolución
que se estaba desarrollando y a pesar de que ésta no podía,
en aquellos momentos, salirse del marco de las medidas compatibles
con el capitalismo, su triunfo total interesaba de un modo primordial
al proletariado, pues el triunfo de esta revolución le
daría la posibilidad de organizarse, de educarse políticamente,
de adquirir experiencia y hábitos de dirección política
de las masas trabajadoras, y de pasar de la revolución
burguesa a la revolución socialista.
La táctica del proletariado,
encaminada al triunfo total de la revolución democráticoburguesa,
sólo podía ser apoyada por los campesinos, ya que
éstos no conseguirían desembarazarse de los terratenientes
y obtener sus tierras más que con el triunfo completo de
la revolución. Los campesinos eran, pues, los aliados naturales
del proletariado.
La burguesía liberal no estaba
interesada en el triunfo completo de esta revolución, ya
que necesitaba del Poder zarista como látigo contra los
obreros y los campesinos, a los que temía más que
a nada, por lo cual se esforzaría en mantener el zarismo,
aunque restringiendo un poco sus prerrogativas. Por tanto, la
burguesía liberal procuraría poner fin al asunto
mediante un acuerdo con el zar, sobre la base de una monarquía
constitucional.
La revolución sólo podrá
triunfar si se pone a la cabeza de ella el proletariado; si éste,
como jefe de la revolución, sabe asegurar su alianza con
los campesinos; si se aísla a la burguesía liberal;
si la socialdemocracia toma parte activa en la organización
de la insurrección popular contra el zarismo; si, como
resultado de una insurrección triunfante, se instaura un
gobierno provisional revolucionario, capaz de extirpar las raíces
de la contrarrevolución y de convocar una Asamblea Constituyente
de todo el pueblo, y si la socialdemocracia no rehusa, en condiciones
propicias, participar en este gobierno provisional revolucionario
para llevar a su término la revolución.
Línea táctica de la conferencia
menchevique. Puesto que se trata de una revolución burguesa,
sólo puede tener como jefe a la burguesía liberal.
A ella y no a los campesinos es a quien tiene que acercarse el
proletariado. Para esto, lo más importante es no asustar
a la burguesía liberal con actitudes revolucionarias y
no darle pretexto para volver la espalda a la revolución,
la cual se quebrantará, si la burguesía liberal
se desvía de ella.
Es posible que la insurrección
triunfe, pero la socialdemocracia, después del triunfo
de la insurrección, deberá quedarse al margen para
no atemorizar a la burguesía liberal. Es posible que, como
resultado de la insurrección, se instaure un gobierno provisional
revolucionario, pero la socialdemocracia no deberá participar
en él en modo alguno, ya que este gobierno no será,
por su carácter, un gobierno socialista, y, sobre todo,
porque la participación en él de la socialdemocracia
y su actitud revolucionaria podrían asustar a la burguesía
liberal y socavar con ello la revolución.
Desde el punto de vista de las perspectivas
de la revolución, sería mejor convocar cualquier
asamblea representativa, un "Zemski Sobor" o una Duma
de Estado, a la que se podría someter a la presión
de la clase obrera desde afuera para convertirla en una Asamblea
Constituyente o empujarla a convocar ésta.
El proletariado tiene sus intereses
propios y peculiares, intereses puramente obreros, de los cuales
debe preocuparse, sin intentar erigirse en jefe de la revolución
burguesa, que es una revolución política general
y que afecta, por tanto, a todas las clases y no al proletariado
solamente.
Tales eran, en breves palabras, las
dos tácticas de las dos fracciones del Partido Obrero Social
Demócrata de Rusia.
En su histórico libro titulado
"Las dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución
democrática", Lenin hace la crítica clásica
de la táctica menchevique y fundamenta de un modo genial
la táctica bolchevique.
Este libro apareció en julio
de 1905, o sea a los dos meses del III Congreso del Partido. A
juzgar por el título de la obra, podría creerse
que Lenin sólo examina en ella los problemas tácticos
del periodo de la revolución democráticoburguesa,
y que su crítica se refiere únicamente a los mencheviques
rusos. Pero, en realidad, al criticar la táctica de los
mencheviques, pone también al desnudo la táctica
del oportunismo internacional y al fundamentar la táctica
marxista en el periodo de la revolución burguesa y trazar
las diferencias entre ésta y la revolución socialista,
formula también los fundamentos de la táctica del
marxismo en el periodo de transición de la revolución
burguesa a la revolución socialista.
He aquí las tesis tácticas
fundamentales desarrolladas por Lenin en su obra "Las dos
tácticas de la socialdemocracia en la revolución
democrática":
1) La tesis táctica fundamental
que informa la obra de Lenin es la idea de que el proletariado
puede y debe ser el jefe de la revolución democráticoburguesa,
el dirigente de la revolución democráticoburguesa
en Rusia.
Lenin reconocía el carácter
burgués de esta revolución, puesto que, según
él señalaba, "no estaba en condiciones de salirse
inmediatamente del marco de una transformación puramente
democrática". Pero entendía que no era un movimiento
de arriba, sino una revolución popular, que ponía
el movimiento a todo el pueblo, a toda la clase obrera y a todos
los campesinos. Por eso, reputaba como una traición a los
intereses del proletariado los intentos de los mencheviques de
rebajar la importancia de la revolución burguesa para la
clase obrera, de menoscabar el papel del proletariado en ella
y descartar de ella a las fuerzas proletarias.
"El marxismo -escribía Lenin-
no enseña al proletariado a quedarse al margen de la revolución
burguesa, a no participar en ella, a entregar su dirección
a la burguesía, sino que enseña, por el contrario,
que debe participar del modo más enérgico y más
decidido en la lucha por el democratismo proletario consecuente,
en la lucha por llevar a término la revolución"
(Lenin, t. VIII, pág. 58, ed. rusa).
"No debemos olvidar -escribía
Lenin más adelante- que en estos momentos no hay ni puede
haber otro medio de acercarse al socialismo que la libertad política
completa, la República democrática" (Obra citada,
pág. 104).
Lenin preveía dos posibles desenlaces
para la revolución:
a) O la revolución terminaba
con el triunfo completo sobre el zarismo, con el derrocamiento
de éste y la instauración de la República
democrática, o
b) si la revolución no era lo
bastante fuerte, podía terminar con un arreglo entre el
zar y la burguesía a costa del pueblo, con cualquier Constitución
menguada, o mejor dicho, con cualquier caricatura constitucional.
El proletariado hallábase interesado
en que la solución fuese la mejor, a saber: la del triunfo
decisivo sobre el zarismo. Pero, para que esta solución
fuese posible, era necesario que el proletariado supiese convertirse
en jefe, en dirigente de la revolución.
"El desenlace de la revolución
-escribía Lenin- depende del papel que desempeñe
en ella la clase obrera: de que se limite a ser un mero auxiliar
de la burguesía, aunque sea un auxiliar poderoso por la
intensidad de su empuje contra la autocracia, pero políticamente
impotente, o de que asuma el papel de dirigente de la revolución
popular" (Obra citada, pág. 32).
Lenin entendía que el proletariado
contaba con todas las posibilidades necesarias para dejar de ser
auxiliar de la burguesía y convertirse en dirigente de
la revolución democráticoburguesa. Estas posibilidades
se cifraban, según Lenin, en lo siguiente:
En primer lugar, "el proletariado,
siendo, como es por su situación, la clase más avanzada
y la única consecuentemente revolucionaria, está
llamado por ello a desempeñar el papel dirigente en el
movimiento general democrático revolucionario de Rusia"
(Lenin, t. VIII, pág. 75, ed. rusa).
En segundo lugar, el proletariado tiene
su propio partido político, independiente de la burguesía,
que le permite fundirse "en una fuerza política unida
e independiente" (Obra citada, pág. 75).
En tercer lugar, el proletariado se
halla más interesado en el triunfo decisivo de la revolución
que la burguesía, ya que "en cierto sentido, la revolución
burguesa es más beneficiosa para el proletariado que para
la burguesía" (Obra citada, pág. 57).
"A la burguesía -escribía
Lenin- le conviene apoyarse en algunas de la supervivencias del
viejo régimen contra el proletariado; por ejemplo, en la
monarquía, en el ejército permanente, etc. A la
burguesía le conviene que la revolución burguesa
no barra demasiado resueltamente todas las supervivencias del
viejo régimen, sino que deje en pie algunas de ellas; es
decir, que esta revolución no sea del todo consecuente,
no se lleve hasta el final, no sea decidida e implacable... A
la burguesía le conviene más que los cambios necesarios
en un sentido democráticoburgués se establezcan
lentamente, gradualmente, prudentemente, de un modo cauto, por
medio de reformas y no por la vía de la revolución...;
que estos cambios desarrollen lo menos posible la independencia,
la iniciativa y la energía revolucionarias del pueblo sencillo,
es decir, de los campesinos y principalmente de los obreros, pues
de otro modo a estos últimos les será tanto más
fácil "cambiar de un hombro a otro el fusil",
como dicen los franceses, es decir, dirigir contra la propia burguesía
el arma que pone en sus manos la revolución burguesa, la
libertad que ésta les da, las instituciones democráticas
que brotan en el terreno limpio de feudalismo. Por el contrario,
a la clase obrera le conviene más que los cambios necesarios
en un sentido democráticoburgués se introduzcan
no por medio de reformas, sino por la vía revolucionaria,
pues el camino reformista es el camino de las dilaciones, de los
aplazamientos, de la agonía dolorosa y lenta de los miembros
podridos del organismo popular, y los que más y primordialmente
sufren con este proceso de agonía lenta, son el proletariado
y los campesinos. El camino revolucionario, en cambio, es el camino
que consiste en la operación más rápida y
menos dolorosa para el proletariado, en la eliminación
directa de los miembros podridos, el camino de mínimas
concesiones y cautelas con respecto a la monarquía y a
sus instituciones repelentes, ignominiosas y podridas, que envenenan
la atmósfera con su descomposición" (Obra citada,
págs. 57-58).
"Precisamente por eso -continúa
Lenin- el proletariado lucha en vanguardia por la República,
rechazando con desprecio los consejos necios e indignos de él
de quienes le dicen que tenga cuidado de no asustar a la burguesía"
(Obra citada, pág. 94).
Para que la posibilidad de que el proletariado
dirija la revolución se convierta en realidad, para que
el proletariado se erija de hecho en jefe, en dirigente de la
revolución burguesa, tienen que darse, por lo menos, según
Lenin, dos condiciones.
En primer lugar, es necesario que el
proletariado cuente con un aliado que se halle interesado en el
triunfo decisivo sobre el zarismo y que esté dispuesto
a colocarse bajo la dirección del proletariado. Esta exigencia
va implícita en la propia idea de dirección, pues
el dirigente deja de serlo cuando no tiene a quien dirigir y el
jefe, cuando no tiene a quien mandar. Este aliado, según
Lenin, eran los campesinos.
En segundo lugar, es necesario que la
clase, que se halla en pugna con el proletariado por dirigir la
revolución, por erigirse en su único dirigente,
sea eliminada de la liza de la dirección y aislada. También
esto va implícito en la misma idea de dirección,
que excluye la posibilidad de admitir dos dirigentes de la revolución.
Esta clase era, según Lenin, la burguesía liberal.
"Sólo el proletariado -escribía
Lenin- puede ser un luchador consecuente por el democratismo.
Pero, sólo pude luchar victoriosamente por el democratismo
a condición de que las masas campesinas se unan a su lucha
revolucionaria" (Obra citada, pág. 65).
Y más adelante:
"Entre los campesinos hay, al lado
de los elementos pequeñoburgueses, una masa de elementos
semiproletarios. Esto les hace ser también inestables,
obligando al proletariado a fundirse en un Partido rigurosamente
de clase. Pero la inestabilidad de los campesinos es radicalmente
distinta de la inestabilidad de la burguesía; pues en este
momento concreto los campesinos se hallan menos interesados en
que se mantenga indemne la propiedad privada que en arrebatar
a los terratenientes sus tierras, que son una de las principales
formas de aquella propiedad. Sin convertirse por ello en socialistas
ni dejar de ser pequeños burgueses, los campesinos son
susceptibles de actuar como los más perfectos y radicales
defensores de la revolución democrática. Los campesinos
procederán inevitablemente así, siempre y cuando
la marcha de los acontecimientos revolucionarios que iluminan
su camino no se quiebre demasiado pronto por la traición
de la burguesía y la derrota del proletariado. Los campesinos
se convertirán inevitablemente, bajo dicha condición,
en un baluarte de la revolución y de la República;
ya que sólo una revolución plenamente victoriosa
puede darle al campesino todo en materia de reforma agraria, todo
cuanto el campesino quiere, con lo que sueña y lo que realmente
necesita" (Obra citada, págs. 94-95).
Analizando las objeciones de los mencheviques,
quienes afirmaban que semejante táctica, la trazada por
los bolcheviques, "obligará a las clases burguesas
a volver la espalda a la revolución, con lo cual reducirá
el alcance de ésta", y caracterizándolas como
"una táctica de traición a la revolución",
como "la táctica de convertir al proletariado en un
lamentable apéndice de las clases burguesas", Lenin
escribía:
"Quien comprenda verdaderamente
cuál es el papel de los campesinos en la revolución
rusa victoriosa, será incapaz de decir que el alcance de
la revolución se reduce si la burguesía le vuelve
la espalda, pues, en realidad, la revolución rusa no comenzará
a adquirir su verdadero alcance, no comenzará a adquirir
la mayor envergadura revolucionaria posible en la época
de la revolución democráticoburguesa, hasta que
la burguesía no le vuelva la espalda y el elemento revolucionario
activo no sea la masa campesina, en unión del proletariado.
Para ser llevada consecuentemente a su término, nuestra
revolución democrática debe apoyarse en fuerzas
capaces de contrarrestar la inevitable inconsecuencia de la burguesía,
es decir, capaces precisamente de "obligarla a volver la
espalda" (Obra citada, págs. 95-96).
Tal es la tesis táctica fundamental
sobre el proletariado como jefe de la revolución burguesa,
la tesis táctica fundamental sobre la hegemonía
(papel dirigente) del proletariado en la revolución burguesa,
desarrollada por Lenin en su obra "Las dos tácticas
de la socialdemocracia en la revolución democrática".
Con ello, el partido marxista se situaba
en un punto de vista nuevo ante los problemas de la táctica
en la revolución democráticoburguesa, punto de vista
que se distinguía profundamente de las posiciones tácticas
que hasta entonces figuraban en el arsenal marxista. Anteriormente,
el problema se reducía a que, en las revoluciones burguesas,
por ejemplo, en las de los países occidentales, el papel
dirigente quedase en manos de la burguesía, viéndose
el proletariado reducido, de mejor o de peor grado, al papel de
auxiliar suyo, y los campesinos convertidos en reserva de la burguesía.
Los marxistas consideraban esta combinación como algo más
o menos inevitable, haciendo en el acto la reserva de que el proletariado
debía defender, en este trance, todo lo posible, sus reivindicaciones
inmediatas de clase y tener su partido político propio.
Ahora, dentro de la nueva situación histórica, el
problema se planteaba, con arreglo al punto de vista de Lenin,
de un modo nuevo: el proletariado pasaba a ser la fuerza dirigente
de la revolución burguesa, la burguesía era desplazada
de la dirección del movimiento revolucionario, y los campesinos
se convertían en la reserva del proletariado.
La creencia de que Plejanov "era
también partidario" de la hegemonía del proletariado
responde a un equívoco. Plejanov coqueteaba con la idea
de la hegemonía del proletariado, y aunque es cierto que
la reconocía de palabra, de hecho era contrario a la esencia
de esta idea. La hegemonía del proletariado implica el
papel dirigente de éste en la revolución burguesa,
con una política de alianza entre el proletariado y los
campesinos y una política de aislamiento de la burguesía
liberal, siendo así que Plejanov era, como sabemos, contrario
a esta política de aislamiento de la burguesía liberal,
partidario de una política de acuerdo con esta burguesía
y contrario a la política de alianza entre el proletariado
y los campesinos. En realidad, el punto de vista táctico
de Plejanov era el punto de vista menchevique, que consistía
en negar la hegemonía del proletariado.
2) Lenin consideraba como el medio más
importante para derrocar el zarismo y conquistar la República
democrática, la insurrección armada victoriosa del
pueblo. Entendía, al contrario de los mencheviques, que
"el movimiento revolucionario democrático general
planteaba ya la necesidad de la insurrección armada",
que "la organización del proletariado para la insurrección"
ya "estaba a la orden del día, como una de las tareas
esenciales, fundamentales y necesarias del Partido", que
era necesario "tomar las medidas más enérgicas
para armar el proletariado y asegurarle la posibilidad de tomar
en sus manos la dirección inmediata de la insurrección"
(Lenin, t. VIII, pág. 75, ed. rusa).
Para llevar a las masas a la insurrección
y hacer ésta extensiva a todo el pueblo, Lenin consideraba
necesario lanzar a las masas las consignas, los llamamientos adecuados
para desplegar su iniciativa revolucionaria, para organizarlas
con vistas a la insurrección y desorganizar el aparato
del Poder del zarismo. Estas consignas eran, según él,
los acuerdos tácticos del III Congreso del Partido, a cuya
defensa se consagraba su obra "Las dos tácticas de
la socialdemocracia en la revolución democrática".
He aquí cuáles eran estas
consignas:
a) Empleo de las "huelgas políticas
de masas, que pueden tener gran importancia en el comienzo y en
el mismo transcurso de la insurrección" (Obra citada,
pág. 75).
b) "Implantación inmediata,
por la vía revolucionaria, de la jornada de 8 horas y de
otras reivindicaciones inmediatas de la clase obrera" (Obra
citada, pág. 47).
c) "Organización inmediata
de Comités campesinos revolucionarios para implantar",
por vía revolucionaria, "todos los cambios democráticos",
hasta llegar a la confiscación de las tierras de los terratenientes
(Obra citada, pág. 88).
d) Armamento del proletariado.
Dos puntos interesa especialmente destacar
aquí:
En primer lugar, la táctica de
la implantación revolucionaria de la jornada de 8 horas
en la ciudad y de los cambios democráticos en el campo;
es decir, su implantación sin contar con las autoridades,
sin contar con la ley, prescindiendo de las autoridades y de la
legalidad, destrozando las leyes vigentes e instaurando un orden
nuevo por la propia fuerza de las masas, por su propia voluntad.
Era éste un nuevo medio táctico cuya aplicación
paralizaba el aparato de Poder del zarismo y desataba la actividad
y la iniciativa creadora de las masas. Sobre la base de esta táctica
surgieron los comités revolucionarios de huelga en la ciudad
y los comités revolucionarios de campesinos en el campo,
que habían de convertirse más tarde en los Soviets
de diputados obreros y en los Soviets de diputados campesinos,
respectivamente.
En segundo lugar, el empleo de las huelgas
políticas de masas, el empleo de las huelgas políticas
generales, que más tarde, en el transcurso de la revolución,
habían de desempeñar un papel de primer orden para
la movilización revolucionaria de las masas. Era ésta
un arma nueva e importantísima en manos del proletariado,
arma desconocida hasta entonces en la actuación de los
partidos marxistas y que había de adquirir más tarde
carta de naturaleza.
Lenin entendía que, como resultado
de la insurrección victoriosa del pueblo, el gobierno zarista
habría de ser sustituido por un gobierno provisional revolucionario.
La misión de este gobierno provisional revolucionario consistiría
en afianzar las conquistas de la revolución, en aplastar
la resistencia de la contrarrevolución y en realizar el
programa mínimo del Partido Obrero Socialdemócrata
de Rusia. Lenin entendía que sin esto era imposible conseguir
un triunfo decisivo sobre el zarismo. Y, para cumplir con esta
misión y lograr un triunfo decisivo sobre el zarismo, el
gobierno provisional revolucionario debía ser, no un gobierno
como otro cualquiera, sino el gobierno de la dictadura de las
clases victoriosas, de los obreros y los campesinos, la dictadura
revolucionaria del proletariado y de los campesinos. Remitiéndose
a la conocida tesis de Marx, según la cual "la estructura
provisional de todo Estado después de la revolución
exige la dictadura, y una dictadura enérgica", Lenin
llegaba a la conclusión de que, si se quería asegurar
el triunfo decisivo sobre el zarismo, el gobierno provisional
revolucionario no podía ser más que la dictadura
del proletariado y de los campesinos.
"El triunfo decisivo de la revolución
sobre el zarismo -escribía Lenin- es la dictadura revolucionario-democrática
del proletariado y de los campesinos... Este triunfo será,
precisamente, una dictadura; es decir, deberá apoyarse
inevitablemente en la fuerza de las armas, en las masas armadas,
en la insurrección, y no en estas o en las otras instituciones
creadas "por la vía legal", "por la vía
pacífica". Sólo puede ser una dictadura, porque
la implantación de los cambios inmediatos y absolutamente
necesarios para el proletariado y los campesinos provocará
una resistencia desesperada por parte de los terratenientes, de
la gran burguesía y del zarismo. Sin dictadura será
imposible aplastar esta resistencia, rechazar los intentos contrarrevolucionarios.
Pero no será, naturalmente, una dictadura socialista, sino
una dictadura democrática. Esta dictadura no podrá
tocar (sin pasar por toda una serie de grados intermedios de desarrollo
revolucionario) las bases del capitalismo. Podrá, en el
mejor de los casos, introducir cambios radicales en la distribución
de la propiedad de la tierra a favor de los campesinos, implantar
un democratismo consecuente y completo, hasta llegar a la República,
desarraigar no sólo de las costumbres campesinas, sino
también de los hábitos fabriles, todos los rasgos
asiáticos y serviles, iniciar un mejoramiento serio en
la situación de los obreros y elevar su nivel de vida,
y finalmente -lo último en el orden, pero no en importancia-
prender la hoguera revolucionaria en Europa. Semejante triunfo
no convertirá aún, ni mucho menos, nuestra revolución
burguesa en socialista; la revolución democrática
no se saldrá inmediatamente del marco de las relaciones
económico-sociales burguesas, pero, no obstante esto, tendrá
una importancia gigantesca para el desarrollo futuro de Rusia
y del mundo entero. Nada elevará a tal altura la energía
revolucionaria del proletariado mundial, nada acortará
tan considerablemente el camino que conduce a su victoria total,
como este triunfo decisivo de la revolución que se ha iniciado
ya en Rusia" (Obra citada, págs. 62-63).
En lo tocante a la actitud de la socialdemocracia
ante el gobierno provisional revolucionario y a la posibilidad
de que aquella participase en él, Lenin defendía
íntegramente el correspondiente acuerdo del III Congreso
del Partido, que decía así:
"Con arreglo a la correlación
de fuerzas y a otros factores que no es posible fijar con precisión
de antemano, es admisible la participación de representantes
de nuestro Partido en el gobierno provisional revolucionario,
con el fin de luchar implacablemente frente a todos los intentos
contrarrevolucionarios y defender los intereses propios y peculiares
de la clase obrera; condición necesaria para esta participación
es el control riguroso del Partido sobre sus representantes y
el mantenimiento inquebrantable de la independencia de la socialdemocracia,
que aspira a la revolución socialista completa y es, por
tanto, irreconciliablemente enemiga de todos los partidos burgueses;
independientemente de que sea o no posible la participación
de la socialdemocracia en el gobierno provisional revolucionario,
se debe propagar entre las más extensas capas del proletariado
la idea de que es necesario que el proletariado armado, dirigido
por la socialdemocracia, presione constantemente al gobierno provisional,
con el fin de mantener, consolidar y extender las conquistas de
la revolución" (Obra citada, pág. 37).
A las objeciones de los mencheviques
de que el gobierno provisional sería, a pesar de todo,
un gobierno burgués y de que no era posible admitir la
participación de los socialdemócratas en semejante
gobierno, a menos que se quisiese cometer el mismo error que había
cometido el socialista francés Millerand al entrar a formar
parte del gobierno de la burguesía francesa, Lenin contestaba,
haciendo ver que los mencheviques confundían dos cosas
distintas y revelaban su incapacidad para abordar el problema
como marxistas: en Francia, se trataba de la participación
de los socialistas en un gobierno burgués reaccionario
y en una época en que no existía una situación
revolucionaria dentro del país, lo cual obligaba a los
socialistas a no participar en aquel gobierno; en cambio, en Rusia,
tratábase de la participación de los socialistas
en un gobierno burgués revolucionario, que luchaba por
el triunfo de la revolución, en un momento en que ésta
se hallaba en su apogeo, circunstancia que hacía admisible,
y, bajo condiciones propias, obligada la participación
de los socialdemócratas en él, para dar la batalla
a la contrarrevolución, no sólo "desde abajo"
y desde afuera, sino también "desde arriba" y
desde dentro del gobierno.
3) Al luchar por el triunfo de la revolución
burguesa y por la conquista de la República democrática,
Lenin no pensaba, ni mucho menos, detenerse en la etapa democrática
y reducir el alcance del movimiento revolucionario a la consecución
de los objetivos democráticoburgueses. Por el contrario,
entendía que, inmediatamente después de conseguidos
los objetivos democráticos, habría de comenzar la
lucha del proletariado y de las demás masas explotadas
por la revolución socialista. Lenin sabía esto y
consideraba deber de la socialdemocracia tomar todas las medidas
encaminadas a que la revolución democráticoburguesa
comenzara a transformarse en revolución socialista. Si
Lenin reputaba necesaria la dictadura del proletariado y de los
campesinos, no era para poner fin a la revolución después
de coronada la victoria sobre el zarismo, sino para prolongar
todo lo posible el estado de revolución, para destruir
íntegramente los vestigios de la contrarrevolución,
para hacer que la llama de la revolución prendiese en Europa
y, después de lograr que, durante este tiempo, el proletariado
se educase políticamente y se organizase en un gran ejército,
comenzar a pasar directamente hacia la revolución socialista.
Refiriéndose al alcance de la
revolución burguesa y al carácter que el partido
marxista debe darle, Lenin escribía:
"El proletariado debe llevar a
término la revolución democrática, atrayéndose
a la masa de los campesinos, para aplastar por la fuerza la resistencia
de la autocracia y paralizar la inestabilidad de la burguesía.
El proletariado debe consumar la revolución socialista,
atrayéndose a la masa de los elementos semiproletarios
de la población, para destrozar por la fuerza la resistencia
de la burguesía y paralizar la inestabilidad de los campesinos
y de la pequeña burguesía. Tales son las tareas
del proletariado, que los neo-iskristas (es decir, los mencheviques.
N. de la R.) se representan de un modo tan mezquino en todos sus
razonamientos y acuerdos sobre el alcance de la revolución"
(Lenin, t. VIII, pág. 96, ed. rusa).
Y más adelante:
"¡A la cabeza de todo el
pueblo, y en particular de los campesinos, por la libertad total,
por la revolución democrática consecuente, por la
República! ¡A la cabeza de todos los trabajadores
y explotados por el socialismo! Tal debe ser, en la práctica,
la política del proletariado revolucionario; esta es la
consigna de clase que debe informar y determinar la solución
de todos los problemas tácticos, de todos los pasos prácticos
del Partido obrero durante la revolución" (Obra citada,
página 105).
Para que no quedase ninguna duda, dos
meses después de aparecer su libro "Las dos tácticas",
en su artículo titulado "La actitud de la socialdemocracia
ante el movimiento campesino", Lenin exponía:
"De la revolución democrática
comenzaremos a pasar inmediatamente, en la medida de nuestras
fuerzas, de las fuerzas del proletariado consciente y organizado,
a la revolución socialista. Nosotros somos partidarios
de la revolución ininterrumpida. No nos quedaremos a mitad
de camino" (Obra citada, pág. 186).
Era éste un nuevo punto de vista
ante el problema de las relaciones entre la revolución
burguesa y la revolución socialista, una nueva teoría
de la reagrupación de fuerzas en torno el proletariado,
al terminar la revolución burguesa, para pasar directamente
a la revolución socialista; la teoría de la transformación
de la revolución democráticoburguesa en revolución
socialista.
Al trazar este nuevo punto de vista,
Lenin se apoyaba, en primer lugar, en la conocida tesis de Marx
sobre la revolución ininterrumpida, tesis incluída
en la "Circular de la Liga de los Comunistas", redactada
a fines de la década del 40 del siglo pasado, y en segundo
lugar en la conocida idea de Marx sobre la necesidad de combinar
el movimiento revolucionario campesino con la revolución
proletaria, expresada en una carta dirigida a Engels en 1856,
en la que se dice: "Todo el problema, en Alemania, dependerá
de la posibilidad de respaldar la revolución proletaria
con una especie de segunda edición de la guerra campesina".
Estas ideas geniales de Marx no habían sido desarrolladas
más tarde por Marx y Engels, y los teóricos de la
Segunda Internacional tomaron todas las medidas para sepultarlas
y enterrarlas en el olvido. A Lenin le tocó en suerte la
tarea de sacar de nuevo a la luz estas tesis olvidadas de Marx
y de restaurarlas en toda su plenitud. Pero en su obra de restauración
de estas tesis no se limitó, ni podía limitarse,
pura y simplemente, a repetirlas, sino que las desarrolló
y las elaboró en una teoría armónica de la
revolución socialista, añadiendo, como aspecto obligado
de esta, un nuevo factor: el de la alianza del proletariado y
de los elementos semiproletarios de la ciudad y del campo, como
condición para el triunfo de la revolución proletaria.
Este punto de vista hizo añicos
las posiciones tácticas de la socialdemocracia de los países
occidentales, que partía del supuesto de que después
de la revolución burguesa las masas campesinas, sin excluir
a las masas pobres del campo, se apartarían necesariamente
de la revolución, por lo cual la revolución burguesa
iría, forzosamente, seguida de un largo período
de tregua, de un largo período "pacífico",
que duraría de 50 a 100 años o más y durante
el cual el proletariado sería explotado "pacíficamente"
y la burguesía se enriquecería "legítimamente"
hasta que llegase el momento de la nueva revolución, de
la revolución socialista.
Era ésta una nueva teoría
de la revolución socialista realizada, no por el proletariado
aislado contra toda la burguesía, sino por el proletariado-dirigente,
aliado a los elementos semiproletarios de la población,
representados por los millones de hombres de las "masas trabajadoras
y explotadas".
Según esta teoría, la
hegemonía del proletariado en la revolución burguesa,
mediante la alianza del proletariado y de los campesinos, debía
convertirse gradualmente en la hegemonía del proletariado
en la revolución socialista, mediante la alianza del proletariado
y de las demás masas trabajadoras y explotadas, y la dictadura
democrática del proletariado y de los campesinos prepararía
el terreno para la dictadura socialista del proletariado.
Este punto de vista echó por
tierra la teoría en boga de los socialdemócratas
europeos occidentales, que negaban las posibilidades revolucionarias
de las masas semiproletarias de la ciudad y del campo y partían
del supuesto de que "fuera de la burguesía y el proletariado,
no vemos otras fuerzas sociales en las que puedan apoyarse, en
nuestro país, las combinaciones oposicionistas y revolucionarias"
(Palabras de Plejanov, típicas de los socialdemócratas
de la Europa occidental).
Los socialdemócratas de la Europa
occidental entendían que en la revolución socialista
el proletariado estaría solo contra toda la burguesía,
sin aliados, frente a todas las clases y capas no proletarias.
No querían tener en cuenta el hecho de que el capital no
explota solamente a los proletarios, sino que explota también
a millones de hombres de las capas semiproletarias de la ciudad
y del campo, asfixiadas por el capitalismo y susceptibles de convertirse
en aliados del proletariado en su lucha por emancipar a la sociedad
del yugo capitalista. Por eso, los socialdemócratas europeos
occidentales opinaban que en Europa no habían madurado
aún las condiciones para la revolución socialista
y que estas condiciones sólo podían considerarse
maduras cuando el proletariado representase la mayoría
dentro de la nación, la mayoría dentro de la sociedad,
como resultado del ulterior desarrollo económico de ésta.
Este punto de vista podrido y antiproletario
de los socialdemócratas de la Europa occidental era el
que la teoría de la revolución socialista preconizada
por Lenin venía a echar por tierra.
En la teoría de Lenin no se llegaba
aún directamente a la conclusión de que era posible
el triunfo del socialismo en un solo país por separado.
Pero se contenían ya en ella todos o casi todos los elementos
fundamentales necesarios para llegar, más tarde o más
temprano, a dicha conclusión.
Como es sabido, Lenin llegó a
esta conclusión en 1915, es decir, diez años más
tarde.
Tales son las tesis fundamentales sobre
táctica, desarrolladas por Lenin, en su histórica
obra "Las dos tácticas de la socialdemocracia en la
revolución democrática".
La importancia histórica de este
libro consiste, ante todo, en que vino a destruir ideológicamente
el punto de vista táctico pequeñoburgués
de los mencheviques, pertrechando a la clase obrera de Rusia con
las armas necesarias para el desarrollo futuro de la revolución
democráticoburguesa, para la nueva acometida contra el
zarismo, y dando a los socialdemócratas rusos una perspectiva
clara sobre la transformación necesaria de la revolución
burguesa en la revolución socialista.
Pero la importancia de la obra
de Lenin no se reduce a esto. Su valor inapreciable reside en
haber enriquecido el marxismo con una nueva teoría de la
revolución y en haber echado los cimientos de la táctica
revolucionaria del Partido bolchevique, gracias a la cual pudo
el proletariado de nuestro país, en 1917, triunfar sobre
el capitalismo.
Sigue
Parte (2): La Huelga Política. 