La Apertura
no Impedirá la Crisis Imperialista (*)
Desde
su verdadera fecha de nacimiento, por allá hacia mediados
de 1965, nuestro Partido ha venido combatiendo al imperialismo
norteamericano, la causa principal de las adversidades "modernas"
de Colombia. Más de un encuentro, polémica o ruptura,
en la que participamos, giró en torno de principio tan
fundamental. Entre aquellos que con saña reclamaron su
supremacía dentro del proceso revolucionario siempre primó
la tendencia a desentenderse de las cuestiones teóricas
y, según las circunstancias, a imaginarse molinos de viento
para justificar sus disparatadas acciones. Cierto que a raíz
de la invasión de los rusos a Afganistán, en las
postrimerías de 1979, nos pronunciamos a favor de un gigantesco
frente contra Moscú, cuyos cabecillas ya habían
dado muestras palmarias de su expansionismo. Sus afanes bélicos
consistían simplemente en la repetición de la conducta
de las grandes potencias que pugnan por un nuevo reparto del mundo,
fenómeno peculiar de la "fase superior", monopolística,
del capitalismo, y que en el siglo han ocasionado dos guerras
mundiales e infinidad de conflictos de irradiación local.
De dicha estrategia de contención no excluíamos
a Estados Unidos, Europa y Japón. Estaban en juego no sólo
la paz mundial y la democracia, sino la reivindicación
de las conquistas y los valores conculcados al socialismo, lo
más importante. Sabemos cómo terminaron todas estas
fatales tensiones. Con la estruendosa hecatombe de los soviéticos
surgió un panorama distinto; otros azares ocuparían
el puesto de los peligros desvanecidos, y habría necesariamente
modificaciones de varios grados dentro del rumbo táctico,
cual lo advirtiera el MOIR en el momento justo.
Washington,
sin muchos méritos, retomaba su cetro hegemónico
que tanta falta le hacía para recuperar las influencias
escamoteadas y resarcirse de los desgastes de un período
caótico demasiado prolongado. Sin riesgo alguno y aun a
costa de recrudecer las dificultades de la producción interna
se dio el lujo de reducir el presupuesto militar, tras declarar
a bombo y platillo el fin de la denominada "guerra fría"
y, por ende, de cualquier tipo de conflagraciones. Una noticia
especiosa que recorrió el planeta entero. En Colombia la
creyeron desde los curas hasta los dueños de las sinecuras.
Muy pocos recapacitaron que durante los decenios anteriores nunca
se dejó de guerrear. La propia contraofensiva de las huestes
estadinenses comenzó con Reagan, quien tomara por asalto,
en octubre de 1983, a la isla de Granada. En medio del derrumbe
de los amos del Kremlin las operaciones de Bush fueron palabras
mayores: ocupó Panamá, en diciembre de 1989; e invadió
Irak a la medianoche del 16 de enero de 1991. Con la primera maniobra
el imperio aseguraba en el redil a América Latina; y con
la segunda retornaría a las Arenas de Arabia en pos de
cerca de la mitad del petróleo de Occidente. Clinton continuaría
la escalada revanchista, bombardeando a Bagdad el 27 de junio
del presente año y promoviendo las heredadas masacres sobre
los suelos somalíes. En julio viajaría a Seúl,
desde donde despotrica contra Corea del Norte, a la que amenaza
con sangrientas represalias si no depone su posición política
o se empeña en sus planes nucleares. No cejaría
de instigar el desmembramiento de Yugoslavia, planteando la intervención
directa y la destrucción de las fuerzas serbias que con
denuedo intentan impedirlo. Le prometería al depuesto presidente
Aristide apoyo para reestablecerlo en el Poder, incluido el desembarco
en Haití de una partida del Pentágono. Por doquier
cabezas de playa que niegan la "paz" pero le garantizan
a la Casa Blanca ventajas de hierro y fuego en su disputa por
el control económico del orbe.
El sucinto
resumen de las últimas agresiones norteamericanas suministra
una idea de cómo se halla caldeado el ambiente universal
y de cuán hipersensibles se presentan las relaciones entre
las repúblicas avanzadas. A éstas, desde hace una
centuria, ya no les sirven los caparazones nacionales en sus objetivos
de impulsar el desarrollo, Están impelidas a aprovecharse
de las insustituibles oportunidades que les brindan las vastas
extensiones colonizadas, una infinita cantera de aprovisionamientos,
así como de salida para sus mercancías e inversiones.
La exportación de capitales configura su lema de combate.
Sin forma de evitarlo, expolian, de una parte, a los pueblos que
caen bajo su égida, y de la otra, enrédanse en duras
rebatiñas entre sí.
El capitalismo
se gestó dentro del libre comercio, hasta llegar a su edad
madura, el monopolio, que, lejos de suprimir la competencia, la
exacerba y la extiende por todo el globo, convirtiéndola
en casus belli. Al expandirse mina la capacidad de sus oponentes,
pues les quita ascendencia en diversos territorios; y sin pensarlo
saca del atraso a los países pobres, acabando el aislamiento
y estableciendo en los lugares más disímiles los
males que le son característicos. Inclusive ocurren contingencias
paradójicas. Las metrópolis terminan impulsando
más la producción en las tierras distantes que dentro
de sus mismas fronteras. Obviamente esto acontece mediante la
subordinación o el aplastamiento de las industrias nativas
por cuenta de los enormes conglomerados; mas el grueso de las
utilidades va a parar a las arcas de los linces de las finanzas,
los auténticos monarcas del reino actual de la usura y
el agio. En esos tejemanejes los imperialismos se engullen unos
a otros, o por lo menos se sustraen sus posesiones de ultramar.
Echan mano de cuanto medio sea aconsejable para tales propósitos.
Sobornan a los funcionarios de los gobiernos alcahuetas; facilitan
cuantiosas sumas con el objeto de que les compren, venden a bajos
precios sus mercaderías, es decir, utilizan el llamado
dumping con el objeto de arruinar a la contraparte. En el escamoteo,
el Estado opresor desempeña el papel protagónico,
puesto que coordina, decide e impone cada uno de los pasos del
gran negocio.
Las leyes
básicas de la extorsión imperialista están
comprendidas en lo señalado, así las modalidades
varíen de un país a otro, o según se trate
de una etapa u otra, El conocer aquellos fundamentos nos permite
gozar de una clara visión a la más amplia escala,
e intuir el comportamiento, las demandas o los intereses de las
diversas clases y fuerzas políticas. Hoy está de
uso la apertura con todo y cuanto ella implica. Lo cual no significa,
por supuesto, que en los decenios anteriores no hubiéramos
soportado las avalanchas intermitentes de los artículos
foráncos que infligieron serios golpes a las faenas productivas
de la ciudad y el campo; o que no hubiésemos sufrido la
especulación de los prestamistas e inversionistas de afuera.
Cuando
el general Pinochet inició en 1974 el ensayo en Chile la
burguesía colombiana seguía mascullando el manido
esquema de la Cepal, Comisión complementaria de la ONU,
con sus tímidas medidas arancelarias, sus escasos subsidios,
sus cortos estímulos, su sustitución de importaciones,
sus certificados de abono tributarlo, sus créditos de fomento,
etc. En aquella ocasión se insistía en el acoplamiento
de las asociaciones latinoamericanas, entre las cuales descollaba
el Pacto Andino, que reunía a los países del área.
Conforme a las miras de los Estados Unidos, cuyo vocero era a
la sazón el señor Nixon, la integración tendía
a la larga a propiciar las inversiones norteamericanas, por cuanto
una fábrica puesta en cualquier sitio podría realizar
sus ganancias en el resto del continente, sin preocuparse por
la estrechez de los mercados. Además, las acumulaciones
de la deuda externa empezaban a levantar obstáculos de
monta no sólo contra el desarrollo latinoamericano sino
contra los programas de saqueo del Norte. Los pueblos requerían
de más empréstitos a fin de cancelar los intereses
y las amortizaciones. Las estratagemas tradicionales quedaron
en entredicho.
Hacia
el principio de los años ochentas se hicieron evidentes
los estancamientos de los emporios industriales, los desbarajustes
del régimen de préstamos y las señales de
un malestar preñado de contradicciones. El Banco Mundial
y el Fondo Monetario Internacional plantearon resueltamente el
modelo aperturista, cuyos promotores serían los cientos
de miles de intelectuales recién egresados de los centros
educativos yanquis o proyanquis. A los productores colombianos
les aseguraron que el proceso se llevaría a cabo de manera
gradual y que dispondrían de bastante financiamiento para
que adelantaran la reconversión de sus plantas. El meollo
de la tesis estribaba en que una contracción de la demanda
interna y una competencia en regla contribuirían a fortalecer
las operaciones fabriles, a subir las exportaciones y a modernizar
la economía. Sin embargo, desde la administración
de Betancur los máximos organismos crediticios, que impusiesen
la nefasta monitoría sobre ministerios y entidades oficiales,
recabaron el recorte de cuanto impulso, subvención o amparo
coadyuvara en las labores nacionales. Algo semejante pasó
bajo Barco, quien puso en marcha el desmonte de estas escasísimas
prerrogativas, despejándole el camino a Gaviria, el predestinado
a ceder o alienar a la nación. Durante 1985 los sectores
pudientes sentaron su protesta ante los atentados que se veían
venir, La industria, por ejemplo, dijo en abril: "La presión
del Fondo Monetario para conseguir que el país abra nuevamente
las importaciones, resulta inaceptable, si se tienen en cuenta
los estragos de políticas similares aplicadas entre 1974
y 1982. La Andi considera que dicha apertura debe limitarse única
y exclusivamente al abastecimiento de materias primas, repuestos
y a la dotación de los equipos y maquinarias ".
Después,
un buen número de fabricantes sucumbiría frente
a los halagos del Ejecutivo, el cual continuaba brindándoles
de palabra dineros en abundancia con qué atender los gastos
de las costosas mejoras de sus factorías. En cualquier
caso la nueva estrategia se iría introduciendo progresiva
pero lentamente. Las autoridades nada cumplieron. Colombia había
caído en la encerrona, sin que de esta tétrica maquinación
se eximan los grupillos patronales y antipatriótícos
del movimiento sindical. Consumado el hecho, otra vez emergieron
los reclamos, las quejas, las denuncias. Los dirigentes de los
gremios, especialmente los empresarios agrícolas, no salían
de su estupor, Contemplando el espectáculo de la disminución
de las exportaciones y el incremento de las importaciones; la
carencia absoluta de la, capacidad competitiva; los alarmantes
síntomas desalentadores de la economía; el aumento
desbocado del desempleo, y el resto de las desgracias públicas,
el presidente de Fedemetal afirmaba hace ya un año que
"la característica dominante de la coyuntura es la
incertidumbre y la perplejidad".
Las modificaciones
constitucionales, el nuevo ámbito legal que había
de permitirle al gobierno gavirista emprender a sus anchas las
reformas, se efectuaron en un santianien, sumiéndonos en
una confusión jurídica sin antecedentes. Entre las
normas aprobadas cabe mencionarse las relativas a la división
territorial, un federalismo disfrazado, que se enruta a darles
acceso a los grandes consorcios, a que las regiones posean la
atribución de allanarles la vía a las inversiones
a través de requisitos fáciles y rápidos.
Hace rato se comenta con insistencia sobre las inmensas posibilidades
de las dos zonas costeñas. En ambas han de llevarse a cabo
obras de infraestructura física, sobre todo en el Pacífico,
que se construirán con incalculables recursos provenientes
de los bancos internacionales. En síntesis, nos conceden
empréstitos con la finalidad de que les preparemos el terreno
para la extracción de nuestras riquezas.
En procura
de tornar atractivas las transacciones ante los ojos de los monopolios,
hay que hacerlas altamente rentables, principiando por ofrecer
una fuerza de trabajo barata, capaz ésta sí de competir
con la de otros pueblos. Como cumplimos alrededor de un siglo
de relativa evolución industrial, registramos luchas sindicales
de alguna trascendencia que se han traducido en pequeños
avances respecto a los salarios y a las prestaciones. Estos logros
tienen que ser cercenados sí se espera implantar la apertura.
Lo cual concluyó consumándose con la ley 50 de 1990,
que deprimió la paga y los derechos de la clase obrera;
y por medio de las demás disposiciones regresivas de orden
social que están andando se han de suprimir pensiones,
cesantías y la atención de la salud.
Los otros
alicientes estriban en las adjudicaciones de muchas de las entidades
y empresas del Estado. Las providencias expedidas, mediante las
cuales se pretende privatizar bancos, puertos, vías, factorías
y servicios, precisan de la cancelación de los contratos
laborales, lanzándose al arroyo a miles y miles de operarios,
sin jubilación y tras lustros de sudar la gota, un puntillazo
a la propia evolución del país y a la perseverancia
de las masas laboriosas.
Aunque
en la enumeración falten varios zarpazos con que el águila
americana pretende destrozar las entrañas de sus neocolonias
del sur, hemos barruntado una perspectiva muy aproximada de los
épicos desafíos que no conseguirán eludir
los habitantes zaheridos y desfalcados del hemisferio. Unicamente
les queda la disyuntiva de combatir sin descanso ni vacilaciones
como se han atrevido los venezolanos, colombianos, peruanos, argentinos,
bolivianos, ecuatorianos, brasileños, chilenos, centroamericanos.
Uruguay echó atrás, por conducto de un referendo,
algunas de las cláusulas privatizadoras más lesivas.
Y así, el futuro está plagado de acciones heroicas
e históricas.
Los malentendidos
entre siervos y señores tampoco demoraron en aflorar. Mientras
aquéllos, obedientes, han decretado la plena liberalización,
éstos se escudan tras sus valladares fronterizos, impidiendo
o entrabando el ingreso de los géneros provenientes de
las porciones subdesarrolladas del globo. Son elocuentes los casos
del banano y el café, que de cierta manera influyeron en
la Cumbre Iberoamericana de Mandatarios, celebrada recientemente
en Salvador de Bahía. Allí, Gaviria hizo hincapié
hasta dónde la apertura "pasó como tema";
agregando que ahora "nos vamos a enfrentar a muchos problemas
de proteccionismo".
A las
quiebras del diseño las escoltarán las bancarrotas
de las metrópolis. Con la misma velocidad con que las potencias
apuntalaron sus dominios económicos los espacios comerciales
se irán saturando, el proletariado aprenderá a defenderse,
las utilidades bajarán y los beneficios primigenios habrán
de diluirse.
En los
avatares por sobrevivir, los monopolios, que contienden entre
ellos y se difunden sin cesar, acaban barriendo las bases de su
propia existencia.
La apertura
no impedirá la crisis imperialista.
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(*) Editorial
escrito por Francisco Mosquera para Tribuna Roja, No. 53, 13-26
agosto de 1993.