Vigésimo Aniversario Luis Eduardo
Rolón
Saludos.
Al atardecer de un domingo treinta
de junio, hace veinte años, en las estribaciones de
la serranía de San Lucas, al sur de Bolívar,
integrantes de las FARC asesinaron a Luís Eduardo Rolón,
destacado dirigente del MOIR, en esa región. Desde
que, en 1974, Francisco Mosquera impartió la directriz
de desplazar los cuadros más destacados de la ciudad
al campo, en procura de ampliar la influencia partidaria al
campesinado, Luís Eduardo acogió entusiasta
esa determinación. Desde Barrancabermeja, cuna del
movimiento obrero colombiano, cuadros políticos y dirigentes
sindicales de la USO, emprendieron la tarea de construir la
alianza obrero-campesina, piedra angular del Frente Antiimperialista
que requiere Colombia, para salir de la postración
a que ha sido condenada por la dominación extranjera.
La tesonera labor desarrollada
por el “Toche”, como cariñosamente lo llamábamos,
por su origen nortesantandereano, y muchos otros compañeros,
dio como resultado la creación de varias ligas y cooperativas
campesinas. Se trataba de organizar y educar al campesinado
de las regiones donde prima el esfuerzo humano en las faenas
agropecuarias, el problema del mercadeo de la producción
es una de las mayores trabas para el mejoramiento de su nivel
de vida y, de paso, mejorar las bases materiales y espirituales
para adelantar la lucha revolucionaria.
Hacia menos de dos años,
diecinueve ligas de esa estratégica zona habían
realizado un Encuentro departamental, en el que habían
intercambiado y resumido sus experiencias. Una de ellas había
logrado multiplicar por seis el área sembrada de arroz,
en un año, como producto de las ventajas que representaba
adelantar el mercadeo sin intermediarios y adquirir los insumos
y provisiones de manera directa y en volúmenes que
otorgaban márgenes rentables. Los avances logrados
permitieron comprometerse en construir, con el respaldo de
los sindicatos que orientaba el Partido, una escuela para
formar dirigentes agrarios.
Con el propósito de desembotellar
esas comarcas y mejorar la salida de los productos agrarios
hacia San Pablo, el mercado más cercano, ya se habían
erigido las bases de un puente sobre el Río Boque,
en el corregimiento de Monterrey, con la colaboración,
incluso de ingenieros de ECOPETROL. A estos menesteres se
dedicaba Luís Eduardo, pese a ser un día de
descanso, cuando recibió una ráfaga de ametralladora,
por la espalda. A la sazón, comenzaban a merodear por
aquellos contornos cuadrillas de las FARC, beneficiados por
las ventajas otorgadas al socaire de la pacificación
dialogada, instaurada por el ideólogo del “si
se puede”.
Dos fenómenos contradictorios
se desenvolvían a la par, en esas calendas. De un lado,
la arremetida del socialimperialismo soviético, que
había alcanzado su máximo desarrollo con la
invasión a Afganistán, en 1979, tropezaba con
la actitud más decidida de la administración
del vaquero Ronald Reagan y, del otro, el pacificador Belisario
Betancur había sucedido a la administración
Turbay, la cual había mantenido a raya las fuerzas
insurgentes, con su Estatuto de Seguridad. En pos de ocultar
su naturaleza reaccionaria y antinacional, aquel gobernante
optó por abanderarse del restablecimiento de la “paz”,
pactando entendimientos con los grupos armados que, lejos
de deponer los fusiles e incorporarse a la legalidad, reconociendo
lo equivocado de “combinar todas las formas de lucha”,
incrementaron su píe de fuerza y hostilizaban a agrupaciones
y persona inermes.
Al amparo de tan favorables circunstancias
las FARC y otras organizaciones alzadas en armas, extendieron
sus brazos por toda la geografía patria y desplazaron
de innumerables territorios a las fuerzas que se les oponían.
Esta noche están aquí con nosotros compañeros
que tuvieron que salir a las volandas de esas regiones, so
pena de correr la misma suerte del camarada Rolón.
Otros, cuyos nombres también debemos remembrar en esta
conmemoración, no pudieron escapar de la celada tendida
por quienes se proclaman como defensores del pueblo, pero
lo envilecen, chantajean y amedrentan. Tales son los casos
de Raúl Ramírez, asesinado en El Bagre –
Antioquia- a finales de 1986 y de Aidée Osorio eliminada
en Morales -Bolívar-, en marzo de 1987, entre otros.
La conmemoración de los
veinte años de la desaparición de nuestro compañero,
es propicia para refrescar conceptos y hacer nuevas reflexiones
acerca de los problemas de la guerra y la paz. Primero que
todo es menester señalar que pronunciarse sobre el
asunto no deja de tener sus bemoles, en cuanto las opiniones
que se viertan no sean del agrado de uno u otro de los bandos
implicados en la reyerta. El primer aspecto al que debemos
referirnos es el concerniente a las causas de la violencia
en Colombia, materia sobre la cual el argumento más
socorrido señala que son las profundas desigualdades
y la extrema pobreza, el terreno abonado sobre el que florecen
las acciones armadas. La explicación suena muy astuta
y válida pero, vale la pena analizarla, sobre todo
porque es muy extraño que sobre ella coincidan desde
las autodefensas de derecha, pasando por el gobierno y los
partidos tradicionales, hasta la guerrilla de izquierda.
Si nos atenemos a los hechos, después
de la Violencia, de origen bipartidista, de los años
40 y 50, la que hoy conocemos tiene sus raíces en el
entusiasmo que generó el triunfo de la revolución
cubana, en 1959, en las juventudes latinoamericanas, lo cual
dio origen a la aparición de innumerables focos guerrilleros,
en todo el subcontinente. Al calor de las hazañas de
los barbudos cubanos brotaron en nuestro lar el ELN, el EPL
y las FARC, con el propósito de seguir su ejemplo.
La revolución era asunto de pocos días y el
hundimiento del imperio del norte se antojaba inmediato, pero
nadie se refería, entonces, a la injusticia social
como la excusa para tales acciones. Poco a poco las perspectivas
de un triunfo rápido se fueron diluyendo, comenzó
a cundir la desesperanza y varios de los grupos insurrectos
se desmantelaron y sus integrantes o dirigentes regresaron
a las lides políticas tradicionales. Tal fue el caso
de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional, FALN,
en Venezuela, de los Tupamaros, en Uruguay y muchos más.
A la par que se hundía esta
alternativa, con la desaparición de varios de sus más
importantes abanderados, como el Che Guevara, en Bolivia o
Camilo Torres, en Colombia, surgía la Unión
Soviética como una superpotencia capaz de competirle
a Estados Unidos la hegemonía mundial. Esa nación,
encubierta bajo la enseña del socialismo, adelantó,
a partir de 1975, una ofensiva fundamentalmente militar, en
procura de desplazar a Washington de sus tradicionales dominios.
Tras ese objetivo el Kremlin recogió a los grupos sublevados
que aún subsistían, los cobijó y patrocinó,
para que le sirvieran de cabeza de playa en el patio trasero
norteamericano, de manera que tales agrupaciones recibieron
un segundo aire, en el marco de la confrontación bipolar
que caracterizó los años setenta y ochenta.
De nuevo fueron los factores de política mundial y
no los locales de índole económica y social,
los que determinaron esta segunda fase del desenvolvimiento
del conflicto interno.
Hundida esta ofensiva, por las
deficiencias de la retaguardia económica y desmembrada
la URSS, las organizaciones alzadas en armas, se vieron obligadas
a reforzar otros métodos de financiamiento, al punto
que ahora han sido los vínculos con el tráfico
de drogas y el secuestro, sus principales fuentes de recursos.
Ello ha llevado a un profundo distanciamiento entre la población
y la guerrilla de izquierda, cuya popularidad entre los núcleos
populares es muy baja y a que proliferaran los grupos de autodefensa,
como una inaceptable reacción ante los desmanes de
los insurrectos. En este rápido resumen de la evolución
del problema de la violencia se puede observar cómo
el análisis simplista de que la nación adolece
de hondas y seculares iniquidades y, por ende, se justifica
la beligerancia armada, sin tener en cuenta si son propicias
o no las circunstancias económicas y políticas,
nacionales e internacionales, tiene serias deficiencias. Además,
porque si la crisis del engranaje productivo y social determina
la hora de la insurgencia: ¿por qué no se presentan
guerras insurreccionales en países con mayores desigualdades
que las que registra Colombia?
La segunda reflexión que
queremos plantear en esta oportunidad se refiere a la connotación
que tiene, en la crítica situación nacional
el problema de la violencia. Según el Plan de Desarrollo
del actual gobierno, el principal obstáculo para la
prosperidad y el bienestar de los colombianos, es la existencia
del conflicto armado. Mas, si nos atenemos a las mismas cifras
oficiales son las cuestiones de naturaleza económica
las primordiales causas de las angustias nacionales. De hecho,
recientes estadísticas muestran que sólo el
10% de las muertes que se presentan en nuestro país
son producidas por el enfrentamiento bélico.
Al cuantificar los costos de la
violencia y compararlos con los derivados de la aplicación
de las políticas neoliberales, queda claro que las
penurias de la economía colombiana provienen esencialmente
de la apertura de la economía, las privatizaciones,
la quiebra de la producción, la entrega del manejo
cambiario a la banca privada y, sobre todo, del oneroso servicio
de la deuda externa. Los datos oficiales muestran, sin lugar
a equívocos, que en 1993 debíamos 18.900 millones
de dólares, entre ese año y 2004 hemos cancelado
47.300 millones y en esa segunda fecha el monto de la deuda
externa asciende a 35.900 millones de dólares.
Hechas estas dos aclaraciones cabe
adentrarse en un análisis, acerca de cual puede ser
el camino más expedito para alcanzar un clima de controversia
civilizada. Hay quienes, a nombre de Francisco Mosquera, respaldan
la política de seguridad democrática con el
argumento de que esta estrategia golpea a las FARC. Nunca
ha formado parte de nuestro ideario la propuesta de que la
salida al conflicto armado sea netamente militar. No conocemos
ningún documento suscrito por el fundador del MOIR,
donde se invoque la guerra total como fórmula para
superar el clima de violencia, requisito indispensable para
resolver nuestra caótica situación. Por el contrario
hemos criticado insistentemente que los problemas de la guerra
se resuelvan con más guerra, cual lo pretende el señor
Uribe Vélez. De manera que, sin abandonar los ajetreos
militares, propios de un estado de beligerancia, se debe procurar
una salida política, en la que se brinden garantías
a las organizaciones que decidan retornar a los cauces de
la restringida democracia que nos rige.
Sin embargo, durante más
de veinte años el país ha ensayado el camino
de la solución dialogada, sin que los resultados hayan
sido positivos. Por el contrario, es en este tiempo que se
ha agudizado el conflicto y se ha elevado a los peores niveles
de degradación. El problema radica en que se liga la
consecución de la paz a la mudanza del país,
de manera que se supedita el acuerdo a que se pacten las profundas
transformaciones, que no han podido alcanzarse mediante el
triunfo militar, algo así como una especie de reformismo
armado. De esa forma la infinidad de materias previstas en
las agendas que se plantean para la discusión, hacen
que el itinerario propuesto, en vez de conducir a un pronto
y cabal arreglo, se empantana a medida que transcurre. Ese
expediente fue ensayado bajo el gobierno de Belisario Betancur
y fue reeditado por Andrés Pastrana, con resultados
harto cuestionables, al punto que la violencia y el terrorismo
se han extendido como una mancha de aceite por toda la geografía
nacional.
Con base en los desaciertos de la administración anterior,
surgió como opción la propuesta de guerra total
enunciada por el actual mandatario, con la cual logró
el respaldo de un país cansado de diálogos infructuosos.
Casi tres años después de formulada, los resultados
son bastante discutibles, en cuanto los objetivos propuestos
se ven lejanos y la guerrilla mantiene prácticamente
intacta su capacidad perturbadora. Con base en las mismas
estadísticas oficiales se puede concluir que los logros
de esta estrategia son mínimos. Según Planeación
Nacional y el ministerio de Defensa la extorsión pasó
de 1.738 casos en 2000 a 2.351 en 2004; las víctimas
por minas crecieron de 688 en 2003 a 797 en 2004; los soldados
heridos subieron de 8.062 en 2003 a 9.472 el año pasado.
A la par se desarrolla un discutido y arrevesado proceso de
paz con las autodefensas, con características parecidas
a las que se criticaban al anterior mandatario, cuando lo
hacía con la FARC, incluso con mayores prerrogativas
que las otorgadas a esa agrupación.
En nuestra opinión las agrupaciones
armadas, sean de izquierda o de derecha, deben renunciar irrevocablemente
a la táctica de imponer sus criterios por la vía
del amedrentamiento y el terror. Los métodos extorsivos,
la intimidación, el secuestro y su financiación
mediante el tráfico de estupefacientes deben ser erradicados,
para dar paso a un clima de controversia civilizada, en el
que los grandes problemas nacionales puedan ser discutidos
democráticamente, sin temor al atentado personal o
el chantaje. A su vez el estado debe brindar garantías
para que esas fuerzas se reinserten a la vida legal y participen
en el debate nacional sin riesgos para su seguridad.
Por supuesto ello implica la liberación
de todos los secuestrados, la excarcelación de los
presos políticos y la expedición de normas que
permitan que los delitos de lesa humanidad y los genocidios
por fuera del enfrentamiento armado, sean castigados de manera
ejemplar. Todo ello sin perjuicio de que haya un tratamiento
judicial especial que facilite la reconciliación de
todos los colombianos y el sometimiento a los cánones
vigentes, sin privilegios odiosos que premien a quienes se
pusieron por fuera de la ley. Los tropiezos de las actuales
políticas de negociación con las autodefensas
ponen en evidencia dos grandes verdades: Una, que algunos
amigos de la solución negociada se oponen a ella cuando
no involucra a los actores del conflicto que son de sus simpatías
y, dos que la pugnacidad no se desmonta entregando gravosas
concesiones a quienes optaron por el camino de la beligerancia,
en cuanto los demás sectores de la sociedad, incluyendo
la contraparte en el conflicto, se sentirán lesionados
y maltratados.
No quisiera terminar esta intervención
sin referirme a un tema que se ha puesto al orden del día,
en cuanto la mayoría de la denominada izquierda ha
decidido asumir la defensa de la aciaga Constitución
de 1991, bajo la forma de la preservación de los derechos
sociales contenidos en el texto constitucional, desconocidos
de manera permanente y sistemática. Constituye una
burla consignar un catálogo interminable de derechos
y garantías, en tanto se consagra una política
económica que arruina la producción. Como lo
dijera Mosquera, en 1989, “Así como nunca hubo
bienestar social sin desarrollo económico, tampoco
habrá despegue industrial con un pueblo excluido del
mercado”.
En materia económica la
Carta Magna, ha servido de soporte jurídico a la política
implementada en este período, tanto que consagra la
apertura e integración económica, como un principio
constitucional, de manera que lo actuado en esta materia,
con gravísimas consecuencias, está sustentado
en la Ley de Leyes. En ese mismo sentido han operado las atribuciones
que se le concedieron al Congreso, para transferir parcialmente
determinadas atribuciones a organismos internacionales, así
como las que le han permitido modificar aranceles y tarifas
concernientes al régimen de aduanas, a sabiendas de
que tales modificaciones se han hecho para eliminar todas
las barreras y obstáculos al ingreso indiscriminado
de mercancías y capitales foráneos, principal
causa de la ruina de la economía. También constituye
una seria amenaza a la soberanía y la integridad nacional,
el proyecto de regionalizar el país, otorgándoles
a los entes territoriales atribuciones del orden nacional,
tales como contratar empréstitos, crear nuevos impuestos
y establecer concesiones al capital extranjero para la explotación
de recursos naturales. Esta ha sido la tendencia predominante
a nivel planetario para debilitar las naciones y hacerlas
más fácil presa de la voracidad de las grandes
multinacionales: De un lado, transferencia de atribuciones
a los organismos internacionales y, del otro, desmembración
del país, una combinación altamente favorable
a los intereses extranjeros.
Como el modelo neoliberal no es
solamente apertura de mercados, el complemento se encuentra
en el otorgamiento de facultades al Ejecutivo, para vender
o liquidar empresas monopolistas del Estado. Llama la atención
también que se haya elevado a norma constitucional
la sostenibilidad de la deuda pública, en cuanto se
garantiza a tan elevado nivel jurídico, el pago oportuno
y cumplido de la onerosa deuda externa, que más bien
parece eterna.
En los aspectos sociales los efectos
también han sido nocivos, al establecer, por ejemplo,
la prestación de servicios de salud y seguridad social,
por parte de las empresas privadas. Este criterio ha entrañado
que estos servicios sociales se conviertan en lucrativos negocios
en manos del sector privado, lo cual ha implicado la desmejora
de los servicios, la disminución de la cobertura y
la negación en la práctica de estos derechos
a importantes núcleos de la población. Similar
circunstancia se presenta en la prestación de los servicios
públicos domiciliarios, a los cuales también
se permitió el ingreso de las empresas particulares,
con la consecuencia de su encarecimiento y que las personas
de más escasos recursos no accedan a ellos.
Además vale la pena hacer
referencia a la autonomía del Banco Emisor, con respecto
a las diferentes instancias de gobierno. Ello ha significado
que el manejo monetario y cambiario quede en manos de un grupo
de tecnócratas que obedecen más a los dictámenes
de los organismos internacionales, manejados por las grandes
potencias, encabezadas por Estados Unidos, que a las orientaciones
emanadas de las autoridades nacionales. Como se puede observar
queda muy difícil asumir la defensa de un “estado
social de derecho”, formulado en la Constitución
que en materia económica y social sirve de puntal a
la andanada neoliberal que ha arrasado con los escasos vestigios
de desarrollo y soberanía.
Finalmente es necesario insistir
en una valoración objetiva de lo que han representado
para el pueblo colombiano, cuarenta años de conflicto
armado. Cabe preguntarse si no ha servido este fenómeno
para justificar la actitud represiva en contra de la población,
de los sucesivos gobiernos; si no ha sido también un
factor que ha obstruido la capacidad de movilización
de las masas, atemorizadas por la violencia generalizada;
si no ha contribuido al desprestigio de las opciones revolucionarias
y del mismo marxismo, del cual se dicen paladines. Pero, sobre
todo, ¿no se ha convertido este asunto en un factor
de discusión y una traba a los procesos de unidad que
necesariamente debieran adelantar los sectores patrióticos
y democráticos?
Por presentar estos argumentos
y exigir que la unidad del pueblo colombiano se forje con
base en una clara posición de rechazo al terrorismo
y la violencia, en todas sus manifestaciones, se nos acusa
de divisionistas y de no facilitar la confluencia de todos
los sectores de izquierda. ¿No les cabrá mayor
responsabilidad a quienes simpatizan con esos métodos
y ponen como condición condenar a uno de los grupos
en conflicto y callar frente a los estragos del otro bando?
De hecho hemos formulado propuestas y realizado esfuerzos
para alcanzar la más amplia unidad, pero siempre se
ha atravesado como un factor de perturbación, esta
cuestión. La prevalencia del oportunismo de izquierda,
expresado en la afinidad con la “combinación
de todas las formas de lucha”, o del oportunismo de
derecha manifiesto en la defensa del “estado social
de derecho” y la nefasta Constitución del 91,
se erigen hoy como el principal impedimento para las aspiraciones
unitarias y libertarias de nuestro pueblo.
En síntesis, podríamos decir que la opción
es ni gobiernismo, ni reformismo, ni terrorismo. Camarada
Luís Eduardo Rolón, tu memoria imperecedera
será reivindicada por la historia, que te reconocerá
como uno de los forjadores de una Colombia próspera,
soberana y democrática.
Muchas Gracias.