Frente Revolucionario o Componenda
Reformista
La
carta que el camarada Francisco Mosquera envió a la dirección
de FIRMES, contiene las condiciones mínimas demandadas
por el MOIR para conformar, un frente único revolucionario
de liberación nacional en Colombia.
Compañeros
ENRIQUE SANTOS CALDERON,
GERARDO MOLINA y demás miembros de la dirección
nacional de FIRMES.
Apreciados compañeros:
A instancias de ustedes nos acercamos a la mesa de negociación,
y hoy, pues, una vez más, nos vemos enfrascados con varias
agrupaciones en el consabido debate sobre la conformación
de un frente unido revolucionario. Hemos estado escépticos
al respecto, a pesar de que ustedes, en las entrevistas bilaterales,
hablaron de no vetar a ningún contingente apto para contribuir
a la alianza proyectada, y de interceder para que a ésta
concurran el MOIR y el Partido Comunista, enfatizando que preferirían
no unirse con ninguno de los dos si uno de ellos faltara. La intención
es buena y no abunda agregar que nosotros también deseamos
la unidad, por la cual nos hallamos prestos, como siempre, a transar
en aras de soluciones positivas. Los obstáculos provienen,
a nuestro juicio, de la contracorriente oportunista y liberal,
boyante en los últimos años, que, socapa de resistir
a la represión y combatir el militarismo, pide el apuntalamiento
de la democracia oligárquica, o sea de la dictadura ejercida
sobre el pueblo por parte de la minoría burgués-terrateniente
intermediaria del imperialismo norteamericano. Esta contracorriente
se ha salido de madre y con sus tesis reformistas y sus concepciones
retardatarias inunda los terrenos de las más diversas manifestaciones
políticas. He ahí el motivo de nuestro escepticismo.
Si en lugar de propender por una nueva sociedad se nos invita
a prolongar la agonía de la vieja, mucho tememos que no
sería viable la avenencia, por lo menos hasta cuando un
cambio radical en la correlación de fuerzas le imponga
al frente único el rumbo compatible con los anhelos libertarios
de los obreros, los campesinos y el resto de clases y capas revolucionarias.
A medida que cunde el caos y se desata la crueldad de las autoridades,
crece el vocerío de quienes reclaman reajustes al orden
jurídico predominante, o solicitan que se cumpla con la
recíproca vigilancia y la escrupulosa separación
de las ramas del Poder, o recaban el nombramiento de procuradores
imparciales y con mayores atribuciones, todo dizque enderezado
a aplacar los desenfrenos de la soldadesca y atemperar la democracia
en Colombia. Muchos abogan por la truculenta y corrompida justicia
ordinaria cuando impugnan los consejos verbales de guerra. Sobran
aquellos que reprueban la tortura pero suspiran porque la república
de los torturadores funcione cual un relojito. Algunos imaginan
que si se levanta el estado de sitio las elecciones serán
libres. Esto en Colombia donde, pese a 150 años de historia
republicana, el despotismo terrateniente se asocia todavía
al del gran capital; donde el Ejecutivo prevalece omnipotente
sobre unas corporaciones electivas huérfanas de influencia
y sobre una justicia postrada cada vez más a sus arbitrios;
donde los derechos del pueblo se hallan sepultados bajo un alud
de reglamentaciones prohibitivas, y donde, para colmo de males,
el imperialismo se enseñorea como el amo supremo. «La
joya es preciosa, basta arreglarle la moldura», pregonan
los restauradores. En suma, al país se le quiere burlescamente
sacar del cuerpo el terror oficial y demás demonios, se
le quiere exorcizar, evocando los milagros sesquicentenarios del
vetusto Estado, que mantiene a la nación en bancarrota
e hipotecada al extranjero y a las masas trabajadoras sumergidas
en la más abominable esclavitud.
El MOIR no objeta la lucha contra las medidas represivas y a favor
de las libertades públicas y los derechos democráticos
para los oprimidos; por el contrario, hemos creído y seguimos
creyendo convenientes y urgentes los pronunciamientos y movilizaciones
en ese sentido. Las dos o tres conquistas que las masas populares
arrebaten al enemigo en la contienda, les servirán, les
deben servir, para avanzar en pos de su liberación y no
para acogerse a una falsa e inicua estabilidad que equivaldría
a la consolidación de su envilecimiento. Entre otras modalidades
de combate, participamos en las elecciones, no obstante los manipuleos
antidemocráticos de las mismas, porque cualquier resquicio
que nos otorguen u obtengamos para manifestarnos, lo utilizaremos
en la agitación de nuestras ideas y en la organización
de nuestras filas. Las reivindicaciones democráticas alcanzadas
bajo el dominio expoliador no son el fin sino un medio en la marcha
tras los objetivos revolucionarios, y nunca sacrificaremos los
segundos por las primeras.
Nos negamos a concurrir al Foro de los Derechos Humanos precisamente
porque este certamen convirtió la pelea contra el militarismo
y el Estatuto de Seguridad en una coraza protectora de las instituciones,
de los códigos y demás instrumentos «pacíficos»
del régimen. Como la inflación aumenta sin cesar
y el costo de la vida y la miseria de las masas bordean los límites
de la tolerancia, es decir, como la superexplotación del
imperialismo y sus fámulos ha sumido a la nación
en la peor de sus crisis, las marionetas al mando recurren sin
titubeos a la violencia institucionalizada para sofocar el descontento,
la inconformidad, la rebeldía. Pero si los descontentos,
los inconformes y los rebeldes aceptan voluntariamente el ordenamiento
legal, la oligarquía no tendría el menor reparo
en levantar las medidas de emergencia, mientras la expoliación
continúe su carrera desbocada.
Batallemos unidos contra la escalada fascistoide y aprovechemos
estas lides por las libertades para encauzar un poderoso movimiento
que conduzca a la revolución y no a la restauración,
que mire hacia el futuro y no al pretérito, que defienda
la nueva democracia de los contingentes antiimperialistas y no
la vieja democracia de los intermediarios antinacionales. Dilucidar
tópico tan fundamental lo estimamos apremiante.
Puesto que somos sinceramente partidarios de un entendimiento
de verdad perdurable, que trascienda los comicios de 1980 y soporte
los rigores de una larga travesía, no nos queda más
disyuntiva que la de abocar y esclarecer este y otros temas. Sea
para echar sólidas bases a la cooperación propuesta,
sea para ponernos de acuerdo en los desacuerdos.
Con la salvedad del FUP, los demás asistentes a las reuniones
de negociación se muestran muy inclinados a que el frente
no elabore un programa democrático-revolucionario de liberación
nacional; e insisten en que aquel se bandee con una plataforma
de acción inmediata, o como se le llame, que se reduciría
a unas cuantas reformas al régimen y a las peticiones de
libertad formal. Contra la conveniencia del programa exigido por
nosotros se han levantado mil y un sofismas. Que cualquiera lo
puede firmar y desconocer más tarde, tal cual ha sucedido
en el pasado. Que es mejor tratar de esbozarlo poco a poco y conforme
a los progresos que se vayan obteniendo. Que definiciones demasiado
extremas ahuyentarían a otros aliados con ideas distintas
a las nuestras. Sin embargo, en el fondo, semejantes alegatos
únicamente esconden la conciliación con la contracorriente
oportunista y liberal en boga. Una coalición que no recoja
ni se guíe por las reivindicaciones económicas y
políticas esenciales de las clases antiimperialistas y
revolucionarias, especialmente en la hora actual, se torna sin
remedio en la oposición de su majestad y, como toda oposición
en los sistemas de democracia burguesa, su triste papel será
el de sugerir rectificaciones que ayuden a la buena gestión
de las administraciones que combata, hasta conseguir algún
día que los reales detentadores del Poder le permitan el
privilegio de gobernar, en reconocimiento desde luego a no haberle
pisado jamás ni un callo a la Constitución reinante.
Eso por un lado y por el otro, si las masas laboriosas de la ciudad
y el campo, incluidos los pequeños y medianos industriales
y comerciantes, no ven traducidos en los postulados del frente
sus intereses más vitales y sus aspiraciones más
sentidas, lejos de rodearlo y engrosarlo con entusiasmo terminarán
decepcionándose de él. La duración y la vitalidad
de los pactos unitarios se relacionan sin duda con esta cuestión.
Un convenio alrededor de tareas inmediatas y simples reformas
correrá a cada instante el albur de resquebrajarse fácilmente,
a causa de las contradicciones de monta que a menudo plantea la
lucha de clases. A la inversa, un acuerdo mínimo suscrito
sobre un programa estratégico, aceptable para las distintas
fuerzas revolucionarias, tendría mejores posibilidades
de subsistir a las pruebas del tiempo. El programa no lo es todo,
pero determina la orientación y el carácter del
frente. Lo puede admitir, ciertamente, de palabra, cualquier persona
o grupo y después retractarse, mas nos proporciona un arma
importante, teórica y política, contra las vacilaciones
y la entrega. Su ausencia sólo les convendrá a los
sectores más indecisos y menos numerosos, los cuales quedarían
con las manos sueltas para interpretar falazmente y a su acomodo
los problemas candentes, de incumbencia general, y sembrar la
confusión.
La coalición que propugnamos consiste en un convenio de
clases dispares que, no obstante regirse por criterios encontrados,
ya que cada una ocupa un puesto especial en la sociedad, se unen
porque padecen los vejámenes y las persecuciones del imperialismo
y sus lacayos, enemigos comunes, así los soporten de manera
y en grados diferentes. Entre tales destacamentos sublevables
contamos, aparte de los obreros, los campesinos y la pequeña
burguesía urbana, a la burguesía nacional y a todos
aquellos que en un momento dado se hallen dispuestos a apoyar
el proceso emancipador y contribuir a la salvación de Colombia.
Para allanar el sendero de la unión, el proletariado se
reserva sus metas socialistas propiamente dichas y propone a sus
aliados un programa nacional y democrático, tendiente a
derrocar a la minoría opresora, independizar a la nación
de la coyunda imperialista, adelantar las transformaciones económicas
que el desarrollo del país requiere e instaurar un nuevo
Estado de las clases revolucionarias. No de otro modo concebimos
en las condiciones actuales un frente único de liberación
nacional. Lo demás serán acciones unitarias restringidas,
electorales, o de visos semejantes. La creación de la más
amplia alianza, destinada a emancipar al pueblo y cambiar a Colombia,
ha de confundirse, es, se concreta en la lucha por la revolución,
por su triunfo. No depende de los buenos oficios de nadie, ni
de la postura en particular de uno o dos grupos, aunque los anime
la mejor voluntad del mundo. Depende de la derrota de las posiciones
reaccionarias predominantes, que encarnan tanto dentro como fuera
del frente determinadas clases. El que haya unidad o no lo define,
en último término, quién tome la iniciativa,
es decir, qué clases poseen la fuerza o les favorecen los
acontecimientos en una fase precisa de la contienda. Nosotros,
verbigracia, hemos advertido sobre lo ventajoso de aliarnos con
la burguesía nacional, por lo cual, incluso, fuimos anatematizados
en años anteriores; sin embargo, la naturaleza de esta
clase y los tropiezos de la revolución, la han colocado
casi siempre cerca de las fórmulas trajinadas y mentirosas
de la «culta» derecha y distante de las certeras soluciones
de la izquierda «inculta». Habernos coligado con ella,
absolviendo y legitimando sus sumisas ilusiones, por el prurito
de hacer un frente, antes que una necedad hubiera configurado
una traición. Mas el tiempo discurre a favor nuestro. Períodos
llegarán en que no luzca tan promisorio tararear las salmodias
de los círculos vendepatria entonces sí los requisitos
los establecerán, implícita o explícitamente,
las fuerzas revolucionarias y el frente único será
una realidad incuestionable.
Aplaudimos los esfuerzos para aproximar sectores disidentes de
los partidos tradicionales, empero no habrá forma de convencernos
de que la coalición se haya de pactar con arreglo a las
pautas de la cháchara liberal-conservadora. Los amigos
pertenecientes a aquellas banderías que ambicionen librar
la batalla por el progreso de Colombia y la felicidad del pueblo,
han de saber que fracasarán en el empeño de persuadir
a la revolución de que defienda las «excelencias»
de la podrida justicia ordinaria, las «ventajas» de
las satrapías civiles, o cualesquiera de las otras «virtudes»
de la democracia oligárquica, y a que todo avance real
del país o de las masas populares resulta incompatible
con las instituciones del régimen vigente. En ello estriba
el interrogante. ¿Lograremos un frente con levadura revolucionaria,
o, en las difíciles circunstancias de la hora, para ganarnos
a unos cuantos disidentes habremos de resignarnos a ayudarles
a vender sus antiguallas bajo novedosas etiquetas? Y más
específicamente: ¿Lograremos superar la contracorriente
oportunista y liberal en boga y constituir una amplia coalición
orientada por un programa auténticamente nacional y democrático?
En 1974 y en elecciones posteriores, por encima de los intentos
e intrigas del Partido Comunista, descartamos la opción
de acercarnos a la dirección rojista, puesto que esta decadente
tendencia no renunciaba a su marcada contemporización con
los intereses y las miras de las clases dominantes, y no había
medios de contrarrestar las componendas, primero del General y
luego de la «capitana». Preferimos en sucesivas ocasiones
coligarnos con el ala progresista de Anapo, lo que se comprobó
acertado. Hoy, cuando ya empezaron las inscripciones para los
sufragios de 1980 y vuelve a menearse lo de la unidad, llamamos
la atención: ¡liberales en un frente revolucionario,
si !; ¡revolucionarios en un frente liberal, no!
Los puntos programáticos patrocinados por el MOIR no son
tan extremos ni tan asustadores como se los pretende motejar.
Apuntan, desde luego, contra los monopolios extranjeros y colombianos,
el capital financiero, los grandes terratenientes, los magnates
del comercio importador y exportador, los pulpos urbanizadores,
en una palabra, contra los imperialistas y las clases lacayunas,
que seguramente no pasan del cinco por ciento de la población.
En cambio no tienen por qué ahuyentar al restante noventa
y cinco por ciento, siendo que recogen los requerimientos elementales
de las abrumadoras mayorías atrapadas en una asfixiante
atmósfera económica y política. Nuestro programa
unitario no contempla la abolición de la propiedad privada,
sólo anula sus formas monopolísticas. De aplicarse,
las diversas capas del campesinado saldrían gananciosas
con la supresión del saqueo imperialista y del sistema
terrateniente; gozarían, ¡por fin!, de un clima propicio
para laborar, y los menos acomodados o los más pobres rescatarían
la tierra usurpada. Los industriales y comerciantes no monopolistas
se librarían de las trabas que entorpecen sus actividades
cuando no los conducen a la ruina. El proletariado daría
un salto gigantesco hacia su emancipación. Y así,
cada clase, cada sector, cada estamento del pueblo satisfaría
sus mínimas y esenciales aspiraciones. Al indígena,
al intelectual, al artista, a la mujer discriminada, en suma,
a todas las fuerzas revolucionarias les sobrarán alicientes
parar unirse y combatir tras las metas del frente único
de liberación nacional, hasta vencer y estructurar un Estado
suyo, sin el cual ninguna de sus conquistas sería duradera
ni ninguno de sus derechos democráticos cierto. Bajo la
tutela del nuevo Estado quedarían los recursos naturales
básicos del país y los monopolios nacionalizados,
la planeación económica y la salvaguarda de la soberanía
nacional.
No se trata pues de un programa sectario, impositivo, extremo,
o elaborado a espaldas de la realidad viviente. Descalificarlo
con esos epítetos, digámoslo de una vez, obedece
a que significaría un escollo para amistarse con segmentos
del liberalismo y el conservatismo, considerados decisivos así
no cedan un ápice en sus fueros ni transpongan un milímetro
la frontera de la democracia oligárquica, y cuando critican
las fallas, los excesos y si se quiere las injusticias del régimen,
lo resguardan a morir, comprometiéndose, máximo,
en una cruzada para refaccionarlo. A estas vertientes sólo
una minuta de reformas les cae como anillo al dedo, permitiéndoles
entrar al juego del denominado frente democrático, incluso
con sus respectivos candidatos, todavía en salmuera, para
la nominación presidencial de 1982. Hasta Belisario Betancur
llegaría a simbolizar un as barajable.
Dentro del panorama descrito, el Partido Comunista ha venido desechando
la efectividad y la trascendencia de un frente con perfiles claramente
plasmados desde ahora. No hará tres meses que el secretario
de tal agrupación sostuvo: «El problema que tiene
el PC es que difícilmente encuentra sectores de izquierda
con los cuales entenderse». Y procedió a tachar uno
a uno a los eventuales aliados: «La Anapo ha desaparecido
y los sectores de izquierda que han sido nuestros compañeros
en otras campañas electorales están también
en situación bastante difícil».De ustedes
comentó: « Estamos viendo si el movimiento ‘Firmes’
se desarrolla, esto hasta ahora no se puede medir, tal vez en
las elecciones próximas se podría saber...»
Agregó: «Fuera de eso existen unos pequeñísimos
grupos socialistas de carácter local, porque no han podido
construir un partido de carácter nacional « . Y remató:
«Al MOIR no lo mencionamos o incluimos siquiera».
Sus esperanzas de realinderación las cifró entonces
en lo siguiente: «Está el problema del surgimiento
de nuevos sectores democráticos liberales y conservadores.
Este hecho puede tener una gran perspectiva futura pero no inmediata...»
.
Dentro del mismo tenor pululan infinidad de declaraciones y comentarios
cuya única estrategia reside en pescar cualquier convenio
con las disidencias de los partidos tradicionales. Según
este enfoque, una participación conjunta en la próxima
refriega electoral, por más unitaria que se muestre, pero
sin el concurso de aquellas disidencias, no definiría absolutamente
nada a consecuencia de la espera de los socios pudientes para
los comicios del 82.
Sin imprimirle un derrotero revolucionario, que habrá de
partir de la suscripción de un programa auténticamente
nacional y democrático, la unidad concluiría siendo
subastada. Ya la gran prensa le batió palmas al espíritu
conciliador que cunde por doquier. Luis Carlos Galán, refiriéndose
a las noticias publicadas prematuramente acerca de la concertación
del frente único, acotó que «al liberalismo
le conviene la competencia de una izquierda organizada y seria
que respete la Constitución» . Y «El Tiempo»,
vocero oficioso de este y de todos los gobiernos de la hegemonía
liberal-conservadora, ofreció sus páginas a la anunciada
alianza para que divulgue su «examen de la problemática
colombiana» y sus «soluciones más acertadas»
. De oscuro presagio son los pronunciamientos conocidos a raíz
de las gestiones iniciales por coordinar dentro de un solo bloque
a las colectividades contrapuestas al bipartidismo dominante.
A las gentes del común no les producirá gracia alguna
el que su acción se reduzca a colaborar con sus depredadores
en el arte del buen gobierno, mediante un pugilato este sí
académico; ni que sean los diarios más abyectos
los que le proporcionen asilo al frente para ventilar sus políticas.
Ustedes han de comprender también nuestra preocupación.
O existe un asombroso malentendido que merece despejarse inmediatamente,
o la línea trazada urge una corrección de fondo.
Verdaderamente los partidos tradicionales se están descomponiendo.
Pero lo que entró en crisis fue su hegemonía secular,
vale decir , su dictadura, sus tesis, su moral, sus felonías,
su sociedad entera.¿Cómo ejercer de albaceas testamentarios
de una época que se despide para siempre de la escena?
Somos nosotros y no al contrario los que debemos instar a los
liberales y conservadores de avanzada a culminar la empresa tantas
veces interrumpida de construir una república popular,
democrática y soberana, única con el porvenir asegurado.
Objeto de agudas divergencias ha sido también el punto
del no alineamiento. Desde años atrás el MOIR planteó
rotundamente que al frente ni por asomo ha de matriculársele
en la política de ningún Estado o grupo de Estados,
y mucho menos si se deseaba preservarle su amplitud. Así
respondimos a las excluyentes exigencias del Partido Comunista
de que el respaldo a Cuba, más concretamente a su gobierno
y por lo tanto a los planes expansionistas de la Unión
Soviética, equivalía a una intransigible cuestión
de principios para la unidad. Desde 1975 la división halló
en este foco de perturbación los mejores pretextos para
hacer su agosto. Ustedes, según los enunciados de Firmes,
recogen o coinciden con la premisa del no alineamiento, aun cuando
se la expliquen de manera distinta. Esto hizo factible en realidad
el intercambio de opiniones que estamos efectuando. De otra parte,
se nos comunica que el Partido Comunista depondría su antigua
posición, ya que de otra forma no habría ninguna
posibilidad de acuerdo. No vemos entonces por qué persiste
la negativa a que se señale expresamente conclusión
tan clave, aceptada prácticamente por la totalidad de los
interesados en la alianza. Aquí tampoco nos hallamos ante
un requisito que reste efectivos, sino a la inversa, ante una
estipulación positiva que infundirá confianza a
las más disímiles tendencias, sobre todo a los liberales
y conservadores de avanzada. A la nación entera le agradará
un postulado de esa índole que compromete a los componentes
de la unidad a mantenerla independiente de las presiones foráneas,
y, luego del triunfo, a la revolución misma libre de cualquier
injerencia en sus asuntos internos. Reconózcase o no, el
no alineamiento inevitablemente se relaciona con el aspecto primordial
de la salvaguarda de la soberanía, con el pleno ejercicio
del derecho ala autodeterminación de la nación colombiana.
Debido a la situación internacional y debido en particular
a los antecedentes y ensayos truncos por fundar un frente único
en Colombia, se hace indispensable que se avale públicamente,
al margen de la forma, que la coalición que vamos a convenir
no será ubicada, por parte de los aliados, en la órbita
de ningún Estado. Asimismo ha de quedar nítida y
abiertamente convenido que la candidatura presidencial sólo
puede recaer en la cabeza de aquellos que, además de refrendar
el programa y acatar las normas de funcionamiento, como es lógico,
estén en condiciones, por su trayectoria, de actuar cual
genuinos garantes del no alineamiento. Una coalición formalmente
no alineada con un candidato de hecho alineado tipificaría
una burla inadmisible.
Lo anterior no obsta para promover una política de cabal
respeto, en el plano exterior, de la autodeterminación
de las naciones, y proclamar la decisión de propiciar las
relaciones con todos los países del orbe, en pie de igualdad
y beneficio recíproco; así como de reconocer los
deberes internacionalistas de apoyar a los pueblos que luchan
por su liberación, a las repúblicas socialistas
y a los movimientos revolucionarios de todas las latitudes.
Por último, faltaría revistar cuanto concierne a
la estructura y operancia de la unión. Es menester definir
meridianamente las reglas de relación entre los aliados
y de organización democrática que prescriban derechos
y obligaciones iguales para todos. La dirección debe ser
compartida sin excepción por las fuerzas integrantes y
las resoluciones adoptadas por unanimidad. Esta cláusula
la estimamos demasiado cara e imprescindible en las circunstancias
actuales, después de las experiencias negativas en las
anteriores alianzas con el Partido Comunista. Una política
suelta, o de hechos cumplidos, o las violaciones de los compromisos
pactados colocarían ipso facto a la unidad en entredicho.
Las posiciones que involucren al frente en los múltiples
problemas del país han de debatirse satisfactoriamente
y aprobarse por consenso. De lo contrario se crearía una
situación tal en la que las rectificaciones y polémicas
lloverían a cada paso, dando hacia afuera un espectáculo
de completo desbarajuste antes que de cohesión y coordinación.
No nos mueve un ánimo de vindicta, sin embargo subsisten
no pocas materias controvertibles, como las providencias tomadas
por el Foro de los Derechos Humanos y las vicisitudes de la unificación
del movimiento sindical colombiano, sobre las cuales el frente
no podrá auspiciar, ni directa ni indirectamente, ni ahora
ni después, la versión de quienes han sido por excelencia
nuestros detractores. No queremos llevar a nadie a una trampa
ni que se nos entrampe. Y aunque se han hecho a la ligera conjeturas
relativas al alcance de nuestros argumentos o de nuestra actitud,
aspiramos fervientemente a constituir una alianza que jalone el
proceso revolucionario y no una parodia intrascendente. Si no
exigiéramos precisión, claridad y garantías
mínimas, de seguro no estuviéramos resueltos a buscar
una salida unitaria. Mas un lustro de acrimonias y profundas desavenencias
no desaparecerá por ensalmo, merced a la vecindad de unos
comicios, a las ansiedades de la esquiva opinión, o a que
nos sentamos un buen día alrededor de la mesa de discusiones.
Además, Firmes y los miembros de la UNO han coincidido
desde hace mucho tiempo en infinidad de criterios y actividades,
lo que les permite formalizar entre sí, en un abrir y cerrar
de ojos, los convenios que han venido desarrollando en la práctica.
En cambio entre ustedes y el FUP el caso es bastante inverso.
Sin unos cánones justos de funcionamiento, el frente, por
ejemplo, no pasaría ni el fogueo de las votaciones de marzo,
para las que habrían de elaborarse listas únicas
que materialicen efectivamente la cooperación convenida
y reflejen, por consiguiente, la representación equitativa
de los destacamentos congregados. Si prima el ventajismo, la mancomunidad
de unos grupos contra otros, no lograríamos ni siquiera
el despegue de la coalición.
Las normas de funcionamiento tampoco son excluyentes ni tienen
por qué incomodar a nadie. Se encaminan a consolidar el
clima de entendimiento, a favorecer la independencia ideológica
y organizativa de las colectividades comprometidas y a robustecer
la cohesión en la lucha revolucionaria por liberar y transformar
a Colombia. Estudiaremos con la más viva atención
las observaciones que les merezca el presente resumen escrito
de los puntos de vista fijados ya por los voceros de nuestro Partido
en las rondas iniciales de negociación.
Sin más por el momento, fraternalmente,
MOVIMIENTO OBRERO INDEPENDIENTE Y REVOLUCIONARIO (MOIR)
COMITE EJECUTIVO CENTRAL
FRANCISCO MOSQUERA
Secretario General
Bogotá,
Diciembre 16 de 1979
Nota:
La carta que
el camarada Francisco Mosquera envió a la dirección
de FIRMES a mediados de diciembre pasado, y que a continuación
reproducimos a manera de comentario editorial, contiene las condiciones
mínimas demandadas por el MOIR para conformar, en las circunstancias
actuales, un frente único revolucionario de liberación
nacional en Colombia. Ninguno de tales requisitos fue aceptado
por los voceros de la contraparte en la ronda de negociaciones,
ni siquiera sopesado o discutido con la seriedad que el tema requiere.
Llegaron a lo sumo a presentar fórmulas eclécticas
con las cuales se simula recoger los postulados de la revolución,
cuando en realidad se toma el atajo del reformismo.
En el afán de conciliar lo inconciliable los pactos del
llamado Frente Democrático terminaron siendo un amasijo
de recetas inconexas, confusas y hasta contradictorias. El programa
se anuncia y se deja para concretarlo en el futuro con la hipotética
participación de otras fuerzas. Mientras tanto la minuta
de reformas constituye el alma del entendimiento bajo cuya inspiración
se efectuará la campaña electoral. Ni una sola referencia
al no alineamiento, lo que les permitirá a los revisionistas
impenitentes y a los mamertos vergonzantes defender o justificar
el expansionismo soviético, sobre todo después de
la invasión a Afganistán. La ausencia de unas claras
normas democráticas de funcionamiento dará vía
libre al ventajismo del Partido Comunista. Y así, cada
uno de los puntos de la componenda aprobada por FIRMES y el PC,
puntos en verdad convenidos entre ellos desde hacía muchos
meses, impidió la participación del MOIR y demás
partidos del Frente por la Unidad del Pueblo en semejante alianza.
A pesar de que los componentes de la nueva coalición bautizada
Frente Democrático especularon sobre la presunta división
del FUP y del MOIR, las recias batallas que venimos librando desde
1978 contra el despotismo y el oportunismo han elevado considerablemente
la conciencia y la cohesión de nuestros efectivos; y no
obstante el cúmulo de dificultades que atravesamos, acometemos
con entusiasmo y fe en el porvenir las importantes tareas de la
causa obrera.