Experiencias
de la Segunda Guerra Mundial para Tener en Cuenta (1)
Cuando esta recopilación era apenas
un proyecto en la cabeza de Gabriel Iriarte, y no hace mucho él
me habló de ello, que traduciría de una publicación
norteamericana las intervenciones del Primer Ministro del Estado
Soviético durante la Gran Guerra Patria, con miras a ponerlas
a la disposición de los miembros del Partido, como pieza
de estudio, no dudé en alentarlo para que cristalizara prontamente
la idea. No sólo la llevó a cabo, sino que emprendió
con tenacidad la investigación acerca de la Segunda Guerra
Mundial, y, acompañado de unas diapositivas, ha recorrido
buen número de regionales ilustrando a obreros y campesinos
sobre el tema. Ahora me pide que prologue su edición en español
de los discursos de Stalin, en razón a que los lectores de
la misma consistirán mayoritariamente en camaradas del MOIR,
los cuales han venido aportando a la financiación de la obra
con el pago por adelantado de los ejemplares. Al aceptar el cometido
me propongo contribuir también a avivar el examen y la discusión
de tan rico período histórico, cuyas enseñanzas
fundamentales tergiversan con pérfida intención socialimperialistas
y revisionistas, a medida que retumban por el orbe los aldabonazos
de la tercera conflagración general. De otra parte, me ha
obligado a ocuparme de algunos libros y documentos de entonces para
poder efectuar, con mejores elementos de juicio, el ineludible paralelo
con la situación actual. Los siguientes apuntes recogen tales
observaciones.
La valerosa resistencia del pueblo soviético
contra la invasión nazi y su aplastante victoria final patentizan
una de las hazañas más extraordinarias de todos los
tiempos. Encontrábanse en juego asuntos de suma trascendencia.
Se decidía si en el futuro inmediato caería sobre
los pueblos el dogal de la esclavitud fascista o no. En el terreno
de las armas, haciendo gala de fortaleza, de pericia y de técnica,
en una extensión jamás vista, los dos sistemas sociales
de la época, el imperialismo y el socialismo, zanjaban sus
desavenencias. La lucha involucró lo mismo a la economía,
a la política, que a la diplomacia. El contrincante que fallara
en llevar los suministros al frente, tendido a lo largo de varios
miles de kilómetros, sencillamente quedaría fuera
de combate. Había que proveer los alimentos y las dotaciones
para millones de soldados, los equipos de aire, mar y tierra, el
combustible, los repuestos, e ir supliendo, de una batalla a otra,
las cuantiosas pérdidas de vidas y armamentos. La organización
en la retaguardia era decisiva. Las fábricas laboraban a
pleno pulmón, incrementando constantemente el rendimiento
e innovando en la marcha para obtener la preeminencia y no dejarse
sorprender por los inventos del enemigo. En los albores del estallido,
estrategas de ambos bandos coincidieron en valorar la importancia
de las máquinas y los motores en la contienda que se avecinaba.
El duelo aéreo y la pelea de tanques terminaron a la sazón
imponiéndose como modalidades de la guerra moderna.
Los alemanes tuvieron al principio la
ventaja, debido a su condición de invasores. Escogían
libremente el momento y los sitios de ataque, de manera que se ajustaran
a sus conveniencias y ocasionasen los peores estragos al país
embestido. La burguesía alemana, una vez firmado el Tratado
de Versalles, comenzó a buscar el desquite de la derrota
de 1918 y a prepararse febrilmente, aunque con sigilo, para la otra
confrontación, con veinte años de plazo. El nazismo
representa a cabalidad las ambiciones imperialistas de recuperar
para Alemania la influencia perdida y arrebatarles a las potencias
de Occidente, en particular a Inglaterra y Francia, sus vastos dominios
coloniales. Desde el ascenso al Poder, Hitler encauzó la
producción conforme a sus programas bélicos, abarrotando
arsenales con los más avanzados tipos de aviones, acorazados,
carros de asalto, submarinos, etc., y adiestrando unas poderosas
fuerzas armadas en pos de las últimas evoluciones de las
artes marciales. Cuando irrumpen contra Rusia, las tropas nazis
llevaban dos años de campañas fulgurantes. Nadie logró
contenerlas. Austria, Checoslovaquia, Polonia, Dinamarca, Noruega,
Holanda, Bélgica, Francia y los países balcánicos
sucumbieron estruendosamente. Los ingleses, como siempre, se habían
salvado de la ocupación por el hecho de vivir en una isla
y por su reconocida capacidad naval. Pero medio millón de
sus efectivos, junto a los cuatro millones pertenecientes al afamado
ejército francés, fueron abatidos en menos de un mes
en los campos de Europa. La superioridad alemana conmovía
al mundo.
La Unión Soviética, desde
luego, no constituía una pequeña y débil nación;
se trataba de un Estado multinacional grande, centralizado, con
incontables recursos, inmenso territorio y población numerosa.
No obstante, venía impulsando pacíficamente su desarrollo
material y cultural, en medio de las dificultades propias de las
hondas transformaciones en que se hallaba empeñada, encarando
el bloqueo del prepotente club de las repúblicas capitalistas
y sin haber adecuado aún por completo su economía
a las inminentes obligaciones militares, con todo y que los comunistas
rusos vislumbraban, cual nadie más, que el choque resultaría
inevitable. El primer problema, el de colocar el trabajo agrícola
e industrial de las distintas comarcas y nacionalidades al exclusivo
favor de las exigencias de la guerra, empieza a resolverse a partir
del 23 de junio de 1941, al otro día del rompimiento de las
hostilidades. El Ejército Rojo no consiguió repeler
la arremetida alemana y se vio precisado a replegarse y ceder porciones
muy considerables de su espacio. Leningrado y virtualmente hasta
la capital, Moscú, quedaron cercadas y en angustioso peligro.
Para garantizar vitales abastecimientos e impedir que los centros
fabriles de las regiones occidentales los agarraran las fuerzas
ocupantes, los soviéticos, en una demostración sin
precedentes, transportaron de junio a noviembre más de 1.500
fábricas a las profundidades de su retaguardia. El desenlace
parecía gravemente comprometido. Con avidez se esperaban
las noticias procedentes del mayor, del determinante, del en verdad
único frente que prevalecía. Ahora la totalidad de
los intereses envueltos en el conflicto pendía de la batalla
de Rusia. Si este postrer esfuerzo periclitaba ya no habría
en el continente europeo bastión que frenara a las hordas
nazis. Incluso los Estados Unidos, no estarían muy seguros
allende el Atlántico.
Mas el pueblo ruso, acosado, despojado,
malherido, aguantó. Ningún sufrimiento pudo doblegar
su espíritu combativo; nada opacó su infinito amor
por la causa a la que ofrendaba los más caros sacrificios.
No conoció el miedo, no se permitió un minuto de descanso,
no perdió jamás la confianza en el triunfo. El fanfarrón
de HitIer creyó que bastaría coger a coces la estructura
bolchevique para que se desplomara al instante. Y al concluir 1941,
después de seis meses de incesante guerrear sobre la interminable
llanura, el empuje germano mostró síntomas inequívocos
de agotamiento: las líneas en lugar de avanzar retrocedían,
los objetivos fundamentales continuaban sin alcanzarse y la introducción
del invierno helaba las carnes y el ánimo de los invasores.
Procurando mantener la iniciativa y valiéndose de la inexistencia
de un segundo frente que los aliados anglo-norteamericanos postergan
prácticamente hasta junio de 1944, los nazis recurrieron
a las reservas y reforzaron con varias decenas de divisiones a las
200 que, mermadas y exhaustas, proseguirían el embate en
el nuevo verano. Sin embargo, aplazan el asalto frontal sobre Moscú,
a la espera de una amplia operación por el flanco Este y
el Sur, desde el Cáucaso hasta Kuibyshev, dirigida a cortar
los puntos claves de las comunicaciones de la ciudad. La variación
del plan táctico simbolizó para los agresores saltar
de la sartén para caer en las brasas, puesto que sus unidades
se dispersaron notoriamente, perdieron potencia y tropezaron con
Stalingrado. La gloriosa urbe sobre el Volga tampoco quiso capitular
y en sus alrededores cavó la tumba al VI Ejército
alemán, unos 300.000 hombres, entre prisioneros y muertos.
De allí en adelante el curso global de la guerra registra
un viraje sustancial. La industria soviética, ya restablecida
y estabilizada desde mediados de 1942, arroja índices superiores
de productividad y de calidad a los del enemigo. El Ejército
Rojo desata la contraofensiva y los nazis pasan a la defensiva estratégica.
Para Alemania principia el período de las grandes derrotas
y de la penosa retirada, así promueva esporádicamente
golpes de proyección y de duración reducidas.
Los descalabros en el Oriente colocan
al régimen hitleriano en entredicho. La desmoralización
va minando progresivamente sus filas; entre sus socios del Eje surgen
las dudas acerca del porvenir de la aventura genocida, y las pequeñas
naciones de Europa Central, obligadas a marcar el paso de ganso
y a portar la esvástica, ansían la hora de desasir
los ,compromisos de guerra. El nazismo, que funda su éxito
en la intimidación y el engaño, como cualquier contracorriente
reaccionaria no soporta la adversidad. únicamente sobrevive
llevando la delantera, pero tan pronto se le nublan las perspectivas
de vencer todo estará finiquitado sin remedio. Las condiciones
se vuelven propicias para los pueblos sujetos a la sojuzgación
o al chantaje del bloque nazi-fascista. La resistencia organizada
de la población y el movimiento guerrillero se propagan por
doquier en Francia, Yugoslavia, Albania, Grecia, etc. En China la
lucha contra la invasión japonesa se consolida y el Ejército
Popular de Liberación tórnase en la fuerza determinante
de la salvación nacional. Por otra parte, Inglaterra y Estados
Unidos estrechan los nexos amistosos con la Unión Soviética,
intensifican los combates navales y aéreos contra el Eje,
bombardean asiduamente las factorías enemigas y se alistan
para tomar el norte de África, controlar el Mediterráneo
y abrir el asedio sobre Italia. Estos tres gigantescos vórtices
de acción, el de la Unión de Repúblicas Socialistas
Soviéticas que pugna por la libertad de la patria y enarbola
la bandera proletaria; el de las masas de los países sometidos
que tienden hacia la conformación de Estados propios, independientes
y soberanos, y el de las naciones capitalistas que se oponen a la
agresión germano-ítalo-japonesa, proseguirán
creciendo y cohesionándose en un poderoso frente antifaseista
hasta tomar Berlin y hundir una de las más bárbaras
y tenebrosas tiranías de este siglo.
Hemos indicado cómo el heroísmo
del pueblo soviético incide en el cambio de la situación
en un lapso relativamente corto; a lo que debemos agregar las orientaciones
políticas y militares, sin cuyo acierto, ni la sangre vertida,
ni la laboriosidad desplegada, hubieran dado sus frutos. Partiendo
del mismo vaticinio sobre el desencadenamiento de las contradicciones
de la preguerra; pasando por la utilización de los factores
positivos contemplados en la estrategia trazada, y concluyendo en
el hábil maniobrar para, sin vender los principios, salir
airoso de cada una de las complejísimas encrucijadas, el
alto mando soviético hizo alarde de visión, sapiencia,
audacia y capacidad, cual raras veces ocurre en la historia. Aquél
era el Partido Comunista. Integrado por los continuadores de la
magnífica tradición revolucionaria de Rusia y los
herederos de las sublimes virtudes de Lenin; educado en los fundamentos
científicos del marxismo y dirigido por un jefe formidable:
Stalin.
Aunque el fascismo configura una de las
cuantas doctrinas imperialistas, lo escabroso de sus postulaciones
y la brutalidad de sus procedimientos la hacen más acabada,
más típica, más propia de la etapa en que el
capital se convierte en monopolio e inicia su estado de descomposición
y de expoliación parasitaria sobre las naciones oprimidas.
La versión nazi recurre desaforadamente al nacionalismo y
al racismo para encubrir las ambiciones de supremacía mundial.
En la guerra de 1914-1918 las potencias triunfantes, prioritariamente
Inglaterra, cimentaron y acrecieron sus respectivos imperios a expensas
de Alemania que, además, hubo de aceptar la presencia y la
inspección de sus contrincantes dentro de la misma casa.
La burguesía germana no se resignaría voluntariamente
a tan humillante condición, siendo que desde el punto de
vista del desarrollo se recuperaba de manera vertiginosa y evidenciaba
más pujanza, a pesar de no contar con los recursos de brazos,
materias primas y mercados en todos los continentes, como sus vecinos.
¡Qué de cosas maravillosas no haría con esos
"protectorados", "condominios", "fideicomisos"
de mis supervisores! Empero una modificacion del mapa de Europa
y sus colonias, al igual que en el 14, no podría intentarse
más que con la violencia. Los plutócratas alemanes
se dejaron tentar gustosos por los argumentos de la banda de Hitler
y en las manos patibularias de éste depositaron su destino.
Daban por cierta la colaboración de los regímenes
de Italia y el Japón, acicateados por motivos similares.
Desafiar de nuevo a los árbitros de Europa, en las circunstancias
en que se debatía Alemania, iba a requerir de mucho esfuerzo
y dedicación. El despotismo hitleriano proporcionó
una disciplina vandálica, extremando el trabajo, distorsionando
la mente de la juventud y eliminando sin contemplación a
quienes disintieran de los planes oficiales. Creó un ejército
altamente calificado, acorde con los adelantos técnicos y
con las formas organizativas apropiados a éstos, verbigracia,
las unidades mecanizadas de rápida movilidad, muy distintas
a las antiguas formaciones de caballería, supérstites
aún en no pocas de las instituciones militares.
Los países imperialistas vencedores, con incalculables posibilidades,
disfrutan, sin muchos azoramientos ni vigilias, de su posición
notablemente boyante. La abigarrada red de posesiones coloniales,
fuera de proporcionarles protección durante las crisis económicas
características del modo de producción capitalista,
les permite a las capas privilegiadas atesorar fáciles ganancias,
llevar una vida muelle y hasta distribuir un buen porcentaje del
saqueo de los pueblos extraños para el soborno de sus obreros
e intelectuales, a objeto de preservar la convivencia social dentro
de la metrópoli. Su preocupación no estriba en prender
la llamarada sino en impedir que arda. Antes que desvelarse por
construir ejércitos a tono con los reclamos de la época,
cifran las esperanzas de tranquilidad en los tejemanejes del control
armamentístico, en la firma de los tratados, o en los cacareos
demagógicos sobre la conveniencia de las reformas seudodemocráticas.
La guarda de sus intereses hegemónicos la supeditan a menudo
a las tropas de los países atrasados y dependientes. ¡Si
algún competidor nos pisa la punta del manto imperial no
vamos a quebrar lanzas y a arriesgarlo todo por esa tontería!
¡Si nos sustraen del redil un país problemático
y lejano a nuestros afectos, ahí nos sobran millones de kilómetros
cuadrados y centenares de millones de esclavos para alimentar la
molicie de mil generaciones! Así pensaron y actuaron los
líderes de Inglaterra y Francia, las dos potencias imperialistas
más poderosas y a la vez más decadentes del período
anterior a la segunda conflagración mundial.
Las avivatadas de Hitler contrastan con
la torpeza de un Chamberlain o de un Daladier. Cuando aquél
les pide en el cenit de su poderío que le entreguen los Sudetes
checoslovacos a trueque de la promesa de que no habría más
pretensiones territoriales, estos dos primeros ministros`, cual
mansas almas de Dios, volaron a Munich, en septiembre de 1938, a
satisfacer las exigencias del Führer. Pero lo más grotesco
consistió en que mientras la prensa occidental todavía
se desgañitaba en propalar los beneficios obtenidos en pro
de la obra del appeasement, Checoslovaquia entera acababa bajo la
"protección" del Tercer Reich. Durante años,
tanto Alemania como los otros dos destacados pilares de la coalición
fascista, exteriorizaron sin recato sus deseos de expansión.
Italia se quejaba permanentemente de las injusticias de que fuera
víctima en la partición del botín de 1919,
y no veía la hora de vengar ese trato discriminatorio de
sus tramposos examigos. Efectivamente, en octubre de 1935, Mussolini
se lanzó sobre Abisinia (hoy Etiopía) y se la adueñó.
En el Extremo Oriente el Japón también se revela descontento
por el Tratado de las Nueve Potencias y los demás convenios
que reordenaron los asuntos asiáticos de la posguerra; y
en agosto de 1937 intensifica la ocupación del norte y el
centro de China, suprimiendo en aquellas zonas cualquier otra injerencia
extranjera. Los futuros signatarios del "Pacto de Acero"
habían intervenido militar y mancomunadamente en España,
a partir del verano de 1936. En marzo de 1938 los Panzer del general
Guderian hollaron Austria. Y así, desde mucho antes de que
Hitler franqueara el Rin, a principios de 1936, hasta la invasión
de Polonia, el lo de septiembre de 1939, que originó la declaración
anglo-francesa de la guerra, se produjo una serie de acciones bélicas,
anexiones, violaciones de acuerdos y protocolos internacionales,
que no ofrecía dudas en torno a los verdaderos alcances del
expansionismo fascista. Sin embargo, a cada arbitrariedad del Eje,
los aliados occidentales respondieron con una concesión,
en la creencia de que evitarían el conflicto, cuando en realidad
estimulaban las apetencias de los belicistas y los reafirmaban en
sus cuentas alegres. El día en que los héroes victoriosos
de la carnicería anterior, los fundadores de la Sociedad
de Naciones, los promotores del "apaciguamiento", hubieron
de descolgar la panoplia y marchar inevitablemente a las trincheras,
comprobaron cuántos lustros atrás se hallaban respecto
a la teoría y a la práctica de la guerra, cuán
poco servían sus lentas operaciones y sus inmóviles
defensas ante los ágiles desplazamientos de las divisiones
blindadas apoyadas por el fuego aéreo. Reducidos en un santiamén,
inermes y a merced de los suministros de la industria bélica
estadinense, esperarían largo rato antes de intentar el desembarco
de Normandía para apalear al tigre moribundo. Los caudillos
de la vieja Europa brindarían un triste espectáculo
de ingenuidad e indolencia. Inclusive en medio de la contienda armada,
las clases gobernantes norteamericana y europea no desecharon por
completo las quimeras de conciliación ni rompieron del todo
con los genocidas. Hitler supo endulzarles el oído con el
cuento de que su misión se concretaba en destruir la fortaleza
comunista del Este, una piadosa mentira admitida y tolerada por
los grandes imperios hasta cuando se estrellaron con el hecho cumplido
y terrible de que sus hermosas propiedades tenían un inescrupuloso
pretendiente. La lógica de los acontecimientos era tal que
la invasión a la Unión Soviética sólo
podría interpretarse así: quien aspire al hegemonismo
universal ha de postrar a cada uno de los colosos del planeta; quien
domine a Rusia contará con un poder descomunal para postrar
el mundo. A nadie pasará ya desapercibido que una vez liquidado
el inconveniente soviético, la Wehrmacht regresaría
por los restos: Inglaterra y los Estados Unidos.
La división entre las dos facciones
alrededor de las cuales se realinderó la morralla capitalista,
sus encontrados propósitos, el ascenso y la agresividad de
la una, al lado de la decadencia y la indefensión de la otra,
viabilizaron la alianza de la Unión Soviética con
el contingente anglonorteamericano. Ninguna gestión, por
desprevenida y contemporizadora que fuese, obraría el milagro
de morigerar las diferencias interimperialistas. Al revés,
éstas siguieron su curso normal, agudizándose a cada
paso, hasta saldarse inexorablemente a cañonazos, por encima
de los temblorosos pronunciamientos y las bobaliconas intrigas de
la cuerda Washington-Londres-París. El zarpazo contra la
seguridad del Estado socialista provenía incuestionablemente
de parte de Alemania. Concertar la cooperación con los enemigos
comunes del Eje, así encarnaran fuerzas de naturaleza expoliadora
y colonialista pero inhabilitadas para hacer valer su iniciativa,
respondía a una necesidad de legítima defensa que
Stalin avizoró con bastante antelación e insistió
en ella hasta satisfacerla. El acta de no agresión firmada
por Ribbentrop y Molotov a mediados de 1939, absolutamente indispensable
luego de la contumaz negativa de Occidente a convenir la lucha conjunta
contra el fascismo, y sobre la cual tanto especularon los más
disímiles comentaristas burgueses, no dejaría de ser
un acuerdo eminentemente pasajero que, según el enfoque objetivo
de la URSS, permitía ganar tiempo y esperar la arremetida
germana desde posiciones militares lo más favorable posibles.
La tergiversación respecto al mencionado protocolo soviético-alemán,
que todavía hoy se zaranda después de cuarenta años,
pretende en vano echar tierra a los titubeos y a las furtivas entendederas
de los mandatarios occidentales con los jerarcas nazis. Abundan
los testimonios de que el Krenilin repicó constantemente
sobre la conveniencia de concertar la ayuda mutua con los gobiernos
llamados democráticos, consciente de que se evitaría
mejor el estallido de la guerra con el levantamiento de un poderoso
dique de todas las naciones amantes de la paz, ante el cual se deshicieran
las bravuconadas de los expansionistas, que con la adopción
de la fementida política de "neutralidad" y "no
intervención", con la cual se le daba luz verde a la
masacre. La práctica corroboró la justeza de las directrices
de Stalin para una coyuntura sin antecedentes en los anales de la
clase obrera. Si bien las condiciones se asemejan a las de la década
del diez, en el sentido de que la conflagración la provoca
la rebatiña entre las naciones "civilizadas" por
el control del orbe, había un factor nuevo: la permanencia
de un próspero país socialista, habitado por 200 millones
de personas, faro y ejemplo de los revolucionarios de todo el globo,
cuya integridad entraba en juego al precipitarse la hecatombe. Como
presa codiciada a los ojos de la sórdida reacción
teutónica, la Unión Soviética no sólo
no se eximiría de la contienda, sino que la vastedad de su
territorio estaba destinada a servir de escenario principal de ésta.
Bajo tales augurios, descubrir y facilitar los medios para la salvaguardia
de Rusia, debía constituir el primer deber del proletariado
internacional. Cuando Lenin encaró en 1914 el problema de
la guerra imperialista calificó de judas y caínes
a quienes, en nombre del comunismo y tras el argumento de proteger
a sus "patrias", se coligaron con los bandoleros enzarzados
en la criminal disputa por las tierras ajenas. Precisó: ni
los trabajadores ni los pueblos oprimidos saldrían gananciosos
de la matanza; se lucrarían únicamente los banqueros
y potentados del bloque vencedor (el cual terminó siendo,
como ya dijimos, el capitaneado por Gran Bretaña y Francia),
y el desgaste general de los gobiernos por el esfuerzo bélico
señalaría la hora de la insurrección, si los
partidos proletarios no se contaminaban de chovinismo, ponían
a salvo su independencia de clase y eran capaces de movilizar a
las masas hacia la guerra civil contra los responsables del holocausto.
Estas certeras apreciaciones sobre la época del imperialismo,
o capitalismo descompuesto, se materializan magistralmente con el
advenimiento de la gloriosa Revolución de Octubre. La estrategia
se resume en sacar, en bien de la causa obrera, la máxima
utilidad al recíproco despedazamiento de las potencias expoliadoras.
Guiándose por aquellos principios leninistas básicos,
Stalin propugna, en consonancia con las particularidades de la Segunda
Guerra Mundial, la configuración, a la más amplia
escala, del frente único antifaseista. Si se consideran los
múltiples aspectos de la situación, el cerco letal
que atenazaba a la Unión Soviética, el apogeo del
nazismo, el eclipse de los imperios europeos y la tendencia irresistible
hacia la, autodeterminación de las colonias amenazadas ahora
por el yugo de Alemania y sus compinches, se comprenderá,
sin quemar mucho fósforo, que aquel frente absolvía
el interrogante de cómo aprovechar las contradicciones interimperialistas
en pro de la Gran Guerra Patria y de las guerras de liberación
nacional de los pueblos sometidos. Ni hablar de que las masas asalariadas
de todas las latitudes recibirían el más duro golpe
con el derrumbamiento de la URSS. Los resultados están a
la vista. No obstante la alta cuota de sangre, la Unión Soviética
sorteó la tormenta y arribó su nave a buen puerto.
En Asia, medio millar de millones de chinos expulsaron fuera de
sus fronteras a los japoneses y allanaron la senda hacia ¡a
revolución de nueva democracia. Otro tanto les acontece a
los vietnamitas y coreanos. En Europa la táctica aplicada
permite desgajar, del podrido tronco derribado, a Yugoslavia, Albania,
Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Alemania
Oriental. Al inicio de los años cuarentas subsistía
una sola república bajo la conducción obrera; después
del cataclismo y de entre los escombros brotaría el campo
socialista.
Al calificar de "agresores"
a los alemanes y cía. y de "no agresores" a los
ingleses y cía., Stalin, además de proferir un diagnóstico
exacto de los gobiernos burgueses de aquel período, demostró
un empleo sesudo, dialéctico, no dogmático, del marxismo-leninismo,
el cual proporciona los basamentos generales para el análisis
de las cosas, pero, desde luego, no profetiza las formas que éstas
adoptan, ni la relevancia de tal o cual tópico dentro del,
conglomerado, ni las incidencias del infinito número de casualidades
que en el discurrir histórico operan en uno u otro sentido.
Una de las regulaciones medulares del proceso capitalista descubiertas
por Marx es la de su evolución anárquica y desigual.
No se encuentra bajo este sistema una empresa, una sociedad anónima,
una rama industrial, una nación que crezca pareja con otra.
Hay constantemente una modificación de las proporciones y
de la relación de dichas entidades económicas entre
sí. Esto por una parte, y por la otra, no conocen más
método que la fuerza para prevalecer sobre sus oponentes.
En la fase imperialista tales contradicciones explotan con mayor
acerbidad, adquieren la dimensión de pugnas entre Estados
o coaliciones de Estados y se zanjan mediante la guerra. Cuando
Marx y Engels abocan la problemática de su siglo, cabalmente
se fundamentan en la norma del desenvolvimiento dispar del capitalismo
para desentrañar el rol de los diversos pueblos en el conjunto
de la revolución democrática. El dilema de a qué
movimiento burgués progresista apoyar, lo resolvieron a favor
o en contra según debilitara o no a Rusia, el principal fortín
de la reacción de la época. ¿El postulado de
Lenin acerca de la posibilidad del triunfo del socialismo en un
solo país, de manera aislada, o en pocos países, no
se sustenta acaso en el mismo criterio del desarrollo desigual de
las repúblicas imperialistas y de sus irreconciliables antagonismos?
Por idéntica razón los acuerdos entre los capitalistas
y entre sus potencias, cuando se presentan, no dejan de ser traumáticos,
inconsistentes y fugaces. Al quebrarse la estabilidad debido a la
variación de las fuerzas e imponerse el interés colonialista,
vuelan, cual vilanos al aire, las empalagosas y fofas disertaciones
de los propagandistas del "apaciguamiento", o de la "distensión",
como ahora se le nombra. El paraguas del necio señor Chamberlain
no pararía las andanadas de los artilleros germanos. Moscú
lo advirtió a tiempo, y se reía de la trampa tendida
por Berlín a Occidente con el señuelo del "pacto
anticomintern" y con las demás profesiones de fe, encaminadas
a convencer de que los preparativos militares se circunscribirían
a la destrucción de los bolcheviques.
Stalin les increpaba a burladores y burlados:
"Es ridículo buscar focos de la Internacional Comunista
en los desiertos de Mongolia, en las montañas de Abisinia,
en los desolados campos del Marruecos Español.
"Pero la guerra es inexorable. No
existen velos que puedan ocultarla. Porque ningún 'e¡e',
ningún 'triángulo' y ningún 'Pacto anticomintern'
pueden ocultar el hecho de que el Japón se ha apoderado,
durante este tiempo, de un inmenso territorio de China; Italia,
de Abisinia; Alemania, de Austria y de la región de los Sudetes;
Alemania e Italia, juntas, de España; todo esto, en contra
de los intereses de los Estados no agresores. La guerra sigue siendo
guerra, el bloque militar de los agresores, un bloque militar, y
los agresores siguen siendo agresores".(2)
El jefe de los revolucionarios soviéticos
percibió diáfanamente que el entendimiento entre los
dos grandes sectores imperialistas sería a la postre totalmente
imposible. Harto urgidos se hallaban ambos bandos de las tierras
coloniales que sólo uno de ellos ostentaba, como para confiar
en que fructificarían sus transacciones públicas o
secretas. Si al condescender a los caprichos del nazismo los políticos
profesionales de los depauperados imperios soñaban en apuntalar
la paz, los enviones cada vez más impetuosos del diabólico
competidor se encargarían de sacarlos violentamente del letargo.
Sin embargo, la historiografía burguesa de la segunda posguerra
se obnubila con el desiderátum de calumniar a Stalin; y,
con parcializado juicio, relega o desvirtúa la rapiña
por las naciones oprimidas y el flujo y el reflujo de las potencias
opresoras, como causas prioritarias de la conflagración mundial.
Obviamente tampoco admite la coincidencia de metas y anhelos entre
el régimen stalinista de los soviets y la humanidad dolida
y avanzada del planeta. Por lo tanto no puede explicar nada de cuanto
sucedió, lo que es lamentable; pero mucho menos de cuanto
acontecería posteriormente, lo que representa una desgracia
peor.
Dentro de los aliados occidentales se
da también el fenómeno de la ruptura del equilibrio
económico y militar, con arreglo a lo cual se realizan la
transformación de sus relaciones y la sustitución,
a raíz del conflicto bélico, de la mayordomía
inglesa por la norteamericana, en el ámbito imperialista.
La industria estadinense, en sostenido auge desde hacía cerca
de cien años y cuyos marcos nacionales le venían quedando
cortos desde finales del siglo XIX, se encargaría no sólo
de dotar satisfactoriamente a sus tropas sino de asistir, con los
apoyos solicitados, a los países amigos, particularmente
a Inglaterra y a Francia, que sin esa contribución no hubieran
acariciado perspectiva alguna de triunfo, o simplemente no hubieran
retornado a la liza en Europa. La primera se encontraba por el momento
a salvo en su ínsula y parapetada tras su flota, pero sin
recursos con qué emprender una contraofensiva de envergadura.
La segunda había capitulado vergonzosamente, era un república
presa, y por su honor sólo respondían la resistencia
clandestina, en suelo patrio, y el general De Gaulle que, exiliado
en Londres, disponía apenas de unas formaciones exiguas y
mal provistas y de un área mínima del imperio de ultramar.
El ejército inglés evacuado de Dunquerque abandonó
su equipo y armamento en la huida. Como a los alemanes su fuerza
naval no les garantizaba el abordaje de la Gran Bretaña,
optaron por el ataque aéreo en lugar de la invasión.
Durante meses los británicos sufrieron el inclemente castigo
sin poder hacer mucho, excepto intentar una deficiente defensa de
sus cielos y escuchar las ardorosas proclamas del Primer Ministro
de Su Majestad. Por cada bombardeo de Hitler, un discurso de Churchill.
Así, improvisadamente, entró esa orgullosa nación,
con tantas posesiones coloniales por perder, a esta guerra tan anunciada
y que tanto demandaría del elemento técnico y científico
de la producción industrial. Siempre que Stalin, con el objeto
de aliviar la pesada carga del Ejército Rojo, indagó
sobre las dilaciones a las promesas de apertura del otro frente,
el gobierno inglés se disculpó con el retraso en los
aprestos de los Estados Unidos. Es decir, como las decisiones las
toma y las imparte quien posea los medios, y en la guerra éstos
se concretan en armas, provisiones, transportes, etc., en Occidente
la iniciativa corría ya a cargo de los manipuladores del
Pentágono, el monumental edificio que se inauguró
precisamente por aquellos desoladores días. Quedó
establecida una nueva relación: De Gaulle se esforzaba por
sujetar a sus díscolos y dispersos partidarios; Churchill
por sujetar a De Gaulle, y Roosevelt por sujetar a Churchill, a
De Gaulle y a los partidarios de éste. Al imperialismo yanqui
le llegó el turno de representar la función y saltó
al escenario. Aunque su reputación militar brillaba por bisoña,
él impondría los mandos y la táctica; aunque
su afecto por los compañeros de odisea estaba al socaire
de dudas, él se inmiscuiría en los asuntos internos
de Inglaterra y Francia; aunque la adhesión a la democracia
constituía su más preciado don, él quería
para sí todas las riquezas, todos los mercados, todos los
imperios de los demás y ser ungido déspota del universo.
Esto, dentro del sistema capitalista, se entiende, porque el ladino
de Roosevelt salió trasquilado siempre que fue por la lana
del Estado bolchevique.
En cierta ocasión la Casa Blanca
insistió ante el Kremlin acerca de una autorización
para que aviones americanos sobrevolaran Rusia y reubicaran en los
planos aeródromos y bases estratégicas, so pretexto
de capear una eventual acción japonesa por el Este. En cortante
y perentorio mensaje al presidente gringo, Stalin replicó:
"Su propuesta de que el general Bradley inspeccione los objetivos
militares rusos en el Lejano Oriente y en otros lugares de las URSS
me ha producido sorpresa. Debería ser perfectamente claro
que los objetivos militares rusos únicamente pueden ser inspeccionados
por rusos, al igual que los objetivos militares americanos sólo
pueden ser inspeccionados por americanos. En esta cuestión
no debería existir ninguna oscuridad".(3)
La cooperación estadinense se
convirtió para los desahuciados árbitros de Europa
en otra fuente seria de alarmas. Hitler les vociferaba a mandíbula
batiente: "El mundo está mal repartido", y para
lograr la redistribución de las "propiedades mundiales"
nos atenemos a la sentencia de que "el más fuerte determina
el camino del más débil" .(4) Por eso aquéllos
acudieron al otro lado del océano en búsqueda de amparo
y comprensión. Pronto se percataron de que el aliado, no
obstante combatir al Eje y proporcionarles los préstamos
y auxilios pertinentes, propendía él también,
a su estilo y con su propia filosofía, a un nuevo sorteo
de las zonas de influencia. La maniobra de aplazar el desembarco
de Normandía y el ir introduciéndose paulatinamente
en la guerra, con abundancia de precauciones y escasez de riesgos,
reflejaban a plenitud las conveniencias de Washington: aparecer,
cuando todos los contendientes estuvieran agotados, a sofocar el
fuego y presto a desenfundar la chequera, su arma predilecta. El
cálculo sólo fue fallido con respecto al campo socialista,
porque Europa se reconstruiría con los dólares americanos,
aviso de que el sol de otro imperio despuntaba en el horizonte burgués,
más poderoso que los anteriores y por lo tanto más
cruel y más siniestro.
¿Sugiere esto que la colaboración
recíproca, para arrinconar al fascismo, entre la fortaleza
proletaria y las repúblicas capitalistas "no agresoras",
significó, al fin y al cabo, un desacierto? En absoluto.
Nos enseña, por el contrario, a aprehender el meollo de la
cuestión. Que los períodos de calma y de reposo en
las relaciones de las potencias imperialistas se interrumpen abrupta
y frecuentemente; que la quiebra del equilibrio obedece a la anárquica
y desigual evolución material de aquéllas y al continuo
cambio de sus fuerzas; que la rebatiña por las colonias se
impone inexorablemente y se dirime mediante la guerra, al margen
de los hipócritas oficios de los políticos de la reacción;
que el proletariado debe aprovechar las contradicciones entre sus
enconados enemigos para sacar avante y afianzar las conquistas del
socialismo, y que la dirección obrera, en ninguna circunstancia,
ha de perder de vista la naturaleza rapaz y expoliadora de los amos
del capital, si no desea ahogarse en la charca del oportunismo.
Indica, igualmente, que Stalin, connotado discípulo de Marx
y Lenin, estuvo a la altura de sus responsabilidades.
La entronización de la hegemonía
norteamericana constituyó un vuelco notorio; mas hubo también
otro digno de mencionarse: la generalización del neocolonialismo,
que suplanta las antiguas formas coloniales de dominio directo de
la metrópoli, por las del control indirecto, a través
de gobiernos títeres, elegidos incluso por voto popular y
adornados con todos los oropeles de la democracia burguesa. Al someter
a su égida a las naciones más atrasadas, feudales
y semifeudales, y verter en ellas las cornucopias rebosantes de
dinero, el imperialismo, fuera de centuplicar su poderío
económico con las materias primas así apropiadas y
con los mercados así abiertos, propaga por doquier el modo
de producción capitalista y, sin proponérselo, esparce
los gérmenes de la rebeldía de los pueblos colonizados.
Cuanto más desarrollo haya adquirido un país y más
capital nacional posea, con mayor acucia siente los impulsos de
recuperar sus riquezas, manejar sus recursos, obtener la soberanía
y disfrutar realmente de la autodeterminación. Las poblaciones
sacadas del aislamiento provinciano y puestas en contacto con la
cultura mundial ya no pueden ser tratadas, tan fácilmente,
con las herramientas medievales de sojuzgación; se requiere
de otras más sutiles y, sobre todo, más eficaces.
Además, el grado de concentración y de pujanza del
monopolio llega a extremos tales en superpotencias como los Estados
Unidos, que ningún régimen burgués, por democrático
que sea, se halla exento de ver a sus funcionarios y mandatarios
sobornados por el imperialismo más pudiente, es decir, de
caer bajo la subordinación económica, mediante los
contratos leoninos, las leyes elásticas y el "serrucho"(5)
tristemente célebre en Colombia.
En 1939, el capitalismo se había
extendido ya por el globo entero y hasta las sociedades más
rezagadas empezaban a saber del obrero de fábrica y de la
burguesía criolla, clases permeables a las ideas liberadoras
y cuyas inquietudes bullían con la guerra, con el cómico
cuadro de la pusilanimidad de los rectores de Europa y con las intrigas
de unos aliados contra otros. Cuando De Gaulle, en medio del vendaval,
caló la determinación de Siria y el Libano de no admitir
más por las buenas a la burocracia extranjera y de funcionar
con administradores nativos, expresó la esperanza de que
aquellas colonias, después de que "alcanzaran la independencia",
todavía "tendrían mucho que ganar y nada que
perder con la presencia de Francia".(6) El General, como colonialista
consumado y ante lo inevitable, sintetiza en sus palabras el quid
del neocolonialismo: conservar en la nación saqueada y oprimida
la presencia del imperialismo saqueador y opresor, a pesar de la
independencia política de aquélla. Por supuesto que
ni la Cruz de Lorena ni De Gaulle serían los principales
usufructuarios de la nueva teoría.
Un ave de rapiña más vigorosa
y joven, made in USA, se cernía sobre los países esclavos
y traía consigo el bálsamo redentor de las reformas
republicanas y el mensaje de la libertad formal, con base en los
cuales serían restañadas las heridas y erigida otra
comunidad de naciones, su propia comunidad. Mientras el lenguaje
simula innovación, el dólar americano sigue reafirmando
su preponderancia hasta configurar la divisa internacional en que
obligatoriamente se tasan los negocios. En la Carta del Atlántico,
programa de guerra suscrito por Roosevelt y Churchill, en agosto
de 1941, se lee que los signatarios "respetan el derecho de
todos los pueblos a elegir la forma de gobierno bajo la cual quieren
vivir, y aspiran a que aquellos que están privados por la
fuerza de esta libertad, recuperen el derecho a la soberanía
y a la autodeterminación". De tal manera, presentándose
como los portaestandarte de la democracia, los Estados Unidos tejieron
su singular sistema colonial que les permitiría, por los
cinco continentes, invertir ingentes sumas de capital, apoderarse
de los yacimientos y recursos naturales estratégicos, vender
sus mercaderías y aplastar la competencia. Muchas prebendas
reporta el nuevo mecanismo a los estranguladores de pueblos, además
de la demagogia que hacen. Sus inversiones y empresas están
comúnmente al cuidado de los ejércitos fantoches,
ahorrándose los gastos de guarnición dentro de muchos
de los países sometidos. Las administraciones locales, elegidas
ojalá por sufragio, son el blanco visible de las iras populares;
y cuando el desprestigio las mina y la prudencia aconseja reemplazarlas
por otras camarillas, el sistema no sufre demasiado, porque anda
igual con liberales o conservadores, oficialistas u oposicionistas,
socialdemócratas o revisionistas. Obsérvese que la
estabilidad de los gobiernos de las neocolonias marcha en proporción
inversa a la inflación, al alto costo de la vida, a la miseria
de las gentes, males causados por la insaciable voracidad de los
magnates de la metrópoli.
Lo arriba descrito no significa, sin embargo,
que la Casa Blanca haya renunciado a conducirse como solían
hacerlo los antiguos déspotas. Ella también ha movilizado
sus tropas y flotas por todas las latitudes, ha invadido, ocupado
y establecido bases militares en territorios ajenos; ha asesinado,
arrasado e incendiado. La democracia proimperialista, como lo recuerda
el MOIR a cada paso, no excluye el estado de sitio, el Estatuto
de Seguridad, la tortura, o el golpe cuartelario. Lo importante
de entender es que la implantación generalizada del neocolonialismo
sobre las naciones pobres y débiles cimienta la tan olvidada
tesis del leninismo de que ninguna democracia, ninguna especie republicana
de gobierno, ningún "derecho humano", impide la
explotación económica de los países por parte
del imperialismo. Sólo la revolución liberadora dirigida
por el proletariado, en último término el socialismo,
interpondrá la muralla impenetrable para los ardides de financistas
y banqueros e inexpugnable para la violencia reaccionaria. El ignorar
estos principios desfiguró a un sinnúmero de partidos
comunistas, en cuya degeneración llegaron, después
de la guerra, a entonar alabanzas a Roosevelt, porque el munífico
prócer se tomaba la molestia de engatusar a los pueblos con
las pláticas contrarevolucionarias sobre la largueza y las
bondades de sus patrocinadores, el hampa de Wall Street.
Hasta aquí hemos redondeado un análisis de la fase
histórica que sirvió de telón de fondo a la
Gran Guerra Patria de la URSS, sus causas y situaciones posteriores.
Desafortunadamente pasamos por alto multitud de hechos, abultados
y menudos, que hubieran venido en nuestra ayuda para ilustrar los
lineamientos centrales expuestos. En otra oportunidad será.
Respecto a este tema sí que cabe afirmar que sobra literatura.
Sobre él circulan montañas y montañas de libros,
de folletos, de artículos. Pero su abrumadora mayoría,
particularmente en un medio como el colombiano, pinta color de rosa
las canalladas de los imperialistas y no faltan los libelos justificativos
de las atrocidades del nazismo. Que la presente recopilación
de los discursos de Stalin alerte a los obreros avanzados y cultos
acerca de la necesidad de no abandonar al enemigo de clase ni una
sola de las esferas de la actividad ideológica y política,
mucho menos la que concierne a las más aleccionadoras experiencias
de la lucha internacional proletaria.
Los empeños seculares tras suprimir
la explotación del hombre por el hombre hállanse lejos
de coronarse. Aún no hay un campeón definitivo y,
el movimiento comunista encara pruebas tan delicadas o peores que
las del pasado. En menos de veinte años las relaciones surgidas
de la Segunda Guerra Mundial han sido desplazadas por otras muy
distintas. Dos cambios radicales hemos contemplado en este tiempo:
los dirigentes de la Unión Soviética abjuran de la
causa de los trabajadores, abrazando el revisionismo y transformando
su Estado en un régimen socialfascista; y el imperialismo
norteamericano inicia su declinación, mientras Rusia procura
afanosamente sucederle como gendarme del planeta. La gravedad del
asunto y sus repercusiones dentro de las filas del proletariado
militante son a todas luces catastróficas. Consiste en un
mayúsculo timonazo hacia atrás. No obstante, a la
clase obrera no le queda más remedio que sobreponerse al
desconcierto y arrostrar el problema con entereza, sin cobardías,
decidida a derrotar la derrota, como en tantas otras ocasiones lo
ha hecho. No se pasará la vida llorando sobre la leche derramada.
Su instinto revolucionario que la impele a vencer, no le permite
resignarse a la opresión y al engaño. Mas, ¿por
dónde empezar? Antes que nada volver al marxismo-leninismo,
rescatarlo de las manos de los revisionistas y charlatanes burgueses,
pues el fracaso no es de aquél, sino de quienes lo han traicionado
y continúan usándolo de mampara.
¿Atravesamos ciertamente un período
de gran retroceso? ¿Son insólitas tales contramarchas
en el acompasar social? Lenin subraya: "Imaginar el curso de
la historia como parejo y siempre hacia adelante, sin ocasionales
saltos gigantescos hacia atrás, sería no dialéctico,
no científico y teóricamente falso".(7) ¿Puede
el socialismo trastocarse en capitalismo? Proliferan al respecto
las referencias de los inmortales preceptores del proletariado.
En más de un pasaje previenen sobre los riesgos de semejante
involución. En primer lugar, la sociedad socialista solamente
representa un interregno entre el capitalismo y el comunismo, para
cuya duración nadie se atrevería a fijar una fecha,
pero de seguro abarcará varias centurias. En esta época
de transición todavía no se difuminan las clases ni
la lucha de clases. Aun cuando han emergido países en donde
fue eliminada la propiedad privada de los medios de producción,
en el resto de la Tierra subsisten el capital y el imperialismo,
o sea la explotación del trabajo y la depredación
de unas naciones por otras. En segundo lugar, el socialismo no prescinde
del Estado, porque el proletariado gobernante precisa de éste
para mantener aplastada a la burguesía interna, debelar sus
tentativas de restauración y defenderse de las agresiones
de los capitalistas externos. Las clases tampoco desaparecen dentro
de las repúblicas emancipadas con la simple expropiación
de los explotadores y la instauración de la dictadura de
la masa laboriosa. Ahora bien, a fin de evitar el remozamiento de
los estratos burgueses, resulta indispensable una brega, más
recia y prolongada que la de la toma del Poder, para suprimir todos
y cada uno de los privilegios sociales originados en las desigualdades
naturales de los individuos, y en las diferencias entre el campo
y la ciudad y entre los trabajadores manuales e intelectuales. Si
aquellos esfuerzos se descuidan, si se consienten tales diferencias
y desigualdades, si no se reprimen las conspiraciones restauradoras
de la reacción y si, por añadidura, los dignatarios
del gobierno se burocratizan, dejan de responder a los intereses
de los obreros y se tornan en zánganos con aguijón,
es decir, con jurisdicción y mando, nada raro será
que el socialismo se retracte y regrese al estadio social contrario.
Así como a nivel individual o partidario se presenta a menudo
la traición y la combatimos, no existe teoría válida
para negarla a nivel del Estado. La distinción radica en
que el oportunismo, dueño del engranaje estatal, cuenta con
muchísimos más medios para distorsionar la verdad
y amordazar el descontento. Y estos instrumentos serán infinitamente
superiores si se trata de la máquina soviética, reforzada
además con los respectivos poderes de los países pertenecientes
al extinto campo socialista, ahora bajo su omnímodo control.
A tales dimensiones no basta con la pura crítica para destruir
a los recalcitrantes; se requiere desafiarlos con otra fuerza equiparable,
la única al alcance de los rebeldes perseguidos: la revolución.
Mao Tsetung,
Sistematizando las lecciones extraídas
de la etapa de la construcción socialista, propone la imbatible
fórmula de las revoluciones culturales proletarias para precaver
los timonazos hacia atrás y asegurar el progreso ininterrumpido
del socialismo bajo las condiciones de la dictadura obrera.
Tampoco debería sorprender, después
de tanto insuceso, que las gentes vaguen confusas al vaivén
de las más peculiares opiniones. Unas se consumen en la frustración
al ver a los autodenominados fortines socialistas comportarse cual
los viejos imperios, trasladando tropas de ocupación a naciones
pequeñas y menesterosas; otras aceptan resignadas que aquéllos
se sacudan las crisis económicas en forma bastante parecida
a las de las sociedades regentadas por el capital. Semejantes opiniones
optan por el total escepticismo, en la creencia de que los comunistas
fracasaron también y que la especie se encuentra fatalmente
sentenciada a tolerar los goces del rico Epulón, a costa
de los pesares del pobre Lázaro. Contra tales tendencias
habremos de esclarecer cómo la conducta de los socialimperialistas
y sus agentes nada guarda en común con la revolución
proletaria y las prédicas del marxismo. Algunos conceptúan
que las repúblicas socialistas están autorizadas a
imitar las prácticas filibusteras de los monopolios capitalistas,
con tal de que apresuren el proceso revolucionario, y aunque los
soviéticos, de contera, se engullan su parte del león
por los servicios prestados. Estos conceptos llevan el sello típico
de la propaganda mamerta, orientada a exculpar las tropelías
de los nuevos zares, con el alegato de que los soviéticos
desalojan a los gringos de sus zonas de influencia y los pueblos,
así liberados, no pueden menos que pasar al regazo materno
del oso siberiano. Toda nación que, a título de cualquier
obra pía, invada y mantenga dentro de las fronteras de otros
pueblos ejércitos de ocupación, o representa un país
colonizado que recibe órdenes de amos extranjeros, o consiste
en una potencia imperialista que actúa en su propio beneficio.
El imperialismo ha sido, es y será
la opresión de unas naciones por otras. Los agresores siempre
se escudan en alguna consigna atractiva para llevar a cabo sus desmanes.
En la Segunda Guerra Mundial los miembros del Eje le ofrecían
la "libertad" a la India para devorársela. Los
Estados Unidos posaban y posan de cauteladores de la "democracia"
con el objeto de ambientar sus ambiciones colonialistas. Los soviéticos
prometen el "socialismo" para instaurar su hegemonía
mundial. Pero ni la "libertad" de Hitler, ni la "democracia"
de Carter, ni el "socialismo" de Brezhnev, han de ser
tomados en serio. El marxismo-leninismo rechaza de la manera más
contundente e inequívoca todo tipo de sojuzgamiento entre
los países, no sólo como una desfiguración
de la democracia en general, sino como una gran traba que debe barrerse
para hacer efectiva la unidad de los obreros de todas las nacionalidades
y despejar el porvenir a la causa socialista.
Desde 1867, los fundadores del socialismo científico, al
reflexionar sobre las consecuencias del avasallamiento de Irlanda
por parte de Inglaterra, desterraron el errático criterio
de que los irlandeses habrían de aguardar el triunfo de la
revolución proletaria inglesa para favorecerse. El asunto
era completamente a la inversa. "La historia irlandesa muestra
qué desgracia es para una nación haber sojuzgado a
otra. Todas las infamias de los ingleses tienen su origen en el
ámbito de Irlanda", le escribía Engels a Marx;
y éste reafirmaba: "La clase obrera inglesa no podrá
hacer nada, mientras no se desembarace de Irlanda... La reacción
inglesa, en Inglaterra, tiene sus raíces en el sometimiento
de Irlanda"(8). Al disipar el equívoco, el marxismo
desentrañó cómo los verdugos de las naciones
opresoras se nutren de la expoliación de los países
sometidos; y pertrechó al proletariado con la orientación
meridiana de propugnar y garantizar la independencia y soberanía
de las naciones en provecho de su propia emancipación de
clase. En ello se fundamenta Lenin para definir la era imperialista
como la época del oportunismo. Con las migajas que les sobran
del escamoteo de las riquezas de sus colonias, los señores
de la metrópoli engordan a una élite aristocrática
de trabajadores, comisionada de las labores de zapa y de felonía
entre la masa esclavizada. Derribar la opresión nacional
significa privar de su principal soporte al imperialismo y a sus
mandaderos. Por eso el acercamiento entre los países y su
recíproca solidaridad han de basarse en la pauta revolucionaria
del mutuo respeto a sus libertades y derechos.
Los revisionistas contemporáneos,
siguiendo las huellas de sus predecesores, los chovinistas de la
II Internacional, se mofan del principio de la autodeterminación
de las naciones, cuya esencia reside en la facultad de cada pueblo
para darse efectiva y no verbalmente, la forma de gobierno que a
bien tenga, sin presiones externas, ni "asesores", ni
"protectores" de ninguna índole. Norma democrática
que, en lugar de añejarse con los triunfos y reveses socialistas,
adquiere día a día mayor actualidad. El papel deplorable
del gobierno cubano, al suministrar a los soviéticos tropas
mercenarias para "ayudar" a la revolución angoleña,
contrasta con una infalible admonición del marxismo pero
a la vez le imprime vigencia: "Una cosa es segura: el proletariado
victorioso no puede imponer la felicidad a ningún pueblo
extranjero sin comprometer su propia victoria"(9).Desde 1975
para acá, de cincuenta a sesenta mil soldados cubanos operan
en África, pisoteando los predios de Angola, Etiopía
y otros países presididos por áulicos del socialimperialismo.
Ni pensar que la Isla del Caribe, plagada de privaciones económicas,
disponga de 1,s recursos financieros suficientes para sufragar los
gastos de tan costosa empresa guerrerista. En el atolladero, el
régimen de Fidel Castro ha de depender aún más
de la Unión Soviética, duplicar las cargas a su pueblo
y echar mano de los bienes de las poblaciones africanas entregadas
a su custodia.
Las aventuras expansionistas de Viet
Nam, otro de los planetoides de Moscú, que ha invadido y
actualmente ocupa a Kanipuchea y Lao con cientos de miles de hombres,
tras el despropósito de instalar administraciones dóciles
a sus dictados, igualmente riñen con el espíritu y
la letra del socialismo: "El proletariado que se emancipa no
puede mantener guerras coloniales"(10). Los trabajadores de
ninguna lengua o región del orbe querrían leer más
el Manifiesto Comunista, entonar las estrofas de La Internacional,
o izar los rojos pendones de la revolución socialista, si
se les obliga a importar la independencia e inclinarse ante la intromisión
y las armas extranjeras. En efecto, la causa obrera no tendría
futuro alguno, si no condenáramos enérgicamente la
traición y la crueldad de los revisionistas vietnamitas,
ni calificáramos su conducta como lo que es, el desespero
bárbaro y sangriento por hacer de Indochina una avanzada
de la reacción moscovita.
Y los genocidios en Afganistán,
perpetrados ya no por las fuerzas expedicionarias de los satélites
de Rusia, sino directamente por su ejército regular, son
la reencarnación viva, a los 73 años, de la "política
colonial socialista", sepultada en el Congreso de la II Internacional,
en Stuttgart, y fustigada implacablemente por Lenin, como "un
franco retroceso hacia la política burguesa y la concepción
del mundo burgués, que justifica las guerras y las atrocidades
coloniales"(11). Los usurpadores del Krenilin se esconden tras
el glorioso pasado de los bolcheviques para llevar a cabo sus fechorías.
La coartada de que el lacayo de Karmal, subido en andas al trono
sobre las bayonetas soviéticas, solicita a los victimarios
salvar a su patria, causa no poco estupor, por lo cínica
y descabellada. Más temprano que tarde las naciones y los
gobiernos amantes de la paz identificarán en los cabecillas
de la superpotencia de Oriente a sus agresores, y en los desafueros
de ésta, los anticipos de la próxima guerra mundial.
La República Popular China, amenazada de muerte por sus altaneros
y rabiosos vecinos del Norte, ha contribuido decisiva y masivamente,
gracias a las instrucciones dadas en vida por el camarada Mao Tsetung,
al desenmascaramiento de la verdadera catadura y de las recónditas
y torvas intenciones del socialimperialismo. Desde las populosas
urbes capitalistas hasta los más apartados rincones del planeta,
donde existan obreros no inficionados por la ponzoña del
revisionismo, los incipientes núcleos revolucionarios se
reorganizan para efectuar las tareas de propaganda y esclarecimiento
entre el grueso de la multitud, preludio de la acción. Su
tenacidad será recompensada. Entre más se obstina
el lobo en disfrazarse de oveja más delata su perfidia. Cada
aldea afgana arrasada convencerá a millones de personas de
que las autoridades rusas renegaron de Lenin y cambiaron de consignas,
de ideales, de moral. Las hordas invasoras, aunque sigan portando
la hoz y el martillo, símbolo de la alianza obrero-campesina
y de la fraternidad entre los pueblos; realizan una guerra injusta
y en nada se parecen a los abnegados y bravos combatientes que murieron
por Stalingrado.
El mundo es demasiado grande para tomarlo
preso. No hay hierro con qué construir una cárcel
de tales magnitudes, ni policías suficientes con qué
hacer efectiva la orden de captura. Todos los dementes que en la
historia se lo han propuesto terminaron en la fosa y cubiertos de
oprobio. La Unión Soviética se viene sistemáticamente
alistando, como un III Reich, para tamaño disparate. Su trabajo
nacional se halla en una alta medida militarizado. Relegó
ya a los Estados Unidos en potencia de fuego convencional y nuclear.
Con las divisiones del Pacto de Varsovia, en ventaja sobre las de
la OTAN, amaga golpear a Europa, uno de sus objetivos estratégicos
capitales. En el Este tiende un gigantesco cerco a China y acecha
a Japón. Extiende sus cabezas de playa en el Medio Oriente,
Asia, África y América Latina. Sus flotas surcan los
mares braveando e intimidando. Con la enorme acumulación
del material bélico y el descuido de renglones claves de
la producción, la URSS entra en el círculo vicioso
de que a mayores necesidades económicas, mayores deseos colonialistas,
los cuales, a su vez, sólo puede satisfacer intensificando
los preparativos de guerra y ocasionando más detrimento a
aquellos renglones, y así sucesivamente. En el abismo de
ese despeñadero la espera, con las fauces abiertas, la tercera
conflagración mundial.
A pesar de su retroceso y de los titubeos
del presidente Carter, el Chamberlain estadinense, la superpotencia
de Occidente se siente constreñida a reaccionar en preservación
de sus posesiones neocoloniales. Europa y Japón, no obstante
las debilidades manifestadas por su aliado norteamericano y las
contradicciones financieras y comerciales con éste, aprobarán
la máxima cooperación con él, ante los chantajes
de Moscú, el enemigo principal. Las naciones atrasadas del
Tercer Mundo que luchan por su cabal autodeterminación, así
como los pueblos guindados a la escarpia soviética, junto
a China y al resto de las repúblicas proletarias, forjarán,
con todos los países capitalistas no agresores, un invencible
frente único contra el socialfascismo. Con la victoria de
este frente, se crearán las condiciones requeridas para la
eliminación de cualquier tipo de expoliación colonialista
y para la consolidación del socialismo. De la misma manera
como el progreso de la humanidad ha pasado siempre por encima de
las peores truculencias de las fuerzas reaccionarias, el ultimátum
de la guerra nuclear tampoco impedirá que la revolución
contemporánea cumpla su cometido de barrer de la faz de la
Tierra la esclavitud entre las personas y entre las naciones.
Después de rastrear el curso de
las contradicciones que perfilaron el panorama internacional vigente,
cuán romas e ilusas se nos presentan las invitaciones de
los reformistas colombianos, marca Firmes, por ejemplo, a que nos
enclaustremos en un nacionalismo pequeñoburgués a
ultranza. Colombia de ningún modo se sustraerá a las
tormentas mundiales, y en procura de su emancipación plena
habrá de tomar su puesto al lado de las corrientes democráticas
y revolucionarías, promotoras del frente único contra
el socialimperialismo. Y el proletariado colombiano, al igual que
sus camaradas de los demás países, debe principiar
por redimir, de las "academias de ciencias" oficiales,
las más aleccionadoras experiencias de los desbrozadores
del comunismo; en particular las que se refieren a los 28 años
de dirección de Stalin del primer Estado socialista que llegó
a despegar, aquella edad madura y brillante de la revolución
bolchevique.
Agosto de 1980
NOTAS
(1) Prólogo escrito por Francisco Mosquera para el libro
José Stalin, la Gran Guerra Patria, Bogotá, Editorial
Bandera Roja, traducido y acotado por Gabriel Iriarte.
(2) J. Stalin, 1nforme ante el XVIII Congreso del Partido sobre
la labor del Comité Central del P.C. (b) de la URSS",
10 de marzo de 1939, en Cuestiones del leninismo, Pekín,
Ediciones en Lenguas Extranjeras, pág. 900.
(3) J. Stalin, Correspondencia secreta dé Stalin con Churchill,
Attlee, Roosevelt y Truman 1941-1945, México, D. F., Editorial
Grijalbo, S. A., 1958, pág. 373.
(4) Adolfo Hitler, discurso; Habla el Führer, Helmut Heiber,
H. Von Kotze, H. Krausnick, Barcelona, Plaza y Janés S. A.
Editores, 1973, pág. 548.
(5) Serrucho: "Ganancia obtenida ilícitamente en un
negocio o asunto y que se reparte entre cada uno de los participantes,
sobre todo tratándose de funcionarios públicos".
(Nuevo Diccionario de Americanismos, Instituto Caro y Cuervo, Bogotá,
1993, Tomo 1, pág. 371).
(6) General De Gaulle, Memorias de Guerra, Tomo II, Barcelona, Luis
de Caralt Editor, pág. 27.
(7) V. I. Lenin, "El folleto de Junius", en Obras Completas,
Tomo XXIII, Buenos Aires, Editorial Cartago, 1970, pág. 431.
(8) Tanto los apartes de Engels como los de Marx son transcritos
por Lenin en su artículo "El derecho de las naciones
a la autodeterminación". Op. cit., Tomo XXI, págs.
359 y 360.
(9) F. Engels, "Carta a Carlos Kautsky", Obras Escogidas
de C. Marx y F. Engels, Tomo III, Moscú, Editorial Progreso,
1976, pág. 508.
(10) F. Engels. Idem, pág. 508.
(11) V. 1. Lenin, El Congreso Socialista Internacional de Stungart,
Idem, Tomo XIII, pág. 86.
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