La enfermedad Infantil del
"Izquierdismo" en el Comunismo
V. I. Lenin
Ediciones en Lengus extranjeras
Pekín 1975
Primera edición 1966
(4a impresión 1975)
Nota del Editor
Se ha tomado como base de la presente
edición de La enfermedad infantil del izquierdismo"
en el comunismo el texto de la edición española
de las Obras Escogidas de Lenin en dos tomos, publicadas por ediciones
en Lenguas Extranjeras, de Moscú, en 1948. Este folleto
ha sido editado después de haber sido confrontado con la
versión china, publicada por la editorial del Pueblo, Pekín,
en septiembre de 1964, y consultado el original ruso de las Obras
Completas de Lenin, t. XXXI.
Las notas incluidas al final del folleto
han sido redacta das y traducidas según las de la edición
china, publicada por la Editorial del Pueblo, Pekín.
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LA ENFERMEDAD INFANTIL DEL "IZQUIERDISMO" EN EL COMUNISMO
[1]
I
EN QUE SENTIDO SE PUEDE HABLAR DE LA SIGNIFICACION INTERNACIONAL
DE LA REVOLUCION RUSA?
En los primeros meses que siguieron a la conquista del Poder político
por el proletariado en Rusia (25. X.-7. XI. 1917), podía
parecer que, a consecuencia de las enormes diferencias existentes
entre la Rusia atrasada y los países avanzados de la Europa
occidental, la revolución del proletariado en estos últimos
se parecería muy poco a la nuestra. En la actualidad contamos
ya con una experiencia internacional más que regular, que
demuestra con absoluta claridad que algunos de los rasgos fundamentales
de nuestra revolución tienen una significación no
solamente local, particularmente nacional, rusa, sino también
internacional. Y hablo de la significación internacional
no en el sentido amplio de la
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palabra: no son sólo algunos, sino todos los rasgos fundamentales,
y muchos secundarios, de nuestra revolución, los que tienen
una significación internacional, desde el punto de vista
de la influencia de dicha revolución sobre todos los países.
No, hablo en el sentido más estrecho de la palabra, es
decir, entendiendo por significación internacional su importancia
internacional o la inevitabilidad histórica de la repetición
en escala internacional de lo que ocurrió en nuestro país,
esta significación debe ser reconocida en algunos de los
rasgos fundamentales de nuestra revolución.
Naturalmente, sería un tremendo error exagerar esta verdad
extendiéndola más allá de algunos rasgos
fundamentales de nuestra revolución. Asimismo, sería
un error perder de vista que después de la victoria de
la revolución proletaria, aunque no sea más que
en uno de los países avanzados, se producirá seguramente
un cambio radical, es decir: Rusia será, poco después
de esto, no un país modelo, sino de nuevo un país
atrasado (en el sentido "soviético" y socialista).
Pero en este momento histórico
se trata precisamente de que el ejemplo ruso muestra a todos los
países algo, y algo muy sustancial, de su futuro próximo
e inevitable. Los obreros avanzados de todos los países
hace ya tiempo que lo han comprendido y, más que comprenderlo,
lo han percibido, lo han sentido con su instinto revolucionario
de clase.
De aquí la "significación"
internacional (en el sentido estrecho de la palabra) del Poder
soviético y de los fundamentos de la teoría y de
la táctica bolchevique. Esto no lo han comprendido los
jefes "revolucionarios" de la II Internacional, como
Kautsky en Alemania, Otto Bauer y Federico Adler en Austria, que
se convirtieron por esto en reaccionarios, en defensores del peor
de los oportunismos y de la
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social-traición. Digamos de paso que el folleto-anónimo
"La Revolución Mundial" ["Weltrevolution"],
aparecido en 1919 en Viena (Sozialistische Bucherei, Heft 11;
Ignaz Brand[2]) muestra con una elocuencia particular toda la
contextura ideológica y todo el circulo de ideas, más
exactamente, todo el abismo de incomprensión, pedantería,
vileza y traición a los intereses de la clase obrera, sazonado,
además, con la "defensa" de la idea de la "revolución
mundial".
Pero nos detendremos detalladamente
en este folleto en otra ocasión. Consignemos aquí
únicamente lo siguiente: en los tiempos, ya bien lejanos,
en que Kautsky era todavía un marxista y no un renegado,
al examinar la cuestión como historiador, preveía
la posibilidad del advenimiento de una situación, como
consecuencia de la cual el revolucionarismo del proletariado ruso
se convertiría en un modelo para la Europa occidental.
Esto era en 1902, cuando Kautsky escribió en la "Iskra"
revolucionaria el artículo "Los eslavos y la revolución".
He aquí lo que decía en este artículo:
"En la actualidad" (al contrario que en 1848) "se
puede creer que no sólo se han incorporado los eslavos
a las filas de los pueblos revolucionarios, sino que el centro
de gravedad del pensamiento y de la obra revolucionarios se desplaza
cada día más hacia los eslavos. El centro revolucionario
va desplazándose del Occidente al Oriente. En la primera
mitad del siglo XIX se hallaba en Francia, en algunos momentos
en Inglaterra En 1848, Alemania entró en las filas de las
naciones revolucionarias. . . El nuevo siglo empieza con acontecimientos
que sugieren la idea de que nos hallamos en presencia de un nuevo
desplazamiento del centro revolucionario, concretamente: de su
traslado a Rusia. . . Rusia, que se ha asimilado tanta
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iniciativa revolucionaria de Occidente, es posible que en la actualidad
se halle presta, ella misma, a servir de fuente de energía
revolucionaria para este último. El movimiento revolucionario
ruso, cacla día más encendido, resultará
acaso el medio más poderoso para sacudir ese espíritu
de filisteísmo fofo y de politiquería moderada que
empieza a difundirse en nuestras filais y hará surgir de
nuevo la llama viva del anhelo de lucha y de fidelidad apasionada
a nuestros grandes ideales. Rusia hace ya tiempo que ha dejado
de ser, para la Europa occidental, un simple reducto de la reacción
y del absolutismo. En la actualidad, ocurre quizás todo
lo contrario. La Europa occidental se convierte en el reducto
de la reacción y del absolutismo de Rusia. . . Los revolucionarios
rusos, es posible, se hubieran librado hace ya mucho tiempo del
zar, si no tuviesen que luchar al mismo tiempo contra el aliado
de este último, el capital europeo. Esperemos que esta
vez conseguirán librarse de ambos enemigos y que la nueva
"santa alianza" se derrumbará más pronto
aún que sus predecesoras.
Pero sea cual fuere el resultado de
la lucha actual en Rusia, la sangre y los sufrimientos de los
mártires, que esta lucha engendra por desgracia más
de lo necesario, no serán vanos, sino que fertilizarán
el terreno para la revolución social en todo el mundo civilizado
e impulsarán de un modo más esplendoroso y rápido
su florecimiento. En 1848, eran los eslavos helada horrible que
mataba las flores de la primavera popular. Es posible que ahora
estén llamados a ser la tormenta que romperá el
hielo de la reacción y que traerá irresistiblemente
consigo una nueva y feliz primavera para los pueblos" (C.
Kautsky, "Los eslavos y la revolución", artículo
en la "Iskra", periódico revolu-
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cionario de la socialdemocracia rusa, núm. 18, 10 de marzo
de 1902).
¡No escribía mal Carlos Kautsky hace 18 años!
II
UNA DE LAS CONDICIONES FUNDAMENTALES DEL EXITO DE LOS BOLCHEVIQUES
Seguramente que hoy casi todo el mundo ve ya que los bolcheviques
no se hubieran mantenido en el Poder, no dos años y medio,
sino ni siquiera dos meses y medio, sin la disciplina severísima,
verdaderamente férrea, dentro de nuestro Partido, sin el
apoyo más completo y abnegado prestado a éste por
toda la masa de la clase obrera, esto es, por todo lo que ella
tiene de consciente, honrado, abnegado, influyente y capaz de
conducir consigo o de atraerse a las capas atrasadas.
La dictadura del proletariado es la
guerra más abnegada y más implacable de la nueva
clase contra un enemigo más poderoso, contra la burguesía,
cuya resistencia se halla decuplicada por su derrocamiento (aunque
no sea más que en un solo país) y cuya potencia
consiste, no sólo en la fuerza del capital internacional,
en la fuerza y la solidez de las relaciones internacionales de
la burguesía, sino, además, en la fuerza de la costumbre,
en la fuerza de la pequeña producción. Pues, por
desgracia, ha quedado todavía en el mundo mucha y mucha
pequeña producción y ésta engendra al capitalismo
y a la burguesía constantemente, cada día, cada
hora, por un proceso espontáneo y en masa. Por todos estos
mo-
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tivos, la dictadura del proletariado es necesaria, y la victoria
sobre la burguesía es imposible sin una lucha prolongada,
tenaz, desesperada, a muerte, una lucha que exige serenidad, disciplina,
firmeza, inflexibilidad y una voluntad única.
Lo repito, la experiencia de la dictadura
triunfante del proletariado en Rusia ha mostrado de un modo palpable
al que no sabe pensar o al que no ha tenido la ocasión
de reflexionar sobre esta cuestión, que la centralización
incondicional y la disciplina más severa del proletariado
constituyen una de las condiciones fundamentales de la victoria
sobre la burguesía.
De esto se habla a menudo. Pero no
se reflexiona suficientemente sobre lo que esto significa, en
qué condiciones es posiUe ¿No convendría
que las salutaciones entusiastas al Poder de los Soviets y a los
bolcheviques se vieran acompañadas con más frecuencia
de un análisis serio de las causas que han permitido a
los bolcheviques forjar la disciplina necesaria para el proletariado
revolucionario?
El bolchevismo existe, como corriente
del pensamiento político y como partido político,
desde 1903. Sólo la historia del bolchevismo, en todo el
periodo de su existencia, puede explicar de un modo satisfactorio
por qué el bolchevismo pudo forjar y mantener, en las condiciones
más difíciles, la disciplina férrea necesaria
para la victoria del proletariado.
La primera pregunta que surge es la
siguiente: ¿cómo se mantiene la disciplina del partido
revolucionario del proletariado? ¿Cómo se controla?
¿Cómo se refuerza? Primero por la conciencia de
la vanguardia proletaria y por su fidelidad a la revolución,
por su firmeza, por su espíritu de sacrificio, por su heroísmo.
Segundo, por su capacidad de vincularse, aproximarse y hasta cierto
punto, si queréis, fundirse con las más grandes
masas trabajadoras, en primer
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término con la masa proletaria, pero también con
la masa trabajadora no proletaria. Tercero, por lo acertado de
la dirección política que lleva a cabo esta vanguardia;
por lo acertado de su estrategia y de su táctica políticas,
a condición de que las masas más extensas se convenzan
de ello por experiencia propia. Sin estas condiciones, no es posible
la disciplina en un partido revolucionario, verdaderamente apto
para ser el partido de la clase avanzada, llamada a derrocar a
la burguesía y a transformar toda la sociedad. Sin estas
condiciones, los intentos de implantar una disciplina se convierten,
inevitablemente, en una ficción, en una frase, en gestos
grotescos. Pero, por otra parte, estas condiciones no pueden brotar
de golpe. Van formándose solamente á través
de una labor prolongada, a través de una dura experiencia;
su formación se facilita a través de una acertada
teoría revolucionaria, que, a su vez, no es ningún
dogma, sino que sólo se forma definitivamente en estrecha
relación con la práctica de un movimiento que sea
verdaderamente de masas y verdaderamente revolucionario.
Si el bolchevismo pudo elaborar y llevar
a la práctica con éxito en los años 1917-1920,
en condiciones de una gravedad inaudita, la centralización
más severa y una disciplina férrea, se debe sencillamente
a una serie de particularidades históricas de Rusia.
De una parte, el bolchevismo surgió
en 1903, sobre la más sólida base de la teoría
del marxismo. Y que esta teoría revolucionaria es justa
-- y que es la única justa -- ha sido demostrado, no sólo
por la experiencia internacional de todo el siglo XIX, sino también,
en particular, por la experiencia de las desviaciones, los titubeos,
los errores y los desengaños del pensamiento revolucionario
en Rusia. En el transcurso de casi medio siglo, aproximadamente
de 1840 a 1890, el
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pensamiento avanzado en Rusia, bajo el yugo del despotismo inaudito
del zarismo salvaje y reaccionario, buscaba ávidamente
una teoría revolucionaria justa, siguiendo con un celo
y una atención admirables cada "última palabra"
de Europa y América en este terreno. Rusia hizo suya la
única teoría revolucionaria justa, el marxismo,
en medio siglo de torturas y de sacrificios inauditos, de heroísmo
revolucionario nunca visto, de energía increíble
y de investigadón abnegada, de estudio, de experimentación
en la práctica, de desengaños, de comprobación,
de comparación con la experiencia de Europa. Gracias a
la emigración provocada por el zarismo, la Ru6ia revolucionaria
de la segunda mitad del siglo XIX contaba con una riqueza de relaciones
internacionales, con un conocimiento tan excelente de todas las
formas y teorías del movimiento revolucionario mundial
como ningún otro país del mundo.
De otra parte, el bolchevismo, surgido
sobre esta base teórica granítica, tuvo una historia
práctica de quince años (1903-1917) que, por la
riqueza de la experiencia que representa, no puede ser comparada
a ninguna otra en el mundo. Pues ningún país, en
el transcurso de estos quince años, pasó ni aproximadamente
por una experiencia revolucionaria tan Aca, por una rapidez y
una variedad tales de la sucesión de las distintas formas
del movimiento, legal e ilegal, pacífico y tormentoso,
clandestino y abierto, de propaganda en los círculos y
de propaganda entre las masas, parlamentario y terrorista En ningún
país estuvo concentrada en un período de tiempo
tan breve una tal riqueza de formas, de matices, de métodos
de lucha de todas las clases de la sociedad con temporánea,
lucha que, además, como consecuencia del atraso del país
y del peso del yugo del zarismo, maduraba con particular rapidez
y asimilaba con particular avidez y eficacia
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la "última palabra" correspondiente de la experiencia
política americana y europea.
III
LAS PRINCIPALES ETAPAS EN LA HISTORIA DEL BOLCHEVISMO
Años de preparación de la revolución (1903-1905).
Presagios de gran tormenta por todas partes, fermentación
y preparación en todas las clases. En el extranjero, la
prensa de la emigración plantea teóricamente todas
las cuestiones esenciales de la revolución. Los representantes
de las tres clases fundamentales, de las tres tendencias políticas
prin cipales: la liberal-burguesa, la democrático-pequeñoburguesa
(cubierta bajo la etiqueta de las corrientes "socialdernócrata"
y "socialrevolucionaria") y la proletaria revolucionaria,
mediante una lucha encarnizada de concepciones programáticas
y tácticas, anuncian y preparan la futura lucha abierta
de clases. Todas las cuestiones por las cuales las masas tomaron
las armas en 1905-1907 y en 1917-1920, pueden (y deben) verse,
en forma embrionaria, en la prensa de aquella época. Naturalmente,
entre estas tres tendencias principales hay todas las formaciones
intermedias, transitorias, híbridas, que se quiera. Más
exactamente: en la lucha entre los órganos de prensa, los
partidos, las fracciones, los grupos, van cristalizándose
las tendencias ideológicas y políticas realmente
de clase; las clases se forjan un arma ideológico-política
adecuada para los combates futuros.
Años de revolución (1905-1907).
Todas las clases entran abiertamente en acción. Todas las
concepciones programáticas
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y tácticas son comprobadas por medio de la acción
de las masas. Lucha huelguística nunca vista en el mundo,
por su amplitud y su carácter agudo. Transformación
de la huelga económica en política y de la huelga
política en insurrección. Comprobación práctica
de las relaciones existentes entre el proletariado dirigente y
los campesinos dirigidos, vacilantes, dudosos. Nacimiento, en
el desarrollo espontáneo de la lucha, de la forma soviética
de organización. Los debates de aquel entonces sobre el
papel de los Soviets son una anticipación de la gran lucha
de 1917-1920. La sucesión de los métodos de lucha
parlamentarios y no parlamentarios, de la táctica de boicot
del parlamento y de participación en el mismo, de las formas
legales e ilegales de lucha, así como sus relaciones recíprocas
y los vínculos existentes entre ellos, todo esto se distingue
por una asombrosa riqueza de contenido. Cada mes de este período
vale, desde el punto de vista del aprendizaje de los fundamentos
de la ciencia política -- para las masas y los jefes, para
las clases y los partidos --, por un año de desenvolvimiento
"pacífico" y "constitucional". Sin
el "ensayo general" de 1905, la victoria de la Revolución
de Octubre en 1917 hubiera sido imposible.
Años de reacción (1907-1910).
El zarismo ha triunfado. Han sido aplastados todos los partidos
revolucionarios y de oposición. Desaliento, desmoralización,
escisiones, dispersión, traiciones, pornografía
en vez de política. Reforzamiento de las tendencias al
idealismo filosófico; misticismo, como disfraz de un estado
de espíritu contrarrevolucionario. Pero al mismo tiempo
esta gran derrota da a los partidos revolucionarios y a la clase
revolucionaria una verdadera lección sumamente saludable,
una lección de dialéctica histórica, una
lección de inteligencia, de destreza y arte para conducir
la
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lucha política. Los amigos se conocen en la desgracia.
Los ejércitos derrotados se instruyen celosamente.
El zarismo victorioso se ve obligado
a destruir precipitadamente los residuos del régimen de
vida preburgués, patriarcal en Rusia. El desenvolvimiento
burgués del país progresa con rapidez notable. Las
ilusiones situadas al margen de las clases, por encima de ellas,
ilusiones sobre la posibilidad de evitar el capitalismo, caen
hechas polvo. Entra en escena la lucha de clases de un modo absolutamente
nuevo y con mayor relieve.
Los partidos revolucionarios deben
completar su instrucción Han aprendido a atacar. Ahora,
deben comprender que esta ciencia tiene que estar completada por
la de saber replegarse con el mayor acierto. Hay que comprender
-- y la clase revolucionaria aprende a comprenderlo por su propia
y amarga experiencia -- que no se puede triunfar sin aprender
a tomar la ofensiva y a llevar a cabo la retirada con acierto.
De todos los partidos revolucionarios y de oposición derrotados,
fueron los bolcheviques quienes retrocedieron con más orden,
con menos quebranto de su "ejército"; con una
conservación mejor de su núcleo central, con las
escisiones menos profundas e irreparables, con menos desmoralización,
con más capacidad para reanudar la acción de un
modo más amplio, acertado y enérgico. Y si los bolcheviques
obtuvieron este resultado, fue exclusivamente porque desenmascararon
y expulsaron sin piedad a los revolucionarios de palabra, obstinados
en no comprender que hay que retroceder, que hay que saber retroceder,
que es obligatorio aprender a actuar legalmente en los parlamentos
más reaccionarios, en las organizaciones sindicales, en
las cooperativas, en las mutualidades y otras organizaciones semejantes,
por más reaccionarias que sean.
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Años de ascenso (1910-1914). Al principio, el ascenso fue
de una lentitud inverosímil; luego, después de los
sucesos del Lena, en 1912, un poco más rápido. Venciendo
dificultades enormes, los bolcheviques eliminaron a los mencheviques,
cuyo papel, como agentes burgueses en el movimiento obrero, fue
admirablemente comprendido por toda la burguesía después
de 1905 y a los cuales, por este motivo, esta última sostenía
de mil maneras contra los bolcheviques. Pero éstos no hubieran
llegado nunca a semejante resultado, si no hubiesen aplicado una
táctica acertada, combinando la actuación ilegal
con la utilización obligatoria de las "posibilidades
legales" En la más reaccionaria de las Dumas, los
bolcheviques conquistaron toda la curia obrera.
Primera guerra imperialista mundial
(1914-1917). El parlamentarismo legal, con un "parlamento"
ultrarreaccionario, presta los más grandes servicios al
partido del proletariado revolucionario, a los bolcheviques. Los
diputados bolcheviques van a Siberia. En la prensa de la emigración
hallan plena expresión todos los matices del socialimperialismo,
del socialchovinismo, del socialpatriotismo, del internacionalismo
inconsecuente y consecuente, del pacifismo y de la negación
revolucionaria de las ilusiones pacifistas. Las eminencias estúpidas
y los vejestorios de la II Internacional, que fruncían
el ceño con desdén y soberbia ante la abundancia
de "fracciones" del socialismo ruso y la lucha encarnizada
de éstas entre sí, fueron incapaces, en el momento
en que la guerra suprimió en todos los países adelantados
la cacareada "legalidad", de organizar, aunque no fuera
más que aproximadamente, un libre (ilegal) intercambio
de ideas y una libre (ilegal) elaboración de concepciones
justas, semejantes a las que los revolucionarios rusos organizaron
en Suiza y otros países. Ha sido precisamente por esto
por lo que los social-
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patriotas descarados y los "kautskistas" de todos los
países han resultado los peores traidores del proletariado.
Y si el bolchevismo pudo triunfar en 1917-1920, una de las causas
fundamentales de semejante victoria se debe a que desde finales
de 1914 desenmascaró sin piedad la villanía, la
infamia, la abyección del socialchovinismo y del "kautskismo"
(al cual corresponde el longuetismo[3] en Francia, las ideas de
los jefes del Partido Obrero Independiente[4] y de los fabianos[5]
en Inglaterra, de Turati en Italia, etc.) y a que las masas se
han convencido más y más, por experiencia propia,
de que las concepciones de los bolcheviques eran justas.
Segunda revolución rusa (febrero-octubre,
1917). El grado de decrepitud inverosímil y de caducidad
del zarismo (con ayuda de los reveses y sufrimientos de una guerra
infinitamente penosa) suscitaron contra él una fuerza extraordinaria
de destrucción. En pocos días Rusia se vio convertida
en una república democrático-burguesa más
libre, en las condiciones de la guerra, que cualquier otro país
del mundo. El gobierno fue constituido por los jefes de los partidos
de oposición y revolucionarios, como en las repúblicas
del más "puro parlamentarismo", pues el título
de jefe de un partido de oposición en el parlamento, hasta
en el más reaccionario, ha facilitado siempre el papel
futuro de este jefe en la revolución.
En pocas semanas los mencheviques y
los "socialrevolucionarios" se asimilaron perfectamente
todos los procedimientos y modales, argumentos y sofismas de los
héroes europeos de la II Internacional, de los ministerialistas
y de toda la canalla oportunista. Todo lo que leemos hoy sobre
los Scheidemann y Noske, sobre Kautsky y Hilferding, Renner y
Austerlitz, Otto Bauer y Fritz Adler, Turati y Longuet, sobre
los fabianos y los jefes del Partido Obrero Indepen-
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diente de Inglaterra, todo nos parece (y lo es en realidad) una
aburricla repetición de un motivo antiguo y conocido. Todo
ello lo habíamos visto ya en los mencheviques. La historia
les ha hecho una mala jugada, obligando a los oportunistas de
un país atrasado a adelantarse a los oportunistas de una
serie de países avanzados.
Si todos los héroes de la II
Internacional han fracasado, si se han cubierto de oprobio en
la cuestión de la función y la importancia de los
Soviets y del Poder soviético, si se han cubierto de ignominia
de un modo particularmente "relevante" y han incurrido
en toda clase de contradicciones en esta cuestión los jefes
de los tres grandes partidos que se han separado actualmente de
la II Internacional (el Partido Socialdemócrata Independiente
de Alemania[6], el Partido longuetista de Francia y el Partido
Obrero Independiente de Inglaterra), si todos han resultado esclavos
de los prejuicios de la democracia pequeñoburguesa (exactamente
al modo de los pequeños burgueses de 1848, que se llamaban
"socialdemócratas"), también es cierto
que ya hemos visto todo esto en el ejemplo de los mencheviques.
La historia ha hecho esta jugarreta: los Soviets nacieron en Rusia
en 1905, fueron falsificados en febrero-octubre de 1917 por los
mencheviques, quienes fracasaron por no haber comprendido su papel
y su importancia, y hoy ha surgido en el mundo entero la idea
del Poder soviético, idea que se extiende con rapidez inusitada
entre el proletariado de todos los países, mientras fracasan
en todas partes, a su vez, los viejos héroes de la II Internacional,
por no haber sabido comprender, del mismo modo que nuestros mencheviques,
el papel y la importancia de los Soviets. La experiencia ha demostrado
que en algunas cuestiones esenciales de la revolución proletaria
todos los
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países pasarán inevitablemente por lo mismo que
ha pasado Rusia.
Los bolcheviques empezaron su lucha victoriosa contra la república
parlamentaria (burguesa de hecho) y contra los mencheviques con
suma prudencia y no la prepararon, ni mucho menos, tan sencillamente
como hoy piensan muchos en Europa y América. En el principio
del período mencionado no incitamos a derribar el gobierno,
sino que explicamos la imposibilidad de hacerlo sin modificar
previamente la composición y el estado de espíritu
de los Soviets. No declaramos el boicot al parlamento burgués,
a la Asamblea Constituyente, sino que dijimos, a partir de la
Conferencia de nuestro Partido, celebrada en abril de 1917, dijimos
oficialmente, en nombre del Partido, que una república
burguesa, con una Asamblea Constituyente, era preferible a la
misma república sin Constituyente, pero que la república
"obrera y campesina" soviética es mejor que cualquier
república democráticoburguesa, parlamentaria. Sin
esta preparación prudente, minuciosa, circunspecta y prolongada,
no hubiésemos podido alcanzar ni consolidar la victoria
en octubre de 1917.
IV
¿EN LUCHA CON QUE ENEMIGOS EN EL SENO DEL MOVIMIENTO OBRERO
HA PODIDO CRECER, FORTALECERSE Y TEMPLARSE EL BOLCHEVISMO?
En primer lugar y sobre todo, en la lucha contra el oportunismo,
que en 1914 se transformó definitivamente en so-
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cialchovinismo y que se ha pasado definitivamente al lado de la
burguesía, contra el proletariado. Este era, naturalmente,
el principal enemigo del bolchevismo en el seno del movimiento
obrero y sigue siéndolo en escala mundial. El bolchevismo
le ha prestado y le presta a este enemigo la mayor atención.
Este aspecto de la actividad de los bolcheviques es ya bastante
bien conocido también en el extranjero.
Otra cosa hay que decir de otro enemigo
del bolchevismo en el seno del movimiento obrero. En el extranjero
se sabe todavía de un modo muy insuficiente que el bolchevismo
ha crecido, se ha ido formando y se ha templado en largos años
de lucha contra ese revolucionarismo pequeñoburgués
que se parece al anarquismo o que ha tomado algo de él
y que se aparta en todo lo esencial de las condiciones y exigencias
de una firme lucha de clases del proletariado. Para los rnarxistas
está plenamente establecido desde el punto de vista teórico
-- y la experiencia de todas las revoluciones y los movimientos
revolucionarios de Europa lo han confirmado enteramente -- que
el pequeño propietario, el pequeño patrón
(tipo social que en muchos países europeos está
muy difundido, que abarca masas), que sufre bajo el capitalismo
una presión continua y muy a menudo un empeoramiento increíblemente
brusco y rápido de sus condiciones de existencia y la ruina,
adquiere fácilmente una mentalidad ultrarrevolucionaria,
pero que es incapaz de manifestar serenidad, espíritu de
organización, disciplina, firmeza. El pequeñoburgués
"enfurecido" por los horrores del capitalismo es un
fenómeno social propio, como el anarquismo, de todos los
países capitalistas. La inconstancia de estas veleidades
revolucionarias, su esterilidad, su facilidad de cambiarse rápidamente
en sumisión, en apatía, en imaginaciones fantásticas,
hasta en un
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entusiasmo "furioso", por tal o cual tendencia burguesa
"de moda", son universalmente conocidas. Pero a un partido
revolucionario no le basta en modo alguno con reconocer teórica,
abstractamente, semejantes verdades, para estar al abrigo de los
viejos errores que se producen siempre en ocasiones inesperadas,
con una ligera variación de forma, con una apariencia o
un contorno no vistos antes, en una situación original
(más o menos original).
El anarquismo ha sido a menudo una
especie de expiación de los pecados oportunistas del movimiento
obrero. Estas dos aberraciones se completaban mutuamente. Y si
el anarquismo no ejerció en Rusia, en las dos revoluciones
de 1905 y 1917 y durante su preparación, a pesar de que
la población pequeñoburguesa era aquí más
numerosa que en los países europeos, sino una influencia
relativamente insignificante, se debe en parte, indudablemente,
al bolchevismo, que siempre luchó del modo más despiadado
e irreconciliable contra el oportunismo. Y digo "en parte"
porque lo que más contribuyó a debilitar el anarquismo
en Rusia fue la posibilidad que tuvo en el pasado (en los años
del 70 del siglo XIX) de adquirir un desarrollo extraordinario
y de revelar hasta el fondo su carácter quimérico,
su incapacidad de servir como teoría dirigente de la clase
revolucionaria.
El bolchevismo heredó, al surgir
en 1903, la tradición de guerra despiadada al revolucionarismo
pequeñoburgués, semianarquista (o capaz de coquetear
con el anarquismo), tradición que había existido
siempre en la socialdemocracia revolucionaria y que se consolidó
particularmente en nuestro país en 1900-1903, cuando se
sentaban los fundamentos del partido de masas del proletariado
revolucionario de Rusia. El bolchevismo asimiló y continuó
la lucha contra el partido que más fielmente expresaba
las tendencias del revoluciona-
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rismo pequeñoburgués, es decir, el partido "socialrevolucionario",
en tres puntos principales. En primer lugar, este partido, que
rechazaba el marxismo, se obstinaba en no querer comprender (tal
vez fuera más justo decir en no poder comprender) la necesidad
de tener en cuenta con estricta objetividad, antes de emprender
una acción política, las fuerzas de clase y sus
relaciones mutuas. En segundo término, este partido veía
un signo particular de su "revolucionarismo" o de su
"izquierdismo" en el reconocimiento del terror individual,
de los atentados, que nosotros, los marxistas, rechazábamos
categóricamente. Claro es que nosotros condenábamos
el terror individual únicamente por motivos de conveniencia;
pero las gentes capaces de condenar "en principio" el
terror de la Gran Revolución Francesa, o, en general, el
terror ejercido por un partido revolucionario victorioso, asediado
por la burguesía de todo el mundo, esas gentes fueron ya
condenadas para siempre al ridículo y al oprobio en 1900-1903
por Plejánov, cuando éste era marxista y revolucionario.
En tercer lugar, para los "socialrevolucionarios" ser
"izquierdista", consistía en reirse de los pecados
oportunistas, relativamente leves, de la socialdemocracia alemana,
mientras imitaban a los ultraoportunistas de ese mismo partido
en cuestiones tales como la agraria o la de la dictadura del proletariado.
La historia, dicho sea de paso, ha
confirmado hoy en gran escala, histórico-mundial, la opinión
que hemos defendido siempre, a saber: que la socialdemocracia
revolucionaria alemana (y téngase en cuenta que ya en 1900-1903
Plejánov reclamaba la expulsión de Bernstein del
Partido y que los bolcheviques, siguiendo siempre esta tradición,
desenmascaraban en 1913 toda la villanía, la bajeza y la
traición de Legien), que la socialdemocracia revolucionaria
alemana estaba más
pág. 19
cerca que nadie del partido que necesitaba el proletariado revolucionario
para triunfar. Ahora, en 1920, después de todas las quiebras
y crisis ignominiosas de la época de la guerra y de los
primeros años que la siguieron, aparece con evidencia que,
de todos los partidos de Occidente, la socialdemocracia revolucionaria
alemana es precisamente la que ha dado los mejores jefes, la que
se ha repuesto, se ha curado y ha recobrado sus fuerzas más
rápidamente. Se advierte esto también en el Partido
de los espartaquistas[7] y en el ala izquierda proletaria del
"Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania",
que sostienen una firme lucha contra el oportunismo y la falta
de carácter de los Kautsky, Hilferding, Ledebour y Gispien.
Si lanzamos ahora una ojeada al período histórico
que ha llegado a su completo término, que va desde la Comuna
de París a la primera República Socialista Soviética,
veremos dibujarse con relieve absolutamente marcado e indiscutible
la posición del marxismo con respecto al anarquismo. El
marxismo ha demostrado al fin tener razón, y si los anarquistas
indicaban con justicia el carácter oportunista de las concepciones
sobre el Estado que imperaban en la mayoría de los partidos
socialistas, hay que advertir, en primer término, que este
carácter oportunista obedecía a una deformación
y hasta a una ocultación consciente de las ideas de Marx
sobre el Estado (en mi libro "El Estado y la Revolución"
he hecho notar que Bebel mantuvo en el fondo de un cajón
durante 36 años, de 1875 a 1911, la carta en que Engels
denunciaba con un relieve, con un vigor, con una franqueza y claridad
admirables el oportunismo de las concepciones socialdemócratas
en boga sobre el Estado); en segundo lugar, la rectificación
de estas ideas oportunistas, el reconocimiento del Poder soviético
y de su superioridad sobre la democracia parlamentaria burguesa,
han partido, con
pág. 20
mayor amplitud y rapidez, precisamente de las tendencias más
marxistas existentes en el seno de los partidos socialistas de
Europa y América.
Ha habido dos momentos en los cuales
la lucha de los bolcheviques contra las desviaciones de "izquierda"
de su propio partido ha adquirido una magnitud particularmente
considerable: en 1908, sobre la cuestión de la participación
en un "parlamento" ultrarreaccionario y en las sociedades
obreras legales que la más reaccionaria de las legislaciones
había dejado en pie, y en 1918 (paz de Brest), sobre la
cuestión de la admisibilidad de tal o cual "compromiso".
En 1908, los bolcheviques "de
izquierda" fueron expulsados de nuestro Partido, por su obstinado
empeño en no comprender la necesidad de la participación
en un "parlamento" ultrarreaccionario: los "izquierdistas",
entre los que había muchos excelentes revolucionarios que
fueron después (y siguen siendo), honrosamente, miembros
del Partido Comunista, se apoyaban sobre todo en la experiencia
favorable del boicot de 1905. Cuando el zar, en agosto de 1905,
anunció la convocatoria de un "parlamento" consultivo,
los bolcheviques, contra todos los partidos de oposición
y contra los mencheviques, declararon el boicot a semejante parlamento,
y la revolución de octubre de 1905 lo barrió en
efecto. Entonces el boicot fue justo, no porque esté bien
no participar en general en los parlamentos reaccionarios, sino
porque fue acertadamente tomada en consideración la situación
objetiva, que conducía a la rápida transformación
de las huelgas de masas en huelga política y, sucesivamente,
en huelga revolucionaria y en insurrección. Además,
el objeto del debate era, a la sazón, saber si había
que dejar en manos del zar la convocatoria de la primera institución
representativa, o si debía intentarse arrancársela
de las manos al antiguo ré-
pág. 21
gimen. Por cuanto no había ni podía haber la certeza
plena de que la situación objetiva era análoga y
de que su desenvolvimiento se había de realizar en el mismo
sentido y con igual rapidez, el boicot dejaba de ser justo.
El boicot de los bolcheviques contra
el "parlamento" en el año 1905 enriqueció
al proletariado revolucionario con una experiencia política
extraordinariamente preciosa, haciéndole ver que, en la
combinación de las formas legales e ilegales, de las formas
parlamentarias y extraparlamentarias de lucha, es, a veces, conveniente
y hasta obligado saber renunciar a las formas parlamentarias.
Pero transportar ciegamente, por simple imitación, sin
discernimiento, esta experiencia a otras condiciones, a otras
coyunturas, es el mayor de los errores. Lo que constituyó
ya un error, aunque no grande y fácilmente corregible*,
fue el boicot de la "Duma" por los bolcheviques en 1906.
Fueron errores más serios y difícilmente reparables
los boicots de 1907, 1908 y los años siguientes, pues,
por una parte, no había que esperar que se levantara de
nuevo rápidamente la ola revolucionaria, ni la transformación
de la misma en insurrección y, por otra, la necesidad de
combinar el trabajo legal con el ilegal nacía del conjunto
de la situación histórica ligada a la renovación
de la monarquía burguesa. Hoy, cuando se considera retrospectivamente
este período histórico, que ha llegado a su completo
término y cuyo enlace con los períodos ulteriores
se ha manifestado ya plenamente, se comprende con singular claridad
que los bolcheviques no habrian podido conservar (y no digo ya
-------
* De la política y de los partidos se puede decir -- con
las variantes correspondientes -- lo mismo que de los individuos.
No es inteligente quien no comete errores. Hombres que no cometan
errores, no los hay ni puede haberlos. Inteligente es quien comete
errores que no son muy graves y sabe corregirlos bien y pronto.
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afianzar, desarrollar y fortalecer) el núcleo sólido
del partido revolucionario del proletariado durante los años
1908-1914, si no hubiesen defendido en la lucha más dura
la combinación obligatoria de las formas legales de lucha
con las formas ilegales, la participación obligatoria en
un parlamento ultrarreaccionario y en una serie de otras instituciones
permitidas por una legislación reaccionaria (sociedades
de socorros mutuos, etc.).
En 1918, las cosas no llegaron hasta
la escisión. Los comunistas "de izquierda" sólo
constituyeron entonces un grupo especial o "fracción"
en el interior de nuestro Partido, y no por mucho tiempo. En el
mismo 1918, los representantes más señalados del
"comunismo de izquierda", Rádek y Bujarin, por
ejemplo, reconocieron abiertamente su error. Les parecía
que la paz de Brest era un compromiso con los imperialistas, inaceptable
en principio y funesto para el partido del proletariado revolucionario.
Se trataba, en efecto, de un compromiso con los imperialistas;
pero precisamente un compromiso tal y en unas circunstancias tales,
que era obligatorio.
Actualmente, cuando oigo, por ejemplo,
a los "socialrevolucionarios" atacar la táctica
seguida por nosotros al firmar la paz de Brest, o una advertencia
como la que me hizo el camarada Landsbury en el curso de una conversación:
"Los jefes de nuestras tradeuniones inglesas dicen que también
pueden permitirse un compromiso, puesto que los bolcheviques se
lo han permitido", respondo habitualmente ante todo con una
comparación sencilla y "popular":
Figuraos que el automóvil en que vais es detenido por unos
bandidos armados. Les dais el dinero, el pasaporte, el revólver,
el automóvil, mas, a cambio de esto, os veis desembarazados
de la agradable vecindad de los bandidos. Se
pág. 23
trata, evidentemente, de un compromiso. Do ut des ("te doy"
mi dinero, mis armas, mi automóvil, "para que me des"
la posibilidad de marcharme en paz). Pero difícilmente
se encontraría un hombre que no esté loco y que
declarase que semejante compromiso es "inadmisible en principio"
y denunciase al que lo ha concertado como cómplice de los
bandidos (aunque éstos, una vez dueños del auto
y de las armas, los utilicen para nuevos pillajes). Nuestro compromiso
con los bandidos del imperialismo alemán fue análogo
a éste.
Pero cuando los mencheviques y los
socialrevolucionarios en Rusia, los partidarios de Scheidemann
(y, en gran parte, los kautskianos) en Alemania, Otto Bauer y
Friedrich Adler (sin hablar de los señores Renner y compañía)
en Austria, los Renaudel, Longuet y compañía en
Francia, los fabianos, "independientes" y "laboristas"[8]
en Inglaterra concertaron, en 1914-1918 y en 1918-1920, con los
bandidos de su propia burguesía y a veces de la burguesía
"aliada", compromisos dirigidos contra el proletariado
revolucionario de su propio país, entonces esos señores
obraron como cómplices de los bandidos.
La conclusión es clara: rechazar
los compromisos "en principio", negar la legitimidad
de todo compromiso en general, es una puerilidad que es difícil
tomar en serio. Un hombre político que quiera ser útil
al proletariado revolucionario, debe saber distinguir los casos
concretos de compromiso que son precisamente inadmisibles, que
son una expresión de oportunismo y de traición,
y dirigir contra t a l e s compromisos c o n c r e t o s toda
la fuerza de su crítica, todo el filo de un desenmascaramiento
implacable y de una guerra sin cuartel, no permitiendo a los socialistas,
con su gran experiencia de "maniobreros", y a los jesuítas
parlamentarios escurrir el bulto, eludir la responsabilidad, por
medio de disquisi-
pág. 24
ciones sobre los "compromisos en general". Los señores
"jefes" de las tradeuniones inglesas, lo mismo que los
de la Sociedad Fabiana y del Partido Obrero "Independiente",
pretenden eludir precisamente así la responsabilidad por
la traición que han cometido, por haber concertado semejante
compromiso que no es en realidad más que oportunismo, defección
y traíción de la peor especie.
Hay compromisos y compromisos. Es preciso
saber analizar la situación y las circunstancias concretas
de cada compromiso o de cada variedad de compromiso. Debe aprenderse
a distinguir al hombre que ha entregado a los bandidos su bolsa
y sus armas, con el fin de disminuir el mal causado por ellos
y facilitar su captura y ejecución, del que da a los bandidos
su bolsa y sus armas para participar en el reparto del botín.
En política esto dista mucho de ser tan fácil como
en este ejemplito de una simplicidad infantil. Pero el que pretendiera
imaginar una receta para los obreros, que señalase por
adelantado soluciones adecuadas para todas las circunstancias
de la vida o prometiera que en la política del proletariado
revolucionario no se encontrarán nunca dificultades ni
situaciones embrolladas, sería sencillamente un charlatán.
Para no dejar lugar a ninguna interpretación
falsa, intentaré esbozar, aunque sólo sea brevemente,
algunas tesis fundamentales para el análisis de los casos
concretos de compromiso.
El partido que concertó con
el imperialismo alemán el compromiso consistente en firmar
la paz de Brest, había empezado a elaborar prácticamente
su internacionalismo a fines de 1914. Dicho partido no temía
proclamar la derrota de la monarquía zarista y estigmatizar
la "defensa de la patria" en la guerra entre dos imperialismos
voraces. Los diputados de
pág. 25
dicho partido en el parlamento fueron a Siberia, en vez de seguir
el fácil camino que conduce a las carteras ministeriales
en un gobierno burgués. La revolución, al derribar
el zarismo y crear la república democrática, sometió
a este partido a una nueva y gran prueba: no contrajo ningún
compromiso con los imperialistas de "su" país,
sino que preparó su derrumbamiento y los derrumbó.
Este mismo partido, una vez dueño del Poder político,
no ha dejado piedra sobre piedra ni de la propiedad agraria de
la nobleza ni de la propiedad capitalista. Después de haber
publicado y hecho añicos los tratados secretos de los imperialistas,
propuso la paz a todos los pueblos y sólo cedió
ante la violencia de los bandidos de Brest, cuando los imperialistas
anglo-franceses hicieron fracasar sus proposiciones de paz y después
que los bolcheviques hubieron hecho todo lo humanamente posible
para acelerar la revolución en Alemania y en otros países.
La plena legitimidad de semejante compromiso, contraído
por tal partido en tales circunstancias, se hace cada día
más clara y evidente para todos.
Los mencheviques y socialrevolucionarios
de Rusia (como todos los jefes de la II Internacional en el mundo
entero, en 1914-1920) empezaron por la traición, justificando,
directa o indirectamente, la "defensa de la patria",
es decir, la defensa de su burguesía ávida de conquistas,
y persistieron en su traición coligándose con la
burguesía de su país y luchando a su lado contra
el proletariado revolucionario de su propio país. Su bloque
con Kerenski y los kadetes primero, con Kolchak y Denikin después,
en Rusia, así como el bloque de sus correligionarios extranjeros
con la burguesía de sus propios países fue una deserción
al campo de la burguesía contra el proletariado. Su compromiso
con los bandidos del im-
pág. 26
perialismo consistió desde el principio hasta el fin en
hacerse los cómplices del bandolerismo imperialista.
V
EL COMUNISMO "DE IZQUIERDA" EN ALEMANIA. JEFES, PARTIDO,
CLASE, MASA
Los comunistas alemanes, de quienes debemos hablar ahora, no se
llaman "izquierdistas", sino "oposición
de principio", si no me equivoco. Pero que tienen todos los
síntomas de la "enfermedad infantil del izquierdismo",
se verá por lo que sigue.
El folleto titulado "Una escisión
en el Partido Comunista de Alemania (Liga de los espartaquistas)",
que refleja e] punto de vista de esta oposición y ha sido
editado por el "Grupo local de Francfort del Meno",
expone con sumo relieve, exactitud, claridad y concisión
la esencia de los puntos de vista de esta oposición. Algunas
citas serán suficientes para dar a conocer al lector dicha
esencia:
"El Partido Comunista es el partido de la lucha de clases
más decidida. . ."
". . . Desde el punto de vista político este período
de transición" ( entre el capitalismo y el socialismo
) " es el período de la dictadura del proletariado
. . . "
". . . Se plantea la cuestión: ¿quién
debe ejercer la dicta dura, e l P a r t i d o C o m u n i s t
a o l a c l a s e p r o I e t a r i a ? . . . En principio ¿debe
tenderse a la dictadura
pág. 27
del Partido Comunista o a la dictadura de la clase proletaria?!!"
(Las palabras subrayadas lo están también en el
original).
Más adelante, el Comité
Central del Partido Comunista de Alemania es acusado por el autor
del folleto de buscar una coalición con el Partido Socialdemócrata
Independiente de Alemania, de que "la cuestión del
reconocimiento, en principio, de todos los medios políticos
" de lucha, entre ellos el parlamentarismo, ha sido planteada
por este Comité Central sólo para ocultar sus intenciones
verdaderas y esenciales de realizar una coalición con los
independientes. Y el folleto continúa:
"La oposición ha elegido otra senda. Sostiene la opinión
de que la cuestión de la hegemonía del Partido Comunista
y de la dictadura del mismo no es más que una cuestión
de táctica. En todo caso, la hegemonia del Partido Comunista
es la forma última de toda hegemonía de partido.
En principio, debe tenderse a la dictadura de la clase proletaria.
Y todas las medidas del Partido, su organización, sus formas
de lucha, su estrategia y su táctica deben ser adaptadas
a este fin. Hay que rechazar, por consiguiente, del moclo más
categórico, todo compromiso con los demás partidos,
todo retorno a los métodos de lucha parlamentarios, los
cuales han caducado ya histórica y políticamente,
toda política de maniobra y conciliación".
"Los métodos especificamente proletarios de lucha
revolucionaria deben ser subrayados enérgicamente. Y para
abarcar a los más amplios círculos y capas proletarias,
que deben emprender la lucha revolucionaria bajo la dirección
del Partido Comunista, hay que crear nuevas
pág. 28
formas de organización sobre la base más amplia
y con los más amplios marcos. Este lugar de agrupamiento
de todos los elementos revolucionarios es la Unión Obrera
constituida sobre la base de las organizaciones de fábrica.
La Unión debe agrupar a todos los obreros fieles al lema:
ifuera de los sindicatos! Es ahí donde se forma el proletariado
militante en las más vastas filas combativas. Para ser
admitido basta el reconocimiento de la lucha de clases, el sistema
de los Soviets y la dictadura. La educación política
ulterior de las masas militantes y la orientación política
de las mismas en la lucha es misión del Partido Comunista,
que se halla fuera de la Unión Obrera. . ."
". . . Hay, por consiguiente,
ahora, dos partidos comunistas, uno enfrente de otro:
"U n o, e l p a r t i d o d e l o s j e f e s, que quiere
organizar y dirigir la lucha revolucionaria desde arriba aceptando
los compromisos y el parlamentarismo, con el fin de crear situaciones
que permitan a estos jefes entrar en un gobierno de coalición
en cuyas manos se halle la dictadura.
"O t r o, e l p a r t i d o d e l a s m a s a s, que espera
de abajo el impulso de la lucha revolucionaria, y no conoce ni
aplica para esta lucha otro método que el que conduce claramente
al fin, rechazando todos los procedimientos parlamentarios y oportunistas;
ese método único es el derrocamiento incondicional
de la burguesía para implantar después la dictadura
de ciase del proletariado con el fin de instaurar el socialismo.
. ."
". . . ¡De un lado
la dictadura de los jefes, de otro la dictadura de las masas!
Tal es nuestra consigna".
pág. 29
Tales son las tesis esenciales que caracterizan el punto de vista
de la oposición en el Partido Comunista Alemán.
Todo bolchevique que haya contribuido
conscientemente al desarrollo del bolchevismo desde 1903 o lo
haya observado de cerca, no podrá menos de exclamar, inmediatamente
después de haber leído estos razonamientos: "¡Qué
antiguallas tan conocidas! ¡Qué infantilismo de 'izquierda'!".
Pero examinemos más de cerca
estos razonamientos.
El solo hecho de preguntar: "¿dictadura del partido
o b i e n dictadura de clase?, ¿dictadura (partido) de
los jefes o b i e n dictadura (partido) de las masas?" acredita
la más increíble e irremediable confusión
de ideas. Hay gentes que se esfuerzan por inventar algo enteramente
original y no consiguen más, en su afán de sabiduría,
que caer en el ridículo. De todos es sabido que las masas
se dividen en clases, que oponer las masas a las clases no puede
permitirse más que en un sentido, si se opone una mayoría
aplastante, en su totalidad, sin distinguirse las posiciones ocupadas
con relación al régimen social de la producción,
a categorías que ocupan una posición especial en
este régimen; que las clases están generalmente,
en la mayoría de los casos, por lo menos en los países
civilizados modernos, dirigidas por partidos políticos;
que los partidos políticos están dirigidos, por
regla general, por grupos más o menos estables de las personas
más autorizadas, influyentes, expertas, elegidas para los
cargos más responsables y que se llaman jefes. Todo esto
es el abecé, todo esto es sencillo y claro. ¿Qué
necesidad había de poner en su lugar no sé qué
galimatías, no sé qué nuevo "volapuk"[9]?
Por un lado, estas gentes, por lo visto, se han desorientado,
cayendo en una situación difícil, cuando la sucesión
rápida de la vida legal e ilegal del partido altera las
pág. 30
relaciones ordinarias, normales y simples entre los jefes, los
partidos y las clases. En Alemania, como en los demás países
europeos, se está excesivamente habituado a la legalidad,
a la elección libre y regular de los "jefes"
por los congresos reglamentarios del Partido, a la comprobación
cómoda de la composición de clase de este último
por medio de elecciones al parlamento, los mítines, la
prensa, el estado de espíritu de los sindicatos y otras
asociaciones, etc. Cuando ha sido preciso, en virtud de la marcha
borrascosa de la revolución y el desenvolvimiento de la
guerra civil, pasar rápidamente de esta rutina a la sucesión,
a la combinación de la legalidad y la ilegalidad, a los
procedimientos "poco cómodos", "no democráticos",
para designar, formar o conservar los "grupos de dirigentes",
la gente ha perdido la cabeza y ha empezado a inventar un monstruoso
absurdo. Por lo visto, los "tribunistas" holandeses[10],
que han tenido la desgracia de nacer en un país pequeño
con una tradición de situación legal privilegiada
y particularmente estable y que jamás han visto la sucesión
de las situaciones legales e ilegales, se han embrollado y han
perdido la cabeza, favoreciendo las invenciones más absurdas.
Por otra parte, salta a la vista el
uso irreflexivo y arbitrario de algunas palabras "de moda"
en nuestra época, como "la masa", "los jefes".
La gente ha oído muchos ataques contra los "jefes"
y se los ha aprendido de memoria, ha oido cómo les oponian
a la "masa", pero no se ha tomado el trabajo de reflexionar
acerca del sentido de todo esto.
Al final de la guerra imperialista
y después de ella, es cuando con más vivacidad y
relieve se ha manifestado el divorcio entre "los jefes"
y "la masa" en todos los países. La causa principal
de este fenómeno ha sido explicada mu-
pág. 31
chas veces por Marx y Engels, de 1852 a 1892, tomando el ejemplo
de Inglaterra. La situación monopolista de dicho país
dio origen al nacimiento de una "aristocracia obrera"
oportunista, semipequeñoburguesa, salida de la "masa".
Los jefes de esta aristocracia obrera se pasaban constantemente
al campo de la burguesia y eran mantenidos por ella directa o
indirectamente. Marx mereció el odio, que le honra, de
estos canallas, porque les tildó públicamente de
traidores. El imperialismo moderno (del siglo XX) ha creado también
en favor de algunos países adelantados una situación
privilegiada, monopolista, y sobre este terreno ha surgido en
todas partes, dentro de la II Internacional, ese tipo de jefestraidores,
oportunistas, socialchovinistas, que defienden los intereses de
su corporación, de su reducida capa de aristocracia obrera.
Estos partidos oportunistas se han separado de las "masas",
es decir, de los sectores más vastos de trabajadores, de
la mayoría de los mismos, de los obreros peor retribuidos.
La victoria del proletariado revolucionario es imposible si no
se lucha contra semejante mal, si no se desenmascara, si no se
afrenta, si no se expulsa a los jefes oportunistas socialtraidores;
tal es la política que ha llevado a la práctica
la III Internacional.
Pero llegar con este pretexto a contraponer,
e n t é r m i n o s g e n e r a l e s, la dictadura de
las masas a la dictadura de los jefes, es un absurdo ridículo
y una imbecilidad. Lo más divertido es que, de hecho, en
el lugar de los antiguos jefes que se atenian a las ideas comunes
sobre las cosas simples, se destacan (encubriéndolo con
la consigna de "abajo los jefes") jefes nuevos que dicen
tonterias y disparates que escapan a todo calificativo. Tales
son, en Alemania: Laufenberg, Wolf Heim, Horner[11], Karl Schroder,
Friedrich
pág. 32
Wendell, Karl Erler[*]. Las tentativas de este último para
"profundizar" la cuestión y proclamar de un modo
general la inutilidad y el "burguesismo" de los partidos
políticos son tales columnas de Hércules de la estupidez,
que le dejan a uno patidifuso. Cuán cierto es que de un
pequeño error se puede siempre hacer uno monstruosamente
grande, si se insiste sobre él, si se profundiza para encontrarle
razones y si se quiere "llevarlo hasta las últimas
consecuencias".
Negar la necesidad del partido y de
la disciplina del partido, he aquí el resultado a que ha
llegado la oposición. Y esto equivale a desarmar completamente
al proletariado en provecho de la burguesía. Esto da por
resultado los vicios pequeñoburgueses: dispersión,
inconstancia, falta de capacidad para el dominio de sí
mismo, para la unión de los esfuerzos, para la acción
organizada que producen inevitablemente, si se es indulgente con
ellos, la ruina de todo movimiento revolucionario del proletariado.
Negar, desde el punto de vista comunista, la necesidad del partido,
es dar un salto desde la víspera de la quiebra del capitalismo
(en Alemania), no hasta la fase inferior o media, sino hasta la
fase superior
-------
* En el Diario Obrero Comunista [12] (N.ƒ 32, Hamburgo, 7
de febrero de 1920), Karl Erler dice en un artículo titulado
La disolución del Partido : "La dase obrera no puede
destruir el Estado burgués sin aniquilar la democracia
burguesa, y no puede aniquilar la democracia burguesa sin destruir
los partidos".
Las cabezas más confusas de los sindicalistas y anarquistas
latinos pueden sentirse "satisfechas": algunos alemanes
de peso que, por lo visto, se consideran marxistas (con sus artículos
en el citado periódico, K. Erler y K. Horner demuestran
con aplomo que se consideran marxistas sólidos, aunque
dicen de un modo singularmente ridículo tonterías
inverosímiles, manifestando así no comprender el
abecé del marxismo) llegan a afirmar cosas absurdas por
completo. El reconocimiento del marxismo no preserva por sí
solo de los errores. Los rusos saben bien esto, porque el marxismo
ha estado "de moda" con harta frecuencia en nuestro
país.
pág. 33
del comunismo. En Rusia (tres anos después de haber derribado
a la burguesía) estamos dando todavía los primeros
pasos desde el capitalismo al socialismo, o fase inferior del
comunismo. Las clases han quedado y subsistirán en todas
partes durante años después de la conquista del
Poder por el proletariado. Es posible que en Inglaterra, donde
no hay campesinos (¡aunque, en cambio, no faltan los pequeños
patronos!) este plazo sea más breve. Suprimir las clases
no consiste únicamente en expulsar a los terratenientes
y a los capitalistas -- esto lo hemos hecho nosotros con relativa
facilidad --, sino también en suprimir los pequeños
productores de mercancías. Pero a éstos e s i m
p o s i b I e e x p u l s a r l o s, es imposible aplastarlos;
hay que entenderse con ellos, se les puede (y se les debe) transformar,
reeducar tan sólo mediante una labor de organización
muy larga, lenta y cautelosa. Estos pequeños productores
cercan al proletariado por todas partes del elemento pequeñoburgués,
lo impregnan de este elemento, lo desmoralizan con él,
provocan constantemente en el seno del proletariado recaídas
de pusilanimidad pequeñoburguesa, de atomización,
de individualismo, de oscilaciones entre la exaltación
y el abatimiento. Son necesarias una centralización y una
disciplina ¢everísimas en el partido político
del proletariado para hacer frente a eso, para permitir que el
proletariado ejerza acertada, eficaz y victoriosamente su función
organizadora (que es su función principal -- ). La dictadura
del proletariado es una lucha tenaz, cruenta e incruenta, violenta
y pacífica, militar y económica, pedagógica
y administrativa, contra las fuerzas y las tradiciones de la vieja
sociedad. La fuerza de la costumbre de millones y decenas de millones
de hombres, es la fuerza más terrible. Sin un partido férreo
y templado en la lucha, sin un partido que goce de la confianza
de todo lo que haya de
pág. 34
honrado dentro de la clase, sin un partido que sepa pulsar el
estado de espíritu de las masas e influir sobre él,
es imposible llevar a cabo con éxito esta lucha. Es mil
veces más fácil vencer a la gran burguesía
centralizada, que "vencer" a millones y millones de
pequeños patronos, estos últimos, con su actividad
corruptora invisible, inaprehensible, de todos los días,
producen los mismos resultados que la burguesía necesita,
que determinan la restauración de la misma. El que debilita,
por poco que sea, la disciplina férrea del partido del
proletariado (sobre todo en la época de su dictadura) ayuda
de hecho a la burguesía contra el proletariado.
Al lado de la cuestión sobre
los jefes, el partido, la clase, la masa, hay que plantear la
cuestión sobre los sindicatos "reaccionarios".
Pero antes me permitiré hacer, a modo de conclusión,
algunas advertencias fundadas en la experiencia de nuestro Partido.
En éste siempre han existido los ataques contra la "dictadura
de los jefes". La primera vez, que yo recuerde, fue en 1895,
época en que nuestro Partido no existía aún
formalmente, pero en que ya empezaba a constituirse en Petersburgo
el grupo central que debía hacerse cargo de la dirección
de los grupos regionales. En el IX Congreso de nuestro Partido
(en abril de 1920), hubo una pequeña oposición,
que se declaró asimismo contra la "dictadura de los
jefes", la "oligarquía", etc. No hay, pues,
nada de sorprendente, nada nuevo, nada alarmante en la "enfermedad
infantil" del "comunismo de izquierda" de los alemanes.
Esta enfermedad transcurre sin consecuencias y hasta, una vez
pasada, deja más vigoroso el organismo. Por otra parte,
la rápida sucesión del trabajo legal e ilegal, con
la necesidad de "ocultar", de rodear sobre todo de secreto
precisamente al Estado Mayor, a los jefes, motivó, en nuestro
país, fenómenos profundamente peligrosos. El peor
fue la entrada en
pág. 35
el Comité Central de los bolcheviques, en 1912, de un agente
provocador, Malinovski. Este causó la pérdida de
decenas y decenas de los más excelentes y abnegados camaradas,
llevándoles a los trabajos forzados y acelerando la muerte
de muchos de ellos. Si no causó más daño
fue porque habíamos establecido adecuadamente la relación
entre el trabajo legal y el ilegal. Para ganar nuestra confianza,
Malinovski, como miembro del Comité Central del Partido
y diputado en la Duma, tuvo que ayudarnos a organizar la publicación
de periódicos diarios legales, que supieron, aun bajo el
zarismo, llevar a cabo la lucha contra el oportunismo de los mencheviques
y predicar los principios fundamentales del bolchevismo, con el
necesario disimulo. Con una mano Malinovski mandaba al presidio
y a la muerte a decenas de los mejores combatientes del bolchevismo,
pero con la otra se veía obligado a contribuir a la educación
de decenas y decenas de millares de nuevos bolcheviques por medio
de la prensa legal. Este es un hecho en el que deberían
reflexionar detenidamente los camaraclas alemanes (y también
los ingleses, los americanos, los franceses y los italianos),
ante los cuales se presenta el problema de aprender a realizar
una labor revolucionaria en los sindicatos reaccionarios*.
-------
* Malinovski estuvo prisionero en Alemania. Cuando regresó
a Rusia, ya bajo el gobierno bolchevique, fue inmediatamente entregado
a los tribunales y fusilado por nuestros obreros. Los mencheviques
nos han reprochado con especial acritud nuestro error, consistente
en haber tenido un provocador en el Comité Central de nuestro
Partido Pero cuando bajo Kerenski exigimos que fuera detenido
y juzgado el Presidente de la Duma, Rodzianko, que desde antes
de la guerra sabía que Malinovski era un provocador y no
lo había comunicado a los diputados de los grupos de "trudoviques"
[laboristas] y obreros en la Duma, ni los mencheviques ni los
socialrevolucionarios, que formaban parte del gobierno junto con
Kerenski, apoyaron nuestra demanda, y Rodzianko quedó en
libertad y pudo largarse libremente a la zona ocupada por Denikin.
pág. 36
En muchos países, incluso en los más adelantados,
la burguesía, sin duda alguna, envía y seguirá
enviando provocadores a los partidos comunistas. Uno de los medios
de luchar contra este peligro, es el de saber combinar como es
debido el trabajo ilegal con el legal.
VI
¿DEBEN ACTUAR LOS REVOLUCIONARTOS EN LOS SINDICATOS REACCIONARIOS?
Los comunistas "de izquierda" alemanes creen que pueden
responder resueltamente a esta cuestión con la negativa.
En su opinión el vocerío y los gritos de cólera
contra los sindicatos "reaccionarios" y "contrarrevolucionarios"
(esto lo hace K. Horner con un "aplomo" y una necedad
especialísimos) bastan para "demostrar" la inutilidad
y hasta la inadmisibilidad de la labor de los revolucionarios,
de los comunistas, en los sindicatos amarillos, socialchovinistas,
conciliadores, en los sindicatos contrarrevolucionarios de los
Legien.
Pero por convencidos que estén
los comunistas "de izquierda" alemanes del carácter
revolucionario de semejante táctica, ésta es radicalmente
errónea y no contiene más que frases vacías.
Para aclararlo, partiré de nuestra
propia experiencia conforme al plan general del presente folleto,
que tiene por objeto aplicar a la Europa occidental lo que la
historia y la táctica actual del bolchevismo contienen
de aplicable, importante y obligatorio en todas partes.
pág. 37
La relación entre jefes, partido, clase y masas, y, al
mismo tiempo, la de la dictacdura del proletariado y su par tido
con respecto a los sindicatos, se presenta actualmente entre nosotros
en la forma concreta siguiente: la dictadura la lleva a cabo el
proletariado organizado en Soviets, dirigido por el Partido Comunista
bolchevique, que, según los datos del último Congreso
(abril de 1920), cuenta con 611.000 miembros. El número
de sus afiliados ha oscilado mucho tanto antes como después
de la Revolución de Octubre, e incluso en 1918-1919[13]
fue mucho menos considerable. Tememos ensanchar excesivamente
el Partido, porque los arrivistas y caballeros de industria, que
no merecen más que ser fusilados, tienden inevitablemente
a infiltrarse en un partido que se halla en el Poder. Ultimamente
abrimos de par en par las puertas del Partido -- sólo para
los obreros y campesinos --, en los días (invierno de 1919)
en que Yudénich estaba a algunas verstas de Petrogrado
y Denikin en Orel (a unas trescientas cincuenta verstas de Moscú),
es decir, cuando la República Soviética se veía
ante un peligro terrible, ante un peligro mortal, y los aventureros,
los arrivistas, los caballeros de industria y, en general, los
cobardes, no podían contar con hacer una carrera ventajosa
(sino más bien con la horca y las torturas) de adherirse
a los comunistas. Un Comité Central de 19 miembros, elegido
en el Congreso, dirige el Partido, que reúne congresos
anuales (en el último, la representación era de
un delegado por cada mil miembros) y la gestión de los
asuntos corrientes la llevan en Moscú dos burós,
aun más restringidos, denominados "Buró de
Organización" y "Buró Político",
elegidos en asambleas plenarias del Comité Central y compuestos
cada uno de ellos por cinco miembros del C.C. Nos hallamos, por
consiguiente, en presencia de una verdadera "oligarquía".
No hay cues-
pág. 38
tión importante, política o de organización,
que sea resuelta por cualquier institución estatal de nuestra
República, sin que el Comité Central del Partido
haya dado sus normas directivas.
El Partido se apoya directamente, para
su labor, en los sindicatos, que cuentan ahora, según los
datos del último Congreso (abril de 1920), más de
cuatro millones de afiliados, y que en el aspecto formal son sin
partido. De hecho, todas las instituciones directoras de la enorme
mayoría de los sindicatos, y sobre todo, naturalmente,
la central o Buró sindical (Consejo Central de los Sindicatos
de Rusia) se componen de comunistas y aplican todas las directivas
del Partido. Se obtiene, en conjunto, un aparato proletario, formalmente
no comunista, flexible y relativamente amplio, potentísimo,
por medio del cual el Partido está estrechamente vinculado
a la clase y a la masa y por medio del cual se lleva a cabo la
dictadura de clase, bajo la dirección del Partido. Nos
hubiera sido naturalmente imposible, no ya dos años, ni
siquiera dos meses gobernar el país y sostener la dictadura,
sin la más estrecha unión con los sindicatos, sin
su apoyo entusiasta, sin su colaboración abnegada, no sólo
en el terreno de la construcción económica, sino
también en el militar. Se comprende que esta estrecha unión
significa, en la práctica, una labor de propaganda, de
agitación complejísima y variada, oportunas y frecuentes
conferencias, no sólo con los dirigentes, sino con los
militantes que, en general, tienen influencia en los sindicatos,
una lucha decidida contra los mencheviques, que han conservado
hasta hoy cierto número de partidarios -- muy pequeño
en verdad --, a los que inician en todas las malas artes de la
contrarrevolución, que, empezando por la defensa ideológica
de la democracia (burguesa ) y pasando por la prédica de
la
pág. 39
"independencia" de los sindicatos (independencia. .
. ¡del Poder gubernamental proletario!), llegan hasta el
sabotaje de la disciplina proletaria, etc., etc.
Reconocemos que para el mantenimiento
del contacto con las "masas" son insuficientes los sindicatos.
En el curso de la revolución se ha creado en Rusia una
práctica que procuramos por todos los medios mantener,
desarrollar, extender: las conferencias de obreros y campesinos
sin partido, que nos permiten observar el estado de espíritu
de las masas, acercarnos a ellas, responder a sus anhelos, elevar
a los puestos gubernamentales a sus mejores elementos, etc. Por
un decreto reciente sobre la organización del Comisariado
del Pueblo de Control del Estado, que se convierte en "Inspección
Obrera y Campesina", se concede a estas conferencias sin
partido el derecho a elegir miembros del Control del Estado encargados
de las funciones más diversas de revisión, etc.
Naturalmente, toda la labor del Partido
se realiza, además, a través de los Soviets, que
unifican a las masas trabajadoras, sin distinción de oficios.
Los congresos de distrito de los Soviets representan una institución
democrática, como jamás se ha visto en las mejores
repúblicas democráticas del mundo burgués,
y por medio de estos congresos (cuya labor sigue el Partido con
toda la atención posible), así como por la designación
constante de los obreros más conscientes para los cargos
en las poblaciones rurales, el proletariado desempeña su
función directora con respecto a la clase campesina, se
realiza la dictadura del proletariado de las ciudades, la lucha
sistemática contra los campesinos ricos, burgueses, explotadores
y especuladores, etc.
Tal es el mecanismo general del Poder
estatal proletario examinado "desde arriba", desde el
punto de vista de la
pág. 40
realización práctica de la dictadura. Es de esperar
que el lector comprenderá por qué el bolchevique
ruso, que conoce de cerca este mecanismo y lo ha visto nacer de
los pequeños círculos ilegales y clandestinos en
el curso de 25 años, no puede por menos de hallar ridículas,
pueriles y absurdas todas las discusiones sobre la dictadura "desde
arriba" o "desde abajo", la dictadura de los jefes
o la dictadura de las masas, etc., como lo sería una disputa
acerca de la utilidad mayor o menor para el hombre de la pierna
izquierda o del brazo derecho.
Tampoco pueden no parecernos ridículas, pueriles y absurdas
las muy sabias, importantes y terriblemente revolucionarias disquisiciones
de los comunistas de izquierda alemanes sobre este tema, a saber:
que los comunistas no pueden ni deben militar en los sindicatos
reaccionarios, que es lícito renunciar a semejante acción,
que hay que salir de los sindicatos y organizar sin falta "uniones
obreras" nuevecitas, completamente puras, inventadas por
comunistas muy simpáticos (y en la mayoría de los
casos, probablemente muy jóvenes), etc., etc.
El capitalismo lega inevitablemente
al socialismo, de una parte, las viejas distinciones profesionales
y corporativas que se han formado en el transcurso de los siglos
entre los obreros, y, de otra, los sindicatos, que no pueden desarrollarse
sino muy lentamente en el curso de los años y que se transformarán
con el tiempo en sindicatos de industria más amplios, menos
corporativos (que engloban a industrias enteras, y no sólo
a corporaciones, oficios y profesiones). Después, por mediación
de estos sindicatos de industria, se pasará a la supresión
de la división del trabajo entre los hombres, a la educación,
la instrucción y la formación de hombres universalmente
desarrollados y universalmente pre-
pág. 41
parados, hombres que lo sabrán hacer todo. En este sentido
se orienta, debe orientarse y a esto llegará el comunismo
aunque dentro de muchos años. Intentar llevar actualmente
a la práctica ese resultado futuro de un comunismo llegado
al término de su completo desarrollo, solidez y formación,
de su íntegra realización y de su madurez, es lo
mismo que querer enseñar matemáticas superiores
a un niño de cuatro años.
Podemos (y debemos) emprender la construcción
del socialismo, no con un material humano fantástico, especialmente
creado por nosotros, sino con el que nos ha dejado como herencia
el capitalismo. Ni que decir tiene que esto es muy "difícil",
pero cualquier otro modo de abordar el problema es tan poco serio,
que ni siquiera merece ser mencionado.
Los sindicatos representaban un progreso
gigantesco de la clase obrera en los primeros tiempos del desarrollo
del capitalismo, por cuanto significaban el paso de la división
y de la impotencia de los obreros a los embriones de unión
de clase. Cuando empezó a desarrollarse la forma superior
de unión de clase de los proletarios, el partido revolucionario
del proletariado (que no merecerá este nombre mientras
no sepa ligar a los líderes con la clase y las masas en
un todo único, indisoluble), los sindicatos empezaron a
manifestar fatalmente ciertos rasgos reaccionarios, cierta estrechez
corporativa, cierta tendencia al apoliticismo, cierto espíritu
rutinario, etc. Pero el desarrollo del proletariado no se ha efectuado
ni ha podido efectuarse en ningún país de otro modo
que por los sindicatos y por su acción concertada con el
partido de la clase obrera. La conquista del Poder político
por el proletariado es un progreso gigantesco de este último
considerado como clase; y el partido se encuentra en
pág. 42
la obligación de consagrarse mas, y de un modo nuevo y
no por los procedimientos antiguos, a la educación de los
sindicatos, a dirigirlos, sin olvidar al mismo tiempo que éstos
son y serán todavía bastante tiempo una "escuela
de comunismo" necesaria, la escuela preparatoria de los proletarios
para la realización de su dictadura, la asociación
indispensable de los obreros para el paso progresivo de la dirección
de toda la economía del país, primero a manos de
la clase obrera (y no de profesiones aisladas) y después
a manos de todos los trabajadores.
Bajo la dictadura del proletariado,
es inevitable cierto "espíritu reaccionario"
de los sindicatos en el sentido indicado. No comprenderlo significa
dar pruebas de una incomprensión total de las condiciones
fundamentales de la transición del capitalismo al socialismo.
Temer este "espíritu reaccionario", esforzarse
por prescindir de él, por saltar por encima de él,
es una inmensa tontería, pues equivale a temer el papel
de vanguardia del proletariado, que consiste en educar, instruir,
preparar, traer a una vida nueva a los sectores más atrasados
de las masas obreras y campesinas. Por otro lado, aplazar la dictadura
del proletariado hasta que no quedase ni un solo obrero de estrecho
espíritu sindical, un solo obrero que tuviese prejuicios
tradeunionistas y corporativos, sería un error todavía
más profundo. El arte del político (y la comprensión
acertada de sus deberes en el comunista) consiste precisamente
en saber apreciar con exactitud las condiciones y el momento en
que la vanguardia del proletariado puede tomar victoriosamente
el Poder, en que puede, durante la toma del Poder y después
de ella, obtener un apoyo suficiente de sectores suficientemente
amplios de la clase obrera y de las masas laboriosas no proletarias,
en que
pág. 43
puede, después de la toma del Poder, mantener, afianzar,
ensanchar su dominio, educando, instruyendo, atrayéndose
a masas cada vez más amplias de trabajadores.
Más aun. En los países
más adelantados que Rusia, se ha hecho sentir y debía
hacerse sentir un cierto espíritu reaccionario de los sindicatos,
indudablemente más acentuado que en nuestro país.
Aquí los mencheviques hallaban (y en parte hallan todavía
en un pequeño número de sindicatos) un apoyo entre
los sindicatos, precisamente gracias a esa estrechez corporativa,
a ese egoísmo profesional y al oportunismo. Los mencheviques
de Occidente se han "fortificado" mucho más sólidamente
en los sindicatos, allí ha surgido una capa mucho más
fuerte de "aristocracia obrera " profesional, mezquina,
egoísta, desalmada, ávida, pequeñoburguesa,
de espíritu imperialista, comprada y corrompida por el
imperialismo. Esto es indiscutible. La lucha contra los Gompers,
contra los señores Jouhaux, los Henderson, Merrheim, Legien
y Cía. en la Europa occidental, es mucho más difícil
que la lucha contra nuestros mencheviques, que representan un
tipo social y político completamente homogéneo.
Es preciso sostener esta lucha implacablemente y continuarla como
hemos hecho nosotros hasta cubrir de oprobio y arrojar de los
sindicatos a todos los jefes incorregibles del oportunismo y del
socialchovinismo. Es imposible conquistar el Poder político
(y no debe intentarse tomar el Poder político) mientras
esta lucha no haya alcanzado cierto grado; este "cierto grado"
no es idéntico en todos los países y en todas condiciones,
y sólo dirigentes políticos reflexivos, experimentados
y competentes del proletariado pueden determinarlo con acierto
en cada país. (En Rusia nos dieron la medida del éxito
en nuestra lucha, entre otras cosas, las
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elecciones a la Asamblea Constituyente en noviembre de 1917, unos
días después de la revolución proletaria
del 25 de octubre de 1917. En dichas elecciones, los mencheviques
fueron literalmente aplastados, obteniendo 0,7 millones de votos
-- 1,4 millones, contando los de Transcaucasia -- contra nueve
millones alcanzados por los bolcheviques. Véase mi artículo
"Las elecciones a la Asamblea Constituyente y la dictadura
del proletariado", en el número 7-8 de "La Internacional
Comunista") .
Pero la lucha contra la "aristocracia
obrera" la sostenemos en nombre de la masa obrera y para
ponerla de nuestra parte; la lucha contra los jefes oportunistas
y socialchovinistas la llevamos a cabo para conquistar a la clase
obrera. Sería necio olvidar esta verdad elementalísima
y más que evidente. Y tal es precisamente la necedad que
cometen los comunistas alemanes "de izquierda", los
cuales deducen del carácter reaccionario y contrarrevolucionario
de los cabecillas de los sindicatos la conclusión de la
necesidad de. . . ¡¡salir de los sindicatos!!, de
¡¡renunciar a trabajar en los mismos!! y de ¡¡crear
nuevas formas de organización obrera i n v e n t a d a
s por ellos!! Es ésta una estupidez tan imperdonable que
equivale al mejor servicio prestado a la burguesía por
los comunistas. Porque nuestros mencheviques, como todos los líderes
sindicales oportunistas, socialchovinistas y kautskianos, no son
más que "agentes de la burguesía en el movimiento
obrero" (como hemos dicho siempre refiriéndonos a
los mencheviques) o en otros términos, los "lugartenientes
obreros de la clase de los capitalistas" [labor lieutenants
of the capitalist class], según la magnífica expresión,
profundamente exacta, de los discípulos de Daniel de León
en los Estados Unidos. No actuar en el seno
pág. 45
de los sindicatos reaccionarios, significa abandonar a las masas
obreras insuficientemente desarrolladas o atrasadas, a la influencia
de los líderes reaccionarios, de los agentes de la burguesía,
de los obreros aristócratas u "obreros aburguesados"
(sobre este punto véase la carta de 1858 de Engels a Marx
acerca de los obreros ingleses).
Precisamente la absurda "teoría"
de la no participación de los comunistas en los sindicatos
reaccionarios demuestra con la mayor evidencia con qué
ligereza estos comunistas "de izquierda" consideran
la cuestión de la influencia sobre las "masas"
y de qué modo abusan de su griterío acerca de las
"masas". Para saber ayudar a la "masa", para
adquirir su simpatía, su adhesión y su apoyo, no
hay que temer las dificultades, las zancadillas, los insultos,
los ataques, las persecuciones de los "jefes" (que,
siendo oportunistas y socialchovinistas, están en la mayor
parte de los casos en relación directa o indirecta con
la burguesía y la policía) y trabajar sin falta
allí donde estén las masas. Hay que saber hacer
toda clase de sacrificios, vencer los mayores obstáculos
para entregarse a una propaganda y agitación sistemática,
tenaz, perseverante, paciente, precisamente en las instituciones,
sociedades, sindicatos, por reaccionarios que sean, donde se halle
la masa proletaria o semiproletaria. Y los sindicatos y las cooperativas
obreras (estas últimas, por lo menos, en algunos casos)
son precisamente las organizaciones donde están las masas.
En Inglaterra, según los datos publicados por el periódico
sueco "Folkets Dagblad Politiken"[14] del 10 de marzo
de 1920, el número de miembros de las tradeuniones se ha
elevado, desde fines de 1917 a últimos de 1918, de 5,5
millones a 6,6 millones, es decir que ha aumentado en el 19 por
ciento. A fines de 1919, los efecti-
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vos ascendían a 7 millones y medio. No tengo a mano las
cifras correspondientes a Francia y Alemania, pero algunos hechos,
enteramente indiscutibles y conocidos de todo el mundo, atestiguan
el considerable crecimiento del número de miembros de los
sindicatos también en estos países.
Estos hechos manifiestan con entera
claridad lo que otros mil síntomas confirman: los progresos
de la conciencia y de los anhelos de organización precisamente
en las masas proletarias, en los sectores más "bajos"
de ellas, en los más atrasados. Millones de obreros en
IngLaterra, en Francia, en Alemania pasan por primera vez de la
inorganización completa a la forma más elemental
y rudimentaria, más simple y más accesible (para
los que se hallan todavía de lleno impregnados de prejuicios
democráticoburgueses) de organización: precisamente
los sindicatos; y los comunistas de izquierda, revolucionarios,
pero irreflexivos, quedan al lado y gritan: "¡Masa!",
"¡Masa!" y ¡¡se niegan a trabajar
en los s i n d i c a t o s!! ¡¡so pretexto de su "espíritu
reaccionario"!! e inventan una "Unión Obrera"
nuevecita, pura, limpia de todo prejuicio democráticoburgués
y de todo pecado de estrechez corporativa y profesional, "Unión
Obrera" que será (¡que será!) -- dicen
-- muy amplia y para la admisión en la cual se exige solamente
(¡solamente!) ¡¡el "reconocimiento del
sistema de los Soviets y de la dictadura" (sobre esto véase
la cita transcrita más arriba)!!.
No se puede concebir mayor insensatez,
un daño mayor causado a la revolución por los revolucionarios
"de izquierda". Si hoy en Rusia, después de dos
años y medio de triunfos sin precedentes sobre la burguesía
rusa y la de la Entente, estableciéramos como condición
precisa para el ingreso en los sindicatos el "reconocimiento
de la dictadura",
pág. 47
cometeríamos una tontería, quebrantaríamos
nuestra influencia sobre las masas, ayudaríamos a los mencheviques.
Porque toda la tarea de los comunistas consiste en saber convencer
a los elementos atrasados, en saber trabajar entre ellos y no
en aislarse de ellos mediante fantásticas consignas infantilmente
"izquierdistas".
Es indudable que los señores
Gompers, Henderson, Jouhaux, Legien están muy reconocidos
a esos revolucionarios "de izquierda" que, como los
de la oposición "de principio" alemana (¡el
cielo nos preserve de semejantes "principios"!) o de
algunos revolucionarios de "Los Trabajadores Industriales
del Mundo"[15] en los Estados Unidos, predican la salida
de los sindicatos reaccionarios y la renuncia a trabajar en los
mismos. No dudamos de que los señores "jefes"
del oportunismo recurrirán a todos los procedimientos de
la diplomacia burguesa, al concurso de los gobiernos burgueses,
de los curas, de la policía, de los tribunales, par