El Estado y la Revolución
PROLOGO A LA PRIMERA EDICION
La cuestión del Estado adquiere
actualmente una importancia singular, tanto en el aspecto teórico
como en el aspecto político práctico. La guerra
imperialista ha acelerado y agudizado extraordinariamente el proceso
de transformación del capitalismo monopolista en capitalismo
monopolista de Estado. La opresión monstruosa de las masas
trabajadoras por el Estado, que se va fundiendo cada vez más
estrechamente con las asociaciones omnipotentes de los capitalistas,
cobra proporciones cada vez mas monstruosas. Los países
adelantados se convierten -- y al decir esto nos referimos a su
"retaguardia" -- en presidios militares para los obreros.
Los inauditos horrores y calamidades de esta guerra interminable
hacen insoportable la situación de las masas, aumentando
su indignación. Va fermentando a todas luces la revolución
proletaria internacional. La cuestión de la actitud de
ésta hacia el Estado adquiere una importancia práctica.
Los elementos de oportunismo acumulados durante décadas
de desarrollo relativamente pacífico crearon la corriente
de socialchovinismo imperante en los partidos socialistas oficiales
del mundo entero. Esta corriente (Plejánov,
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Pótresov, Breshkóvskaia, Rubanóvich y luego,
bajo una forma levemente velada, los señores Tsereteli,
Chernov y Cía., en Rusia; Scheidemann, Legien, David y
otros en Alemania; Renaudel, Guesde, Vandervelde, en Francia y
en Bélgica; Hyndman y los fabianos[2], en Inglaterra, etc.,
etc.), socialismo de palabra y chovinismo de hecho, se distingue
por la adaptación vil y lacayuna de los "jefes"
del "socialismo", no sólo a los intereses de
"su" burguesía nacional, sino, precisamente,
a los intereses de "su" Estado, pues la mayoría
de las llamadas grandes potencias hace ya largo tiempo que explotan
y esclavizan a muchas nacionalidades pequeñas y débiles.
Y la guerra imperialista es precisamente una guerra por la partición
y el reparto de esta clase de botín. La lucha por arrancar
a las masas trabajadoras de la influencia de la burguesía
en general y de la burguesía imperialista en particular,
es imposible sin una lucha contra los prejuicios oportunistas
relativos al "Estado".
Comenzamos examinando la doctrina de Marx y Engels sobre el Estado,
deteniéndonos de manera especialmente minuciosa en los
aspectos de esta doctrina olvidados o tergiversados de un modo
oportunista. Luego, analizaremos especialmente la posición
del principal representante de estas tergiversaciones, Carlos
Kautsky, el líder más conocido de la II Internacional
(1889-1914), que tan lamentable bancarrota ha sufrido durante
la guerra actual. Finalmente, haremos el balance fundamental de
la experiencia de la revolución rusa de 1905 y, sobre todo,
de la de 1917. Esta última cierra, evidentemente, en los
momentos actuales (comienzos de agosto de 1917), la primera fase
de su desarrollo; pero toda esta revolución, en términos
generales, sólo puede comprenderse como uno de los eslabones
de la cadena de las revoluciones proletarias socialistas suscitadas
por la
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guerra imperialista. La cuestión de la actitud de la revolución
socialista del proletariado ante el Estado adquiere, así,
no solo una importancia política práctica, sino
la importancia más candente como cuestión de explicar
a las masas qué deberán hacer para liberarse, en
un porvenir inmediato, del yugo del capital.
El Autor
Agosto de 1917.
PROLOGO A LA SEGUNDA EDICION
Esta edición, la segunda, no
contiene apenas modificaciones. No se ha hecho más que
añadir el apartado 3 al capítulo II.
El Autor
Moscú, 17 de diciembre de 1918.
pág. 4 [blanca]
pág. 5
CAPITULO I
LA SOCIEDAD DE CLASES Y EL ESTADO
1. EL ESTADO, PRODUCTO DEL CARACTER
IRRECONCILIABLE DE LAS CONTRADICCIONES DE CLASE
Ocurre hoy con la doctrina de Marx lo que ha solido ocurrir en
la historia repetidas veces con las doctrinas de los pensadores
revolucionarios y de los jefes de las clases oprimidas en su lucha
por la liberación. En vida de los grandes revolucionarios,
las clases opresoras les someten a constantes persecuciones, acogen
sus doctrinas con la rabia más salvaje, con el odio más
furioso, con la campaña más desenfrenada de mentiras
y calumnias. Después de su muerte, se intenta convertirlos
en iconos inofensivos, canonizarlos, por decirlo así, rodear
sus nombres de una cierta aureola de gloria para "consolar"
y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido
de su doctrina revolucionaria, mellando su filo revolucionario,
envileciéndola. En semejante "arreglo" del marxismo
se dan la mano actualmente la burguesía y los oportunistas
dentro del movimiento obrero. Olvidan, relegan a un segundo plano,
tergiversan el aspecto revolucio-
pág. 6
nario de esta doctrina, su espíritu revolucionario. Hacen
pasar a primer plano, ensalzan lo que es o parece ser aceptable
para la burguesía. Todos los socialchovinistas son hoy
-- ¡bromas aparte! -- "marxistas". Y cada vez
con mayor frecuencia los sabios burgueses alemanes, que ayer todavía
eran especialistas en pulverizar el marxismo, hablan hoy ¡de
un Marx "nacional-alemán" que, según ellos,
educó estas asociaciones obreras tan magníficamente
organizadas para llevar a cabo la guerra de rapiña!
Ante esta situación, ante la inaudita difusión de
las tergiversaciones del marxismo, nuestra misión consiste,
ante todo, en restaurar la verdadera doctrina de Marx sobre el
Estado. Para esto es necesario citar toda una serie de pasajes
largos de las obras mismas de Marx y Engels. Naturalmente, las
citas largas hacen la exposición pesada y en nada contribuyen
a darle un carácter popular. Pero es de todo punto imposible
prescindir de ellas. No hay más remedio que citar del modo
más completo posible todos los pasajes, o, por lo menos,
todos los pasajes decisivos, de las obras de Marx y Engels sobre
la cuestión del Estado, para que el lector pueda formarse
por su cuenta una noción del conjunto de las ideas de los
fundadores del socialismo científico y del desarrollo de
estas ideas, así como también para probar documentalmente
y patentizar con toda claridad la tergiversación de estas
ideas por el "kautskismo" hoy imperante.
Comencemos por la obra más conocida de F. Engels: "El
origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado",
de la que ya en 1894 se publicó en Stuttgart la sexta edición.
Conviene traducir las citas de los originales alemanes, pues las
traducciones rusas, con ser tan numerosas, son en gran parte incompletas
o están hechas de un modo muy defectuoso.
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"El Estado -- dice Engels, resumiendo su análisis
histórico -- no es, en modo alguno, un Poder impuesto desde
fuera a la sociedad; ni es tampoco 'la realidad de la idea moral',
'la imagen y la realidad de la razón', como afirma Hegel.
El Estado es, más bien, un producto de la sociedad al llegar
a una determinada fase de desarrollo; es la confesión de
que esta sociedad se ha enredado con sigo misma en una contradicción
insoluble, se ha dividido en antagonismos irreconciliables, que
ella es impotente para conjurar. Y para que estos antagonismos,
estas clases con intereses económicos en pugna, no se devoren
a sí mismas y no devoren a la sociedad en una lucha estéril,
para eso hízose necesario un Poder situado, aparentemente,
por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el conflicto,
a mantenerlo dentro de los límites del 'orden'. Y este
Poder, que brota de la sociedad, pero que se coloca por encima
de ella y que se divorcia cada vez más de ella, es el Estado"
(págs. 177 y 178 de la sexta edición alemana).
Aquí aparece expresada con toda claridad la idea fundamental
del marxismo en punto a la cuestión del papel histórico
y de la significación del Estado. EI Estado es el producto
y la manifestación del carácter irreconciliable
de las contradicciones de clase. El Estado surge en el sitio,
en el momento y en el grado en que las contradiciones de clase
no pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la existencia
del Estado demuestra que las contradicciones de clase son irreconciliables.
En torno a este punto importantísimo y cardinal comienza
precisamente la tergiversación del marxismo, tergiversación
que sigue dos direcciones fundamentales,
pág. 8
De una parte, los ideólogos burgueses y especialmente los
pequeñoburgueses, obligados por la presión de hechos
históricos indiscutibles a reconocer que el Estado sólo
existe allí donde existen las contradicciones de clase
y la lucha de clases, "corrigen" a Marx de manera que
el Estado resulta ser el órgano de la conciliación
de clases. Según Marx, el Estado no podría ni surgir
ni mantenerse si fuese posible la conciliación de las clases.
Para los profesores y publicistas mezquinos y filisteos -- ¡que
invocan a cada paso en actitud benévola a Marx! -- resulta
que el Estado es precisamente el que concilia las clases. Según
Marx, el Estado es un órgano de dominación de clase,
un órgano de opresión de una clase por otra, es
la creación del "orden" que legaliza y afianza
esta opresión, amortiguando los choques entre las clases.
En opinión de los políticos pequeñoburgueses,
el orden es precisamente la conciliación de las clases
y no la opresión de una clase por otra. Amortiguar los
choques significa para ellos conciliar y no privar a las clases
oprimidas de ciertos medios y procedimientos de lucha para el
derrocamiento de los opresores.
Por ejemplo, en la revolución de 1917, cuando la cuestión
de la significación y del papel del Estado se planteó
precisamente en toda su magnitud, en el terreno práctico,
como una cuestión de acción inmediata, y además
de acción de masas, todos los socialrevolucionarios y todos
los mencheviques cayeron, de pronto y por entero, en la teoría
pequeñoburguesa de la "conciliación" de
las clases "por el Estado". Hay innumerables resoluciones
y artículos de los políticos de estos dos partidos
saturados de esta teoría mezquina y filistea de la "conciliación".
Que el Estado es el órgano de dominación de una
determinada clase, la cual no puede conciliarse con su antípoda
(con la clase contrapuesta a ella), es algo que esta de
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mocracia pequeñoburguesa no podrá jamás comprender,
La actitud ante el Estado es uno de los síntomas más
patentes de que nuestros socialrevolucionarios y mencheviques
no son en manera alguna socialistas (lo que nosotros, los bolcheviques,
siempre hemos demostrado), sino demócratas pequeñoburgueses
con una fraseología casi socialista.
De otra parte, la tergiversación "kautskiana"
del marxismo es bastante más sutil. "Teóricamente",
no se niega ni que el Estado sea el órgano de dominación
de clase, ni que las contradicciones de clase sean irreconciliables.
Pero se pasa por alto u oculta lo siguiente: si el Estado es un
producto del carácter irreconciliable de las contradicciones
de clase, si es una fuerza que está por encima de la sociedad
y que "s e d i v o r c i a c a d a v e z m á s de
la sociedad", es evidente que la liberación de la
clase oprimida es imposible, no sólo sin una revolución
violenta, s i n o t a m b i é n s i n l a d e s t r u c
c i ó n del aparato del Poder estatal que ha sido creado
por la clase dominante y en el que toma cuerpo aquel "divorcio".
Como veremos más abajo, Marx llegó a esta conclusión,
teóricamente clara por si misma, con la precisión
más completa, a base del análisis histórico
concreto de las tareas de la revolución. Y esta conclusión
es precisamente -- como expondremos con todo detalle en las páginas
siguientes -- la que Kautsky . . . ha "olvidado" y falseado.
2. LOS DESTACAMENTOS ESPECIALES DE FUERZAS
ARMADAS, LAS CARCELES, ETC.
"En comparación con las antiguas organizaciones gentilicias
(de tribu o de clan) -- prosigue Engels --, el Estado se caracteriza,
en primer lugar, por la agrupación de sus súbditos
según las divisiones territoriales". . . A nosotros,
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esta agrupación nos parece 'natural', pero ella exigió
una larga lucha contra la antigua organización en 'gens'
o en tribus.
"La segunda carácterística es la instauración
de un Poder público, que ya no coincide directamente con
la población organizada espontáneamente como fuerza
armada. Este Poder público especial hácese necesario
porque desde la división de la socieda,d en clases es ya
imposible una organización armada espontánea de
la población. Este Poder público existe en todo
Estado; no está formado solamente por hombres armados,
sino también por aditamentos materiales, las cárceles
y las instituciones coercitivas de todo género, que la
sociedad gentilicia no conocía. . ."
Engels desarrolla la noción de esa "fuerza" a
que se da el nombre de Estado, fuerza que brota de la sociedad,
pero que se sitúa por encima de ella y que se divorcia
cada vez más de ella. ¿En qué consiste, fundamentalmente,
esta fuerza? En destacamentos especiales de hombres armados, que
tienen a su disposición cárceles y otros elementos.
Tenemos derecho a hablar de destacamentos especiales de hombres
armados, pues el Poder público propio de todo Estado "no
coincide directamente" con la población armada, con
su "organización armada espontánea".
Como todos los grandes pensadores revolucionarios, Engels se esfuerza
en dirigir la atención de los obreros conscientes precisamente
hacia aquello que el filisteísmo dominante considera como
lo menos digno de atención, como lo más habitual,
santificado por prejuicios no ya sólidos, sino podríamos
decir que petrificados el ejército permanente y
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la policía son los instrumentos fundamentales de la fuerza
del Poder del Estado. Pero ¿puede acaso ser de otro modo?
Desde el punto de vista de la inmensa mayoría de los europeos
de fines del siglo XIX, a quienes se dirigía Engels y que
no habían vivido ni visto de cerca ninguna gran revolución,
esto no podía ser de otro modo. Para ellos, era completamente
incomprensible esto de una "organización armada espontánea
de la población". A la pregunta de por qué
ha surgido la necesidad de destacamentos especiales de hombres
armados (policía y ejército permanente) situados
por encima de la sociedad y divorciados de ella, el filisteo del
Occidente de Europa y el filisteo ruso se inclinaban a contestar
con un par de frases tomadas de prestado de Spencer o de Mijailovski,
remitiéndose a la complejidad de la vida social, a la diferenciación
de funciones, etc.
Estas referencias parecen "científicas" y adormecen
magníficamente al filisteo, velando lo principal y fundamental:
la división de la sociedad en clases enemigas irreconciliables.
Si no existiese esa división, la "organización
armada espontánea de la población" se diferenciaría
por su complejidad, por su elevada técnica, etc., de la
organización primitiva de la manada de monos que manejan
el palo, o de la del hombre prehistórico, o de la organización
de los hombres agrupados en la sociedad del clan; pero semejante
organización sería posible.
Si es imposible, es porque la sociedad civilizada se halla dividida
en clases enemigas, y además irreconciliablemente enemigas,
cuyo armamento "espontáneo" conduciría
a la lucha armada entre ellas. Se forma el Estado, se crea una
fuerza especial, destacamentos especiales de hombres armados,
y cada revolución, al destruir el aparato del Estado, nos
indica bien visiblemente cómo la clase dominante se esfuerza
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por restaurar los destacamentos especiales de hombres armados
a su servicio, cómo la clase oprimida se esfuerza en crear
una nueva organización de este tipo, que sea capaz de servir
no a los explotadores, sino a los explotados.
En el pasaje citado, Engels plantea teóricamente la misma
cuestión que cada gran revolución plantea ante nosotros
prácticamente de un modo palpable y, además, sobre
un plano de acción de masas, a saber: la cuestión
de las relaciones mutuas entre los destacamentos "especiales"
de hombres armados y la "organización armada espontánea
de la población". Hemos de ver cómo ilustra
de un modo concreto esta cuestión la experiencia de las
revoluciones europeas y rusas.
Pero volvamos a la exposición de Engels.
Engels señala que, a veces, por ejemplo, en algunos sitios
de Norteamérica, este Poder público es débil
(se trata aquí de excepciones raras dentro de la sociedad
capitalista y de aquellos sitios de Norteamérica en que
imperaba, en el período preimperialista, el colono libre),
pero que, en términos generales, se fortalece:
". . . Este Poder público se fortalece a medida que
los antagonismos de clase se agudizan dentro del Estado y a medida
que se hacen más grandes y más poblados los Estados
colindantes; basta fijarse en nuestra Europa actual, donde la
lucha de clases y el pugilato de conquistas han encumbrado al
Poder público a una altura en que amenaza con devorar a
toda la sociedad y hasta al mismo Estado".
Esto fue escrito no más tarde que a comienzos de la década
del 90 del siglo pasado. El último prólogo de Engels
lleva la fecha del 16 de junio de 1891. Por aquel entonces, comenzaba
apenas en Francia, y más tenuemente todavía en Norteamérica
y en Alemania, el viraje hacia el imperialismo, tanto
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en el sentido de la dominación completa de los trusts,
como en el sentido de la omnipotencia de los grandes bancos, en
el sentido de una grandiosa política colonial, etc. Desde
entonces, el "pugilato de conquistas" ha experimentado
un avance gigantesco, tanto más cuanto que a comienzos
de la segunda década del siglo XX el planeta ha resultado
estar definitivamente repartido entre estos "conquistadores
en pugilato", es decir, entre las grandes potencias rapaces.
Desde entonces, los armamentos terrestres y marítimos han
crecido en proporciones increíbles, y la guerra de pillaje
de 1914 a 1917 por la dominación de Inglaterra o Alemania
sobre el mundo, por el reparto del botín, ha llevado al
borde de una catástrofe completa la "absorción"
de todas las fuerzas de la sociedad por un Poder estatal rapaz.
Ya en 1891, Engels supo señalar el "pugilato de conquistas"
como uno de los más importantes rasgos distintivos de la
politica exterior de las grandes potencias. ¡Y los canallas
socialchovinistas de los años 1914-1917, en que precisamente
este pugilato, agudizándose más y más, ha
engendrado la guerra imperialista, encubren la defensa de los
intereses rapaces de "su" burguesía con frases
sobre la "defensa de la patria", sobre la "defensa
de la república y de la revolución" y con otras
frases por el estilo!
3. EL ESTADO, ARMA DE EXPLOTACION DE
LA
CLASE OPRIMlDA
Para mantener un Poder público aparte, situado por encima
de la sociedad, son necesarios los impuestos y las deudas del
Estado.
"Los funcionarios, pertrechados con el Poder público
y con el derecho a cobrar impuestos, están situados --
dice
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Engels --, como órganos de la sociedad, por encima de la
sociedad. A ellos ya no les basta, aun suponiendo que pudieran
tenerlo, con el respeto libre y voluntario que se les tributa
a los órganos del régimen gentilicio. . ."
Se dictan leyes de excepción sobre la santidad y la inviolabilidad
de los funcionarios. "El más despreciable polizonte"
tiene más "autoridad" que los representantes
del clan; pero incluso el jefe del poder militar de un Estado
civilizado podría envidiar a un jefe de clan por "el
respeto espontáneo" que le profesaba la sociedad.
Aquí se plantea la cuestión de la situación
privilegiada de los funcionarios como órganos del Poder
del Estado. Lo fundamental es saber: ¿qué los coloca
por encima de la sociedad? Veamos cómo esta cuestión
teórica fue resuelta prácticamente por la Comuna
de París en 1871 y cómo la esfumó reaccionariamente
Kautsky en 1912:
"Como el Estado nació de la necesidad de tener a raya
los antagonismos de clase, y como, al mismo tiempo, nació
en medio del conflicto de estas clases, el Estado lo es, por regla
general, de la clase más poderosa, de la clase económicamente
dominante, que con ayuda de él se convierte también
en la clase políticamente dominante, adquiriendo así
nuevos medios para la represión y explotación de
la clase oprimida. . ." No fueron sólo el Estado antiguo
y el Estado feudal órganos de explotación de los
esclavos y de los campesinos siervos y vasallos: también
"el moderno Estado representativo es instrumento de explotación
del trabajo asalariado por el capital. Sin embargo, excepcionalmente,
hay períodos en que las clases en pugna se equilibran hasta
tal punto, que el Poder del Estado adquiere momentáneamente,
como aparente mediador, una
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cierta independencia respecto a ambas". . . Tal aconteció
con la monarquía absoluta de los siglos XVII y XVIII, con
el bonapartismo del primero y del segundo Imperio en Francia,
y con Bismarck en Alemania.
Y tal ha acontecido también -- agregamos nosotros -- con
el gobierno de Kerenski, en la Rusia republicana, después
del paso a las persecuciones del proletariado revolucionario,
en un momento en que los Soviets, como consecuencia de hallarse
dirigidos por demócratas pequeñoburgueses, son ya
impotentes, y la burguesía no es todavía lo bastante
fuerte para disolverlos pura y simplemente.
En la república democrática -- prosigue Engels --
"la riqueza ejerce su poder indirectamente, pero de un modo
tanto más seguro", y lo ejerce, en primer lugar, mediante
la "corrupción directa de los funcionarios" (Norteamérica),
y, en segundo lugar, mediante la "alianza del gobierno con
la Bolsa" (Francia y Norteamérica).
En la actualidad, el imperialismo y la dominación de los
Bancos han "desarrollado", hasta convertirlos en un
arte extraordinario, estos dos métodos adecuados para defender
y llevar a la práctica la omnipotencia de la riqueza en
las repúblicas democráticas, sean cuales fueren.
Si, por ejemplo, en los primeros meses de la república
democrática rusa, en los meses que podemos llamar de la
luna de miel de los "socialistas" -- socialrevolucionarios
y mencheviques -- con la burguesía, en el gobierno de coalición,
el señor Palchinski saboteó todas las medidas de
restricción contra los capitalistas y sus latrocinios,
contra sus actos de saqueo en detrimento del fisco mediante los
suministros de guerra, y si, al salir
pág. 16
del ministerio, el señor Palchinski (sustituido, naturalmente,
por otro Palchinski exactamente igual) fue "recompensado"
por los capitalistas con un puestecito de 120.000 rublos de sueldo
al año, ¿qué significa esto? ¿Es un
soborno directo o indirecto? ¿Es una alianza del gobierno
con los consorcios o son "solamente" lazos de amistad?
¿Qué papel desempeñan los Chernov y los Tsereteli,
los Avkséntiev y los Skóbelev? ¿El de aliados
"directos" o solamente indirectos de los millonarios
malversadores de los fondos públicos?
La omnipotencia de la "riqueza" es más segura
en las repúblicas democráticas, porque no depende
de la mala envoltura política del capitalismo. La república
democrática es la mejor envoltura política de que
puede revestirse el capitalismo, y por lo tanto el capital, al
dominar (a través de los Pakhinski, los Chernov, los Tsereteli
y Cía.) esta envoltura, que es la mejor de todas, cimenta
su Poder de un modo tan seguro, tan firme, que ningún cambio
de personas, ni de instituciones, ni de partidos, dentro de la
república democrática burguesa, hace vacilar este
Poder.
Hay que advertir, además, que Engels, con la mayor precisión,
llama al sufragio universal arma de dominación de la burguesía.
El sufragio universal, dice Engels, sacando evidentemente las
enseñanzas de la larga experiencia de la socialdemocracia
alemana, es
"el índice que sirve para medir la madurez de la clase
obrera. No puede ser más ni será nunca más,
en el Estado actual".
Los demócratas pequeñoburgueses, por el estilo de
nuestros socialrevolucionarios y mencheviques, y sus hermanos
carnales, todos los socialchovinistas y oportunistas de la Europa
occidental, esperan, en efecto, "más" del sufragio
universal.
pág. 17
Comparten ellos mismos e inculcan al pueblo la falsa idea de que
el sufragio universal es, "en el Estado actual ", un
medio capaz de expresar realmente la voluntad de la mayoría
de los trabajadores y de garantizar su efectividad práctica.
Aquí no podemos hacer más que señalar esta
idea mentirosa, poner de manifiesto que esta afirmación
de Engels completamente clara, precisa y concreta, se falsea a
cada paso en la propaganda y en la agitación de los partidos
socialistas "oficiales" (es decir, oportunistas). Una
explicación minuciosa de toda la falsedad de esta idea,
rechazada aquí por Engels, la encontraremos más
adelante, en nuestra exposición de los puntos de vista
de Marx y Engels sobre el Estado "actual ".
En la más popular de sus obras, Engels traza el resumen
general de sus puntos de vista en los siguientes términos:
"Por tanto, el Estado no ha existido eternamente. Ha habido
sociedades que se las arreglaron sin él, que no tuvieron
la menor noción del Estado ni del Poder estatal. Al llegar
a una determinada fase del desarrollo económico, que estaba
ligada necesariamente a la división de la sociedad en clases,
esta división hizo que el Estado se convirtiese en una
necesidad. Ahora nos acercamos con paso veloz a una fase de desarrollo
de la producción en que la existencia de estas clases no
sólo deja de ser una necesidad, sino que se convierte en
un obstáculo directo para la producción. Las clases
desaparecerán de un modo tan inevitable como surgieron
en su día. Con la desaparición de las clases, desaparecerá
inevitablemente el Estado. La sociedad, reorganizando de un modo
nuevo la producción sobre la base de una asociación
libre e igual de productores, enviará toda la máquina
del Estado al lugar que entonces le ha de corres-
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ponder: al museo de antiguedades, junto a la rueca y al hacha
de bronce".
No se encuentra con frecuencia esta cita en las obras de propaganda
y agitación de la socialdemocracia contemporánea.
Pero incluso cuando nos encontramos con ella es, casi siempre,
como si se hiciesen reverencias ante un icono; es decir, para
rendir un homenaje oficial a Engels, sin el menor intento de analizar
qué amplitud y profundidad revolucionarias supone esto
de "enviar toda la máquina del Estado al museo de
antiguedades". No se ve, en la mayoría de los casos,
ni siquiera la comprensión de lo que Engels llama la máquina
del Estado.
4. LA "EXTINCION" DEL ESTADO
Y LA
REVOLUCION VIOLENTA
Las palabras de Engels sobre la "extinción" del
Estado gozan de tanta celebridad y se citan con tanta frecuencia,
muestran con tanto relieve dónde está el quid de
la adulteración corriente del marxismo por la cual éste
es adaptado al oportunismo, que se hace necesario detenerse a
examinarlas detalladamente. Citaremos todo el pasaje donde figuran
estas palabras:
"El proletariado toma en sus manos el Poder del Estado y
comienza por convertir los medios de producción en propiedad
del Estado. Pero con este mismo acto se destruye a sí mismo
como proletariado y destruye toda diferencia y todo antagonismo
de clases, y, con ello mismo, el Estado como tal. La sociedad
hasta el presente, movida entre los antagonismos de clase, ha
necesitado del Estado, o sea de una organización de la
correspondiente clase explotadora
pág. 19
para mantener las condiciones exteriores de producción,
y por tanto, particularmente para mantener por la fuerza a la
clase explotada en las condiciones de opresión (la esclavitud,
la servidumbre o el vasallaje y el trabajo asalariado), determinadas
por el modo de producción existente. El Estado era el representante
oficial de toda la sociedad, su síntesis en un cuerpo social
visible; pero lo era sólo como Estado de la clase que en
su época representaba a toda la sociedad: en la antiguedad
era el Estado de los ciudadanos esclavistas; en la Edad Media
el de la nobleza feudal; en nuestros tiempos es el de la burguesía.
Cuando el Estado se convierta finalmente en representante efectivo
de toda la sociedad, será por sí mismo superfluo.
Cuando ya no exista ninguna clase social a la que haya que mantener
en la opresión; cuando desaparezcan, junto con la dominación
de clase, junto con la lucha por la existencia individual, engendrada
por la actual anarquía de la producción, los choques
y los excesos resultantes de esta lucha, no habra ya nada que
reprimir ni hará falta, por tanto, esa fuerza especial
de represión, el Estado. El primer acto en que el Estado
se manifiesta efectivamente como representante de toda la sociedad:
la toma de posesión de los medios de producción
en nombre de la sociedad, es a la par su último acto independiente
como Estado. La intervención de la autoridad del Estado
en las relaciones sociales se hará superflua en un campo
tras otro de la vida social y se adormecerá por sí
misma. El gobierno sobre las personas es sustituido por la administración
de las cosas y por la dirección de los procesos de producción.
El Estado no será 'abolido'; se extingue. Partiendo de
esto es como hay que juzgar el valor de esa frase sobre el 'Estado
popular libre' en lo que toca a su justificación provisional
como consigna de agitación y en
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lo que se refiere a su falta absoluta de fundamento científico.
Partiendo de esto es también como debe ser considerada
la exigencia de los llamados anarquistas de que el Estado sea
abolido de la noche a la mañana" ("Anti-Dühring
" o "La subversión de la ciencia por el señor
Eugenio Dühring", págs. 301-303 de la tercera
edición alemana).
Sin temor a equivocarnos, podemos decir que de estos pensamientos
sobremanera ricos, expuestos aquí por Engels, lo único
que ha pasado a ser verdadero patrimonio del pensamiento socialista,
en los partidos socialistas actuales, es la tesis de que el Estado,
según Marx, "se extingue", a diferencia de la
doctrina anarquista de la "abolición" del Estado.
Truncar así el marxismo equivale a reducirlo al oportunismo,
pues con esta "interpretación" no queda en pie
más que una noción confusa de un cambio lento, paulatino,
gradual, sin saltos ni tormentas, sin revoluciones. Hablar de
"extinción" del Estado, en un sentido corriente,
generalizado, de masas, si cabe decirlo así, equivale indudablemente
a esfumar, si no a negar, la revolución.
Además, semejante "interpretación" es
la más tosca tergiversación del marxismo, tergiversación
que sólo favorece a la burguesía y que descansa
teóricamente en la omisión de circunstancias y consideraciones
importantísimas que se indican, por ejemplo, en el "resumen"
contenido en el pasaje de Engels, citado aquí por nosotros
en su integridad.
En primer lugar, Engels dice en el comienzo mismo de este pasaje
que, al tomar el Poder del Estado, el proletaria do "destruye,
con ello mismo, el Estado como tal". "No es uso"
pararse a pensar qué significa esto. Lo corriente es ignorarlo
en absoluto o considerarlo algo así como una "debi-
pág. 21
lidad hegeliana" de Engels. En realidad, en estas palabras
se expresa concisamente la experiencia de una de las más
grandes revoluciones proletarias, la experiencia de la Comuna
de París de 1871, de la cual hablaremos detalladamente
en su lugar. En realidad, Engels habla aquí de la "destrucción"
del Estado de la burguesía por la revolución proletaria,
mientras que las palabras relativas a la extinción del
Estado se refieren a los restos del Estado proletario después
de la revolución socialista. El Estado burgués no
se "extingue", según Engels, sino que "e
s d e s t r u i d o " por el proletariado en la revolución.
El que se extingue, después de esta revolución,
es el Estado o semi-Estado proletario.
En segundo lugar, el Estado es una "fuerza especial de represión".
Esta magnífica y profundísima definición
de Engels es dada aquí por éste con la más
completa claridad. Y de ella se deduce que la "fuerza especial
de represión" del proletariado por la burguesía,
de millones de trabajadores por un puñado de ricachos,
debe sustituirse por una "fuerza especial de represión"
de la burguesía por el proletariado (dictadura del proletariado).
En esto consiste precisamente la "destrucción del
Estado como tal". En esto consiste precisamente el "acto"
de la toma de posesión de los medios de producción
en nombre de la sociedad. Y es de suyo evidente que semejante
sustitución de una "fuerza especial" (la burguesa)
por otra (la proletaria) ya no puede operarse, en modo alguno,
bajo la forma de "extinción".
En tercer lugar, Engels, al hablar de la "extinción"
y -- con frase todavía más plástica y colorida
-- del "adormecimiento" del Estado, se refiere con absoluta
claridad y precisión a la época p o s t e r i o
r a la "toma de posesión de los medios de producción
por el Estado en nombre de toda la sociedad", es decir, p
o s t e r i o r a a la revolución socialista.
pág. 22
Todos nosotros sabemos que la forma política del "Estado",
en esta época, es la democracia más completa. Pero
a ninguno de los oportunistas que tergiversan desvergonzadamente
el marxismo se le viene a las mientes la idea de que, por consiguiente,
Engels hable aquí del "adormecimiento" y de la
"extinción" de la d e m o c r a c i a. Esto parece,
a primera vista, muy extraño. Pero esto sólo es
"incomprensible" para quien no haya comprendido que
la democracia
t a m b i é n es un Estado y que, consiguientemente, la
democracia también desaparecerá cuando desaparezca
el Estado. El Estado burgués sólo puede ser "destruido"
por la revolución. El Estado en general, es decir, la más
completa democracia, sólo puede "extinguirse".
En cuarto lugar, al establecer su notable tesis de la "extinción
del Estado", Engels declara a renglón seguido, de
un modo concreto, que esta tesis se dirige tanto contra los oportunistas,
como contra los anarquistas. Además, Engels coloca en primer
plano la conclusión que, derivada de su tesis sobre la
"extinción del Estado", se dirige contra los
oportunistas.
Podría apostarse que de diez mil hombres que hayan leído
u oído hablar acerca de la "extinción"
del Estado, nueve mil novecientos noventa no saben u olvidan en
absoluto que Engels no dirigió solamente contra los anarquistas
sus conclusiones derivadas de esta tesis. Y de las diez personas
restantes, lo más probable es que nueve no sepan qué
es el "Estado popular libre" y por qué el atacar
esta consigna significa atacar a los oportunistas. ¡Así
se escribe la Historia! Así se adapta de un modo imperceptible
la gran doctrina revolucionaria al filisteísmo dominante.
La conclusión contra los anarquistas se ha repetido miles
de veces, se ha vulgarizado, se ha inculcado en las cabezas del
modo más
pág. 23
simplificado, ha adquirido la solidez de un prejuicio. ¡Pero
la conclusión contra los oportunistas la han esfumado y
"olvidado"!
El "Estado popular libre" era una reivindicación
programática y una consigna corriente de los socialdemócratas
alemanes en la década del 70. En esta consigna no hay el
menor contenido político, fuera de una filistea y enfática
descripción de la noción de democracia. Engels estaba
dispuesto a "justificar", "por el momento",
esta consigna desde el punto de vista de la agitación,
por cuanto con ella se insinuaba legalmente la república
democrática. Pero esta consigna era oportunista, porque
expresaba no sólo el embellecimiento de la democracia burguesa,
sino también la incomprensión de la crítica
socialista de todo Estado en general. Nosotros somos partidarios
de la república democrática, como la mejor forma
de Estado para el proletariado bajo el capitalismo, pero no tenemos
ningún derecho a olvidar que la esclavitud asalariada es
el destino reservado al pueblo, incluso bajo la república
burguesa más democrática. Más aún.
Todo Estado es una "fuerza especial para la represión"
de la clase oprimida. Por eso, todo Estado ni es libre ni es popular.
Marx y Engels explicaron esto reiteradamente a sus camaradas de
partido en la década del 70.
En quinto lugar, en esta misma obra de Engels, de la que todos
citan el pasaje sobre la extinción del Estado, se contiene
un pasaje sobre la importancia de la revolución violenta.
El análisis histórico de su papel lo convierte Engels
en un verdadero panegírico de la revolución violenta.
Esto "nadie lo recuerda". Sobre la importancia de este
pensamiento, no es uso hablar ni siquiera pensar en los partidos
socialistas contemporáneos estos pensamientos no desempeñan
ningún papel en la propaganda ni en la agitación
cotidianas entre
pág. 24
las masas. Y, sin embargo, se hallan indisolublemente unidos a
la "extinción" del Estado y forman con ella un
todo armónico.
He aquí el pasaje de Engels:
". . . De que la violencia desempeña en la historia
otro papel [además del de agente del mal], un papel revolucionario;
de que, según la expresión de Marx, es la partera
de toda vieja sociedad que lleva en sus entrañas otra nueva;
de que la violencia es el instrumento con la ayuda del cual el
movimiento social se abre camino y rompe las formas políticas
muertas y fosilizadas, de todo eso no dice una palabra el señor
Dühring. Sólo entre suspiros y gemidos admite la posibilidad
de que para derrumbar el sistema de explotación sea necesaria
acaso la violencia, desgraciadamente, afirma, pues el empleo de
la misma, según él, desmoraliza a quien hace uso
de ella. ¡Y esto se dice, a pesar del gran avance moral
e intelectual, resultante de toda revolución victoriosa!
Y esto se dice en Alemania, donde la colisión violenta
que puede ser impuesta al pueblo tendría, cuando menos,
la ventaja de destruir el espíritu de servilismo que ha
penetrado en la conciencia nacional como consecuencia de la humillación
de la Guerra de los Treinta años. ¿Y estos razonamientos
turbios, anodinos, impotentes, propios de un párroco rural,
se pretende imponer al partido más revolucionario de la
historia?" (Lugar citado, pág. 193, tercera edición
alemana, final del IV capítulo, II parte).
¿Cómo es posible conciliar en una sola doctrina
este panegírico de la revolución violenta, presentado
con insistencia por Engels a los socialdemócratas alemanes
desde 1878 hasta
pág. 25
1894, es decir, hasta los últimos días de su vida,
con la teoría de la "extinción" del Estado?
Generalmente se concilian ambos pasajes con ayuda del eclecticismo,
desgajando a capricho (o para complacer a los detentadores del
Poder), sin atenerse a los principios o de un modo sofístico,
ora uno ora otro argumento y haciendo pasar a primer plano, en
el noventa y nueve por ciento de los casos, si no en más,
precisamente la tesis de la "extinción". Se suplanta
la dialéctica por el eclecticismo: es la actitud más
usual y más generalizada ante el marxismo en la literatura
socialdemócrata oficial de nuestros días. Estas
suplantaciones no tienen, ciertamente, nada de nuevo; pueden observarse
incluso en la historia de la filosofía clásica griega.
Con la suplantación del marxismo por el oportunismo, el
eclecticismo presentado como dialéctica engaña más
fácilmente a las masas, les da una aparente satisfacción,
parece tener en cuenta todos los aspectos del proceso, todas las
tendencias del desarrollo, todas las influencias contradictorias,
etc., cuando en realidad no da ninguna noción completa
y revolucionaria del proceso del desarrollo social.
Ya hemos dicho más arriba, y demostraremos con mayor detalle
en nuestra ulterior exposición, que la doctrina de Marx
y Engels sobre el carácter inevitable de la revolución
violenta se refiere al Estado burgués. Este no puede sustituirse
por el Estado proletario (por la dictadura del proletariado) mediante
la "extinción", sino sólo, por regla general,
mediante la revolución violenta. El panegírico que
dedica Engels a ésta, y que coincide plenamente con reiteradas
manifestaciones de Marx (recordaremos el final de "Miseria
de la Filosofía" y del "Manifiesto Comunista"
con la declaración orgullosa y franca sobre el carácter
inevitable de la revolución violenta; recordaremos la crítica
del Programa de
pág. 26
Gotha, en 1875, cuando ya habían pasado casi treinta años,
y en la que Marx fustiga implacablemente el oportunismo de este
programa[3]), este panegírico no tiene nada de "apasionamiento",
nada de declamatorio, nada de arranque polémico. La necesidad
de educar sistemáticamente a las masas en esta, precisamente
en esta idea sobre la revolución violenta, es algo básico
en toda la doctrina de Marx y Engels. La traición cometida
contra su doctrina por las corrientes socialchovinista y kautskiana
hoy imperantes se manifiesta con singular relieve en el olvido
por unos y otros de esta propaganda, de esta agitación.
La sustitución del Estado burgués por el Estado
proletario es imposible sin una revolución violenta. La
supresión del Estado proletario, es decir, la supresión
de todo Estado, sólo es posible por medio de un proceso
de "extinción".
Marx y Engels desarrollaron estas ideas de un modo minucioso y
concreto, estudiando cada situación revolucionaria por
separado, analizando las enseñanzas sacadas de la experiencia
de cada revolución. Y esta parte de su doctrina, que es,
incuestionablemente, la más importante, es la que pasamos
a analizar.
CAPITULO II
EL ESTADO Y LA REVOLUCION. LA EXPERIENCIA DE LOS AÑOS 1848-1851
1. EN VISPERAS DE LA REVOLUCION
Las primeras obras del marxismo maduro, "Miseria de la Filosofía"
y el "Manifiesto Comunista", datan precisamente
pág. 27
de la víspera de la revolución de 1848. Esta circunstancia
hace que en estas obras se contenga, hasta cierto punto, además
de una exposición de los fundamentos generales del marxismo,
el reflejo de la situación revolucionaria concreta de aquella
época; por eso será, quizás, más conveniente
examinar lo que los autores de esas obras dicen acerca del Estado,
inmediatamente antes de examinar las conclusiones sacadas por
ellos de la experiencia de los años 1848-1851.
"En el transcurso del desarrollo, la clase obrera -- escribe
Marx en 'Miseria de la Filosofía' -- sustituirá
la antigua sociedad burguesa por una asociación que excluya
a las clases y su antagonismo; y no existirá ya un Poder
político propiamente dicho, pues el Poder político
es precisamente la expresión oficial del antagonismo de
clase dentro de la sociedad burguesa" (pág. 182 de
la edición alemana de 1885).
Es interesante confrontar con esta exposición general de
la idea de la desaparición del Estado después de
la supresión de las clases, la exposición que contiene
el "Manifiesto Comunista", escrito por Marx y Engels
algunos meses después, a saber, en noviembre de 1847:
"Al esbozar las fases más generales del desarrollo
del proletariado, hemos seguido la guerra civil más o menos
latente que existe en el seno de la sociedad vigente, hasta el
momento en que se transforma en una revolución abierta
y el proletariado, derrocando por la violencia a la burguesía,
instaura su dominación. . ."
". . . Ya dejamos dicho que el primer paso de la revolución
obrera será la transformación [literalmente: elevación]
del proletariado en clase dominante, la conquista de la democracia".
pág. 28
"El proletariado se valdrá de su dominación
política para ir arrancando gradualmente a la burguesía
todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción
en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como
clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible
las fuerzas productivas" (págs. 31 y 37 de la 7a edición
alemana, de 1906).
Vemos aquí formulada una de las ideas más notables
y más importantes del marxismo en la cuestión del
Estado, a saber: la idea de la "dictadura del proletariado"
(como comenzaron a denominarla Marx y Engels después de
la Comuna de París) y asimismo la definición del
Estado, interesante en el más alto grado, que se cuenta
también entre las "palabras olvidadas" del marxismo:
"El Estado, es decir, el proletariado organizado como clase
dominante ".
Esta definición del Estado no sólo no se explicaba
nunca en la literatura imperante de propaganda y agitación
de los partidos socialdemócratas oficiales, sino que, además,
se la ha entregado expresamente al olvido, pues es del todo inconciliable
con el reformismo y se da de bofetadas con los prejuicios oportunistas
corrientes y las ilusiones filisteas con respecto al "desarrollo
pacífico de la democracia".
El proletariado necesita el Estado, repiten todos los oportunistas,
socialchovinistas y kautskianos asegurando que tal es la doctrina
de Marx y "olvidándose " de añadir, primero,
que, según Marx, el proletariado sólo necesita un
Estado que se extinga, es decir, organizado de tal modo, que comience
a extinguirse inmediatamente y que no pueda por menos de extinguirse;
y, segundo, que los trabajadores necesitan un "Estado",
"es decir, el proletariado organizado como clase dominante".
pág. 29
El Estado es una organización especial de la fuerza, es
una organización de la violencia para la represión
de una clase cualquiera. ¿Qué clase es la que el
proletariado tiene que reprimir? Sólo es, naturalmente,
la clase explotadora, es decir, la burguesía. Los trabajadores
sólo necesitan el Estado para aplastar la resistencia de
los explotadores, y este aplastamiento sólo puede dirigirlo,
sólo puede llevarlo a la práctica el proletariado,
como la única clase consecuentemente revolucionaria, como
la única clase capaz de unir a todos los trabajadores y
explotados en la lucha contra la burguesía, por la completa
eliminación de ésta.
Las clases explotadoras necesitan la dominación política
para mantener la explotación, es decir, en interés
egoísta de una minoría insignificante contra la
mayoría inmensa del pueblo. Las clases explotadas necesitan
la dominación política para destruir completamente
toda explotación, es decir, en interés de la mayoría
inmensa del pueblo contra la minoría insignificante de
los esclavistas modernos, es decir, los terratenientes y capitalistas.
Los demócratas pequeñoburgueses, estos seudosocialistas
que han sustituido la lucha de clases por sueños sobre
la armonía de las clases, se han imaginado la transformación
socialista también de un modo soñador, no como el
derrocamiento de la dominación de la clase explotadora,
sino como la sumisión pacífica de la minoría
a la mayoría, que habrá adquirido conciencia de
su misión. Esta uarribaía pequeñoburguesa,
que va inseparablemente unida al reconocimiento de un Estado situado
por encima de las clases, ha conducido en la práctica a
la traición contra los intereses de las clases trabajadoras,
como lo ha demostrado, por ejemplo, la historia de las revoluciones
francesas de 1848 y 1871, y como lo ha demostrado la experiencia
de la participación "socialista"
pág. 30
en ministerios burgueses en Ingiaterra, Francia, Italia y otros
países a fines del siglo XIX y comienzos del XX.
Marx luchó durante toda su vida contra este socialismo
pequeñoburgués, que hoy vuelve a renacer en Rusia
en los partidos socialrevolucionario y menchevique. Marx desarrolló
consecuentemente la doctrina de la lucha de clases hasta llegar
a establecer la doctrina sobre el Poder político, sobre
el Estado.
El derrocamiento de la dominación de la burguesía
sólo puede llevarlo a cabo el proletariado, como clase
especial cuyas condiciones económicas de existencia le
preparan para ese derrocamiento y le dan la posibilidad y la fuerza
de efectuarlo. Mientras la burguesía desune y dispersa
a los campesinos y a todas las capas pequeñoburguesas,
cohesiona, une y organiza al proletariado. Sólo el proletariado
-- en virtud de su papel económico en la gran producción
-- es capaz de ser el jefe de todas las masas trabajadoras y explotadas,
a quienes con frecuencia la burguesía explota, esclaviza
y oprime no menos, sino más que a los proletarios, pero
que no son capaces de luchar por su cuenta para alcanzar su propia
liberación.
La doctrina de la lucha de clases, aplicada por Marx a la cuestión
del Estado y de la revolución socialista, conduce necesariamente
al reconocimiento de la dominación política del
proletariado, de su dictadura, es decir, de un Poder no compartido
con nadie y apoyado directamente en la fuerza armada de las masas.
El derrocamiento de la burguesía sólo puede realizarse
mediante la transformación del proletariado en clase dominante,
capaz de aplastar la resistencia inevitable y desesperada de la
burguesía y de organizar para el nuevo régimen económico
a todas las masas trabajadoras y explotadas.
pág. 31
El proletariado necesita el Poder del Estado, organización
centralizada de la fuerza, organización de la violencia,
tanto para aplastar la resistencia de los explotadores como para
dirigir a la enorme masa de la población, a los campesinos,
a la pequeña burguesía, a los semiproletarios, en
la obra de "poner en marcha" la economía socialista.
Educando al Partido obrero, el marxismo educa a la vanguardia
del proletariado, vanguardia capaz de tomar el Poder y de conducir
a todo el pueblo al socialismo, de dirigir y organizar el nuevo
régimen, de ser el maestro, el dirigente, el jefe de todos
los trabajadores y explotados en la obra de construir su propia
vida social sin burguesía y contra la burguesía.
Por el contrario, el oportunismo hoy imperante educa en sus partidos
obreros a los representantes de los obreros mejor pagados, que
están apartados de las masas y se "arreglan"
pasablemente bajo el capitalismo, vendiendo por un plato de lentejas
su derecho de primogenitura, es decir, renunciando al papel de
jefes revolucionarios del pueblo contra la burguesía.
"El Estado, es decir, el proletariado organizado como clase
dominante": esta teoría de Marx se halla inseparablemente
vinculada a toda su doctrina acerca de la misión revolucionaria
del proletariado en la historia. El coronamiento de esta su misión
es la dictacdura proletaria, la dominación política
del proletariado.
Pero si el proletariado necesita el Estado como organización
especial de la violencia contra la burguesía, de aquí
se desprende por sí misma la conclusión de si es
concebible que pueda crearse una organización semejante
sin destruir previamente, sin aniquilar aquella máquina
estatal creada para sí por la burguesía. A esta
conclusión lleva directamente el "Manifiesto Comunista",
y Marx habla de ella al
pág. 32
hacer el balance de la experiencia de la revolución de
1848-1851.
2. EL BALANCE DE LA REVOLUCION
En el siguiente pasaje de su obra "El 18 Brumario de Luis
Bonaparte", Marx hace el balance de la revolución
de 1848-1851, respecto a la cuestión del Estado, que es
el que aquí nos interesa:
"Pero la revolución es radical. Está pasando
todavía por el purgatorio. Cumple su tarea con método.
Hasta el 2 de diciembre de 1851 [día del golpe de Estado
de Luis Bonaparte] había terminado la mitad de su labor
preparatoria; ahora, termina la otra mitad. Lleva primero a la
perfección el Poder parlamentario, para poder derrotarlo.
Ahora, conseguido ya esto, lleva a la perfección el Poder
ejecutivo, lo reduce a su más pura expresión, lo
aísla, se enfrenta con él, con el único objeto
de concentrar contra él todas las fuerzas de destrucción
[subrayado por nosotros]. Y cuando la revolución haya llevado
a cabo esta segunda parte de su labor preliminar, Europa se levantará
y gritará jubilosa: ¡bien has hozado, viejo arribao!
Este Poder ejecutivo, con su inmensa organización burocrática
y militar, con su compleja y artificiosa maquinaria de Estado,
un ejército de funcionarios que suma medio millón
de hombres, junto a un ejército de otro medio millón
de hombres, este espantoso organismo parasitario que se ciñe
como una red al cuerpo de la sociedad francesa y la tapona todos
los poros, surgió en la época de la monarquía
absoluta, de la decadencia del régimen feudal, que dicho
organismo contribuyó a acelerar". La primera
pág. 33
revolución francesa desarrolló la centralización,
"pero al mismo tiempo amplió el volumen, las atribuciones
y el número de servidores del Poder del gobierno. Napoleón
perfeccionó esta máquina del Estado". La monarquía
legítima y la monarquía de julio "no añadieron
nada más que una mayor división del trabajo. . ."
". . . Finalmente, la república parlamentaria, en
su lucha contra la revolución, vióse obligada a
fortalecer, junto con las medidas represivas, los medios y la
centralización del Poder del gobierno. T o d a s I a s
r e v o l u c i o n e s p e r f e c c i o n a b a n e s t a m
á q u i n a , e n v e z d e d e s t r o z a r I a [subrayado
por nosotros]. Los partidos que luchaban alternativamente por
la dominación, consideraban la toma de posesión
de este inmenso edificio del Estado como el botín principal
del vencedor" ("El 18 Brumario de Luis Bonaparte",
págs. 98-99, 4a ed., Hamburgo, 1907).
En este notable pasaje, el marxismo avanza un trecho enorme en
comparación con el "Manifiesto Comunista". Allí,
la cuestión del Estado planteábase todavía
de un modo extremadamente abstracto, operando con las nociones
y las expresiones más generales. Aquí, la cuestión
se plantea ya de un modo concreto, y la conclusión a que
se llega es extraordinariamente precisa, definida, prácticamente
tangible: todas las revoluciones anteriores perfeccionaron la
máquina del Estado, y lo que hace falta es romperla, destruirla.
Esta conclusión es lo principal, lo fundamental, en la
doctrina del marxismo sobre el Estado Y precisamente esto, que
es lo fundamental, es lo que no sólo ha sido olvidado completamente
por los partidos socialdemócratas oficiales imperantes,
sino lo que ha sido evidentemente tergiversado
pág. 34
(como veremos más abajo) por el más destacado teórico
de la II Internacional, C. Kautsky.
En el "Manifiesto Comunista" se resumen los resultados
generales de la historia, que nos obligan a ver en el Estado un
órgano de dominación de clase y nos llevan a la
conclusión necesaria de que el proletariado no puede derrocar
a la burguesía si no empieza por conquistar el Poder político,
si no logra la dominación política, si no transforma
el Estado en el "proletariado organizado como clase dominante",
y de que este Estado proletario comienza a extinguirse inmediatamente
después de su triunfo, pues en una sociedad sin contradicciones
de clase el Estado es innecesario e imposible. Pero aquí
no se plantea la cuestión de cómo deberá
realizarse -- desde el punto de vista del desarrollo histórico
-- esta sustitución del Estado burgués por el Estado
proletario.
Esta cuestión es precisamente la que Marx plantea y resuelve
en 1852. Fiel a su filosofía del materialismo dialéctico,
Marx toma como base la experiencia histórica de los grandes
años de la revolución, de los años 1848-1851.
Aquí, como siempre, la doctrina de Marx es un resumen de
la experiencia, iluminado por una profunda concepción filosófica
del mundo y por un rico conocimiento de la historia.
La cuestión del Estado se plantea de un modo concreto:
¿cómo ha surgido históricamente el Estado
burgués, la máquina del Estado que necesita para
su dominación la burguesía? ¿Cuáles
han sido sus cambios, cuál su evolución en el transcurso
de las revoluciones burguesas y ante las acciones independientes
de las clases oprimidas? ¿Cuáles son las tareas
del proletariado en lo tocante a esta máquina del Estado?
El Poder estatal centralizado, característico de la sociedad
burguesa, surgió en la época de la caída
del absolutismo.
pág. 35
Dos son las instituciones más características de
esta máquina del Estado: la burocracia y el ejército
permanente. En las obras de Marx y Engels se habla reiteradas
veces de los miles de hilos que vinculan a estas instituciones
precisamente con la burguesía. La experiencia de todo obrero
revela estos vínculos de un modo extraordinariamente evidente
y sugeridor. La clase obrera aprende en su propia carne a comprender
estos vínculos, por eso, capta tan fácilmente y
se asimila tan bien la ciencia del carácter inevitable
de estos vínculos, ciencia que los demócratas pequeñoburgueses
niegan por ignorancia y por frivolidad, o reconocen, todavía
de un modo más frívolo, "en términos
generales", olvidándose de sacar las conclusiones
prácticas correspondientes.
La burocracia y el ejército permanente son un "parásito"
adherido al cuerpo de la sociedad burguesa, un parásito
engendrado por las contradicciones internas que dividen a esta
sociedad, pero, precisamente, un parásito que "tapona"
los poros vitales. El oportunismo kautskiano imperante hoy en
la socialdemocracia oficial considera patrimonio especial y exclusivo
del anarquismo la idea del Estado como un organismo parasitario.
Se comprende que esta tergiversación del marxismo sea extraordinariamente
ventajosa para esos filisteos que han llevado el socialismo a
la ignominia inaudita de justificar y embellecer la guerra imperialista
mediante la aplicación a ésta del concepto de la
"defensa de la patria", pero es, a pesar de todo, una
tergiversación indiscutible.
A través de todas las revoluciones burguesas vividas en
gran número por Europa desde los tiempos de la caída
del feudalismo, este aparato burocrático y militar va desarrollándose,
perfeccionándose y afianzándose. En particular,
es precisamente la pequeña burguesía la que se pasa
al lado
pág. 36
de la gran burguesía y se somete a ella en una medida considerable
por medio de este aparato, que suministra a las capas altas de
los campesinos, pequeños artesanos, comerciantes, etc.,
puestecitos relativamente cómodos, tranquilos y honorables,
que colocan a sus poseedores por encima del pueblo. Fijaos en
lo ocurrido en Rusia en el medio año transcurrido desde
el 27 de febrero de 1917: los cargos burocráticos, que
antes se adjudicaban preferentemente a los miembros de las centurias
negras, se han convertido en botín de kadetes, mencheviques
y socialrevolucionarios. En el fondo, no se pensaba en ninguna
reforma seria, esforzándose por aplazarlas "hasta
la Asamblea Constituyente", y aplazando poco a poco la Asamblea
Constituyente ¡hasta el final de la guerra! ¡Pero
para el reparto del botín, para la ocupación de
los puestecitos de ministros, subsecretarios, gobernadores generales,
etc., etc., no se dio largas ni se esperó a ninguna Asamblea
Constituyente! El juego en torno a combinaciones para formar gobierno
no era, en el fondo, más que la expresión de este
reparto y reajuste del "botín", que se hacía
arriba y abajo, por todo el país, en toda la administración,
central y local. El balance, un balance objetivo, del medio año
que va desde el 27 de febrero al 27 de agosto de 1917 es indiscutible:
las reformas se aplazaron, se efectuó el reparto de los
puestecitos burocráticos, y los "errores" del
reparto se corrigieron mediante algunos reajustes.
Pero cuanto más se procede a estos "reajustes"
del aparato burocrático entre los distintos partidos burgueses
y pequeñoburgueses (entre los kadetes, socialrevolucionarios
y mencheviques, si nos atenemos al ejemplo ruso), con tanta mayor
claridad ven las clases oprimidas, y a la cabeza de ellas el proletariado,
su hostilidad irreconciliable contra toda la
pág. 37
sociedad burguesa. De aquí la necesidad, para todos los
partidos burgueses, incluyendo a los más democráticos
y "revolucionario-democráticos", de reforzar
la represión contra el proletariado revolucionario, de
fortalecer el aparato de represión, es decir, la misma
máquina del Estado. Esta marcha de los acontecimientos
obliga a la revolución "a concentrar todas las fuerzas
de destrucción " contra el Poder estatal, la obliga
a proponerse como objetivo, no el perfeccionar la máquina
del Estado, sino el destruirla, el aplastarla.
No fue la deducción lógica, sino el desarrollo real
de los acontecimientos, la experiencia viva de los años
1848-1851, lo que condujo a esta manera de plantear la cuestión.
Hasta qué punto se atiene Marx rigurosamente a la base
efectiva de la experiencia histórica, se ve teniendo en
cuenta que en 1852 Marx no plantea todavía el problema
concreto de saber c o n q u é se va a sustituir esta máquina
del Estado que ha de ser destruida. La experiencia no suministraba
todavía entonces los materiales para esta cuestión,
que la historia puso al orden del día más tarde,
en 1871. En 1852, con la precisión del observador que investiga
la historia natural, sólo podía registrarse una
cosa: que la revolución proletaria h a b í a d e
a b o r d a r la tarea de "concentrar todas las fuerzas de
destrucción" contra el Poder estatal, la tarea de
"romper" la máquina del Estado.
Aquí puede surgir esta pregunta: ¿Es justo generalizar
la experiencia, las observaciones y las conclusiones de Marx,
aplicándolas a zonas más amplias que la historia
de Francia en los tres años que van de 1848 a 1851? Para
examinar esta pregunta, comenzaremos recordando una observación
de Engels y pasaremos luego a los hechos.
pág. 38
"Francia -- escribía Engels en el prólogo a
la tercera edición del '18 Brumario' -- es el país
en el que las luchas históricas de clases se han llevado
cada vez a su término decisivo más que en ningún
otro sitio y donde, por tanto, las formas políticas variables
dentro de las que se han movido estas luchas de clases y en las
que han encontrado su expresión los resultados de las mismas,
y en las que se condensan sus resultados, adquieren también
los contornos más acusados. Centro del feudalismo en la
Edad Media y país modelo de la monarquía unitaria
corporativa desde el Renacimiento, Francia pulverizó el
feudalismo en la gran revolución e instauró la dominación
pura de la burguesía bajo una forma clásica como
ningún otro país de Europa. También la lucha
del proletariado que se alza contra la burguesía dominante
reviste aquí una forma violenta, desconocida en otros países"
(pág. 4, ed. de 1907)
La última observación está anticuada, ya
que a partir de 1871 se ha operado una interrupción en
la lucha revolucionaria del proletariado francés, si bien
esta interrupción, por mucho que dure, no excluye, en modo
alguno, la posibilidad de que, en la próxima revolución
proletaria, Francia se revele como el país clásico
de la lucha de clases hasta su final decisivo.
Pero echemos una ojeada general a la historia de los países
adelantados a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Veremos
que, de un modo más lento, más variado, y en un
campo de acción mucho más extenso, se desarrolla
el mismo proceso: de una parte, la formación del "Poder
parlamentario", lo mismo en los países republicanos
(Fran-
pág. 39
cia, Norteamérica, Suiza) que en los monárquicos
(Inglaterra, Alemania hasta cierto punto, Italia, los Países
Escandinavos, etc.); de otra parte, la lucha por el Poder entre
los distintos partidos burgueses y pequeñoburgueses, que
se reparten y se vuelven a repartir el "botín"
de los puestos burocráticos, dejando intangibles las bases
del régimen burgués; y finalmente, el perfeccionamiento
y fortalecimiento del "Poder ejecutivo", de su aparato
burocrático y militar.
No cabe la menor duda de que éstos son los rasgos generales
que caracterizan toda la evolución moderna de los Estados
capitalistas en general. En el transcurso de tres años,
de 1848 a 1851, Francia reveló, en una forma rápida,
tajante, concentrada, los mismos procesos de desarrollo característicos
de todo el mundo capitalista.
Y en particular el imperialismo, la época del capital bancario,
la época de los gigantescos monopolios capitalistas, la
época de transformación del capitalismo monopolista
en capitalismo monopolista de Estado, revela un extraordinario
fortalecimiento de la "máquina del Estado", un
desarrollo inaudito de su aparato burocrático y militar,
en relación con el aumento de la represión contra
el proletariado, así en los países monárquicos
como en los países republicanos más libres.
Indudablemente, en la actualidad, la historia del mundo conduce,
en proporciones incomparablemente más amplias que en 1852,
a la "concentración de todas las fuerzas" de
la revolución proletaria para la "destrucción"
de la máquina del Estado.
¿Con qué ha de sustituir el proletariado esta máquina?
La Comuna de París nos suministra los materiales más
instructivos a este respecto.
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3. COMO PLANTEABA MARX LA CUESTION
EN 1852[*]
En 1907, publicó Mehring en la revista "Neue Zeit"[4]
(XXV, 2, pág. 164) extractos de una carta de Marx a Weydemeyer,
del 5 de marzo de 1852. Esta carta contiene, entre otros, el siguiente
notable pasaje:
"Por lo que a mí se refiere, no me caben ni el mérito
de haber descubierto la existencia de las clases en la so ciedad
moderna, ni el de haber descubierto la lucha entre ellas. Mucho
antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto
el desarrollo histórico de esta lucha de clases y algunos
economistas burgueses la anatomía económica de las
clases. Lo que yo aporté de nuevo fue demostrar: 1) que
la existencia de las clases sólo va unida a determinadas
fases históricas de desarrollo de la producción
(historische Entwicklungsphasen der Produktion ); 2) que la lucha
de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado;
3) que esta misma dictadura no es de por sí más
que el tránsito hacia la abolición de todas las
clases y hacia una sociedad sin clases".
En estas palabras, Marx consiguió expresar de un modo asombrosamente
claro dos cosas: primero, la diferencia fundamental y cardinal
entre su doctrina y las doctrinas de los pensadores avanzados
y más profundos de la burguesía, y segundo, la esencia
de su teoría del Estado.
Lo fundamental en la doctrina de Marx es la lucha de clases. Así
se dice y se escribe con mucha frecuencia. Pero esto no es exacto.
De esta inexactitud se deriva con gran frecuencia la tergiversación
oportunista del marxismo, su
* Añadido a la segunda edición.
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falseamiento en un sentido aceptable para la burguesía.
En efecto, la doctrina de la lucha de clases no fue creada por
Marx, sino por la burguesía, antes de Marx, y es, en términos
generales, aceptable para la burguesía. Quien reconoce
solamente la lucha de clases no es aún marxista, puede
mantenerse todavía dentro del marco del pensamiento burgués
y de la política burguesa. Circunscribir el marxismo a
la doctrina de la lucha de clases es limitar el marxismo, bastardearlo,
reducirlo a algo que la burguesía puede aceptar. Marxista
sólo es el que hace extensivo el reconocimiento de la lucha
de clases al reconocimiento de la dictadura del proletariado.
En esto es en lo que estriba la más profunda diferencia
entre un marxista y un pequeño (o un gran) burgués
adocenado. En esta piedra de toque es en la que hay que contrastar
la comprensión y el reconocimiento real del marxismo. Y
no tiene nada de sorprendente que cuando la historia de Europa
ha colocado prácticamente a la clase obrera ante esta cuestión,
no sólo todos los oportunistas y reformistas, sino también
todos los "kautskianos" (gentes que vacilan entre el
reformismo y el marxismo) hayan resultado ser miserables filisteos
y demócratas pequeñoburgueses, que niegan la dictadura
del proletariado. El folleto de Kautsky "La dictadura del
proletariado", publicado en agosto de 1918, es decir, mucho
después de aparecer la primera edición del presente
libro, es un modelo de tergiversación filistea del marxismo,
del que de hecho se reniega ignominiosamente, aunque se le acate
hipócritamente de palabra. (Véase mi folleto "La
revolución proletaria y el renegado Kautsky", Petrogrado
y Moscú, 1918.)
El oportunismo de nuestros días, personificado por su principal
representante, el ex-marxista C. Kautsky, cae de lleno dentro
de la característica de la posición burguesa que
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traza Marx y que hemos citado, pues este oportunismo circunscribe
el terreno del reconocimiento de la lucha de clases al terreno
de las relaciones burguesas. (¡Y dentro de este terreno,
dentro de este marco, ningún liberal culto se negaría
a reconocer, "en principio", la lucha de clases!) El
oportunismo no extiende el reconocimiento de la lucha de clases
precisamente a lo más fundamental, al período de
transición del capitalismo al comunismo, al período
de derrocamiento de la burguesía y de completa destrucción
de ésta. En realidad, este período es inevitablemente
un período de lucha de clases de un encarnizamiento sin
precedentes, en que ésta reviste formas agudas nunca vistas,
y, por consiguiente, el Estado de este período debe ser
inevitablemente un Estado democrático de una manera nueva
(para los proletarios y los desposeídos en general) y dictatorial
de una manera nueva (contra la burguesía).
Además, la esencia de la teoría de Marx sobre el
Estado sólo la ha asimilado quien haya comprendido que
la dictadura de una clase es necesaria, no sólo para toda
sociedad de clases en general, no sólo para el proletariado
después de derrocar a la burguesía, sino también
para todo el período histórico que separa al capitalismo
de la "sociedad sin clases", del comunismo. Las formas
de los Estados burgueses son extraordinariamente diversas, pero
su esencia es la misma: todos esos Estados son, bajo una forma
o bajo otra, pero, en último resultado, necesariamente,
una dictadura de la burguesía. La transición del
capitalismo al comunismo no puede, naturalmente, por menos de
proporcionar una enorme abundancia y diversidad de formas políticas,
pero la esencia de todas ellas será, necesariamente, una:
la dictadura del proletariado.
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