Viene
3. UNA CARTA A BEBEL
Uno de los pasajes más notables, si no el más notable
de las obras de Marx y Engels respecto a la cuestión del
Estado, es el siguiente, de una carta de Engels a Bebel de 18-28
de marzo de 1875. Carta que -- dicho entre paréntesis --
fue publicada por vez primera, que nosotros sepamos, por Bebel
en el segundo tomo de sus memorias ("De mi vida"), que
vieron la luz en 1911, es decir, 36 años después
de escrita y enviada aquella carta.
Engels escribió a Bebel criticando aquel mismo proyecto
de programa de Gotha, que Marx criticó en su célebre
carta a Bracke. Y, por lo que se refiere especialmente a la cuestión
del Estado, le decía lo siguiente:
"El Estado popular libre se ha convertido en el Estado libre.
Gramaticalmente hablando, un Estado libre es un Estado que es
libre respecto a sus ciudadanos, es decir, un Estado con un gobierno
despótico. Habría que abandonar toda esa charlatanería
acerca del Estado, sobre todo después de la Comuna, que
no era ya un Estado en el verdadero sentido de la palabra. Los
anarquistas nos han echado en cara más de la cuenta eso
del 'Estado popular', a pesar de que ya la obra de Marx contra
Proudhon y luego el 'Manifiesto Comunista' dicen expresa-
pág. 79
mente que, con la implantación del régimen social
socialista, el Estado se disolverá por sí mismo
[sich auflöst ] y desaparecerá. Siendo el Estado una
institución meramente transitoria, que se utiliza en la
lucha, en la revolución, para someter por la violencia
a sus adversarios, es un absurdo hablar de un Estado libre del
pueblo: mientras el proletariado necesite todavía del Estado,
no lo necesitará en interés de la libertad, sino
para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse
de libertad, el Estado como tal dejará de existir. Por
eso nosotros propondríamos decir siempre, en vez de la
palabra Estado, la palabra 'Comunidad' [Gemeinwesen ], una buena
y antigua palabra alemana que equivale a la palabra francesa 'Commune'"
(pág. 322 del texto alemán).
Hay que tener en cuenta que esta carta se refiere al programa
del Partido, criticado por Marx en una carta escrita solamente
varias semanas después de aquélla (carta de Marx
de 5 de mayo de 1875), y que Engels vivía por aquel entonces
en Londres, con Marx. Por eso, al decir en las últimas
líneas de la carta "nosotros", Engels, indudablemente,
en su nombre y en el de Marx propone al jefe del Partido obrero
alemán borrar del programa la palabra "Estado"
y sustituirla por la palabra "Comunidad ".
¡Qué bramidos sobre "anarquismo" lanzarían
los cabecillas del "marxismo" de hoy, un "marxismo"
falsificado para uso de oportunistas, si se les propusiese semejante
corrección en su programa!
Que bramen cuanto quieran. La burguesía les elogiará
por ello.
Pero nosotros continuaremos nuestra obra. Cuando revisemos el
programa de nuestro Partido, deberemos tomar en
pág. 80
consideración, sin falta, el consejo de Engels y Marx,
para acercarnos más a la verdad, para restaurar el marxismo,
purificándolo de tergiversaciones, para orientar más
certeramente la lucha de la clase obrera por su liberación.
Entre los bolcheviques no habrá, probablemente, quien se
oponga al consejo de Engels y Marx. La dificultad estará
solamente, si acaso, en el término. En alemán, hay
dos palabras para expresar la idea de "comunidad", de
las cuales Engels eligió la que no indica una comunidad
por separado, sino el conjunto de ellas, el sistema de comunas.
En ruso, no existe una palabra semejante, y tal vez tendremos
que emplear la palabra francesa "commune", aunque esto
tenga también sus inconvenientes.
"La Comuna no era ya un Estado en el verdadero sentido de
la palabra": he aquí la afirmación más
importante de Engels, desde el punto de vista teórico.
Después de lo que dejamos expuesto más arriba, esta
afirmación es absolutamente lógica. La Comuna había
dejado de ser un Estado, toda vez que su papel no era reprimir
a la mayoría de la población, sino a la minoría
(a los explotadores); había roto la máquina del
Estado burgués; en vez de una fuerza especial para la represión,
entró en escena la población misma. Todo esto era
renunciar al Estado en su sentido estricto. Y si la Comuna se
hubiera consolidado, habrían ido "extinguiéndose"
en ella por sí mismas las huellas del Estado, no habría
sido necesario "suprimir" sus instituciones: éstas
habrían dejado de funcionar a medida que no tuviesen nada
que hacer.
"Los anarquistas nos han echado en cara más de la
cuenta eso del 'Estado popular'". Al decir esto, Engels se
refiere, principalmente, a Bakunin y a sus ataques contra los
socialdemócratas alemanes. Engels reconoce que estos ataques
pág. 81
son justos en tanto en cuanto el "Estado popular" es
un absurdo y un concepto tan divergente del socialismo como lo
es el "Estado popular libre". Engels se esfuerza en
corregir la lucha de los socialdemócratas alemanes contra
los anarquistas, en hacer de esta lucha una lucha ajustada a los
principios, en depurar esta lucha de los prejuicios oportunistas
relativos al "Estado". ¡Trabajo perdido! La carta
de Engels se pasó 36 años en el fondo de un cajón.
Y más abajo veremos que, aun después de publicada
esta carta, Kautsky sigue repitiendo tenazmente, en el fondo,
los mismos errores contra los que precavía Engels.
Bebel contestó a Engels el 21 de septiembre de 1875, en
una carta en la que escribía, entre otras cosas, que estaba
"completamente de acuerdo" con sus juicios acerca del
proyecto de programa y que había reprochado a Liebknecht
su transigencia (pág. 334 de la edición alemana
de las memorias de Bebel, tomo II). Pero si abrimos el folleto
de Bebel titulado "Nuestros objetivos", nos encontramos
en él con consideraciones absolutamente falsas acerca del
Estado:
"El Estado debe convertirse de un Estado basado en la dominación
de clase en un Estado popular " ("Nuestros objetivos",
edición alemana de 1886, pág. 14).
¡Así aparece impreso en la novena (¡novena!)
edición del folleto de Bebel! No es de extrañar
que esta repetición tan obstinada de los juicios oportunistas
sobre el Estado haya sido asimilada por la socialdemocracia alemana,
sobre todo cuando las explicaciones revolucionarias de Engels
se mantenían ocultas y las circunstancias todas de la vida
diaria la habían "desacostumbrado" para mucho
tiempo de la acción revolucionaria.
pág. 82
4. CRITICA DEL PROYECIO DEL PROGRAMA
DE ERFURT
La crítica del proyecto del programa de Erfurt[6], enviada
por Engels a Kautsky el 29 de junio de 1891 y publicada sólo
después de pasados diez años en la revista "Neue
Zeit", no puede pasarse por alto en un análisis de
la doctrina del marxismo sobre el Estado, pues este documento
se consagra de modo principal a criticar precisamente las concepciones
oportunistas de la socialdemocracia en la cuestión de la
organización del Estado.
Señalaremos de paso que Engels hace también, en
punto a los problemas económicos, una indicación
importantísima, que demuestra cuán atentamente y
con qué profundidad seguía los cambios que se iban
produciendo en el capitalismo moderno y cómo ello le permitía
prever hasta cierto punto las tareas de nuestra época,
de la época imperialista. He aquí la indicación
a que nos referimos: a propósito de las palabras "falta
de planificación" (Planlosigkeit ), empleadas en el
proyecto de programa para caracterizar al capitalismo, Engels
escribe:
"Si pasamos de las sociedades anónimas a los trusts,
que dominan y monopolizan ramas industriales enteras, vemos que
aquí terminan no sólo la producción privada,
sino también la falta de planificación" ("Neue
Zeit", año 20, t. I, 1901-1902, pág. 8).
En estas palabras se destaca lo más fundamental en la valoración
teórica del capitalismo moderno, es decir, del imperialismo,
a saber: que el capitalismo se convierte en un capitalismo monopolista.
Conviene subrayar esto, pues el error más generalizado
está en la afirmación reformista-burguesa de que
el capitalismo monopolista o monopolista de
pág. 83
Estado no es ya capitalismo, puede llamarse ya "socialismo
de Estado", y otras cosas por el estilo. Naturalmente, los
trusts no entrañan, no han entrañado hasta hoy ni
pueden entrañar una completa sujeción a planes.
Pero en tanto trazan planes, en tanto los magnates del capital
calculan de antemano el volumen de la producción en un
plano nacional o incluso en un plano internacional, en tanto regulan
la producción con arreglo a planes, seguimos moviéndonos,
a pesar de todo, dentro del capitalismo, aunque en una nueva fase
suya, pero que no deja, indudablemente, de ser capitalismo. La
"proximidad" de tal capitalismo al socialismo debe ser,
para los verdaderos representantes del proletariado, un argumento
a favor de la cercanía, de la facilidad, de la viabilidad
y de la urgencia de la revolución socialista, pero no,
en modo alguno, un argumento para mantener una actitud de tolerancia
ante los que niegan esta revolución y ante los que encubren
las lacras del capitalismo, como hacen todos los reformistas.
Pero volvamos a la cuestión del Estado. De tres clases
son las indicaciones especialmente valiosas que hace aquí
Engels: en primer lugar, las que se refieren a la cuestión
de la República; en segundo lugar, las que afectan a las
relaciones entre la cuestión nacional y la estructura del
Estado; en tercer lugar, las que se refieren al régimen
de autonomía local.
Por lo que se refiere a la República, Engels hacía
de esto el centro de gravedad de su crítica del proyecto
del programa de Erfurt. Y, si tenemos en cuenta la significación
adquirida por el programa de Erfurt en toda la socialdemocracia
internacional y cómo este programa se convirtió
en modelo para toda la II Internacional, podremos decir sin exageración
que
pág. 84
Engels critica aquí el oportunismo de toda la II Internacional.
"Las reivindicaciones políticas del proyecto -- escribe
Engels -- adolecen de un gran defecto. No se contiene en él
[subrayado por Engels] lo que en realidad se debía haber
dicho".
Y más adelante se aclara que la Constitución alemana
está, en rigor, calcada sobre la Constitución más
reaccionaria de 18so; que el Reichstag no es, según la
expresión de Guillermo Liebknecht, más que la "hoja
de parra del absolutismo", y que el pretender llevar a cabo
la "transformación de todos los instrumentos de trabajo
en propiedad común" a base de una Constitución
en la que son legalizados los pequeños Estados y la federación
de los pequeños Estados alemanes, es un "absurdo evidente".
"Tocar esto es peligroso", añade Engels, que
sabe perfectamente que en Alemania no se puede incluir legalmente
en el programa la reivindicación de la República.
No obstante, Engels no se contenta sencillamente con esta evidente
consideración, que satisface a "todos". Engels
prosigue: "Y, sin embargo, no hay más remedio que
abordar la cosa de un modo o de otro. Hasta qué punto es
esto necesario, lo demuestra el oportunismo, que está difundiéndose
[einreissende ] precisamente ahora en una gran parte de la prensa
socialdemócrata. Por miedo a que se renueve la ley contra
los socialistas, o por el recuerdo de diversas manifestaciones
hechas prematuramente bajo el imperio de aquella ley, se quiere
que el Partido reconozca ahora que el orden legal vigente en Alemania
es suficiente para realizar todas las reivindicaciones de aquél
por la vía pacífica. . ."
pág. 85
Engels destaca en primer plano el hecho fundamental de que los
socialdemócratas alemanes obraban por miedo a que se renovase
la ley de excepción, y califica esto, sin rodeos, de oportunismo,
declarando como completamente absurdos los sueños acerca
de una vía "pacífica", precisamente por
no existir en Alemania ni República ni libertades. Engels
es lo bastante cauto para no atarse las manos. Reconoce que en
países con República o con una gran libertad "cabe
imaginarse" (¡solamente "imaginarse"!) un
desarrollo pacífico hacia el socialismo, pero en Alemania,
repite:
". . . En Alemania, donde el gobierno es casi omnipotente
y el Reichstag y todas las demás instituciones representativas
carecen de poder efectivo, el proclamar en Alemania algo semejante,
y además sin necesidad alguna, significa quitarle al absolutismo
la hoja de parra y colocarse uno mismo a cubrir la desnudez ajena.
. ."
Y, en efecto, la inmensa mayoría de los jefes oficiales
del Partido Socialdemócrata alemán, partido que
"archivó" estas indicaciones, resultaron ser
encubridores del absolutismo.
". . . Semejante política sólo sirve para poner
en el camino falso al propio partido. Se hace pasar a primer plano
las cuestiones políticas generales, abstractas, y de este
modo se oculta las cuestiones concretas más inmediatas,
aquellas que se ponen por sí mismas al orden del día
al surgir los primeros grandes acontecimientos, en la primera
crisis política. Y lo único que con esto se consigue
es que, al llegar el momento decisivo, el partido se sienta de
pronto desconcertado, que reinen en él la confusión
y el desacuerdo acerca de las cuestiones decisivas, por no haber
discutido nunca estas cuestiones. . .
pág. 86
Este olvido en que se dejan las grandes, las fundamentales consideraciones
en aras de los intereses momentáneos del día, esto
de perseguir éxitos pasajeros y de luchar por ellos sin
fijarse en las consecuencias ulteriores, esto de sacrificar el
porvenir del movimiento por su presente, podrá hacerse
por motivos 'honrados', pero es y seguirá siendo oportunismo,
y el oportunismo 'honrado' es quizá el más peligroso
de todos. . .
Si hay algo indudable es que nuestro partido y la clase obrera
sólo pueden llegar al Poder bajo la forma política
de la República democrática. Esta es, incluso, la
forma específica para la dictadura del proletariado, como
lo ha puesto ya de relieve la gran Revolución francesa.
. ."
Engels repite aquí, en una forma especialmente plástica,
aquella idea fundamental que va como hilo de engarce a través
de todas las obras de Marx, a saber: que la República democrática
es el acceso más próximo a la dictadura del proletariado.
Pues esta República, que no suprime ni mucho menos la dominación
del capital ni, consiguientemente, la opresión de las masas
ni la lucha de clases, lleva inevitablemente a un ensanchamiento,
a un despliegue, a una patentización y a una agudización
tales de esta lucha, que, tan pronto como surge la posibilidad
de satisfacer los intereses vitales de las masas oprimidas, esta
posibilidad se realiza, inevitable y exclusivamente, en la dictadura
del proletariado, en la dirección de estas masas por el
proletariado. Para toda la II Internacional, éstas son
también "palabras olvidadas" del marxismo, y
este olvido se reveló de un modo extraordinariamente nítido
en la historia del partido
pág. 87
menchevique durante el primer medio año de la revolución
rusa de 1917.
Respecto a la cuestión de la República federativa,
en conexión con la composición nacional de la población
escribía Engels:
"¿Qué es lo que debe ocupar el puesto de la
actual Alemania?" [con su Constitución monárquico-reaccionaria
y su sistema igualmente reaccionario de subdivisión en
pequeños Estados, que eterniza la particularicdad del "prusianismo",
en vez de disolverla en una Alemania formando un todo]. "A
mi juicio, el proletariado sólo puede emplear la forma
de la República única e indivisible. La República
federativa es todavía hoy, en conjunto, una necesidad en
el territorio gigantesco de los Estados Unidos, si bien en las
regiones del Este se ha convertido ya en un obstáculo.
Representaría un progreso en Inglaterra, donde cuatro naciones
pueblan las dos islas y donde, a pesar de no haber más
que un parlamento, coexisten tres sistemas de legislación.
En la pequeña Suiza, se ha convertido ya desde hace largo
tiempo en un obstáculo, y si allí se puede todavía
tolerar la República federativa, es debido únicamente
a que Suiza se contenta con ser un miembro puramente pasivo en
el sistema de los Estados europeos. Para Alemania, un régimen
federalista al modo del de Suiza significaría un enorme
retroceso. Hay dos puntos que distinguen a un Estado federal de
un Estado unitario, a saber: que cada Estado que forma parte de
la unión tiene su propia legislación civil y criminal
y su propia organización judicial, y que además
de cada parlamento particular existe una Cámara federal
en la que vota como tal cada cantón, sea grande o pequeño".
En Alemania, el
pág. 88
Estado federal es el tránsito hacia un Estado completamente
unitario, y la "revolución desde arriba" de 1866
y 1870 no debe ser revocada, sino completada mediante un "movimiento
desde abajo".
Engels no sólo no revela indiferencia en cuanto a la cuestión
de las formas de Estado, sino que, por el contrario, se esfuerza
en analizar con escrupulosidad extraordinaria precisamente las
formas de transición, para determinar, con arreglo a las
particularidades históricas concretas de cada caso, de
qué y hacia qué es transición la forma transitoria
de que se trata.
Engels, como Marx, defiende, desde el punto de vista del proletariado
y de la revolución proletaria, el centralismo democrático,
la República única e indivisible. Considera la República
federativa, bien como excepción y como obstáculo
para el desarrollo, bien como transición de la monarquía
a la República centralista, como un "progreso",
en determinadas circunstancias especiales. Y entre estas circunstancias
especiales se destaca la cuestión nacional.
En Engels como en Marx, a pesar de su crítica implacable
del carácter reaccionario de los pequeños Estados
y del encubrimiento de este carácter reaccionario por la
cuestión nacional en determinados casos concretos, no se
encuentra en ninguna de sus obras ni rastro de tendencia a eludir
la cuestión nacional, tendencia de que suelen pecar frecuentemente
los marxistas holandeses y polacos al partir de la lucha legítima
contra el nacionalismo filisteamente estrecho de "sus"
pequeños Estados.
Hasta en Inglaterra, donde las condiciones geográficas,
la comunidad de idioma y la historia de muchos siglos parece que
debían haber "liquidado" la cuestión nacional
en las
pág. 89
distintas pequeñas divisiones territoriales del país;
incluso aquí tiene en cuenta Engels el hecho claro de que
la cuestión nacional no ha sido superada aún, razón
por la cual reconoce que la República federativa representa
"un progreso". Se sobreentiende que en esto no hay ni
rastro de renuncia a la crítica de los defectos de la República
federativa ni a la propaganda y a la lucha más decidida
en pro de la República unitaria, centralista-democrática.
Pero Engels no concibe en modo alguno el centralismo democrático
en el sentido burocrático con que emplean este concepto
los ideólogos burgueses y pequeñoburgueses, incluyendo
entre éstos a los anarquistas. Para Engels, el centralismo
no excluye, ni mucho menos, esa amplia autonomía local
que, en la defensa voluntaria de la unidad del Estado por las
"comunas" y las regiones, elimina en absoluto todo burocratismo
y toda manía de "ordenar" desde arriba.
"Así, pues, República unitaria -- escribe Engels,
desarrollando las ideas programáticas del marxismo sobre
el Estado --, pero no en el sentido de la República francesa
actual, que no es más que el imperio sin emperador fundado
en 1798. De 1792 a 1798, todo departamento francés, toda
comuna [Gemeinde ] poseía completa autonomía, según
el modelo norteamericano, y eso es lo que debemos tener también
nosotros. Norteamérica y la primera República francesa
nos demostraron, y hoy Canadá, Australia y otras colonias
inglesas nos lo demuestran aún, cómo hay que organizar
la autonomía y cómo se puede prescindir de la burocracia.
Y esta autonomía provincial y municipal es mucho más
libre que, por ejemplo, el federalismo suizo, donde el cantón
goza, ciertamente, de gran independencia respecto
pág. 90
a la federación [es decir, respecto al Estado federativo
en conjunto], pero también respecto al distrito y al municipio.
Los gobiernos cantonales nombran jefes de policía de distrito
y prefectos, cosa absolutamente desconocida en los países
de habla inglesa y a lo que en el futuro también nosotros
debemos oponernos decididamente, así como a los consejeros
provinciales y gubernamentales prusianos" [los comisarios,
los jefes de policía, los gobernadores, y en general, todos
los funcionarios nombrados desde arriba].
De acuerdo con esto, Engels propone que el punto del programa
sobre la autonomía se formule del modo siguiente:
"Completa autonomía para la provincia, distrito y
municipio con funcionarios elegidos por sufragio universal. Supresión
de todas las autoridades locales y provinciales nombradas por
el Estado".
En "Pravda", suspendida por el gobierno de Kerenski
y otros ministros "socialistas" (núm. 68, del
28 de mayo de 1917)[7], hube de señalar ya cómo,
en este punto -- bien entendido que no es, ni mucho menos, solamente
en éste --, nuestros representantes seudosocialistas de
una seudodemocracia seudorrevolucionaria se han desviado escandalosamente
del democratismo. Se comprende que hombres que se han vinculado
por una "coalición" a la burguesía imperialista
hayan permanecido sordos a estas indicaciones.
Es sobremanera importante señalar que Engels, con hechos
a la vista, basándose en los ejemplos más precisos,
refuta el prejuicio extraordinariamente extendido, sobre todo
en la democracia pequeñoburguesa, de que la República
federativa implica incuestionablemente mayor libertad que la República
pág. 91
centralista. Esto es falso. Los hechos citados por Engels con
referencia a la República centralista francesa de 1792
a 1798 y a la República federativa suiza desmienten este
prejuicio. La República centralista realmente democrática
dio mayor libertad que la República federativa. O dicho
en otros términos: la mayor libertad local, provincial,
etc., que se conoce en la historia la ha dado la República
centralista y no la República federativa.
Nuestra propaganda y agitación de partido no ha consagrado
ni consagra suficiente atención a este hecho, ni en general
a toda la cuestión de la República federativa y
centralista y a la de la autonomía local.
5. PROLOGO DE 1891 A "LA GUERRA
CIVIL" DE MARX
En el prólogo a la tercera edición de "La guerra
civil en Francia" -- este prólogo lleva la fecha de
18 de marzo de 1891 y fue publicado por vez primera en la revista
"Neue Zeit" --, Engels, a la par que hace de paso algunas
interesantes observaciones acerca de cuestiones relacionadas con
la actitud hacia el Estado, traza, con notable relieve, un resumen
de las enseñanzas de la Comuna[8]. Este resumen, enriquecido
por toda la experiencia del período de veinte años
que separaba a su autor de la Comuna y dirigido especialmente
contra la "fe supersticiosa en el Estado", tan difundida
en Alemania, puede ser llamado con justicia la última palabra
del marxismo respecto a la cuestión que estamos examinando.
"En Francia -- señala Engels --, los obreros, después
de cada revolución, estaban armados"; "por eso
el desarme de los obreros era el primer mandamiento de los burgueses
pág. 92
que se hallaban al frente del Estado. De aquí el que, después
de cada revolución ganada por los obreros, se llevara a
cabo una nueva lucha que acababa con la derrota de estos. . ."
El balance de la experiencia de las revoluciones burguesas es
tan corto como expresivo. El quid de la cuestión entre
otras cosas también en lo que afecta a la cuestión
del Estado (¿t i e n e l a c l a s e o p r i m i d a a
r m a s? ), aparece enfocado aquí de un modo admirable.
Este quid de la cuestión es precisamente el que eluden
con mayor frecuencia lo mismo los profesores influidos por la
ideología burguesa que los demócratas pequeñoburgueses.
En la revolución rusa de 1917, correspondió al "menchevique"
y "también marxista" Tsereteli el honor (un honor
a lo Cavaignac) de descubrir este secreto de las revoluciones
burguesas. En su discurso "histórico" del 11
de junio, a Tsereteli se le escapó el secreto de la decisión
de la burguesía de desarmar a los obreros de Petrogrado,
presentando, naturalmente, esta decisión ¡como suya
y como necesidad "del Estado" en general!
El histórico discurso de Tsereteli del 11 de junio será,
naturalmente, para todo historiador de la revolución de
1917, una de las pruebas más palpables de cómo el
bloque de socialrevolucionarios y mencheviques, acaudillado por
el señor Tsereteli, se pasó al lado de la burguesía
contra el proletariado revolucionario.
Otra de las observaciones incidentales de Engels, relacionada
también con la cuestión del Estado, se refiere a
la religión. Es sabido que la socialdemocracia alemana,
a medida que se hundía en la charca, haciéndose
más y más oportunista, derivaba cada vez con mayor
frecuencia a una torcida interpretación filistea de la
célebre fórmula que
pág. 93
declara la religión "asunto de incumbencia privada".
En efecto, esta fórmula se interpretaba como si la cuestión
de la religión fuese un asunto de incumbencia privada ¡¡también
para el Partido del proletariado revolucionario!! Contra esta
traición completa al programa revolucionario del proletariado
se levantó Engels, que en 1891 sólo podía
observar los gérmenes más tenues de oportunismo
en su Partido, y que, por tanto, se expresaba con la mayor cautela:
"Como los miembros de la Comuna eran todos, casi sin excepción,
obreros o representantes reconocidos de los obreros, sus acuerdos
se distinguían por un carácter marcadamente proletario.
Una parte de sus decretos eran reformas que la burguesía
republicana no se había atrevido a implantar por vil cobardía
y que echaban los cimientos indispensables para la libre acción
de la clase obrera, como, por ejemplo, la implantación
del principio de que, con respecto al Estado, la religión
es un asunto de incumbencia puramente privada; otros iban encaminados
a salvaguardar directamente los intereses de la clase obrera,
y en parte socavaban profundamente el viejo orden social. . ."
Engels subraya intencionadamente las palabras "con respecto
al Estado", asestando con ello un golpe certero al oportunismo
alemán, que declaraba la religión un asunto de incumbencia
privada con respecto al Partido y con ello rebajaba el Partido
del proletariado revolucionario al nivel del más vulgar
filisteísmo "librepensador", dispuesto a tolerar
el aconfesionalismo, pero que renuncia a la tarea del Partido
de luchar contra el opio religioso que embrutece al pueblo.
El futuro historiador de la socialdemocracia alemana, al investigar
las raíces de su vergonzosa bancarrota en 1914,
pág. 94
encontrará no pocos materiales interesantes sobre esta
cuestión, comenzando por las evasivas declaraciones que
se contienen en los artículos del jefe ideológico
del Partido, Kautsky, en las que se abre de par en par las puertas
al oportunismo, y acabando por la actitud del Partido ante el
"Los-von-der-Kirche-Bewegung" (movimiento en pro de
la separación de los particulares de la Iglesia), en 1913.
Pero volvamos a cómo Engels, veinte años después
de la Comuna, resumió sus enseñanzas para el proletariado
militante.
He aquí las enseñanzas que Engels destaca en primer
plano:
". . . Precisamente la fuerza opresora del antiguo gobierno
centralista: el ejército, la policía política
y la burocracia, que Napoleón había creado en 1798
y que desde entonces había sido heredada por todos los
nuevos gobiernos como un instrumento grato, empleándolo
contra sus enemigos; precisamente esta fuerza debía ser
derrumbada en toda Francia, como había sido derrumbada
ya en París.
La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase
obrera, al llegar al Poder, no puede seguir gobernando con la
vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo
su dominación recién conquistada, la clase obrera
tiene, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva
utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte, precaverse
contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos
a todos, sin excepción revocables en cualquier momento.
. ."
Engels subraya una y otra vez que no sólo bajo la monarquía,
sino también bajo la República democrática,
el Estado
pág. 95
sigue siendo Estado, es decir, conserva su rasgo característico
fundamental: convertir a sus funcionarios, "servidores de
la sociedad", órganos de ella, en señores situados
por encima de ella.
". . . Contra esta transformación del Estado y de
los órganos del Estado de servidores de la sociedad en
señores situados por encima de la sociedad, transformación
inevitable en todos los Estados anteriores, empleó la Comuna
dos remedios infalibles. En primer lugar, cubrió todos
los cargos administrativos, judiciales y de enseñanza por
elección, mediante sufragio universal, concediendo a los
electores el derecho a revocar en todo momento a sus elegidos.
En segundo lugar, todos los funcionarios, altos y bajos, sólo
estaban retribuidos como los demás obreros. El sueldo máximo
abonado por la Comuna no excedía de 6.000 francos*. Con
este sistema se ponía una barrera eficaz al arribismo y
la caza de cargos, y esto aun sin contar los mandatos imperativos
que introdujo la Comuna para los diputados a los organismos representativos.
. ."
Engels llega aquí a este interesante límite en que
la democracia consecuente se transforma, de una parte, en socialismo
y, de otra parte, reclama el socialismo, pues para destruir el
Estado es necesario transformar las funciones de la administración
del Estado en operaciones de control y registro tan sencillas,
que sean accesibles a la inmensa mayoría de
* Lo que equivale nominalmente a unos 2.400 rublos y a unos 6.000
rublos según el curso actual. Es completamente imperdonable
la actitud de aquellos bolcheviques que proponen, por ejemplo,
retribuciones de 9.000 rublos en los ayuntamientos urbanos, no
proponiendo establecer una retribución máxima de
6.000 rublos (cantidad suficiente) para todo el Estado.
pág. 96
la población, primero, y a toda la población, sin
distinción, después. Y la supresión completa
del arribismo exige que los cargos "honoríficos"
del Estado, aunque sean sin ingresos, n o puedan servir de trampolín
para pasar a puestos altamente retribuidos en los Bancos y en
las sociedades anónimas, como ocurre constantemente hoy
hasta en los países capitalistas más libres.
Pero Engels no incurre en el error en que incurren, por ejemplo,
algunos marxistas en lo tocante a la cuestión del derecho
de las naciones a la autodeterminación, creyendo que bajo
el capitalismo este derecho es imposible, y, bajo el socialismo,
superfluo. Semejante argumentación, que quiere pasar por
ingeniosa, pero que en realidad es falsa, podría repetirse
a propósito de cualquier institución democrática,
y a propósito también de los sueldos modestos de
los funcionarios, pues un democratismo llevado hasta sus últimas
consecuencias es imposible bajo el capitalismo, y, bajo el socialismo,
toda democracia se extingue.
Esto es un sofisma parecido a aquel viejo chiste de si una persona
comienza a quedarse calva cuando se le cae un pelo.
El desarrollo de la democracia hasta sus últimas consecuencias,
la indagación de las formas de este desarrollo, su comprobación
en la práctica, etc.: todo esto forma parte integrante
de las tareas de la lucha por la revolución social. Por
separado, ningún democratismo da como resultante el socialismo,
pero, en la práctica, el democratismo no se toma nunca
"por separado", sino que se toma siempre "en bloque",
influyendo también sobre la economía, acelerando
su transformación y cayendo él mismo bajo la influencia
del desarrollo económico, etc. Tal es la dialéctica
de la historia viva
pág. 97
Engels prosigue:
". . . En el capítulo tercero de 'La guerra civil'
se describe con todo detalle esta labor encaminada a hacer saltar
[Sprengung ] el viejo Poder estatal y sustituirlo por otro nuevo
realmente democrático. Sin embargo, era necesario detenerse
a examinar aquí brevemente algunos de los rasgos de esta
sustitución, por ser precisamente en Alemania donde la
fe supersticiosa en el Estado se ha trasplantado del campo filosófico
a la conciencia general de la burguesía e incluso a la
de muchos obreros Según la concepción filosófica,
el Estado es la 'realización de la idea', o sea, traducido
al lenguaje filosófico, el reino de Dios sobre la tierra,
el campo en que se hacen o deben hacerse realidad la eterna verdad
y la eterna justicia. De aquí nace una veneración
supersticiosa del Estado y de todo lo que con él se relaciona,
veneración supersticiosa que va arraigando en las conciencias
con tanta mayor facilidad cuanto que la gente se acostumbra ya
desde la infancia a pensar que los asuntos e intereses comunes
a toda la sociedad no pueden gestionarse ni salvaguardarse de
otro modo que como se ha venido haciendo hasta aquí, es
decir, por medio del Estado y de sus funcionarios retribuidos
con buenos puestos. Y se cree haber dado un paso enormemente audaz
con librarse de la fe en la monarquía hereditaria y entusiasmarse
por la República democrática. En realidad, el Estado
no es más que una máquina para la opresión
de una clase por otra, lo mismo en la República democrática
que bajo la monarquía; y en el mejor de los casos, un mal
que se transmite hereditariamente al proletariado que haya triunfado
en su lucha por la dominación de clase. El proletariado
victo-
pág. 98
rioso, lo mismo que lo hizo la Comuna, no podrá por menos
de amputar inmediatamente los lados peores de este mal, entretanto
que una generación futura, educada en condiciones sociales
nuevas y libres, pueda deshacerse de todo ese trasto viejo del
Estado".
Engels prevenía a los alemanes para que, en caso de sustitución
de la monarquía por la República, no olvidasen los
fundamentos del socialismo sobre la cuestión del Estado
en general. Hoy, sus advertencias parecen una lección directa
a los señores Tsereteli y Chernov, que en su práctica
"coalicionista" ¡revelan una fe supersticiosa
en el Estado y una veneración supersticiosa por él!
Dos observaciones más. 1) Si Engels dice que bajo la República
democrática el Estado sigue siendo, "lo mismo"
que bajo la monarquía, "una máquina para la
opresión de una clase por otra", esto no significa,
en modo alguno, que la forma de opresión sea indiferente
para el proletariado, como "enseñan" algunos
anarquistas. Una forma de lucha de clases y de opresión
de clase más amplia, más libre, más abierta
facilita en proporciones gigantescas la misión del proletariado
en la lucha por la destrucción de las clases en general.
2) La cuestión de por qué solamente una nueva generación
estará en condiciones de deshacerse en absoluto de todo
este trasto viejo del Estado, es una cuestión relacionada
con la superación de la democracia, que pasamos a examinar.
6. ENGELS, SOBRE LA SUPERACION DE LA
DEMOCRACIA
Engels se expresó acerca de esto en relación con
la cuestión de la inexactitud científica de la denominación
de "socialdemócrata".
pág. 99
En el prólogo a la edición de sus artículos
de la década de 1870 sobre diversos temas, predominantemente
de carácter "internacional" [Internationales
aus dem Volksstaat ][9], prólogo fechado el 3 de enero
de 1894, es decir, escrito año y medio antes de morir Engels,
éste escribía que en todos los artículos
se emplea la palabra "comunista" y no la de "socialdemócrata",
pues por aquel entonces socialdemócratas se llamaban los
proudhonistas en Francia y los lassalleanos en Alemania.
". . . Para Marx y para mí -- prosigue Engels -- era,
por tanto, sencillamente imposible emplear, para denominar nuestro
punto de vista especial, una expresión tan elástica.
En la actualidad, la cosa se presenta de otro modo, y esta palabra
['socialdemócrata'] puede, tal vez, pasar [mag passieren
], aunque sigue siendo inadecuada [unpassend ] para un partido
cuyo programa económico no es un simple programa socialista
en general, sino un programa directamente comunista, y cuya meta
política final es la superación total del Estado
y, por consiguiente, también de la democracia. Pero los
nombres de los verdaderos [subrayado por Engels] partidos políticos
nunca son absolutamente adecuados; el partido se desarrolla y
el nombre queda".
El dialéctico Engels, en el ocaso de su existencia, sigue
siendo fiel a la dialéctica. Marx y yo -- nos dice -- teníamos
un hermoso nombre, un nombre científicamente exacto, para
el partido, pero no teníamos un verdadero partido, es decir,
un Partido proletario de masas. Hoy (a fines del siglo XIX), existe
un verdadero partido, pero su nombre es científicamente
inexacto. No importa, "puede pasar": ¡lo importante
es que el Partido se desarrolle, lo que importa es que el
pág. 100
Partido no desconozca la inexactitud científica de su nombre
y que éste no le impida desarrollarse en la dirección
certera!
Tal vez haya algún bromista que quiera consolarnos también
a nosotros, los bolcheviques, a la manera de Engels: nosotros
tenemos un verdadero partido, que se desarrolla excelentemente;
puede "pasar", por tanto, también una palabra
tan sin sentido, tan monstruosa, como la palabra "bolchevique",
que no expresa absolutamente nada, fuera de la circunstancia puramente
accidental de que en el Congreso de Bruselas-Londres de 1903 tuvimos
nosotros la mayoría . . . Tal vez hoy, en que las persecuciones
de julio y de agosto contra nuestro Partido por parte de los republicanos
y de la filistea democracia "revolucionaria" han rodeado
la palabra "bolchevique" de honor ante todo el pueblo,
y en que, además, esas persecuciones han marcado un progreso
tan enorme, un progreso histórico de nuestro Partido en
su desarrollo real, tal vez hoy, yo también dudaría,
en cuanto a mi propuesta de abril de cambiar el nombre de nuestro
Partido. Tal vez propondría a mis camaradas una "transacción":
llamarnos Partido Comunista y dejar entre paréntesis la
palabra bolchevique. . .
Pero la cuestión del nombre del Partido es incomparablemente
menos importante que la cuestión de la posición
del proletariado revolucionario con respecto al Estado.
En las consideraciones corrientes acerca del Estado, se comete
constantemente el error contra el que precave aquí Engels
y que nosotros hemos señalado de paso en nuestra anterior
exposición, a saber: se olvida constantemente que la destrucción
del Estado es también la destrucción de la democracia,
que la extinción del Estado implica la extinción
de la democracia.
pág. 101
A primera vista, esta afirmación parece extraordinariamente
extraña e incomprensible; tal vez en alguien surja incluso
el temor de si esperamos el advenimiento de una organización
social en que no se acate el principio de la subordinación
de la minoría a la mayoría, ya que la democracia
es, precisamente, el reconocimiento de este principio.
No. La democracia n o es idéntica a la subordinación
de la minoría a la mayoría. Democracia es el Estado
que reconoce la subordinación de la minoría a la
mayoría, es decir, una organización llamada a ejercer
la violencia sistemática de una clase contra otra, de una
parte de la población contra otra.
Nosotros nos proponemos como meta final la destrucción
del Estado, es decir, de toda violencia organizada y sistemática,
de toda violencia contra los hombres en general. No esperamos
el advenimiento de un orden social en el que no se acate el principio
de la subordinación de la minoría a la mayoría.
Pero, aspirando al socialismo, estamos persuadidos de que éste
se convertirá gradualmente en comunismo, y en relación
con esto desaparecerá toda necesidad de violencia sobre
los hombres en general, toda necesidad de subordinación
de unos hombres a otros, de una parte de la población a
otra, pues los hombres se habituarán a observar las reglas
elementales de la convivencia social sin violencia y sin subordinación.
Para subrayar este elemento del hábito es para lo que Engels
habla de una nueva generación que, "educada en condiciones
sociales nuevas y libres, pueda deshacerse de todo este trasto
viejo del Estado", de todo Estado, inclusive el Estado democrático-republicano.
Para explicar esto, es necesario analizar la cuestión de
las bases económicas de la extinción del Estado.
pág. 102
CAPITULO V
LAS BASES ECONOMICAS DE LA
EXTINCION DEL ESTADO
La explicación más detallada
de esta cuestión nos la da Marx en su "Crítica
del Programa de Gotha" (carta a Bracke, de 5 de mayo de 1875,
que no fue publicada hasta 1891, en la revista "Neue Zeit",
IX, 1, y de la que se publicó en ruso una edición
aparte). La parte polémica de esta notable obra, consistente
en la crítica del lassalleanismo, ha dejado en la sombra,
por decirlo así, su parte positiva, a saber: su análisis
de la conexión existente entre el desarrollo del comunismo
y la extinción del Estado.
1. PLANTEAMIENTO DE LA CUESTION POR
MARX
Comparando superficialmente la carta de Marx a Bracke, de 5 de
mayo de 1875, con la carta de Engels a Bebel, de 28 de marzo de
1875 examinada más arriba, podría parecer que Marx
es mucho más "partidario del Estado" que Engels,
y que entre las concepciones de ambos escritores acerca del Estado
media una diferencia muy considerable.
Engels aconseja a Bebel lanzar por la borda toda la charlatanería
sobre el Estado y borrar completamente del programa la palabra
Estado, sustituyéndola por la palabra "comunidad".
Engels llega incluso a declarar que la Comuna no era ya un Estado,
en el sentido estricto de la palabra. En cambio, Marx habla incluso
del "Estado futuro de la sociedad comunista", es decir,
reconoce, al parecer, la necesidad del Estado hasta bajo el comunismo.
pág. 103
Pero semejante modo de concebir sería radicalmente falso.
Examinándolo más atentamente, vemos que las concepciones
de Marx y Engels sobre el Estado y su extinción coinciden
en absoluto, y que la citada expresión de Marx se refiere
precisamente al Estado en extinción.
Es evidente que no puede hablarse de determinar el momento de
la "extinción" futura del Estado, tanto más
cuanto que se trata, como es sabido, de un proceso largo. La aparente
diferencia entre Marx y Engels se explica por la diferencia de
los temas por ellos tratados, cle las tareas por ellos perseguidas.
Engels se proponía la tarea de mostrar a Bebel de un modo
palmario y tajante, a grandes rasgos, todo el absurdo de los prejuicios
corrientes (compartidos también, en grado considerable,
por Lassalle) acerca del Estado. Marx sólo toca de paso
e s t a cuestión, interesándose por otro tema: el
desarrollo de la sociedad comunista.
Toda la teoría de Marx es la aplicación de la teoría
del desarrollo -- en su forma más consecuente, más
completa, más profunda y más rica de contenido --
al capitalismo moderno. Era natural que a Marx se le plantease,
por tanto, la cuestión de aplicar esta teoría también
a la inminente bancarrota del capitalismo y al desarrollo futuro
del comunismo futuro.
Ahora bien, ¿a base de qué datos se puede plantear
la cuestión del desarrollo futuro del comunismo futuro?
A base del hecho de que el comunismo procede del capitalismo,
se desarrolla históricamente del capitalismo, es el resultado
de la acción de una fuerza social engendrada por el capitalismo.
En Marx no encontramos ni rastro de intento de construir uarribaías,
de hacer conjeturas en el aire respecto a cosas que no es posible
conocer. Marx plantea la cuestión del comunismo como el
naturalista plantearía, por ejemplo,
pág. 104
la cuestión del desarrollo de una nueva especie biológica,
sabiendo que ha surgido de tal y tal modo y se modifica en tal
y tal dirección determinada.
Marx descarta, ante todo, la confusión que el programa
de Gotha siembra en la cuestión de las relaciones entre
el Estado y la sociedad.
"La sociedad actual -- escribe Marx -- es la sociedad capitalista,
que existe en todos los países civilizados, más
o menos libre de aditamentos medievales, más o menos modificada
por las particularidades del desarrollo histórico de cada
país, más o menos desarrollada. Por el contrario,
el 'Estado actual' cambia con las fronteras de cada país.
En el imperio prusiano-alemán es completamente distinto
que en Suiza, en Inglaterra es completamente distinto que en los
Estados Unidos. El 'Estado actual' es, por tanto, una ficción.
Sin embargo, pese a su abigarrada diversidad de formas, los diversos
Estados de los diversos países civilizados tienen todos
algo de común: que reposan sobre el terreno de la sociedad
burguesa moderna, más o menos desarrollada en el sentido
capitalista. Tienen, por tanto, ciertas características
esenciales comunes. En este sentido cabe hablar del 'Estado actual'
por oposición al del porvenir, en el que su raíz
de hoy, la sociedad burguesa, se extinguirá.
Y cabe la pregunta: ¿qué transformación sufrirá
el Estado en la sociedad comunista? Dicho en otros términos:
¿qué funciones sociales quedarán entonces
en pie, análogas a las funciones actuales del Estado? Esta
pregunta sólo puede contestarse científicamente,
y por mucho que se combine la palabra 'pueblo' con la palabra
pág. 105
'Estado', no nos acercaremos lo más mínimo a la
solución del problema. . ."
Poniendo en ridículo, como vemos, toda la charlatanería
sobre el "Estado del pueblo", Marx traza el planteamiento
del problema y en cierto modo nos advierte que, para resolverlo
científicamente, sólo se puede operar con datos
científicos sólidamente establecidos.
Y lo primero que ha sido establecido con absoluta precisión
por toda la teoría de la evolución y por toda la
ciencia en general -- y lo que olvidaron los uarribaistas y olvidan
los oportunistas de hoy, que temen a la revolución socialista
-- es el hecho de que, históricamente, tiene que haber,
sin ningún género de duda, una fase especial o una
etapa especial de transición del capitalismo al comunismo.
2. LA TRANSICION DEL CAPITALISMO
AL COMUNISMO
". . . Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista
-- prosigue Marx -- media el período de la transformación
revolucionaria de la primera en la segunda. A este período
corresponde también un período político de
transición, y el Estado de este período no puede
ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado".
Esta conclusión de Marx se basa en el análisis del
papel que el proletariado desempeña en la sociedad capitalista
actual, en los datos sobre el desarrollo de esta sociedad y en
el carácter irreconciliable de los intereses antagónicos
del proletariado y de la burguesía.
Antes, la cuestión planteábase así: para
conseguir su liberación, el proletariado debe derrocar
a la burguesía, con-
pág. 106
quistar el Poder político e instaurar su dictadura revolucionaria.
Ahora, la cuestión se plantea de un modo algo distinto:
la transición de la sociedad capitalista, que se desenvuelve
hacia el comunismo, a la sociedad comunista, es imposible sin
un "período político de transición",
y el Estado de este período no puede ser otro que la dictadura
revolucionaria del proletariado.
Ahora bien, ¿cuál es la actitud de esta dictadura
hacia la democracia?
Veíamos que el "Manifiesto Comunista" coloca
sencillamente, a la par el uno del otro, dos conceptos: el de
la "transformación del proletariado en clase dominante"
y el de "la conquista de la democracia". Sobre la base
de todo lo arriba expuesto, se puede determinar con más
precisión cómo se transforma la democracia en la
transición del capitalismo al comunismo.
En la sociedad capitalista, bajo las condiciones del desarrollo
más favorable de esta sociedad, tenemos en la República
democrática un democratismo más o menos completo.
Pero este democratismo se halla siempre comprimido dentro de los
estrechos marcos de la explotación capitalista y es siempre,
en esencia, por esta razón, un democratismo para la minoría,
sólo para las clases poseedoras, sólo para los ricos.
La libertad de la sociedad capitalista sigue siendo, y es siempre,
poco más o menos, lo que era la libertad en las antiguas
repúblicas de Grecia: libertad para los esclavistas. En
virtud de las condiciones de la explotación capitalista,
los esclavos asalariados modernos viven tan agobiados por la penuria
y la miseria, que "no están para democracias",
"no están para política", y en el curso
corriente y pacífico de los acontecimientos, la mayoría
pág. 107
de la población queda al margen de toda participación
en la vida político-social.
Alemania es tal vez el país que confirma con mayor evidencia
la exactitud de esta afirmación, precisamente porque en
dicho Estado la legalidad constitucional se mantuvo durante un
tiempo asombrosamente largo y persistente, casi medio siglo (1871-1914),
y durante este tiempo la socialdemocracia supo hacer muchísimo
más que en los otros países para "utilizar
la legalidad" y organizar en partido político a una
parte más considerable de los obreros que en ningún
otro país del mundo.
Pues bien, ¿a cuánto asciende esta parte de los
esclavos asalariados políticamente conscientes y activos,
con ser la más elevada de cuantas encontramos en la sociedad
capitalista? ¡De 15 millones de obreros asalariados, el
partido socialdemócrata cuenta con un millón de
miembros! ¡De 15 millones de obreros, hay tres millones
sindicalmente organizados!
Democracia para una minoría insignificante, democracia
para los ricos: he ahí el democratismo de la sociedad capitalista.
Si nos fijamos más de cerca en el mecanismo de la democracia
capitalista, veremos siempre y en todas partes, hasta en los "pequeños",
en los aparentemente pequeños, detalles del derecho de
sufragio (requisito de residencia, exclusión de la mujer,
etc.), en la técnica de las instituciones representativas,
en los obstáculos reales que se oponen al derecho de reunión
(¡los edificios públicos no son para los "de
abajo"!), en la organización puramente capitalista
de la prensa diaria, etc., etc., en todas partes veremos restricción
tras restricción puesta al democratismo. Estas restricciones,
excepciones, exclusiones y trabas para los pobres parecen insignificantes
sobre todo para el que jamás ha sufrido la penuria ni se
ha puesto en contacto con las clases oprimidas en
pág. 108
su vida de masas (que es lo que les ocurre a las nueve décimas
partes, si no al noventa y nueve por ciento de los publicistas
y políticos burgueses), pero en conjunto estas restricciones
excluyen, eliminan a los pobres de la política, de su participación
activa en la democracia.
Marx puso de relieve magníficamente esta e s e n c i a
de la democracia capitalista, al decir, en su análisis
de la experiencia de la Comuna, que a los oprimidos se les autoriza
para decidir una vez cada varios años ¡qué
miembros de la clase opresora han de representarlos y aplastarlos
en el parlamento!
Pero, partiendo de esta democracia capitalista -- inevitablemente
estrecha, que repudia por debajo de cuerda a los pobres y que
es, por tanto, una democracia profundamente hipócrita y
mentirosa -- el desarrollo progresivo, no discurre de un modo
sencillo, directo y tranquilo "hacia una democracia cada
vez mayor", como quieren hacernos creer los profesores liberales
y los oportunistas pequeñoburgueses. No, el desarrollo
progresivo, es decir, el desarrollo hacia el comunismo pasa a
través de la dictadura del proletariado, y no puede ser
de otro modo, porque el proletariado es el único que puede,
y sólo por este camino, romper la resistencia de los explotadores
capitalistas.
Pero la dictadura del proletariado, es decir, la organización
de la vanguardia de los oprimidos en clase dominante para aplastar
a los opresores, no puede conducir tan sólo a la simple
ampliación de la democracia. A la par con la enorme ampliación
del democratismo, que p o r v e z p r i m e r a se convierte en
un democratismo para los pobres, en un democratismo para el pueblo,
y no en un democratismo para los ricos, la dictadura del proletariado
implica una serie de restricciones puestas a la libertad de los
opresores, de los
pág. 109
explotadores, de los capitalistas. Debemos reprimir a éstos,
para liberar a la humanidad de la esclavitud asalariada, hay que
vencer por la fuerza su resistencia, y es evidente que allí
donde hay represión, donde hay violencia no hay libertad
ni hay democracia.
Engels expresaba magníficamente esto en la carta a Bebel,
al decir, como recordará el lector, que "mientras
el proletariado necesite todavía del Estado, no lo necesitará
en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios,
y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal
dejará de existir".
Democracia para la mayoría gigantesca del pueblo y represión
por la fuerza, es decir, exclusión de la democracia, para
los explotadores, para los opresores del pueblo: he ahí
la modificación que sufrirá la democracia en la
transición del capitalismo al comunismo.
Sólo en la sociedad comunista, cuando se haya roto ya definitivamente
la resistencia de los capitalistas, cuando hayan desaparecido
los capitalistas, cuando no haya clases (es decir, cuando no haya
diferencias entre los miembros de la sociedad por su relación
hacia los medios sociales de producción), sólo entonces
"desaparecerá el Estado y podrá hablarse de
libertad ". Sólo entonces será posible y se
hará realidad una democracia verdaderamente completa, una
democracia que verdaderamente no implique ninguna restricción.
Y sólo entonces la democracia comenzará a extinguirse,
por la sencilla razón de que los hombres, liberados de
la esclavitud capitalista, de los innumerables horrores, bestialidades,
absurdos y vilezas de la explotación capitalista, s e h
a b i t u a r á n poco a poco a la observación de
las reglas elementales de convivencia, conocidas a lo largo de
los siglos y repetidas desde hace miles de años en todos
los preceptos, a
pág. 110
observarlas sin violencia, sin coacción, sin subordinación,
s i n e s e a p a r a t o e s p e c i a l de coacción que
se llama Estado.
La expresión "el Estado se extingue" está
muy bien elegida, pues señala el carácter gradual
del proceso y su espontaneidad. Sólo la fuerza de la costumbre
puede ejercer y ejercerá indudablemente esa influencia,
pues en torno a nosotros observamos millones de veces con qué
facilidad se habitúan los hombres a guardar las reglas
de convivencia necesarias si no hay explotación, si no
hay nada que indigne a los hombres y provoque protestas y sublevaciones,
creando la necesidad de la represión.
Por tanto, en la sociedad capitalista tenemos una democracia amputada,
mezquina, falsa, una democracia solamente para los ricos, para
la minoría. La dictadura del proletariado, el período
de transición hacia el comunismo, aportará por primera
vez la democracia para el pueblo, para la mayoría, a la
par con la necesaria represión de la minoría, de
los explotadores. Sólo el comunismo puede aportar una democracia
verdaderamente completa, y cuanto más completa sea, antes
dejará de ser necesaria y se extinguirá por sí
misma.
Dicho en otros términos: bajo el capitalismo, tenemos un
Estado en el sentido estricto de la palabra, una máquina
especial para la represión de una clase por otra, y, además,
de la mayoría por la minoría. Se comprende que para
que pueda prosperar una empresa como la represión sistemática
de la mayoría de los explotados por una minoría
de explotadores, haga falta una crueldad extraordinaria, una represión
bestial, hagan falta mares de sangre, a través de los cuales
marcha precisamente la humanidad en estado de esclavitud, de servidumbre,
de trabajo asalariado.
pág. 111
Ahora bien, en la transición del capitalismo al comunismo,
la represión es todavía necesaria, pero ya es la
represión de una minoría de explotadores por la
mayoría de los explotados. Es necesario todavía
un aparato especial, una máquina especial para la represión,
el "Estado", pero éste es ya un Estado de transición,
no es ya un Estado en el sentido estricto de la palabra, pues
la represión de una minoría de explotadores por
la mayoría de los esclavos asalariados de ayer es algo
tan relativamente fácil, sencillo y natural, que costará
muchísima menos sangre que la represión de las sublevaciones
de los esclavos, de los siervos y de los obreros asalariados,
que costará mucho menos a la humanidad. Y este Estado es
compatible con la extensión de la democracia a una mayoría
tan aplastante de la población, que la necesidad de una
máquina especial para la represión comienza a desaparecer.
Como es natural, los explotadores no pueden reprimir al pueblo
sin una máquina complicadísima que les permita cumplir
este cometido, pero el pueblo puede reprimir a los explotadores
con una "máquina" muy sencilla, casi sin "máquina",
sin aparato especial, por la simple organización de las
masas armadas (como los Soviets de Diputados Obreros y Soldados,
digamos, adelantándonos un poco).
Finalmente, sólo el comunismo suprime en absoluto la necesidad
del Estado, pues bajo el comunismo no hay nadie a quien reprimir,
"nadie" en el sentido de clase, en el sentido de una
lucha sistemática contra determinada parte de la población.
Nosotros no somos uarribaistas y no negamos, en modo alguno, que
es posible e inevitable que algunos individuos cometan excesos,
como tampoco negamos la necesidad de reprimir tales excesos. Poro,
en primer lugar, para esto no hace falta una máquina especial,
un aparato especial de represión, esto lo hará el
mismo pueblo armado, con la misma
pág. 112
sencillez y facilidad con que un grupo cualquiera de personas
civilizadas, incluso en la sociedad actual, separa a los que se
están peleando o impide que se maltrate a una mujer. Y,
en segundo lugar, sabemos que la causa social más importante
de los excesos, consistentes en la infracción de las reglas
de convivencia, es la explotación de las masas, la penuria
y la miseria de éstas. Al suprimirse esta causa fundamental,
los excesos comenzarán inevitablemente a "extinguirse
". No sabemos con qué rapidez y gradación,
pero sabemos que se extinguirán. Y, con ellos, se extinguirá
también el Estado.
Marx, sin dejarse llevar al terreno de las uarribaías,
determinó en detalle lo que es posible determinar ahora
respecto a este porvenir, a saber: la diferencia entre las fases
(grados o etapas) inferior y superior de la sociedad comunista.
Sigue