Defendamos y Aprovechemos
Nuestros Recursos
Discurso de Francisco Mosquera en acto
conjunto realizado en Palmira el 6 de marzo de 1986 con el Movimiento
Liberal Holmista. Se publicó en El Tiempo del 8 de marzo
siguiente.
Hemos venido advirtiendo que Colombia,
luego de haber saltado indefinidamente de una frustración
a otra, pasa por un trance, si se quiere propiciatorio, que induce
a sustituir las gastadas fórmulas por los nuevos enfoques
puestos a la orden del día tras los duros años de
reveses y calamidades. Desde el plebiscito del 1º de diciembre
de 1957, que protocolizara esa dulce armonía en torno a
un Poder instaurado sin la menor oposición, no habíamos
asistido a un entreacto como el presente, en el cual las juntas
de los gremios, el clero, los militares y las vertientes descontentas
de los partidos tradicionales se duelen, a veces en voz alta,
de los trastornos económicos y la descomposición
galopante, del endeudamiento externo y sus desastrosas secuelas,
del fracasado invento pacificador y el desborde de la violencia,
imputando todos a una las desgracias de la ciudadanía a
los erráticos manejos de los asuntos públicos. La
contingencia no puede menos de promover el acercamiento entre
los distintos estratos sociales severamente perjudicados con los
desarreglos de la crisis, o entre las agrupaciones preocupadas
en serio por el porvenir de la nación. El encuentro de
esta noche lo corrobora a carta cabal. Cierto que las elecciones
nos han suministrado el motivo, pero el hecho de que dos destacamentos
tan dispares en su procedencia y número de seguidores hayan
conseguido reunirse, discutir sobre los diversos aspectos de interés
común y disponer unas formas mínimas de cooperación,
no estando imperiosamente obligados a coligarse para concurrir
a las urnas, muestra hasta dónde los graves desbarajustes
del país y sus inseguras perspectivas han de dar ocasión
a un realinderamiento político de insospechadas resonancias
y amplitud. Tanto más cuanto que cualquier tarea a emprender
conjuntamente por ambas fuerzas no sería factible sin la
supresión, de parte y parte, de las naturales reticencias
de quienes en nuestras filas no juzgan conveniente el que liberales
y moiristas alternen o aparezcan en las mismas tribunas. Y por
eso me complace colaborar hoy con mi granito de arena al cometido
de desvanecer las aprensiones o los recelos que aún obstruyen
los entendimientos alcanzados, conociendo de sobra que las huestes
holmistas del Valle del Cauca configuran uno de los baluartes
más sobresalientes del liberalismo de avanzada, y a cuyo
principal forjador, el propio Carlos Holmes Trujillo, le punzan
como a nosotros los escasos incrementos de nuestras labores productivas,
la mengua de la soberanía nacional colocada hace rato en
entredicho, los brotes de terror con que últimamente se
han pretendido zanjar las rivalidades partidistas y la vertiginosa
depauperación de las masas populares.
Sin embargo, considero que tales concordancias,
ni aquí ni en ningún otro departamento, se hubiesen
traducido en una acción concreta sin los desengaños
cosechados por el mandato betancurista, un régimen que
vivió para las apariencias, ardiendo siempre en deseos
por embellecer su estampa y pensando no en solventar las múltiples
privaciones de la población sino en salir airoso de ellas.
Calificó de egoísta al sistema financiero y expropió
a Michelsen Uribe, condenándolo, para remate, al destierro
voluntario, sin disminuir por ello las dádivas con las
cuales colmara a los competidores del Grupo Grancolombiano ni
las voluminosas partidas con que se han cubierto los desfases
de la banca. "¡Que tiemblen los pillos", fue la
agria reprensión que Belisario Betancur les profiriera
a sus subalternos con el objeto de moralizar algunas dependencias
del aparato administrativo... no todas. Con el "no se derramará
más sangre colombiana", lisonja dirigida a los bandos
insurrectos antes que al Ejército, trató también
de ganarse las palmas, no importándole si sus demagógicas
benevolencias derivaran hacia la degollina que estamos contemplando.
Con Contadora tampoco ha conseguido aplacar el incendio de Centroamérica,
una confrontación prendida y determinada por la disputa
Este-Oeste, y de la cual nuestro mandatario ha sabido beneficiarse
a fin de extender su aura de pacifista al concierto internacional,
lógicamente a expensas del doble juego de tenderles una
mano a los fantoches del imperialismo soviético, mientras
suscribe con la otra el Plan Reagan para la Cuenca-del Caribe.
Algo análogo ha sucedido con
sus ofertas de congelar los impuestos y construir casas para pobres,
así como con el resto de las obras consignadas en el "cambio
con equidad": que bajo su periodo hubo cuatro enmiendas o
apretones tributarios; que se aceleró la tugurización
de las ciudades por cuenta del ICT, y que los amnistiados tuvieron
en sus promesas incumplidas la mejor excusa para volver a declararle
la "guerra". Un método de gobierno nada aconsejable.
Cada situación difícil se encubre tras habilidosas
explicaciones, y con evasivas se atienden los sentidos reclamos.
A falta de ejecutorias que exhibir se hacen alardes de gran corazón
y buena voluntad. Las complicaciones se sortean con astucia y
con astucia se lavan los yerros. Es el estilo de mando que ciertos
personajes de muchas campanillas todavía le recomiendan
a Colombia, evidenciando, sin saberlo, la famosa premonición
de Francís Bacon, el padre del materialismo inglés:
No hay cosa que haga más daño a una nación
corno el que la gente astuta pase por inteligente.
Empero, lo verdaderamente lastimoso
reside en que a esta administración espectáculo,
cual la catalogara Carlos Lemos Simmonds, le haya correspondido
sentar sus reales durante el lapso menos apacible en la historia
sesquicentenaria de la vieja república. Justo a partir
de 1982 empezaron a percibirse, una tras otra y en su plena función
paralizante, las deformaciones estructurales incubadas en el transcurso
del siglo. Por aquel año hacía sus destrozos la
última y más aguda depresión del mundo occidental
desde la quiebra de 1929, y se había entablado el ineludible
pleito entre los países deudores y las agencias prestamistas
internacionales, contradicciones explosivas que también
sacudieron a Colombia. En lo interno, los otrora inexpugnables
poderes de la élite de las finanzas cayeron en delicadas
anomalías, provocando la intervención gubernamental
en varias oportunidades; pequeños y grandes fabricantes,
tras haberse declarado insolventes o en bancarrota, convinieron
concordatos con los acreedores en procura de mantener a flote
sus industrias; la agricultura y la ganadería sufrieron
tales retrocesos que los colombianos, al decir del presidente
de la ANDI, acabamos preparando los platos típicos con
alimentos traídos de afuera, y la primera autoridad económica,
el gobierno, acosada por el sucesivo déficit presupuestario,
cuya cuantía no admite antecedentes, tuvo de continuo que
emitir papel moneda atizando la inflación y ensombreciendo
aún más el panorama. Y todo esto ocurre precisamente
bajo las lindezas del "sí se puede" y en una
encrucijada en la que afloran las mutaciones genéticas
de una sociedad en transición, entre las cuales vale la
pena mencionar el desmoronamiento de la antigua hacienda patriarcal
campesina, el predominio del dinero sobre la tierra, el éxodo
de las masas rurales hacia los centros urbanos, el auge del capitalismo
de Estado, la incidencia creciente del comercio internacional,
o sea aquellas modificaciones operadas de modo paulatino e imperceptible
pero que con el tiempo han terminado por plantear a nuestro pueblo
retos singulares en los ámbitos de la conducción
y planificación económicas, la técnica y
la ciencia, el bienestar social y la soberanía de la patria.
Al desatarse el dormido volcán
de la deuda que apercuella a la América indigente, se reparó
con angustia en que las principales entidades del orden oficial
y privado, sin excluir a los bancos, se hallan hipotecadas hasta
la coronilla e impelidas a girar al exterior, en divisas cada
vez más costosas, unas sumas sencillamente inasequibles.
Las remesas por ese concepto llegan a US$ 1.200 millones, lo que
equivale, dentro de los márgenes de una balanza comercial
por lo común adversa, al 35% de nuestras exportaciones
de 1985, proporción suficiente para absorber las ganancias
del país y vedarnos cualquier posibilidad auténtica
y autónoma de progreso. Las firmas particulares contabilizaron
compromisos por cerca de 4.000 millones de dólares. Los
de sólo tres sociedades, Avianca, Fabricato y Coltejer,
ascienden a más de 44.000 millones de pesos al cambio de
la fecha, que lograron finalmente refinanciar gracias al patrocinio
del Ejecutivo. Frente a tan pesada exacción se han pronunciado
con entereza industriales, agricultores y comerciantes. Inclusive
algunos expresidentes se atrevieron a sugerir, no la suspensión
deliberada de los pagos, mas sí el virtual incumplimiento
por fuerza mayor o inopia absoluta. Personalmente creo que semejante
desenlace resulta utópico, dadas las férreas ataduras
de variada índole existentes entre las neocolonias del
sur y las metrópolis del norte, que condicionan tan drásticamente
los negocios y el funcionamiento íntegro de los deudores
como para que éstos no acepten, bajo las circunstancias
políticas reinantes, una salida transaccional a la usanza
mexicana. De un modo o de otro, lo digno de relevarse radica en
que tras los infortunios del cuatrienio se ha ido sacando en limpio
una conclusión inobjetable, bosquejada por nuestro Partido
desde el mismo día su nacimiento y en la que concordamos
con el doctor Holmes, que el desarrollo al debe no es tal, sobre
todo cuando los préstamos se contratan bajo términos
onerosos, se dilapidan o destinan a operaciones no rentables.
Colombia nunca será próspera mientras no disponga
soberana y adecuadamente de los frutos de su propio trabajo.
Hace veinte días los cerealeros
reprodujeron en la prensa unas declaraciones en nombre de su gremio,
Fenalce, a través de las cuales repudian sin pestañear
los lineamientos, o mejor, los tumbos e inconsecuencias de la
rama ejecutiva con respecto a la problemática del agro
colombiano, como también lo expusiera por su lado la Sociedad
de Agricultores de Colombia, SAC. Aquellos ponen énfasis
en el encarecimiento de la maquinaria y de los servicios de preparación,
siembra y cosecha, debido a la sobrecarga de los aranceles y del
IVA. Alertan acerca de las cláusulas exigidas por el Banco
Mundial para adjudicarnos un crédito de US$ 250 millones
con destino a la agricultura, por cuanto implican abrir el camino
al ingreso indiferenciado de productos alimenticios extranjeros
de los que nuestra "vocación agraria" ya depende
en un millón cien mil toneladas cada doce meses. Y demandan,
en forma textual, "una política agropecuaria coherente,
decidida y estable que incentive la inversión agrícola".
El MOIR estampa su firma en este pedido, a semejanza de muchos
aliados que nos han dicho estar dispuestos a adherir la suya a
nuestras cuatro sugerencias unitarias. No es cuestión de
inquirir si los empresarios del campo hacen de la necesidad virtud;
la ciega y traumática evolución de los acontecimientos
se ha encargado de enseñarnos a la maravilla en dónde
yacen los obstáculos para el normal avance del engranaje
productivo de la nación.
Acá no más, en la zona
azucarera, la mayor de nuestras concentraciones proletarias, observamos
asimismo cuán nocivos son los rigores de la contracción.
La industria de la caña, que presencia impotente la merma
significativa de su rendimiento en cuanto a la cantidad elaborada,
al perímetro cultivado y a los cupos de empleo, ha sido
víctima, a su turno y con arreglo a sus peculiaridades,
de las desventajosas relaciones imperantes dentro del mercado
mundial. Los proyectos de ensanche que con desmedido optimismo
diseñara en 1975 se fueron a pique tras el abrupto descenso
del precio internacional del azúcar, el cual se cotizó
a dos centavos y medio de dólar la libra el año
pasado, cuando se calculaba que no bajaría de ocho durante
el período. Los ingenios quedaron en la estacada, en especial
aquellos que se decidieron a endeudarse externamente con miras
a alcanzar mayores niveles de eficiencia, acentuando con sus reducciones
la mengua del comercio y de los demás quehaceres de la
región. A por lo menos diez mil obreros se les ha despedido
y la cifra podría fácilmente doblarse si continúan,
según parece, la superproducción de sacarosa y las
medidas proteccionistas, tendencias ambas impulsadas por los grandes
emporios.
Los procederes inequitativos vienen
de atrás y nos han ocasionado la ruina en ocupaciones como
el laboreo del trigo, del que prácticamente nos autoabastecíamos
a principios de la década del sesenta, mientras ahora importamos
600.000 toneladas, uno de los muchos asoladores efectos de la
conocida Ley 480 de 1954 por la cual el congreso de Norteamérica
ha financiado la venta en nuestros países de buena porción
de sus excedentes agrícolas. El cerco va estrechándose
con el correr del tiempo, al punto de que a la tempestad de protestas
se han unido actualmente hasta los afortunados exportadores de
flores de la Sabana de Bogotá. En ninguna parte el futuro
de los pueblos se ha edificado con pétalos de rosa; no
obstante, a los floricultores colombianos les asiste la razón
al quejarse de los artilugios discriminatorios de la Comunidad
Europea, máxime cuando algunas repúblicas de esta
alianza, por ejemplo Francia, han obtenido, u obtienen, innegable
beneficio de sus intercambios con nosotros. De suerte que la prosperidad
del país se cifra tanto en un justo desenvolvimiento de
sus vínculos con los monopolios foráneos como en
una competente y planificada utilización de sus recursos.
Dos factores que se hallan al arbitrio
de quienes controlan el Estado, el centro supremo que en la Colombia
de hoy interviene en todo, desde graduar el coste de los bienes
y servicios hasta definir los contratos de asociación con
los dueños de medio planeta. Pero ni lo uno ni lo otro.
Ahí están los casos del petróleo, o del carbón
y del níquel, cuyas explotaciones se efectúan mediante
sendos convenios estipulados preferentemente con compañías
norteamericanas, los cuales, a causa de sus ilicitudes y de los
perjuicios que nos acarrean, han recibido las desaprobaciones
de los más dispares matices de la opinión. O el
precedente no menos infausto del Pacto Andino, con el que, conforme
a los pronunciamientos oficiales, las naciones del área
arribarían, firme y mancomunadamente, a la edad madura
de su crecimiento, siendo que siguen en mantillas al cabo de tres
lustros y pico, sin haber coronado los programas sectoriales de
desarrollo, ni la conversión de las empresas extranjeras
y mixtas en nacionales, ni el acoplamiento entre los países
signatarios, demostrándose cómo el experimento escasamente
tendía hacia la creación de un mercado ampliado
que tomase atractivas y gananciosas las multimillonarias inversiones
de los conglomerados de las potencias industrializadas.
No es que nos opongamos a tales transacciones
y menos a la integración latinoamericana, o que nos rehusemos
por principio a la entrada del capital extranjero, o a asociarnos
con él; por el contrario, estos elementos pueden transformarse
en palancas de la modernización nacional, siempre y cuando
se encaucen a suplir los vacíos dejados por el atraso secular
y no a extraer a rodo nuestras riquezas y sin contraprestación
alguna. El proceso que vivimos de nacionalizaciones y la correspondiente
e inexorable expansión del sector público, su robustecimiento
económico, su papel regulador cada día más
descollante, en suma, el apogeo del capitalismo de Estado, representa
una herramienta formidable con la cual Colombia respondería
a las acucias de su propia reconstrucción, de manera "coherente,
decidida y estable" para expresarlo con las palabras de Fenalee,
si ese poderío fuese otorgado a los obreros, campesinos,
empresarios, comerciantes, valga decir, a las clases interesadas
en el incremento de la producción, y, por ende, se orientara
no sólo hacia la defensa de nuestros medios y disponibilidades
sino hacia el aprovechamiento armónico de los mismos. Mas
no planificamos ni protegemos lo que nos pertenece. Se asiente
a cuanto indiquen los monitores internacionales y se confía
demasiado en las leyes de la oferta y la demanda. El Ministro
de Agricultura, durante del lanzamiento en Cali del Programa Nacional
de Tenderos, contestó a los reparos de los gremios admitiendo,
como si tal cosa, que a su cartera le había faltado continuidad
en sus prospecciones. De este tenor son las providencias y los
mea culpa de nuestros funcionarios.
Los cambios mínimos que estamos
proponiéndoles a demócratas y patriotas se limitan,
pues, a suprimir las causas de nuestro estancamiento y se apoyan
en las conquistas materiales y espirituales gestadas, a pesar
de todo, en el seno de la sociedad colombiana. A veces el quid
del asunto se reduce a recordar las olvidadas lecciones de los
prohombres, del siglo XIX, los primeros organizadores republicanos,
quienes se levantaron contra los censos, los diezmos y las alcabalas
heredados de la Colonia, esas restricciones que ahogaban el comercio,
tan vital para el incremento de las manufacturas. Un Salvador
Camacho Roldán canta loas al "¡impuesto directo,
progresivo y único!"; y Santander vuelve del exilio
y arremete de nuevo a comienzo de los treintas contra la tributación
indirecta que había restaurado Bolívar a finales
de los veintes. Estas pugnas se han revivido sobre el mismo suelo,
aunque en otra época y con otros actores. Los alcabaleros
contemporáneos, retrotrayéndose dos centurias, plagaron
la legislación con gravámenes al consumo, entorpeciendo
el tráfico de los artículos y ameritando así
las rectificaciones reivindicadas por comerciantes y productores.
Quienes empuñan el timón han andado siempre en contravía.
Se propende a la libre concurrencia en las operaciones mercantiles
con el exterior, mientras internamente se las coarta de mil modos,
que es cuanto acontece con la espiral inflacionaria, activada
por las ininterrumpidas emisiones del Banco de la República
y éstas a la vez por los astronómicos faltantes
del gobierno, círculo vicioso que habrá de cortarse
de un tajo si aspiramos a progresar.
Como ustedes aprecian, se trata de modificaciones
a cumplir en el marco de una revolución democrática,
en el sentido económico-burgués del vocablo; un
vuelco que ha quedado inconcluso y que no por su carácter
deja de ser menos profundo y beneficioso. No necesariamente abrazan
las tesis del socialismo aquellos que rechacen los chantajes del
Fondo Monetario Internacional y protejan la independencia de la
nación ante las coacciones de los poderosos de Occidente,
y las acechanzas del expansionismo soviético; ni tampoco
los que recaben la intervención y la regulación
estatales en bien de la colectividad y no del enriquecimiento
de unos cuantos privilegiados.
Me resta únicamente hacer votos
por que las identificaciones logradas entre el Movimiento Liberal
Holmista y el MOIR en tomo a tales propósitos se afiancen
y proyecten, más allá de las escaramuzas electorales,
pues se fundamentan en la acción unificada de las grandes
mayorías y no en la sustitución de unos presidentes
por otros, quienes en Colombia, aun cuando desciendan en medio
del estragamiento de las gentes, caen parados como tentetiesos
esos muñecos a los que les pesan más los pies que
la cabeza.
Muchas gracias.