Declaración Política
de la XXXVIII Asamblea Nacional de Delegados de la Asociación
Colombiana de Empleados Bancarios -ACEB
La XXXVIII Asamblea Nacional de Delegados
de la Asociación Colombiana de Empleados Bancarios –
ACEB, reunida los días 30 y 31 de mayo y 1, 2 y 3 de junio,
en la ciudad de Medellín, teniendo en cuenta las difíciles
circunstancias que vive la nación y el pueblo colombiano,
aprueba la siguiente Declaración Política y se compromete
a difundirla y defenderla en todas las instancias públicas
y privadas.
Desde 1990, cuando se echó a
andar el Programa de Modernización e Internacionalización
de la Economía, el país ha venido siendo llevado
a una situación de ruina de la producción y desmejora
permanente de las condiciones de vida de los colombianos. La desindustrialización
y la quiebra de las labores agrícolas han sido la constante
durante estos quince años, al punto que su participación
en el Producto Interno Bruto ha disminuido notoriamente, en tanto
que florecen las actividades especulativas y usureras, en el comercio
y las finanzas.
Ello ha traído como consecuencia
la pérdida de millones de puestos de trabajo, en la ciudad
y el campo y la desmejora de las condiciones de trabajo de los
escasos asalariados que aún mantienen un empleo estable
y productivo.
A su vez esta situación se ha
reflejado en la disminución de la demanda, la principal
causa que, como lo reconocen los mismos empresarios, ha afectado
el desempeño de las empresas. A tan gravosas circunstancias
se añaden las sucesivas reformas laborales, a la educación
y la seguridad social que han implicado el deterioro de los servicios
de educación y salud, así como la exclusión
de millones de colombianos de tan prioritarios servicios. Se cumple
así el concepto expresado, hace doce años, por Francisco
Mosquera, quien afirmó que sin desarrollo económico
no puede haber desarrollo social y el despegue de la industria
y el agro no puede darse con un pueblo excluido del mercado.
Los sucesivos gobiernos de la era neoliberal,
sin excepción alguna, han sido directos responsables de
esta crítica situación, debido a su total obsecuencia
con los dictámenes emanados de Washington, y ejecutados
en América Latina, a través de los organismos internacionales,
como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización
Mundial del Comercio. Nunca como ahora ha sido tan evidente que
nuestro país no cuenta con la plena autodeterminación
de sus políticas y que las grandes definiciones sobre el
futuro de los colombianos se emiten en la Casa Blanca, en beneficio
del puñado de multinacionales que manejan la economía
mundial a su antojo.
Empero, los acontecimientos que se
vienen precipitando a nivel orbital, muestran que el todopoderoso
imperio norteamericano es un coloso con pies de barro y que sus
aspiraciones hegemónicas tropiezan con serias dificultades.
La economía del invasor de Irak
y Afganistán exhibe el mayor déficit fiscal y comercial,
lo que ha entrañado la devaluación del dólar,
la moneda que ostenta desde Bretón Woods, la supremacía
mundial. La imagen de Estados Unidos como portaestandarte de la
democracia y la libertad se ha visto seriamente deteriorada, con
los recientes sucesos del Medio Oriente y su agresiva actitud,
que lo han llevado a levantar muros de la ignominia o a practicar
la tortura, una habilidad propia de los regímenes fascistas.
Su desprestigio ha llegado a tal punto que los pronunciamientos
de los organismos de derechos humanos, de los que dice ser el
primer defensor, lo condenan y, por primera vez, su candidato
a la Secretaría General de la OEA recibe una estruendosa
derrota.
Su arrogante actitud, en el fondo,
es el reflejo de su gran debilidad, lo cual lo ha conducido a
entrar en crecientes contradicciones con sus aliados y, a la vez,
opositores del mundo desarrollado. Europa mira recelosa las aventuras
gringas; Rusia y China se recuperan de sus tropiezos y no olvidan
las viejas afrentas y sobre todo, las penurias de la economía
mundial, hacen más feroz la soterrada guerra económica
y comercial desatada, después del desplome del Muro de
Berlín. De otro lado, el proletariado de los países
industrializados comienza a despertar de su letargo, en la medida
que se aclimatan en esos lares, las reformas neoliberales que,
en la primera fase, fueron patrimonio exclusivo del Tercer Mundo.
Y, por último, la agudización de la dominación
extranjera en estas latitudes comienza a exacerbar de nuevo las
batallas por la soberanía nacional.
En ese marco general, el gobierno de
Uribe Vélez se esfuerza por cumplir los mandatos de la
banca internacional, en desmedro de la nación y el pueblo
que dice representar. Con tal fin, ha puesto en el centro del
debate nacional la tesis de que son la violencia y el terrorismo
la principal causa de los males que nos aquejan, estratagema con
la cual pretende desviar la atención de la población
hacia un problema que, no obstante sus funestas consecuencias,
no es nuestro vital apremio. Las cifras no mienten y cualquier
observador objetivo puede encontrar cómo son las políticas
económicas y laborales, las responsables primordiales de
las angustias que vivimos. Un ejemplo nada más sirve para
ilustrar estas aseveración: Durante los últimos
doce años el servicio de la deuda externa le ha significado
al erario nacional la bicoca de $47 mil millones de dólares.
Algo así como veinte Planes Colombia, con el agravante
de que durante ese mismo periodo la deuda subió de $19
mil millones de dólares a $36 mil millones. Eso sin tener
en cuenta el costo de la rebaja de los aranceles, la privatización
o liquidación del patrimonio público, la entrega
del mercado cambiario a las entidades privadas o las enormes ventajas
otorgadas a los inversionistas extranjeros.
El puntillazo final a la antipatriótica
labor de arruinar la nación, lo constituye la firma del
Tratado de Libre Comercio, TLC, con los Estados Unidos, lo cual
implica uncir nuestra precaria economía con la poderosa
maquinaria norteamericana. Las desproporciones son de tal magnitud
que la apertura total de nuestra economía a los géneros
y los capitales del Norte, no puede ser compensada por las irrisorias
ventajas que, los aventajados discípulos de Bush, en Colombia,
nos prometen. Así como advertimos acerca de los nefastos
efectos de la apertura, en 1990, hoy alertamos, de nuevo, al país
sobre la ruina total que acarreará la firma del leonino
Tratado comercial.
Por supuesto que reconocemos el negativo papel que ha jugado el
clima de violencia y terrorismo generalizados, en el desarrollo
de las contradicciones económicas y sociales. Reiteradamente
hemos condenado tales procederes y hemos abogado porque se erradiquen
de la lucha política, en cuanto distorsionan e impiden
el debate democrático acerca de las soluciones que requiere
el país. En primera instancia es importante señalar
que nunca hemos pensado que la anhelada y esquiva paz se alcance
mediante una salida netamente militar. Por el contrario hemos
criticado insistentemente que los problemas de la guerra se resuelvan
con más guerra, cual lo pretende la actual administración.
De manera que, sin abandonar los ajetreos militares, propios de
un estado de guerra, se debe procurar una salida política,
en la que se brinden garantías a las organizaciones que
decidan retornar a los cauces de la restringida democracia que
nos rige.
Sin embargo, durante más de veinte años el país
ha ensayado el camino de la solución dialogada, sin que
los resultados hayan sido positivos. Por el contrario, es en este
tiempo que se ha agudizado el conflicto y se ha elevado a lo más
altos niveles de degradación. El problema radica en que
se liga la consecución de la paz a la mudanza del país,
de manera que se supedita el acuerdo a que se pacten las profundas
transformaciones, que no han podido alcanzarse mediante el triunfo
militar. De esa forma la infinidad de materias previstas en las
agendas que se plantean para la discusión, hacen que el
itinerario propuesto, lejos de conducir a un pronto y cabal arreglo,
se empantane a medida que transcurre. Ese expediente fue ensayado
bajo el gobierno de Belisario Betancur y fue reeditado por Andrés
Pastrana, con resultados harto cuestionables, en tanto la violencia
y el terrorismo se han extendido como una mancha de aceite por
toda la geografía nacional.
Con base en los desaciertos de la administración
anterior, surgió como opción la propuesta de guerra
total enunciada por el actual mandatario, con la cual logró
el respaldo de un país cansado de diálogos infructuosos.
Casi tres años después de formulada, los resultados
son bastante discutibles, en cuanto los objetivos propuestos se
ven lejanos y la guerrilla mantiene prácticamente intacta
su capacidad perturbadora. A la par se desarrolla un discutido
y arrevesado proceso de paz con las autodefensas, con características
parecidas a las que se criticaban al anterior mandatario, cuando
la hacia con la FARC, incluso con mayores prerrogativas que las
otorgadas a esa agrupación.
Las organizaciones armadas, sean de
izquierda o de derecha, deben renunciar irrevocablemente a la
táctica de imponer sus criterios por la vía del
amedrentamiento y el terror. Los métodos extorsivos, la
intimidación, el secuestro y su financiación mediante
el tráfico de estupefacientes deben ser erradicados, para
dar paso a un clima de controversia civilizada, en el que los
grandes problemas nacionales puedan ser discutidos democráticamente,
sin temor al atentado personal o el chantaje. A su vez el estado
debe brindar garantías para que esas fuerzas se reinserten
a la ida democrática y participen en el debate nacional
sin riesgos para su seguridad.
Por supuesto ello implica la liberación
de todos los secuestrados, la excarcelación de los presos
políticos y unas normas que permitan que los delitos de
lesa humanidad y los genocidios por fuera del enfrentamiento armado,
sean castigados de manera ejemplar. Todo ello sin perjuicio de
que haya un tratamiento judicial especial que facilite la aclimatación
de una controversia civilizada y el sometimiento a los cánones
vigentes, sin privilegios odiosos que premien a quienes se pusieron
por fuera de la ley.
Tan compleja realidad se hace más gravosa aún, ante
las inconsecuencias de los más importantes sectores del
movimiento sindical, quienes a contrapelo de todas las evidencias
se empecinan en hacerle el juego al gobierno, sea por la vía
de negarse a enfrentar decididamente la arremetida imperial o
por el camino de conciliar con sus políticas, tal como
lo hacen desde la CGT, avalando las nuevas formas de contratación
que promueven empresarios y gobierno: las cooperativas de trabajo
asociado o los contratos sindicales. También en la CUT
se observan signos de que las viejas concepciones anarquistas
o entreguistas no se han abandonado y se hacen cábalas
acerca del nuevo sindicalismo propositivo y con mentalidad empresarial
que patrocinan desde el Ministerio de la Desprotección
Social.
En el plano político también aflora el oportunismo
y, desde la Gran Coalición Democrática se desarrolla
la defensa de la aciaga Constitución de 1991, en cuanto
el desarrollo de los principios establecidos en la Carta Magna,
han servido de soporte jurídico a la política económica
implementada en este período. Mientras se asume la defensa
del llamado “estado social de derecho”, el texto constitucional
que se pretende escudar contempla “... la internacionalización
de las relaciones políticas, económicas, sociales
y ecológicas . . .” y consagra la integración
económica, como un principio constitucional, de manera
que lo actuado en esta materia, con gravísimas consecuencias
económicas y sociales, está sustentado en la ley
de Leyes.
También constituye una serie
amenaza a la soberanía y la integridad nacional, el proyecto
de regionalizar el país, otorgándoles a los entes
regionales atribuciones del orden nacional, tales como contratar
empréstitos, crear nuevos impuestos y establecer concesiones
al capital extranjero para la explotación de recursos naturales
o el artículo donde se le otorgan facultades al Ejecutivo,
para “... vender o liquidar empresas monopolísticas
del Estado”. Ni más ni menos que la privatización,
elevada a norma constitucional.
Se consigna además, “...
la sostenibilidad de la deuda pública”, con lo cual
se garantiza a tan elevado nivel jurídico, el pago oportuno
y cumplido de la onerosa deuda. En materia social se establece,
por ejemplo, la prestación de servicios de salud y seguridad
social, por parte de las empresas privadas.
Similar circunstancia se presenta en la prestación de los
servicios públicos domiciliarios, a los cuales también
se permitió, en virtud de la Constitución, el ingreso
de las empresas particulares. De remate se bendice la autonomía
del Banco Emisor, con respecto a las diferentes instancias de
gobierno, lo cual ha significado que el manejo monetario y cambiario
quede en manos de un grupo de tecnócratas que obedecen
a los dictámenes de los organismos internacionales, manejados
por las grandes potencias, con Estados Unidos a la cabeza.
Con base en estos criterios adelantaremos
nuestra actividad gremial y participaremos del debate político
que se debe adelantar en procura de la soberanía, el bienestar
y el progreso del pueblo colombiano.
Medellín, Junio 2 de 2005
Asociación
Colombiana de Empleados Bancarios -ACEB