Cuba,
o la Burla a la No Intervención
Carta de Francisco Mosquera a Darío
Arizmendi Posada, director de El Mundo, publicada en El Tiempo
el 18 de febrero
Señor Doctor Darío Arizmendi Posada
Director de El Mundo
E. S. D.
Apreciado doctor:
El editorial de El Mundo del 13 de enero
pasado plantea con razonada firmeza: "Hay que defender a
toda costa el principio de no intervención y la libre autodeterminación
de los pueblos". A tan definitivo convencimiento llega su
periódico al reparar sobre los frutos amargos de más
de trece años de intromisión bélica de Cuba
en Angola. Después de haberlo madurado bien, y si me permite,
deseo expresarle mi complacencia por tales deducciones, que, fuera
de recoger una arraigada inquietud de los demócratas de
las distintas latitudes, refleja la necesidad de que la prensa
colombiana, por lo menos al nivel del solar patrio, ayude a corregir
las falsedades sustentadas al respecto durante lustros.
Se censuran reiteradamente las injerencias
norteamericanas en los ámbitos propios de los países
débiles, mas se toman como de buena tinta las explicaciones
que sobre las tropelías internacionales de la Santa Rusia
socialista divulgan los agitadores prosoviéticos. Hasta
ahora ésta ha sido una constante histórica, pese
a que la escenificación del agresor en el gran tablado
del mundo le ha correspondido última y principalmente a
Moscú, así se trate de la intriga diplomática
o de la invasión armada. Desde el ángulo particular
de Colombia lo registramos con lujo de detalles. A aquel que de
cualquier modo justifique o embellezca las pretensiones del socialimperialismo,
y sea quien fuere, burgués u obrero, progresista o retrógrado,
letrado o iletrado, se le disculpan sus deslealtades con la causa
del pueblo y de la nación, si las ha tenido, y se le reconoce
cual heraldo del avance social. Y a quienes desafinen dentro del
coro, cuando corren con suerte, se les destina al castigo de Eróstrato.
Que nos hallamos ante una tendencia,
no existe duda. Lo viene a corroborar el júbilo que desata
la "perestroika", ese impulso a la involución
política que los recientes líderes del Kremlin acometen
pensando en un mejor ejercicio económico, tanto en la órbita
doméstica como en el terreno de la rebatiña universal
por el reparto del globo. En Occidente se festeja el cabal retorno
al comercio y a la inversión privada. Pero el que la superpotencia
del Este emule con las armas pacificas o les otorgue mayor importancia
a los negocios financieros dentro de la rivalidad con los Estados
Unidos, la Comunidad Europea y el Japón, sus tres poderosos
competidores, no significa que haya renunciado por entero a la
expansión violenta. El enigma del escueto restablecimiento
de los antiguos ídolos derrocados lo acaba de revelar en
parte Mijail Gorbachov, al admitir una quiebra y un déficit
del Soviet Supremo superiores a lo previsto y que lo obligan a
un recorte de los gastos de guerra, con la consiguiente aprobación
del control armamentístico y el desmantelamiento gradual
de los enclaves colonialistas en África y Asia.
Es cuestión de un repliegue,
o respiro, determinado por las limitaciones materiales y propuesto
dentro de la hipótesis de que se le respeten al vasto imperio
las zonas de influencia ganadas tras la ofensiva militar del período
que concluye. Cuba no se retirará totalmente de Angola
hasta 1992 y supeditado a cuanto suceda en Namibia. Se evacúan
los regimientos de Afganistán pero se persiste con frenesí
en el refuerzo del gobierno títere Algo análogo
ocurre en Indochina. Y el aplaudido anuncio hecho oficialmente
ante la última asamblea general de la ONU, acerca de una
voluntaria reducción, a partir de 1991, de las unidades
apostadas en Europa Oriental, no suprimiría, de llevarse
a cabo, la desventaja en que se han mantenido las tropas de la
OTAN frente al Pacto de Varsovia. En resumidas cuentas, estamos
en medio de la calma que sigue y precede a la tempestad, aun cuando
el entusiasmo por el "crepúsculo del comunismo leninista",
al que aludiera en Medellín el misericordioso lazarillo
de la UP, Misael Pastrana Borrero, no dé lugar a estos
análisis, tomados si acaso cual extrañas premoniciones
todavía no vistas.
Sin embargo, doctor Arizmendi, las disparidades
que aparezcan en cuanto a la apreciación del porvenir no
lograrán ocultar las coincidencias surgidas en torno a
los acontecimientos ya cumplidos. Me guío por los alcances
de la nota editorial que ha motivado la presente carta. Enorme
servicio se le presta a Colombia aclarando que "la presencia
cubana en Angola es uno de los tantos aberrantes capítulos
de intervención militar extranjera con que se han adobado
y se siguen adobando muchos conflictos regionales o internos de
otros países y que, más que ayudar a conseguir la
paz, han servido para intensificar y mantener las acciones bélicas".
Muy importante también que las gentes se pregunten: "¿Fue
la presencia de las tropas cubanas en Angola un acto de solidaridad
revolucionaria, como se predica, o un simple negocio casi mercenario
por el que el gobierno de La Habana recibía una paga del
país africano?". Y vale, finalmente, la "moraleja"
que se saca y de la cual se parte: "Toda intervención
extranjera en otro país es injustificada y debe repudiarse".
Ningún órgano publicitario
entre nosotros había hablado con tal certidumbre sobre
tema tan acuciante. ¡A todo señor, todo honor!
Para bien o para mal, la revolución
cubana hizo época en la América Latina. Los observadores
que han conocido su errático curso podrán señalarle
cuando menos tres hitos muy marcados. El de las nobles intenciones
refrendadas a través del plebiscito soberano de la victoria;
el del alineamiento ideológico con Moscú en las
postrimerías de la década de los sesentas, y el
del cipayismo, iniciado precisamente en junio de 1975 con el "negocio
casi mercenario" de la ocupación de Angola. Yo le
quitaría el "casi", porque este tránsito
no obedece a meras maniobras del momento sino a una transmutación
o desnaturalización de la cosa. Al colaborar con los planes
hegemónicos de los anexionistas rusos, facilitándoles
su prestigio y su ejército, Fidel Castro perdió
no solamente la independencia sino la gracia. Malgastaron asimismo
energías, quienes, como nuestro premio Nobel de literatura,
han pretendido demostrar que el abordaje pirático de Cuba
en África corresponde a un arranque económica y
políticamente autónomo. Ni soñarlo siquiera.
No hay que olvidar que se trata de la pequeña república
antillana, cuyo territorio apenas es un 70% más grande
que el área del departamento de Antioquia y cuya población
no alcanza a la mitad de los habitantes colombianos; que carece
de recursos naturales básicos y aún se encuentra
en el monocultivo, endeudada hasta las heces, bajo bloqueo y consumida
por una crisis crónica que cada vez esconde menos. A los
dirigentes de una nación de tales dimensiones y en circunstancias
semejantes jamás se les ocurriría sostener en el
exterior, con sus propios ahorros, decenas de miles de soldados
durante trece años, por mucho que sea el amor profesado
a la libertad de los hombres o de las razas. La Isla no vive para
su misión; vive de su misión. El dinero y las órdenes
vienen desde las distantes vecindades de la Plaza Roja. Y hoy,
tras los replanteamientos soviéticos y sin alternativa,
empieza el desmonte de su aventura angoleña por las mismas
razones que ayer la iniciara.
El penoso caso de Cuba constituye hasta
cierto punto una norma extraída de los prolijos recuentos
de la opresión entre Estados de la era moderna. Las viejas
metrópolis han sabido siempre enrumbar los jóvenes
movimientos nacionales hacia la cristalización de sus propósitos
de conquista. Inglaterra, dentro de los feroces antagonismos del
siglo XIX, no hubiera ascendido a la supremacía mundial
sin el apoyo de los cipayos indios. Antes se agredía en
pro de los "beneficios" de la civilización burguesa
y ahora en nombre del "socialismo". He ahí la
única diferencia. El sello de los tiempos.
Los imperialistas se disfrazan a menudo
de redentores sociales. Pero ninguna merced, ficticia o real;
ningún favor de carácter político o económico;
ninguna consideración filosófica, religiosa o científica
debe aceptarse como excusa para promover el enfrentamiento entre
los pueblos. Si lo que preocupa es la emancipación de las
masas indigentes de cualquier Estado, a ella conduce sólo
la senda de la democracia, cuyo primer mandamiento, sin el cual
el resto de las libertades se torna nulo, consiste en la autodeterminación
de las naciones. Justamente al cometido de este postulado responde
uno de los cuatro puntos de convergencia propuestos por el MOIR
con el ánimo de conformar un frente único que saque
indemne a Colombia de la encrucijada actual. Una condición
que une y no divide a las fuerzas patrióticas y democráticas.
Un enfoque del problema colombiano, el más amplio, que
terminará poniendo al desnudo las conexiones existentes
entre la martingala internacional y la conjura interna, tan necesario
en estos días, y sobre todo después del fracasado
matute de cuarenta toneladas de armas procedentes de las costas
portuguesas y atribuido por el gobierno a las Farc.
El oficioso concurso de La Habana, y
últimamente el de Managua, han salido a relucir en varios
de los trágicos lances protagonizados por los terroristas
criollos, como en las tomas de la Embajada Dominicana y del Palacio
de Justicia. Castro ha interpuesto sus efectivas gestiones para
el rescate de notables colombianos secuestrados. Tampoco ha tenido
inconveniente en reconocer ante la prensa la participación
de su régimen en el aleccionamiento de las guerrillas,
incluidas las nuestras. Ante los repetidos abusos, la administración
Turbay, en gesto de singular entereza, lo conminó a la
ruptura de relaciones en 1981, el año del hundimiento del
Karina. Durante su estancia en Caracas, con motivo de la posesión
de Carlos Andrés Pérez, les dijo a los reporteros,
entre confidente y magnánimo, que había ayudado
a efectuar el encuentro en Madrid de Belisario Betancur e Iván
Marino Ospina, y que estaba dispuesto a seguir contribuyendo al
logro de la concordia en Colombia.
Así, a los azares de esta trama
internacional, se han subordinado muchas veces las decisiones
de los poderes gubernamentales, especialmente en cuanto atañe
a las agotadoras diligencias de la pacificación dialogada.
El mandato belisarista miraba hacia el Caribe antes de formalizar
sus entendimientos con las agrupaciones insurrectas; y volvía
el rostro hacia el rincón al oír los agrios reclamos
de Nicaragua sobre el Archipiélago de San Andrés
y Providencia. Eso pasa cuando se posee un criterio muy pobre
acerca de las prerrogativas nacionales, o del respeto que los
Estados han de guardar por los asuntos privativos de las demás
naciones.
Creo, no obstante, que la situación
evoluciona de manera favorable. La opinión pública
viene aprendiendo a punta de palo. Numerosos sectores dejaron
de tomar a la ligera el influjo que ejercen las contradicciones
mundiales sobre nuestras bregas políticas. A arrojar luz
coadyuvará incluso la "perestroika", por aquello
de que la mejor refutación es el desarrollo mismo de lo
refutado, cual lo concebía Hegel. El disgusto creciente
de las repúblicas subalternas de Europa Oriental ya delata
la índole imperialista de la Unión Soviética.
Sus retiradas tácticas se traducirán en derrotas
estratégicas. Y si no ha sido tan acelerada la rusificación
del orbe a través de unas guerras restringidas que tambalearon
por la insuficiencia de los caudales e instrumentos indispensables,
cabe esperar que se empantane también el predominio ruso
mediante la monopolización de los mercados y las monedas
extranjeros. Se abre, en fin, la perspectiva de contener a los
zares redivivos y a sus estipendiarios.
En Colombia todo depende de un cambio
de mentalidad, de una revolución ideológica que
coloque en la picota las posiciones de quienes rechazan las exigencias
del FMI mientras alaban el aniquilamiento de los pueblos de Eritrea,
Chad y Afganistán, o se muestran internacionalistas ante
los centroamericanos y chovinistas ante los indochinos. El editorial
de El Mundo simboliza un paso en aquella dirección. Que
el país lo sepa.
Cordialmente,
Francisco Mosquera.