Construyamos
un Frente por la Soberanía y la Democracia
Antecedentes
Históricos
Los
sucesivos gobiernos de la era neoliberal –1990-2003- ahondaron
las ya difíciles circunstancias, en las que se desenvolvía
el proyecto de constituir en Colombia, un estado-nación.
Desde los centenarios tiempos de la desmembración de Panamá,
las posibilidades de que nuestro país se inscribiera en
el concierto de las naciones desarrolladas, se han visto obstruidas
por la intervención norteamericana en la definición
de nuestros más cruciales asuntos. Durante muchos años
se constituyó en una tradición que cada cierto tiempo,
nos visitaran misiones extranjeras, que diagnosticaron el país
e indicaron a los gobernantes las políticas y los modelos
que se debían aplicar para, supuestamente, redimirnos del
atraso y encaminarnos por rutas de progreso y bienestar. Hace
más de ocho lustros, al compás de la batuta de Lauchlin
Currie, ingresamos en la era de los “planes de desarrollo”,
con el resultado evidente de que no hemos podido desarrollarnos
pero, en cambio, si nos encontramos atenazados por una asfixiante
y creciente deuda externa que ha servido de instrumento para que
los organismos internacionales creados en Bretton Woods, al fin
de la Segunda Guerra Mundial, impusiesen sin piedad esquemas y
políticas contrarias al interés nacional.
Como
resultado de ello, jamás hemos podido contar con una industria
manufacturera que combine la producción de bienes de consumo,
intermedios y de capital, en una estructura equilibrada entre
empresas livianas, medianas y pesadas. Por el contrario el raquítico
desarrollo alcanzado por la industria nacional, se ha visto permanentemente
entorpecido por la intromisión del capital y las mercaderías
extranjeras. En el campo, la concentración de la tierra
en pocas manos y su marginación de las faenas productivas,
han impedido que la producción agraria se desarrolle y
que la gran masa campesina acceda a la posesión de la tierra,
y tampoco haya contado con programas de crédito, asistencia
técnica y precios de sustentación. De esa manera,
los dos pilares del desarrollo material y económico de
cualquier nación – la industria y la agricultura-
se han visto seriamente entrabados, con gravísimas consecuencias
para el progreso económico y el bienestar de la población.
LOS
AÑOS NOVENTA
La desaparición de la Unión Soviética, en
1989, significó grandes cambios en la situación
internacional. Del mundo bipolar, de los años setenta,
caracterizado por el enfrentamiento político y militar
entre las dos superpotencias, pasamos a un mundo multipolar, en
el que las resurgidas economías de Europa y del Japón,
junto a Estados Unidos, establecieron un escenario de intensa
competencia económica y comercial. El nuevo orden internacional
implicó el desmonte de las barreras a la libre circulación
de mercancías y capitales, la entrega del patrimonio nacional
y las empresas estatales mediante la privatización y, la
rebaja del costo de la mano de obra, entre otras medidas que forman
parte del llamado modelo neoliberal. Tales políticas formuladas
en el “Consenso de Washington”, fueron impulsadas
por el Fondo Monetario Internacional y los demás organismos
multilaterales, y se han venido aplicando sin pausa en los países
del Tercer Mundo, con consecuencias que están a la vista.
En
sus inicios los resultados fueron altamente positivos para la
economía de los países industrializados, pero profundamente
lesivos para las naciones subdesarrolladas. Empero, a la vuelta
del tiempo, la prosperidad anunciada ha dado paso a un clima de
recesión generalizada que afecta, en mayor o menor grado,
a la totalidad de las naciones. En nuestros lares, los efectos
han sido desastrosos, al punto que la economía se encuentra
postrada, desde hace varios años, la industria y la agricultura
han perdido casi 20 puntos porcentuales en la generación
del PIB y se ven arrasados por las mercaderías extranjeras,
el comercio, los servicios y las finanzas reemplazan la producción
material, la desocupación crece y las condiciones de empleo
se deterioran, la salud y la educación, convertidas en
mercancías, se elitizan, la miseria se extiende y, los
colombianos no encuentran un solo motivo que invite al optimismo.
El
proceso que nos ha llevado a tan calamitosa situación comenzó
con el cambio de la superestructura, vulgarmente denominado “revolcón”.
La reforma constitucional de 1991 sentó las bases jurídicas
para el nuevo modelo económico y social. A ella se sumaron
posteriormente las reformas financiera, laboral, de seguridad
social, etc., con las cuales el país se insertó
en el llamado mundo globalizado, un eufemismo detrás del
cual se esconde la ofensiva recolonizadora del imperio del Norte.
Como parte integrante del esquema aperturista también se
promovió la privatización de los entes estatales
que cumplían funciones estratégicas como las telecomunicaciones,
de apoyo a la producción como el IFI o la Caja Agraria,
o del ámbito social.
La
apertura y las demás reformas económicas fueron
el eje de la fementida modernización del aparato productivo,
las cuales supuestamente iban a permitirnos conquistar los mercados
internacionales a cambio de abrir nuestra economía. En
aras de ello se redujeron significativamente los aranceles y se
eliminaron las restricciones a la inversión de capitales
externos, tal como la que sólo permitía repatriar
el 31% de las utilidades al país de origen. A consecuencia
de ello se ha producido la ruina de la agricultura, agobiada por
el alud de importaciones de alimentos subsidiados por el país
productor, lo cual se ha visto agravado por una mayor concentración
de la propiedad terrateniente, al punto que hoy el 53,7% de la
tierra se encuentra ociosa y en manos del 1% de los propietarios
y solo se cultiva menos del 20% de las hectáreas laborables.
La
quiebra de la industria también se ha derivado de la desleal
y desventajosa competencia de los géneros extranjeros.
Tanto que el empleo industrial bajó de representar el 23%
del total, en 1970, al 14% en 2000. Otro tanto acaeció
con su participación en la generación del PIB, índice
en el cual se dio un descenso similar. A los avatares de la economía,
comunes a todos los países latinoamericanos, en el caso
colombiano, se agregan los nocivos efectos de la violencia y el
terrorismo.
Este
fenómeno, presente en la vida nacional desde mediados del
siglo pasado, ha transitado por diversas fases, enmarcadas en
la evolución de nuestra reciente historia. Primero tuvo
que ver con la violencia política de los años cincuenta,
posteriormente se entroncó con el auge de la teoría
del foco guerrillero, en los sesenta y, a finales de los setenta,
tuvo relación con la ofensiva soviética en procura
de desplazar a Estados Unidos, como potencia prevaleciente. En
el último decenio se ha visto ligado con el problema del
narcotráfico, lo cual ha significado el fortalecimiento
económico y, por ende, militar de las agrupaciones armadas.
Las batallas democráticas y patrióticas de los colombianos
se han visto entrabadas por la intensificación del secuestro,
la extorsión o el terrorismo y, de su parte, la oligarquía
colombiana justifica muchas de sus actitudes represivas contra
la población en la existencia del problema guerrillero.
A su vez, los alzados en armas argumentan que la injusticia y
las tremendas desigualdades son el caldo de cultivo para su acción
y así, avalar sus equivocados métodos.
Desde
comienzos de los ochenta, tanto unos como otros, han ensayado
buscar mediante el diálogo una salida al conflicto, con
el resultado, a todas luces evidente, de que la violencia se ha
extendido e incrementado. Mientras los alzados en armas han pretendido
que las transformaciones que persiguen puedan ser alcanzadas como
fruto de la negociación, los dueños del poder ambicionan
resolver el problema como en 1991, cuando todo cambió para
que nada cambiara. Entre tanto, la mayoría de los colombianos,
espectadores y víctimas inermes del enfrentamiento, anhelan
que se establezca un clima democrático en el cual, las
naturales controversias vigentes en nuestra sociedad se desenvuelvan
de manera civilizada.
El
comportamiento de las diferentes fuerzas políticas frente
a tan compleja situación ha sido diverso. Los partidos
tradicionales han servido de soporte a toda la arremetida imperialista,
no obstante que muchos de sus dirigentes, fueron blanco de la
campaña de desprestigio desatada, con el fin de relevar
la vieja casta gobernante, por la Panda de los Andes y los yuppies
formados en Harvard y los demás centros académicos
del imperio. Aunque representantes de la llamada clase política
alcanzaron a manifestar su inconformismo frente al nuevo evangelio,
con contadas excepciones terminaron plegándose a los postulados
neoliberales. Otro tanto acaeció con la mayoría
de los dirigentes empresariales y gremiales, quienes en un principio
percibieron los funestos efectos del modelo, pero terminaron acogiéndose
a ese programa, seducidos por los aparentes beneficios de las
sucesivas reformas laborales.
En
la izquierda y el movimiento obrero se han presentado deserciones
hacia el bando contrario, ha predominado la conciliación
y, además, la tesis de la “combinación de
todas las formas de lucha”, sigue creando confusión.
Sin embargo, importantes núcleos han mantenido la coherencia
y la firmeza, en medio de la recia ofensiva de la reacción
mundial y se aprestan a aprovechar el cambio del viento que se
comienza a insinuar. La reciente evolución de los acontecimientos
ha comenzado a despejar el panorama, las ilusiones reformistas
que se abrigaron, comienzan a derrumbarse y la desesperanza da
paso al entusiasmo acerca de un luminoso futuro.
EL
CAMBIO DE SIGLO
Al gobierno de Andrés Pastrana le correspondió orientar
el país en el cambio de siglo y de milenio. Sus ejecutorias
en materia económica no se alejaron de los conceptos aplicados
por sus predecesores. Pero lo más notorio de su mandato
fue la expectativa que creó alrededor de la propuesta de
alcanzar la esquiva paz, mediante el diálogo directo y
la búsqueda de una solución política negociada,
reeditando los fastos de la paz belisarista, con un novedoso ingrediente:
el despeje de un amplio territorio, bajo la administración
de la guerrilla. Los resultados de esta gestión no admiten
discusión, puesto que las cifras acerca del incremento
de los hechos violentos, son incuestionables.
El
fracaso de esa política de apaciguamiento y concesiones
con los alzados en armas, sirvieron de argumento a Uribe Velez
para reforzar la idea de que el principal problema nacional es
lo atinente a la guerra y la paz. Con un discurso centrado en
la rápida y fácil consecución de la concordia,
a través de una estrategia con énfasis en lo militar,
sedujo al electorado y logró una aplastante victoria, en
la primera vuelta. Su administración se ha enmarcado en
el propósito de acelerar las medidas neoliberales de “segunda
generación”, mientras distrae la atención
hacia los fuegos artificiales de la guerra. A tal objetivo contribuyen
las alocadas acciones de los diversos “actores del conflicto”,
las cuales le quitan la iniciativa a las fuerzas populares y democráticas
y se la entregan en bandeja de plata a los detentadores del poder.
En
el fondo de la discusión acerca de la situación
nacional se encuentra el dilema de si son la violencia y la corrupción
o la política económica, la causa principal del
caos existente. Lo escandaloso de los hechos violentos y la magnificación
de las frecuentes corruptelas, sirven para encubrir que es el
desastre económico, gestado por la apertura, el principal
responsable de la catástrofe nacional. Las cifras al respecto
son incontrovertibles, porque mientras en los guarismos oficiales
la violencia representó una pérdida, el año
pasado, de 1,2 billones de pesos, que sumados a la corrupción
ascienden a tres billones de pesos, la rebaja de aranceles implica
una disminución de ingresos cercana a 6 billones, la reducción
del área sembrada en 800.000 hectáreas significa
dejar de producir 9 billones de pesos y la desindustrialización
nos afecta en cerca de veinte billones de pesos anuales. Por eso
son tales afanes el denominador común en América
Latina y el resto de países del Tercer Mundo, acogotados
por las imposiciones del Fondo Monetario Internacional. El caso
más sonado y reciente que corrobora nuestro aserto es la
ruina a la que fue conducida, de la mano del FMI, la otrora próspera
nación argentina, donde hace mucho tiempo no se presentan
insurrecciones armadas.
Como
no hay mal que dure cien años se empieza a vislumbrar un
nuevo entorno internacional, en el cual las luchas de los pueblos
encontrarán mejores condiciones para su desarrollo. La
férrea unidad exhibida por los países industrializados,
al socaire del derrumbe del Muro de Berlín, en torno del
empeño de imponer los dictámenes aperturistas, a
comienzos de los noventa, viene cediendo el paso a un cada vez
más agudo enfrentamiento. La crítica situación
económica mundial, ha demostrado plenamente que ese modelo
solamente aplazó la crisis del sistema imperialista, agobiado
por la disminución de la tasa de ganancia del capital,
la alta concentración monopolista, la ínfima capacidad
adquisitiva de la inmensa mayoría y la voracidad del capital
financiero especulativo.
La
preeminencia de la especulación sobre la producción
y la merma de los márgenes de ganancia han venido enturbiando
las relaciones entre las potencias, al punto que en la última
reunión del G-7, en febrero pasado, la conclusión
fue que ¨Cada nación del Grupo debe dar sus propios
pasos para impulsar el crecimiento¨, es decir ¡Sálvese
el que pueda¡ En esas circunstancias la repartición
de las zonas de influencia, los mercados, los recursos naturales,
etc., se torna más agresiva, dando paso a una etapa de
intensa confrontación, en la que los vientos de guerra
tienden a convertirse en huracanes. En un mundo caracterizado
por la ofensiva recolonizadora en contra del Tercer Mundo, emergen
con mucha fuerza las contradicciones interimperialistas, llamadas
a jugar un papel determinante en el futuro cercano de la humanidad.
La
principal expresión de esta nueva situación es la
honda crisis que atraviesa la todopoderosa economía norteamericana,
exhausta ante una apabullante deuda, un creciente déficit,
una drástica contracción de la demanda, factores
que sumados dieron origen al estallido de la burbuja especulativa
de finales del siglo pasado y al derrumbe de varias de las empresas
más poderosas, en medio de escandalosas corruptelas. El
inevitable traslado de las angustias de la economía al
terreno de la política, ha llevado a Estados Unidos a asumir
una agresiva y arrogante actitud, en procura de pasar del multipolarismo
a su hegemonía absoluta, una aspiración de muchos
imperios, a lo largo de la historia, que siempre ha tropezado
con la resistencia de los pueblos y ha sido derrotada.
El
pretexto ideal para imponerle al mundo sus determinaciones ha
sido la batalla contra quienes a su parecer son terroristas. Detrás
de las arengas que llaman a la cruzada contra el terrorismo, invocadas
en la reciente agresión imperialista contra Irak, se oculta
la apremiante necesidad de controlar la riqueza petrolífera
del Medio Oriente y presionar a las naciones de Europa, urgidas
del combustible que allí se produce. Para sacar adelante
tales designios no han escatimado esfuerzos y desconocieron a
las viejas instituciones que presidieron el devenir del mundo,
en los últimos cincuenta años, debilitándolas
y mostrándolas como obsoletas.
En
ese contexto se desarrolla la arremetida uribista en pos de rematar
la faena de sus antecesores. La avalancha de reformas –laboral,
pensional y tributaria- aprobadas en las primeras de cambio de
su gobierno, mostró sin lugar a dudas su compromiso con
el gran capital, especialmente norteamericano. Todas ellas hacen
parte del Acuerdo Stand By, rubricado con el Fondo Monetario,
a finales del año pasado, afectan directamente a la población
e implican que el país continúe avanzando hacia
la bancarrota. La puntada final de la oleada reformista la constituye
el proyecto de referendo que, a la par con la reforma política,
pretenden escudarse en la lucha contra la corrupción y
el clientelismo, para impedir el acceso de las fuerzas minoritarias
y de oposición a las instancias parlamentarias y concentrar,
aún más, el poder en el Ejecutivo y en una ínfima
minoría oligárquica. A ello se suma la inclusión
de nuevas medidas de ajuste fiscal, que disminuyen los ya precarios
ingresos del pueblo e incrementan la tragedia social.
Su
plan de gobierno persigue desviar la atención hacia el
problema terrorista, mientras mantiene y profundiza los esquemas
aperturistas, con su acatamiento al ALCA, y culmina la labor de
entregar el patrimonio público al capital monopolista extranjero,
mediante la privatización. Los pasos dados para debilitar
a Ecopetrol y liquidar a Telecom, hacen parte de la fase previa
a la imposición del ALCA, allanándole el camino
a la avalancha de inversiones extranjeras. Con las ya ejecutadas
reformas reduce el costo de la mano de obra, en beneficio de las
grandes multinacionales y, en materia social, extiende la funesta
política de salud y seguridad social al área educativa,
con lo cual queda claro que la revolución es la privatización.
Se adelanta, de igual manera, el desmonte del ISS y de los programas
del ICBF y la profundización de la descentralización,
el instrumento con el cual se ha conducido a la quiebra los entes
territoriales.
LA
OPOSICION BRILLA POR SU AUSENCIA
En tan desolador panorama el pueblo colombiano no ha contado con
una oposición seria y consecuente que enfrente la arremetida
imperial y oriente el país. Varias son las alternativas
que han pretendido convertirse en representantes del sentir popular
y nacional, pero no han pasado de ser reformistas y claudicantes.
Desde su derrota en 1998, el Partido Liberal viene oscilando entre
las tendencias que lo invitan a declararse en la oposición
y las corrientes que en su seno persisten en pelechar bajo el
alar de los gobiernos, aupando todo el recetario neoliberal. De
tal circunstancia da fe la fórmula aprobada en su reciente
Congreso Nacional, de la “colaboración constructiva
con independencia crítica”. Es evidente, a estas
alturas, que la Dirección Liberal ha respaldado las imposiciones
del Fondo Monetario Internacional, como se puede deducir del apoyo
de la mayoría de la bancada parlamentaria, a los proyectos
más lesivos, como el Acto Legislativo 01, las sucesivas
reformas tributarias, laboral y pensional, el referendo, la reforma
política, etc.
El
más reciente episodio tiene que ver con las gestiones unitarias,
alrededor del gobierno de Uribe Velez, realizadas por el ex presidente
Samper, las cuales coincidieron con el nombramiento de Horacio
Serpa, como embajador ante la OEA. Tal hecho dejó sin cabeza
visible a la llamada “oposición constructiva”
y despejó todo tipo de dudas e ilusiones acerca de que
el excandidato liberal encarnaría una alternativa de verdadera
oposición a las políticas oficiales, que no son
otras que las del imperio.
El
espacio de la oposición tampoco ha podido ser llenado por
el Frente Social y Político. Ello se evidencia con la posición
que han asumido sus integrantes, frente a los dos grandes problemas
nacionales: la dominación extranjera y la violencia generalizada.
Sus etéreas propuestas no van al fondo de esos problemas
ni recogen las aspiraciones y necesidades de los colombianos.
En cuanto a su alter ego, el Polo Democrático, no ha pasado
de ser una confluencia de alcances meramente electorales, que
adolece de los dos requisitos básicos para constituir un
proyecto de largo aliento, capaz de atraer a todos los sectores
progresistas y patrióticos: un programa y unos criterios
organizativos y de funcionamiento democráticos y a la vez
centralizadores que, respeten la autonomía de cada una
de las organizaciones y personalidades aliadas. Sus conceptos
se asemejan a los que expone la amplísima y dispersa gama
de organizaciones que confluyen en el Foro Social Mundial, sin
rumbo ni norte claros.
En
tales circunstancias se hace indispensable trabajar en procura
de llenar ese vacío proponiendo la constitución
de un Frente por la Soberanía y una Nueva Democracia que
sirva de instrumento de confluencia de las fuerzas patrióticas
y democráticas. Como quiera que la tarea de sacar a Colombia
de la postración a la que la han conducido las sucesivas
administraciones oligárquicas, los sectores firmantes de
la presente declaración nos comprometemos a impulsar y
promover los siguientes criterios programáticos y organizativos:
EL
PROGRAMA
1. Pugnar por la soberanía económica y política
y la autodeterminación frente al poder imperialista nortemericano.
Trabajar por el progreso y el desarrollo de la nación y
salvaguardar la integridad de Colombia como nación.
2.
Enfrentar a los tradicionales y nuevos sectores que sirven de
soporte a la dominación extranjera.
3.
Defender la producción nacional afectada por las políticas
aperturistas, promovidas por el FMI, con base en la onerosa e
impagable deuda externa, que entregan el mercado a los géneros
foráneos y los recursos naturales y el patrimonio público
a los capitales monopolistas extranjeros.
4.
Impulsar el desarrollo agrario, con base en el acceso de los campesinos
desposeídos a la tierra, el freno a las importaciones,
y programas de crédito de fomento, asistencia técnica
y comercialización de los productos.
5.
Proteger los intereses y luchar por los derechos y las libertades
de los trabajadores y el pueblo, conculcados por las reformas
neoliberales.
6.
Desarrollar un modelo de seguridad social integral, universal
y solidario, a cargo del estado, que garantice la atención
de todos los riesgos y contingencias y les brinde cobertura a
todos los colombianos.
7.
Propender una política educativa a cargo del estado, de
contenido democrático que estimule la investigación
científica y el florecimiento de una cultura nacional que
recoja lo más avanzado de la humanidad.
8.
Abogar por relaciones diplomáticas, comerciales y culturales
con base en la igualdad, respeto mutuo y beneficio recíproco.
Unirnos con todos los pueblos que luchan contra la opresión
extranjera y las tendencias hegemónicas. Contribuir a la
construcción de una auténtica y autónoma
integración económica latinoamericana, al margen
de las propuestas de carácter imperialista.
9.
Condenar el secuestro, la extorsión, el atentado personal
y el terrorismo, como métodos para dirimir las contradicciones
vigentes en la sociedad colombiana y propender por un ambiente
de controversia civilizada, en el que todas las fuerzas políticas
y sociales se encuentren en píe de igualdad.
10.
Convocar a todas las clases y capas democráticas y patrióticas
a luchar por la soberanía y la autodeterminación
nacionales.
NORMAS
DE FUNCIONAMIENTO
1. Establecer una dirección colectiva compuesta por todos
los partidos, personalidades y movimientos que lo integren.
2.
Promover la participación de las bases en los debates y
las definiciones que determinen el rumbo del movimiento.
3.
Operar con base en normas democráticas de funcionamiento
y tomar sus decisiones fundamentales por consenso.
4.
Acoger a todas las fuerzas y grupos, a nivel nacional, regional
o local, que adhieran a su plataforma programática y sus
normas internas.
5.
Combatir los brotes de sectarismo que resquebrajen la unidad,
respetar el carácter independiente de los distintos movimientos
y partidos integrantes del Frente y no inmiscuirse en sus asuntos
internos.
6.
Acatar las decisiones adoptadas por los organismos de dirección
en cada nivel y promover los candidatos que sean postulados por
la dirección nacional o se determine unánimemente
respaldar.
Bogotá
D. C., Junio de 2003