A las puertas de un nuevo
año
Con un Gobierno Despótico y Vendepatria
Florece el Oportunismo
La opinión pública
internacional ha centrado su mirada en los resultados de la elección
presidencial en Estados Unidos, como un hecho definitivo para
el futuro rumbo del planeta, sin prestar atención a que
los dos candidatos -Bush y Kerry- representaban de igual manera
los intereses de los grandes monopolios norteamericanos. De hecho,
la campaña electoral se caracterizó porque el candidato
demócrata se esforzó por mostrar que no era una
“paloma”, en asuntos internacionales, en tanto que
el republicano hizo todo lo posible por quitarse el apelativo
de “halcón” y aparecer como preocupado por
los problemas económicos y sociales de su país.
Lo que se iba a determinar si ganaba el primero o el segundo,
era si el aislamiento y desprestigio de los Estados Unidos se
frenaba y retrasaba o se aceleraba y profundizaba. El pronosticado
triunfo de Bush asegura, sin pausa ni demagogia, la continuidad
de la arrogante y prepotente actitud norteamericana, en procura
de la inalcanzable hegemonía.
En ese contexto se refuerza
una importante característica de esta época en la
que, por primera vez desde la instauración del Siglo Americano,
la tierra del Tio Sam no es vista como la morada por excelencia
de la democracia y la libertad, y sus aventuras imperiales son
calificadas como lo que son: actos de piratería colonialista.
De hecho, ya no son los rivales de los Estados Unidos, sino sus
más dilectos aliados, quienes, con el beneplácito
de Washington, construyen muros de la ignominia en la patria de
Yasser Arafat, el recién fallecido líder del pueblo
palestino, quien aleccionó a la humanidad acerca de cómo
se defienden consecuentemente los intereses de una nación.
Así mismo son los supuestos adalides de los derechos, quienes
administran modernos campos de concentración en Cuba e
Irak, donde se practica la tortura al mejor estilo nazi.
A la par que se deteriora
la imagen de la única superpotencia que puede aspirar a
la supremacía total, avanza el proceso de consolidación
de la Unión Europea, con Francia, Alemania y ahora España,
a la cabeza, mediante la firma por parte de 25 países de
la Constitución comunitaria, donde se consagra una política
exterior y de seguridad común que los estados signatarios
se comprometen a apoyar sin reservas. También se presenta
como un factor determinante de la situación mundial el
surgimiento de China como una potencia económica de primer
orden, formalizándose su paso del Tercer Mundo, donde le
correspondía estar, cuando era auténticamente socialista,
bajo la batuta de Mao Tse Tung, al Segundo Mundo, el de las naciones
capitalistas desarrolladas, que pugnan por sobresalir en el ajedrez
planetario, pero se tropiezan con los ambiciosos intereses de
la Casa Blanca. Al mismo tiempo ha cambiado de ubicación
Rusia, cabeza de la otrora superpotencia soviética, en
la cual se vislumbran signos de recuperación de su papel
protagónico, ahora también como parte del bloque
de países capitalistas de segundo orden.
En ese marco, de manera
todavía discreta y sutil, se desenvuelven las crecientes
contradicciones entre los integrantes del mundo desarrollado,
en tanto que sus trabajadores y los pueblos de los países
atrasados comienzan a salir del letargo. Hacia el futuro, el derrotero
de los acontecimientos estará marcado por la intensificación
de las contradicciones inter imperialistas, la conformación
de un bloque de países desarrollados que se decidan a enfrentar
las aspiraciones hegemónicas de Estados Unidos, el despertar
del proletariado de esas naciones y la intensificación
de la batalla contra la dominación extranjera en los países
sojuzgados. En esas condiciones se pone al orden del día
la propuesta de crear un Frente Único Antiimperialista,
al cual confluyan todas estas vertientes que, desde su particular
punto de vista y con sus propios intereses estén dispuestas
a participar en esta histórica confrontación.
DE LA MANO DE URIBE, COLOMBIA AVANZA
HACIA EL DESPEÑADERO
A mitad de camino del mandato uribista,
el pueblo colombiano no encuentra razón o circunstancia
que lo inviten al optimismo. No obstante los anuncios oficiales
acerca de una supuesta reactivación económica ni
las amañadas cifras del DANE, sirven para ocultar una realidad
que agobia a la inmensa mayoría de la población.
La pobreza, una de las endemias que el neoliberalismo pretendía
erradicar, agobia a más del 60% de los colombianos; el
desempleo se extiende, pese a los esfuerzos para ocultarlo mediante
el ardid de clasificar a una parte de los desocupados –más
de trece millones- como población económicamente
inactiva; los escasos empleos que aún se mantienen se tornan
en temporales o se brindan en oprobiosas condiciones laborales;
la informalidad se convierte en la única salida para millones
de compatriotas al borde de la inanición y, el gasto social
baja del 16.7% del PIB, en 1996, al 12.9 en 2003.
En materia de salud, según la
Contraloría General de la República, antes de la
Ley 100, el ministerio del ramo, reportaba que al 40% de la población
la cubría su propia red hospitalaria, el 18% la seguridad
social, el 17% la medicina privada y, sólo el 25% de la
población estaba desprotegida. En 2003, diez años
después de la reforma, teóricamente el 62% de la
población se encuentra afiliado al Sistema General de Seguridad
Social en Salud y, de ser así, el restante 38% se encuentra
desamparado. El porcentaje de personas que se sintieron enfermas
y fueron atendidas por una institución o profesional decreció
de 77.2%, en 1997, a 67.9%, en 2003, entre tanto aumentó
el porcentaje de utilización de la auto-receta (7.5% a
12%), remedios caseros (4.9% a 9.5%) y medicación por boticario,
según la conciencia estadística de la nación,
el DANE. En cuanto a la educación, en 2001, de los 13,5
millones de personas en edad escolar, sólo había
9.6 millones matriculados, en preescolar, básico y medio,
291.000 menos que en 2000 y el gasto de los hogares en educación
se había duplicado. Respecto a la calidad, en las pruebas
del ICFES, el 65% de los puntajes se ubica en los niveles medio
y bajo, mientras solamente el 5.6% se encuentra en los niveles
superior o muy superior y en una prueba internacional , el promedio
de 456 países fue de 513 puntos y el parámetro superior
lo alcanzó Singapur con 643, mientras Colombia sólo
llegó a 385 puntos.
Todo ello es el producto de que Colombia
cada día produce menos y se endeuda más. Entre 1997
y 2003 la producción nacional se redujo de 106.761 millones
de dólares a 79.448 millones y la balanza comercial entre
1993 y 2003 arrojó un saldo negativo de casi diez mil millones
de dólares. El agro, la industria y la minería que
aportaban el 43,6% del PIB, en 1992, ahora solo aportan el 31,1%.
El área cultivada se redujo de 4’358.543 hectáreas,
en 1992 a 3’858.203 hectáreas, en 2002, mientras
las importaciones agrícolas crecieron de 2’174 mil
toneladas, en 1992 a 6’086 mil toneladas, en 2002. Es así
como solamente se cultiva el 3% del área y se dedican grandes
extensiones a la ganadería extensiva, sin que en esta actividad
tampoco se registren progresos. Al contrario, si se compara el
número de cabezas de ganado que se sacrificaban en 1982,
hace más de veinte años, con el del 2002, se encuentra
que no ha habido evolución y seguimos sacrificando un poco
más de 3 millones de reses al año, por lo que, dado
el crecimiento de la población, el consumo de carne debe
haber descendido de manera significativa. De hecho, según
las cifras oficiales, el hato ganadero se estancó en 25
millones de cabezas, dispersas en 35 millones de hectáreas
dedicadas a esa poco productiva actividad.
En cambio, en 1995 el estado debía
28 billones de pesos corrientes, entre ese año y 2003 hemos
cancelado por concepto de intereses y amortizaciones más
de $120 billones y, a la fecha, adeudamos $158 billones. La deuda
pública como porcentaje del PIB pasó de 16.5%, en
1990 al 52,3% en diciembre de 2003, lo que hace que el rubro que
más crece en el presupuesto de gastos es el servicio de
la deuda, pasando de 13,1% en 1991 a 47,5% en 2003 . El año
pasado mientras se amortizaron US$7.000 millones, solo nos desembolsaron
US$4.200, o sea que se presentó un flujo negativo de US$2.800
millones. El asunto es más grave aún ya que el 72%
de los recursos de crédito se destina al financiamiento
del Estado, principalmente al servicio de la deuda, en tanto que
las actividades productivas –minería, agro e industria-
que en 1990 percibían el 29% de los recursos externos,
ahora sólo reciben el 3%.
DESASTRE ECONOMICO LATINOAMERICANO
Tan negativas circunstancias se reproducen
a nivel latinoamericano. Entre 1985 y 2000 la participación
de las exportaciones de la Comunidad Andina en el mercado mundial
bajó de 1,3% a 0,9%. En el marco del Tratado de Libre Comercio,
México triplicó sus exportaciones, pero el PIB sólo
creció un 1% en promedio anual. Como efecto de las privatizaciones,
entre 1991 y 2001 las empresas multinacionales subieron su participación
en las ventas de 27,4% al 46,7%, en perjuicio de las empresas
estatales que bajaron de 32,2% a 18,2% y de las nacionales de
capital privado, que decrecieron del 39,4% al 35,1% . De ahí
que entre 1990 y 2001 los inversionistas extranjeros pasaran de
controlar el 10% del sector financiero, al 50% y la deuda externa
latinoamericana creciera de US$570.823 millones, en 1994, a US$726.988
millones en 2001, pasando de representar el 37% del PIB, en 1997,
al 51% en 2002. La pobreza subió en América Latina
del 38%, en 1994, a casi el 50% en 2003 y la tasa de desempleo
de la región creció del 10% en 1997 al 15% en 2002.
Estos resultados son el producto de
la implantación de los postulados del Consenso de Washington,
los cuales no han tenido cambios significativos con la asunción
al poder de varios mandatarios que militaron en la izquierda en
tiempos pretéritos y ahora, arrepentidos de su pasado,
gobiernan en Brasil o ganaron las recientes elecciones en Uruguay.
De similar corte son los gobiernos de “centro izquierda”
de Chile y Argentina que, en medio de un discurso seudo izquierdista
negocian y aplican las recetas del Fondo Monetario, o sea aquellos
que hacen la campaña con promesas de desarrollo y gobiernan
con políticas de ajuste.
EL TLC, PUNTILLAZO FINAL AL PROCESO
DE RECOLONIZACION
Haciendo caso omiso de los funestos
resultados de la política aperturista Uribe Vélez
se apresta a firmar un Tratado de Libre Comercio con los Estados
Unidos, lo cual ahondará la crisis de nuestra economía.
Por si cabe alguna duda acerca de las reales intenciones del gobierno
estadounidense, es importante recordar estas palabras de George
Bush: “Mi gobierno está promoviendo el comercio libre
y equitativo, para abrir mercados nuevos para los empresarios,
fabricantes y agricultores de los Estados Unidos y crear puestos
para los trabajadores de los Estados Unidos”. Un acuerdo
comercial con Estados Unidos no puede ser equilibrado y de beneficio
mutuo, en cuanto ese país concentra más del 80%
de la producción de bienes y servicios del continente americano.
El PIB de Estados Unidos creció en US$127.100 millones
de dólares entre 1998 y 2003, pasando de 9´872.800
millones de dólares a 10´900.000 millones, mientras
el PIB de los tres países andinos que negocian actualmente
un TLC -Colombia, Ecuador y Perú- disminuyeron su producción
de 175.300 millones de dólares a 162.760 millones, en el
mismo período.
Para ambientar la idea de que el libre
comercio es la solución a los problemas del subdesarrollo,
se nos dice que no es la protección de nuestro propio mercado,
sino la vocación exportadora la clave del progreso y el
bienestar de los pueblos. Sin embargo, los hechos, única
fuente de la verdad, muestran todo lo contrario, puesto que mientras
Estados Unidos dedica solamente el 10% de su producción
al mercado externo y Japón lo hace en un 11%, países
tan atrasados como Angola, Guinea y Gambia, destinan la mayoría
de su exigua producción a la exportación, 93%, 97%
y 59% respectivamente.
La negociación que se desarrolla
a espaldas de la realidad nacional incluye otros novedosos aspectos
que entrañan el reforzamiento de los lazos de dominación.
La propiedad intelectual es uno de los puntos que más enfatizan
los negociadores gringos, interesados en que el reconocimiento
de las patentes y su amañada utilización sean una
nueva fuente de exacción. En materia agraria mientras se
exige la derogación de la débil regulación
de precios, se mantienen los subsidios agrícolas a la poderosa
agricultura norteamericana. Además se pretende abrir las
compras del Estado, un mercado que todavía es casi exclusivo
para los proveedores nacionales, a las empresas extranjeras.
LA REFORMA TRIBUTARIA
Para enjugar el crónico déficit
fiscal y dar cumplimiento a los dictámenes de Washington,
el ministro Carrasquilla, una versión juvenil y fresca
de Rudolf Hommes, presentó un proyecto de ley cínicamente
denominado para el “financiamiento social”. En ese
esperpento se aduce que los pensionados son los responsables de
las penurias de las finanzas públicas y de que no se atiendan
debidamente los demás aspectos sociales. Desde la Ley 49
de 1990, hasta la 863 de 2003, el recaudo tributario ha pasado
del 8,4% del PIB al 14,7%, es decir que se ha sustraído
de la producción un 6,3% adicional del PIB. Eso convierte
a Colombia, en el concierto latinoamericano en la segunda mayor
cobradora de impuestos, como % del PIB, después de Chile
y, en materia de impuesto a la renta sólo nos supera Brasil
. En 2003 el total de los impuestos indirectos (IVA, aranceles,
4 x 1000 y timbres) representaron el 63,2% del recaudo, frente
al 42,7% de los impuestos directos (renta y patrimonio).
Para el presupuesto de 2004, los recursos
provenientes de impuestos sólo financiaron el 46% de los
gastos de la Nación, cuando en 1995 representaban el 61,4%.
La Reforma que se tramita en el complaciente Congreso, no ataca
las verdaderas causas del déficit fiscal, atribuible a:
la rebaja de los aranceles, la entrega del mercado de cambio de
divisas a la banca privada, la privatización o liquidación
de empresas estatales rentables como Telecom, Ecopetrol, Carbocol
o Cerromatoso, la quiebra de las empresas nacionales que repercute
en menores recaudos por impuesto de renta y, por lo tanto, en
una disminución del ingreso nacional, las ventajas otorgadas
al capital extranjero también han erosionado las finanzas
públicas, y por encima de todo el desangre que constituye
el oneroso pago de la deuda pública.
Si partimos de reconocer que la riqueza
que se genera en la sociedad colombiana proviene del trabajo y
no del capital, tenemos que concluir que todos los impuestos,
dividendos, rentas y utilidades son producto de la actividad desarrollada
por los trabajadores. Por lo tanto, los impuestos que pagan los
dueños del capital son simplemente una parte de la riqueza
generada por los trabajadores, en la labor productiva, apropiada
por quienes se han adueñado de los medios de producción.
El mayor cobro de impuestos, en general afecta a todo el aparato
productivo, porque son recursos que se sustraen del circuito económico
y se transfieren a las arcas públicas donde no juegan un
papel productivo, en ese sentido el mayor recaudo de todas maneras
genera recesión, en cuanto afecta la demanda de bienes
y servicios. De hecho, en últimas, los empresarios trasladan
los gravámenes a su estructura de costos y, por ende, a
los precios de los bienes y servicios que obligatoriamente consume
la inmensa mayoría.
La estructura tributaria del país
es regresiva porque se sustenta principalmente en los impuestos
indirectos. Ya desde la Ley 75 de 1986 se favoreció a los
grandes monopolios al homogenizarse el impuesto de renta en una
tarifa del 30% -hoy 35%- para las sociedades anónimas,
que se gravaban con el 40% y las limitadas, que tributaban el
20%. De acuerdo con el Instituto Colombiano de Derecho Tributario,
un asalariado que recibe al año $36 millones, tributa aproximadamente
$6’340.000, en tanto que un accionista que recibe similar
ingreso por concepto de dividendos, no tributa un solo peso al
erario, de ahí que los asalariados aporten $2,4 por cada
cien pesos de su patrimonio, mientras los que reciben utilidades
del capital contribuyen con sólo $0,6 por cada cien pesos
de sus activos declarados. Además, por las exenciones existentes
sólo presentan declaración de impuesto sobre la
renta el 4% de los contribuyentes, es decir 515.407 personas .
Desde la reforma de 1986 se viene acentuando
una tendencia a deteriorar la estructura tributaria, mediante
la reducción de las tarifas del impuesto a la renta, el
desmonte del impuesto a las ganancias ocasionales, la abolición
de la doble tributación en cabeza de los accionistas, los
ajustes por inflación y el desmonte de la renta presuntiva.
Los privilegios tributarios concedidos a empresas y personas de
altos ingresos representan para el erario sumas cuantiosas que
el gobierno reconoce que son superiores a diez billones de pesos.
Según un estudio hecho en otros tiempos, por el actual
Director de la DIAN, las exenciones significan que la tasa nominal
de impuesto a la renta -el 35% - en realidad se reduzca a 20%
para las sociedades y al 9,2% para las personas naturales. Por
eso, en 2003, los grandes contribuyentes aportaron el 10,96% del
total recaudado, en tanto que entre la retención en la
fuente y el IVA se recaudó 68,3%. En fin, el 86% de los
beneficios tributarios favorecen las rentas de capital, mientras
las rentas de trabajo sólo se benefician en un 14%.
De remate, ante la quiebra indiscriminada
y sistemática de las empresas nacionales se acentúan
la evasión, la elusión y la cartera morosa de la
DIAN, que ya representa más del 2% del PIB. La carga tributaria
ocupa el primer lugar en la estructura de costos de la producción
y ya representa más del 28% de las obligaciones de los
empresarios . Otro tanto sucede con la evasión del IVA,
del orden del 21%, cuyo recaudo corresponde principalmente a las
grandes cadenas comercializadoras. Un buen ejemplo de cómo
opera nuestro sistema tributario se encuentra en el sector financiero,
el cual reportó en septiembre de 2001 utilidades antes
de impuestos por $627 mil millones, de los cuales dedujo $149
mil millones por ajustes por inflación y canceló
$320 mil millones en impuestos, quedando un saldo de utilidad
final de $158 mil millones. En el mismo mes de 2003 reportaron
a Asobancaria $2 billones ciento sesenta y seis mil millones,
de los cuales dedujeron 312 mil millones de ajustes por inflación
y pagaron impuestos por $472 mil millones, quedándoles
una utilidad de $1 billón 382 mil millones. Como se puede
observar mientras las utilidades se multiplicaron por 8.75 veces,
los impuestos cancelados solo se multiplicaron por 1,48.
LAS REFORMAS ANTISOCIALES
Como parte de sus compromisos con el
FMI, Uribe ha presentado al Congreso, nuevas reformas a los esquemas
vigentes en salud y pensiones. En el caso de la salud la urgencia
de esta reforma tiene que ver con el evidente fracaso de la Ley
100 de 1993. El balance muestra que se disminuyó la cobertura,
se desmejoró la calidad y oportunidad del servicio, no
obstante que se incrementaron enormemente los recursos, se deterioro
la relación costo-beneficio, se desmejoraron las condiciones
de trabajo de los asalariados de la salud y, fracasó el
sistema de administración basado en la intermediación
privada. Ante tan desastroso panorama, cuyo telón de fondo
es la crisis de la red hospitalaria pública, los dueños
del poder proponen profundizar el modelo privatizador y liquidar
la exánime infraestructura de salud, de la cual ya no hacen
parte los hospitales de Caldas, Cartagena y el San Juan de Dios
de Bogotá, que ni siquiera con alcalde “izquierdista”
ha tenido salvación. También se encuentran en trance
de muerte el Ramón González Valencia de Bucaramanga,
el San Jorge de Pereira, el San José de Popayán
y el Erasmo Meoz de Cúcuta, entre muchos otros. El problema
radica en que las entidades privadas no pagan cumplidamente a
las entidades prestadoras de servicios y el Estado se ha negado
sistemáticamente a cumplir sus compromisos sociales. En
tanto languidece la red pública se enriquecen los negociantes
de la salud, convertida en mercancía. El mejor ejemplo
de ello es Saludcoop, una entidad extrañamente favorecida
desde las más elevadas cumbres del poder, que se creó
hace diez años con $25 mil millones de pesos de activos
y hoy ostenta un patrimonio de más de $300 mil millones,
construye su propia red de instituciones prestadoras de servicios
e invierte en otros campos y países.
En cuanto a las pensiones se trata
de desmontar los regímenes especiales y convencionales,
la mesada catorce y, en últimas, darle cristiana sepultura
al régimen de prima media que administra el ISS, para establecer
el monopolio de los Fondos Privados que, como se ha comprobado
reiteradamente, no otorgan pensiones ni anticipadas ni superiores
a las del Seguro Social. Para sustentar tal despropósito
se arguye que las reservas del ISS se agotaron y por lo tanto
el sistema no es “sostenible”, sin tener en cuenta
que esta institución soporta toda la carga pensional, pero
le han sustraído las cotizaciones de los afiliados al régimen
privado, del orden de 22 billones de pesos y, que el gobierno
ostenta una deuda histórica que supera los 60 billones
de pesos. Contra la sanidad financiera del sistema de pensiones
también conspiran la inestabilidad en el empleo generada
por las reformas laborales, la deslaboralización de las
relaciones de trabajo, la informalidad, la temporalidad y el desempleo,
al punto que más de la mitad de los afiliados no contribuye
hace más de seis meses, por lo que se les clasifica como
inactivos.
El gobierno le miente al país
entero cuando afirma que los regímenes especiales afectan
el presupuesto nacional, porque es sabido que en el caso del magisterio
y ECOPETROL, dichos regímenes han sido financiados con
recursos propios. A su vez, constituye una maniobra de terrorismo
financiero comparar el gasto pensional de los próximos
50 años con el PIB de tan solo doce meses, como si durante
ese período no se generaran nuevas reservas, como producto
de las cotizaciones y los rendimientos financieros o la economía
dejara de producir. Tampoco corresponde a la verdad que los desequilibrios
en la estabilidad de varias empresas correspondan a los regímenes
pactados en convenciones colectivas, cuando desde hace varios
lustros no se presentan convenios que registren nuevas obligaciones
pensionales, por lo que resulta también falso que en la
normatividad internacional consagrada por la OIT, el régimen
de pensiones esté excluido del ámbito de la negociación
colectiva.
La reforma universitaria, también
hace parte de las propuestas desarrolladas por los agentes del
neoliberalismo. Después de abundar sobre las desastrosas
cifras de cobertura y calidad de la educación superior
y el gran peso que ha adquirido la universidad privada en detrimento
de la pública, en los últimos años, así
como el casi nulo interés que existe en nuestro país
hacia la investigación científica, llegan a la conclusión
de que la solución estriba en recortar el período
lectivo de los pregrados y darles énfasis a los posgrados.
Se trata en verdad de desmejorar la calidad de la educación
superior, estableciendo un sistema en el cual el estudiante durante
dos años se dedica a adquirir conocimientos del área
escogida y algunas competencias generales que debieron ser adquiridas
en la secundaria y sólo en los dos últimos años
se forma en conocimientos específicos de una carrera determinada.
A tan absurdo esquema se suma que los profesores de dedicación
exclusiva, los que mayor capacidad y disposición académica
poseen se dedicarían únicamente al nivel de posgrado,
dejando los programas de pregrado, en manos de profesores de cátedra
por hora, un sistema que es culpable de la baja calidad de las
llamadas universidades de garaje.
Con esta perversa propuesta, se elitiza
aún más el acceso al conocimiento, dejando para
la fase de posgrado lo más avanzado de la ciencia, un nivel
al cual no accederá la inmensa mayoría, pues sus
costos se equipararán a los de la universidad privada.
Ello se plantea en el propósito de hacer rentable y costeable
la universidad pública, en el marco del desmonte de las
responsabilidades del Estado con la población más
necesitada. A estos criterios se suma el de la llamada pertinencia,
según el cual la educación que se debe impartir
debe ser adecuada a la mano de obra que se necesita, lo cual quiere
decir que como la industria, la agricultura y los demás
renglones productivos se extinguirán bajo el manto del
libre comercio, sólo requeriremos tecnólogos que
sirvan a las maquilas y las ensambladoras que serán los
únicos establecimientos que sobrevivirán a la ofensiva
recolonizadora.
Por si fuera poco, a los profesores
universitarios se les impondrá “un mecanismo flexible
para reasignar plazas y contratar docentes” , aumentarles
el período de prueba de uno a cinco años y condicionar
su estabilidad a la productividad y a que sean solamente “un
buen docente”. De manera que al recorte de los períodos
lectivos se suma la desmejora de la calidad de la planta profesoral,
lo cual redundará en la conversión de la Universidad
en un simple Instituto Tecnológico para proveer mano de
obra profesional a bajo costo para las multinacionales que arrasarán
con la raquítica producción nacional, en ancas del
Tratado de Libre Comercio. De esa forma la situación que
se presenta en la edad entre 18 y 25 años, donde solo se
registra asistencia escolar del 12.6% en los jóvenes pobres,
en tanto entre los ricos, alcanza el 53.2%, se verá agravada.
EL PAIS SE DESMORONA Y LA “IZQUIERDA” OSCILA ENTRE
EL OPORTUNISMO Y LA ENTREGA
Para colmo de males, cuando más
se requiere de una fuerza revolucionaria que enfrente decididamente
la arremetida y oriente al pueblo, en medio de la confusión,
las diversas organizaciones que se proclaman como tales se acogen,
con muy contadas excepciones, a los postulados del revisionismo
y al más craso oportunismo. Después de haber jugado
un preponderante papel en la lucha contra el referendo, la Gran
Coalición Democrática se consolidó como una
amplia confluencia de fuerzas sociales y corrientes políticas.
El 28 y 29 de abril realizó un nutrido Encuentro Nacional
que, con criterio amplio y deliberativo, sacó acertadas
conclusiones y elaboró un plan de acción que, en
general, recogía criterios patrióticos y democráticos.
La declaración política de dicho evento plantea
que “Luego de sufrir por catorce años los arrasadores
efectos de la apertura económica, nuestro país se
encuentra amenazado por la intensificación y ampliación
de esa nociva política mediante el Tratado Bilateral de
Comercio, TLC, que el presidente Uribe se apresta a firmar con
el máximo gobernante de Estados Unidos, y el Área
de Libre Comercio de las Américas que el imperio quiere
imponerle al resto de naciones del continente”. En cuanto
a las novísimas relaciones laborales instauradas por Uribe
señalaba que se trata de una “…legislación
laboral flexible para que tengan mano de obra de bajo precio,
envileciendo salarios, eliminando prestaciones, negando atención
en salud, recortando pensiones, y arrasando sindicatos, sea con
represión laboral y física o con sobornos del tipo
de los ya tristemente célebres “contratos sindicales”
o con la proliferación de las llamadas cooperativas de
trabajo asociado”.
Respecto al recorte de derechos democráticos
y libertades públicas se aseveraba que “estamos entrando
en una fase de dictadura civil, que basa toda su legitimidad en
el manejo de los medios, el sometimiento del Parlamento y la represión
a la posibilidad de expresiones alternativas populares. El derecho
a hablar, disentir, reclamar y exigir justicia, estará
cada día más coartado”. En el tema de la violencia
y el terrorismo aclaraba que “En el marco de la ofensiva
imperialista, en pos de la hegemonía, justificada tras
el sofisma de combatir el terrorismo, afirma el gobierno que ¨...la
violencia ejercida por organizaciones criminales de diversa índole
es el principal desafío que afronta Colombia... ¨De
esta manera pretende distraer la atención de los colombianos
hacia un asunto que, no obstante su gravedad, no es la principal
causa de las dificultades que vive el pueblo y justificar, así,
su política de “seguridad democrática”.
Respecto a la táctica de la lucha popular se dijo que “Los
convocantes al Encuentro Nacional de Organizaciones Sindicales,
Sociales y Políticas, impulsamos y respaldamos las luchas
de las masas por sus reivindicaciones económicas, sus derechos
fundamentales y las conquistas democráticas, en el marco
de un proceso de acumulación de fuerzas. Entendemos que
la emancipación nacional es obra de los trabajadores y
el conjunto de las clases sojuzgadas y no de acciones aisladas”.
Abogando por una solución política del enfrentamiento
armado anotaba que ésta ”…debe darse mediante
las negociaciones entre la insurgencia y el gobierno, con base
en el reconocimiento mutuo, los compromisos bilaterales y los
acuerdos justos con garantías reales. En cuanto a la amnistía
debe ser fruto de una negociación entre el gobierno y las
agrupaciones que, en su contra, se han alzado en armas”.
Y, al referirse al candente asunto
de la paz, planteó que “De otro lado, la consolidación
de la paz no puede estar supeditada a transformaciones de avanzada
ni a la solución de los inefables males que aquejan la
nación…La paz no significa la ausencia de conflictos,
sino la posibilidad de que la lucha se adelante sin el uso de
del asesinato, el atentado personal y los actos terroristas, en
todas sus manifestaciones, como formas para resolver contradicciones
ideológicas o políticas. Igualmente rechazamos el
secuestro, la extorsión, el boleteo, las masacres y el
genocidio, así como la utilización que hace el gobierno
de tales acontecimientos para estigmatizar la lucha democrática
y popular” .
Pocos días después, por
iniciativa del Polo Democrático, se convocó la llamada
Cumbre Social y Política, una apresurada reunión
a la cual concurrieron la casi totalidad de los sectores que integran
la Gran Coalición Democrática, y los anteriormente
ausentes Partido Liberal oficial, la CGTD y el Polo Democrático
en pleno. En las discusiones previas a dicha convocatoria quedó
claro que iban a ser otros los criterios que guiarían la
nueva confluencia y en la agenda aparecieron conceptos desechados
en la amplia discusión que antecedió el encuentro
de abril. La “defensa y fortalecimiento del estado social
de derecho” y la invocación a que “se concrete
el acuerdo humanitario”, fueron incluidas entre los cinco
ejes de trabajo acordados, en tanto que desapareció, por
arte de magia, la condena al terrorismo y las demás formas
de lucha ajenas al quehacer obrero y popular. En fin, prevalecieron
los axiomas del revisionismo criollo, maestro en el arte de colocar
los procesos de unidad, al servicio de sus particulares intereses,
labor en la cual fue efectivamente respaldado por el presidente
de la Central Unitaria. Por su cuenta el Partido del Trabajo de
Colombia, PTC y el MOIR, optaron por hacer tan gravosas concesiones,
en aras de la unidad, en el más puro estilo mamerto.
De un tiempo para acá, en la
medida en que arrecia el vendaval neoliberal, se ha puesto de
moda invocar la defensa de la fatídica Constitución
de 1991, en la cual fue acuñada la celebre fórmula
del “estado social de derecho”, como parte de las
concesiones formales hechas a los “izquierdistas”
que se prestaron al juego de construir un “nuevo país”,
por la vía de destruir el andamiaje legal existente y así
brindar soporte jurídico a la implantación del Consenso
de Washington. Olvidan los defensores de oficio de tal adefesio
que el carácter del Estado está determinado por
la clase o clases sociales que detentan su manejo y controlan
su aparato y que la inclusión en el texto constitucional
de un catalogo interminable de derechos, se convierte en una cínica
burla a la población, cuando en la práctica se niegan
todos ellos de manera sistemática. Entre tanto, la Carta
Magna sirve de puntal a la implementación de la política
aperturista, tanto que sus más caracterizados epígonos
utilizan y defienden la misma receta, en cuanto su naturaleza
etérea permite que tirios y troyanos se proclamen defensores
de la misma caracterización constitucional del estado oligárquico
y proimperialista.
En lo referente al denominado acuerdo
humanitario, el asunto no es de poca monta, puesto que entraña
la posibilidad de que la población civil, secuestrada con
fines extorsivos, sea objeto de canje con los insurgentes que,
poniendo en práctica tan vil procedimiento, han caído
en manos de los organismos de seguridad del Estado y son procesados
o purgan una condena. Otra cosa sería, en gracia de discusión,
que los llamados actores de la guerra se pusieran de acuerdo para
intercambiar policías y soldados por guerrilleros, lo cual
involucra solamente a quienes con las armas en la mano libran
una contienda, justa o no. Los ciudadanos inermes que se encuentran,
en su inmensa mayoría, al margen del conflicto no pueden
ser sometidos a tales vejámenes ni ser motivo de negociación,
en medio de un problema, en el cual no tienen ni arte ni parte.
A renglón seguido la Gran Coalición
hizo suyas las conclusiones de la reunión del antiguo Hotel
Hilton. De esa manera, una concurrencia que se mostraba favorable
a la constitución de un Frente de Oposición, patriótico
y democrático, terminó convirtiéndose en
una nueva versión de los frentes liberales y sin principios
claros que han aparecido y desaparecido, a lo largo de la enrevesada
historia nacional, sin dejar huella, aportar a la lucha por la
liberación nacional ni trascender en el tiempo.
LA REELECCION Y LOS APUROS DEL MOVIMIENTO
SINDICAL
Como consecuencia de esas desviaciones,
la mayoría de los integrantes de la Coalición optaron
por convertir la lucha contra la reelección de Uribe, en
su principal y casi única bandera, alrededor de la cual
ponen a gravitar la lucha política. Por supuesto que toda
fuerza que defienda los intereses nacionales y populares debe
oponerse a las ambiciones reeleccionistas del actual mandatario,
pero de ahí a convertirlo en el eje de la convergencia
opositora, media un abismo. Entre otras cosas porque ello puede
conducir a respaldar opciones contrarias al pueblo, que aprovechan
esa circunstancia para acceder al poder y continuar desarrollando
las políticas neoliberales. Más importante que enarbolar
las banderas en contra de una persona, así sea tan funesta
como Uribe Vélez, es dotar al pueblo colombiano de un Frente
que defina claramente su posición anti imperialista, se
dote de un programa nacional y patriótico e inscriba en
sus enseñas la condena al terrorismo, en sus diversas manifestaciones.
Entre tanto en las huestes obreras
continúa reinando el oportunismo. En la CUT siguen sin
definirse un claro rechazo a las nuevas formas de contratación,
sin vínculo laboral, se sigue dando prelación a
la concertación y no se deciden a deslindar campos con
los métodos terroristas. En cambio, se persiste en convocar
paros y jornadas sin una verdadera preparación, que no
alcanzan la contundencia que requiere la ferocidad de la ofensiva
imperial. Vale la pena reiterarle a la dirección sindical
que el ejemplo a seguir nos lo dieron los camioneros, con un paro
de verdad que obligó al arrogante gobierno a sentarse y
negociar. No obstante las nutridas movilizaciones realizadas en
la jornada de solidaridad internacional, del 16 de septiembre
y el “paro” del 12 de octubre, todavía se insiste
en magnificar esas acciones que, en todo caso, han mostrado un
mejor estado de ánimo de la población y un mayor
rechazo a la política oficial.
Contra tal actitud conspiran actitudes
como las de la dirección de FECODE, la cual pese a que
las reformas en trámite afectan directamente las conquistas
antaño alcanzadas, desmontaron la anunciada batalla y la
limitaron a un paro con plazo fijo, que no alcanza a conmover
los cimientos de la muralla neoliberal. Similares circunstancias
se presentan en la Unión Sindical Obrera, USO, donde aceptaron
la inclusión del contrapliego en el proceso de negociación,
no movieron un dedo ante el anuncio de la desmembración
de la empresa y terminaron perdiendo en el tribunal de arbitramento,
la mayoría de las conquistas convencionales. Para guardar
las apariencias y quedar bien con las traicionadas bases, programaron
una tardía “huelga patriótica”, cuando
ya todo estaba consumado, cuyo único resultado fue el despido
y posterior jubilación de la crema y nata de la dirigencia
sindical.
En las toldas de la CGT, se celebró
un fastuoso congreso en Cartagena, que contó con la asistencia
de connotados voceros del gobierno nacional, en el que fue recibido
con sonoros aplausos y exaltado al Comité Ejecutivo, Luis
Ernesto Medina, presidente de Fetraboc, reconocido en el medio
sindical por sus maniobras claramente patronales. Ya en la reunión
de los delegados sindicales internacionales con el presidente
Uribe, había salido a flote la actitud oportunista del
máximo dirigente de esa central, quien allí expresó
claramente su respaldo a varias de las políticas gubernamentales
y luego salió a la plaza pública a vociferar contra
el régimen. Es vox populi que entre sindicatos afiliados
a la CGT y organismos públicos o empresas privadas se han
puesto de moda los contratos sindicales y se hacen acuerdos para
darle viabilidad a las cooperativas de trabajo asociado, tal como
sucede en el Valle del Cauca o el sector hotelero. Esas tendencias
ya se habían expresado al instalarse el actual gobierno,
cuando se manifestó la voluntad de “…apoyar
y acompañar todas aquellas iniciativas que vayan en beneficio
del pueblo…” Se configura así, una situación
que había sido erradicada del mundo sindical colombiano,
desde hace varios lustros: la existencia de una central obrera
gobiernista y patronal.
Desde las épocas de la liquidación
de la Caja Agraria se puso de moda destruir las organizaciones
sindicales y desmontar sus convenciones colectivas, mediante el
procedimiento de liquidar las empresas y, a renglón seguido,
crear otra que cumpla las mismas funciones, incluso en las mismas
instalaciones, y bajo otra razón social, pero sin la incómoda
presencia de los sindicatos. Lo grave del asunto consiste en que
tan ominoso proceder sea bendecido por organismos como la CGT,
a quien la D de democrática le quedó grande, en
cuanto su dirigente Julio Roberto Gómez, no tiene ningún
empacho en recibir una condecoración de manos del ministro
que ordenó la eliminación de entidades como Telecom,
o más recientemente, ordenó la supresión
de Audiovisuales, cuyos sindicatos eran filiales de esa central.
La condición de camaleón del citado personaje le
permite ser el único dirigente que tiene cuotas burocráticas
en el gobierno nacional y en el supuesto gobierno opositor del
distrito capital, lo cual sugiere que las diferencias entre esas
dos instancias de poder no son tan grandes como algunos suponen.
Como se puede observar no han sido
favorables los vientos para las organizaciones obreras, carentes
de diestros timoneles que las conduzcan a puerto seguro. Pese
a lo adverso de las circunstancias se impone templar el espíritu
y redoblar las faenas de organización y concientización,
a la espera de que el ardor de la lucha rebase a la inconsecuente
mayoría empotrada en la actual dirección.
LA IZQUIERDA SE REACOMODA
En el terreno exclusivamente político
los asuntos no parecen ir mejor. Las dos grandes agrupaciones
que se han ido conformando, el Polo Democrático y Alternativa
Democrática se caracterizan por estar más afanadas
por los ajetreos electorales, que por resolver los seculares males
que aquejan a la nación y el pueblo. Son los temas del
umbral, la personería jurídica, la representación
parlamentaria y la mecánica comicial los que desvelan a
sus principales integrantes, e incluso, algunos de entre ellos
sueñan con que ha llegado la hora de derrotar en las urnas
a las huestes neoliberales. Como se trata de amontonar todas las
fuerzas, lo de menos son los principios y, entonces, las discusiones
del pasado, cuya vigencia es indiscutible, deben ser desechadas
por inconvenientes.
Para acomodarse a esas circunstancias,
por ejemplo, se hace a un lado la reivindicación central
del campesinado, la propiedad de la tierra para su cultivo, en
aras de eventuales alianzas con los agricultores o los terratenientes.
Mientras que el PTC arguye que hoy la principal fuerza social
son las desclasadas masas urbanas y que los rezagos feudales en
el campo han sido superados para llevarnos al estadio precapitalista,
el MOIR pone como contradicción principal en el campo la
avalancha de exportaciones provenientes de los Estados Unidos,
un asunto de vieja data en la economía nacional. Se hacen
los de la vista gorda ante la evidencia de que el agro colombiano
ha alcanzado los más altos niveles de concentración
e improductividad de la tierra, características propias
del semifeudalismo y de que la base de la colocación de
los excedentes agrícolas norteamericanos es, precisamente,
el marginamiento de la tierra de las faenas productivas.
En la lógica del PTC, como se
trata de construir un frente a las volandas y lo más amplio
posible, con la perspectiva del próximo debate electoral,
se tejen todo tipo de ilusiones acerca de posibles aliados, a
los cuales se les atribuyen sobresalientes características,
más allá de lo que verdaderamente representan, para
después llevarse una tremenda desilusión. Tal es
el caso de personajes como Carlos Alonso Lucio, a quien exaltaron
como un gran patriota y ahora funge de asesor de las Autodefensas,
o de Evo Morales, el cual fue merecedor de amplia entrevista en
la Nueva Gaceta y terminó del lado del gobierno boliviano
y expulsado de la Central Obrera Boliviana. Sus elucubraciones
sobre la vieja clase política, su más anhelado aliado,
se fueron al traste cuando el más caracterizado exponente
de ese sector, Julio César Turbay Ayala, convocó
a la creación de un movimiento de respaldo a Uribe Vélez,
para no referirnos a las expectativas forjadas alrededor del ex
embajador del gobierno en la OEA.
Debido a todo ello, en los criterios
que guían las concurrencias que se vienen dando, se recogen
consignas antaño desechadas, como la “Lucha por el
Estado Social de Derecho…los derechos humanos…y la
paz con justicia social”, inscritas en la plataforma de
Alternativa Democrática, firmada en la reciente reunión
de Paipa. Es pertinente recordarles que el Acuerdo Político
suscrito en febrero de este año, entre el gobierno y las
fuerzas políticas que lo respaldan, se fundamenta en “…la
defensa del Estado Social de Derecho consagrado en nuestra Constitución”.
En cambio, la condena al terrorismo desapareció del lenguaje
moirista, porque puede espantar a posibles aliados en las próximas
lides electorales y es suplantada por los postulados que antaño
criticara el fundador del MOIR, Francisco Mosquera, a los revisionistas
criollos. Otro ejemplo de tal desviación la constituye
la postura asumida por el Senador Robledo, ante la reelección
de Uribe, aseverando que se opone a “…la reelección
en general”, porque es un hecho que reviste mucha “…gravedad
para la democracia que rige en Colombia…” . Como si
no formara parte del acervo legado por Mosquera que la democracia
burguesa esconde, en realidad, la más vulgar dictadura
de una ínfima minoría sobre la inmensa mayoría.
Por ello se puede afirmar que se han convertido en una de esas
fuerzas “…inservibles para la lucha revolucionaria
del proletariado, que no son partidos combativos del proletariado
y que conduzcan a los obreros al poder, sino máquinas electorales
apropiadas para las elecciones al parlamento y para la lucha parlamentaria…”
En otra orilla se ubican quienes también
transitaron por sendas revolucionarias, pero ahora fungen de acólitos
del uribismo y reproducen los escritos de Francisco Mosquera,
sin tener en cuenta que las circunstancias han cambiado desde
que fueron elaborados y, además, los mutilan para acomodarlos
a sus propósitos, otra forma de revisionismo. En verdad
se trata de buscarle justificación teórica a su
postura de apoyo a Uribe Vélez, a partir de coincidir con
él en que el principal problema nacional es la violencia.
En fin, mientras el gobierno desciende
en popularidad y convocatoria y el pueblo se anima a enfrentarlo,
la ausencia de una dirección clara y consecuente impide
que se avance en procura de dotar la nación de un Frente
antiimperialista y antioligárquico.
MOIR Línea Francisco Mosquera
Diciembre de 2004.