Causas
y Efectos de Ultima Crisis (*)
En el decurso de su agitada existencia
Colombia pocas veces presenció un período tan convulsionado
como el que actualmente vive. De seguro la frase la hemos leído
por ahí y de pronto algunos de nosotros hasta la hemos
escrito. Su vigencia se mide ante todo en el hecho de que los
voceros de las más disímiles corrientes la pronuncian,
desde luego con matices e intenciones varios, pero la pronuncian.
La audiencia ya no se limita a la opinión insular de quienes
desde las filas del MOIR, fieles a las enseñanzas y al
espíritu del marxismo, recalcan con tenaz persistencia
sobre la imposibilidad de un progreso valedero bajo las relaciones
neocoloniales y semifeudales imperantes desde los albores del
siglo, o al arraigado convencimiento, también moirista,
de que la descomposición no se detendrá sin tocar
fondo; en la fecha cualquier testimonio más o menos serio
sobre. la coyuntura histórica parte obligatoriamente de
la apreciación de que el desastre es el signo de la hora.
Podría imaginarse que semejante confirmación de
sus valoraciones constituye motivo suficiente de complacencia
y tranquilidad para el Partido. Empero, y con el objeto de comprender
mejor hasta dónde va el desconcierto, señalemos
que, si evidentemente el país asiste al triste espectáculo
de su disolución, nunca como en el presente se insistió
en la abyecta defensa de las concepciones y de los dictámenes
causantes de los letales trastornos. Miremos lo uno y lo otro.
LOS CHOQUES ENTRE EL AMO Y SUS COLABORADORES
A medida que se cosechan los fracasos
de la retardataria y antipatriótica gestión de los
habituales usufructuarios del Poder, el pugilato entre las distintas
posiciones de clase, la fundamental discrepancia de la nación
entera con los Estados Unidos, en suma, las contradicciones que
animan la vida de la sociedad y definen su porvenir, adquieren
visos de virulento antagonismo en cuestión de meses y hasta
de días.
Basta, por ejemplo, que los despachos
de Nueva York traigan la noticia de un aumento de medio punto
en el llamado prime rate, tasa preferencial que sirve de referencia
al interés bancario, para que el entorno nacional se llene
de inmediato con el alboroto de los dómines de los negocios
y de la política. Ante el último -incremento, reportado
el 25 de junio, el cuarto que durante el año han decidido
los financistas norte americanos y que como se sabe afecta enormemente
la deuda del Tercer Mundo, el risueño señor Pastrana,
con todo y su reputación de ser el consueta de Palacio
y pese a su cultivada parsimonia, anotó sin rodeos: "No
creo que haya acto más grande de cinismo internacional
en un momento en que precisamente en la cumbre de Londres se había
hablado de que facilitarían las fórmulas para que
los países en desarrollo, especialmente América
Latina, pudieran cumplir sus compromisos". (1) A su turno,
el presidente, valiéndose de la infalible ceremonia con
que se reconsagra la descarrilada república al Sagrado
Corazón, proclamó acusatoriamente que los acreedores
del Norte están "enceguecidos en una sórdida
expoliación que asfixia las economías de nuestros
pueblos." (2)
¿"Una sórdida empresa
de expoliación"? ¿"El acto más
grande de cinismo internacional"? ¿No son acaso palabras
demasiado duras en boca de los ujieres del imperio? Aunque se
sospeche que en las declaraciones transcritas, o en las otras
muchas proferidas en igual tono por encumbradas figuras, haya
algo de pantomima belisarista para distraer el descontento, innegablemente
reflejan el disgusto de una oligarquía que ve disminuidos
sus beneficios y amenazada su estabilidad ante los recargos automáticos
e inconsultos de los compromisos contraídos. Un par de
años atrás ni soñar siquiera que los comisionados
de contratar y de responder por los empréstitos externos
se expresaran en términos tan descomedidos de los prestamistas.
Muy delicada ha de estar la situación, asuntos de suprema
importancia han de hallarse en juego y serios peligros deben cernirse
sobre el viejo orden, para que las discordias entre patronos y
caporales se agríen en tal forma, y, de remate, se meneen
en público, como si los más esmerados en preservar
la calma fuesen los menos dispuestos a guardar compostura. De
por sí, una cosa es el pedir prestado y otra muy distinta
el pagar el préstamo, según lo registra la crónica
universal de la usura. El dinero se recibe con risas y se devuelve
con llanto. A Latinoamérica no sólo se le empezaron
a vencer los plazos de cancelación, sino que los vencimientos
han coincidido con el atasco bastante prolongado de la economía
mundial, la consiguiente instauración de rigurosas medidas
proteccionistas por parte de casi todos los Estados, la escasez
y el encarecimiento de los flujos financieros, amén de
las estrecheces derivadas de las caducas estructuras de los regímenes
de la región. Y si a lo anterior le encimamos los volúmenes
adicionales de crédito que demanda la cacareada reactivación
prometida de consuno por los gobiernos, completaremos un magnífico
cuadro de los azares por los cuales los deudores de 350.000 millones
de dólares ni quieren ni tienen con qué cumplir
sus obligaciones.Unas exigencias de tamañas magnitudes,
que drenan sin intermisión los magros presupuestos fiscales
y acaparan los dividendos de un sinnúmero de compañías
particulares puestas en pignoración, no pueden menos que
ocasionar daños arrasadores a los países del Sur
del Río Grande; y a sus mandatarios, por peleles que sean,
colocarlos en encrucijadas insoslayables e insolubles. Con contadas
excepciones éstos han incurrido en moratorias y solicitado
prórrogas de los desembolsos, ventilando ante el Fondo
Monetario Internacional trámites especiales que en lugar
de un infarto fulminante les deparan una agonía lenta por
ahogamiento. Algunos, como el afligido Siles Suazo, de Bolivia,
resolvieron por decreto: "¡Aplázanse los plazos!".
Carecería por tanto de sentido
reducir las quejumbres de la reacción colombiana a los
afanes publicitarios y demagógicos con que,, desde el primer
instante de su advenimiento, sorprendió a sus electores
el prohombre que ocupa eventualmente el Solio de Bolívar.
La vinculación a los No Alineados, los paseos en Renault
4, el reparto de los formularios para las casas sin cuota inicial
los ataques almibarados a Ronald Reagan, la amnistía a
la guerrilla, las madrugadas a Corabastos, el nombramiento de
artistas en las legaciones diplomáticas, la cruzada pacifista
de Contadora, los golpes a unos banqueros para recompensa de otros,
las conversaciones en Madrid con el M-19, los metálicos
respaldos a la provincia natal, el pacto de La Uribe, etc., son
episodios de la tramoya aún en escena y que tanto emocionan
a los actores de la televisión, a los folicularios de la
gran prensa y a los mamertos de la "oposición democrática".
Cada uno de tales desplantes tragicómicos posee la mágica
virtud de restablecer la popularidad del primer magistrado cuando
ésta declina por los nefastos efectos del ejercicio del
mando. En lugar de pan, circo. La sustitución de Landazábal
por Matamoros y un discurso sobre las preeminencias de la civilidad
curaron como por ensalmo el creciente resquemor originado en el
recrudecimiento de la violencia. Los críticos que comenzaban
a atribuir a la ingenuidad de Betancur la proliferación
de los secuestros y demás eclosiones delictivas, al otro
día ensalzaron su amor por la Constitución y su
"humanitaria" insistencia en la paz. Los titulares fueron
de nuevo: "Tenemos presidente". Lo mismo aconteció
antes y después de la firma de los acuerdos del gobierno
con las Farc. Los que quieran comprobarlo solo deben tomarse la
molestia de repasar los periódicos de abril, mayo y junio.
Lejos de interpretarlos como una anormalidad
inaudita, nuestro Partido ve en dichos altibajos la expresión
natural de una democracia enfermiza, cuyo rezago económico
provoca la profusión de las capas medias y su notable incidencia
en las bregas del pueblo. Las ilusiones o frustraciones por los
relevos de guardia y a veces por los simples cambios de ademán
de los dignatarios de turno, los entusiasmos momentáneos
y los intempestivos desalientos no dejarán de ejercer influencia
decisiva en las lides políticas, mientras el proletariado
no alcance a hacer valer su lucha de clases, en una vasta escala
y con todo lo que ella significa en cuanto a combatir los planes
de la coalición gobernante, salvaguardar la independencia
frente a la burguesía y allanar la senda de la revolución.
La habilidad de los dirigentes de las colectividades oligárquicas
se concreta en saber pulsar las fibras del pequeño burgués.
Antaño era éste un arte casi que de exclusivo dominio
de los liberales. Luego de la abrumadora victoria del Movimiento
Nacional del 30 de mayo, lo practican también los conservadores,
y en honor a la verdad, han llegado a superar a sus maestros.
En una disertación en torno a la conveniencia de desenterrar
el tema de la reforma agraria, López Michelsen aceptó
ante un auditorio de ganaderos que ni él mismo hubiese
obtenido el éxito cosechado por la actual administración
en sus tratos con los alzados en armas. El milagro estaba reservado,
según sus cavilaciones, a un caudillo de la divisa azul,
que gozara, por su filiación, de la ventaja de despertar
menos prevenciones y resistencias dentro de los círculos
pudientes. (3) No hay duda de que el artificio de renovar el repertorio,
promover caras distintas, sugerir variantes ante el desgaste de
las fracasadas entelequias, el poder de crear la expectativa prometiéndolo
todo sin entregar nada, en síntesis, la capacidad de maniobra,
se ha desplazado de uno a otro socio del hipartidismo constitucional,
por lo menos durante el interregno del "sí se puede".
Sin embargo, los copiosos eventos de
los últimos dos años, en los cuales han desempeñado
una función protagónica, no sólo el portador
de la máxima investidura, sino ciertos miembros del gabinete,
antier insignificantes rapavelas como su jefe, no responden únicamente
a las ansias de vitrina del Ejecutivo. La ineludible intervención
y hasta la estatización de las entidades bancarias luego
del festín financiero; la urgencia de auxiliar a las industrias
de mayor categoría colocadas al borde del abismo; los conflictos
acarreados por las crepitaciones del narcotráfico y con
los cuales se liga fatalmente el asesinato del ministro Lara Bonilla,
y ahora la demoníaca alza de los intereses de la deuda
externa que precipita la reprobación mancomunada de los
gobiernos latinoamericanos, han conformado un panorama tormentoso
cuyos truenos y centellas acaban desarreglando la república
y alterando los patrones de comportamiento de sus administradores.
El Plan de Acción de Quito, la declaración de los
presidentes del 19 de mayo, la carta enviada a la cumbre de Londres
y el Consenso de Cartagena son memorandos nada ordinarios que,
fuera de exteriorizar la zozobra de las burguesías prestatarias
por sus detrimentos y de, compendiar los pedidos perentorios de
un reordenarniento económico mundial, revelan hasta dónde
han llegado las chispeantes fricciones entre el imperialismo y
sus intermediarios. Una rareza, de recordarse las aguas menos
procelosas de los finales de la década del cincuenta, en
los inicios del Frente Nacional. Lenguaje y maneras inusuales
para estas latitudes, que fuerzan a los bandos involucrados en
la batalla a emitir sus juicios y verificar su táctica.
¿Redundarán tales reclamos.
y recomendaciones en un robustecimiento de la irresistible tendencia
emancipadora de la época? ¿Habremos de ofrecerles
nuestro concurso? ¿Facilitan o no la configuración
del frente único antiimperialista? ¿De qué
modo sacaremos beneficio de la situación planteada? Preguntas
realmente inquietantes y a las cuales habremos de encontrarles
la contestación justa. Debemos partir del hecho de bulto
de que el sistema capitalista atraviesa en el globo entero por
una de las peores crisis. Como todas las suyas, procede de las
distorsiones del engranaje productivo y revienta en las anomalías
monetarias, en la interrupción de los créditos,
en la supresión de los mercados. Lo cual incide asimismo
en el resquebrajamiento de las relaciones entre los grandes emporios
y la periferia exaccionada y sometida nacionalmente. Con base
en estas repercusiones y viendo cómo el horizonte se iba
encapotando, advertimos a principios de 1983 sobre las inclemencias
que sobrevendrían. "Todas las contradicciones -señalamos-
se ahondarán: la existente entre las superpotencias, la
de los países sojuzgados con las metrópolis, la
de Colombia con el imperialismo norteamericano, la de los monopolios
fordneos con sus interniediarios vendepatria, la de las diferentes
clases entre sí, la de los trabajadores con sus explotadores,
la del marxismo con el revisionismo". (4)
LA QUIEBRA ECONÓMICA
A caldear el ambiente convergen los
arrumes de libros, ensayos y comentarios referentes al quebradero
de cabeza en que se ha convertido el endeudamiento externo; y
de los cuales, lógicamente, también forman parte
las cáusticas denuncias de los mandatarios latinoamericanos,
cuyo último grito de dolor se oyó en las plácidas
playas de la Ciudad Heroica. La manzana de la discordia radica
en que el asunto se ha vuelto inmanejable. Para el cubrimiento
de los intereses los países de la región han de
destinar más de un tercio de sus ingresos por concepto
de exportaciones. Y éstas, en vez de ampliarse, tienden
a contraerse, en volumen y sobre todo en valor, a causa de las
medidas arancelarias y discriminatorias de las naciones expoliadoras.
Nudo gordiano que tampoco se puede deshacer, ni siquiera con la
espada de Alejandro Magno, debido a la arrebatiña comercial
entre las potencias, acicateada por la depresión. Los deudores
no sólo incumplen sino que han entrado en el círculo
vicioso de prestar para pagar. Todo se ha experimentado. Hasta
la risible ocurrencia de que México, Brasil, Venezuela
y Colombia, exhaustas por las mismas gravosas responsabilidades,
le facilitaran, de apuro, trescientos millones de dólares
a Argentina, a fin de que la endeble democracia austral cancelara
a tiempo un abono inminente.
Al Fondo Monetario Internacional, nacido
en julio de 1944, en Bretton Woods, del acuerdo entre los poderes
vencedores de la Segunda Guerra Mundial y mediante el cual se
estableció un nuevo sistema financiero y monetario bajo
la égida del dólar, le compete velar porque se observen
las reglas y los negocios de los imperialismos no se salgan de
madre. Sin su visto bueno no obtendrán prórrogas
ni créditos de contingencia quienes precisen un alivio
en sus desequilibrios de balanza. Pero antes han de retraerse
a rigurosos programas de austeridad que comprenden devaluaciones,
encarecimiento de las tarifas de los servicios públicos,
generación de impuestos, restricciones presupuestarias,
eliminación de subsidios, recortes salariales y otros correctivos,
de irritante y complicada aplicación, que en Santo Domingo
culminaron en coléricos desmanes callejeros purificados
con la sangre del pueblo. El repudio cada vez más extendido
y consciente contra tales medidas ha llevado incluso a los peritos
de Wall Street a reflexionar sobre la conveniencia de otorgarles
a los problemas económicos un tratamiento político.
Por su lado las masas populares del Continente ya se los están
otorgando. Muestra de ello son las huelgas generales de la Central
Obrera Boliviana encaminadas a desconocer una a una las estipulaciones
del Fondo. En ese tire y afloje respecto a la necesidad de acoger
los sacrificios con cristiana mansedumbre, la nota irónica
corre por cuenta del gobierno estadinense cuyo tremendo desajuste
fiscal se revierte en un ritmo creciente de las tasas de interés,
con las secuelas indicadas. Es más, algunos bancos norteamericanos
se han saltado igualmente las recomendaciones, renegociando, al
margen o en contra de ellas, mecanismos y fórmulas dispares
con sus clientes insolutos, ante el temor de que a éstos
se les arrastre hacia una suspensión unilateral de sus
giros, como lo han contemplado Ecuador y Bolivia.
Desde el decenio de los setentas vienen
derruyéndose así cada uno de los pilotes sobre los
que descansa la plataforma de Bretton Woods, máximo esfuerzo
por regular y tender hacia un sostenido florecimiento de la civilización
capitalista occidental. Sus pautas ya no determinan el flujo de
los capitales y de los productos, ni permiten un nivel estable
de las ganancias. Sus signatarios más ilustres huyen a
refugiarse en un proteccionismo acérrimo, depositando mejor
su confianza en la seguridad arancelaria que en la reglamentación
de los mercados, y, de distinto modo, subvencionan los renglones
fabriles y agrícolas menos afortunados. El 15 de agosto
de 1971 el mundo se notifica que ha cesado la convertibilidad
del dólar en oro. La consolidación económica
de los aliados, los mordisqueos sucesivos a su firme superávit,
la costosa agresión a Viet Nam y las alegres emisiones
impulsaron a los Estados Unidos a promulgar aquella peregrina
medida, junto con la congelación por noventa días
de los salarios y los precios, la aminoración de los egresos
federales, la sobrecarga del 10 por ciento a los gravámenes
de aduana y la rebaja de la autodenominada "ayuda externa"
de las respectivas agencias estatales. Antes de la culminación
de aquel año los "diez grandes" convinieron en
Washington la primera de las, devaluaciones de la divisa norteamericana
en la postguerra. El oro ya no valdría US$ 35 la onza troy,
como se votó ocho lustros atrás en la Conferencia
de las 44 naciones; su coste en las bolsas internacionales superó
hace mucho la barrera de los US$ 300.
Mas no serían estos los únicos
sacudimientos. Los ideales de unas finanzas sólidas y de
unas consistentes reglas cambiarias acabarían por desvanecerse
ante tres acontecimientos extraordinarios: la fiebre del petróleo
de 1973, cuyo exagerado encarecimiento produjo la acumulación
de ingentes cantidades de capital flotante que incitaron al veloz
y temerario endeudamiento del Tercer Mundo; la parálisis
de 1974 y 1975, a la sazón la más profunda y extendida
desde el crac del 29, que envolvió, a sectores vitales
de Japón, Europa y Norteamérica, con la correspondiente
contracción del mercado mundial, y el receso con que se
inició el nuevo decenio, de mayor durabilidad y de más
demoledores efectos que las dos primeras perturbaciones señaladas,
del cual no termina de salir aún la economía capitalista.
Para colmo de males, al síncope recesivo se yuxtapone ahora
el caos financiero, estimulado constantemente por el insaciable
apetito de la especulación bancaria; una circunstancia
explosiva, cuyo detonante podría ser activado por cualquier
gobierno enloquecido con Sus débitos. Con que sólo
Brasil, México, u otra de las principales naciones hipotecadas,
por razones internas de presión social y carácter
político, o merced a un tropiezo fortuito en su tambaleante
marcha económica, cosa no del todo descartable a juzgar
por las complejidades de la crisis prevaleciente, tuviera que
romper ese tipo de anticresis que la ata a los bancos internacionales,
el edificio entero se desplomaría. A raíz de la
propalación de especies semejantes, el Manufacturers Hanover
Trust, el cuarto establecimiento bancario de los Estados Unidos,
recientemente, el 24 de mayo, sufrió una caída vertical
del 11 por ciento en el valor de sus acciones. El campanazo de
alerta precisó de estímulos y de la mediación
personal del presidente Ronald Reagan, quien hubo de declarar
"sin fundamento" los insistentes comentarios acerca
de las atribulaciones de la mencionada entidad. Una semana antes
el redimido había sido el Continental Illinois Bank. Se
le arrojó un salvavidas de 6.500 millones de dólares,
de los cuales 4.500 millones provinieron de una línea de
crédito -la más grande a un banco en la historia
de USA- avalada por dieciséis poderosos consorcios financieros,
y el resto, a cargo de la Reserva Federal.
Dentro de este contexto, sumariamente
recogido, habremos de encajar la baraúnda de la deuda latinoamericana.
Se descarta que los países entrampados sean capaces, antes
del próximo siglo, de cubrir sus pasivos, emprender el
desarrollo y suavizar las tensiones sociales. Si no progresaron
mientras recibieron los empréstitos, mucho menos a la hora
de restituirlos. El dilema se ha reducido a lo siguiente: si cancelan,
no comen; y si no comen, ¿quién cancela? Esto en
cuanto a los prestatarios. Desde la perspectiva de los prestamistas
surgen preocupaciones adicionales. Los créditos simbolizan
un vehículo insustituible, tanto para no dejar en reposo
capitales gigantescos que irrogarían pérdidas, como
para garantizarles el tráfico a sus manufacturas y excedentes
agrícolas. De menguarse la acostumbrada y libre corriente
de divisas, en las metrópolis la producción se resentiría
y la rentabilidad se iría a pique. Pero si a las neocolonias
morosas se les continúa soltando dólares y no se
les exige el pleno y puntual desembolso de sus compromisos vencidos,
estaríamos ante el hundimiento de la Atlántida financiera.
¿A quiénes rescatar? ¿Primero a los industriales
o a los financistas? ¿A las mercancías o al dinero?
¿Al producto concreto o a su expresión abstracta?
¿Y a quiénes condenar? ¿A las metrópolis
o a las neocolonias? ¿A los acreedores o a sus víctimas?
¿No depende la usura de la solvencia del deudor? ¿Pudo
acaso el cuchillo de Shylock cortar las carnes de Antonio?
He ahí las sinrazones y contrasentidos
propios de la índole del imperialismo. Gérmenes
que siempre han estado latentes, minando su biología, pese
y debido a sus destellos de esplendor, y que sólo en sus
recaídas cíclicas afloran con tal intensidad, como
lo estamos contemplando. Todos esos rudimentos claves urgen complementarse
recíprocamente pero se contraponen. El crédito aplasta
la producción, y al hacerlo, se sentencia a sí mismo.
Y viceversa, ésta necesita de aquél, mas su ayuda
le resulta fatal. Tampoco hay concordancia entre la actividad
agraria y la fabril, ni entre las diferentes ramas industriales,
ni entre los bienes creados y el consumo. Y cuando la inconexidad
se torna insoportable, el organismo social padece una muerte chiquita,
su anárquico funcionamiento se abre paso turbulentamente
a través de la crisis.
Algo análogo se presenta en el
plano de las relaciones interestatales. La prosperidad de las
potencias imperialistas en última instancia se erige sobre
la extorsión de las naciones débiles. Lo certifica
la elocuente cifra de 750.000 millones de dólares adeudados
por el Tercer Mundo, sin hablar de la sustracción de los
recursos naturales, el mangoneo de los mercados, etc. Esta ley,
tan cierta y tan interesadamente ignorada cual lo fuera en su
época el principio heliocéntrico descubierto por
Copérnico, se pone en evidencia en los períodos
críticos del sistema. Los ideólogos y estrategas
de la reacción se devanan los sesos buscando la explicación
teórica a las mortales paradojas e inventando las enmiendas
y los instrumentos idóneos para subsanarlas. Pero entre
más corrigen menos ocultable se hace que tales contradicciones,
en la era del imperialismo, asumen una impetuosidad y una ampliación
inusitadas, y se compendian en que los monopolios prolongan su
vida negándoles a miles de millones de seres el derecho
a la suya; los prodigiosos adelantos técnicos y materiales
de un puñado de privilegiados requieren de la progresiva
indigencia del resto del planeta.
Para percibirlo, a los colombianos no
nos hace falta mirar la casa del vecino. Nuestra patria, una de
las ciento y pico de naciones subalternas, está, al igual
que sus hermanas de infortunio, lesivamente hipotecada al extranjero,
así Belisario Betancur se ufane porque debamos menos que
los argentinos o los venezolanos. "Mal de muchos, consuelo
de tontos", ha sido generalmente el parte de victoria de
nuestros mandatarios. Las fuerzas productivas del país
no registran en años avances dignos de señalarse,
salvo uno que otro cuantioso proyecto que, como el de la Exxon,
destinado a explotar el carbón de La Guajira, responde
a las operaciones supercontinentales de los conglomerados, del
imperio. Sus efímeros y esporádicos lapsos de "bonanza",
imputables al potosí de los narcóticos, o atribuibles
a las heladas brasileñas que por lo regular redundan en
un alza de las cotizaciones del café, jamás se concretan
en plantas fabriles de alguna prominencia, y en el mejor de los
casos no pasan de cierta animación mercantil, particularmente
de artículos importados. Los intentos autóctonos
y autónomos de los pequeños y medianos empresarios
por suplir las carencias del atraso, muy raras veces terminan
siendo compensados con el éxito.
Desde el cuatrienio de Misael Pastrana
se insiste en que el punto de apoyo de la palanca económica
reside en la construcción de vivienda. Este artilugio no
solo elude acometer los aspectos vitales del desarrollo industrial
y agrícola, sino que significa la confesión del
fracaso de la oligarquía rodillona que, en ausencia de
mejores alternativas, tiene que asilarse en una de las pocas actividades
en donde todavía se lo permite el entrometimiento de los
amos foráneos, y, de añadidura, designarla como
el motor del progreso de Colombia. La publicitada "estrategia
de la vivienda" fue desmentida contundentemente por los avatares
de más de una década, con todo y que los financistas,
los cementeros, los pulpos urbanizadores, es decir, los principales
responsables de dicho sector, han gozado permanentemente de las
benevolencias, de los respectivos gobiernos, incluido el actual.
A manos del Estado han pasado por completo las riendas de la economía
de la desfalcada república. Actúa de puente y garante
de los empréstitos de las entidades internacionales de
crédito, destinados en una holgada proporción a
atender las obras de infraestructura, por lo demás indispensables
para que los monopolios venidos del exterior realicen sus inversiones.
El órgano ejecutivo, y en definitiva su cabeza visible,
define cual juez inapelable lo que se ejecuta o no se ejecuta
en el campo de los negocios, al extremo de que con una sola de
sus draconianas providencias puede sacar a flote a un capitalista
quebrado o quebrar a otro boyante. Y ese rey Midas de nuestros
dominios, paño de lágrimas de todos y cada uno de
los estamentos productivos y que fija por edicto hasta el costo
de las auyamas, no cuenta ni con qué pagarles a sus maestros.
En efecto, el aparato gubernamental, administrador por antonomasia
de la riqueza pública, el ente jurídico encargado,
a título constitucional, de diseñar los "programas
de desarrollo" y de velar por el "bienestar comunitario",
fuera de ser un apéndice de intereses extraterritoriales,
se ha constituido, por sus quebrantos, sus torpezas y sus venalidades,
en la primera causa del desorden imperante y en un obstáculo
mayúsculo para la prosperidad de la nación.
El rosario de afecciones se y diagnosticó
mucho antes de la despedida del mandato de Turbay Ayala. La reelección
de López no logró cuajar, entre otros motivos, porque
para entonces el oleaje de la última depresión mundial
ya había retumbado en nuestras frágiles riberas.
Y los sufragantes, en lugar de ver en el expresidente el bálsamo
para las dolencias del país, lo tomaron como el chivo expiatorio
de las mismas. Mientras tanto el genio gestor del "cambio
con equidad" infundía la creencia de que las seculares
penurias y los desfases repentinos debían achacarse, no
a las amarras neocolonialistas ni mucho menos a la propiedad monopólica
de la tierra y de los demás medios y recursos fundamentales,
sino a los "chamboneos" de los funcionarios, que él
corregiría, si se le daba la oportunidad de hacerlo desde
el palacio de Nariño. Pues bien, lleva dos años
corrigiendo. No se le desconoce que ha pasado sus trabajos, especialmente
en los talleres de impresión del Banco de la República.
Hemos asistido a un abigarrado cartel de cabriolas y piruetas,
con requisición de bancos, reformas tributarias, dos o
más adaptaciones al canon de arrendamientos, cortapisas
aduaneras, tres o cuatro enmendaduras a la Upac, subvenciones
a granel para los magnates en dificultades y hasta contenciosas
licitaciones públicas. Sin embargo, una investigación
menos circunstancial indicará que los desvelos del belisarismo
han girado en torno a un espinoso asunto: cómo acrecer
el erario con el objeto de enfrentar los percances de la crisis.
De otro lado, saldrá a relucir que los dos partidos tradicionales,
por encima de sus ruidosas escaramuzas, cierran filas tan pronto
entra en peligro el lucro de clase, olvidándose de sus
desemejanzas doctrinarias sobre el modo de gobernar.
El abandono del propósito de
suprimir los alcances del fisco saliéndole al paso a la
evasión mediante el perfeccionamiento de los controles
administrativos, sin necesidad de implantar nuevos impuestos,
tal vez ha sido la mofa más inicua del Movimiento Nacional
a su electorado. Fena1co, la federación de los comerciantes,
exteriorizando su enojo por la instauración del IVA, elaboró
en febrero una "canasta" de 19 gravámenes sobre
los cuales se decretaron incrementos que oscilan entre el 30 y
el 500 por ciento, demostrativa del desespero fiscalista que embarga
al Ejecutivo. Haciendo salvedad de los alivios para las sociedades
anónimas y la gran propiedad terrateniente, y de las franquicias
para la inversión extranjera, prácticamente se elevaron
todos los tributos, de preferencia los indirectos, comprendidos
cigarrillos y licores, avisos y tableros, circulación y
tránsito, industria y comercio, gasolina y automotores,
predial y arancelario. Los alcabaleros agotaron su ingenio sacándole
el jugo a cada item; y agotaron también la tolerancia exprimible
del pueblo. Lo inverosímil del relato estriba en que a
la postre las carencias que se quisieron taponar, en cambio de
angostarse, se ensancharon. No valió la cascada impositiva,
ni mantener la progresión ascendente de las tarifas de
los servicios públicos, ni acentuarle la cadencia a la
devaluación, otra exacción más, enderezada
a contrarrestar el saldo en rojo; a la otra orilla de la charca,
a técnicos y expertos del Ministerio de Hacienda los esperaban,
con las fauces abiertas, los mismos apremios presupuestarios que
tanto perjudican y encolerizan a los contratistas del Estado,
que soliviantan a los empleados, públicos y a los trabajadores
oficiales y que amenazan seriamente a la totalidad del rodaje
económico.
Ahí es cuando las clases dominantes,
apoyándose en sus dos muletas políticas, el liberalismo
y el conservatismo, se deciden a echar por la calle del medio
y resolver el acertijo merced al único procedimiento que
les queda: la emisión. La emisión a través
de los cupos ordinarios y extraordinarios del Banco de la República,
de la colocación de los Títulos de Ahorro Nacional
(TAN), o deuda interna, y de los empréstitos externos.
Modalidades distintas, pero, al fin y al cabo, emisión;
el exclusivo y verdadero aporte del grandilocuente hijo de Amagá
al desenvolvimiento económico del país, efectuado
en una coyuntura en la cual la sociedad oligárquica no
sólo se declara inepta para financiar a su Estado, sino
que éste ha de sostenerla pecuniariamente. Huelga decir
que el engendro espoleará las deformidades. No obstante,
a la burguesía entera, sin distingos de bando, le suena
ajustado a la más pura hermenéutica que su presidente
imprima billetes de lo lindo, con tal de cubrir los desfalcos
de los agiotistas, auxiliar a los dueños del Banco de Bogotá,
evitar el cierre de Fabricato, apuntalar el Idema y sus precios
de sustentación, "democratizar" los monopolios,
solventar el Inscredial. A este tácito avenimiento han
llegado los más reputados portaestandartes de la reacción,
dentro del espíritu del artículo 120 de la Carta,
que estatuye la responsabilidad compartida liberal-conservadora
en el manejo de la república, y atizados por las conmociones
de un tramo en el que los lamentos cunden por doquier y la desesperanza
se propaga con la velocidad de una epidemia. Y quizás sea
también un entendimiento excepcional y hasta aleatorio,
porque muchos de quienes en 1982 pusieron su alma en el ritmo
de la administración recién inaugurada ahora predicen
terribles desenlaces si no se adoptan de urgencia éstos
o aquellos correctivos. No hay más que escuchar a los gremios
de la industria, el comercio, la construcción, la agricultura
y hasta de la cima privilegiada de las finanzas, que sólo
comentan de "parálisis", "caos", "crisis",
"catástrofe", y no atinan a explicarse un eclipse
tan pronunciado y largo.
Las cuentas nacionales arrojan datos
ciertamente escalofriantes. En lo transcurrido del decenio la
superficie de los cultivos ha descendido en 500.000 hectáreas
y la dependencia del exterior en materia de alimentos se acerca
al millón y medio de toneladas anuales. Las fábricas
de importancia que han concluido en bancarrota, agregadas a las
que se encuentran en concordato preventivo, más las que
operan muy por debajo de su capacidad instalada o simplemente
reportan pérdidas balance tras balance, suman ya varios
centenares. La descompensación entre las exportaciones
y las importaciones viene ocasionando un remanente negativo en
la balanza comercial del país, que las autoridades últimamente
ubicaron en 1.500 millones de dólares, luego de imponer
rigurosas medidas restrictivas, muchas de las cuales han recibido
el rechazo de la burguesía empresarial y mercantil. Los
niveles elevados de desempleo, que en las naciones sojuzgadas,
a distinción de lo que ocurre en las metrópolis,
configuran un mal crónico y no típico de las épocas
recesivas, en Colombia, hoy por hoy, asustan incluso a comentaristas
de librea y áulicos de oficio. Para las cuatro principales
ciudades el paro forzoso se estima ya en 13.5 por ciento. Sin
embargo, los muestreos del Dane resultan menos estrictos y menos
impresionantes que el drama en vivo. Porciones considerables de
hambrientos no aparecen por lo común contabilizados entre
los cesantes, así no sean más que eso, en razón
a que tales muchedumbres de parias absolutos, sin destino ni protección
social alguna, se refugian, muy de vez en cuando y para no lanzarse
al Salto, en quehaceres marginales o faenas improductivas. La
deuda externa ronda los US$ 11.000 millones y demanda cada año
abonos por US $1.700 millones, de los cuales más del 60%
en sólo intereses. Raudales respetables si se aprecia la
merma vertical de las divisas, debida asimismo al deterioro acelerado
del conjunto de la economía colombiana y en particular
de sus ventas en las lonjas internacionales. En lo concerniente
al déficit fiscal de 1984, que se le encima al de 1983,
de ingrata recordación, ni las dependencia! especializadas
coinciden en precisar su monto; si en 90, 135 o quizá -250.000
millones de pesos. Mas hay coincidencia en varias cosas: que el
descubierto rompe todas las marcas anteriores, crece descomunalmente
y no se vislumbra otro remedio que el del fraude monetario para
sufragarlo.
Entre las ejecutorias reivindicadas
por el régimen descuella el repliegue de la inflación
a un arribae inferior al 15 por ciento y que el ministro de Hacienda
saliente cotejaba orgulloso con las congojas de las naciones latinoamericanas
donde la carestía aún mantiene índices de
tres dígitos. Aquí cabe también una observación
imprescindible. Para nadie constituye un secreto que la caída
de los precios tipifica los intervalos depresivos del capitalismo.
Indicábamos arriba que la anarquía en la producción,
propia de este sistema, lleva, de tiempo en tiempo, a que terminen
entrabándose unas a otras las diversas ramas industriales,
además del choque entre un continuo aumento de los géneros
elaborados y un consumo cada vez más reducido, fruto de
la depauperación incesante de las masas populares. Su cometido,
a diferencia de las sociedades anteriores, se compendia en la
obtención de un progreso constante; pero como, a semejanza
de aquéllas, lo sigue realizando por intermedio de la apropiación
privada, la tendencia hacia la alta especialización y división
del trabajo, que supone una exigente proporcionalidad de las múltiples
áreas y derivaciones industriales, confluye, al contrario,
en una menor armonía o acoplamiento entre ellas. La permanente
tecnificación y el acervo de la riqueza desembocan sin
escapatoria en severas obstrucciones, hasta cuando las quiebras
en cadena reparan los desajustes entre las múltiples y
distintas empresas y dan arranque a una fase de recuperación
que a su turno gestará el siguiente colapso, repitiéndose
el proceso indefinidamente. Durante la depresión todos
quieren vender pero muy pocos compran; entonces las mercancías,
englobada la fuerza de trabajo, se abaratan en la búsqueda
afanosa de una salida que no siempre logran. El trágico
desenvolvimiento conduce desde luego al naufragio a muchos potentados,
y a los asalariados los sume en una postración centuplicada.
Con todo, a la larga el fenómeno lo aprovechan los capitalistas
más poderosos para sacar de la liza a sus competidores
y reacomodar el margen de ganancia, restringido por el fortalecimiento
de la capacidad productiva, o sea por la mengua del factor laboral
respecto a la mejora y ampliación de las maquinarias y
materias primas gastadas. En otras palabras, el capitalismo sale
de sus traumas periódicos blandiendo sus armas predilectas:
la concentración económica y la degradación
del proletariado. Lo que pierda por la menor cantidad relativa
de trabajo puesto en movimiento procurará compensarlo con
una mayor intensidad en la explotación del mismo. De ahí
que la burguesía estadinense haya arrancado, a principios
de los años ochentas, en el peor y más sostenido
declive de su industria desde la posguerra, un descuento sustancial
en la remuneración de los obreros.
En fin, a Colombia la lesiona directamente
la crisis de Occidente en cuyo ámbito gravita; salvo que
en nuestro medio los aniquiladores efectos de aquélla se
manifiestan con redoblada furia, gracias a la supervivencia de
formas atrasadas de producción y preferencialmente al desvalijamiento
de los monopolios imperialistas, causas ambas, ya ancestrales,
del raquítico desarrollo del país y de su espantosa
pobreza. A las cargas heredadas del pasado se nos añaden
los fardos transferidos por los depredadores extranjeros. Sobre
las gentes tradicionalmente confinadas a las ruinosas labores
artesanales, sobre los venteros ambulantes que por cientos de
miles pululan en las vías de los cascos urbanos, sobre
el éxodo de los campesinos desprovistos de sus parcelas,
sobre los tugurios, se abate la concurrencia de los declarados
insubsistentes tras las extinciones parciales o completas de las
pequeñas, medianas y grandes factorías. A los colombianos
nos corroen las plagas del apogeo del capitalismo sin haber superado
las escaseces que implica la insuficiencia de éste. No
construimos nuestros telares y ya soportamos el agio y la usura
de una complejísima organización bancaria, los desafueros
de un Estado oligárquico altamente intervencionista, el
perjuicio de las mínimas fluctuaciones del comercio mundial
y, a las claras, las desastrosas consecuencias del crac. No debiera
por ende maravillar la declinación de la curva inflacionaria
que la cúpula burocrática ostenta cual una proeza
nunca vista y jamás bien ponderada; lo incongruente está
en que en medio del cielo contraccionista el costo de la vida
no aminore en realidad y puje hacia arriba, con menor impulso
sí, pero de todas maneras con sesgo ascendente. Los ricachos
no se entusiasman con el pírrico triunfo divulgado a tambor
batiente por los hacendistas del gabinete, pues palpan la inmovilidad,
le toman a diario el languideciente pulso a las transacciones
y se percatan de cómo sus mercancías, sus apartamentos,
sus tierras, no circulan o lo hacen muy lentamente, así
reduzcan los importes. Muchos de ellos coinciden en echarle la
culpa a la atrofia de la demanda, aunque al tiempo promuevan o
patrocinen los despidos masivos y el menoscabo de los salarios.
Otra muestra de los inefables enredos del sistema. Como hay ausencia
de compradores los capitalistas se las arreglan para expulsar
de la plaza a los que queden. Cuando los almacenes se repletan,
se envilecen a la vez las cotizaciones y los negocios cierran;
con los cierres, el envilecimiento y el almacenaje de los productos
empeoran. A la depreciación de las mercancías corresponde
una valorización proporcional del dinero, que induce a
todo el mundo a pugnar por deshacerse de los objetos que nadie
solicita y que difícilmente se truecan en efectivo, a querer
aprisionar la moneda contante y sonante, a desear poseer, no valores
de uso inutilizados, sino el valor de cambio y el medio de pago
por -excelencia, con el cual tener acceso a los vericuetos del
mercado y medrar en las pocas oportunidades que éste brinde..
Naturalmente los intereses se trepan, el financiamiento escasea
y las inversiones disminuyen, hasta tanto el péndulo no
retorne al punto en el que vuelva a ser atractivo soltar el circulante
y prender los hornos apagados. En Colombia nos tropezamos sin
embargo con el insólito caso de que en medio de la más
cruda parálisis lo que predomina es el desmoronamiento
del peso, en virtud de las anomalías fiscales, el febril
dinamismo de los impresores de la banca central, la devaluación
galopante y las tasas crecientes de los préstamos internacionales,
revirtiéndose en un sobreencarecimiento artificial del
crédito, Elementos que, tras de influirse mutuamente, deprimen
aún más la economía y alejan las probabilidades
de recuperación. Claro está que los desgreños
financieros y monetarios han acompañado a las dos últimas
depresiones del imperialismo, tanto en 1975 como en la actualidad,
notándose también en los países "avanzados"
la persistencia de la espiral alcista dentro del tumbo descendente.
Pero semejante deformación de la deformación estropea
ante todo a las naciones avasalladas del Tercer Mundo. Por eso
López Michelsen, sin desentrañar el meollo, mas
procurando refutar a su antiguo antagonista, hizo hincapié
en que antes -vale decir durante el "mandato caro"-
"no se confundía recesión con baja de inflación
como ocurre ahora". (5) De cualquier modo, en estas heredades
de Colón no disfrutamos ni del abaratamiento característico
de las estaciones, críticas.
No hay pues qué aplaudir en el
informe del Ejecutivo, y si prolifera la , incertidumbre sé
debe precisamente a que se angosta el espacio para sus martingalas
y sus carantoñas. El Estado no se halla en circunstancias
de acudir con la largueza inicial en auxilio de los sectores emproblemados,
y, al revés, se ha decidido a apretar la clavija, como
cuando eleva el rendimiento de las Upacs en casi 6 puntos y de
8 a 15 por ciento el de los títulos agropecuarios clase
A que las instituciones financieras privadas subscriben obligatoriamente,
o reitera el propósito de mantener la progresión
de las cuotas de los usuarios del ICT y de las tarifas de los
servicios públicos. Determinaciones que se mueven en contravía
de sus planes de vivienda y de sus ofrecimientos de desencarecer
el crédito, rehabilitar las actividades productivas y redistribuir
el ingreso. Resta poco qué escoger. Las adversidades de
los empresarios se trasladan inevitable y tumultuariamente a los
financistas, ratificándose de paso que el bazar especulativo,
aunque se efectúe eludiendo los riesgos de la construcción
material, descansa sobre ella y ésta le traza sus límites.
Los banqueros han tenido que aceptar en dación de pagos
bienes muebles e inmuebles por varias decenas de miles de millones
de pesos; las deudas a su favor, vencidas y de difícil
cobro, bordean los $ 130.000 millones, cuantía que equivale
a una vez y media el capital y las reservas del ramo, y se prevé
que 19 de los 23 bancos con sede en Colombia, después de
lustros de consecutiva opulencia, no consignarán utilidades
en el ejercicio contable de 1984. A la proverbial inopia de los
institutos descentralizados se adosan ahora las erogaciones que
algunos de ellos han de hacer para. cubrir los réditos
de los papeles con que captaron gruesas sumas dentro de los particulares,
mientras la Contraloría calcula que el gobierno central
ha de desembolsar por los suyos más de $ 40.000 millones
durante el año, estrechándose angustiosamente el
círculo. A Raphael, el atormentado personaje de Balzac,
cada vez que saciaba una de sus irrefrenables pasiones, se le
encogía la piel de onagro, fuente mágica de sus
placeres y de su existencia; al protagonista del Movimiento Nacional
con cada uno de sus impostergables decretos se le agota el "sí
se puede", el talismán con que electrizara a las multitudes
y abriera los portalones del poder. (6)
Nos hemos hecho una idea del mar de
los sargazos que surca la nave colombiana, cuyas vicisitudes exasperan
los roces y choques entre las diferentes clases y que a no pocos
burgueses les ofusca la visión y les nubla la mente. "Ya
se ha socializado las pérdidas", recapacitaba uno
de esos oficiosos comentadores de la cosa pública; "ahora
lo que falta es que se socialice las ganancias", concluía.
Significando así los movedizos terrenos que se pisa con
los infructíferos estímulos concedidos de mogollón
a las élites en quiebra por parte de un régimen
igualmente descaudalado. De la fallida intentona de revivir las
rentas mediante la subvención oficial, a invertir las relaciones
sociales con el objeto de establecer un Estado realmente holgado
y capaz de ver por el engrandecimiento de la nación, no
habría mucho trecho si se contempla el asunto desde un
ángulo global e histórico y las masas trabajadoras
pueden influir decisivamente. En todo caso las recetas de alguna
incidencia se desechan tan pronto salen a la luz y la confusión
ha sido la reina del carnaval. Dentro de tal clima se sucede la
reunión de Cartagena de los cancilleres y ministros de
Hacienda de las morosas e insolubles repúblicas latinoamericanas.
Allí el comediógrafo fue
de nuevo el olímpico mandatario de Macondo, quien acaparó
los destellos de las cámaras y se robó las palmas
de la galería, retocando con prudencia su imagen de veleidoso
contradictor de los regidores del imperio e instalando la conferencia
con un discurso que anticipaba los párrafos primordiales
del documento finalmente aprobado por unanimidad. Aboquemos el
examen del contenido de las postulaciones del encuentro, no olvidando
que el desafío consiste, de un lado, en poner sobre el
tapete los motivos del enfrentamiento entre los emisarios de los
regímenes del Sur escarnecido y los filibusteros del Norte,
y del otro, en abogar por las orientaciones que al respecto más
le convengan a la revolución. El temario abarcó
tres tópicos: lo que se denuncia, lo que se pide y lo que
se promete.
LA BANCARROTA TEORICA
Dentro del primer aspecto el Consenso
da por sentado que "la región atraviesa una crisis
sin precedentes", con ilustrativas referencias a que el producto
por habitante sigue siendo similar al de hace una década,
el desempleo afecta a más de la cuarta parte de la población
activa y los salarios reales han caído sustancialmente.
"Lo cual puede traer graves consecuencias políticas
y sociales". Del estropicio se acusa a 'factores externos
ajenos al control de los países de América Latina",
tales como la recesión internacional, el estancamiento
de los países industrializados, el deterioro de los términos
de intercambio y el resurgimiento del proteccionismo. Anótase
que el servicio de la deuda pasó a ser "casi el doble
del aumento de las exportaciones" y que "en los últimos
8 años el pago de intereses representó más
de US$ 173 mil millones". Los delegatarios llamaron asimismo
la atención sobre la conversión de Latinoamérica
en "exportadora neta de recursos financieros", avaluando
dicha "pérdida" en US$ 30 mil millones para 1983;
y se quejaron de los "cambios drásticos en las condiciones
en que originalmente se contrataron los créditos",
enmendaduras que atañen a la "liquidez", a las
"tasas", a la "participación de los organismos
multilaterales" y a la "perspectiva de crecimiento económico".
El lamento siguiente lo recapitula todo: "Mientras existen
manifestaciones de recuperación económica en los
países industriales, América Latina se ve forzada
a aminorar y en algunos casos a paralizar su proceso de desarrollo".
Una convergencia extraña y polémica
por provenir de quien proviene, los canes guardianes del patio
trasero de la Casa Blanca. Pronunciamientos pungentes que borran
de un plumazo los otros muchos eventos convocados por los Estados
Unidos, en donde siempre se predicó, dentro de los lineamientos
del panamericanismo, la conjunción de designios y la identidad
de pareceres de los pobladores del Hemisferio, desde Alaska hasta
la Tierra del Fuego. Refundidas en la memoria quedan las rondas
de Punta del Este que, bajo la batuta de Kermedy en 1961 y de
Johnson en 1967, les dibujaron a los pueblos zaheridos un engañoso
futuro de realizaciones sin par y de dichas compartidas con el
odiado usurpador. Habiendo la rueda de la fortuna girado muy al
contrario de lo previsto por aquellos falsos profetas, sus sucesores,
al cabo de los almanaques y luego de reconocer sin disyuntivas
el severo mentís corroborado por la práctica, se
atreven a bosquejar un replanteamiento, en un acto que huele más
a memorial de agravios que a reposada sugerencia. El que las autoridades
del Continente, tanto las ungidas con los votos como las consagradas
por las bayonetas, hayan admitido el rotundo descalabro de los
programas, las "ayudas" y los convenios basados en los
nexos neocolonialistas así no les guste el vocablo, ni
lo mascullen por equivocación, no puede menos que simbolizar
un ¡al fin! para las fuerzas revolucionarias y en especial
para el marxismoleninismo, que libran una ardua lucha ideológica
y política contra un enemigo cuya supremacía se
la debe en gran parte al hecho de ejercer un dominio omnímodo
sobre los medios de información y, a través de ellos,
asegurarse la esclavitud mental de las gentes desposeídas
y explotadas. No obstante, el triunfo no les será entregado
gratuitamente a los adalides de la nueva Colombia, ni nada les
reportaria si no lo afianzan con una paciente e infatigable campaña
de educación y propaganda, enderezada a destruir la quimera
de un cabal desarrollo del país en las condiciones de saqueo
imperialista y de prevalencia de las formas monopólicas
de apropiación. No hay que esperar que este absurdo criterio
sea dejado expósito por el pensamiento predominante de
la reacción, por mucho que las estadísticas hablen
en su contra, aun la de los organismos estatales. Ni lo abandonará
el oportunismo, que en sus diversas expresiones revisionistas
viene desde antaño apostando por él, y menos hoy
que juega al juego de transformar la república mediante
el diálogo pacificador con el gobierno. Ahí tienen,
pues, material de sobra y ocasión feliz nuestros investigadores,
ante todo los compañeros y amigos de Cedetrabajo, para
enriquecer los fundamentos de la revolución democrática
de liberación nacional defendida fielmente por el Partido
desde su fundación. Y nuestros instructores de las escuelas
para cuadros conseguirán hacer más comprensibles
sus pláticas acerca de la génesis de la crisis capitalista,
ahora que indagamos por el método de la enseñanza
partidaria, y que no puede ser otro que el de ligar vivamente
los justos conocimientos extraídos de los libros con las
multifacéticas y mudables realidades del momento.
Tampoco habremos de permitir que cuaje
impunemente la especie, montada con sagacidad, de que sean preciso
los estipendiarios del imperialismo los primeros propugnadores
del bienestar social, en cuyo nombre peroraron los ministros en
la capital bolivarense, tratando de proporcionarles un sentido
cariz a sus reclamos y de atraer la solidaridad de las mayorías
apaleadas de Latinoamérica. Abundan los relatos sobre las
iniquidades y traiciones perpetradas, por los Berbeos de la época,
especialmente aquellos que destapan los desfalcos; despilfarros
y demás corruptelas administrativas de sus exponentes burocráticos.
Enumerarlos seria de nunca acabar. Pero todos se parecen en algo
al trance de Argentina, en donde los militares sin dejar rastro,
no solamente desaparecieron a los hijos de las manifestantes de
la Plaza de Mayo, sino también los giros enviados por las
agencias prestamistas internacionales. Si se nos replica que acudimos
a las perfidias de las dictaduras castrenses para enlodar la fachada
de los regímenes representativos latinoamericanos, recordemos
entonces el caso del más institucionalizado de ellos, el
de México. Vencido el mandato de López Portillo,
reventaron una serie de escándalos en torno a onerosas
defraudaciones cometidas contra los fondos oficiales, en las que
aparecían incursos pesados funcionarios, sin omitirse al
propio Presidente. La cuasinacionalización de la banca
de ese país, decidida en 1982, fue más bien una
asepsia que una innovación económica, puesto que
la burguesía financiera sacaba al exterior con una mano
los dólares prestados que recibía con la otra. Motivo
de recurrentes querellas entre los imperialistas y sus recaderos
ha sido la destinación de los empréstitos y, más
aún, la dilapidación de éstos.
De ahí también la rigurosa
vigilancia del Fondo Monetario Internacional, a sabiendas de que
está de por medio la capacidad de pago de los prestatarios
y la concreción de las ganancias. Según cómputos
de la revista estadinense Time, del pasado 2 de julio, a partir
de 1979 han salido de América Latina US$ 70 mil millones,
designados a compras de tierras, inversiones privadas o depósitos
bancarios en el extranjero; monto que contrasta patéticamente
con la iliquidez, los gravosos desembolsos y la sinsalida a que
alude el Consenso de Cartagena. En cuanto a prodigalidades nuestra
descabalada democracia tampoco escatima. El 12 de julio las emisoras
de la Radio Cadena Nacional transmitieron: "El Banco de la
Reserva Federal de los Estados Unidos reveló ayer que entre
1981 y 1983 Colombia registró fuga de divisas con destino
al mercado financiero norteamericano por 2.500 millones de dólares".
(7) Y si se completara el paisaje con los hurtos detectados en
Haití, la compra de armamentos del Perú, las ostentaciones
de la cleptocracia venezolana, los derroches de Brasil, el ingenio
colombiano para rapiñar las partidas de la deuda inclusive
antes de su ingreso legal al país y el resto de los ardides
con que se limpian las arcas estatales, no sería aventurado
aseverar que el cruce de impugnaciones entre el césar y
sus procónsules, lejos de generarse en la penuria de los
niveles de vida de la región, se circunscribe al regateo
del botín. Este tipo de disensiones podrá agudizarse,
sí, sobre todo con el ahondamiento de la crisis, mas no
adoptará un carácter irreconciliable o de ruptura
total. El imperialismo repara en el agua que lo moja y luciría
torpe al pretender extremar sus exigencias, tanto por los ahogos
en que se debaten sus irreemplazables alzafuelles, como por las
impredecibles consecuencias de un cataclismo en la retaguardia.
Jamás se había hecho tan patente que los grandes
emporios capitalistas superviven gracias al despojo de sus neocolonias;
su suerte se define no en Londres, Washington o Tokio, sino en
las vastedades mancilladas de Asia, Africa y América Latina.
Los intermediarios también tienden hacia la contemporización,
porque en proporciones determinantes derivan su peculio de las
entendederas con los monopolios del imperio y a la sombra de éste
se refugian, como cualquier José Napoleón Duarte,
cada que los infortunios los traspasan o la repulsa popular los
apercuella.
Por dicha causa la conferencia estuvo
rodeada de episodios hasta cierto punto desconcertantes. El país
sede se vanagloria de haber sido, entre sus congéneres,
el más cauto en endeudarse y de ser ahora el único
con posibilidades de seguir hipotecándose; y en su oración,
Belisario Betancur impacta a los concurrentes al poner en conocimiento
que "algunos bancos internacionales privados han resuelto
agredirnos... han llegado al extremo de amenazarnos si servíamos
de anfitriones a esta reunión." No obstante, mientras
intervenía el oferente, aquel mismo 21 de junio, los cables
teleguiados desde Nueva York reseñaban que el Chase Manhattan
Bank le había ofrecido a Colombia coordinar, por intermedio
de un pool de entidades financieras, un crédito de US$
700 millones, y cinco días después, por corresponsalía
originada en esta ocasión desde París, se supo de
otro empréstito de US$ 375 millones, adjudicado a la Federación
Eléctrica Nacional por el BIRF y una treintena de consorcios
crediticios europeos, japoneses y norteamericanos. Entre tanto
el Departamento de Estado, en declaraciones de su asesor económico,
Martin Bailey, se apresuró a corregir el malentendido presidencial,
ratificando a su vez lo que se desprendía de los despachos
noticiosos, que "los bancos grandes y más importantes
del mundo son conscientes de la importancia y papel que Colombia
está cumpliendo al facilitar un acuerdo responsable entre
las naciones deudoras y la banca internacional acreedora."
(8)
Incuestionablemente el atascamiento
de los negocios y la declinación de su rentabilidad agrietan
las otrora lucrativas y cordiales afinidades de los accionistas
de la hazaña expoliadora. Empero, como los asustan los
mismos fantasmas, pondrán a funcionar a una voz y a todo
vapor, los complejos engranajes gubernamentales; exprimirán
hasta las heces los denarios públicos, y les darán
largas, en tanto las circunstancias lo permitan, a las definiciones
espinosas y controvertibles, propendiendo a soluciones de transacción,
las que menos perjudiquen a unos y otros. Moraleja: hay quienes
se insultan en las avenidas y se reconcilian en las callejuelas.
En cuanto ataña a la voluntad, o sea al terreno subjetivo,
los imperialistas y sus espoliques preferirán un mal arreglo
que un buen pleito; falta ver qué opina la otra premisa,
la objetiva, al fin y al cabo la variable decisoria.
Ahora toquemos el segundo aspecto. ¿Qué
se pidió en Cartagena? Extractemos del texto del acuerdo
las solicitudes de mayor enjundia cursadas a los mandamases de
Occidente. Antes que nada se machaca en "la redacción
de las tasas de interés", y "sin perjuicio de
los objetivos antiinflacionarios". Dos metas contradictorias
que aguardan por la reanimación de la economía mundial
y más específicamente por el acortamiento del abultado
déficit fiscal de los Estados Unidos. Aun cuando se haya
insistido en que 1984 marca el arranque de la tan anhelada convalecencia
del sistema, no se oculta que ésta demoró, o viene
demorándose más que la de 1976-77, y que son en
particular muy inquietantes los coeficientes de Europa, cuyos
países han llevado la peor parte y en los cuales la reconversión
industrial demanda sumas gigantescas y sacrificios sociales sin
cuento. Pero incluso asintiendo que la reactivación sea
una realidad tangible y no un espejismo del desierto, cabría
todavía preguntarse si durará lo suficiente, o se
circunfiere a una mejoría pasajera, premonitoria de un
letargo más profundo y traumático. Algo parecido
acontece con el embrollo presupuestario estadinense; su saldo
adverso amaga romper la barrera de los US$ 200.000 millones, enfriando
el alma hasta de los pocos optimistas que presagian un efectivo
saneamiento durante el período constitucional a iniciarse
en 1985, Esperar a que los zascandiles de Wall Street o de la
Oficina Oval reciten el "¡levántate y anda!"
ante la desfalleciente producción, a fin de que se satisfagan
las peticiones de quienes, además de haber protestado sus
pagarés, aspiran a franquicias que se contraponen a elementales
preceptos económicos, es pecar de ingenuos o pasarse de
astutos. O cual dirían los colombianos, hacer belisarismo.
Nuestro peripatético gobernante
todavía cree, por lo menos de dientes afuera, que las ratas
del ingreso capitalista, el costo del crédito bancario,
los índices de desempleo y de concentración de la
propiedad deberían regularse por las eternas reglas de
la equidad y de la ética. Con catequesis de moral, o mejor,
de afectada moral, ha querido poner coto a los descarríos
de una sociedad guiada por el Norte de la máxima ganancia.
Como había jurado en vano torcerles el pescuezo a los réditos
usurarios, una noche salió por las pantallas de la televisión
a aleccionar en lenguaje pastoral a su grey acerca de los torvos
y recónditos alicientes tras los que actúa la banca,
y debido a los cuales no ha sido factible la disminución
de los intereses. "¿Por qué cada día
los suben más?", interpeló al auditorio nacional;
y al rompe respondió: "por egoísmo". Renovando
a renglón seguido el ultimátum de que "eso
se va a terminar". (9)
Unicamente a causa del intensivo tratamiento
de cretinización a que se ha sometido al país, tales
delirios de orante u orate podrán ser tomados en serio.
Sin embargo, el legajo firmado en la Costa Atlántica por
los ministros de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia,
Ecuador, México, Perú, República Dominicana,
Uruguay y Venezuela, recoge el "aporte fundamental"
de la palabra iluminada del presidente Betancur, no refiriéndose
desde luego al pasaje televisivo, pero sí al convencimiento
vertido en su alocución inaugural de que todas aquellas
injusticias y abominaciones que aquejan a la especie, se curan
con contrición de corazón y propósitos de
enmienda. Con que los imperialistas se resignaran a embolsarse
menos en aras de sostener las cotas de enriquecimiento de las
oligarquías antinacionales -el tan trillado reordenamiento
mundial-, la tempestad amainaría y el sol volvería
a sonreírnos por igual a ricos y a pobres. Las peticiones
bailan todas alrededor de tal consideración; a ello se
reducen las contribuciones en el análisis económico.
A las potencias se les recomienda, o
suplica, "el acceso a sus mercados de las exportaciones de
los países en desarrollo", "condiciones que permitan
la reanudación de corrientes de financiamiento", "alivio
continuado y significativo de la carga del servicio de la deuda",
"reducción al mínimo de los márgenes
de intermediación y otros gastos", "eliminación
de las comisiones", "abolición de los intereses
de mora", supresión de la "exigencia" de
transferir al sector público, en forma indiscriminada e
involuntaria, el riesgo comercial del sector privado", terminación
de las "rigideces regulatorias de algunos centros financieros
internacionales", "nuevos financiamientos", "reconocimiento
de la calidad especial que tienen los países soberanos
como deudores de la comunidad financiera internacional",
"reactivación de las corrientes crediticias hacia
los países deudores", "asignación de un
volumen mayorWe' recursos", 'fortalecimiento de la capacidad
crediticia de los organismos financieros internacionales",
"nueva asignación de Derechos Especiales de Giro",
etc.
Si se exceptúa el acápite
atinente a un trato benigno para las exportaciones, la interminable
retahila de plegarias se condensa en la consigna de: ¡Dinero,
dinero y más dinero! Que no se interrumpa su flujo, que
mane a borbotones y sin recargos de ninguna índole. Y si
es regalado, ¡excelente! Que los gobiernos latinoamericanos
no tengan que responder por los débitos externos de sus
burgueses, aunque se reserven el tan practicado derecho de enjugar
las bancarrotas de éstos. Que el FMI, el BIRF y la Reserva
Federal norteamericana tomen las medidas del caso para desinflar
el valor de los créditos internacionales, así los
países prestatarios no logren ni les importe constreñir
los sobrecostos de los que facilitan internamente. Que Reagan
haga lo que ellos no hacen: cauterizar el déficit, precautelar
la inflación y descongestionar el mercado financiero. Pero
el accidental inquilino de la Casa Blanca puede tanto como Prometeo
en el peñón del Cáucaso. Pese a que los apologistas
del imperialismo, matriculados en diversas escuelas y subescuelas,
debatan y achaquen los atoramientos en el comercio, la industria
y las finanzas mundiales al descuido o a la negativa de adoptar
tal o cual política por parte de los conductores de la
superpotencia, los cimbronazos de la crisis se sienten a menudo
más fuertemente en las latitudes septentrionales de Washington,
y dan allá menos lugar a los virajes bruscos que en una
pequeña nación, supongamos la República de
Chile.
A Augusto Pinochet, no obstante deber
US$ 19.000 millones, de pronto un empujón de 400 ó
600 millones más lo saque momentáneamente de penurias,
y apenas lógico que el general esté dispuesto a
intentar cualquier timonazo y a profesar cualquier tesis con tal
de complacer a sus financistas y de que éstos lo complazcan
a él. Mas a la administración norteamericana, que
vela por Occidente, por el sistema monetario internacional y por
el general Pinochet, ningún Grupo de Consulta o profesor
universitario lo resguardará de sus cuatro jinetes del
apocalipsis: los exorbitantes gastos de la defensa, ante las asechanzas
del expansionismo soviético; el hostigamiento económico
de las potencias aliadas; la explosiva penuria de sus zonas de
influencia, y el veloz debilitamiento de sus fondos federales.
Mientras no concluya la recesión todas estas acucias tenderán
a agigantarse con su deplorable cola de coartaciones al comercio,
y junto a ellas, los correspondientes obstáculos a la compra,
de las contadas mercaderías procedentes del Tercer Mundo.
Así que los implorados incentivos para las exportaciones
latinoamericanas muy tangencialmente serán satisfechos.
La encerrona habrá llegado a
tal extremo, que el candidato demócrata, Walter Mondale,
sin reflexionar mucho en cuánto afectarán su campana
sus escuetas alegaciones, retó osadamente a la contraparte:
"Digamos la verdad... Reagan aumentará los impuestos,
y yo también". (10) Aunque el ex actor no recogió
el guante y se mantuvo por lo menos, verbalmente en la posición
de proseguir con los amortiguamientos tributarios con que se privilegia
a los trusts, y con las talas a la asistencia social con que se
golpea al pueblo, el Tesoro de la poderosa nación sufre
el peor quebranto de su meteórica carrera. El debate hará
manifiestos los fiascos económicos de la última
gestión de los republicanos. Ignoramos en qué grado
incidirá sobre las expectativas reeleccionistas; empero,
no nos cabe duda de que, sea cual fuere el resultado de los comicios
de noviembre, la controversia, además de definir el sino
de una facción, acabará sepultando casi media centuria
de elucubraciones académicas sobre la anulación
de la crisis capitalista mediante el incremento del empleo y del
consumo a cargo de las múltiples irrigaciones del erario.
El crac de 1929 les había mudado
el pellejo a las nociones teóricas de los economistas burgueses.
Antes de la fatídica calenda sus connotados pontífices
se empecinaban en disimular los fenómenos de superproducción
y de paro dentro del capitalismo, aferrándose con fe púnica
a las anacrónicas conjeturas de que el mercado nivelaba
la una e impedía el otro; y volteándole cerrilmente
la espalda a más de un siglo de palmarias refutaciones,
incluida la remembranza que Engels inserta en su prólogo
de El Capital acerca de los ciclos decenales desde 1825 hasta
1867. Ni el pánico financiero de 1907, causante del despeño
de trece bancos neoyorkinos y de otras compañías
ferroviarias más; ni los años críticos de
1914 a 1916 que terminaron inmiscuyendo a Norteamérica
en la primera conflagración mundial y entronizando allí
definitivamente el capitalismo monopolista de Estado; ni el corto
pero nocivo receso de 1920-1921; ni siquiera el estruendoso derrumbe
de la Nueva Era en las postrimerías de la década
de los veintes, convencieron a los rectores de la economía
estadinense de abandonar los rígidos criterios, plantados
en el "espíritu nacional" yanqui, de que una
administración admirable era aquella cuya injerencia brillara
por lo discreta y austera. 0 como lo proponía el lema electoral
del malhadado presidente Warren G. Harding: "Menos intervención
del gobierno en los negocios y más intervención
de los negocios en el gobierno". (11) O como lo preconizara
Franklin D. Roosevelt en medio de la hecatombe de los treintas,
meses antes de asumir la presidencia y a manera de crítica
a los desequilibrios presupuestales que Herbert Hoover no acertaba
a recomponer: "Tengamos la valentía de dejar de pedir
préstamos para hacer frente a los continuos déficit.
Basta de déficit". (12) De pronto el brujuleo cambió
abruptamente. No sólo se reconocieron las turbaciones cíclicas,
sino que se proclamó una forma infalible de neutralizarlas.
El nuevo e improvisado esquema doctrinario se distinguiría
por sus ínfulas. Sin conmiseraciones botó a la basura
los amarillentos e inservibles tratados y propagose a toda prisa
por el orbe, cautivando a catedráticos y estadistas, quienes
ipso facto retocaron sus axiomas y políticas para ponerlos
a tono con la moda. Sobra referir que también la intelectualidad
simiesca de la neocolonizada Colombia gesticuló a la par
con sus preceptores extranjeros.
De aquí en adelante el Estado,
cual supremo regulador, habrá de interferir con el objeto
de acrecentar la demanda y promover las inversiones, sin pararse
en pelillos o reparar en faltantes y descubiertos. El fundamento
de toda esta "revolución" se halla en que, ante
los incesantes progresos de la producción que se traducen
en una merma relativa del trabajo explotado y del promedio de
las utilidades, el imperialismo se había decidido a apelar
abiertamente a los instrumentos y beneficios públicos para
reponer las declinaciones de la rentabilidad, ya fuese a través
de la moderación de los gravámenes, las adiciones
al gasto oficial, el endeudamiento estatal, las emisiones monetarias,
la devaluación, o por los procedimientos directos de los
subsidios y los rescates para las empresas entradas en barrena.
A tamaña defraudación de la confianza ciudadana
en pro de los dueños y señores de las tres cuartas
partes del globo, se la invistió de la dignidad de una
ciencia, y como a su héroe epónimo se nombró
al señor Keynes, el hombrecillo de Cambridge, al que "la
lucha de clases lo encontró siempre del lado de la burguesía
culta", y quien fuera en Bretton Woods coartífice
del realinderamiento económico refrendado con las bombas
atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Si en los convulsos
períodos anteriores se consideraba conceptualmente prioritario
mantener incólume el soporte estatal, última garantía
de la sociedad explotadora, después de la Gran Depresión,
lo primero que habría que hacer era desangrarlo, y sin
contemplaciones, con tal de contener la crisis. Pero los presupuestos
deficitarios estadinenses que comenzaron bajo Kennedy como estrategia
consolidativa, al cabo de veinte años de prescripción
de mercados y de extravío de posesiones neocoloniales,
amén de las otras calamidades sucintamente narradas atrás,
se han tornado con Reagan en una pesadilla que en lugar de coadyuvar
al restablecimiento se constituye en uno de los mayores inconvenientes.
La burguesía autónoma de Europa, Japón y
Canadá, así como los testaferros del Tercer Mundo,
ya han constatado empíricamente que este falseamiento de
las apropiaciones y destinaciones presupuestarias, cuando lo ejecuta
el proveedor de la divisa mundial, en el presente caso Estados
Unidos con su patrón dólar, es un sutil y engañoso
mecanismo para soliviar los decaídos dividendos de Norteamérica,
a expensas del despojamiento y del naufragio de sus rivales comerciales.
Hay que pertenecer a la cofradía
de Fedesarrollo, los masters del keynesianismo criollo, para pensar
con el disco rayado de que el país urge aún de emitir
y prestar más para rehabilitarse, cuando hasta los parlamentarios
intuyen que semejantes expedientes tocan a su fin. U ostentar
la banda presidencial en el pecho para insistirle a Washington
que, de una parte, subvencione la deuda latinoamericana y suelte
los dólares, y de la otra, controle el déficit y
reduzca el prime rate o interés preferencial. El interponer
unificadamente los buenos oficios de las investiduras ministeriales
para forzar mayores anticipos, los cuales requieren de cualquier
modo ser autorizados y avalados por la Tesorería del imperio,
denota la ciega inclinación de unas clases parasitarias
y fletadas a las que no se les ocurre ninguna línea estratégica
distinta a la rauda e irreflexible enajenación de las seudorrepúblicas
puestas bajo su custodia; haciéndoles no sólo el
esguince a los candentes problemas sino recrudeciéndolos
con su comportamiento. A los quebrantos materiales de la burguesía
los sigue la ruina ideológica de sus teóricos. El
memorando de Cartagena refleja esta histriónica verdad
al proponer como cura de los males que agobian al Hemisferio las
causas que los originan.
Aunque surgidos de la libre concurrencia
y cual negación de ésta, lo cierto es que los monopolios
no consiguen obviarla del todo; entre ellos las contiendas, enmascaradas
tras los pendones nacionales de las grandes potencias, abarcan
los cinco continentes, tienden hacia la hegemonía universal
y, hacen de las ciento y pico de naciones subyugadas el trofeo
predilecto de los vencedores. El imperialismo, antes que extirpar
las crisis capitalistas, las vuelve más extensas, profundas
y cataclísmicas. Lo aseveran las dos confrontaciones bélicas
mundiales que redujeron a escombros y cenizas muchos de los medios
de producción sobrantes, e inmolaron en los campos de batalla
a decenas de millones de desempleados embutidos en sus trajes
de fatiga. La ulterior reconstrucción, la iniciada en 1945,
junto con el advenimiento del moderno modelo de vasallaje nacional,
de apariencia democrática y rostro bonachón pero
de más jugosas retribuciones que el burdo y repudiado colonialismo
de viejo corte, permitieron temporadas de acompasado y hasta cierto
punto de tranquilo esplendor, singularmente en los Estados Unidos,
a cuyo firme liderazgo sólo empañaban escollos superables
y llevaderas fricciones. Mas a estas alturas del proceso, descartada
la efectividad de las soluciones transaccionales, el imperialismo
se ve abocado, para vivir, a otro masivo aniquilamiento de la
riqueza por él engendrada. No obstante, la destrucción
de bienes y hombres será a una escala infinitamente superior
a las precedentes, puesto que con la plétora de las armas
nucleares la vigencia histórica de la guerra convencional
ha concluido, y con ella, las limitaciones de la devastación;
Norteamérica, al contrario de 1914 y 1939, no podrá
eximir su territorio y habrá de arrostrar directamente
y desde el primer instante los riesgos del holocausto, y el conflicto,
que enfrentará a Occidente con la Santa Rusia rediviva,
inevitablemente repercutirá en la conciencia de los pueblos
del mundo, tanto de las naciones oprimidas como de las opresoras,
que querrán sacudirse de una vez y para siempre los yugos
de la usura, la crisis y la guerra. Tales las perspectivas finiseculares
del modo capitalista de producción.
Y para evacuar nuestro examen, una plumada
respecto a qué se comprometieron los lugartenientes políticos
de las oligarquías latinoamericanas. Precavidamente "reiteraron
que la conducción de las negociaciones en materia de deuda
externa es responsabilidad de cada país". Esta declaración,
pese a que la complementaron o adobaron con la sugerencia de estatuir
unos "lineamientos generales" que "sirvan de marco
de referencia" a las impugnaciones "individuales"
de los Estados prestatarios, se redactó con el deliberado
propósito de desprevenir al Grupo de los 7 Grandes, que
ya desde la cumbre de Williamsburg, en mayo de 1983, tomó
nota del clamoreo del Sur e hizo votos, por lo menos en el papel,
de moderar los déficit fiscales, sofocar la inflación
y encinturar los intereses, y que en la capital británica,
en junio del corriente año, exteriorizó de diversas
maneras su enojo por la eventual conformación de lo que
se viene denominando el "club de los deudores". (13)
No habrá pues, según Cartagena, las conversaciones
colectivas rechazadas por Londres. Los gobiernos en bancarrota,
que son sin salvedad los tributarios de los emporios industriales,
rehusaron voluntariamente arremeter con la fundación formal
de un bloque de mendicantes. Continuarán buscando uno a
uno y por separado, de acuerdo con el monto de sus compromisos
y capacidades, las correspondientes prórrogas y mitigaciones
para los inmódicos pasivos. Zanjándose así,
y aun cuando fuere temporalmente, un lío que amagaba con
complicarlo todo.
Asimismo, prometieron pagar con puntual
exactitud, despejando otra incógnita que traía en
ascuas a la comunidad financiera internacional, cuyas entradas,
y hasta su propia permanencia, cual se indicó arriba, penden
de la seriedad y, lógicamente, de la holgura de sus clientes
de América Latina. Por aquella fecha los medios informativos
alarmaban a los lectores con los cálculos sobre los estragos
que, en miles de millones de dólares y en cientos de miles
de empleos, les reportaría a los Estados Unidos una reprobación
oficial de los débitos de Brasil, Argentina o México.
Se hacía inminente una aquietadora mención al respecto,
y por eso los ministros suscribieron "la decisión
ampliamente demostrada por sus países de cumplir con los
compromisos derivados de su endeudamiento externo y la determinación
de proseguir con los esfuerzos de reordenamiento monetario, fiscal
y cambiario de sus economías". Promesas éstas
que buscan subsanar las discordias surgidas en las relaciones
inveteradamente afables entre el imperialismo y los regímenes
fantoches y que con certeza serán de muy accidentada realización;
sin embargo, tal y como han sido proferidas dentro de las solemnidades
de una misiva de esa índole, y dado el atolladero de remitentes
y destinatarios, no pueden menos que copar las satisfacciones
de los jerarcas del Norte. Ante las inobservancias e irregularidades
registradas un juramento escrito no significa nada, pero sería
peor no tenerlo. El dilema aquí no consiste en averiguar
si los signatarios le harán honor o no a la palabra empeñada,
máxime cuando la tierra tiembla incluso bajo los tronos
menos accesibles y nadie está seguro de qué sucederá
al día siguiente.
En una caliginosa mañana de otoño,
los peruanos, por ejemplo, se quedaron súpitos al enterarse
de que los plenipotenciarios de Belaúnde Terry, por un
crédito puente de US$ 300 millones, habían concertado
una carta de intención mediante la cual el gobierno se
obligaba a recortar en varios puntos porcentuales sus erogaciones,
reducir en otros cuantos su déficit, incrementar los ingresos
tributarios en un equivalente al 2% del Producto Interno Bruto,
subir las tarifas del agua, la energía eléctrica
y el transporte, reajustar los precios del arroz y de los hidrocarburos,
disminuir las partidas de fomento estatal, nivelar las tasas nominales
del interés bancario con las de la inflación, devaluar
el sol en un 20%, suprimir los subsidios a determinados artículos
de primera necesidad y, por supuesto, dedicar anualmente a la
cancelación de los empréstitos vencidos el 50% del
total de las exportaciones. Y el premier Sandro Mariátegui,
cabeza del gabinete, quien el 26 y 27 de abril, en distintos diálogos
con los periodistas comentara jubiloso que el convenio, "un
éxito personal del presidente", viabilizaría
"la renegociación de la deuda en el Club de París"
y se sintetizaría en la reactivación económica
del Perú "en un lapso de tres meses a un año",
no tuvo el menor sonrojo de manifestar, menos de una semana después
y ante las objeciones de los empresarios quebrados y de los sindicalistas
enfurecidos, que el gobierno propugnaría la revisión
de los mencionados pactos de emergencia con el FMI. (14) En cosa
de horas el tornadizo parecer de las autoridades peruanas había
pasado de la impúdica euforia a la taimada discreción.
Son los imponderables de la crisis que en Santo Domingo se patentizaron
violentamente con 52 muertos, 140 heridos y 4.000 detenciones,
al conocerse de la firma de los mismos irritantes acuerdos. Luego
no nos referimos en este capítulo de nuestro análisis
a las proyecciones cuantitativas, a los márgenes reales
de aplicación de los protocolos. Si Williamsburg no tradujo
o no pudo traducir en obras sus ofrecimientos, ¿por qué
entonces Cartagena? No. De lo que se trata es de la soberanía
nacional, de la actitud frente a los infamantes y perentorios
requisitos de las agencias prestamistas cuyos mensajeros vagan
por las covachuelas de la administración, husmean en las
carteras ministeriales, hurgan en los archivos de los institutos
bancarios, meten la mano en las contabilidades de las empresas
públicas, toman asiento en el Congreso y en los concejos
municipales, en suma, se pasean por la república como Pedro
por su casa. Para la banca mundial ha resultado inaplazable que
los gobiernos pongan freno al desorden, se disciplinen, no dejen
por desidia o ineficacia escapar un denario. En ello va la concreción
de sus acreencias. Y esto, unido a los apuros financieros de las
marionetas, ha trastrocado a las naciones latinoamericanas, al
principio en forma lenta e imperceptible y más tarde rápida
y descarnadamente, en simples sucursales de unos, hiperbóreos
pulpos matrices, los tentaculares consorcios del imperio. Al punto
de que ya no gozan de autonomía ni para fijarle el precio
al arroz. Y en medio de la escalada capitulacionista, los heraldos
de la democracia oligárquica, fuera de disparar unos cuantos
cartuchos de fogueo contra los extorsionadores foráneos,
apenas si atinan a reunirse para esclarecer en común las
incomprensiones surgidas acerca de su dificultoso acatamiento
a las requisitorias del Fondo Monetario Internacional.
SE PORFÍA EN LA ENTREGA
Finalmente, los ministros, en lo que
cabría calificarse como la gran novedad de la conferencia,
"manifestaron que la inversión extranjera directa
puede jugar un papel complementario por su aporte de capitales
y por su contribución a la transferencia de tecnología,
la creación de empleos y la generación de exportaciones".
No obstante alguna reserva en cuanto al escaso monto de las divisas
que se captarían por tal concepto y la ceremoniosa admonición
de que las firmas que arriben habrán de sujetarse estrictamente
a las leyes de la región, aquella alternativa acaba patentizando
la derrota y la alevosía de unas clases apátridas
que no sólo estiman vedado el camino hacia un desarrollo
independiente sino que renuncian públicamente a transitarlo.
Y a los quince días a la capital del país le correspondería
ser escenario de otra bochornosa citación, el bautizado
Primer Foro de Inversionistas, con la asistencia de 187 representantes
de compañías oriundas de los más diversos
lugares del mundo a los cuales las autoridades colombianas del
ramo les pormenorizaron 257 proyectos en las esferas de la industria
agropecuaria y manufacturera, la minería, la comercialización,
las maderas, los productos químicos, la pesca, los enlatados
y hasta en empresas sociales y de servicios varios, con el objeto
de atraer fondos por 2.000 millones de dólares.
Tampoco hay que olvidar que fue bajo
el cielo cartagenero, donde justamente nació hace dieciséis
años el Grupo Andino, o la Integración Subregional,
que lleva también el nombre de la ciudad ilustre. Este
experimento se presentó en su tiempo cual bendita panacea
para los países consuetudinariamente estancados de los
Andes, que principiaban a cavilar sobre un despegue conjunto y
solidario. Sobre él llovieron las salutaciones nacionales
e internacionales de casi dos lustros consecutivos. Pese a las
instintivas simpatías que despiertan entre la gente las
banderas integracionistas, en cuyo apoyo se resucitaron inclusive
los ideales anfictiónicos de Simón Bolívar,
que en realidad no vienen al caso, nuestro Partido, nadando contra
la corriente como siempre, hubo de enfrentarse a este nuevo embeleco,
al que alababan desde el revisionismo mercenario hasta sectores
democráticos y antiimperialistas despistados. Ni nuestros
amigos chinos se exoneraron de adherir a los ilusorios planteamientos.
Con ellos discutimos en su oportunidad, aspirando a convencerlos
de que el Acuerdo de Cartagena, lejos de obedecer, tal sospechaban,
a la insubordinación de las burguesías latinoamericanas
que aunábanse así para resistir la incómoda
intromisión de los Estados Unidos, debíase al contrario
a la necesidad del imperialismo de hacer una más exhaustiva
utilización de los mercados de sus neocolonias, muchos
de los cuales son tan estrechos que de por sí imposibilitan
la instalación de plantas fabriles de alguna envergadura,
impedimento qué habría de allanarse con el "libre
comercio" interzonal. Meta defendida por Johnson dentro de
la Declaración de Presidentes de América del 14
de abril de 1967, en Punta del Este; recomendada por el informe
Rockefeller del 30 de agosto de 1969 a la administración
de Richard Nixon, y expuesta explícitamente por éste
como línea central para el Hemisferio, a través
de su discurso ante la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP,
del 31 de octubre de 1969. (15)
Éstos fueron los obligados prolegómenos
de la loada política de la cooperación de capitales,
que además hundía sus raíces en la descaecida
Alianza para el Progreso y se insertaba dentro del marco jurídico
de la vieja Alale. Por razones apenas obvias al ambicioso plan
se le echó su pañete nacionalista y a los copartícipes
extranjeros se les supeditó a morigeraciones y fiscalías
que no representan ni mucho menos la quintaesencia del patriotismo.
Luego de década y media de frustrantes
tentativas, la amarga lección, al revés de lo esperado,
compéndiase en que los beneficiarios salieron siendo los
monopolios imperialistas y que los países receptores, en
lugar de desvanecer las aprensiones que aún los distancian
y de jalonar y acoplar entre sí sus economías, se
vieron mezclados a menudo en lastimosas pendencias, disputándose,
dentro de los respectivos y sofisticados "programas sectoriales
de desarrollo industrial", la vinculación de sus asociados,
las insaciables corporaciones de las potencias occidentales. Después
de la institucionalización de un mercado andino, y que
van cristalizándose los sueños de los trusts de
poder enviar a todas nuestras naciones sus géneros elaborados
en cualquiera de ellas, se pretende ahora seguir suavizando las
estipulaciones de la famosa Decisión 24 del Acuerdo de
Cartagena, con lo cual aquéllos quedarían facultados
para unas remesas más grandes de utilidades o una reinversión
mayor de las mismas, encima de otras muchas aberrantes mercedes.
En efecto, el ablandamiento viene dándose con bastante
anterioridad y no ha de endilgársele exclusivamente a Chile,
que desisti&oacu