Carta a Mi Padre
En 1961, a la edad de 20 años,
siendo estudiante de derecho de la Universidad Nacional, Pacho
le dirige este mensaje a su padre, Francisco Mosquera Gómez.
Querido padre mío:
Hoy es tu día, inútilmente,
porque, para el afecto de tus hijos, cada uno de los de tu noble
existencia será el más grandioso para haceros llegar,
a ti y a tu adorable esposa y madre nuestra, las demostraciones
imperecederas de nuestro cariño. Pero admitamos las fechas
convencionales de los hombres. Y así como señalamos
un día especial para la patria, dediquemos también,
y con justicia, uno especial para aquellos seres que, como tú,
son los forjadores de la sociedad y los directos responsables
de su destino; y que sea él la mejor ocasión para
dialogar sobre las fuerzas caracterizadoras de nuestras vidas.
No nos perdamos en los razonamientos
que defienden la veracidad de la máxima anterior, y contentémonos
con afirmar que de los alcances de una sólida educación
moralizadora, sostenida en todo momento desde el hogar, dependen
los perfiles preponderantes de los pueblos.
Me duele saber de la condición
miserable del pueblo colombiano. Pero me aferro al convencimiento
de que su redención palpita aún -y será voluntad
para imponerla -en esas viejísimas enseñanzas legadas
con sabor de deber por los padres de los hogares humildes.
Contemplemos tu obra maestra. Fundiste
tu suerte con la amorosa compañía de una santa;
y has educado hijos de los que la patria recibirá grandes
favores. ¡Cómo hasta yo mismo envidio la armonía
de tu hogar! Y a pesar de las atribulaciones que te depara diariamente
la lucha por la vida, sé que te invade la paz de la satisfacción
de quienes nunca fueron un fracaso para su más grande fin.
Continúo pensando que hemos recibido con la pobreza el
mejor de todos los ambientes. Gracias a ella hoy podremos deciros,
sin temor a equivocarnos, que todo cuanto somos y cuanto llegaremos
a valer vuestros hijos os lo debemos a vosotros, y a nadie más
que a vosotros. Gracias a ella te hemos visto como un león
defendiendo la integridad de nuestras vidas, y contamos hoy con
muchas razones para amarte más. Gracias a ella estaremos
siempre unidos para defendernos más. Gracias a ella ese
empeño de triunfo de tus hijos hace parte de nuestra definición
natural. Gracias a ella, y bendita sea, yo, en particular, hallé
qué hacer con esta existencia que me diste, porque me colocó
en contacto directo con la cruda realidad de los colombianos y
me impuso una misión. ¡Con cuánta honradez
tu hija es el encanto de quienes la rodean! Y hasta Gerardito
aprendió ya a caminar con la frente en alto. Y Hernando,
me imagino, no llegará a ser un médico simplemente,
porque va comprendiendo que son tantas las enfermedades que su
sola terapéutica sería inútil. Padre, te
felicito, porque tienes mucho que enseñar y nunca supiste
la lección de los vencidos. Tus amigos te han de ver con
respeto, y a tu alrededor se levanta una torre de marfil, que
es el único sitio de esperanza de tus familiares.
Ayer no más, recuerdo cuando,
junto con mis compañeros de mis primeros años de
colegio íbamos a iniciar una excursión por el oriente
de Boyacá, tú me ofreciste el dinero necesario para
el viaje, con la única condición de traerte una
relación escrita de cuanto observara y de las impresiones
e investigaciones del paseo. Haciendo honor a la verdad, no te
obedecí; seguramente no fui capaz de escribir dos palabras
sobre tan interesante tema. Te preocupabas entonces porque me
afanara en el cultivo de las letras. Antes de formalizar contrato
con Vanguardia Liberal, fuiste tú quien de la mano me llevaste
hasta los linotipos. Te he visto radiante con mis pequeños
triunfos y pensativo cuando sabías y sabes de mis problemas.
Me has dado pruebas de tu confianza sin límites hacia mí;
y no te asalta el temor de que las vaguedades de la vida me entretengan
en el camino de mi formación. Hoy comprendes la proyección
admonitoria de mí vida. Y te digo que me he posesionado
con sin igual pasión de mi cometido que no me pertenezco.
Mi juventud, si a eso se le puede llamar juventud, está
condenada a los cuartos silenciosos de las bibliotecas. Por ahora
no deseo cosa distinta de estudiar, atollarme de conocimientos,
adquirir las cualidades de un estilo fácil con la pluma,
y violento, convincente y elocuente en la oratoria.
Abrigué en un tiempo la ilusión
de ser un parlamentario magistral. Soñaba con que la república
mirara hacia la curul que el pueblo me hubiese designado. Pero
ese camino de un Gabriel Turbay, por ejemplo, y hasta de un Miguel
Antonio Caro ya son de herradura para el pueblo colombiano. He
perdido la fe en las instituciones católicas y legalistas,
hoy corrompidas e inoperantes. A veces creo que no tenemos otro
medio diferente a aquel que dice mucho de leyenda Comunera. Y
los partidos políticos hoy por hoy no son sino ropajes
roídos para disfrazar los bandos del pueblo dividido y
fanatizado. Carecen ambos de idearios, y en ellos triunfa no la
capacidad conductora del hombre, sino la mayor flexibilidad de
la columna vertebral.
Esta generación mía hará
la revolución. Es un proceso histórico que nos tocó
en suerte copar a nosotros, paradójicamente los hijos de
la violencia y el sectarismo colombianos; y nos uniremos y seremos
hermanos para desconocer unos y otros los mediocres dirigentes
de la hora. Padre, a cerca de siglo y cuarto de la muerte de Bolívar,
Colombia sigue huérfana de libertadores. Nadie ha escrito
la última palabra de nuestra historia. La inicia Colón
con el maravilloso episodio del Descubrimiento, se introduce en
el Continente con las penalidades de la Conquista, echa hondas
raíces con las irregularidades e injusticias de la colonia,
adquiere vida propia con la gesta patriótica de la independencia,
sufre tristísimas experiencias con la frustración
de la República y... la historia continuará con
un sexto capítulo que indudablemente corresponde a la revolución.
Colombia fallece desde los púlpitos de las iglesias hasta
las curules del Capitolio Nacional; desde los fusiles desganados
de nuestros soldados hasta las cuentas fabulosas de los opulentos;
desde las manos pedigüeñas de los niños mendicantes
hasta los cuerpos esculturales de las reinas de los clubes; desde
los Llanos hasta el Atrato; desde La Guajira hasta Nariño...
Nos morimos, no obstante los cálculos optimistas de nuestro
presidente. La educación ha sido descuidada, por esa medida
precautelativa para evitar que de un momento a otro surja el hombre.
Ya no es tranquila la siesta de la oligarquía; y como pesadilla
de medianoche cada una de las palabras de Anarkos de Valencia
resuena en sus conciencias. Está fallando el Frente Nacional.
Y se contagian del mismo sectarismo que ellos inventaron para
envenenar el pueblo. Ahí está López, el hijo
del grande, disintiendo; Gómez no quiere transigir; El
Tiempo se quitó la careta liberal para recibir la piedra
de los manifestantes cotidianos; el "Chiquito" Lleras
ya no publica fotografías de sus giras políticas,
y no quieren entenderse, desconociendo los sabios consejos de
los poderosos del Norte. El clima es propicio, el pueblo está
de punto, y hasta presiento al capitán que falta. ¡Seré
un frustrado, y que sobre mi lápida no me coloquen nombre
alguno, si antes de cerrar mis ojos definitivamente, no contemplo
en un cielo nuevo la aureola de nuestra Revolución! Te
ofrezco, padre mío, como complemento de tu felicidad, esta
tremenda convicción mía de hacer la Revolución
Colombiana. Admito que poco es lo que me preocupo por vosotros,
pero vivo únicamente para dejar atrapado el apellido que
me diste en la telaraña de la historia.
¡Yo no capitularé como
Berbeo sobre el libro sagrado de Caballero y Góngora, porque
inmenso es mi odio y mi asco hacia ellos! ¡Yo no creeré
como Gaitán en la generosidad de los enemigos del pueblo,
porque hace tiempo que desconfío de los resultados de las
urnas en manos de los concubinos de la democracia! Yo no beberé
como Sócrates la cicuta, porque yo no respetaré
sus leyes, como ellos tampoco respetan la castidad de nuestras
mujeres campesinas. Yo no descansaré un solo instante (aquí
se me dañó la máquina, perdona que continúe
a mano) en la lucha, porque el llanto de los niños hambrientos
no me deja conciliar el sueño. Yo no tendré piedad
hacia ellos, porque ellos no la han tenido nunca con mi pueblo.
Yo no daré mi cabeza a las hachuelas que silenciaron los
reclamos sociales de Uribe Uribe, porque usaré sus mismos
métodos y aprenderé su idioma.
Solamente un hombre así, con
tales consignas, podrá ganarse el respaldo de los colombianos,
tantas veces engañados y desviados de su destino histórico.
Padre mío: continuemos igual,
identificados en nuestro sentir. Cada uno de nosotros con apoyo
moral de todos, y haciendo más ejemplares nuestros actos.
Esta carta es como el bautizo espiritual
que requería mi alma hace rato. Empiezo con ella otra etapa
de mi vida, la definitiva, sabiendo que he llegado a tu corazón
con un mensaje de amor y rebeldía.
Tu hijo,
Francisco Mosquera
Bogotá, junio
18 de 1961.