Hong Komg: Las Bolsas y el
Pánico
http://www.geocities.com/waltergoobar/HONGKONG.html
(Por Walter Goobar) Un billón
de dólares de capital financiero viaja cada día
de un lugar a otro del planeta a la velocidad de la luz. Las dos
redes de pago electrónico de la ciudad de Nueva York, CHIPS
(Clearing House Interbank Payments System) y FEDWIRE mueven 700.000
millones de dólares por año, lo que equivale a siete
millones de dólares por minuto, sacando los fines de semana.
El dinero electrónico tiene la forma de algoritmos matemáticos
sin ningún tipo de titularidad o denominación del
poseedor. Un escaso cinco por ciento de esas operaciones están
vinculadas al comercio de bienes o mercaderías, un 15 por
ciento son inversiones y los 800.000 millones de dólares
restantes son transacciones puramente especulativas. Convertido
en señales electrónicas, el dinero recorre la geografía
del planeta en cuestión de segundos y cambia de dueños
con la misma celeridad. Trasladar un millón de dólares
a través de la mitad de la superficie del globo demora
tres segundos y cuesta 40 centavos de dólar. Seguir las
pistas de los "volátiles" flujos financieros
en las transacciones electrónicas es prácticamente
imposible. Detenerlo parece impensable.
Esta nube de dinero sigue las leyes
de una danza regida por bancos y altas corporaciones, y, de sus
vaivenes, caen sin cesar toneladas monetarias sobre las arcas
de los poderosos. Durante escasas seis horas del 23 de octubre,
cuatro magnates perdieron en conjunto la friolera de 18.000 millones
de dólares. Li Ka-shing, propietario de una compañía
radicada en las Islas Caimán; Lee Shau-Kee, poseedor de
la novena mayor fortuna en el mundo; y los hermanos Walter Thomas
y Raimond Kwok, dueños de la sociedad Sun Hung Kai Properties,
vieron como durante el jueves negro se evaporaba una parte de
su fortuna.
Los amos del dinero procuran resguardarse
de sus perjucios, pero la gente comun, desprovista de protección,
está más expuesta a sucumbir en cualquier instante:
Barry Lea, director de Lloyds Bank en el sudeste asiático,
aseguró que los pequeños inversores fueron los más
afectados por la caída del jueves negro, con pérdidas
que alcanzaron los 40.000 millones de dólares. Ahora el
terremoto de las bolsas en el sudeste asiático se irradia
sobre el mundo como un portentoso desastre capaz de acarrear miseria
adicional a millones de seres humanos.
En enero de 1997 el magnate George Soros
publicó en la revista estadounidense "Atlantic Monthly"
un artículo titulado "Delitos capitales" , en
el que exponía su preocupación por la dictadura
de los mercados de capitales frente a los poderes políticos
legítimamente constituidos y explicaba por qué su
mente y su dinero se oponían al sistema que le hizo fabulosamente
rico. Sin embargo, hace menos de un mes, y en el mismo momento
en que anunciaba nuevas inversiones en la Argentina, Soros fue
protagonista de una maniobra especulativa, que constituyó
la antesala de la actual crisis de los mercados. El primer ministro
de Malasia -uno de los tigres asiáticos - acusó
a Soros de haber desencadenado la salida del capital extranjero
de la región y del desplome de las monedas de la zona.
La razón de la interferencia del Quantum Fund, el fondo
de Soros, habría sido castigar a los países asiáticos
por haber admitido a Birmania, una dictadura militar, en el seno
de la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático).
El fantasma de México había
recorrido la zona durante los últimos meses; con una diferencia:
la crisis mexicana de diciembre de 1994 se trasladó con
velocidad vertiginosa a los países latinoamericanos primero,
y luego al resto del mundo, mientras que la de los tigres asiáticos
se fue incubando lentamente, dentro de las fronteras de la ASEAN
y ahora tendrá una convalescencia igualmente prolongada.
La versión de Soros -que reconoce estar preocupado por
la legitimación de Birmania- es la contraria: habría
comprado monedas malaisias (el ringgit) para amortiguar su caída,
y jugado el papel de un banco central paralelo.
Pero la crisis de los tigres asiáticos
ha conllevado una lección: publicitados como paradigmas
del liberalismo económico, algunos de ellos (por ejemplo
Malasia) intervinieron y aplicaron controles de cambio para evitar
la fuga de capitales, y limitaron la venta de operaciones que
cotizan en bolsa. Todo ello acompañado de duros mensajes
contra los fondos de inversión y los especuladores extranjeros,
que antes de la crisis habían sido calificados como benefactores
de los países emergentes de la región asiática.
La mutación de los tigres asiáticos
y el papel de Soros replantean de nuevo el papel que los Estados
deben jugar ante la acción de los mercados financieros;
y si se deben buscar o no formas de intervención eficaces
que corrijan los efectos más indeseados de la volatilidad
y la globalización.
Parece casi increíble que ni
los Gobiernos ni los inversores vieran en la crisis del tequila
que se apoderó de Latinoamérica una advertencia
para Asia. El economista Paul Krugman, profesor de la Universidad
de Stanford, afirma que "después de todo, uno no necesitaba
ser George Soros para darse cuenta de que Corea del Sur, Malasia
y Tailandia estaban acumulando enormes déficit comerciales,
o que los funcionarios del Banco Mundial y el FMI estaban transmitiendo
cautelosas advertencias sobre la debilidad de los sistemas financieros
y el carácter moroso de los deudores". Pero la propaganda
es lo último que se pierde: Asia, insistían sus
partidarios, era diferente y no estaba sujeta a los riesgos que
amenazan a zonas menos dinámicas. Ahora, el mundo parece
haber descubierto que las naciones de Asia viven en el mismo universo
económico que el resto de nosotros y esto abre interrogantes
sobre la realidad del milagro económico. Nadie puede, ni
debería, intentar negar que las economías de Asia
han alcanzado un notable crecimiento económico. Pero ese
éxito no es un milagro, si entendemos como milagro algo
inexplicable de acuerdo con las leyes de la naturaleza.
El crecimiento asiático ?apunta
Krugman- ha sido el resultado de las mismas cosas que originan
el crecimiento en cualquier parte: altas tasas de inversión
financiadas principalmente por un fuerte ahorro interior y la
transferencia de grandes cantidades de campesinos subempleados
al sector moderno. Si hay algo de milagroso en el crecimiento
de Asia, es cuestión de grado, no de tipo.
Tras cuatro meses de tempestad financiera,
los gobiernos asiaticos que aplicaron a rajatabla el viejo proverbio
italiano que dice que el dinero no hace la felicidad pero calma
los nervios, tienen sobradas razones para el pánico: Son
demasiado gordos para huir y demasiado cobardes para pelear. Ahora,
el fuego especulativo los lleva derecho camino a la hoguera. Alguien
debería haberles dicho que los que creen que pueden andar
sobre las aguas tienen muchas posibilidades de acabar hundidos
hasta el cuello.
El neoliberalismo rampante, la hipertrofia
de los flujos financieros, el abandono del mundo al designio de
corporaciones privadas, recuerda con sus daños los costos
humanos que siguieron a la Revolución Industrial o a la
época de la Gran Depresión. Como entonces, la inhumanidad
y la sinrazón definen el cataclismo del sistema. La locura
financiera actual, ininteligible para la gente común, destructora
del progreso, incurable al fin sin la severa intervención
del poder público, llega ahora desde Asia; o desde cualquier
lugar.
La timorata conducta del Fondo Monetario
Internacional (FMI), incapaz de definir sistemas de intervención
rápida para controlar los terremotos financieros localizados
y evitar que se extiendan por la red económica global,
tiene también su parte de responsabilidad en la persistente
falta de credibilidad de esos mercados. Hace tiempo que el FMI
debería haber impuesto criterios de rigor económico
en
la zona -siguiendo el ejemplo de la
crisis latinoamericana- que ganaran el respeto de los mercados.
Todavía no es demasiado tarde para imponer un impuesto
a los capitales volátiles o normas que supongan algún
freno a los movimientos especulativos que arruinan a un país
de la noche a la mañana.
El mundo se ha convertido en el escenario
de una batalla que dará nueva forma a las finanzas internacionales
ya que cada uno de estos desplazamientos de capital produce la
correspondiente redistribución del poder y de la riqueza
a nivel mundial y local. En ninguno de los dos planos las perspectivas
son alentadoras: un proverbio de los corredores de Bolsa neoyorquinos
dice que "Wall Street es una calle que por un lado lleva
al río y por el otro al cementerio". En la globalización,
las bolsas operan como núcleos de fama y ficción
cuando marchan bien. Pero cuando estallan, vienen a destruir y
matar como asesinos desquiciados.
Periodista, autor del libro "El Tercer Atentado" (Ed.
Sudamericana)