Ante la Ruina Económica
y la Barbarie
Avancemos en la Construcción
del Partido de Mosquera
Aunque llevamos varios años señalando
la catastrófica situación económica que padece
Colombia; acusando a la apertura como la causante de la ruina
de los productores nacionales y de la miseria en que se debate
más de la mitad de la población, y repudiando la
violencia y demás calamidades que agobian a las masas,
los hechos muestran la actualidad y veracidad del diagnóstico
que hemos elaborado sobre el país. Y si bien las actividades
políticas y sindicales continúan desarrollándose
en un clima completamente adverso, la presencia de Unámonos
en la contienda electoral, la afinidad con sus programas y su
interés por servir al pueblo, crea condiciones favorables
a aquellos sectores comprometidos en derrotar la opresión
imperialista y que no han cejado en marchar por el sendero revolucionario
trazado por Francisco Mosquera, para hacer de Colombia una república
próspera, democrática y en vía al socialismo.
Ante esta promisoria perspectiva se hace hoy más que nunca
imprescindible persistir en la construcción del partido
del proletariado y en la conformación del frente amplio
que permita realizar tan magna tarea.
El escenario en el cual se lleva a
cabo la campaña electoral para elegir al presidente y a
los miembros del congreso colombiano, para el período 2002
- 2006, se encuentra signado no sólo por la agudización
de la explotación de los trabajadores, de la ruina de la
mayoría de los empresarios nacionales y de la pobreza generalizada,
sino también por la escalada del terrorismo en todas sus
manifestaciones, así como por el rotundo fracaso del proceso
de paz que adelantara el gobierno de Pastrana durante tres años
y medio. Son incontables los periodistas, líderes obreros
y dirigentes populares que son víctimas de la sarracina.
Hoy en día, cinco congresistas, además de la candidata
a la presidencia, Ingrid Betancur, se encuentran secuestrados
y, sólo en los últimos meses, la ex ministra Consuelo
Araujo y dos representantes a la Cámara fueron asesinados,
sumándose a la masacre cometida contra la familia Turbay.
Todos estos hechos, repudiables sin vacilación alguna,
se han convertido en otros sucesos más del cúmulo
de atrocidades que ocurren a diario en Colombia.
Así, bajo toda clase de amenazas,
los partidos y movimientos, tanto los de izquierda como los de
derecha y los llamados independientes, realizan su actividad proselitista
o al menos pugnan por no desaparecer. El campo político,
pues, no difiere del que vive toda la nación. El bipartidismo
se diluye en el cieno de la corrupción y de las ambiciones
personales. El conservatismo se fraccionó, unos respaldando
al candidato del oficialismo liberal y otros al de la disidencia.
Otros más se fueron con los independientes y sólo
una ínfima minoría se la jugó con Juan Camilo
Restrepo, el escogido por esa colectividad. Horacio Serpa, que
desde hace dos años viene acariciando la presidencia, afirmaba
su opción al respaldar las principales iniciativas del
gobierno pastranista, al mismo tiempo que frecuentaba las oficinas
gubernamentales de Washington en procura del respectivo aval.
Empero, las preferencias mostradas por las últimas encuestas
hacia el disidente Alvaro Uribe, amenazan con frustrar sus anhelos,
algo en realidad insólito y que se ha interpretado como
un rechazo del pueblo tanto a las acciones guerrilleras como a
la farsa de las conversaciones de paz.
Reviviendo la vieja concepción
de “combinar todas las formas de lucha”, bajo el amparo
de las conversaciones de paz realizadas en el Caguán y
apoyando el Frente Social y Político, el Partido Comunista
volvió a la palestra. Mientras tanto, las dos fracciones
mayoritarias del Moir continúan sumidas en un mar de confusiones,
fruto de sus repetidos desaciertos. Después del desastre
electoral de 1998, uno de los sectores estrechó su acercamiento
al serpismo, mientras el otro, obsesionado aún por la “inminente
invasión” de las tropas norteamericanas, termina
coincidiendo una vez más con el revisionismo, al llegar
al despropósito de calificar al progringo Plan Colombia
como “la piedra angular de la política de recolonización
del país”, dejando en un segundo plano la aún
vigente apertura, causa, esta sí, de la debacle de la producción
nacional y de la miseria del pueblo. Una tercera de las fuerzas
moiristas se decidió por explorar otros caminos, respaldando
al disidente liberal, quien no deja de entrañar las fórmulas
aperturistas y privatizadoras.
La voladura de puentes, de oleoductos,
de las torres de energía y de la red de comunicaciones;
los retenes y la destrucción de caseríos; las extorsiones
y los millares de secuestros, inclusive de niños y ancianos;
los asesinatos y las masacres, terminaron por exacerbar los ánimos
de los moradores de poblados indefensos y de las comunidades indígenas,
quienes decidieron, de manera espontánea, enfrentar la
barbarie y rodear los puestos policiales, oponiéndose a
los asaltantes sólo con bandas de música y enarbolando
banderas blancas.
El partido de Mosquera, desde su fundación
por allá en 1965, se ha venido forjando en franca y total
oposición contra los dos males que más han entorpecido
la lucha del pueblo por la liberación de Colombia del yugo
del imperialismo y de la oligarquía vendepatria: la conciliación
del Partido Comunista y la concepción foquista y militarista
que impulsara La Habana y que tan buena acogida tuviera en la
pequeña burguesía latinoamericana. El pronunciamiento
de Mosquera contra el secuestro es terminante: “No hay causa,
noble o vil, que lo justifique”. Hoy, cuando los métodos
antidemocráticos imperan y se trata de imponer las concepciones
y las ideas por medio del terror, hasta llegar incluso a los extremos
inimaginables de atentar contra los acueductos, debemos rescatar
todo ese acervo del pensamiento de Mosquera, en especial las enseñanzas
de que la revolución es obra de las masas y no de grupos
alejados de ellas y ajenos a sus necesidades y deseos. Quienes
se reclamen como adalides de la revolución, no pueden eludir,
en este momento, pronunciarse frente a este fenómeno que
ha distorsionado la lucha política.
Para el mundo laboral ha quedado claro
que las vacilaciones que afloraron entre los dirigentes sindicales,
al iniciarse la década del noventa, y todo lo que se gestó
alrededor de la Constituyente de 1991, para adaptar el régimen
a las exigencias de la apertura, terminaron por sumir el movimiento
obrero en la más lamentable de sus situaciones. La recolonización
económica iniciada a principios de los noventas arrasó
con los pequeños, medianos y hasta grandes productores,
tanto en la industria como en el sector agropecuario, incrementando
el desempleo a niveles insoportables y condenando, a la mitad
de los hogares colombianos, a la pobreza absoluta. La legislación
laboral se adaptó a las necesidades del nuevo orden bajo
la batuta del Fondo Monetario Internacional, dando como resultado
el deterioro de los salarios y la degradación de las relaciones
laborales, mientras que las prestaciones y cuanta conquista había
alcanzado el proletariado se van perdiendo como consecuencia de
la arremetida, la traición y las componendas.
Aunque Estados Unidos logró recuperar
el sitial como la mayor potencia y extendió por todas partes
la política de la apertura en su afán por convertir
el planeta en un mercado unificado para el capital monopolista,
no pudo evitar la crisis recurrente de la superproducción,
aunada al empobrecimiento general de la mayoría de las
naciones. Se confirma que la apertura no impide la crisis imperialista.
Los atentados contra las torres del
World Trade Center en Nueva York y contra el Pentágono
en Washington, el 11 de septiembre de 2001, por parte de al Qaeda,
lejos de herir de muerte al imperio, sirvieron para que retomara
la iniciativa política, y para que a su preponderancia
económica y militar, consolidada después del derrumbe
del socialimperialismo, agregara un amplio respaldo a su política
de persecución, en cualquier lugar de la Tierra, a quienes
a su parecer son terroristas. A su vez, permitieron que amainaran
temporalmente las tensiones existentes entre los países
altamente desarrollados, producidas por la recesión que
ha vivido el mundo capitalista.
Dichos atentados se constituyeron,
por lo tanto, en un suceso de extraordinarias repercusiones en
las relaciones entre las naciones, algo que, tarde o temprano,
influirá significativamente en el futuro colombiano. Debemos
resaltar que se ha desnudado, como nunca en la historia mundial,
que esa inmensa capacidad de daño contra la sociedad y
sus bienes, que tiene el terrorismo, es inversamente proporcional
a su efectividad revolucionaria.
Acerca de estos acontecimientos, vale
la pena destacar el gesto realizado por el líder palestino,
Yasser Arafat, no sólo de condenar enérgicamente
los actos criminales, sino también el de solidarizarse
con el pueblo norteamericano al llamar a los palestinos para que
contribuyeran con donaciones de sangre para ayudar a las víctimas.
Su actitud contra el terrorismo no es nada nuevo ni se reduce
a fríos cálculos políticos. Hoy en día,
el líder de la Autoridad Nacional Palestina tiene que librar
la lucha por una patria para su pueblo, enfrentando no sólo
los actos terroristas protagonizados por algunos grupos palestinos,
sino que debe resistir la embestida de la extrema derecha y el
poderío económico de los judíos, con el primer
ministro Ariel Sharon a la cabeza.
A través del texto anterior han
quedado esbozados los puntos centrales de nuestro planteamiento
político. La coincidencia de algunos de ellos con los proclamados
por Unámonos durante esta campaña, nos ha permitido
aunar esfuerzos en la tarea de elegir a Pedro Contreras al Senado
y a Herman Redondo y los demás candidatos a la Cámara,
convencidos que pondrán el mayor esmero por servir a las
clases desposeídas.
De otra parte, en este marco político,
social y económico se hace más que necesario unificar
las fuerzas para sentar sólidas bases en el objetivo máximo
de construir el partido por el cual tanto luchó Mosquera,
al mismo tiempo que impulsamos la conformación del Frente
Único para salvar el país, Frente que como mínimo
comprenda la firme decisión de luchar por la soberanía
económica y política de Colombia; de salvaguardar
la producción nacional y oponerse a las privatizaciones;
de exigir que el Estado recupere el control y dirección
de los sectores estratégicos de la economía y de
aquellos que le aseguren el bienestar a la sociedad; de condenar
el terrorismo como método para dirimir las controversias
en los terrenos político y sindical; de operar bajo normas
democráticas de funcionamiento, y de pugnar por mejorar
las condiciones de la vida de los colombianos, especialmente en
lo relativo a salud, vivienda, educación y servicios públicos.
Comité por la Defensa del Pensamiento
Francisco Mosquera
MOIR Línea Francisco Mosquera
Bogotá, febrero 28 de 2002