El aleve atentado
contra el corazón financiero y militar norteamericano
forma parte de la escalada guerrerista que se desarrolla, pese
a los anuncios de que una vez concluido el conflicto este-oeste,
con el derrumbe de la Unión Soviética, se auguraba
una era prolongada de paz y concordia a nivel planetario. Los
prolongados e intensos conflictos que se viven en diversas regiones
del mundo, en vez de apaciguarse se han exacerbado, al punto
que cada vez con mayor fuerza soplan vientos de guerra. Las
diferencias étnicas, religiosas o culturales se han estimulado
al máximo generando nuevos y mayores enfrentamientos,
los cuales han sido aprovechados por las potencias desarrolladas
para imponer con mayor presteza sus condiciones. De tal situación
dan fe los agudos enfrentamientos en el Medio Oriente, Irlanda,
Chechenia, Cachemira y la Península Balcánica,
entre otros, donde las gestiones de paz se asemejan a echarle
gasolina al fuego.
A la contradicción
entre los países industrializados y los subdesarrollados
se suman ahora las fricciones entre los primeros, acosados por
el clima de recesión mundial prevaleciente y su necesidad
de incrementar la explotación sobre las regiones atrasadas.
En el campo político, aunque las naciones del G-7 han
expresado su apoyo a la cruzada antiterrorista, tampoco lo han
hecho de manera incondicional ni reina la unanimidad. La torta
de la producción y el mercado orbital se hace cada día
más pequeña y, por ende, la rebatiña se
torna más feroz. Las consecuencias de los trágicos
hechos del pasado martes 11 de septiembre, todavía están
por verse, en toda su magnitud. Como dijera Chou En Lai, uno
de los líderes de la Revolución China, al ser
indagado sobre el aporte de la Revolución Francesa "Es
demasiado pronto para saberlo".
De todas formas,
algunas cosas son obvias. En primer lugar, el todopoderoso imperio
norteamericano ha mostrado sus flancos débiles y su vulnerabilidad,
lo cual mella uno de sus principales patrimonios: la imagen
de potencia indestructible, en la cual las inversiones y las
personas se encontraban a buen resguardo. El terrorismo, un
método en general condenable, ha demostrado que no hay
enemigo pequeño y, junto a las actitudes arrogantes,
no contribuye a civilizar la contienda política. El ambiente
de venganza y represalias indiscriminadas no es el más
adecuado para la correcta solución de la contradicciones
vigentes en el campo internacional, por lo tanto, debemos alertar
sobre las tendencias a radicalizar el racismo, la xenofobia
y el fascismo, como herramientas para enfrentar el nuevo desorden
mundial. Los efectos económicos son aún impredecibles,
pues, de un lado, se prevé un bajón de los indicadores
bursátiles y financieros, mas la inversión en
la reconstrucción y la respuesta bélica, deben
jugar un papel reactivador. Dicho de otra forma, la evidente
merma en el consumo, se verá de algún modo compensada
con los aportes estatales para los menesteres militares y la
recuperación del área afectada.
Al pueblo norteamericano
y demás naciones afectadas, que lloran a miles de víctimas
inermes, les expresamos nuestros sentimientos de solidaridad
en el difícil trance y nuestra convicción de que
a la postre todo saldrá bien. Que la gravedad del incidente
sirva para que las naciones respeten y hagan respetar su soberanía
y se establezcan relaciones internacionales en pie de igualdad
y beneficio mutuo. Propósitos contra los cuales conspiran
las imposiciones de los organismos de crédito internacional,
cuyas fracasadas políticas de apertura económica,
privatizaciones y rebaja de salarios han llevado la economía
mundial a la más amplia y profunda depresión de
los últimos treinta años.
MOIR LINEA FRANCISCO MOSQUERA
COMITÉ EJECUTIVO
Bogotá, Septiembre
17 de 2001