Discurso
de Iván Toro en Memoria de Francisco Mosquera en el Décimo
Aniversario de su Deceso
En
las agrestes montañas de Santander, fracturadas por el
Cañón del Río Chicamocha, surgió,
cuando se desarrollaba la Segunda Guerra Mundial, un hombre que
afirmaba que nacer en esas tierras imprimía carácter:
Francisco Mosquera Sánchez. Sus años juveniles coincidieron
con la traición de los nuevos jefes del Kremlin y la controversia
chino-soviética acerca del rumbo del movimiento comunista
internacional. En un terreno más local concurrían
la implantación de la manguala liberal conservadora, en
el llamado Frente Nacional y los ecos de la triunfante revolución
cubana. En ese contexto comenzó a forjarse el futuro líder,
quien muy pronto comprendió que para construir una fuerza
revolucionaria era menester enfrentar dos desviaciones: de un
lado, el revisionismo y su propósito de restaurar el capitalismo
y, del otro, el aventurerismo guerrillero. A combatir estas dos
tendencias que tanto daño le han hecho a la revolución
latinoamericana consagró buena parte de su existencia.
Una vez consolidada, en la arena sindical y en el movimiento estudiantil
esa nueva fuerza, edificada sobre el terreno fértil de
las luchas obreras y las batallas democráticas de la juventud
colombiana, Mosquera se lanzó a la contienda política
en el más amplio espectro, con la obstinada meta de construir
un Frente Unico Antiimperialista, al que concurrieran las diversas
clases, capas y sectores de la sociedad, damnificadas e irritadas
por la dominación extranjera.
Cuando en 1972, Mosquera rompió definitivamente con el
cascarón extremo izquierdista, al decretar la participación
en las elecciones señaló, clara y rotundamente,
que las incursiones de los revolucionarios en las bregas comiciales
y las curules que en ellas se alcancen, se deben utilizar para
aprovechar ese amañado y reducido escenario, en procura
de difundir las nuevas ideas y denunciar las tropelías
del régimen y no para tejer ilusiones acerca de la posibilidad
de acceder al poder en virtud de los sufragios. Se trata solamente
de un medio, mas no un fin, que permite esparcir las ideas revolucionarias
y apisonar los cimientos del Frente Unico, puesto que las profundas
transformaciones que requiere la dolida nación no serán
el fruto de las gestiones y los trámites que se fraguan
en el Parlamento, sino de la más portentosa gesta revolucionaria.
Los intentos de construir tan amplia unidad nacional se estrellaron
con las maniobras y las inconsecuencias del Partido Comunista,
agrupación que siempre, hasta nuestros días, ha
manipulado los anhelos unitarios de los colombianos en favor de
sus particulares intereses. Ya para ese entonces la Unión
Soviética se había convertido de cuna del revisionismo
en la más agresiva superpotencia imperialista, lo que corroboró
el aserto de que el socialismo no había fracasado, sino
que lo habían traicionado, que es muy distinto. Fue por
esas calendas que Mosquera, maduró y expuso sus más
reconocidas tesis, acerca de la guerra y la paz.
Sobre este espinoso asunto planteó, sin ambages, su rechazo
a la implantación en las lides políticas de los
bárbaros métodos de la extorsión, el secuestro
y el crimen. También fue enfático en señalar
que en cualquier tiempo y lugar, al margen de cuán extremada
sea la pobreza, el requisito sine qua non para el estallido de
una guerra civil es el concurso masivo y decidido de la población.
Por ello concluyó que las acciones aisladas del terrorismo
sustituyen el accionar de las masas, pisotean los funcionamientos
democráticos, ferian la vida de propios y extraños,
alteran el desenvolvimiento civilizado de la confrontación
política, dañan los bienes de utilidad pública
y, sobre todo, otorgan a la represión oficial excusas a
porrillo para atacar y silenciar el descontento popular.
Notable fue también el aporte del camarada Pacho al análisis
y solución de los inefables problemas del agro. Ya para
1981, Mosquera afirmaba que “Para atender a su manutención
actualmente el país requiere dos millones doscientas mil
toneladas de cuatro de sus principales cereales, de las cuales
estamos importando ya un millón doscientas mil”.
Tres años después reiteraba que en sólo cuatro
años la superficie de los cultivos había descendido
500.000 hectáreas y la dependencia del exterior en materia
alimentaria se acercaba al millón y medio de toneladas.
De manera que la importación masiva de alimentos, es asunto
de vieja data, lo cual no entrañó, en ese entonces,
que se echara por la borda la reivindicación de entregar
la tierra a quienes la trabajan.
Más aún cuando el sustento principal de la exportación
de excedentes agrícolas norteamericanos, es la concentración
de la tierra en pocas manos y, por ende, su marginación
de las faenas productivas. Un fenómeno hoy más arraigado
en el agro, que dos lustros atrás, cuando todavía
contábamos con la clarividencia de la más lúcida
mente de Colombia, en el siglo pasado. Dar prioridad a los acuerdos
con los agricultores medios y ricos, sobre la alianza con el campesinado,
anteponiendo los intereses de aquéllos frente a los de
éstos, constituye un garrafal error, que coloca patas arriba
los conceptos forjados por los maestros del proletariado, al respecto.
Similar afirmación debemos hacer frente a la revisión
de la caracterización del campo colombiano, que para algunos
pasó, en estos diez años, de ser semifeudal a sólo
tener rezagos precapitalistas, todo con el objeto de poder establecer
entendederas con los sectores terratenientes, otra sutil manera
de relegar los intereses del campesinado, el aliado más
confiable en la lucha por la emancipación.
El paroxismo reformista desatado en los últimos tiempos
ha llevado a que se asuma la defensa del denominado estado social
de derecho, un precepto acuñado por los neoliberales, en
los escarceos reformadores de la anticuada Carta de 1886, que
dieron a luz la Constitución de 1991. Esta Norma está
diseñada para dar curso a las exigencias del Fondo Monetario
Internacional, y nunca la podremos avalar, menos por circunstanciales
ventajas electorales, dados el atrabiliario procedimiento utilizado
para implantarla y su contenido neoliberal, embellecido por cuenta
de los acólitos del supuesto bando contrario, que participaron
en la Asamblea de 1991.
Ya en 1979, Mosquera abordó esa discusión y expuso
las diferencias conceptuales entre la vieja y la nueva democracia.
Allí aclaró que es válido pugnar por las
libertades públicas, bajo el régimen actual, siempre
que las escasas prerrogativas que se alcancen se empleen no para
sublimar los aspectos positivos, si los hay, sino para que se
comprenda que el más magnánimo estado oligárquico,
consagra garantías para los de arriba que son negadas para
los de abajo. Los que se aparten de tales conceptos, hacen caso
omiso de que los hombres han estado divididos, desde épocas
remotas, en clases sociales y que, por lo tanto, cualquier campaña
que soslaye esta circunstancia es un vil engaño. En todo
caso, ninguna democracia, ninguna especie republicana de gobierno,
ningún “derecho humano”, impide la explotación
económica de los países por parte del imperialismo
y, por el contrario, el rasgo de la época es que la única
norma vigente es la ausencia de normas.
Hundido el imperio soviético en el pantano de su oportunismo
e inconsecuencia, una brega a la que Mosquera aportó su
grano de arena, y culminado el proceso de restauración
del capitalismo en la patria de Lenin y Stalin, el fundador del
MOIR encontró de nuevo condiciones favorables para el desenvolvimiento
de su política. Por ello saludó alborozado el cambio
de la situación y proclamó su decisión de
adelantar un nuevo intento en procura de tan patrióticos
objetivos. A la sazón declaró que la deuda externa,
convertida en eterna, constituía el mayor escollo para
el crecimiento nacional y que el dilema de nuestros pueblos ante
las exacciones de los agiotistas internacionales, era que si pagábamos
no comíamos, y si no comemos ¿quién paga?
Su llamado a defender la soberanía económica, mediante
la resistencia civil, se fundamenta en reiterar y esclarecer que
el eje de la dominación norteamericana es la extorsión
y control de nuestra economía y que el método para
enfrentarla no es la acción vandálica de unos cuantos
insurrectos. También explicó con lujo de detalles,
que muchos de sus antiguos seguidores desconocen, que la recolonización
económica era la salida que Estados Unidos buscaba para
salir de la severa retracción de su aparato productivo,
enfrentar la feroz competencia que le planteaban Europa y Japón
y, por ende, tratar de recomponer los descaecidos negocios de
sus multinacionales.
Ante la desmoralización que cunde en fuerzas y sectores
otrora revolucionarios, por la agresiva y prepotente actitud del
imperio norteamericano, formuló que en la medida en que
éste alarga los tentáculos se debilita y su derrumbe
se hace inevitable. Sus afanes hegemonistas no tienen en cuenta
que el mundo es demasiado grande para encarcelarlo y no hay un
ejército capaz de hacer efectiva la orden de captura. Por
lo tanto, todos los que se han propuesto establecer su supremacía,
han terminado en la fosa y cubiertos de oprobio.
Las circunstancias que rodean el desenvolvimiento de la humanidad
en el tránsito del siglo XX al XXI, nos permiten señalar
que la agudización de la insalvable contradicción
entre el incremento de la producción y la disminución
de la capacidad de consumo de las mayorías, estrecha los
márgenes de ganancia y hace más feroz la contienda
entre los poderosos monopolios imperialistas. Pese a los transitorios
períodos de calma que hoy vivimos, la tendencia es hacia
la intensificación de la pugna entre las potencias, urgidas
de apoderarse de mercados, recursos naturales y, sobre todo, mano
de obra barata. Los períodos de calma y de reposo en las
relaciones de las potencias se interrumpen abrupta y frecuentemente
y la quiebra del equilibrio obedece a la anárquica y desigual
evolución material de aquéllas y al continuo cambio
de sus fuerzas, por lo que la rebatiña por las colonias
se impone inexorablemente y se dirime mediante la guerra, al margen
de los oficios de los políticos de la reacción.
La arrogancia de Washington, en verdad oculta sus profundas debilidades
y entraña que las contradicciones con los líderes
de la Unión Europea –Alemania y Francia-, China y
Rusia, sean más fuertes y que los acercamientos entre estos
países sean también crecientes. De tal circunstancia
se debe tomar atenta nota para que, como ha sucedido en otros
tiempos, las fuerzas revolucionarias puedan sacar partido de esas
contradicciones y combatir y aislar el enemigo principal que,
sin duda alguna, es la potencia norteamericana. En fin, el curso
de los acontecimientos muestra que las neocolonias no soportan
más exacciones, los asalariados de los países desarrollados
comienzan a levantarse y las contradicciones inter imperialistas
son cada vez más profundas. La conjunción de esos
tres factores traerá, más temprano que tarde, una
nueva era de intensas luchas, en la que, de nuevo, prevalecerán
las posiciones revolucionarias sobre la conciliación.
Para ello será de nuevo indispensable trabajar por la construcción
de un Frente Amplio, como lo concibió Mosquera, con criterios
claramente en contra de la dominación extranjera y que
deslinde campos con los métodos terroristas.
Entre tanto, Uribe, en medio de la caótica quiebra de la
economía, se aferra a su política de seguridad democrática,
presentándola como la panacea que sanará los centenarios
males del país y, con el soporte de los medios de comunicación,
como altamente exitosa. Empero, en casi dos años de mandato,
todavía están por verse verdaderos y resonantes
triunfos sobre las fuerzas alzadas en armas. Su proyecto de hacerse
elegir de nuevo, de manera inmediata, tiene como base la necesidad
de los monopolios extranjeros, de establecerse en tan prósperas
latitudes y contar con gente que trabaje mucho y cobre poco, para
lo cual es conveniente entenderse con una sola persona, o con
un reducido grupillo que no tenga que rendirle cuentas a nadie.
Una condición que, de todas formas, se hará cumplir
con reelección o sin ella.
Llama la atención que, siendo Medellín la ciudad
donde el partido de Mosquera tuvo su pila bautismal, sea allí
donde la mayoría de sus huestes hayan asumido, sin ruborizarse,
la defensa del gobierno y sus funestas políticas. Para
justificar tamaño desafuero han coincidido con el mandatario
en ubicar la violencia, como el principal problema de los colombianos,
para terminar avalando no sólo su política para
enfrentar la subversión, sino todas las medidas económicas,
políticas y sociales, en contra del martirizado pueblo
colombiano.
No podría concluir esta disertación sin hacer referencia
a otras características de tan arrolladora personalidad,
que no pueden ser consideradas como accesorias. El manejo del
lenguaje y la importancia de la forma era una de ellas, sobre
la cual aseveraba que una palabra mal colocada estropea el más
bello pensamiento y, a su vez, el más bello pensamiento,
escrito en una hoja ajada y sucia, no vale nada.
Su carismático carácter lo llevó a afirmar
que, en las más difíciles circunstancias, no se
podía perder ni el honor ni el humor. Fue también
una constante de su fructífera pero corta vida, tener para
todos los aspectos cruciales del desarrollo de la humanidad, en
la política, la ciencia o el arte y la cultura, una opinión
diferente a la de la derecha, desde la más “progresista”
hasta la más cavernaria, y a la de la “izquierda”,
la que “combina todas las formas de lucha” o la que
sólo se dedica a la conciliación.
Tampoco fueron propios de su estilo la arrogancia y el dogmatismo,
por lo que consideraba un deber ineludible asumir una actitud
seria y autocrítica frente a sus propios yerros, como requisito
para ganarse la confianza de las mayorías expoliadas y
convertirse en su genuino representante.
En cuanto al sindicalismo, uno de los escenarios predilectos de
Pacho Mosquera, para el desarrollo del trabajo, su permanente
contienda contra la conciliación, jugó un importante
rol en los inicios de la era aperturista, pero su deceso marcó
un viraje que dio al traste con los intentos de contener la arremetida
gringa. Lamentablemente sus augurios, acerca de que el surgimiento
de la CGTD, en 1992, pudiera implicar un cambio en la correlación
de fuerzas, que impidiera hacia el futuro los ominosos procedimientos
del sindicalismo amarillo, no se han cumplido. Hoy, con muy contadas
excepciones el movimiento sindical se encuentra sumido en el marasmo
y la desesperanza. El más vívido ejemplo de su postración
lo constituye la reciente y aplastante derrota propinada por el
gobierno a la Unión Sindical Obrera, la USO, la niña
de sus ojos, según expresión utilizada por Mosquera
en abril de 1992, el más importante sindicato en la historia
nacional.
A aquellos que pretendan heredar y desarrollar el legado ideológico
y político de Francisco Mosquera les corresponde cuidarse
de dos enfermedades típicas de épocas como las que
se viven: el desespero y el desánimo. A quienes después
de su fallecimiento expulsaron a varios cuadros y militantes,
por no compartir las nuevas orientaciones, pensando que de esa
manera acababan con incómodos debates, cabe decirles, con
el poeta español que: Los muertos que vos matáis,
gozan de cabal salud.
A este ideólogo revolucionario le ha pasado lo mismo que
les ha ocurrido a tantos grandes hombres, a los cuales sólo
les han reconocido sus méritos, muchos años después
de haber desaparecido. Pese a eso, fue un hombre afortunado, porque
nada en la vida le fue fácil, y consideraba que las dificultades
están hechas para estimular y no para bajar el ánimo.
Al camarada Mosquera le cabe, como al que más, el concepto
expresado por Nicolai Ovstrosky, quien aseveraba que “Lo
más preciado que posee el hombre es la vida. Se le otorga
una sola vez, y hay que vivirla de forma que no se sienta un dolor
torturante por los años pasados en vano, para que no queme
la vergüenza por el ayer vil y mezquino y para que al morir
se pueda exclamar ¡Toda la vida y todas las fuerzas han
sido entregadas a lo más hermoso del mundo, a la lucha
por el progreso de la humanidad”.
Francisco Mosquera se fue sin probar las mieles del triunfo definitivo,
pero cuando sobre Colombia brille el sol de la Revolución,
tendrán que reconocer que, el hijo de Don Francisco y Doña
Lola, fue el constructor de los pilares sobre los cuales se erigirá
una nación próspera y soberana, en marcha al socialismo.
Gloria eterna a su memoria.
Agosto
2 de 2004