¡Al fin!
Al fin, obligados por
las circunstancias, los hermanos Otto y Omar Ñáñez
expusieron de manera abierta sus discrepancias, a través
de una publicidad pagada, aparecida en el diario liberal El Tiempo,
de Bogotá, el 22 de febrero de 1981. Pero debido a que
las marrullerías son su hábito, no dicen todo lo
que piensan ni piensan todo lo que dicen. Efectúan, eso
sí, un esfuerzo superior a sus méritos para figurar
de custodias de la plaza revolucionaria y de la pelea contra el
revisionismo, porque, al cabo de diez años de aparentar
serlo, no era aconsejable, de pronto, mudar de calzada, así
en secreto se lo hubiesen insinuado a sus íntimos, so pena
de quedar más solos de lo que se fueron. Se pasan de listos
cuando se adueñan de virtudes ajenas y achacan a otros
sus propias fallas. De ahí la extravagancia de imputar
a la dirección del Partido el delito de variar sus orientaciones
básicas y de encaminarse, "en la práctica",
conforme propala la declaración mencionada, "a la
conciliación con el gobierno proyanqui y despótico
de Turbay Ayala y al fortalecimiento del oportunismo encabezado
por el Partido Comunista, al cual tienden a converger las fuerzas
intermedias que no encuentran la otra alternativa que pudo haberles
presentado el MOIR".
Los Náñez nos han lanzado
la acriminación más terrible que consiguieron acuñar:
¡Ustedes les ayudan a Turbay y al mamertismo!
Sin embargo, el resultado inmediato,
tangible, práctico, de semejante acta acusatoria, pues
se trata, según aquéllos, de que sucede en la "práctica",
se tradujo en que los mamertos, ignorando los ataques verbales
que recibieron, o interpretándolos como un ardid comprensible,
celebran la primera parte de los cargos, es decir, la que se refiere
a atribuirle al MOIR colaboración con el régimen
vendepatria. En cuanto a la segunda, la que nos endilga favorecer
el "oportunismo encabezado por el Partido Comunista",
se limitan a recomendar, a los hermanos, coherencia, mayor coherencia
en su actitud política. (1)
A quienes no estén en antecedentes
de las decisiones del movimiento revolucionario de Colombia, especialmente
a partir del rompimiento de la UNO, entre 1974 y 1975, nada les
revelará una polémica que se reduzca a zaherir el
contrario con los mismos epítetos con que éste nos
agravia. Ningún beneficio sacaríamos al comparar
una sindicación con otra. Exijamos que se examine la realidad
y entonces sí cotejemos con ella las tesis formuladas por
el Partido y por la fracción, procedimiento infalible para
palpar la solidez de los encontrados asertos.
¿Existe un "gobierno proyanqui
y despótico"? Desde luego que existe hace muchos años,
y lo venimos proclamando a cada instante. Una dictadura oligárquica
de grandes burgueses y grandes terratenientes, intermediarios
del imperialismo norteamericano, se yergue sobre el pueblo explotado
y oprimido, sin excluir a los pequeños y medianos industriales
y comerciantes no monopolistas, coartados por el régimen
y amenazados de ruina. Hasta aquí parece no haber disparidad.
El MOIR ha definido con acierto la naturaleza de la sociedad colombiana
y el correspondiente carácter democrático e independentista
de la revolución en la presente etapa. Mas las discordancias
surgen de la evaluación de las medidas adoptadas por la
coalición liberal-conservadora dominante y del modo como
debemos desafiarlas. La protección de los voraces intereses
de los monopolios determinan la índole represiva del estado.
Tras la agudación del saqueo de la nación y de la
superexplotación de las masas laboriosas, se incrementan
obviamente las disposiciones coercitivas y la violencia institucionalizada
sobre las inmensas mayorías. Con singular destreza los
expoliadores en nuestro país han sabido combinar los recortes
sistemáticos a las libertades ciudadanas con los remiendos
reformistas y las ofertas demagógicas. Ante el comportamiento
de la oligarquía gobernante, cada una de las clases que
padecen los desmanes oficiales raciocinan y actúan en forma
diferente.
La burguesía nacional, el menos
firme de los integrantes potenciales del frente patriótico,
por nutrirse también del trabajo asalariado a pesar de
sus confrontaciones insalvables con el imperialismo y sus lacayos,
suele inclinarse a favor de una transacción con los detentadores
del Poder, buscando restringir los efectos mas no las causas de
la crónica y profunda crisis que la golpea. Está
dispuesta a dejarse burlar de los "de arriba" y burlarse
de lo "de abajo". Su sueño radica en resucitar
la idílica república de la época de la libre
competencia en un mundo irremisiblemente sujeto a la extorsión
de los magnates de los trusts y de las altas finanzas. Cuando
la revolución merma el empuje se acentúan sus elucubraciones
retardatarias y se entrega dócilmente a los caprichos de
los opresores. Sólo impelida por el auge de la marea popular
llega a desembarazarse de su atolondramiento y a representar un
papel objetivamente progresista. Por eso, si no deseamos ser víctimas
de los engaños de la reacción, particularmente en
los momentos de reflujo, tendremos que cuidarnos de no morder
el anzuelo arrojado por dicha burguesía.
El proletario, al contrario, encarna
la tendencia histórica que arremete contra las pretensiones
imperialistas, no en nombre del pasado sino del porvenir, no con
la quimera de restaurar las instituciones del anacrónico
republicanismo de los explotadores, agotado para siempre junto
con las relaciones de producción que le infundieron aliento,
sino con las propuestas más avanzadas y en consonancia
con las condiciones materiales. Todos los demás destacamentos
intermedios, de burgueses o pequeños burgueses, que chocan
contra el régimen prevaleciente, llevan a cabo su contienda
desde estadios anteriores en la evolución al del imperialismo;
e inconscientemente marchan, con uno u otro argumento, tras la
utópica perspectiva de fosilizar el progreso y así
asegurar indefinidamente su subsistencia como clase. Si desempeñan
una plausible función transformadora ello estriba, primero,
en que el atraso del país les permite aún aportar
a su prosperidad y, segundo, en que no se opongan a las directrices
liberadoras y unitarias de la vanguardia obrera. Los campesinos
constituyen el más confiable de los aliados del proletario,
y aunque no remontan los mojones de la democracia burguesa, de
la que son por excelencia el ala revolucionaria, su reivindicación
de confiscar los latifundios de los grandes terratenientes y repartirlos
entre quienes los trabajen, significa un paso adelante de enorme
trascendencia en la batalla contra los imperialistas y sus secuaces.
La clase obrera, lejos de debilitarse con la expansión
del monopolio capitalista, crece continuamente y salta a la palestra
acicateada por los anhelos de abrirle los caminos a una sociedad
nueva nacida, cual Ave Fénix, de los escombros de la vieja.
Nada ha de conservar, puesto que su emancipación requiere
llevar hasta el final la abolición de las estructuras económicas
sobre las que reposa el andamiaje jurídico y cultural de
la organización social colombiana. En su tarea de demolición
empezará por suprimir el dominio foráneo sobre la
nación y obtener la total soberanía; derribar las
trabas monopolísticas, antiguas y recientes que interfieren
el desenvolvimiento industrial y agrícola del país,
y sustituir el Estado antinacional y tirano de la minoría
oligárquica por uno patriótico y democrático
compuesto por todas las fuerzas populares. Estos cambios no son
todavía el socialismo, pero preparan su advenimiento y
configuran una notable mejora respecto a la situación existente;
y, merced a que contemplan a plenitud las fases reales de nuestro
desarrollo, en determinados tópicos que van mas allá
de las posiciones imperialistas, al nacionalizar los grandes consorcios,
disponer racionalmente de los recursos naturales y establecer
el control y la planificación estatales de las actividades
productivas y distributivas, aun de las ejercidas por los particulares,
las más regadas y dispersas.
Por tales primacías al proletario
le compete, mediante su partido, la dirección del proceso
revolucionario.
De lo indicado se deduce que cada clase
sometida esgrime criterios y despliega maniobras disímiles
en la justa contra el "gobierno proyanqui y despótico".
Hasta el señor Turbay Ayala y sus patrocinadores del bipartidismo
tradicional proceden conforme a su propia estratagema y según
su concepción especifica de los problemas de Colombia.
¿Cuáles han de ser nuestros postulados y nuestra
táctica? ¿O no interesa saber la diferencia? Estamos
autorizados para ir a la liza provistos de la ideas y los métodos
peculiares de la burguesía o la pequeña burguesía?
Rotundamente no. El proletario no puede eludir distinguirse sin
traicionarse. Los hermanos Náñez desconocen en absoluto
este principio guía fundamental. Sus pleitos con el Partido
los adelantan haciendo abstracción de los verdaderos elementos
y factores de la lucha política, y apartándose,
por ende, del marxismo-leninismo. En eso rastrean la huella de
los revisionistas adocenados que, dentro de su infinito desprecio
por la teoría revolucionaria, han considerado siempre disquisiciones
inútiles indagar el fondo de las contradicciones concretas
que afloran en la opinión pública; y que se salen
de los aprietos soslayando las cuestiones medulares en debate
y disparando una buena salva de sandeces y calumnias con las que
acogen a sus contradictores.
Empero, las divergencias vienen en las
concordancias. Contendemos desde intereses y enfoques de clase
distintos contra el mismo despotismo reinante. He ahí el
secreto de las divisiones internas y externas.
Constatemos esto con la otra argucia
del grupillo fraccionalista, cuando admite, con la visible intención
de captar los afectos perdidos de la militancia, que encaramos
un "oportunismo encabezado por el Partido Comunista"
y al que, ¡Dios nos asista !, el MOIR fortalece con sus
intolerancias. Un desplante parecido al anterior. Se asume motu
proprio el encargo de desembrollar una lid empantanada por supuestas
desmesuras; sin embargo, ni una palabra acerca de quiénes
conforman ni en qué reside ese oportunismo puesto en la
picota improvisadamente y a guisa de salvoconducto.
En el I Foro del FUP, del 18 de febrero
de 1977, advertimos cómo la unidad del pueblo aguardaba
por la derrota de las contracorrientes que, entonces en ciernes,
ya rehuían la necesidad de un compromiso basado en los
reclamos esenciales de los oprimidos de Colombia. Aquellas vertientes
fueron confluyendo en un torrente caudaloso que ha amagado anegar
incluso la más enhiestas colinas. Solicitaron la renuncia
de la candidatura de Jaime Piedrahita para sacar unánimemente
al mercado electoral cualquiera de los especiosos ejemplares levantados
por los agentes del socialimperialismo y cuya gracia, aseguraban,
hállase en la atracción que ejerce sobre una amplia
gama de consumidores, desde la ortodoxia marxista hasta la alianza
de 1973 consintiendo las ambiciones de sus enterradores, los revisionistas,
quienes pisotearon las normas democráticas de relación
y funcionamiento de la UNO y corrieron tras los requiebros de
la demagogia lopista. Desde 1978 apetecen, pues, un candidato
presidencial único de la oposición, aun cuando éste
sólo sea un dócil recadero de La Habana, y así
tengan que canjear las demandas estratégicas de las masas
por una letanía de reformas adjetivas, las cuales, con
uno u otro matiz igualmente insustancial, agitan, o no verían
inconvenientes en agitar las diversas banderías, grandes
y pequeñas, legítimas y disidentes, duraderas y
temporales, en las que se aglutinan para sus campañas los
apologistas del sistema neocolonial y semifeudal. No vale argüir
que se utiliza un medio para coronar a la postre los objetivos
primordiales, siendo que se subasta el destino soberano de la
nación y se silencia o tergiversa el programa revolucionario.
El subterfugio de ocultar las metas
y los blancos de la insurgencia a la que se convoca, sonará
muy astuto a los oidos del comerciante, del artesano, o del estudiante
iniciado en el trajín conspirativo, pero redunda exclusivamente
en la propagación de las confusiones sembradas. Si la caverna
conservadora y sus moradores, los trogloditas liberales, todavía
ostentan un peso enorme en Colombia, con que los seudocomunistas
justifican su conducta también inveterada de cabalgar en
ancas de uno que otro bando díscolo de la burguesía,
obedece precisamente a la carencia de una constante labor propagandística
que demuestre, tanto la justeza e inevitabilidad de las soluciones
revolucionarias, como su antagonismo con la cháchara de
quienes mangonean a su antojo la información y la instrucción
públicas. Ante los monopolios, ellos prometen frenar sus
desafueros, inspeccionándolos; nosotros ofrecemos extirpar
de raíz sus abusos lícitos e ilícitos, confiscándolos.
Ante el atascamiento agrario, ellos decretan la subvención
y la compraventa de tierras, financiando a los latifundistas a
costa del endeudamiento con las agencias prestamistas internacionales;
nosotros prescribimos la entrega de los grandes fundos al campesinado,
eliminando el régimen de explotación terrateniente,
sin hipotecar el país ni a los pobres del campo. Ante el
imperialismo, ellos especulan con la independencia normal y la
equidad de los contratos de asociación; nosotros abogamos
por una real transformación revolucionaria en los terrenos
económicos y políticos que borre cualquier tipo
de saqueo extranjero y garantice la plena autodeterminación
nacional. Y así, en los temas cardinales, acuden inexorablemente
dos versiones irreconciliables, una ensayada desde hace tiempo
y con repercusiones deplorables para Colombia y otra a la que
no le ha llegado aún su oportunidad histórica. Señalar
el abismo que media entre ambas, su mutua repelencia, la imposibilidad
de una tercera senda, forma parte de la educación del pueblo,
de la magna obra de arrancarlo del tutelaje secular de las colectividades
oligárquicas y desenmascarar las contracorrientes oportunistas.
Y al revés, desvanecer las contradicciones será
en últimas propiciar la unión en torno a los sofismas
y propósitos de la reacción y definir en pro de
la burguesía el asunto crucial de quién dirige a
quién en el frente. ¡Una estafa reeditada por enésima
ocasión!
Con táctica tan peregrina se
coadyuva sólo a afeitar el feo rostro del pillaje entronizado,
mas no a cercenarlo.
En las postrimerías de 1979 tornamos
a discutir con los personeros de Firmes los términos de
un pacto para participar conjuntamente en las elecciones del año
siguiente. Y una vez más nos enredamos en la reticencia
de aquéllos a suscribir los puntos mínimos programáticos
de la revolución. Alegaron de nuevo la línea de
menor resistencia conducente a propiciar el entendimiento con
ciertas personalidades y directorios de la oposición alrededor
de la tesis reformista. Los mamertos volvieron a estimularlos
en tales tanteos y con su venia cuajaron una coalición
que a la hora de nona, ni cobijó a las disidencias de turno
ni entusiasmó a los sufragantes ni operó armónicamente.
En síntesis, se quedaron con el pecado y sin el género.
Porque concedieron en materias de mucha monta sin compensación
ninguna. Fue, sí, una prueba palmaria de cómo el
Partido Comunista encabeza el oportunismo. Y los Ñáñez,
olímpicamente, concluyen que en eso paran "las fuerzas
intermedias que no encuentran la otra alternativa que pudo haberles
presentado el MOIR". La "otra alternativa" seria
rendirse ante los devaneos de las mencionadas contracorrientes
y caer en lo que se quiere evitar. ¡Acompañarlas
en la entrega para no perderlas! ¡El absurdo universal!
A "las fuerzas intermedias",
comprendida la fracción, les manifestamos que, a estas
alturas de la historia y en las peculiaridades de Colombia, la
única salida triunfante estará por los lados de
los planteamiento y los métodos de la clase obrera. Escapa
a nuestra injerencia el impedir que los factibles aliados, en
los períodos de regresión, rompan con nosotros y
se echen en los tendales enemigos, al sol que más alumbre.
Nos concierne denunciar las felonías y esperar pacientemente
a que los cántaros se estrellen contra los cántaros,
para que los trabajadores -el baluarte por el que velamos- descubran
directamente cuáles son los de hierro y cuáles los
de arcilla quebradiza. Días llegarán en que los
burgueses nacionales y el resto de las capas medias de la población,
cansados de las decepciones y arrastrados por los acontecimientos,
viren y refrenden los requisitos contractuales exigidos por el
proletariado. Pero éste ha de mantenerse en sus trece mientras
tanto, con la llama encendida e izada la bandera, y los millones
de embaucados por el imperialismo y sus opositores de cabecera
percibirán hacia dónde enrutarse cuando contemplen
pávidos como, pese a las enmiendas efectuadas y a las pláticas
de los enmendadores se depauperan y degradan sin salvación
En lo referente a la democracia, "las fuerzas intermedias"
se han plegado asimismo al testimonio burgués. En mayo
de 1979 inaguraron sus ruidosas reuniones de los "derechos
humanos" en las que, luego de exponer las consabidas violaciones
de la Constitución en que incurren los decretos ministeriales
y los mandos castrenses, recaban la escrupulosa separación
de las tres ramas de Poder —la legislativa, la ejecutiva
y la judicial—, el simétrico equilibrio entre ellas
y su recíproca fiscalización, como el sumo de las
garantías ciudadanas. Sus memoriales y discursos, al traslucir
esa manía leguleya que apasiona a los colombianos desde
fechas remotas, acaparan los vítores de los estamentos
intelectuales envilecidos por la herencia legalista. Sus egregias
aportaciones a la causa de las libertades nuncan pasan de la recomendación
de reparar pronta y satisfactoriamente el ordenamiento jurídico
turbado. ¡Atrás el estado de sitio!, y si se implanta,
en acatamiento de la Carta, que su vigencia no infrinja los cánones
de ésta. ¡Oposición al gobierno!, mas, ante
el peligro del golpe cuartelario, rodear a las autoridades legítimamente
constituidas cual lo hacen los obtusos demócratas españoles
con su desmirriado rey. ¡Aperturas democráticas!,
pero merced a que la iniciativa corre aún a cargo del régimen,
a "las izquierdas" no les queda otra que detectar y
arrinconar los segmentos ultraderechistas allí donde campeen
en los dominios gubernamentales, igual en la administración
que en el ejército, exaltando "lo bueno" y condenando
"lo malo" de las providencias oficiales. De este tenor
han sido las cruzadas que en bien de las preeminencias de las
personas humanas proyectan los apóstoles de la contracorriente
en boga, y de las que los revisionistas se valen, además,
para efectuar sus incursiones en las páginas de la gran
prensa, engordar a la sombra de la fronda burocrática y
procurar comprometer, no importa de qué manera, a la burguesía
grande, mediana y pequeña en las aventuras expansionistas
del socialimperialismo soviético.
Según aquel esquema el duelo
no se libra entre la revolución y la contrarrevolución,
ni persiste sobre los problemas democráticos un criterio
proletario paralelo a otro burgués, sino que la disyuntiva
está entre la democracia y el fascismo, o entre la democracia
y la dictadura, y la reyerta sobre los derechos flota por encima
de las clases. Son tufaradas liberales que enrarecen el ambiente
y embotan el discernimiento de las mayorías. Tal pareciera
que la conciencia colombiana no hubiese progresado un ápice
al respecto, no obstante que el antiguo y sórdido sistema
republicano, con que se esquilmó y reprimió salvajemente
a los campesinos en el siglo XIX y a éstos y a los obreros
en lo transcurrido del siglo XX, no ha simbolizado más
que la instauración, mediante el sufragio, de la tiranía
de las clases explotadoras sobre el pueblo trabajador; y no obstante
que el marxismo, del cual se tiene noticia en el país hace
cincuenta o sesenta años, enseña en sus primeras
letras que todo Estado burgués, por democrático
que sea, constituye un paraíso para los ricos y un gigantesco
presidio para las gentes de trabajo.
La jefatura obrera ha de bregar con
denuedo por adquirir cuantas franquicias pueda y por preservar
las prerrogativas de la libre expresión, movilización,
organización, etc., sin desdeñar ninguna arena ni
tribuna. Los esclavos asalariados no dispondrán de otras
armas que las que forjen en los combates cotidianos enfilados
a la obtención de garantías democráticas
y, en el caso de Colombia, a facilitar también la articulación
de un vasto frente antiimperialista. Pero los oprimidos deberán,
por un lado, percatarse de que todo derecho suyo bajo la actual
república será recortado, postizo, nulo, y, por
el otro, usar en exclusivo rendimiento de la revolución
cada conquista económica y política extraída
a los opresores.
¿Cómo conseguir la apetecida
finalidad si no proveemos el medio? ¿Para qué proveer
éste si abandonamos aquélla?
La democracia es una palanca, un instrumento
que el proletariado habrá de empuñar en sus gestas
contra la burguesía, como ésta lo blandió
contra el medioevo y lo sigue blandiendo con no poco frecuencia
para arraigar su poderío. Por eso las soflamas de "las
fuerzas intermedias" sobre los derechos del hombre en general,
sin parar mientes en el contenido de clase ni esclarecer la índole
dictatorial oligárquica del feneciente democratismo colombiano
al mando, denota, fuera de una supina ignorancia, la vocación
oportunista de quienes están listos a abrazar los supuestos
burgueses a trueque de unas módicas prebendas ocasionales.
Nuestro Partido, en la disputa interna
del 1965 contra las garrafales equivocaciones del extremoizquierdismo,
criticó acerbamente la repulsa que primaba hacia las herramientas
de la lucha política, incluidas las míseras libertades
del sistema, cual una solemne estupidez que sólo favorecía
al odiado adversario. Ligarse a los sindicatos, agitar sus pliegos
petitorios e impulsar sus huelgas; organizar a los campesinos
y a los estudiantes en pos de sus demandas mediatas e inmediatas;
promover constantemente las denuncias de los atropellos y falsías
de los mandatarios de turno; atender las actividades culturales
y aprovechar los comicios y el estrado parlamentario; cuidar la
labor educativa y no esquivar los acuerdos ni las acciones rivales,
fueron algunas de las tantas indicaciones que en la alborada de
la construcción partidaria les recalcábamos a los
militantes. En la actualidad padecemos el chubasco derechista,
o el "oportunismo encabezado por el Partido Comunista",
para volverlo a enunciar en los términos de los Ñañez,
que se distingue por desechar no los medios sino los fines de
la revolución. Por consiguiente, el énfasis en la
refriega contra tal desviación no ha de ubicarse en convencer
a sus portadores y prosélitos a que concurran, verbigracia,
a las elecciones, con lo que les gusta; a que se graven el estribillo
de la "unidad de acción" que tararean desde la
cuna, o a que empleen los resquicios democráticos cuando
periódicamente se cuelan por entre ellos hasta las alfombras
presidenciales. Los oportunistas sacrifican la revolución
a la reforma, sitúan la democracia por encima de las clases
y presentan como proletarios los intereses burgueses. El oportunismo
de moda es cada una de estas tres aberraciones y todas a la vez.
Dondequiera posemos la vista contemplamos
el culto a la intriga, el fetichismo del derecho, la componenda,
el ventajismo. Los sectarios alérgicos a la política
de repente emergen a la superficie a emular con los duchos politiqueros.
Llueven los formularios de acuerdo, abundan los paquetes de precandidatos
y retumba el vocerío: ¡unidad, unidad, unidad! La
maniobra lo es todo, el objetivo estratégico nada. Hay
que callar las intenciones, halagar al pueblo, distraer al gobierno,
vivir el presente. El más apto será, desde luego,
el más caradura. Junto al desbarajuste del país
presenciamos un reverdecer del liberalismo, no por cuenta de la
senescente burguesía, a la que no le restan alientos ni
incentivos para jugar a la revolución, sino a cargo de
las capas medias, cuya máxima genialidad se cifra en reimprimir
los incunables de Antonio Nariño con carátula marxista.
Y ante la borrachera colectiva se nos reconviene a beber del mismo
mosto embrutecedor, a competir en la elaboración de fórmulas
y contrafórmulas y a llevar la voz cantante en el coro.
Pero no propiciaremos ninguna acción o alianza al costo
de sofocar los postulados revolucionarios de las masas trabajadoras.
Navegaremos contra viento y marea cuanto fuere menester. No tememos
cruzar el desierto ni soportar el martirio del aislamiento. Y
no son bravatas de lunáticos que menosprecien los compromisos,
la labor menuda, los inconvenientes derivados de una correlación
desfavorable de fuerzas, o que se imaginen el ascenso sin rodeos
ni retrocesos. El Partido sopesa concienzudamente cada una de
las particularidades de la situación; está atento
a los altibajos de las hostilidades y de los contrincantes para
obrar en consecuencia. Pero además de eso —porque
nos obliga la integridad de la clase a la que servimos y nos atenemos
también a una visión de conjunto, a una perspectiva
invencible y a largo plazo, puesto que operamos no sólo
con lupa sino con catalejo—, podemos arrostrar altivamente
los embates del temporal, sin doblegarnos ante el asedio, desesperarnos
con los éxitos pírricos de nuestros antagonistas,
o bregar a darle un vuelco al paisaje con un par de pinceladas
subjetivas.
A los Ñáñez los
saca de casilla la demostración de entereza del MOIR ante
el ambiente que prima de repugnante calco de los procederes y
argucias de la reacción. Les parece que nos rezagamos del
lote delantero, desafinamos en la orquesta, no nos ponemos a tono
con la usanza. Curiosamente no atribuyen el fenómeno al
auge del "oportunismo encabezado por el Partido Comunista".
Lo achacan a un viraje en nuestra orientación. Su caballito
de batalla teórico se limita a sustentar los antiguos enunciados,
a pedir que pactemos prontamente el alumbramiento del frente único
y le bajemos el volumen a la polémica. Después de
una década de rezongar entre dientes y ensamblar su grupillo
con meticulosidad de relojero, nos comunican, desde las planas
de los grandes rotativos y con humos de sabihondos conductores,
que la almendra del altercado se halla prácticamente en
que el MOIR ya no proyecta la rayada película de los sesentas
y parte de los setentas, con que criticamos los descarríos
del anarquismo y recogimos la cosecha de tres o cuatro centenares
de cuadros proletarios dirigentes. Cuando han tratado de impresionar
balbuciendo como loros lo que aprendieron de oídas durante
este lapso, cualquier camarada les replica: "¡Eso nos
lo sabemos de memoria!"
La llamada izquierda en Colombia incurre
de ordinario en el yerro de agitar indefinidamente las consignas
que obtuvieron sonoros logros en un momento dado. En los últimos
años, por ejemplo, hemos asistido a la promulgación
constante del segundo paro cívico nacional, merced al empeño
impenitente de unas cuantas agrupaciones que se alimentan de recuerdos
y vegetan a espaldas de la realidad. Si con su metafísica
evocación no han conseguido revivir las jornadas del 14
de septiembre de 1977, sí les proporcionan a los esquiroles
de profesión un camuflaje perfecto al que éstos
recurren cada vez que perpetran una de sus requeteconocidas producciones.
Encariñarse con determinada directriz, por exacta que hubiera
sido, y machacar sobre ella al margen de la variación de
las condiciones, es lo menos congruente con la táctica
del marxismo-leninismo. No hay mayor desatino que el intento de
encadenar los acontecimientos a las fantasías del cerebro.
El partido obrero, dentro de las complejidades del proceso, ha
de amoldar rigurosamente sus resoluciones a los cambios que se
operan a cada período de la etapa correspondiente, para
no dejarse sorprender y estar a la altura de su cometido de vanguardia.
Y en las borrascas contrarrevolucionarias, cuando se envalentonan
los aparatos policivos, se desata la cacería de brujas,
cunde el desespero de la pequeña burguesía y prolifera
la conciliación, el proletariado no puede adoptar falsos
ademanes, instigado por dudosos amigos que lo arrastran, ya a
capitular inescrupulosamente, ya a salir a descampado e inmolarse
en batallas decisivas. Que los reformadores sociales gasten el
tiempo en inútiles cabildeos y los anarquistas armen algarabía
con sus alocados intentos de agudizar las luchas, mientras la
revolución reafirma sus ideas, consolida sus fuerzas y
se alista de verdad a "tomar el cielo por asalto", como
decía Marx de los comuneros de París. No sustituiremos
la perseverancia con la intrepidez. Confiamos infinitamente más
en la tarea anónima de un moirista que en los alardes anodinos
de cien comandantes de secta. En ello va también implícita
una radical desavenencia de principios.
Muy distinta la epidemia actual a la
que afectaba hace más de quince años a la revolución
colombiana, así ambas se hubiesen contraído por
la vecindad de Cuba. Antes, los exponentes del "foquismo"
luchaban contra la cuadrilla revisionista, a la que permitían
lucirse a costa suya por los exabruptos en que caen; ahora, sin
expectativa de corrección, han decidió el ingreso
a la escuela mamerta para estudiar artimañas y doctorarse.
Efectuar el diagnóstico y recetar la medicina de antaño
a las enfermedades de hogaño agravaría al paciente.
Transitamos un trayecto de proliferación del arribismo
y de enaltecimiento de la treta estéril. Un período
en el que los santofimios compran con los dineros del erario sus
disfraces de Gaitán; los accionistas y articulistas mimados
de los diarios del orden pontifican sobre cómo procrear
revoluciones, y la democracia es un coágulo indefinible,
una especie de luz blanca, un arco iris de todos los colores pero
sin descomponer, desde el ultravioleta hasta el infrarrojo. Para
no sucumbir a la asfixiante atmósfera de contemporización
y alevosía, las unidades más esclarecidas del proletariado
se ven abocadas a combatir tesoneramente las desviaciones derechistas.
Nos perdería imaginar siquiera que le sustraeremos las
masas al oportunismo sin desacreditarlo ni destaparlo previamente
ante ellas mediante un sesudo y sistemático despliegue
de propaganda. Y esto lo ha venido ejecutando progresivamente
el MOIR, según sus recursos y capacidades, con preferencia
desde la segunda mitad de 1975, luego de la invasión a
Angola por un ejército mercenario cubano y del subsiguiente
incremento de las actividades de los agentes del socialimperialismo
soviético en el Hemisferio, que pelechan al socaire de
la ola reformista.
Naturalmente las posibilidades de un
entendimiento con Vieira y su cáfila se han ido esfumando,
así como las "fuerzas intermedias", que no alcanzan
a calar el inminente peligro del expansionismo ruso y gimen por
la división, se distancian bastante de nuestros lares.
También los miembros que por uno otro motivo renegaron
del Partido, contagiados del bacilo liberal en boga, invariablemente
nos culpan por la desunión y echan sobre sus hombros la
misión mesiánica de subsanarla. Los iscariotes Bula
y Pardo cursaron su dimisión convencidos de que el MOIR
carecía de astucia e inventiva para superar las dificultades,
y que bastaba con limar el programa y acolitar las "aperturas
democráticas", emborronar los derroteros internacionalistas
y sacarle jugo al nacionalismo, montar un movimiento con personajes
desechados de las toldas de las colectividades tradicionales y
en su representación acrecentar el roce social, hacer contactos
y apuntarse a cuanta proeza se urda, para que la patria agradecida
se congregue en torno suyo al conjuro de sus benevolentísimos
mensajes. Sin embargo, desde cuando aquellos dos desertores emprendieron
la fuga e iniciaron su andanza, esa sí en verdad ermitaña
y suicida, han promediado aproximadamente tres años. Tiempo
prudencial para indagarles: ¿Qué pasa con su unidad?
Pues que no florece, a pesar de los buenos deseos, las concesiones
y las rogativas a los payasos de la oposición liberal.
Así será mientras el proletariado no disipe las
brumas e incline la balanza a su favor. Las contradicciones de
clase no desaparecerán con ignorarlas. El reformismo auxilia
únicamente a la coalición gobernante. Los directorios
disidentes se aprestan a cerrar filas junto a los candidatos presidenciales
del ramillete oligárquico. La militarización del
Estado se acelera con los disparates anarquistas y las actitudes
claudicantes. La bancarrota de las contracorrientes traidoras
aproxímase inexorablemente. Quienes, con abundancia de
ingenuidad y escasez de respaldo público, se empecinen
en el acercamiento a cualquier precio con el autodenominado Partido
Comunista, han de estar resignados a despojarse de todo pundonor
y dispuestos a tocar, hasta reventar, un tambor en la banda de
guerra de la Juco. Con aquella pandilla no ha habido hasta la
fecha otra forma de cooperación. Y nadie, a excepción
del MOIR, ha osado plantarle el cascabel al gato.
Cuando los revisionistas transgredieron
las normas de funcionamiento convenidas en la UNO y los acuerdos
para la creación de la central obrera, nosotros requerimos
el respeto a la palabra empeñada y partimos cobijas ipso
facto. Cuando recabaron la bendición unánime para
el gobierno de Fidel Castro que ya ejercía en África
de cipayo de los nuevos zares del Kremlin, respondimos con el
no alineamiento, uno de los tres cerrojos de la alianza. Y cuando
sugirieron la minuta de reformas, nos aferramos aún más
consistentemente al programa revolucionario. No nos encandilaron
los fuegos fatuos del oportunismo. El alboroto alrededor de los
dictámenes burgueses suplementarios no nos amedrentó.
Visualizamos con suficiente anticipación la carrera de
obstáculos en que habríamos de competir. Al cabo
de seis años de enconados choques, en nuestro horizonte
clarea, mientras el aire comienza a enrarecérseles a los
mamertos, lo mismo a nivel nacional que internacional. Ni sus
frentes, ni sus foros, ni sus aperturas, ni sus consejos sindicales,
ni sus precandidatos, ni sus profecías, ni sus aventurerismos,
les han resultado felices. Ellos ingresan a la boca del túnel
y nosotros principiamos a salir de él.
Después de todos estos episodios
los hermanos Ñáñez pretenden hacer carrera
con el infundio de que el MOIR no golpea al gobierno ni al revisionismo,
debido a que desde 1978, el año en que salieron Bula y
Pardo, abjuramos, según ellos, de las pautas que nos venían
orientando. Si desde entonces para acá hay algo novedoso
en nuestra política es el hincapié puesto en la
labor de desenmascaramiento del oportunismo de derecha.
Hubimos de subrayar la esencia internacionalistas
del Partido y sus inaplazables obligaciones de solidaridad con
China y las demás fuerzas revolucionarios que resisten
a la expansión soviética, al paso que arremetimos
contra las diversas expresiones del nacionalismo. A los Ñáñez
les parece que ello significa quitar a los imperialistas yankis
de blanco principal de la revolución colombiana y distraer
la atención de las cuestiones nacionales .
Hubimos de condenar las trapacerías
de los componentes del Consejo Nacional Sindical, que a la vez
que posan de acuciosos protectores de los trabajadores, no pierden
oportunidad para congraciarse con los mandatarios de turno y aplaudir
sus medidas mas ignominiosas. A los Ñáñez
se les antoja que con esta conducta torpedeamos la "unidad
de acción" y nos desligamos de las bases.
Hubimos de abrir sin tregua hostilidades
contra el reformismo y el democratismo burgués. Los Ñáñez
conjeturan que tal criticable empresa comprueba nuestro desdén
por las reformas y los derechos del pueblo, además de nuestro
sabotaje al frente único.
En todo cuanto maquinan, exteriorizan
y obran, los Ñáñez siempre se tuercen hacia
el mismo flanco. Sabrá el diablo si proceden consciente
o inconscientemente; pero sólo conciben un modo, un estilo
para llevar a cabo la pelea, el de los revisionistas, a quienes
plagian sin darles crédito. Por eso consideran que aquellos
que no combatan a la manera mamerta al régimen vendepatria
y al "oportunismo encabezado por el Partido Comunista"
son colaboradores de éstos.
***
Los Ñañez dentro del MOIR
se distinguieron por sus desviaciones divisionistas y de hecho
mantuvieron siempre activa una minúscula fracción.
Con frecuencia reclamaban sobre asuntos democráticos, cuando
en realidad no hay nada que más enturbie la confianza propia
de las relaciones entre los comunistas y huelle la democracia
del partido, como la presencia en él de grupos, por lo
común basados en conveniencias personales. Detrás
de cada exigencia suya invariablemente se escondía, agazapada,
la petición de algún cargo directivo, para agregarlo
a la colección de los muchos que poseían. Jamás,
hasta febrero de 1981, el mes en que la dirección les dijo
"!Basta!" y les notificó que con ellos la contradicción
se había tornado antagónica, admitieron diferencias
de principios o de línea con el Partido. Que sus afanes
eran grupistas quedó plenamente visto en su negativa de
acatar el centralismos democrático, cuando, por desenlace
de la puja interna, fue necesario decidir mediante votación
cuestiones de carácter organizativo. Los hermanos Otto
y Omar pertenecen a ese género de demócratas, tan
notorios en Colombia, que sólo prevalecen si escamotean
la voluntad de la mayoría.
Como corolario, El Comité Central
del MOIR, en reunión celebrada el 28 de febrero y el primero
de marzo últimos, tomó la resolución de expulsar
de sus filas a la fracción de los Ñáñez.
Notas
(1) El 26 de febrero, a los ocho días
de aparecer en El Tiempo el panfleto de los Ñáñez,
Voz Proletaria, el semanario de los revisionistas, recogió
todas y cada una de las impugnaciones consignadas allí
contra el MOIR. Luego de afirmar que "comienza a abrirse
camino un nuevo clima", anota lo siguiente: "La situación
creada abre la posibilidad de un nuevo diálogo. A ese diálogo
aportaremos hechos y actitudes que relieven (sic) los puntos en
común. Aunque parece que nada se moviera en Colombia y
todo estuviera congelado bajo el dominio aligárquico, sí
se mueven nuevos factores políticos y lentamente van madurando
las condiciones para un nuevo reagrupamiento". Tal es la
esperanza y la emocionada bienvenida con que Vieira y sus parciales
salen al encuentro de la labor y de los planteamientos del grupillo
fraccionalista. En lo que atañe a los dardos disparados
contra el revisionismo, el semanario los juzga cual adobo explicable
por la procedencia de la fracción, a la que no obstante
reconviene: "No se puede criticar lo erróneo e incurrir
inmediatamente en el error. Pero hecha esa anotación, queremos
subrayar lo nuevo: una apertura, vacilante aún, pero una
apertura". Es un "diálogo" entre frescos.
¡Tú me combates para lograr el objetivo de desgarrar
el MOIR y más adelante precisaremos cuántos "puntos
en común" guardamos! Honor que nos tributan, ya que
implícitamente reconocen que constituimos la corriente
capaz de frustrar sus planes proditorios, a la cual hay que contener
a como dé lugar, incluso al precio de aceptar jesuíticamente
las injurias recíprocas entre los virtuales artífices
del "nuevo reagrupamiento".
(2) V. I. Lenin, El imperialismo, etapa
superior del capitalismo, Obras Completas, Editorial Cartago,
Buenos Aires, 1970. Tomo XXIII, pág. 423.
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Editorial de Tribuna Roja Nº 38,
de mayo de 1981, en el que se analiza la expulsión del
grupo de los Ñáñez.