COMITÉ COORDINADOR
DE LAS REPRESENTACIONES PROFESORALES DE LA UNIVERSIDAD DEL VALLE
Santiago de Cali, junio 7 de
2004
8 Y 9 DE JUNIO FECHAS MEMORABLES Y
LUCTUOSAS DEL ESTUDIANTADO COLOMBIANO. 50 AÑOS DESPUES.
Las primeras manifestaciones de inconformidad
estudiantil con el statuo quo neogranadino, podrían situarse
en el ideario de los precursores de la Independencia, algunos
de ellos formados en los exclusivos colegios mayores de carácter
eminentemente elitista y confesional.
Casi un siglo después de la
proclamación de la Independencia, el 13 de marzo de 1909,
los estudiantes se movilizaron contra el presidente Rafael Reyes,
al erigirse dictador y comenzar a gestionar un acuerdo para normalizar
las relaciones con el gobierno norteamericano gravemente deterioradas
a raíz del despojo de Panamá. En la manifestación
hubo disturbios y pedreas, fue declarado el estado de sitio y
se ordenó el encarcelamiento de los dirigentes estudiantiles.
Durante el decenio de 1920, el movimiento
estudiantil estuvo inspirado en el Manifiesto de los estudiantes
de la Universidad de Córdoba (Argentina), quienes emprendieron
una lucha de resonancia a nivel latinoamericano, cuya proyección
histórica estuvo vigente a lo largo de casi todo el siglo
XX.
En dicha Universidad se conservaban
las mismas estructuras, rígidas y tradicionales desde su
fundación, en 1613, caracterizadas por la exclusión
de estudiantes y profesores en el gobierno universitario; asignación
de cátedras y cargos docentes por compadrazgo y sin concurso;
y normas confesionales que negaban la libertad de cátedra,
enseñanza y aprendizaje.
Contra dicha estructura, el 15 de julio
de 1918, se desencadenó la huelga cuyas reivindicaciones
principales fueron, entre otras: Autonomía de la Universidad,
para independizar la enseñanza superior del predominio
de los sectores políticos y económicos y de la alta
jerarquía eclesiástica; democratización del
gobierno universitario mediante la participación de estudiantes
y profesores en sus cuerpos directivos; selección de profesores
por medios académicos, libertad de cátedra, derecho
a la educación; reorganización de la enseñanza;
relación de la universidad con los problemas nacionales
y extensión de la misión universitaria.
En varios países latinoamericanos,
el Manifiesto se propagó rápidamente. En Colombia,
el Congreso Nacional de estudiantes realizado en Medellín
(1923), discutió los planteamientos de la Reforma de Córdoba,
divulgados previamente por Germán Arciniegas, a través
de la Revista Universidad, bajo su dirección.
Era la época del surgimiento
del Movimiento Estudiantil, de la mano del Movimiento Obrero.
Los estudiantes buscaban darle contenido específico al
Manifiesto de Córdoba, contra el monopolio de los conservadores
y la alta jerarquía eclesiástica en la educación
Superior, reivindicando la autonomía universitaria y la
libertad de cátedra.
Durante la década, hubo numerosas
huelgas obreras, marchas campesinas y movilizaciones indígenas
en diversas regiones. Al final, (1928) en medio de un ambiente
de gran agitación nacional, se desató la huelga
de los trabajadores del enclave bananero establecido por la transnacional
United Fruit Company. Para conjurar la huelga, el presidente de
la República, Miguel Abadía Méndez, declaró
el estado de sitio y, nombró como Jefe militar de la zona
al General Carlos Cortés Vargas, quien ordenó disparar
contra la multitud obrera ocasionando la masiva tragedia humana
conocida como la Masacre de las Bananeras.
Al año siguiente, el 8 de junio
de 1929, una manifestación estudiantil conmemorativa de
la masacre y contra el nombramiento del General Cortés
Vargas como Jefe de la Policía en Bogotá, fue duramente
reprimida al arribar al Palacio Presidencial, con el funesto resultado
de la muerte del estudiante de la Universidad Nacional Gonzalo
Bravo Pérez.
El sepelio fue narrado por Germán
Arciniegas, en los siguientes términos: “Así
llevamos a Bogotá, un día, entre seis tablas pintadas
de negro, a Gonzalo Bravo. ¿Quién era Gonzalo Bravo?.
Naturalmente un estudiante. ¿Para qué Gonzalo Bravo
estudió Leyes?. Un soldado de la guardia presidencial le
incrustó en el cerebro la idea única. Un estudiante
asesinado es un gran dolor. En Cuba mataron a muchos blancos,
a muchos negros, pero lo que la Historia recuerda es el sacrificio
de los estudiantes. Bogotá toda condujo los despojos de
Gonzalo Bravo caminando en silencio. Había algo más
que las seis tablas de pino pintado: sobre ellas, una bandera
de seda. Con sus colores vivos, sin crespones, oro escarlata,
esmalte azul: una insurrección. Claro: detrás de
la Universidad marchaba la República. Había dolor
en el silencio, y alegría de juntar a todas las almas de
Dios” (1).
Desde entonces, el 8 de junio, quedó
convertido en fecha luctuosa conmemorativa de los mártires
del movimiento estudiantil colombiano.
8 Y 9 DE JUNIO DE 1954
25 años después, el contexto
era diferente: la industrialización estaba avanzando hacia
su segunda fase; con el asesinato de Gaitán, en 1948, detonaba
la violencia temprana y, el General Gustavo Rojas Pinilla, había
asumido el poder el 13 de junio de 1953. Internacionalmente, predominaba
el clima de guerra fría entre las dos grandes potencias,
Estados Unidos y la Unión Soviética.
El 8 de junio de 1954, los estudiantes
organizaron la conmemoración anual de la muerte de Gonzalo
Bravo, con una marcha pacífica desde la ciudad universitaria
hasta el palacio Presidencial. Durante el recorrido se presentaron
algunas escaramuzas con la policía pero finalmente la marcha
pudo continuar hasta el centro de la ciudad. Concluido el acto,
cuando los manifestantes retornaban a la sede de la ciudad universitaria,
repentinamente apareció la fuerza pública y una
descarga de fusil segó la vida del estudiante de la Universidad
Nacional, Uriel Gutiérrez.
Los estudiantes, sobrecogidos de indignación
y zozobra, se replegaron a los predios de la universidad hasta
altas horas de la noche y programaron una manifestación
de protesta para el día siguiente. El 9 de junio, la marcha
avanzaba por la carrera séptima en dirección al
palacio Presidencial cuando apareció la orden verbal de
disolverse. Los manifestantes se sentaron pacíficamente
en los andenes y algunos líderes pronunciaron consignas
y discursos. De un momento a otro, terminada una de las intervenciones,
se escucharon las descargas de las carabinas punto 30, traídas
de la guerra de Corea, disparadas por el ejército contra
los estudiantes: “Sobre el pavimento quedaron 11 cadáveres,
informó la prensa, y cerca de cincuenta heridos....el 9
de junio se engrosó el martirologio estudiantil de Colombia
con los nombres de Uriel Gutiérrez, Alvaro Gutiérrez,
Elmo Gómez Lucich (peruano), Hernando Morales, Rafael Cháves
Matallana, Jaime Moure Ramírez, Hernando Ospina López,
Hugo León Vásquez y Jaime Pacheco” (2).
Como se relata en el mismo texto, esa
misma tarde , el general Alfredo Duarte Blum comunicó a
la ciudadanía: “El comandante de las fuerzas militares
había dado orden de que en ningún caso se hiciera
fuego sobre los estudiantes, sino que se utilizaran medida como
el agua y los gases y, en último caso, si los estudiantes
se tornaban demasiado atrevidos, recurrieran a la culata. Pero
si se disparaba desde la manifestación sobre las fuerzas
armadas, había orden de hacer fuego. Desgraciadamente eso
ocurrió así, y al caer muertos nuestros cuatro militares,
el ejército disparó para defenderse. Esto no lo
hemos querido nosotros. El gobierno no lo ha querido. Esta es
una maniobra de comunistas y laureanistas unidos, que prepararon
estos actos de revuelta subversiva...el gobierno de las fuerzas
armadas no quiso ni quiere matar estudiantes” (3).
Los dolorosos episodios del 8 y 9 de
junio dinamizaron la tendencia a la radicalización del
movimiento estudiantil contra el militarismo, más enconada
aún, cuando el General Rojas Pinilla nombró a un
coronel como rector de la Universidad Nacional y declaró
al Partido Comunista fuera de la Ley.
Tres años después, cuando
Rojas anunció su intención de permanecer más
años en el poder, la cúpula de los partidos tradicionales
y la alta jerarquía eclesiástica organizaron el
paro cívico para derrocarlo, con la participación
de los gremios económicos y masiva movilización
estudiantil, en las principales ciudades. El 10 de mayo de 1957
el movimiento estudiantil representó una de las fuerzas
principales del movimiento cívico que propició la
caída del General Rojas Pinilla, razón por la cual
fueron enaltecidos como “héroes de la democracia”.
Los decenios siguientes fueron de creciente
radicalización del movimiento estudiantil, bajo la influencia
de nuevos hechos internacionales, como la Revolución Cubana,
la Guerra del Vietnam y la revuelta de los estudiantes de París
en 1968.
Hoy, 50 años después,
la persistencia de la universidad pública está gravemente
amenazada por las políticas privatizadoras provenientes
de los dictados del FMI y las presiones por convertir la educación
en una mercancía transable en las negociaciones del ALCA.
Internamente por la denominada “Revolución Educativa”,
que se reduce al simplismo de aumentar cobertura con menos recursos,
lo cual implica desmejorar la calidad y ofrecerle una nueva frustración
a la juventud estudiosa del país que carece de recursos
económicos para ingresar a las universidades privadas.
(1) Arciniegas Germán (1982),
El Estudiante de la Mesa Redonda, Bogotá., Plaza y Janes,
pág. 183
(2) Chaux Herrera Alfonso, “30
años del 8 y 9 de Junio, El Martirologio Estudiantil Colombiano,
El Espectador, Bogotá, viernes 8 de junio de 1964. Citado
por: Borrero Alfonso, S.J. (1990) “Los Movimientos Estudiantiles
Contemporáneos” Cuarto Seminario General, ASCUN,
37 pág. 207
(3) Ibid.
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